Viernes, Abril 11, 2014

LAS FUENTES DE LA VOLUNTAD DE PODER

poder

Las explicaciones que se han dado sobre las causas de la búsqueda del poder han sido casi siempre insuficientes. Ello se debe a que no se han desarrollado las necesarias generalizaciones que engloben en diferentes tipos ideales las principales motivaciones de dicha búsqueda.[1] Por el contrario se ha tendido a enfocar desde diferentes disciplinas las razones que explican las ansias de poder, lo que ha permitido disponer de distintas perspectivas sobre la misma cuestión pero siempre de una forma parcial.

El hecho de que el poder mismo constituya un objeto de deseo hace pensar que un análisis adecuado de este fenómeno requiera ahondar en la naturaleza misma del poder, y por tanto responder a la siguiente pregunta: ¿qué tiene el poder que lo hace tan deseable?. Sin embargo, la mayoría de las explicaciones ubican las causas de su búsqueda en ámbitos que no tienen relación alguna con el poder. Este pudiera ser el caso de aquellas teorías que atribuyen a factores biológicos y psicológicos propios de la evolución humana el origen del instinto de dominación. De este modo ha llegado a considerarse que el ansia de poder constituye un rasgo de la naturaleza humana tal y como apuntó Bakunin, cuyo desarrollo dependería en gran parte de las condiciones del medio.[2] Otros autores ubicaron las causas de la búsqueda del poder en la lucha por la existencia, de lo que se deriva una estructura social en la que una minoría ejerce el mando por diferentes razones: bien por la capacidad innata de quienes lograron adaptarse mejor en la lucha por la supervivencia; por la conquista de un grupo guerrero que se impone a los demás; o simple y llanamente por una superioridad racial que capacita a un determinado grupo étnico a constituirse en el grupo dominante de otro u otros pueblos.[3] En otros casos la búsqueda del poder es concebida como el resultado lógico de la existencia de una estructura jerárquica inherente a toda forma de organización política de la sociedad.[4]

Pero para desentrañar las causas que originan la búsqueda del poder es necesario esclarecer qué es el poder, cuál es su naturaleza y en qué consiste. Sólo así pueden conocerse los beneficios derivados de su disfrute para entender las luchas que históricamente se han emprendido por él.

A grandes rasgos existen dos líneas en torno a las que pueden ordenarse las diferentes formas de definir el poder. Por un lado está aquella que concibe el poder como un recurso que se tiene o posee, y que por ello está controlado de forma exclusiva por individuos, grupos, clases, instituciones o elites que lo ejercen monopolísticamente. Así, quien detenta el poder hace uso del mismo como si se tratara de un instrumento que despliega sobre los demás. Se trata, por tanto, de una capacidad. Entre los principales autores de esta corriente destacan Hobbes, Marx, Mosca, Wright Mills, Jouvenel o Morgenthau.

Por otro lado está aquella corriente que concibe el poder como el resultado de una relación. El poder se trata más de una situación que de un recurso. De esta forma el poder brota de las relaciones, y se presenta como una oportunidad que permite a cada grupo y a cada individuo mejorar su situación para disfrutar de una mayor ventaja relativa. Para este tipo de planteamiento lo importante son las posiciones que facilitan el dominio de unos actores y el acatamiento de otros. El poder definido en estos términos es contemplado como la probabilidad de que se produzcan ciertos resultados favorables para un determinado actor en función de la relación que mantiene con otros. Los autores más destacados de esta corriente son Maquiavelo, Foucault, Tocqueville o Dahl.

No cabe duda de que existe una clara interrelación entre recursos y situación, de manera que una situación ventajosa depende, a su vez, de un fácil acceso a los recursos necesarios para mantenerla en el futuro. Y viceversa, el control de determinados recursos o capacidades es lo que permite a un actor disfrutar de una situación estratégicamente ventajosa al conferirle más poder.[5] Sin embargo, nada de esto define al poder como tal, sino que nos permite entender de un modo más coherente cómo se distribuye en la sociedad. Así, nos provee de una imagen con la que entender las diferentes capacidades de intervención política que disfrutan los distintos actores.

El poder, en esencia, es el control que se ejerce sobre el comportamiento, las ideas y emociones de las personas.[6] Mientras que el poder político es la capacidad de tomar decisiones vinculantes para la población de un territorio geográficamente delimitado y, por tanto, de intervenir en la regulación del conflicto social. En función del modo de organizarse políticamente la sociedad la capacidad decisoria recaerá sobre unos actores u otros y las decisiones se aplicarán de una forma diferente en cada caso.[7]

Las sociedades actuales se organizan a través del Estado. Esta institución compleja ocupa una posición central que le permite vertebrar y gobernar a la sociedad al detentar, concentrar y monopolizar la capacidad de tomar decisiones vinculantes y poder recurrir, si es necesario, al uso de la violencia para hacerlas efectivas. Así pues, el Estado posee el monopolio del derecho con el que regula la vida de la sociedad en todas sus esferas: económica, cultural, ecológica, etc. Y al mismo tiempo dispone del monopolio de la violencia con el que hace que sus decisiones sean cumplidas. Además, posee el monopolio fiscal con el que extrae de la sociedad los recursos económicos, materiales y financieros que sostienen su estructura organizativa central.[8] Todo esto hace que los individuos que dirigen el Estado detenten un poder inusitado tanto sobre los integrantes de su organización como sobre el conjunto de la sociedad.

Quien detenta el poder político en las sociedades actuales es quien forma parte de la elite dirigente del Estado, lo que deja en manos de una minoría el control del presente y del futuro de toda la sociedad.[9] Indudablemente todo esto da enormes ventajas y privilegios a quienes ocupan semejante posición, pues son los que tienen bajo su control los principales resortes del poder con los que regulan el conflicto social y dirigen el comportamiento, las ideas y emociones de los individuos. Pero sería equivocado pensar que el simple y mero ejercicio del mando constituye por sí mismo la única motivación que hay tras la búsqueda del poder. Antes es necesario esclarecer la naturaleza última del poder para, después, desentrañar las principales razones que llevan a su búsqueda.

La naturaleza del poder es el egoísmo, pues su razón de ser es la imposición de su voluntad. Se trata de un intenso y feroz amor propio que constituye una parte necesaria del poder. Asimismo, su superioridad se basa en su no dependencia y en su capacidad para doblegar la voluntad ajena, lo que le dota al mismo tiempo de la máxima libertad y de la mínima responsabilidad. El poder no da cuentas ante nadie de cuanto hace. De esta forma, al someterlo todo a su voluntad, siempre busca su propio interés. En esto consiste su naturaleza egoísta que conduce su autoconservación e impulsa su crecimiento.[10] También convierte a los demás en instrumentos de su voluntad, en medios para conseguir sus propios fines, en recursos susceptibles de ser descartados si los intereses que lo animan así lo exigen. Ese sometimiento puede adoptar diferentes formas pero siempre tiene un trasfondo coactivo. En la coerción reside en última instancia la razón de ser de las relaciones de subordinación que establece sobre todo cuanto se encuentra en su radio de acción. Juntamente con esto está la creciente racionalización de su dominación, lo que intensifica y perfecciona el control sobre sus sometidos.

Los principales motivos que impulsan la búsqueda del poder son bastante más prosaicos de lo que habitualmente se cree. Podrían resumirse todos ellos en el egoísmo que define al poder pero ello tampoco aportaría demasiada información. Por el contrario podemos establecer tres tipos de motivos diferentes: la riqueza, el ejercicio del mando y el prestigio.

La riqueza es uno de los atributos inherentes al poder. Esto se debe a que el poder dispone de aquellos medios que le dan acceso a los recursos económicos, financieros y materiales de la sociedad. De este modo la superioridad del poder en el terreno económico se manifiesta en la explotación que ejerce sobre sus dominados, a los cuales expropia una creciente porción de la riqueza que producen. El poder subsiste y perdura gracias al trabajo ajeno, lo que deja patente su naturaleza parasitaria. Este carácter parasitario ha crecido a lo largo de la historia al haber aumentado su capacidad de extracción económica sobre la sociedad, lo que ha significado al mismo tiempo un mayor enriquecimiento de la elite dirigente y un aumento del número de los diferentes medios de dominación (cultural, económica, política, militar, etc…) a su servicio.

En la actualidad la capacidad de extracción económica que cuenta el Estado por medio de su burocracia ha llegado a ser abrumadora. Así, a través del fisco, explota a la sociedad al desposeerla de una parte cada vez mayor de su riqueza. Esto es lo que ocurre con la mayoría de los países ricos donde el Estado se apropia de al menos el 50% del PIB.[11] El Estado, además, asume funciones directoras de la economía a través de sus empresas y entidades financieras, pero también por medio de diferentes organismos reguladores del mercado, de la producción, etc., vinculados a los distintos departamentos ministeriales. El creciente control económico revierte en un enriquecimiento de la clase dirigente y en un aumento del poder del ente estatal al disponer de mayores recursos con los que costear sus medios de dominación.

La riqueza que controla y dirige el Estado constituye una poderosa razón para la búsqueda y conquista del poder. En tanto en cuanto el Estado dispone de los medios institucionales con los que controlar y dirigir la economía, su elite mandante posee al mismo tiempo la capacidad decisoria para intervenir en ella y dirigir toda la riqueza en su propio beneficio, ya sea a través de la asignación arbitraria de recursos o por medio de la elaboración de una legislación favorable para sus intereses. En los casos más extremos nos encontramos con Estados de tinte patrimonial en los que unas pocas familias concentran casi toda la riqueza. Esta situación es relativamente frecuente en países con recursos naturales como el gas, el petróleo, los diamantes, etc., como son los casos de Nigeria, Guinea Ecuatorial, Zimbabwe, Siria, y las petromonarquías de Oriente Próximo. A lo anterior hay que sumar todas las prebendas que están unidas a los puestos de dirección en el Estado como son los abultados sueldos, y toda clase de privilegios que hacen de quienes ocupan dichas posiciones un grupo exclusivo y diferenciado de la sociedad.

Naturalmente la riqueza constituye una motivación muy poderosa que hace de la búsqueda del poder la principal batalla de determinados grupos e individuos. A lo largo de la historia la riqueza y el poder han estado estrechamente unidos, y prueba de esto es el elevado tren de vida que han llevado las elites dirigentes de todos los tiempos y civilizaciones. La ostentación de los líderes políticos es un hecho insoslayable como así lo prueban los faraones, los emperadores romanos, las monarquías orientales, hasta llegar a los actuales jefes de gobierno y de Estado junto a los demás representantes del poder político, militar, económico e ideológico. En este sentido la elite del poder no se diferencia demasiado de una vulgar banda de atracadores, con la particularidad de que el robo que practica lo desarrolla a una escala inmensamente mayor.

El poder mismo ejerce un magnetismo inigualable. Esto se debe a que se ha erigido en el punto de referencia de las esperanzas humanas capaz de librar de la fatalidad de su destino a individuos e incluso a colectivos enteros. De alguna manera se le ha atribuido cierto carácter mágico al hacer posible lo que de otro modo sería imposible. Se trata del poder entendido como medio para la realización de unas ambiciones particulares. Pero precisamente esas ambiciones conllevan de un modo u otro el aumento y la concentración del propio poder hasta el punto de que el medio se convierte en un fin. Esto explica que a lo largo de la historia diferentes individuos y grupos que han definido sus fines en términos de un ideal religioso, filosófico, económico o social y que han tratado de realizarlos a través del poder político únicamente hayan conseguido aumentarlo y reforzarlo, al mismo tiempo que han agudizado la lucha por su conquista y conservación.

Las esperanzas y los fines pretendidamente altruistas que plantean un orden mejor a través del poder político encubren la mera ambición del poder. Lo único que se persigue es el ejercicio del mando, lo que de un modo u otro conlleva el reforzamiento del poder al someter a las voluntades ajenas a las apetencias de la elite rectora. Esta elite se escuda en unos determinados ideales que justifican los sacrificios que son impuestos a la sociedad y que, en definitiva, significan la expansión y crecimiento del propio poder a expensas de aquella.

Por otro lado, y en la medida en que el monopolio del poder político de una minoría permite decidir sobre los fines de la sociedad, el ejercicio del mando entraña la asunción de un papel demiúrgico. Las decisiones de la elite dirigente no son tomadas únicamente para su propio provecho, sino que también son el reflejo de una determinada imaginación política que trata de realizar cierto proyecto con el que moldear el presente y el futuro colectivo. Se trata, entonces, de la prolongación del yo mandante a través de la sociedad gobernada a la que transmite sus propios impulsos y cuyos ingentes recursos moviliza. El ejercicio del mando pasa a ser la transformación y el moldeamiento de la sociedad a imagen y semejanza de la elite dominante. Así es como esta elite se realiza a sí misma al incorporar a la sociedad sus sentimientos y ambiciones, lo que significa el crecimiento y reforzamiento del propio poder.

Después de la riqueza y del ejercicio del mando se encuentra el prestigio como principal motivo para la búsqueda del poder. Su importancia viene dada sobre todo por el hecho de que tiene estrecha relación con una de las fuentes del poder que es la autoridad, entendida como la “auctoritas” de los clásicos. Esta recurre a la reputación, o más bien al prestigio, para generar actitudes de confianza entre los demás. Quien disfruta de prestigio cuenta con un crédito o una solvencia que le son reconocidas socialmente, lo que hace innecesaria la aplicación de la fuerza para que sus decisiones sean llevadas a cabo.

Pero, ¿de dónde procede el prestigio?. Su disfrute puede deberse a diferentes factores. En unos casos se debe a que se trata de un prestigio moral que tiene su origen en la competencia o en la experiencia en un determinado ámbito de la vida social, lo que hace que las sugerencias, consejos o recomendaciones sean atendidas sin examinar los argumentos. En otras ocasiones ese prestigio se debe a una trayectoria histórica conocida que hace que quien la posee no necesite presentar otras razones para que sus directrices sean atendidas, pues cuenta con la confianza generada por las acciones del pasado. Y las más de las veces el prestigio procede de quien ocupa un cargo en alguna de las instituciones oficiales, lo que hace que cuente de entrada, y por razón de su cargo, de un depósito de confianza que hace que sus indicaciones sean atendidas por el mero y simple hecho de proceder de quien proceden. Esto último es lo que pone de manifiesto la existencia de una estructura de prestigio en toda sociedad.

El prestigio, entendido aquí como reputación, obedece en gran medida a la búsqueda de la estimación y de la admiración de los demás. Consiste en la búsqueda del reconocimiento y responde en gran parte a un impulso narcisista que persigue el autoengrandecimiento. Históricamente el prestigio ha jugado un papel clave en el ejercicio del poder tal y como señaló Gustave Le Bon: “Todo lo que ha tenido en el mundo un poder arrollador, ya hayan sido ideas u hombres, ha impuesto su autoridad principalmente por medios cuya fuerza irresistible se expresaba con la palabra “prestigio” |…| El prestigio, en realidad, es una especie de dominio que ejerce sobre nuestra alma un individuo, una obra o una idea”.[12] A través del asombro y del respeto que infunde consigue paralizar la facultad crítica. Por medio del prestigio es como los poderosos consiguen que los demás crean en su poder sin necesidad de demostrarlo ni de ejercerlo. En este sentido sirve para reforzar el poder al protegerlo de todo reto social.

Pero respecto al sistema de prestigio que existe en la sociedad cabe apuntar que las grandes instituciones son en sí mismas mundos escalonados de prestigio. Establecen diferentes gradaciones de prestigio que dan forma a una jerarquía de personas sobre las que se asientan las relaciones de subordinación. En los altos círculos de estas instituciones se da una concentración de prestigio muy por encima de lo corriente. Digamos que el simple hecho de que un individuo detente una posición de dirección en alguna institución le hace estar investido de una reputación especial que él mismo contribuye a alimentar al buscar la notoriedad, al hacer aceptables sus acciones y popular su política.[13]

Los medios de comunicación de masas han sido el canal que ha permitido a las personas que están en la cima del poder llegar a las que están en posiciones más bajas. Por medio de la propaganda han maximizado en grado superlativo su prestigio, y han creado una opinión pública basada en una imagen de sí mismos acorde con sus pretensiones. En cierta medida el prestigio ha pasado a ser un fenómeno de masas artificialmente inducido o, en su caso, aumentado e intensificado gracias a la intervención de los más modernos medios de comunicación.

La manipulación de la población con la creación de una visión de la realidad acorde con los intereses de la elite dominante ha hecho del prestigio una fuente renovada de poder que, gracias al efecto amplificador de los medios de comunicación, ha establecido el necesario consentimiento social con el que el poder se ha visto reforzado. Por decirlo de alguna manera los medios de comunicación han convertido en celebridades a los miembros de la elite dirigente, y a través del prestigio han consolidado e intensificado la creencia popular de que tienen poder y riqueza.

El prestigio se apoya en las ideas y creencias predominantes en una sociedad. Quienes tratan de forjarse una buena reputación no suelen ir a contracorriente de la cultura y de los valores imperantes. De esta manera quienes disfrutan de una especial reputación se debe a que de algún modo encarnan esas ideas y creencias, lo que inspira la confianza de la población. Esto explica que históricamente las personalidades carismáticas hayan alcanzado cierto liderazgo al haber sabido interpretar esas ideas, valores y creencias logrando ser identificados con ellas, lo que a la postre también ha facilitado la identificación de las masas con el líder.[14] Estas individualidades carismáticas han llegado a ser la personificación de un mito que se ha construido en torno a ellas, y han adoptado así un valor e importancia de un marcado carácter simbólico al representar la expresión de la voluntad de todo un pueblo.

El prestigio constituye un importante aliciente del poder, porque con él se alcanza el reconocimiento y la admiración que permiten al individuo alimentar y agrandar su ego. El aura de respetabilidad y de distinción que significa pertenecer a los altos círculos del poder, y por tanto ocupar una posición de superioridad en relación al resto de la población, es una de las principales razones que explican las ansias de poder de algunos individuos. Pero el prestigio del poder no sólo satisface la presunción y prepotencia de ciertas individualidades, sino que al mismo tiempo aumenta ese poder al hacerlo incuestionable. Por tanto, a mayor prestigio mayor consentimiento social, pero también mayor la distancia entre la elite dirigente y las masas.

La riqueza, el ejercicio del mando y el prestigio son las principales razones que impulsan a determinados individuos y grupos a buscar el poder, pues son, a su vez, los principales réditos que pueden obtenerse de su disfrute. Por otra parte son factores que guardan una estrecha interrelación al ser atributos del poder. Así, a la riqueza le es consustancial cierto prestigio y capacidad de mando, de igual forma el ejercicio del mando implica un prestigio y cierta riqueza, mientras que el prestigio es una fuente de autoridad que conlleva de un modo u otro la riqueza y el mando sobre los demás. Todos ellos son rasgos definitorios del poder que al mismo tiempo explican por qué es tan codiciado y cuáles son los distintos tipos de personas que lo persiguen.

No cabe duda de que el egoísmo es el trasfondo último de quienes pretenden el poder. Sin embargo, el egoísmo, que de un modo u otro se encuentra presente en todo ser humano, no deja de ser una cualidad que se cultiva, lo que exige un medio adecuado para su desarrollo. La destrucción del lazo social ha caminado en este sentido al implantar relaciones mediatizadas por el interés que han generalizado el individualismo. Este contexto social y cultural ha facilitado la proliferación de seres egoístas que en no pocas ocasiones dirigen ese egoísmo hacia la búsqueda y conquista del poder.

El egoísmo social resulta muy funcional para el poder debido a que siempre tiene la necesidad de renovarse con individuos en los que esta cualidad resulta más enérgica, y por tanto está más desarrollada y afianzada. La renovación de las elites siempre ha repercutido en un aumento del propio poder con la hipertrofia de sus estructuras de dominación y la consolidación de su papel organizador en la sociedad.

En estas condiciones es natural que la lucha por el poder se exacerbe al entender que la única forma de solucionar los problemas sociales que se derivan de un orden político en el que una minoría impone sus intereses al resto es por medio de otra imposición. Esto es lo que da origen a la formación de grupos y alianzas de grupos que pugnan por el poder y que, a través de la manipulación propagandística, tratan de ganarse el apoyo popular. Sin embargo, las dinámicas que ponen en marcha estas luchas dan origen a procesos que obedecen, como se ha apuntado antes, a una renovación de las elites en la que la parte más destacada de los estratos populares pasa a ocupar el lugar de la antigua clase dirigente, de forma que la barrera de la antigua elite que excluía al pueblo es reemplazada por una nueva barrera de quienes pasan a ocupar los puestos de mando. De esta forma las elites cambian pero las estructuras de poder que las sostienen permanecen, y con ello el sistema de dominación se perpetúa.

Un verdadero cambio no es posible a través de la imposición de los intereses de una nueva elite en nombre del pueblo, ya que ello, como se ha visto a lo largo de la historia, ha significado la reproducción del sistema de dominación. Por esta razón el principal problema al que se enfrenta cualquier intento emancipador de la sociedad es la desarticulación del cuadro general de disvalores que organiza su cultura. Esto exige una regeneración moral de la sociedad que cree las condiciones subjetivas, aquellas que tienen que ver con el factor consciente del sujeto, para rechazar pensar, ser y sentir dentro de las formas de la cultura dominante impuesta por la elite dirigente.

No es posible una sociedad libre si no se lleva a cabo una labor previa que capacite moralmente a sus integrantes para ser libres.[15]Y esto pasa necesariamente por rechazar los disvalores imperantes, de entre los que destaca de manera especial el egoísmo, y sustituirlos por valores como el desinterés, el altruismo, la generosidad, el esfuerzo, el servicio, etc… De aquí se deduce la importancia de la cuestión moral como elemento regenerador de una sociedad decadente, sometida a unos cánones culturales impuestos por el poder que someten las relaciones a su propia lógica de dominación. Sólo así podrán cegarse las fuentes que alimentan el deseo de dominación de unos seres humanos sobre otros.


[1] Nos valemos de los tipos ideales como instrumento conceptual a pesar de sus propias limitaciones. Y es que dicha herramienta, desarrollada en su momento por Max Weber, todavía conserva su importancia y utilidad debido a que satisface una necesidad básica de toda ciencia, que no es otra que la generalización realizada a partir de las regularidades que son identificadas en el mundo objetivo. Constituye una abstracción construida a partir de un conjunto de elementos que, aún pudiéndose encontrar en la realidad, normalmente no se presentan de una manera aislada y pura. Así es como un tipo ideal sirve para entender la realidad concreta, a pesar de que esta siempre se desvía del modelo construido. Giner, Salvador, Teoría sociológica clásica, Barcelona, Ariel, 2001, p. 274

[2] “De manera fatal, ese principio maldito se manifiesta como un instinto natural, en todos los hombres, sin exceptuar a los mejores. Todos llevamos el germen dentro de nosotros; y como sabemos, por una ley fundamental de la vida, todo germen tiende necesariamente a desarrollarse y a crecer, a poco que encuentre en su medio las condiciones favorables a su desarrollo”. Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca, p. 40

[3] Spencer es sin lugar a dudas el máximo exponente del darwinismo social que tiene sus raíces en la obra de Darwin, Charles, El origen de las especies, Barcelona, Planeta de Agostini, 1992. En el segundo grupo destacan autores como Gumplowicz, Luis, La lucha de razas, Madrid, La España Moderna, 1892, y Oppenheimer, Franz, The State, Canada, Black Rose Books, 2007. El ejemplo más claro de las explicaciones raciales es Gobineau, Arthur de, Essai sur l’inégalité des races humaines, París, Firmin-Didot, 1853-1855

[4] “No puede haber organización humana sin jerarquía, y cualquier jerarquía exige necesariamente que algunos manden y otros obedezcan”. “En todas las sociedades |…| existen dos clases de personas, una clase que gobierna y otra que es gobernada”. Mosca, Gaetano, La clase política, México D. F., 1995, pp. 305 y 106

[5] Vallès, Joseph M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, p. 33

[6] Morgenthau lo definió de la siguiente manera: “Cuando hablamos de poder aludimos al control del hombre sobre las ideas y acciones de otros hombres”. Morgenthau, Hans J., “Poder politico” en Hoffmann, Stanley, Teorías contemporáneas sobre las Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 1972, p. 96

[7] Lo político es en esencia el modo en el que se organiza una sociedad. Freund, Julien, La esencia de lo político, Madrid, Editora Nacional, 1968. Asimismo, el conflicto social también forma parte de la esencia de lo político al articularse sobre la distinción entre amigo y enemigo. Constituye la distinción política específica a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos que originan el conflicto social, pues en base a ella se agrupan y organizan los grupos humanos que se oponen combativamente entre sí. Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005

[8] La importancia del monopolio fiscal, a veces olvidada, viene dada por el hecho de que junto al monopolio de la violencia ambos son dos caras de la misma moneda. “Ninguno de los dos tiene preeminencia sobre el otro en ningún sentido, son dos lados del mismo monopolio. Si uno de ellos desaparece el otro le sigue automáticamente, aunque el gobierno monopolista pueda en ocasiones quebrantarse más en uno de los lados que en el otro”. Elias, Norbert, Power and Civility, Nueva York, Pantheon, 1982, vol. 2, p. 104

[9] La clase dirigente de los Estados modernos actuales está compuesta mayormente por mandos militares y policiales, altos funcionarios de los diferentes ministerios, magistrados, políticos, empresarios, banqueros, catedráticos, celebridades, los jefes de los servicios secretos, periodistas, etc. Son reseñables algunos apuntes que aparecen a este respecto en Equipo Análisis del Estado, Diagrama sobre el Estado español, Potlatch, 2014. En esta obra puede apreciarse con gran claridad el poder que detentan los máximos responsables del Estado al describir la dimensión de cada departamento ministerial, así como sus ingentes recursos y los ámbitos que son objeto de su intervención.

[10] Necesaria y muy recomendable es la lectura de Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011. En esta obra el autor aborda el estudio del poder como nadie antes lo hizo, y explica no sólo su naturaleza egoísta sino también todos aquellos mecanismos que impulsan su crecimiento y expansión.

[11] Rodrigo Mora, Félix, Estudio del Estado, Madrid, Federación Local de Madrid (CNT-AIT), 2012, p. 11

[12] Le Bon, Gustave, The Crowd, Londres, Ernest Benn, 1952, pp. 129-130

[13] Wright Mills, Charles, La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957

[14] Freud, Sigmund, Psicología de las masas, Madrid, Alianza, 1985

[15] Georges Sorel dijo al respecto lo siguiente: “¿Cómo podría concebirse, en efecto, la formación de una sociedad de hombres libres, si no se suponía que los actuales individuos hubiesen ya adquirido la capacidad de conducirse por sí mismos?”. Díaz Guerra, Marino, El pensamiento social de Georges Sorel, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1977, p. 191

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Miércoles, Marzo 26, 2014

CAUSAS DE LA INTERVENCIÓN MILITAR OCCIDENTAL EN LIBIA

El 19 de marzo de 2011 comenzaron a caer sobre Libia las bombas del mundo libre y democrático para proteger a la población civil de los desmanes del tirano Gadhafi. En un inusitado alarde de altruismo humanitario las potencias democráticas se encargaron de salvaguardar la seguridad e integridad de la población libia con el bombardeo de colegios, zonas residenciales densamente pobladas, universidades, hospitales y otras instalaciones civiles en la estricta aplicación de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que establecía una zona de exclusión aérea sobre Libia. Pero lo más sorprendente de todo esto fue comprobar que países como EE.UU., con 50 millones de sus ciudadanos pasando hambre y con una pobreza rampante,[1] o como España, con más de un 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza y 11,5 millones de personas en riesgo de exclusión social,[2] manifestaran, en una clara muestra de excepcional generosidad, una extraordinaria preocupación por la situación de ciudadanos no nacionales ubicados a miles de kilómetros de distancia, hasta el punto de desprenderse de cientos de millones de euros para, de manera completamente desinteresada, iniciar una guerra humanitaria[3] para protegerlos de un régimen genocida.

Los aires de la primavera árabe que comenzó en el invierno del 2011 no tardaron en extenderse a Libia, donde el 15 de febrero de ese mismo año la oposición al régimen de Gadhafi salió a la calle en el Este del país para exigir cambios políticos que trajeran la libertad y la democracia al país norteafricano. La contestación del régimen de la Yamahiriya fue el bombardeo de los manifestantes, hecho que fue sistemática y machaconamente repetido por los grandes medios de comunicación occidentales. Sin embargo, poco después de esos bombardeos contra lo que en un principio se nos dijo que era población civil indefensa, tuvo lugar una insurrección popular armada fruto, siempre según los medios occidentales, del asalto a diferentes arsenales militares que permitieron a los insurrectos hacerse con una ingente cantidad de armamento para repeler a las fuerzas gubernamentales. Fue así como los mass-media pudieron presentar el acontecimiento como una revolución enteramente popular.

Pero la manipulación de la opinión pública internacional respondía a la clara finalidad política de justificar una intervención militar extranjera que permitiese la consecución de los intereses de las principales potencias occidentales. Bajo la excusa de garantizar la seguridad de la población civil libia los medios de desinformación crearon un tremendo clima belicista con el que generaron cierto consenso mundial que facilitó la agresión. Los grandes mass-media que canalizan los principales flujos de información que llegan a la población realizaron una campaña a favor de la guerra de lo más burda, en la que la manipulación alcanzó cotas de elevada sordidez e infantilismo al presentar a un malo muy malo, en este caso Gadhafi, y a un bueno muy bueno encarnado por los denominados rebeldes y un pueblo que, incapaz de liberarse a sí mismo, esperaba de manera impaciente la salvífica intervención del séptimo de caballería.

En cualquier caso la imagen propagandística del discurso desinformativo de los mass-media y de los gobiernos occidentales fue la de presentar a la oposición como representantes del pueblo libio, y por tanto como víctima de la brutalidad de un régimen criminal que exigía de la comunidad internacional una respuesta inmediata en términos militares. Sin embargo, esa oposición popular pacífica e indefensa que Occidente defendió estaba fuertemente armada desde el principio, disponía de equipos informáticos con los que tenía acceso directo a las redes sociales más importantes, lo que le permitió establecerse como la principal fuente de “información” de los medios occidentales y con ello difundir mundialmente su propaganda de guerra. El efecto de la propaganda bélica gracias a la viralidad de las redes sociales fue colosal hasta el punto de que la versión oficial de los hechos presentada por los gobiernos occidentales, la OTAN, la UE, la ONU y otras instituciones internacionales se volvió incuestionable y la opinión pública quedó completamente secuestrada. En esta situación cualquier información que pudiera contradecir esta versión de los hechos era ocultada o ignorada, y el más mínimo cuestionamiento de la “verdad” oficial respecto a lo que sucedía en Libia era demonizado o silenciado.

Asimismo, durante el conflicto que asoló a Libia se ocultó premeditadamente los lazos económicos y financieros que unían a su gobierno, y especialmente a la familia de Gadhafi, con importantes negocios e inversiones en destacados países occidentales como Italia, Reino Unido, Francia o España entre otros. No era nada desdeñable la participación de Gadhafi en el sector inmobiliario y financiero en Italia con su presencia como el mayor accionista de UniCredit, pero también en otros sectores como el armamentístico a través de Finmeccanica, en el gigante energético italiano ENI, en el equipo de fútbol Juventus de Turín y en el sector de telecomunicaciones con Quinta Comunications, sin olvidar los contratos con multitud de empresas italianas que convertían a Italia en su principal socio comercial. En total el valor de las acciones de Libia en Italia ascendían a 3.600 millones de euros.

Pero en el Reino Unido era donde Gadhafi disponía de un auténtico imperio inmobiliario por un valor estimado de 1.160 millones de euros compuesto por varias viviendas en zonas residenciales exclusivas de la capital británica, así como varios edificios destinados a oficinas entre los que destaca el denominado Beaufort House, por valor de unos 174 millones de euros, otros dos bloques de oficinas en Jardine House y 14 Cornhill valorados en unos 168 millones de euros, a lo que hay que añadir otros edificios también de oficinas en Holborn y en Oxford Street, además de un edificio utilizado por un centro hospitalario privado. A esto hay que sumar el contrato firmado entre Libia y Reino Unido por valor de 1 billón de dólares para el reinicio de las actividades de la multinacional petrolífera Royal Dutch/Shell, así como la existencia de diferentes cuentas bancarias pertenecientes a la familia Gadhafi por un monto total de unos 23.000 millones de euros.

También España mantenía relaciones comerciales con Gadhafi, quien poseía varias propiedades inmobiliarias en diferentes localidades del sur en las que proyectaba construir miles de viviendas, además de entidades bancarias con sede en España como Aresbank y Libyan Foreign Bank. Juntamente con esto se encuentra la firma de un contrato armamentístico por un valor estimado de 1.500 millones de euros, entre los que destacan las bombas de racimo provistas por la empresa Instalaza a la que el ministro Morenés perteneció en calidad de consejero.[4] La muy favorecida industria armamentística se vio beneficiada por los contratos firmados con Libia, hasta el punto de que sólo en 2008 las exportaciones a este país aumentaron un 7.700%. Estos contratos incluían la venta de instrumentos relativos a la categoría 15 (equipos de infrarrojos y de imágenes por radar), una inversión de 3,4 millones de euros en artículos de rango 10 (componentes de aeronaves de combate), 3,84 millones de euros destinados a artículos de la categoría 4 (balas, bombas, torpedos, misiles, granadas, minas…), además de convertir a Libia en el segundo destinatario de las exportaciones españolas de materiales de doble uso en 2009, es decir, tecnología civil susceptible de ser utilizada con fines militares, por una cantidad de 12,7 millones de euros. Aunque nos son del todo desconocidas las condiciones reales de la venta de este material, la cantidad exacta y la fecha límite para cumplir los acuerdos alcanzados, no cabe duda de que se trataba de un contrato con vistas a convertir a Libia en un cliente privilegiado para la industria armamentística local.

A todo lo anterior hay que añadir 7.300 millones de inversión en infraestructuras, así como 3.500 en el sector energético hasta un total de unos 12.300 millones de euros. Además de esto se encuentra el hecho de que el sector petrolífero suponía ya en 2010 un 95% de los ingresos del Estado libio, siendo los principales clientes Italia (28%), Francia (15%), China (11%), Alemania (10%) y España (10%). Por otra parte la presencia en Libia de compañías petrolíferas extranjeras era muy importante, entre las que destacaban el consorcio Oasis, Occidental Petroleum, Marathon Oil, Hess Corp, Conoco Phillips, Hulliburton y Exxon (EE.UU.), PetroCanadá (Canadá), Total (Francia), Saga Petroleum y Statoil (Noruega), Wintershall y RWE (Alemania), OMV (Austria), BP (Reino Unido), Woodside (Australia), Repsol (España), la anglo-holandesa Shell, Japan Exploration Company y TNK y Gaz-prom (Rusia).[5] Pero obviamente hacía falta pasar por alto a la opinión pública la estrecha colaboración de Occidente con el dictador libio, y muy especialmente el hecho de que las potencias occidentales, con EE.UU. a la cabeza, facilitaron la reintegración de este antiguo paria político en la comunidad internacional con la normalización de sus relaciones.

No deja de ser llamativo que la insurrección tuviera su origen en la región cirenaica, zona donde se concentran la mayor parte de los yacimientos de gas y petróleo y que históricamente ha estado vinculada a la monarquía. Todo esto explicaría que los denominados rebeldes, presentados como revolucionarios por la libertad y la democracia, enarbolaran la bandera monárquica en su lucha contra el régimen de la Yamahiriya, y que, una vez terminada la guerra, la Cirenaica declarase su separación respecto al resto del país con la formación de un parlamento propio encabezado por un descendiente del antiguo monarca Idris I.

También es significativo que los rebeldes, agrupados en el Consejo Nacional de Transición, al poco de comenzar los enfrentamientos tuvieran como principal preocupación la creación de un nuevo banco central libio, así como el control de los pozos petrolíferos con la constitución de una nueva empresa petrolífera, la Lybian Oil Company. A esto hay que sumar un hecho fundamental como fue la deserción de un nutrido grupo de militares de alto rango que, acompañados por algunos altos funcionarios del gobierno de Trípoli, se unieron a los rebeldes. Esto demuestra que el fondo del conflicto no fue un levantamiento popular espontáneo, sino que más bien convergieron una serie de fuerzas centrífugas tanto internas como externas que finalmente desembocaron en una cruenta guerra civil por el control de los recursos naturales y económicos del país.

Por otro lado hay que destacar que la división en la elite dirigente también respondía a divergencias de índole política como consecuencia del agotamiento del modelo de Estado de la Yamahiriya.[6] A nivel interno el mayor éxito de la Yamahiriya fue mantener la unidad, aunque de forma precaria en la región oriental del país, de una sociedad con una compleja estructura tribal bajo la mano de hierro del que en aquel entonces era el dictador africano que más años llevaba en el poder. Por el contrario, a nivel internacional la Yamahiriya, y más concretamente la política errática del propio dictador, demostró ser un auténtico fracaso que dejó al país sin aliados estables.

El nacionalismo económico y el panafricanismo del régimen era una forma de impulsar el liderazgo libio en África, y crear de este modo las condiciones favorables para convertir al país en una potencia regional. Esta estrategia hacía inevitable un conflicto de intereses entre el Estado libio y las potencias mundiales que únicamente podía resolverse por la vía militar. Prueba de ello es que Libia trató de llevar a cabo diferentes procesos de integración política con Túnez, Egipto y Siria que no prosperaron, pero sin embargo llegó a crear e impulsar la Unión Africana, organización supranacional nacida bajo el liderazgo libio tras la Declaración de Sirte en 1999, cuya principal razón de ser es la cooperación entre sus miembros y su integración política y económica, y que ha destacado por haber sido la primera organización panafricana creada fuera de la tutela occidental.

La forma en la que Gadhafi desplegó su estrategia para convertir Libia en una potencia regional se plasmó en hechos concretos. Uno de ellos fue la financiación del primer satélite de comunicaciones africano, el RASCOM, que puso fin al monopolio europeo sobre las comunicaciones africanas que suponían un coste de al menos 500 millones de dólares anuales, además de tener la tarifa más cara del mundo. Dicho satélite entró en órbita el 26 de diciembre de 2007 gracias a los 300 millones de dólares puestos por Libia. Esto hizo que tanto China como Rusia cedieran parte de su tecnología y facilitaran el lanzamiento de nuevos satélites como el sudafricano, congoleño, nigeriano, etc.

En otro lugar no menos importante se encuentran aquellas iniciativas orientadas hacia la integración financiera y económica del continente africano, lo que hubiera significado el fin de su dependencia con Europa. Entre estas iniciativas se encuentra el Fondo Monetario Africano, cuya fundación estaba planeada para el 2011 y tenía como finalidad reemplazar todas las actividades del FMI en suelo africano. En otro lugar está el Banco Central Africano para la emisión de moneda africana de cara a poner fin a la dominación del franco convertible impuesto por Francia en sus ex colonias. Y finalmente el Banco Africano de Inversión con sede en Sirte, que fue utilizado para prestar dinero a países africanos a 0 interés para su propio desarrollo.

Por otro lado la política exterior libia se encaminó hacia un permanente boicot de la Unión por el Mediterráneo liderada por Francia, que tenía por objetivo separar políticamente a los países del Norte de África del resto del continente. A esto hay que añadir que el propio Gadhafi iba en contra de la política norteamericana en África al persuadir, mediante grandes sumas de dinero, a otros gobiernos africanos para que declinaran las ofertas de EE.UU. de instalar bases militares en sus territorios.

Las inversiones extranjeras, sobre todo en el sector energético, y los suculentos royalties que se derivaron de ellas contribuyeron a dar un impulso a la economía libia que, ayudada por los altos precios del gas y del petróleo, le permitió tener el PIB más alto de todo el continente africano. A ello le siguieron políticas encaminadas a robustecer las infraestructuras y a incrementar su influencia, tanto económica, financiera, industrial, inmobiliaria y mediática en países occidentales y africanos. Se trataba, en definitiva, de un crecimiento económico que podía repercutir en un beneficio directo para el Estado libio de cara a la consecución de sus intereses estratégicos en la región, y que significaría a largo plazo socavar la influencia occidental en África.

Todo lo anterior, tomado en conjunto, explica que Occidente armara, financiara, entrenara y diera cobertura logística, política y mediática a la oposición, pero también que los insurrectos no tardaran en conseguir la adhesión de mandos militares y miembros del gobierno que, además de perseguir aumentar su propio poder, eran conscientes de que era preciso cambiarse al bando que se preveía ganador. Sin embargo, la elite mandante llegó tarde para realizar ese cambio al tratarse de una insurrección espoleada desde el exterior que, aunque al haberse apoyado en el descontento de parte de la población, ha tenido como principal resultado la somalización del país con el establecimiento de un clima de permanente guerra civil entre las diferentes tribus que históricamente han formado Libia.

Asimismo, resulta bastante reveladora la actitud beligerante de Francia que desde el primer momento tomó la iniciativa, tanto diplomática como militar, para encabezar una coalición internacional que derrocara al dictador. Esto se debe a los intereses franceses en África central y a su evidente pérdida de influencia en Libia y, por ende, en el conjunto del Norte de África. Su incapacidad para articular una alianza fue lo que forzó la intervención de los EE.UU. a través de la OTAN.

En este complicado juego de poder internacional la seguridad energética de Francia desempeñó un papel importante para garantizar una parte sustancial del gas y petróleo libio, y con ello mantener un abastecimiento estable en las mejores condiciones económicas posibles y, al mismo tiempo, reducir la dependencia que todavía mantiene con Rusia. En lo que a esto último se refiere constituía una seria amenaza para los intereses franceses la creciente posibilidad de que, con la mejorada posición política y económica que disfrutaba Libia, se produjera un realineamiento internacional que condujera a este país a aliarse con Rusia y China. Esta situación hubiera puesto en peligro los intereses franceses en el norte de África y su seguridad energética. Prueba de todo esto es el apoyo dado por Francia a los rebeldes y las negociaciones entabladas con estos para garantizarse un 35% del petróleo libio una vez derrocado Gadhafi.[7]

Quizá lo más llamativo en todo el proceso que dio lugar al derrocamiento del dictador libio fue la manipulación mediática. Pero sobre todo el papel que desempeñaron las redes sociales a través de las que se difundían las principales informaciones que llegaban acerca de lo que ocurría en Libia. Con ello se llevó a cabo una guerra psicológica para crear un estado de ánimo propicio con el que generar una corriente de opinión que indujese a las sociedades occidentales a exigir una intervención militar “humanitaria”. En este sentido las elites mandantes occidentales demostraron haber aprendido de la experiencia de Irak, y recurrieron a una propaganda de guerra mucho más perfeccionada desde el punto de vista de la psicología social para justificar la intervención militar.

Asimismo, no deja de ser curioso que la izquierda española, y más específicamente su intelectualidad, se alineara con los intereses políticos de las principales potencias imperialistas occidentales y se manifestaran en repetidas ocasiones partidarios de una intervención militar. Todo ello se aleja mucho de auténticas intenciones filantrópicas o humanitarias, que son ajenas a los intereses de los Estados, y refleja más bien los intereses a los que realmente sirven. Esa izquierda es la que ahora, tres años después de lo ocurrido en Libia, debería dar explicaciones de por qué dio su apoyo moral a una intervención militar que, en definitiva, contribuyó a arrasar todo un país y a dejarlo en una situación todavía peor a la que se encontraba bajo la tiranía de Gadhafi.

Por otra parte el derrocamiento de Gadhafi se inscribe en un contexto histórico e internacional en el que diferentes países del Norte de África y de Oriente Próximo sufrieron procesos de naturaleza semejante, y que en algunos casos significaron un reajuste interno que dio continuidad a unas estructuras de poder claramente deterioradas y deslegitimadas. Estos reajustes, siempre tutelados desde el exterior, fueron llevados a cabo con diferentes grados de violencia y, cuando ello fue preciso, sirvieron para justificar la intervención occidental y el apoyo de la oposición (Libia y Siria). El hecho de que se sentaran diferentes precedentes para la intervención exterior cuestiona algunos de los fundamentos del actual sistema de Estados, como son la soberanía e integridad territorial. Esto es consecuencia de la tendencia natural del poder a crecer, y en este caso la tendencia de una potencia como EE.UU. a aumentar y concentrar el poder internacional.

Así pues, la financiación y el armamento generalizado de los opositores a Gadhafi ha servido en última instancia para el desarrollo de una guerra civil tras el derrocamiento del dictador. A aquel conflicto que puso fin a la Yamahiriya le siguió otro no menos intenso y cruel, marcado por las venganzas entre las diferentes tribus libias.

La destrucción de las infraestructuras, la generalización del caos gracias a la acción de grupos armados de la más diversa índole, han servido también para dejar no sólo arruinado y arrasado materialmente a todo un país sino para degradarlo moralmente, llevarlo a un profundo abismo que desafortunadamente guarda demasiado parecido con Somalia y del que difícilmente podrá salir de él. Mientras tanto las potencias occidentales, como aves de carroña, se reparten los despojos de este país del que ya no se habla para nada en Occidente.


[3] Habría que preguntarse qué puede tener de humanitaria la guerra, acto de violencia atroz que conlleva el asesinato de miles, cuando no millones, de inocentes, mutilaciones, violaciones, torturas, etc.

[5] http://www.publico.es/internacional/369371/el-gran-negocio-de-libia Consultado el 14 de septiembre de 2012 http://www.librered.net/?p=5565 Consultado el 25 de marzo de 2014

[6] No hay que olvidar que Gadhafi era un coronel del ejército y que, tras el golpe de Estado del 1 de septiembre de 1969 con el que derrocó a la monarquía, estableció una junta militar dirigida por una facción joven e izquierdista que emprendió una labor modernizadora sin precedentes que sirvió para agrandar y reforzar el Estado a través de la nacionalización de los recursos estratégicos del país, fundamentalmente gas y petróleo, la prohibición de los partidos políticos, la creación de innumerables empresas estatales, la prestación de diversos servicios de carácter social y educativo equiparables al Estado de bienestar occidental, etc. El crecimiento del Estado vino marcado sobre todo por la creación de un sistema político de asambleas y congresos populares que integraba y armonizaba en su seno la complejidad y diversidad de la sociedad libia, compuesta fundamentalmente por tribus. De esta forma el Estado extendió su control sobre las diferentes tribus libias al encauzar su participación política a través de las instituciones, y con ello sometió los lazos tribales y familiares a su propia lógica de dominación sin necesidad de destruirlos expeditivamente. A este respecto resultan esclarecedoras las siguientes palabras: “Desconocer los lazos nacionales de los grupos humanos y construir un sistema político contradictorio con la situación social es tanto como levantar un edificio provisional que habrá de ser derribado por el movimiento del factor social de esos grupos” en El Gadhafi, Muammar, El Libro Verde, España, Public Establishment for Publishing, pp. 101-102. Históricamente la imposición del Estado ha exigido realizar ciertas concesiones a la sociedad en la forma de derechos y libertades tuteladas, lo que en el caso de la Yamahiriya, concebido como Estado de las masas, sirvió para crear cierto consenso social para facilitar la identificación de los pueblos libios con el Estado. La forma que adoptó el Estado libio respondía a los intereses estratégicos de la elite mandante para mantener su posición dominante en la sociedad con el beneplácito de esta.

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Viernes, Febrero 28, 2014

UN ANÁLISIS GEOPOLÍTICO SOBRE LA SITUACIÓN EN UCRANIA

En noviembre de 2004 se produjo la revolución naranja en Ucrania que, por medio de una serie de huelgas, manifestaciones, acampadas, etc., provocaron la caída del gobierno de aquel entonces y la formación de uno nuevo afín a los intereses occidentales. Dicha revolución se inscribió en un contexto de agitación  a principios del s. XXI en los países de la órbita ex-soviética: revoluciones en Georgia, Kirguistán, intentos en Bielorrusia, Moldavia, etc. En la misma época, pero en lugares como Yugoslavia o el Líbano, también se produjeron procesos similares con la formación de gobiernos próximos a los intereses de EE.UU. y de la UE, además de intentos desestabilizadores que no tuvieron éxito en países como Irán o Birmania.

La mayor parte de estas iniciativas desestabilizadoras obedecen a las presiones que la propia estructura de poder internacional ejerce sobre los países. En todos o casi todos los casos ha sido decisiva la colaboración y apoyo prestado por el Departamento de Estado de los EE.UU. a las fuerzas opositoras para la subversión del orden establecido en dichos países, lo que forma parte de una táctica puesta en práctica tras el fin de la guerra fría que consiste en la manipulación ideológica e informativa de sectores descontentos de la población. Con la proyección mediática que alcanzan este tipo de protestas a nivel internacional se crea una opinión pública favorable a las presiones exteriores, y de esta manera se facilita el derrocamiento del gobierno. Así es como determinadas potencias no sólo cometen injerencias sino que violan la soberanía de otros Estados para reconducirlos políticamente según sus intereses.[1]

La maniobra subversiva puesta en marcha en Ucrania durante este año 2014 responde a un patrón muy similar al de los procesos antes señalados, y especialmente a los que tuvieron lugar 10 años antes en este mismo país pero con la particularidad de que en esta ocasión se ha desatado una mayor violencia que en aquel entonces. Asimismo, es importante destacar que todos estos procesos tuvieron como referente intelectual en su ejecución la obra de Gene Sharp, de amplia difusión en el seno del propio Departamento de Estado y en la oposición apoyada por los propios EE.UU.,[2] que ha servido como manual para dar golpes de Estado “suaves” contra gobiernos no alineados con Occidente.[3]

Por otro lado es necesario señalar que Ucrania es motivo de disputa entre Occidente y Rusia por el lugar en el que se encuentra, y más específicamente por la posición geográfica que EE.UU. ocupa en el mundo al proveerle de una imagen geopolítica en base a la que articula su política exterior, lo que convierte el territorio que abarca Ucrania en un espacio de vital importancia estratégica para esta potencia.

Así pues, es necesario clarificar esa visión geopolítica que EE.UU. tiene del mundo para comprender el papel que Ucrania juega en su política exterior. En lo que a esto respecta los EE.UU. son deudores del pensamiento e ideas del geopolítico y geógrafo británico Halford J. Mackinder, quien en su conferencia pronunciada ante la Real Sociedad Geográfica de Londres el 25 de enero de 1904, y titulada El pivote geográfico de la historia, describe el heartland de la gran isla mundial euroasiática, la zona comprendida entre el Volga y el Yangtsé y entre el Himalaya y el Ártico, como un espacio estratégicamente ubicado debido a su inaccesibilidad desde el mar, a la imposibilidad de invadirlo completamente y a sus ingentes recursos continentales cuyo control significaría el dominio mundial.[4] Todo esto le llevaría a afirmar ya en 1919 que “quien gobierne Europa del Este dominará el heartland; quien gobierne el heartland dominará la Isla-Mundial; quien gobierne la Isla-Mundial dominará el mundo”,[5] lo que pone de manifiesto la importancia geopolítica y estratégica de los países que se encuentran entre el Mar Báltico y el Mar Negro como es el caso de Ucrania, y consecuentemente la necesidad de impedir cualquier unidad política del continente euroasiático.

La política exterior de los EE.UU. es deudora de los planteamientos de Mackinder en la medida en que la obra de Nicholas Spykman, quien asumió y desarrolló de forma crítica las ideas fundamentales del pensamiento geopolítico del geógrafo británico, constituye su piedra angular.[6] De este modo, y a diferencia de Mackinder, para Spykman el poder mundial no depende de quien controle de forma directa el heartland sino de quien sea capaz de cercarlo. Esto es lo que dio origen a la política de contención de Rusia dentro del heartland a través del rimland, o anillo de tierras que bordea el heartland.[7] Por esta razón durante la guerra fría Europa occidental fue concebida como una cabeza de puente para la contención de la potencia euroasiática soviética, al igual que Turquía, Irán, Corea, Japón, Taiwán, etc., desempeñaron esta misma función estratégica. Con el fin de la guerra fría y el desmoronamiento de la URSS la cabeza de puente occidental aumentó hacia el Este en la misma proporción que las fronteras rusas retrocedían. De esta manera la península europea sirvió no sólo para cercar a Rusia dentro del heartland sino para contenerla y aislarla del resto de Europa, pero sobre todo como trampolín desde el que tener acceso a Asia central. Por esta razón Ucrania cobra una importancia crucial en el contexto de esta estrategia de contención dado que se ubica en una región limítrofe con el heartland y en una posición dominante sobre el Mar Negro.

Pero más recientemente Zbigniew Brzezinski fue quien puso de relieve la importancia de Ucrania para la política internacional estadounidense de cara a impedir un renacer imperial de Rusia.[8] El control de Ucrania significa al mismo tiempo el control sobre más de 50 millones de habitantes, de importantes recursos y del acceso al Mar Negro. Por este motivo Ucrania es concebida por Brzezinski como un pivote geopolítico de Occidente para la proyección de su influencia sobre Asia Central. De aquí se deriva el especial interés de Occidente en apoyar un Estado ucraniano independiente y autónomo respecto a la influencia de su vecino ruso, y por ello partidarios de una identidad claramente diferenciada que en la práctica ha servido para alentar el enfrentamiento étnico y el sentimiento antirruso.

El apoyo externo a la preservación de la integridad territorial e independencia de Ucrania tiene una intencionalidad geopolítica muy clara, y no es otra que la de mantener a Rusia distanciada de Europa y convertirla en una entidad más “asiática”. Unido a lo anterior hay que añadir que Rusia históricamente ha ejercido un control sobre el Mar Negro gracias a su base naval ubicada en la península de Crimea, y más concretamente en Sebastopol. Durante el proceso de desintegración de la URSS la pérdida de Ucrania fue la más problemática para Rusia, pues la aparición de un Estado independiente en esta región significó un varapalo geopolítico que supuso un retroceso drástico de sus fronteras occidentales, sin olvidar el estado de confusión que ello acarreó tanto a la hora de reformular su política exterior como para definir la naturaleza de su identidad política y étnica.

Por otra parte la importancia de Ucrania viene dada también por ser una zona de tránsito de gasoductos y oleoductos que se distribuyen por toda Europa. Esto, a su vez, está vinculado a la aspiración alemana encarnada por Mitteleuropa, que no sería otra cosa que el proyecto político para la consecución de la hegemonía alemana en el continente europeo. Esta tendencia se ha manifestado históricamente en un sentido de agresión y colonización del Este de Europa, y particularmente de Ucrania,  que expresa las ambiciones imperialistas alemanas que a día de hoy han quedado subsumidas en  la extensión de la UE, la OTAN y la hegemonía mundial de los EE.UU.

Una vez explicados los condicionantes históricos, geoestratégicos y geopolíticos que caracterizan a Ucrania se hace más comprensible que después de que el gobierno ucraniano de Yanukovich rechazara firmar un acuerdo comercial con la UE se iniciara el proceso desestabilizador, lo que finalmente ha tenido como consecuencia la formación de un nuevo gobierno compuesto por miembros de la oposición que, en su mayoría, son favorables al ingreso de Ucrania en la UE y en la OTAN. A lo anterior se suma la circunstancia de que Ucrania se encuentra fuertemente endeudada, y que ello ha desencadenado una serie de reformas económicas que han repercutido negativamente en la población y generado un elevado grado de descontento. Esto explica que un contexto social y económico marcado por el empobrecimiento y una conflictividad latente haya sido aprovechado para detonar un proceso político desestabilizador. Después del derrocamiento del gobierno anterior y con un ejecutivo prooccidental es cuando el FMI se ofrece a Ucrania para prestarle 35.000 millones de dólares que necesita para pagar sus deudas.

Nos encontramos ante una Ucrania dividida que no deja de ser el reflejo de la lucha de poder entre las potencias occidentales y Rusia, lo que posiblemente lleve a una división del país o, en el peor de los casos, a una guerra civil entre el Oeste y el Este. Por el momento el nacionalismo, tanto antirruso como ruso, está siendo azuzado por los políticos locales organizados en grupos de poder apoyados tanto por Rusia como por Occidente, lo que puede desencadenar finalmente una ola de violencia incontrolada que signifique una fractura geográfica y política del país. A la vista están las protestas que se desarrollan en la península de Crimea, compuesta mayoritariamente por población rusa, así como todas aquellas manifestaciones que han tenido lugar en Kiev y en regiones occidentales del país. Pero más aún, la intervención militar de Rusia es un hecho desde el momento en el que ha desplegado sus tropas terrestres sobre Crimea, y ha tomado el control de lugares estratégicos como inmediaciones del parlamento local, aeropuerto, etc., al mismo tiempo que moviliza 150.000 soldados en su frontera con Ucrania,  incrementa las patrullas aéreas en la zona, y Putin solicita autorización de la Duma rusa para intervenir militarmente en Ucrania.

Ucrania es económicamente dependiente de Rusia, su principal socio comercial y sostenedor financiero. Al mismo tiempo la mayor parte de las industrias y recursos naturales del país se concentran en las regiones próximas a Rusia que, a su vez, están pobladas mayoritariamente por rusos. En caso de que la situación en el país camine hacia una mayor agitación no sería descabellado pensar que Rusia pudiera tomar alguna iniciativa similar a la que puso en práctica con Georgia, y proceda a la ocupación de todo el Este de Ucrania. Una situación para la que los países occidentales, ni tan siquiera la OTAN, están preparados y para la que no tienen planes de actuación de ningún tipo.

Asimismo, y gracias a la masiva desinformación llevada a cabo por la propaganda tanto dentro como sobre todo fuera de Ucrania, las potencias occidentales han logrado violentar la soberanía y legalidad de un país para poner a su cabeza a un gobierno marioneta como el de Yanukovich lo era para Rusia. Todo ello viene a demostrar una vez más que Ucrania parece destinada a ser el campo de batalla geopolítico de las potencias occidentales y de Rusia, en el que la población será carne de cañón para, por medio del nacionalismo, servir a los intereses de estos bloques de poder internacional. Nada parece prever por ahora un despertar verdaderamente revolucionario que ponga fin a la opresión que hoy padecen los ucranianos, sino que por el contrario parecen cobrar vida propia todos los fantasmas que en el pasado, bajo formas no muy diferentes, dejaron un sangriento legado de muerte, tragedia y destrucción.


[1] Vidal, Esteban, Hacia una Nueva Edad Media Global. Maquiavelo y maquiavelismo en la Globalización, Novum Publishing, Unión Europea, 2011, pp. 46-49

[2] Sharp, Gene, De la dictadura a la democracia. Un sistema conceptual para la liberación, Institución Albert Einstein, Boston, 2003

[3] Resulta bastante esclarecedor el visionado del documental Estados Unidos: a la conquista del Este producido por Canal + y Télé-Québec donde se puede comprobar el dirigismo ejercido por los EE.UU. sobre los líderes de las revoluciones de color, y consecuentemente el intervencionismo de esta potencia en los asuntos internos de otros países, y especialmente la importancia que, a modo de hoja de ruta, ha tenido la obra de Gene Sharp para llevar a cabo estas revoluciones. http://www.youtube.com/watch?v=uqPQGVBBYlc Consultado el 26 de febrero de 2014

[4] Esta conferencia fue reproducida en Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Pleamar, Buenos Aires, 1982, pp. 367 y siguientes

[5] Mackinder, Halford J., Democratic Ideals and Reality, National Defense University Press, Washington DC, 1996, p. 106

[6] A la que habría que unir la considerable influencia ejercida por la obra de Mahan. Caben destacar los siguientes volúmenes: Mahan, Alfred T., El interés de Estados Unidos de América en el poderío marítimo. Presente y futuro, Unibiblos, Bogotá, 2000. Mahan, Alfred T., Influencia del poder naval en la historia, Ministerio de Defensa, Madrid, 2007

[7] Spykman, Nicholas J., Estados Unidos frente al mundo, Fondo de Cultura Económica, México, 1944

[8] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratéticos, Paidós, Barcelona, 2003

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Sábado, Enero 4, 2014

EL SADOMASOQUISMO DE LAS RELACIONES DE PODER

El Estado constituye una minoría organizada que dispone de todos los mecanismos necesarios para ejercer el mando sobre la sociedad. Es una realidad en sí y por sí que articula a la elite dominante de un determinado país, y que por ello no se limita a ser un mero instrumento a su servicio para el despliegue de su poder sobre el resto de la sociedad. Prueba de esto es que sus componentes, sobre todo en los más altos niveles decisorios, constituyen un grupo aparte de la sociedad que tiene, precisamente por ello, conciencia de formar una clase exclusiva. Los integrantes de este grupo pertenecen a familias que generalmente están emparentadas entre sí, que comparten el mismo estrato social y económico, se han formado en los mismos colegios, institutos y universidades, son socios de los mismos clubes, comparten experiencias de vida muy semejantes, tienen gustos parecidos y trayectorias profesionales similares.[1]

Pero del mismo modo que históricamente la elite dominante ha buscado una identificación de sus súbditos con las instituciones que los gobiernan para, así, conseguir su consentimiento, se ha dado la tendencia contraria con la que afianzar la superioridad y exclusividad de este grupo y sus instituciones. Esto se manifiesta de una forma muy visual en la arquitectura de los edificios oficiales al caracterizarse por su enormidad, y cuya tendencia es la de reflejar el poder y grandeza de las instituciones que albergan y al mismo tiempo empequeñecer y avasallar a sus visitantes.[2]

Históricamente al poder no le ha bastado con obtener la identificación de sus dominados con sus instituciones, sino que también ha sido necesario que su legitimidad se base en un derecho indiscutido a mandar fundado en su propia naturaleza, y por tanto en una supuesta superioridad intrínseca que lo capacita para ejercer esa función de mando. El poder necesariamente requiere mantener cierta distancia con respecto a sus sometidos, pues el mando no es compartido con nadie y ello conlleva una diferencia jerárquica, una superioridad que exige ser reconocida. De esta forma es como el poder desarrolla una relación psicológica con los dominados que aspira a perpetuar el sentimiento de dependencia de estos últimos con respecto a aquel.

La tendencia natural del poder es su crecimiento ilimitado que lo aboca irremediablemente a abarcar un creciente número de ámbitos, circunstancia que se refleja claramente con una cada vez mayor tutela del propio individuo al hacerlo dependiente de una serie de instituciones que extienden su control sobre todos los ámbitos de su vida.[3] El hecho de que los Estados actuales se ocupen de una innumerable cantidad de funciones es el reflejo de su afán de controlar toda la vida del sujeto, pero sobre todo para establecer una relación de dependencia que contribuye a nulificar e infantilizar a las personas y a afianzar la idea de que sin el Estado son incapaces de hacer nada por sí mismas.

Estas relaciones de poder reúnen una serie de componentes que las hacen semejantes a las relaciones sadomasoquistas. En este sentido el poder no se conforma con nulificar subrepticiamente al sujeto con la permanente ampliación de sus funciones, sino que también requiere hacerlo de una forma explícita a través de innumerables recursos: sistema educativo, propaganda ideológica, medios de comunicación, producción cultural de todo tipo, etc. Por medio de estos recursos el poder despliega su sadismo sobre los dominados a los que degrada moralmente hasta cotas inimaginables al denigrarlos, envilecerlos y hacerlos sentir una completa inutilidad. Esta devaluación moral del sujeto a través de los mensajes que recibe está claramente dirigida a afirmar la superioridad de quien detenta y ejerce el poder.[4] Así pues, por medio de estos mensajes se persigue el engrandecimiento y culto al poder, además del avasallamiento y empequeñecimiento del sujeto hasta el punto de hacerle sentir una basura. Con todo esto no sólo se logra afianzar la distancia y superioridad del dominador respecto al dominado, sino que también sirve como mecanismo legitimador que, al devaluar al sujeto y destruir su voluntad, facilita el consentimiento del propio dominado que pasa a considerar como natural, necesaria y justa la posición del dominador al considerar que está capacitado para el ejercicio del mando.

El poder necesita que su superioridad sea reconocida para conseguir la obediencia de sus dominados. Cuando se ha logrado inculcar esta idea en la sociedad es cuando se manifiesta una actitud masoquista en los dominados, pues asumen e interiorizan el discurso dominante que los relega a la condición de seres inferiores, inútiles e incapaces. El empequeñecimiento y envilecimiento del sujeto sobrepasa la mera obediencia, y con ello la aceptación y reconocimiento de la superioridad de los dominadores, para convertirse en la destrucción de su voluntad y en la identificación con su condición de objeto al que el poder somete a todas sus apetencias. En cierto modo se interioriza el sadismo de la mentalidad de la elite dominante para aplicarlo sobre sí mismo, de tal forma la entrega es completa.

La elite rectora es la encarnación de los atributos opuestos a los del grupo dominado, lo que la cualifica para ejercer el mando en tanto en cuanto demuestra que posee el saber y la capacidad para organizar y dirigir al conjunto de la sociedad. Al mismo tiempo que esta elite representa unas cualidades superiores también infunde unos valores en el conjunto de la sociedad que facilitan su adhesión, ya que como grupo constituye una referencia y un agente protector del orden (su orden, no lo olvidemos) que nadie más es capaz de realizar. Así es como se establece una relación psicológica de dependencia de la sociedad hacia este grupo rector. El creerse ser dominado, y sobre todo sentirse poseído, por quien es considerado y reconocido como superior constituye la fuente de placer que facilita la identificación del sometido con su condición de esclavo además de su adhesión a sus dominadores. La alienación, como la ausencia de voluntad propia, se convierte en algo placentero, pues el ser poseído por quien se considera mejor, y por tanto por quien está precisamente por ello destinado a someterle, produce satisfacción.[5] Esto lleva a la natural aceptación de las decisiones y medidas del poder, incluso cuando estas son dañinas, flagrantemente opresivas o injustas, pues la sociedad ya no las tiene por tales.

La identificación del sometido con su condición de objeto, y por tanto de esclavo, al servicio ilimitado de la clase dominante aboca a una permanente incapacidad, a una dependencia funcional respecto a aquel grupo rector. La desaparición de esta elite adquiere necesariamente en el imaginario colectivo unas dimensiones catastróficas que significarían, no ya la orfandad de la sociedad, sino su misma destrucción al verse en una situación de dependencia que incapacita a los individuos para organizarse al margen de este grupo dominante al que han unido su futuro y su misma existencia. Todo esto aboca al permanente colaboracionismo del conjunto de la sociedad con su elite mandante con la que se identifica al concebirla como una proyección sublimada de sí misma, y en última instancia como una expresión de voluntad a pesar de haber sido suplantada por la de dicha elite. 

En el fondo las relaciones de poder contribuyen a crear una sociedad dominada por el resentimiento y el odio. Un odio que está dirigido tanto contra uno mismo como contra los iguales y que resulta funcional para el poder establecido que, de esta manera, consigue establecerse como ente regulador que afirma su capacidad y función rectora y organizadora frente a la incapacidad del vulgo. Esta dinámica social se retroalimenta a sí misma hasta el punto de que deja de existir vida más allá de esa elite mandante a la que queda estrechamente unida la existencia de la sociedad, de tal forma que nada puede ser pensado sin ella. En este punto es cuando la elite ya no es identificada con unas personas concretas, sino que pasa a ser conceptualizada como grupo y función inherente a la sociedad, y que por ello mismo su existencia constituye una necesidad para la existencia misma de la sociedad independientemente de cuáles sean las individualidades que ocupen esa posición de poder. La imaginación política queda recluida a los estrechos límites impuestos por el autoritarismo que logra así perpetuar las estructuras de dominación en el seno de la sociedad. 


[1] Wright Mills, Charles, La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957.  Mosca, Gaetano, La clase política, México, Fondo de Cultura Económica, 2002.

[2] Resulta de lo más ilustrativa la descripción que se ofrece sobre la construcción del Pentágono y su inmensidad arquitectónica como expresión del poder de esta institución en Carroll, James, La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda, Barcelona, Memoria Crítica, 2006.

[3]Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011.

[4] Estos mensajes son en el fondo una permanente violación de la integridad y dignidad del sujeto, además de una violación de la libertad en sus múltiples ámbitos pero sobre todo de conciencia. Por medio de estos mensajes se trata de normalizar una serie de ideas, disvalores y códigos de conducta acordes con las pretensiones del poder.

[5] En el terreno de la psicología de masas es interesante el análisis de Freud a la hora de abordar los resortes que operan en los procesos de adhesión a líderes o grupos dominantes done la libido, como elemento de placer, juega un papel cardinal. Freud, Sigmund, Psicología de las masas, Madrid, Alianza, 1984.

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Viernes, Diciembre 27, 2013

LA ALIENACION DEL TRABAJO ASALARIADO

Durante el siglo XVII tuvieron lugar una serie de acontecimientos de gran importancia en la política europea que contribuyeron al establecimiento del Estado moderno como forma política dominante. Entre estos acontecimientos decisivos caben destacar aquellos que en el terreno bélico supusieron unas innovaciones tecnológicas que aumentaron la potencia de fuego de los ejércitos, a lo que hay que sumar las nuevas técnicas de combate que significaron un incremento numérico sin precedentes de los efectivos, lo que implicó la formación de la estructura organizativa central del Estado moderno para, así, hacer acopio no solo de los recursos materiales y económicos necesarios para preparar y hacer la guerra sino también para un mayor control de la población.[1] De esta forma el Estado moderno constituyó la respuesta organizativa de las elites dominantes con la que extender su control sobre la sociedad para supeditarla a sus intereses.[2] Todo esto obedecía en última instancia a las exigencias de la esfera internacional del momento en la lucha por la hegemonía mundial, lo que supuso una permanente carrera de armamentos que contribuyó a dejar extenuadas las economías y sociedades de los diferentes países involucrados en estos conflictos.[3]

No cabe duda de que las rivalidades de los diferentes países en su pugna por la hegemonía mundial contribuyeron decisivamente a la aparición y desarrollo del Estado moderno,[4] y con ello a su extensión y consolidación en dos sentidos diferentes: a nivel interno en relación al dominio que ejercen las elites mandantes sobre sus dominados, y a nivel externo con la generalización de este modelo de organización política a partir de la paz de Westfalia en 1648 que dio lugar al actual sistema internacional de Estados. En este sentido el contexto internacional, y sobre todo las fuerzas que presionan desde el exterior a través de la estructura de poder internacional, ha contribuido a la formación del Estado moderno. Ello significó el afianzamiento y expansión de la estructura social de clases que le es inherente, al mismo tiempo que permitió la reorganización general del conjunto de las relaciones sociales. En lo que a esto último se refiere el Estado jugó un papel fundamental en tanto en cuanto dicha reorganización de la sociedad fue puesta en marcha a través de dos procesos íntimamente relacionados: la formación y desarrollo del incipiente capitalismo mediante el establecimiento de la estructura legal e institucional que lo hizo posible,[5] y el proceso de industrialización que proveyó al Estado de los medios materiales, financieros y económicos para hacer la guerra. Entre las principales consecuencias de esta reorganización de las relaciones sociales se encuentran la aparición de la propiedad privada en los medios de producción y el trabajo asalariado.

En la medida en que el Estado se apropió de la capacidad legislativa con la que imponer sus propias leyes también dio lugar a la apropiación económica de la tierra a través de la propiedad privada. La normativa legal, fruto de la desigualdad política que significa la existencia del Estado, fue la que dio origen a la desigualdad económica con la institución del derecho a la propiedad privada que desde entonces recibió la protección del aparato represivo, judicial y burocrático del Estado. El propio Estado, a través del monopolio de la violencia que detenta sobre el territorio de su jurisdicción, se ocupa de supervisar el complimiento de la legislación por él mismo creada y de proveer así de la correspondiente seguridad jurídica que protege la propiedad privada y a la clase capitalista. De este modo las relaciones sociales fueron transformadas completamente a través de la apropiación, primero jurídica y después económica, de la tierra y consecuentemente del conjunto de los medios de producción que hasta ese momento habían pertenecido a la comunidad popular.[6] Con ello apareció el trabajo asalariado como forma de producción predominante en el sistema capitalista que facilitó la monetización de las relaciones sociales, y al mismo tiempo su sometimiento a la lógica del capital.

La propiedad privada en los medios de producción es la base sobre la que se fundan las principales relaciones de explotación inherentes al sistema capitalista, y que encuentran en el trabajo asalariado su más acabada expresión en la medida en que el trabajador o trabajadora pone su fuerza de trabajo al servicio de otros. Esta nueva forma de explotación no se diferencia en nada sustancial de la esclavitud antigua con la única particularidad de que la relación entre el explotador y el explotado se encuentra mediatizada por un salario.

La propiedad privada da poder a la clase explotadora compuesta por los capitalistas, quienes imponen las condiciones económicas y laborales por las que los trabajadores deben vender su fuerza de trabajo. Asimismo, el trabajo asalariado ha significado la extensión y profundización del control de los propios asalariados bajo formas renovadas y perfeccionadas. Mientras que en la antigüedad el esclavista únicamente se limitaba a dar aquellas órdenes que sus esclavos debían cumplir, dejando a estos un margen de maniobra para organizar por sí mismos el trabajo, con el trabajo asalariado el propio capitalista organiza el trabajo que sus empleados deben realizar. De esta forma el control es aún mayor, lo que impide por un lado la reflexión y por otro la iniciativa y el desarrollo de las capacidades propias del trabajador.

La organización de la producción y consecuentemente del trabajo en el seno de la empresa capitalista descansa sobre un modelo autoritario en el que la propiedad privada es su base. La división del trabajo y su parcelación obedece a exigencias de este modelo en el que se busca no sólo la eficiencia y la productividad, sino sobre todo un mejor y mayor control sobre la fuerza de trabajo al quedar los trabajadores a expensas de las órdenes de los patrones y, por tanto, de la propia disciplina impuesta por la empresa. La tendencia del trabajo asalariado es la de nulificar al sujeto al convertirlo en un ser inhábil permanentemente dependiente de las órdenes del patrón de turno que dirige y organiza todo su trabajo. A todo lo anterior ha contribuido sustancialmente el proceso de tecnificación que no ha estado solo dirigido a incrementar la producción y los beneficios de la empresa, sino fundamentalmente a someter al propio trabajador a los ritmos de la máquina, a anular su capacidad reflexiva mediante rutinas igualmente mecánicas que son interiorizadas, y a separar a los propios trabajadores a través de una creciente parcelación y especialización.

Pero el trabajo asalariado ha servido fundamentalmente para una degradación moral del propio sujeto al quedar a expensas de la clase empresarial que le contrata y le impone sus condiciones. La monetización de la relación laboral camina en ese sentido ya que establece una dependencia estructural del trabajador con la clase explotadora que detenta la propiedad de los medios de producción, y por tanto a la que se ve obligado a vender su libertad. La existencia del sujeto queda limitada al ámbito puramente material en tanto en cuanto la necesidad de garantizarse un sustento depende de terceros a cuya merced se encuentra, lo que se convierte en su principal estímulo. Resulta bastante ilustrativa a este respecto la siguiente observación de Proudhon:

“¿Sabe usted lo que es ser un trabajador asalariado? Es trabajar bajo las órdenes de otro, atento a sus prejuicios, incluso más que a sus órdenes. (…) Es no pensar por uno mismo (…) no tener más estímulos que ganar el pan cotidiano y el miedo a perder tu trabajo. El asalariado es un hombre a quien el patrón que le ha contratado le dice: “lo que tienes que hacer no es asunto tuyo, no tienes ningún control sobre ello””.[7]

Por otro lado la dependencia que se manifiesta en el terreno económico y laboral no se circunscribe a estos ámbitos sino que se extiende a todas las demás esferas de la vida. El trabajo asalariado impide que el sujeto se posea a sí mismo en la medida en que genera un contexto social y relacional que moldea su existencia y su forma de ser en el mundo.

El agravamiento de las condiciones de explotación laboral que entraña el trabajo asalariado ha conllevado una creciente absorción del tiempo del sujeto con la prolongación de la jornada laboral más allá de las 8 horas diarias, a lo que hay que sumar el tiempo que se emplea en el transporte cotidiano para llegar al centro de trabajo y que necesariamente también forma parte de ese proceso de explotación.[8] De este modo el sujeto es poseído por su propio trabajo y se convierte en objeto, en un recurso descartable utilizado por la empresa. La vida del trabajador pasa a ser un bucle cerrado que se reproduce infinitamente en una serie de quehaceres desprovistos de mayor significación: trabajar, regresar del trabajo, cenar, dormir, despertarse, desayunar, volver al trabajo, etc… Así es como la vida del trabajador deja de ser su vida para pasar a ser la vida de la empresa para la que trabaja y para la que también vive. De esta forma el trabajador vive la vida que la empresa, y por ende el capitalismo y sus elites dominantes, le impone. Se trata de una vida inauténtica al no haber sido elegida libremente sino impuesta por las circunstancias de escasez general creadas por el contexto social y económico capitalista. El sujeto no vive su vida sino la de otro, la de alguien que resulta funcional para las metas impuestas por el sistema capitalista. Esto explica al mismo tiempo que las metas del sujeto no sean las suyas sino las del capitalismo. 

La alienación no consiste únicamente en suplantar la vida del sujeto por aquella que el sistema de opresión en el que vive le impone, sino también en la remodelación, recreación y reproducción de identidades construidas desde el exterior. El sujeto no se autoconstruye con una identidad propia y un proyecto de vida auténtico, sino que por el contrario vive siendo alguien distinto a quien realmente es o desearía ser al mismo tiempo que queda sometido a un proyecto vital que no se corresponde con sus aspiraciones más profundas.  Existe, entonces, una contradicción entre el sujeto y el medio que le circunda, entre sus anhelos y lo que en la práctica es, entre el yo ideal y el yo real. Es la completa desposesión del individuo que ya ni siquiera tiene identidad propia al no haber en él nada de auténtico.

La despersonalización y deshumanización que conllevan la alienación pasan a ser completas cuando la identidad y las metas impuestas son asumidas como propias, o en su caso cuando al saber que no son propias se utilizan válvulas de escape con las que evadir la responsabilidad de enfrentarse a esa realidad. La frustración genera estas válvulas de escape que pueden ser sencillamente mundos imaginarios construidos por la infracultura dominante, pero también puede ser la drogadicción, el alcoholismo, el consumismo de todo tipo, etc., que sirven para sobrellevar la forma de vida destructiva inherente al trabajo asalariado y a la desposesión de uno mismo. La consecuencia directa de este proceso es la destrucción del mundo interior del sujeto y del propio sujeto en tanto que tal.

La sociedad capitalista se estructura a través de células organizativas cuya razón de ser es esencialmente pragmática, y por tanto están dirigidas a la consecución de unos objetivos muy claros y determinados: obtener beneficios. Dentro de estas células no hay posibilidad alguna para la coexistencia de otros objetivos distintos de aquellos para los que fueron concebidas, de tal manera que la actividad de todos quienes las integran está dirigida en un mismo sentido al existir en su seno unas jerarquías y unas minorías que establecen las directrices generales.[9] Esto hace que las relaciones sociales estén mediatizadas por el dinero o el interés material, y que no existan espacios para hacer vida en común. Así es como el sometimiento de las relaciones a la lógica del capital contribuye a un paulatino aislamiento del sujeto respecto a los demás, unido a las incompatibilidades horarias que ello acarrea y que inevitablemente contribuyen a alejar a unos de los otros. El sujeto no sólo pierde tiempo para sí mismo debido a la absorción que el trabajo asalariado ejerce sobre su persona, sino que también lo pierde para relacionarse con los demás. En gran medida el trabajo asalariado destruye a la persona al dejarla sin relaciones y vida social, al mismo tiempo que es forzada a pasar más tiempo con desconocidos en los transportes públicos, o simplemente con los compañeros de trabajo con los que tiende a mantener una relación meramente profesional. El deterioro de las relaciones sociales tiene como consecuencia el deterioro del propio sujeto, y la soledad y aislamiento que conllevan significan una mayor vulnerabilidad a la hora de afrontar los desafíos que la propia vida plantea. 

La pérdida de la sociabilidad, la anulación de la capacidad reflexiva, la deshumanización que conlleva el ser poseído por el trabajo y las empresas, el carecer de una identidad y de un proyecto de vida auténticos son, en definitiva, el reflejo de un sistema existencialmente opresivo y alienante que convierte a las personas en objetos, en instrumentos a su servicio que son manipulados y dirigidos para la satisfacción de los intereses del propio sistema. Por esta razón la desaparición del trabajo asalariado es lo que puede permitir una regeneración de lo humano que hoy, en las sociedades capitalistas donde impera esta forma de producción, se encuentra en avanzado estado de descomposición. Pero nada de esto es posible sin la destrucción de aquellas instituciones liberticidas que, como la propiedad privada y el Estado, constituyen la base estructural y de poder sobre la que se asienta el trabajo asalariado y que, por tanto, niegan al sujeto su más intrínseca humanidad.


[1] Los cambios tecnológicos en el ámbito bélico que propiciaron las sucesivas revoluciones militares así como sus consecuencias políticas son abordados en las siguientes obras: Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Clifford J. Rogers (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Colorado, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, Madrid, Alianza, 2002. Eltis, David, The Military Revolution in Sixteenth-century Europe, Barnes Noble Books, 1998. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State, 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1980. Knox, McGregor y Williamson Murray (eds.), The Dynamics of Military Revolution, 1300-2050, Cambridge, Cambridge University Press, 2001. En cuanto a la relación entre la guerra y la formación del Estado moderno son destacables los siguientes estudios: Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990, Madrid, 1992. Tilly, Charles, War and the power of warmakers in western Europe and elsewhere, 1600-1980, Michigan, Universidad de Michigan, 1983. Tilly, Charles, “Guerra y construcción del Estado como crimen organizado” en Relaciones internacionales: Revista académica cuatrimestral de publicación electrónica Nº 5, 2007. Finer, Samuel, “State- and Nation-Building in Europe: The Role of the Military” en Charles Tilly (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1975, pp. 84-163. Oppenheimer, Franz, The State, Canadá, Black Rose Books, 2007. Hintze, Otto, “La organización militar y la organización del Estado” en Josetxo Beriain Razquin (coord.), Modernidad y violencia colectiva, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2004, pp. 225-250. Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca. Barclay, Harold, The State, Londres, Freedom Press, 2003.

[2] Sobre el modo en el que la guerra afectó a la organización de la sociedad y a su posterior evolución son reseñables los siguientes estudios sociológicos: Mcneill, William, La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 D.C., Madrid, Siglo XXI, 1998. Hale, J. R., War and society in Renaissance Europe 1450-1620, Guernsey, Sutton Publishing, 1998. Tallett, Frank, War and Society in Early Modern Europe: 1495-1715, Londres, Routledge, 1997. Anderson, M. S., Guerra y sociedad en la Europa del Antiguo Régimen (1618-1789), Madrid, Ministerio de Defensa, 1990. Bond, Brian, Guerra y sociedad en Europa (1870-1970), Madrid, Ministerio de Defensa, 1990.

[3] La íntima relación entre poder económico y poder militar queda perfectamente reflejada en las siguientes obras: Kennedy, Paul, Auge y caída de las grandes potencias, Barcelona, DeBolsillo, 2006. Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981. En ellas queda patente la dependencia del poder militar de las potencias con su capacidad económica e industrial, y de cómo esta relación es la que ha dado lugar a cambios en la estructura política internacional cuando determinados Estados ya no disponen de esa capacidad económica necesaria para mantener su posición en el sistema internacional, y por lo tanto para costear los gastos que supone mantener su poderío militar. En una línea similar a las obras antes citadas cabría añadir, aunque con algunos matices, Acemoglu, Daron y James A. Robinson, Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and Poverty, Profile Books, 2013.

[4] Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968. Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011. Waltz, Kenneth, Man, the state and war: a theoretical analysis, Nueva York, Columbia University Press, 1959.

[5] Hintze, Otto, Op. Cit., N. 4. A lo largo de esta obra Otto Hintze realiza diferentes análisis sobre el papel  jugado por el Estado en el desarrollo del capitalismo, y cómo sin su intervención no hubiera sido posible su aparición. Cabe apuntar que la tesis de Hintze no consiste en establecer un determinismo en el que el Estado es la causa del capitalismo, sino que deja de manifiesto que constituyó un importante facilitador para su desarrollo como sistema económico y social sin el cual jamás hubiera llegado a ser lo que hoy es. Prueba de ello es que el Estado creó la estructura legal que protege, y por tanto da seguridad, a los dueños de los medios de producción para garantizar la explotación de la mano de obra y la consecución de beneficios.

[6] Rodrigo Mora, Félix, Naturaleza, ruralidad y civilización, Brulot, 2011.

[8] No hay que olvidar la omnipresencia del reloj en las sociedades industriales que ya fue destacada en Mumford, Lewis, Técnica y civilización, Madrid, Alianza, 1992. El factor tiempo ocupa un papel primordial en el control y regulación de la vida de las personas, tanto dentro como fuera del trabajo. Asimismo, la velocidad que ha impreso el desarrollo tecnológico ha dado lugar a la ruptura de las barreras espacio-temporales, lo que ha conllevado una permanente aceleración de los ritmos de vida que son impuestos a la sociedad para satisfacer las exigencias del poder. En este sentido son esclarecedores los ensayos de Virilio, Paul, El cibermundo, la política de lo peor, Madrid, Cátedra, 2005. Virilio, Paul, La bomba informática, Madrid, Cátedra, 1999. Virilio, Paul, Lo que viene, Madrid, Arena Libros, 2005.

[9] Zinoviev, Alexandr, La caída del Imperio del Mal, Valencia, Bellaterra, 1999.

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Sábado, Noviembre 30, 2013

SOBRE LA TAREA REVOLUCIONARIA

La historia nos enseña que su estructura es circular y cíclica, de forma que existen periodos de crecimiento y de decadencia que dan lugar a nuevos comienzos que son, en definitiva, la conclusión de los ciclos que les precedieron. Esta concepción de la historia ha sido expresada a lo largo del tiempo de muy diferentes y variadas formas por distintos pensadores, lo que ha servido para reconfigurar una antigua, aunque siempre renovada, concepción de la historia.[1] La historia se caracteriza, por tanto, por su movimiento circular y cíclico con una sucesión aleatoria, paisajista e irracional de diferentes hechos que se enmarcan dentro del movimiento cíclico global de esta.

Aunque el movimiento de la historia siempre es el mismo debido a su estructura circular, el contenido siempre es diferente pues lo único que hay de idéntico es la sucesión de los diferentes ciclos que la componen. Sin embargo, esta noción de la historia tiende a caer en cierto determinismo que constituye en gran medida la base de su crítica a las concepciones lineales de la historia. En la historia se dan irremisiblemente fases que no pueden ser eludidas en modo alguno, de manera que se produce un desarrollo impersonal de los acontecimientos que sobrepasa a las individualidades que los protagonizan o padecen. En este sentido el ser humano es más un objeto que un sujeto de la historia al estar determinado por unas fuerzas que le preceden, y por tanto por una estructura histórica que lo conduce irremisiblemente hacia situaciones de las que no puede sustraerse.

Pero en la práctica el futuro siempre está abierto y es susceptible de ser cambiado, lo que depende de la voluntad del ser humano para convertirse en su moldeador y por tanto en el constructor de su propia historia. De esta forma un nuevo comienzo depende no tanto del desarrollo impersonal de la historia y de su estructura circular sino de la voluntad, aunque también de la capacidad, del ser humano para dar lugar a nuevos comienzos que pongan fin a ciclos precedentes. En lo que a esto respecta revolución es etimológica y realmente “re-volver”, regresar a los orígenes. Significa una ruptura cualitativa con la esencia y naturaleza del presente para completar su ciclo y dar lugar a un nuevo comienzo. Así pues, la revolución, por medio de la inversión, acelera el proceso de decadencia para darle fin, y así, cerrar el ciclo. La agudización del carácter disolvente y decadente del presente conlleva, por efecto de acumulación cuantitativa, un salto de nivel que constituye un cambio cualitativo en la realidad. La revolución conlleva la precipitación de la realidad hasta el punto catártico que señala el paso revolucionario cíclico.

La revolución se opone por su propia naturaleza y contenido a la perpetuación del presente bajo formas renovadas. La revolución, por definición, es una ruptura con el presente para dar lugar a un nuevo comienzo. Al tratarse de una ruptura cualitativa con el presente contra el cual se opone lo empuja al mismo tiempo para precipitar su definitiva caída. Por así decirlo constituye el proceso de disolución del presente a través de su inversión con el que iniciar un nuevo ciclo. Su carácter transformador se refleja en este rasgo a la vez destructivo y creador que permite regresar a un origen que siempre es un nuevo comienzo cualitativamente distinto.

La revolución no es, y no puede ser, un bastón sobre el que apoyarse o una ilusión que únicamente sirva para, en el plano personal, sobrellevar el día a día de un presente decadente, enfermizo y desestructurador. Una noción así de la revolución es por sí misma contrarrevolucionaria al contribuir a mantener la esencia del presente, al mismo tiempo que constituye el reflejo de una debilidad latente de quien ya está o se sabe derrotado al considerar la revolución como algo irrealizable. Semejante noción de la revolución es limitativa en tanto en cuanto queda relegada a la condición de un sueño, de una válvula de escape que no asume la tarea de que cuando la revolución es irrealizable la labor de todo revolucionario es hacer que deje de serlo para convertirla en una posibilidad real. La revolución no se plantea como meta pensada a partir de la realidad inmediata, y por tanto no se plantea si ella es realizable o no en ese presente inmediato, sino que centra sus esfuerzos en crear las condiciones propicias para que la revolución se convierta en una posibilidad real y no se quede en un mero deseo o aspiración.

La vieja disyuntiva entre reforma y revolución se desarrolla en estos mismos términos entre lo posible y lo deseable. Mientras que la reforma convierte lo posible en deseable la revolución consiste en convertir lo deseable en posible. Si la reforma constituye una mejora de las condiciones inmediatas del presente, sin alterar su naturaleza, la revolución significa la ruptura cualitativa con el presente y su naturaleza para hacer posible un nuevo comienzo que ponga fin, a su vez, al ciclo que le precedió para iniciar así uno nuevo. Por este motivo la revolución es ya una posibilidad real cuando es pensada desde sí misma, como proyecto transformador y rupturista de la realidad inmediata, para adecuar los medios precisos disponibles en el presente para su realización exitosa. La revolución ya es una posibilidad desde el momento en el que la acción está encaminada a su consecución.

Pero no hay revolución posible si no hay un trasfondo de conciencia revolucionaria como tal, pues la revolución misma es la expresión de la voluntad de quienes están determinados a realizarla más allá de las posibilidades que a nivel inmediato ofrece la realidad presente. En este sentido la revolución es el deber moral de quienes son portadores de unas convicciones de naturaleza antagónica a aquellas sobre las que se funda la realidad inmediata.[2] Por este motivo cualquier lucha revolucionaria en los términos antes precisados constituye una lucha en la que lo importante, más allá de la realización de la ruptura revolucionaria que haga posible un nuevo comienzo, es la lucha misma que da vigencia a través de la acción revolucionaria a esas mismas convicciones que se aspira a materializar mediante la construcción de un mundo nuevo.[3] Es más, esas convicciones ya se materializan desde el momento en que el revolucionario las pone en práctica consigo mismo a través de su lucha, pues los ideales y las convicciones solo existen, y por tanto solo tienen vigencia, en la práctica, cuando son vividos. Debido a esto la revolución exige una ética y un estilo que se manifiestan en la experiencia cotidiana a través de una forma de vida que obedece a esas mismas convicciones, y que por tanto reflejan una coherencia entre la teoría y la práctica revolucionarias.

Si la reforma perpetua la naturaleza del presente bajo diferentes formas, y con ello perfecciona y prolonga en el tiempo un estado de cosas existencialmente opresivo, la revolución conlleva la ruptura cualitativa que provoca un nuevo comienzo, con el que da lugar a una apertura espacio-temporal a nuevas e ilimitadas posibilidades sobre un futuro aún por determinar. Lo importante para la revolución es la transformación del mundo, pero su transformación es imposible si no se conoce ese mismo mundo que se aspira a cambiar para, de este modo, adecuar los medios a los fines perseguidos con los que crear las condiciones que permitan la revolución misma.

Para un revolucionario lo importante en primer lugar es la lucha misma a través de la que  establece una coherencia entre fines y medios, entre teoría y práctica, que se plasman en una ética y en un estilo que articulan una forma de vida que dota de plena vigencia a aquellas convicciones que lo inspiran. Así es como ese mundo nuevo que se aspira conseguir comienza a estar en vías de construcción. Y en segundo lugar la creación de las condiciones necesarias para romper con la naturaleza de la realidad, y con ello sentar las bases que harán posible la revolución, lo cual constituye una posibilidad real cuando su acción esta dirigida por la coherencia de la ética y el estilo que le son inherentes además de la adecuación de los medios a los fines perseguidos. De este modo la tarea revolucionaria consiste en encaminar la acción sin ilusión sabiendo poner por igual la victoria y la derrota, pues lo importante es que las posiciones interiores permanezcan intactas para que en cualquier circunstancia lo que debe ser hecho sea hecho. Esto último es la garantía de que mientras existan revolucionarios exista también una esperanza para la revolución.


[1] Entre los principales pensadores que concibieron la historia de esta manera cabe destacar a Heráclito en AA.VV., Fragmentos, Barcelona, Folio, 1999. Sorokin, Pitirim, Dinámica social y cultural, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1962. Sorokin, Pitirim, Tendencias básicas de nuestro tiempo, Buenos Aires, La Pléyade, 1969. Danilevsky, Nikolay, Россия и Европа. Взгляд на культурные и политические отношения Славянского мира к Германо-Романскому, San Petersburgo, Hermanos Panteleev, 1895. Spengler, Oswald, La decadencia de Occidente: bosquejo de una morfología de la historia universal, Madrid, Espasa, 1998. Toynbee, Arnold, Estudio de la historia, Madrid, Alianza, 1975. Nietzsche, Friedrich, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza, 1998. Vico, Giambattista, Principios de Ciencia Nueva, Barcelona, Folio, 2002.

[2] Cabe apuntar que la realidad actual se caracteriza más bien por una completa y absoluta falta de convicciones que por su existencia.

[3] Esto explica en gran medida la archiconocida frase de Buenaventura Durruti: “Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”.

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Jueves, Octubre 31, 2013

PODER COMO COMPLEJO DE DIOS

La naturaleza del poder es el egoísmo, cuya razón de ser es la búsqueda y conservación de su propio mando. Se trata de un mando que existe por y para sí mismo y que, a su vez, se establece como la causa de grandes formaciones sociales como los Estados. De este modo no es la sociabilidad humana la que explica la aparición de esta institución, como tampoco la disposición de una inmensa mayoría a obedecer. Más bien su aparición y desarrollo histórico se debe a la existencia de una minoría con la voluntad de mandar y de hacerse obedecer.[1] Las diversas explicaciones sobre las causas de esa voluntad dominadora ponen el acento sobre diferentes factores, pero en cualquier caso remiten en última instancia a una misma actitud frente al mundo de esas individualidades dominadoras que puede resumirse en un complejo de Dios.

La búsqueda por asegurar la propia existencia ha hecho de la satisfacción de las necesidades vitales el principal impulso de la historia. En términos generales existen dos formas opuestas de hacerse con los medios para satisfacer dichas necesidades: a través del robo y de la apropiación por la fuerza del trabajo ajeno, y por medio del trabajo propio y de su intercambio por el trabajo de otros.[2] Así es como la lucha por la vida que impone la naturaleza llega a desarrollar en ocasiones el deseo, e incluso la necesidad, de mandar sobre otros y someterlos a explotación. Todo esto denota en gran medida el principio de supremacía del más fuerte que también se encuentra presente en otras especies, donde se establece un guía y conductor del grupo como resultado de la lucha entre diferentes rivales. El complejo de superioridad explica en parte el comportamiento y la sicología de aquellos individuos que pretenden el poder, quienes se creen mejores o mejor dotados para ejercer su dominio sobre los demás y que en ocasiones reciben dicho reconocimiento.

A lo anterior hay que añadir los factores biológicos y sicológicos propios de la evolución humana sobre los que se asienta el instinto de dominación, y que en unas condiciones favorables logra desarrollarse con éxito. Tanto es así que el principio del mando ha llegado a considerarse un rasgo de la naturaleza humana sobre el que Bakunin señaló lo siguiente: “De manera fatal, ese principio maldito se manifiesta como un instinto natural, en todos los hombres, sin exceptuar a los mejores. Todos llevamos el germen dentro de nosotros; y como sabemos, por una ley fundamental de la vida, todo germen tiende necesariamente a desarrollarse y a crecer, a poco que encuentre en su medio las condiciones favorables a su desarrollo”.[3]

Asimismo, las propias circunstancias del medio han obligado al ser humano a luchar contra factores amenazantes para su supervivencia, lo que ha dado lugar al desarrollo de la técnica, entendida como forma de manejarse en su lucha contra la naturaleza,[4] para transformar y someter el mundo. En este sentido la explotación de los recursos naturales y su transformación, la alteración del medio natural junto a la creación del mundo maquinal han servido para originar un orden artificial con el que ejercer su poder de dirección, al mismo tiempo que todo ello ha impreso una necesaria tensión permanente para la preservación y desarrollo de dicho orden.[5]

El sentimiento de angustia y temor provocado por la dependencia respecto a un mundo desconocido y amenazante es el origen de la actitud racionalizadora que clasifica, organiza y cuantifica todo cuanto existe para poder establecer relaciones causales con las que conocer de antemano lo que va a suceder y, de esta manera, alcanzar un mayor control sobre el mundo. El desarrollo de la ciencia y de la técnica es la respuesta a esa angustia, y obedece a una voluntad de poder dirigida a la dominación del medio a través de su conocimiento con el propósito de poner fin a la incertidumbre y al temor que provoca. Si el psicoanálisis ha identificado la búsqueda del control de aquello que genera intranquilidad con una impotencia narcisista, esa tendencia llevaría a caer rápidamente en su extremo opuesto, en la identificación con la omnipotencia narcisista y consecuentemente con la sabiduría infinita de Dios.

La modernidad, como proceso histórico, se ha caracterizado por su tendencia hacia una creciente racionalización, a una expansión del conocimiento científico-técnico con el objetivo de alcanzar algún día el completo dominio de la naturaleza. Este conocimiento que no cesa de transformar el mundo no se preocupa de su propia relación con dicha transformación al no traspasar las fronteras de la racionalidad instrumental, aquella que sólo busca medios para fines prefijados. De esta forma la actividad racional abandonada a sí misma, al no estar al servicio de ninguna ética, sólo sirve como herramienta del poder para alimentar sus fantasías narcisistas de omnipotencia.

Las diferentes explicaciones acerca del origen de la voluntad de poder remiten a una misma actitud frente al mundo que puede resumirse en lo que Hans E. Richter denominó complejo de Dios.[6] Tras las ansias de dominación y sometimiento tanto de la naturaleza como de los demás seres humanos se esconde este complejo, pues quienes aspiran a ejercer el principio del mando aspiran también a desempeñar el papel de demiurgo que ordena y transforma, bajo diferentes pretextos que operan como elementos legitimadores, el mundo y la sociedad en su conjunto. Por  medio de la permanente y progresiva racionalización inherente al ejercicio del mando no sólo se persigue un mayor conocimiento que permita el completo dominio del mundo, sino que al mismo tiempo se trata de satisfacer, a través del autoengaño, una fantasía narcisista de omnipotencia que consiste en sustituir el poder de Dios por el poder del sujeto.

El complejo de Dios se acentúa con el ejercicio del poder al imponer a los demás la voluntad propia, lo que los convierte en instrumentos para alcanzar los grandes fines de quien detenta la autoridad. La sociedad gobernada pasa a ser una extensión del yo que transmite a diario sus propios impulsos a un cuerpo inmenso, de forma que moviliza en la lejanía ingentes y desconocidos recursos para el logro de sus objetivos. El propio poder alimenta la sensación de omnipotencia que contribuye a desarrollar un acrecentado sentimiento de megalomanía.

El poder como tal no duda en revestirse de cierto mesianismo al presentarse como omnipotente. Este rasgo se acentúa cuando la propia sociedad se lo atribuye en un contexto proteccionista en el que el poder cubre todas las necesidades básicas, y se convierte así en un aliado de las capas populares. Sin embargo, este rasgo es llevado al paroxismo cuando el complejo de Dios no sólo se limita al crecimiento del poder sino que termina identificándose explícitamente con Dios. Entonces, el poder no sólo se pone en el lugar de Dios sino que se hace Dios mismo.

En la a historia son numerosos los casos en los que el poder se ha arrogado un carácter divino, como pueden ser los faraones de Egipto y los emperadores romanos entre otros. El poder busca de esta manera la legitimidad que hace aceptables sus decisiones y su mando. En este sentido la divinización del poder sirve para conferirle un origen y carácter sobrenatural que lo haga incuestionable, que es lo que facilita la máxima obediencia de sus súbditos. Asimismo, y a diferencia de lo que pudiera pensarse, el proceso de secularización de la sociedad iniciado por la modernidad no impidió que en lo sucesivo se produjeran nuevas formas de divinización del poder. A finales del s. XVIII y sobre todo durante el s. XIX emergieron diferentes ideologías de carácter autoritario que hicieron del Estado el centro de la vida social, y que a la postre constituyeron religiones políticas que recreaban con un sentido y significado nuevo aspectos propios de las religiones del pasado.

Cuando la religión comenzó a ser un obstáculo para el crecimiento ilimitado del poder este recurrió a nuevas creaciones ideológicas para, al igual que ocurrió en el pasado con la religión, conseguir la obediencia de sus dominados y, sobre todo, su disposición a sacrificarse voluntariamente por el Estado. Este es el caso del nacionalismo,[7] pero igualmente el de todas aquellas ideologías que se erigieron en teorías omnicomprensivas y totalizantes que pasaron a organizar los conocimientos y la experiencia del sujeto. Este es el ejemplo del fascismo que desarrolló su propia mitología, rituales, simbología, etc., con los que aspiraba a desarrollar una experiencia total del mundo en la que el sujeto estuviese completamente integrado junto a los demás, de tal forma que quedase anulado como individualidad.[8]

Pero la carga irracionalista no sólo está presente en el fascismo sino también en ideologías que, como el marxismo, hacen del racionalismo un dogma políticamente orientado para articular la interpretación total de la realidad que debe asumir el sujeto en tanto que reflejo de la verdad objetiva que una vanguardia se ocupa de interpretar. Resulta significativa la existencia dentro del marxismo de la corriente filosófica representada por Lunacharsky, Bogdánov, Bazárov, Iushkévich, y por algún tiempo también Gorki, que aspiraban a unir el socialismo científico con la religión para crear un ateísmo religioso donde los objetos de adoración del socialista son la humanidad y el cosmos.[9] Los constructores de Dios, tal y como llegó a conocérseles, veían al marxismo, ante todo, como un sistema religioso que señala a la gente el camino hacia una nueva vida.[10] En este mismo sentido la corriente cosmista en el seno del bolchevismo que impregnó de milenarismo y mesianismo al proyecto totalitario soviético es, al menos en parte, un reflejo de esto en la medida en que hizo parcialmente suyas las categorías de bien y mal propias de la sociedad tradicional rusa.[11]

La necesidad de apoyarse en las creencias y valores imperantes en la sociedad para alcanzar su consentimiento no constituye otra cosa mas que un recurso dialéctico, y por tanto propagandístico, para conquistar el poder. Responde al ansia de dominación de quienes se presentan como realizadores del bien colectivo, lo que implícitamente remite a la primitiva idea de Dios como hacedor de ese mismo bien y por tanto como gran protector de la comunidad. Los grandes líderes dominadores se presentan de este modo y tratan de recrear y encarnar bajo una forma diferente los atributos que en épocas arcaicas le correspondían exclusivamente a la divinidad. El gran líder es quien sabe y por tanto quien está destinado a dirigir a la comunidad para realizar el bien común, para protegerla y garantizar su bienestar. Él es el gran depositario de la confianza colectiva y como tal el intérprete y artífice de los designios de la comunidad, es su conciencia viva a través de la que la propia comunidad expresa su voluntad. El líder sin ser Dios ocupa su lugar en tanto que mito, como gran unificador de las voluntades que conforman la comunidad. Todo esto lo hace incuestionable mientras ejerce su dominio ilimitado al no encontrar resistencia alguna, lo que sirve para alimentar aún más el complejo de Dios que anima su irrefrenable voluntad dominadora. Todo ello da lugar a una identificación directa entre las masas y el jefe supremo.

Así es como el afán de dominación, y por tanto el poder mismo, obedece a esa omnipotencia narcisista encarnada por el complejo de Dios. El complejo de quien necesariamente se cree mejor y superior al resto, y que para alcanzar una posición de poder se apoya en las creencias y valores que articulan a la sociedad para presentarse como una encarnación de las mismas, y por tanto como el artífice de la voluntad colectiva cuando en realidad únicamente le mueve su propio interés para satisfacer su voracidad dominadora.


[1] Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011, pp. 158-162

[2] Oppenheimer, Franz, The State, Canada, Black Rose Books, 2007, pp. 12-14

[3] Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca, p. 40

[4] Spengler, Oswald, El hombre y la técnica y otros ensayos, Madrid, Espasa, 1967

[5] Díaz, Marino, El pensamiento social de Georges Sorel, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1977

[6] Frank, Manfred, El Dios venidero, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994, pp. 52-59

[7] Ibarra, Pedro, Nacionalismo. Razón y pasión, Barcelona, Ariel, 2005

[8] Gentile, Emilio, Fascismo: Historia e interpretación, Madrid, Alianza, 2004

[9] Lunacharsky, Anatoly Vasilievich, Religión y socialismo, Salamanca, Ediciones Sígueme, 1976

[10] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975

[11] Fernández Ortiz, Antonio, “El hombre, el cosmos, la ciencia y el bien: los aportes soviéticos de la ciencia soviética” en Utopías: nuestra bandera Nº 188, 2001, pp. 195-217

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Sábado, Septiembre 14, 2013

LA VERDADERA LIBERTAD DE CATALUÑA

El pueblo catalán ha demostrado ser a lo largo de la historia un pueblo amante de la libertad como ningún otro. Basta con recordar los acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona durante el 19 de julio de 1936, cuando el pueblo salió a la calle y consiguió lo que nunca antes se había logrado: derrotar al ejército. Pero al mismo tiempo que doblegó al ejército inició la revolución que puso fin a la existencia del Estado y del capitalismo, de tal forma que la sociedad comenzó a desempeñar por sí misma todas aquellas funciones que hasta aquel momento el Estado había monopolizado. Fue un acontecimiento histórico que refleja uno de los mayores logros de la humanidad en su afán por alcanzar una existencia superior. El entusiasmo, el espíritu de lucha, el heroísmo y el amor a la libertad de un pueblo que supo y quiso tomar las riendas de su propia existencia y futuro son un ejemplo insoslayable de dignidad.

Pero la perversión del lenguaje ha trastocado el sentido y significado original de palabras tan importantes como la libertad, de tal manera que hoy es prostituida por la propaganda más miserable al servicio de los fines políticos de una minoría. De esta forma en nombre de la libertad del pueblo catalán se reclama su derecho a decidir en manos de quién ha de dejar las riendas de su existencia y futuro: en las del Estado español o en las de un Estado catalán. En nombre de la libertad la elite política catalana pretende alcanzar el poder exclusivo de dominar y someter a todo un pueblo, y por tanto negarle cualquier otra cosa que no sea el cumplimiento de su voluntad. De este modo en nombre de la libertad se le niega al pueblo catalán la libertad misma para condenarlo a la esclavitud y opresión de su actual clase dirigente.

La libertad del pueblo catalán no puede alcanzarse con la sustitución de una cárcel, como la que hoy es el Estado español, por otra como pudiera ser un Estado catalán, pues ello no significaría otra cosa que intensificar a una escala mayor la opresión que ya padece. Nada sustancial cambiaría con la creación de un Estado catalán en tanto en cuanto el pueblo de Cataluña, al igual que ocurre en la actualidad, continuaría sin tener capacidad decisoria al permanecer excluido de la política por su clase dirigente que, con un poder todavía mayor, continuaría tomando las principales decisiones. Todo esto demuestra que el debate sobre la libertad del pueblo catalán para decidir sobre su futuro sólo encubre las ansias de una minoría capitalista y burguesa por aumentar su poder, y con ello agrandar la explotación que hoy padece Cataluña.

Los defensores de la independencia son los que hoy aplican toda clase de recortes y ajustes económicos, al mismo tiempo que aumentan los impuestos e imponen todo tipo de medidas que significan un paulatino y profundo empobrecimiento, tanto económico como moral, de los catalanes y catalanas. Pero para defender ese proyecto soberanista la elite catalana no duda en utilizar la propaganda más burda al tratar de hacer creer a la población que un Estado catalán traería riqueza, abundancia y prosperidad infinitas al mismo tiempo que hace del Estado español, del que come y a la sombra del que vive, la causa de todos sus males. Nada más lejos de la realidad.

La creación de un Estado catalán[1] significaría ipso facto que este asumiera todas aquellas competencias que hoy son exclusivas del Estado español. Esto implicaría de forma inmediata un aumento sustancial del tamaño de la burocracia, y con ello un incremento de la necesidad de conseguir mayores ingresos para hacer frente a los gastos que ello conllevaría. La formación de un ejército catalán o en su caso la ampliación de la actual policía autonómica para, si fuera necesario, desempeñar funciones propias de un ejército, la creación de un fisco catalán, de un servicio secreto, un banco central catalán, y en general el aumento del tamaño de todas las actuales consejerías autonómicas y la creación de nuevos departamentos para asumir aquellas competencias que antes pertenecían al Estado español, significaría un incremento del denominado gasto público que a la larga conllevaría un aumento colosal de los impuestos. Todo esto demuestra que la implantación de un Estado catalán sería ponerle al pueblo catalán una soga al cuello de la que su elite dirigente no tardaría en tirar bien fuerte.

Lo ocurrido el pasado 11 de septiembre con motivo de la diada catalana se explica en gran parte por la manipulación propagandística ejercida por el poder, unido a una serie de agravantes históricos vinculados interesadamente con la identidad del pueblo catalán. Este es el caso de la opresión cultural ejercida por el imperialismo del Estado español. Sin embargo, la identidad del pueblo catalán está muy lejos de tener nada que ver con ninguna tradición estatista. Al igual que las formas de autogobierno del pueblo vasco,[2] gallego o castellano,[3] el pueblo catalán tuvo el consell obert en el que los vecinos de cada municipio, de forma asamblearia, se gobernaban a sí mismos. Por medio de esta asamblea soberana los catalanes y catalanas creaban su propio derecho consuetudinario y gestionaban sus necesidades.

En las condiciones políticas y económicas de libertad que ofrecía el autogobierno asambleario del consell obert el pueblo catalán pudo dotarse de una identidad específica, la cual fue progresivamente violentada y anulada por las imposiciones del Estado español. La falta de libertad es la que en última instancia impide a un pueblo ser él mismo, y por tanto disponer de su propia cultura y rasgos diferenciales que le provean de una identidad concreta. En la medida en que un pueblo se ve sometido a las imposiciones de un Estado deja de ser él mismo para ser aquello que aquel Estado y su elite dirigente deciden que debe ser. Esto es lo que ocurre en Cataluña en relación al Estado español, pero también es lo que ocurriría en relación a un Estado catalán si este fuese creado. Sería la elite dirigente del nuevo Estado la que impondría al pueblo catalán el modelo cultural, los valores y códigos de conducta más convenientes para sus intereses definidos en términos de poder, y no los que libremente escogiese el pueblo catalán.

A diferencia de lo sostenido por el nacionalismo estatista más reaccionario y recalcitrante, la identidad del pueblo catalán se encuentra estrechamente unida al asamblearismo del consell obert y a formas de vida colectivistas,[4] lo que no sólo lo vincula con una tradición histórica centenaria sino que deslegitima la historiografía construida por el nacionalismo que hace de elementos ajenos al pueblo catalán, como la nobleza y demás ralea militarista, una seña de identidad completamente irreal. Por el contrario el consell obert como sistema de autogobierno por asambleas populares conecta directamente con las tradiciones y costumbres colectivistas del pueblo catalán, al mismo tiempo que constituye la condición necesaria para el desarrollo de su propia creatividad como pueblo para disponer de una cultura y de una identidad genuinamente propias.

La verdadera libertad de Cataluña es la capacidad permanente de su pueblo para decidir sobre su propio destino. Esto excluye cualquier intermediación política que un Estado catalán impondría a través del parlamentarismo, de manera que el pueblo catalán quedaría definitivamente excluido de la política y sometido completamente a una elite dominante. Por esta razón la libertad del pueblo catalán únicamente puede realizarse exitosamente con la recuperación de lo mejor de su tradición histórica y cultural, y por tanto con el establecimiento de un autogobierno por asambleas análogo al del consell obert con el que tomar posesión de su existencia y futuro sin cortapisas de ningún tipo. Sólo entonces el pueblo catalán será enteramente libre, sin Estado y sin capitalismo.


[1] En el supuesto de que el ejército español que, no lo olvidemos, ejerce el poder en España al ser el que tiene asignada la misión de defender la integridad territorial del Estado según el artículo 8 de la Constitución en vigor, permitiera que un acontecimiento de estas características tuviera lugar.

[2] El pueblo vasco se ha caracterizado por el Batzarra como forma de autogobierno ancestral, asamblea popular soberana, en un contexto de ausencia de Estado. Sastre, Pablo, Batzarra, gure gubernua, Elkar, 2013. Madina Elguezabal, Itziar y Sales Santos Vera, Comunidades sin Estado en la montaña vasca, Navarra, Hagin, 2012.

[3] En el caso de Galicia la asamblea de vecinos se denominaba concello aberto, mientras que la versión castellana de la misma institución es el concejo abierto que en la actualidad está subsumido y desnaturalizado en la legislación vigente del Estado español en su reglamento de organización, funcionamiento y régimen jurídico de la entidades locales. Sobre esto hay más información en Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011 y Rodrigo Mora, Félix, Naturaleza, ruralidad y civilización, Brulot, 2011. Aláiz, Felipe, El municipio español desde la época de Roma, Tierra y Libertad, 1945. Costa, Joaquín, Derecho consuetudinario y economía popular de España, Zaragoza, Gaura, 1981.

[4] Rasgos que el pueblo catalán tiene en común no sólo con otros pueblos de la Península, sino también de otras partes del mundo en los que se han dado formas de autogobierno popular en un contexto de ausencia de Estado o de resistencia al mismo. Clastres, Pierre, La sociedad contra el Estado, Barcelona, Virus editorial, 2010. Barclay, Harold, People without government: an anthropology of anarchy, Kahn and Averill, 1990. Scott, James C., The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia, Yale University Press, 2009. Kropotkin, Piotr, El apoyo mutuo, Cali, Madre Tierra Editorial, 1989. Kropotkin, Piotr, La moral anarquista, Buenos Aires, Utopía Libertaria, 2008. Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Madrid, Fundamentos, 1970.

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Lunes, Agosto 26, 2013

EMOCIONES AL SERVICIO DEL PODER


Históricamente la dominación y, en definitiva, el gobierno de unos seres humanos sobre otros se ha llevado a cabo por medio de diferentes mecanismos. En este sentido Maquiavelo hizo una gran aportación a la hora de definir las dos grandes formas de dominación de las que dispone un gobernante: la fuerza y la astucia. Maquiavelo explicó ambos conceptos aplicados al terreno político mediante la analogía del zorro y del león, pero al mismo tiempo puso de relieve la importancia de la astucia para obtener el consentimiento de los dominados para que, cuando esta no fuera suficiente, recurrir al uso de la fuerza para hacer valer la autoridad del gobernante.[1] Por tanto, para Maquiavelo la cuestión del poder se reduce en último término a una relación de fuerzas entre el gobernante y los gobernados, de manera que la disposición de unos medios de coerción propios son los que, en caso de crisis, garantizarán la conservación del poder.

Considerar la astucia como herramienta de control y dominación requiere una aproximación a su verdadero significado político en relación a los dominados. La astucia como tal tiene un valor estratégico en el ejercicio del poder al valerse de la manipulación de los individuos para crear en ellos una disposición que facilite la consecución de determinados fines. La naturaleza psicológica de esta herramienta queda patente al crear en el sujeto un estado de ánimo que permite al poder el logro de sus objetivos. Esta manipulación puede llevarse a cabo de diferentes maneras al utilizar mecanismos que Maquiavelo identificó con el amor y el miedo, pero a los que habría que añadir un tercero que es el odio. Aunque Maquiavelo se manifestó más partidario de utilizar el miedo antes que el amor,[2] el odio desempeña igualmente un papel relevante.

Tal y como afirmó Hans Morgenthau, “el poder político es una relación psicológica entre los que lo ejercen y aquellos sobre los cuales se ejerce. Da a los primeros el control sobre ciertos actos de los últimos, mediante la influencia que el primero ejerce sobre las mentes de los últimos. Esa influencia puede ser ejercida a través de órdenes, amenazas, persuasión o una mezcla de todas ellas”.[3] Pero esta relación psicológica es más patente cuando el poder busca el consentimiento social que hace aceptables sus decisiones. En la medida en que el ejercicio del poder implica la imposición de ciertos límites resulta necesario justificarlos para disponer de alguna legitimidad. Así, la legitimidad no sólo consigue la aceptación de los límites impuestos, sino que presenta como justas las intervenciones del poder incluso cuando estas conllevan el uso de la violencia. Por esta razón cualquier régimen más o menos autoritario requiere el consentimiento de aquellos sectores de la población que le son imprescindibles para mantener su dominio sobre el conjunto de la sociedad. Debido a esto el poder ha tenido que utilizar históricamente diferentes instrumentos para justificar sus intervenciones y asegurar el asentimiento de sus gobernados. En este sentido Gaetano Mosca afirmó que “|…| la clase política no justifica exclusivamente su poder únicamente con la posesión de hecho, sino que busca darle una base moral y legal, haciéndolo emanar como consecuencia necesaria de doctrinas y creencias generalmente reconocidas y aceptadas en la sociedad que esa clase política dirige”.[4] Para el poder es fundamental que sus decisiones concuerden con los valores y creencias dominantes en la sociedad, pues de esta manera tienen mayor legitimidad y cuentan con más probabilidades de ser aceptadas.[5] Aunque existen diferentes fuentes de legitimidad como las planteadas por Max Weber[6] y Norberto Bobbio[7] respectivamente, la modernidad, con todos sus avances tecnológicos, ha creado los medios materiales precisos, y por tanto las estructuras de propaganda y adoctrinamiento, para cambiar las ideas y valores prevalecientes en la sociedad con el propósito de adaptarlos a los intereses del poder establecido y disponer del correspondiente consentimiento social.

Históricamente el poder ha recurrido a la magia, la religión, etc., para justificar sus actuaciones.  Paradójicamente al mismo tiempo que la voluntad divina ha servido como base justificadora del poder también ha contribuido a limitarlo, pues su naturaleza fija establecía las rutinas y creencias de la sociedad que constituían al mismo tiempo un freno para su crecimiento ilimitado. La secularización del poder supuso el fin de estas restricciones y su expansión en una escala nunca antes conocida. El desarraigo, la pérdida de valores, la destrucción de cualquier referente ético y moral forman parte del proceso de secularización impulsado por la modernidad, lo que ha contribuido a una mayor degradación del sujeto al sumirlo en un estado de permanente confusión que lo hace más manipulable. Esto es lo que ha servido no sólo para destruir sociedades profundamente colectivistas basadas en redes de apoyo mutuo y solidaridad para, así, adecuarlas a los intereses estratégicos del Estado, sino que también ha servido como pretexto para justificar una mayor intervención y regulación de la sociedad por el ente estatal. Con esta pérdida de referentes han hecho su aparición toda clase de teorías justificadoras del poder que únicamente han contribuido a aumentarlo y que, en definitiva, han establecido una estrecha relación entre la obediencia y el crédito en tanto en cuanto el poder está sostenido no sólo por la fuerza, sino también por la opinión que se tiene de su fuerza así como por la creencia en su derecho a mandar.[8] De este modo la formación de las estructuras de adoctrinamiento y propaganda tales como la prensa escrita, la radio, la televisión, el cine, Internet, pero también el sistema educativo por medio de las escuelas, institutos y universidades, han desempeñado un papel fundamental para manipular al sujeto de cara a crear en él un estado de ánimo que facilite su aceptación del poder establecido. Así es como hizo su aparición la sociedad de masas en la que se ha impuesto como tendencia general una creciente homogenización de las opiniones, lo que ha servido para estandarizar una determinada percepción de la realidad entre los individuos y a sincronizar sus respectivas emociones conforme a los intereses del poder.[9]

El poder ha logrado dotarse de los correspondientes instrumentos en el plano comunicativo y formativo para adoctrinar y manipular, y en definitiva para crear unas condiciones subjetivas en la sociedad que generen la aceptación de sus actuaciones. Por medio de la propaganda el poder transforma la sociedad al crear las ideas, creencias, valores, opiniones, costumbres y tipo de relaciones que mejor se adaptan a sus necesidades e intereses, de manera que manipula a la sociedad para amoldarla a sus decisiones y garantizar su conformidad. A través de estos instrumentos el poder crea su propia legitimidad al insertar en la sociedad aquellas ideas y creencias que le favorecen, de forma que el sujeto es moldeado desde el exterior por las corrientes de opinión, las modas, las ideologías, etc., propias de una sociedad dirigida.

El poder requiere de aquella legitimidad que le provea del más amplio consentimiento social para evitar que su supervivencia recaiga única y exclusivamente en el uso de la fuerza. Por esta razón las estructuras de dominación cultural e ideológica, potenciadas y desarrolladas en grado superlativo por los avances tecnológicos que han originado la sociedad de masas, han permitido el desarrollo de la propaganda como forma de manipulación que tiene en las emociones sus principales instrumentos de sometimiento. Estas emociones primarias son, como ya se ha dicho, el amor, el odio y el miedo, las cuales operan en este orden como mecanismos previos de los que dispone el poder antes de recurrir a la violencia física cuando el consentimiento social ha desaparecido.

La naturaleza del poder es esencialmente egoísta al ser el mando su propio fin. Pero esto exige crear una disposición general a la obediencia que es el fundamento último del poder. El carácter parasitario del poder requiere ser contrarrestado por medio de una relación de cierta simbiosis con los dominados, de forma que no sólo se limita a explotarlos sino que también presta servicios y satisface las necesidades de la colectividad. Con ello el mantenimiento del poder queda vinculado a una conducta que beneficia a la mayoría de sus dominados para granjearse su afecto y, en última instancia, su obediencia. El poder se socializa al favorecer los intereses colectivos y al perseguir ciertos fines sociales, de forma que logra presentarse como un ente benévolo que cuida del bien común del que al mismo tiempo es su realizador. Aparece, entonces, como un gran protector de los dominados a los que garantiza seguridad y la satisfacción de sus necesidades. Esta tendencia se agudiza a medida que asume una cantidad creciente de prerrogativas y funciones, de manera que termina prestando una infinidad de servicios que lo hacen más necesario al incrementar la dependencia de sus súbditos. Así es como el poder se gana el amor de sus sometidos al prestarles inmensos e indispensables servicios, al presentarse como un gran servidor que atiende todas y cada una de las necesidades colectivas e individuales. De este modo el amor permite al poder no sólo granjearse la obediencia de sus súbditos sino también su disposición a sacrificarse voluntariamente. En lo que a esto respecta el amor no sólo crea el correspondiente consentimiento social al orden establecido, sino que también constituye un vínculo de obligación que facilita al poder conseguir que sus súbditos hagan lo que este desea.

Pero cuando el amor falla el poder se vale del odio para cohesionar a la sociedad contra un enemigo común. No sólo sirve para desviar la atención y reconducir cualquier posible malestar social en un sentido favorable para el poder, sino que desempeña un papel de gran importancia al establecer la distinción entre amigo y enemigo que es, a su vez, la distinción política específica a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos.[10] El odio permite identificar a un enemigo contra el cual se concentra la aversión colectiva, pues representa lo existencialmente extraño y distinto en un sentido intensivo al ser percibido como la negación de la identidad y existencia propias. De esta forma el odio adopta un carácter político al agrupar a los hombres y mujeres en amigos y enemigos, y es instrumentalizado por el poder para orientar y dirigir la conflictividad social según su propio interés. Asimismo, el odio es utilizado para una finalidad distinta a la de cohesionar a la sociedad como puede ser dividirla para mantenerla en un estado de permanente enfrentamiento dentro de los márgenes de una conflictividad controlada. Esta situación es la que impera en las sociedades del capitalismo avanzado donde las relaciones sociales se han deteriorado de forma alarmante, y donde esta desestructuración y debilidad social impiden oponer cualquier tipo de resistencia al poder.

Cuando el amor y el odio son insuficientes para manipular a la población y crear el correspondiente consentimiento social, el último recurso que queda antes de utilizar la violencia es el miedo. Existen dos tipos de miedo. Por un lado se encuentra el miedo al estigma social que puede generar un determinado tipo de opinión, comportamiento, opción política, religiosa, cultural, etc., que entra en contradicción con las prácticas y conductas imperantes que el poder constituido se encarga de mantener. Se trata de un miedo al rechazo y a la exclusión que significa dejar de ser, pensar y sentir como lo hacen los demás, y por tanto tomar una elección que significa escapar al dominio inconspicuo que ejercen los Otros que son quienes determinan el comportamiento y las posibilidades individuales del sujeto. Aquí es donde juegan un papel fundamental los discursos imperantes que, a través de la propaganda en los diferentes medios de comunicación y del sistema adoctrinador, sirven para transformar la sociedad al moldear sus costumbres, códigos de conducta, relaciones e ideas que articulan la visión del mundo que tiene el sujeto y que, en definitiva, dan forma al contexto en el que se mueve y que sirve de referencia para su desenvolvimiento. Este miedo a enfrentarse al Yo social, a los Otros, es lo que impide el desafío al orden establecido y mantiene al sujeto de forma indiferenciada en el contexto social al que pertenece.

Cuando el miedo al rechazo social no es suficiente para mantener el orden establecido existe la intimidación que supone el miedo al uso de la fuerza. Es el último recurso del que se vale el poder antes de utilizar la violencia. El aumento y presencia de los cuerpos represivos policiales y del ejército, junto al ensalzamiento del militarismo y la exhibición de las capacidades coercitivas del poder son utilizados para disuadir cualquier desafío al orden vigente. Además de esto la represión abierta hacia cualquier tipo de disidencia, unido a la propagación de los servicios secretos y sus confidentes, tienden a crear una atmósfera agobiante en la que la desconfianza y la paranoia incitan a la autorrepresión del propio sujeto por temor a padecer la violencia estatal. Este tipo de miedo entraña un grado de sufrimiento mayor que el daño físico debido al estrés y angustia permanente que provoca. El daño psicológico tiende a hacerse permanente al estar siempre latente la amenaza de padecer la violencia del Estado. Todo esto se ve agravado por crecientes medidas de control social que restringen la autonomía individual, de forma que todos o la mayor parte de los movimientos que realiza el sujeto son sometidos a una supervisión tanto secreta como abiertamente pública. Esto violenta el mundo interior del sujeto al obligarlo no sólo a cumplir con las prescripciones del poder sino sobre todo a guardar unas apariencias que eviten la más mínima sospecha, lo que finalmente le aboca a un exilio interior permanente. Se trata del dominio por medio del terror, lo que se inscribe dentro de una estrategia general de guerra psicológica contra la población con el fin de asegurar su obediencia. A través del terror se persigue anular todos los mecanismos de resistencia sociales, quebrar la voluntad colectiva y dinamitar la moral de la sociedad. Todo esto va unido a la desorientación e incertidumbre que el terror genera entre la población, lo que al mismo tiempo impide saber cuál sería la respuesta más adecuada para cambiar la situación a su favor. Estas circunstancias provocan un estado de ánimo de resignación que facilita la aceptación del orden establecido.

Si el miedo no es capaz de asegurar la obediencia el poder no duda en utilizar la violencia para forzar la voluntad de sus dominados. En estas circunstancias todo se reduce a una relación de fuerzas que sólo puede resolverse en un sentido o en otro a través de la vía armada. En este punto es cuando se establece una clara relación de amigo-enemigo entre dominados y dominadores. Esta relación marcada por el antagonismo sólo puede zanjarse por métodos violentos. De esta forma comprobamos que cuando las emociones dejan de ser funcionales para ser utilizadas contra la propia sociedad con el propósito de conseguir su consentimiento, la violencia es empleada de forma implacable para restaurar la obediencia perdida. Todo esto no deja de manifestar el carácter exclusivo y esencialmente egoísta del poder cuya única razón es la búsqueda y conservación del mando, por lo que cualquier oposición y resistencia no admite otra respuesta que el uso de métodos expeditivos para aplacarla.


[1] Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe, Madrid, Espasa, 2003, pp. 119-120

[2] Ibídem, p. 116

[3] Morgenthau, Hans J., “Poder politico” en Hoffmann, Stanley, Teorías contemporáneas sobre las Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 1972, p. 97

[4] Bobbio, Norberto, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 120

[5] Vallès, Josep M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 40-41

[6] Para Weber existen cuatro fuentes de legitimidad del poder que son la tradición, la racionalidad, el carisma y el rendimiento. Weber, Max, El político y el científico, Madrid, Alianza, 1985

[7] Por su parte Bobbio hace referencia a tres fuentes de legitimidad que son la voluntad, la naturaleza y la historia que a su vez están compuestas de parejas antitéticas. Bobbio, Norberto, Op. Cit., N. 4, pp. 120-124

[8] Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011, pp. 72-73

[9] Virilio, Paul, Lo que viene, Madrid, Arena, 2005

[10] Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005

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Domingo, Junio 30, 2013

DESCARTES, HEIDEGGER Y FOUCAULT

Entre 1550 y 1650 se produjeron cambios históricos de especial relevancia que afectaron a multitud de ámbitos. Entre esos cambios destaca el surgimiento del Estado moderno como forma de organización política dominante en Europa. Esto se debió principalmente a la revolución militar que tuvo lugar en aquella época gracias a las innovaciones tecnológicas y a las nuevas tácticas de combate.[1] Todo ello significó un aumento del número de recursos humanos, materiales y económicos necesarios para hacer la guerra, lo que exigió la creación y constante ampliación de la estructura organizativa central del Estado para la obtención de esos recursos.[2]

La guerra y su preparación constituyen el origen último del Estado y la causa de su progresivo crecimiento,[3] lo que se ha reflejado en la evolución del pensamiento filosófico entre los siglos XVI y XVII, período en el transcurso del que se produjeron unos cambios de gran calado. En lo que a esto respecta la filosofía pasó a ser un instrumento al servicio de fines prefijados por el Estado para la consecución de sus intereses. Como consecuencia de las diferentes revoluciones militares el esfuerzo filosófico se dirigió a impulsar el conocimiento científico para una permanente mejora de la tecnología de guerra, lo que exigía dar una respuesta al problema epistemológico que supone enfrentarse a una realidad compleja. Así fue como hizo su aparición la filosofía moderna de la mano de Descartes, cuya respuesta a este problema fue el pensamiento analítico.[4] De esta forma, a través del análisis, se procede a descomponer lo real en sus partes más pequeñas e indivisibles. Significa una simplificación de lo complejo al reducirlo a sus partes constitutivas. A partir de aquí se plantea el trabajo de síntesis consistente en realizar deducciones que parten de lo simple para llegar a proposiciones más complejas, de manera que se genera un movimiento continuo e ininterrumpido del pensamiento en el que, por medio de  la elaboración de enumeraciones complejas y revisiones generales que no omitan nada, sucesivas proposiciones contienen el desarrollo de los principios contenidos en aquellas sobre las que se basan. Por medio de Descartes la filosofía moderna se convirtió en un bucle en el que el pensamiento se desenvuelve de forma autónoma, desvinculado de la realidad, en base a un sistema basado en axiomas no contrastados con los hechos y que son fuente de toda clase de discursos más o menos subjetivos.

Sin embargo, y pese a que las innovaciones de Descartes en el terreno filosófico son mucho más amplias, el pensamiento analítico tuvo unas consecuencias más vastas de lo que pueda imaginarse. El procedimiento de descomponer el todo en sus partes más pequeñas no sólo constituye una forma de abordar la complejidad de la realidad, sino que ha demostrado ser un concepto con múltiples aplicaciones en diferentes ámbitos. En el terreno científico implicó la especialización del saber con la formación y desarrollo de las diferentes ciencias, lo que a su vez ha conducido inexorablemente a la progresiva transformación de las fuerzas productivas con una creciente división del trabajo y su permanente parcelación. Otra consecuencia derivada de lo anterior y potenciada hasta cotas inimaginables por el proceso de industrialización es la segmentación de la sociedad en diferentes clases sociales, tendencias y subculturas a través de una creciente especialización, cuyo corolario es el creciente atomismo social y la alienación. Finalmente la descomposición cartesiana tiene su reflejo en el sistema educativo con la deconstrucción del sujeto, de forma que se le impide formarse un criterio propio con el que desarrollar su pensamiento de forma autónoma por medio de la parcelación hiperespecializada del saber y del exceso de información.

El pensamiento analítico, como concepto, no tardó en aplicarse a otros ámbitos. Así lo demuestra la formación del Estado moderno que, para competir exitosamente con otras potencias en la esfera internacional, se vio en la necesidad de transformar la estructura de relaciones sociales de un tipo de sociedad más o menos autosuficiente, como así lo demuestran una multitud de casos,[5] para atomizarla y segmentarla de tal forma que resultase más fácil su mejor explotación. Para esto el Estado se dotó de una serie de instrumentos de dominación dirigidos a crear las condiciones precisas para hacer socialmente aceptables estas transformaciones, y con ello crear un consentimiento social a su opresión. El Estado se empeñó no sólo en transformar la economía y las relaciones sociales, sino que se ocupó de crear un entorno con el que moldear la cultura, y por tanto el comportamiento, del sujeto conforme a sus intereses estratégicos.

Si Decartes consolidó la separación sujeto-objeto y estableció el análisis como método para el estudio de la realidad, Heidegger fue el que abolió esa separación con dicho método al descomponer el mundo en muchos mundos. Heidegger afirmó la existencia como condición primordial del mundo, de forma que para pensar qué es el ser humano acuñó el término “Dasein” que significa “ser-estar ahí”. Este término crea un espacio en blanco, un área por llenar que requiere un estudio concreto de la particularidad de cada Dasein. En lo que a esto respecta cada ser humano (y por tanto cada Dasein) está formado por su entorno, y más concretamente por su cultura. No existe, por tanto, un único mundo sino muchos y muy diferentes mundos en función del entorno social en el que cada Dasein se ve “arrojado”.[6] En la medida en que el medio es el que configura al sujeto se dan múltiples subjetividades, tanto entre los diferentes universos culturales como dentro de cada uno de ellos en los que existe, a su vez, distintos mundos. Esto hace que según el mundo o mundos en los que el sujeto esté involucrado ciertos factores adquieran mayor o menor importancia en la constitución propia. Heidegger suprime así la separación entre sujeto y objeto debido a que el mundo no es algo que tenga una existencia fuera e independiente del sujeto, pues el sujeto es parte del mundo como el mundo lo es del sujeto al no haber distancia entre ambos.

A partir de lo expuesto puede deducirse rápidamente que Heidegger sentó las bases del postestructuralismo, del constructivismo y en general de toda la filosofía postmoderna. Sin embargo, la principal preocupación y objeto de interés que se trasluce en toda la filosofía de Heidegger es el poder. En tanto en cuanto Heidegger unió historicismo y hermenéutica también unió el sentido de cada creación, conducta, etc., con el contexto histórico y cultural particular del que es su reflejo. De este modo su principal preocupación se desplazó hacia aquello que determina la forma en la que el sujeto concibe el mundo y que denominó “das Man”, que puede traducirse como “Ellos” o “la Gente” y que se encuentra contenido en el concepto de “el Uno”. El Uno representa todas las posibilidades del Dasein en tanto mundo colectivo, por lo que el Uno está compuesto de otros Dasein cuya presencia crea el mundo en el que se desenvuelve cada Dasein individual. En suma, el Uno es el que establece el control y la autoridad sobre cada individuo al expresar las prácticas y conductas sociales que constituyen el mundo en el que actúa el Dasein, lo que determina sus posibilidades individuales y moldea su comportamiento. A través del Uno cobra sentido la existencia del sujeto al ser la referencia sobre la que se basa la forma de ver el mundo y de obrar en este, de tal manera que la experiencia del Dasein es una experiencia colectiva en tanto en cuanto es un ser-con-otros. De este modo el Dasein es, piensa y siente como lo hace la gente que le rodea. Los Otros ejercen un dominio inconspicuo que se ejerce sin conciencia del propio Dasein en tanto que ser-con-otros, lo que hace que pertenezca a los Otros y refuerce su poder. Esta circunstancia es la que permite la identificación del Dasein con el Uno, una identificación del individuo con el colectivo en el que desarrolla su existencia y del que forma parte.

La filosofía de Heidegger es el reflejo de la diversidad y segmentación social ocasionada por el proceso de industrialización, la división y especialización del trabajo, la alienación y la consolidación de la estructura social de clases, pero también del desarrollo de los instrumentos de dominación cultural e ideológica modernos: sistema educativo, periódicos, radio, televisión, etc. Asimismo, Heidegger abogaba con su filosofía por un perfeccionamiento de esa estructura social de dos maneras: propugnando la conciliación del Dasein con su ser-en-el-mundo en una forma que él denominó auténtica, y que significaría el cuidado de ese mundo del que se es parte; y la realización de lo mejor de las posibilidades del Dasein, aún a pesar de haber sido previamente definidas por el Uno, dentro de ese mundo al que pertenece. Heidegger rechazaba como inauténtica la forma de vida elegida por el Dasein que sigue unas reglas distintas de las establecidas por el Uno, y que por ello significaban una ruptura con el mundo del Dasein. En última instancia Heidegger se oponía a que cada persona tomase posesión de su propia vida para vivirla desde sí misma, y por tanto que el sujeto pueda autoconstruirse. Heidegger demostró ser así un filósofo que no sólo abogaba por mantener la alienación del sujeto en el seno de la sociedad capitalista, sino que ideó las herramientas teóricas y conceptuales para mantener y perfeccionar dicha alienación en beneficio del sistema de poder establecido.

Para Heidegger tampoco existe una realidad como tal, sino distintas realidades en función de las diferentes formas que el Dasein tiene de ser-en-el-mundo y que configuran la visión que tiene de este. No existe una realidad objetiva como tal sino una experiencia de la misma que está determinada por el contexto en el que vive el Dasein, y más específicamente por el Uno que determina las posibilidades y cotidianidad del Dasein.[7] Todo esto reduce la cuestión epistemológica a un juego de subjetividades y en última instancia de discursos prevalecientes, que son los que crean y dan forma al contexto del Dasein y, en definitiva, crean el mundo. Heidegger sentó las bases del postestructuralismo y del postmodernismo que Michel Foucault se encargó de desarrollar. Así es como la sombra de Heidegger planea sobre la filosofía del s. XX, pues el mismo Foucault declaró textualmente poco antes de morir: “Heidegger ha sido un filósofo esencial para mi”.[8]

En Foucault, al igual que en Heidegger, no hay el más mínimo atisbo de interés por la verdad. Para Foucault todo se reduce a una desencarnada lucha de subjetividades, y más concretamente de discursos que articulan los diferentes sistemas de pensamiento y de conocimiento que él denominó “epistemes” o “formaciones discursivas”.[9] Estos sistemas están regidos por reglas que operan en la conciencia del sujeto y que determinan los límites del pensamiento en un lugar y período dados. Entonces, los diferentes discursos pugnan por convertirse en el discurso dominante en una determinada sociedad para establecer su propio régimen de verdad con el que dictar el modo en el que debe interpretarse la realidad. Según el mismo Foucault la episteme determina el modo de actuar del sujeto en un tiempo y espacio particulares, de forma que dicha episteme no puede ser conocida por quienes actúan dentro de ella.

Foucault sistematiza el relativismo epistemológico a través de su crítica al estructuralismo y a los metarrelatos de las teorías omnicomprensivas y totalizantes que se arrogan la verdad y la objetividad. Estas grandes teorías no son sino discursos dominantes que reflejan los intereses y ambiciones de las elites, que han logrado así imponer a la sociedad una forma particular de interpretar la realidad acorde con sus intereses. Este discurso es el que construye la realidad y crea al propio sujeto. Foucault relativiza y deconstruye estas grandes teorías por medio del perspectivismo y del pluralismo interpretativo, por lo que no existen fundamentos de lo social que puedan aprehenderse más allá del contexto que las diferentes epistemes determinan a lo largo de la historia. Más bien los fundamentos sociales cambian de una episteme a otra, de manera que Foucault establece un relativismo en el ámbito del conocimiento al reducirlo todo a una lucha entre discursos que reflejan diferentes subjetividades, y que únicamente persiguen universalizar su subjetividad haciéndose dominantes en la sociedad. Foucault no admite la idea de verdad ni los fundamentos del conocimiento al basarse en un subjetivismo en el que todo es relativo, y por tanto las construcciones teóricas sólo son discursos voluntaristas que reflejan los intereses y aspiraciones, y en último término la voluntad de poder, de quienes los elaboran. De esta forma para Foucault lo único que importa, la idea directriz que conduce toda su reflexión filosófica, es el poder y su conquista. Por tanto sólo existen sucesiones de diferentes regímenes de poder cuya resistencia no deja de ser otra forma de poder que aspira a establecerse como dominante. No existen, entonces, nada más que tendencias sociales que luchan por imponerse unas a otras al ser imposible determinar el carácter verdadero de las proposiciones sobre las que se fundan los discursos que las conducen, pues lo verdadero y lo falso es determinado por cada formación discursiva a partir de su propia lógica interna.

Los planteamientos postestructuralistas de Foucault invalidan cualquier explicación holística de la realidad y sobre todo cualquier certidumbre que sirva de referencia estable. Foucault descarta cualquier construcción teórica de carácter general y aboga por el uso de la teoría únicamente para campañas específicas en luchas parciales y limitadas. Para Foucault fue prioritario, en base a su labor filosófica, crear una caja de herramientas con la que desarrollar discursos para situaciones concretas. De aquí se deriva su idea del “intelectual específico” que se centra en ofrecer respuestas a problemas muy concretos e inmediatos con la elaboración de discursos y teorías perecederas. De esta forma Foucault aceptaba la división del trabajo y la hiperespecialización al abogar por el saber particular y el respeto de las diferencias de la sociedad industrial. Todo esto le llevaba a aceptar igualmente la alienación y la dominación, pero sobre todo la atomización de la sociedad del capitalismo avanzado con su fragmentación de la vida en las estrechas especialidades que son ámbito de innumerables expertos. Foucault fue un ideólogo del reformismo en el que el intelectual específico se ocupa de problemas muy concretos para los que ofrece soluciones inmediatas sin ir a la raíz, pero sobre todo fue un ideólogo de una forma renovada de tecnocracia y pedantocracia en la que los especialistas de diverso tipo ejercen su poder sobre el conjunto de la sociedad con sus ideas y recomendaciones. Aquí se demuestra la verdadera intencionalidad política de la relación entre saber y poder esbozada por el propio Foucault, lo que en última instancia ha servido para un perfeccionamiento del sistema establecido gracias a la inestimable contribución de las ideas de la casta de especialistas.

Heidegger introdujo el relativismo epistemológico con su noción de la existencia de diferentes mundos. No hay una verdad sino diferentes nociones de la verdad determinadas por el contexto histórico y cultural que conforman los diferentes mundos. La cuestión del saber se reduce a un problema de subjetividades que Foucault desarrolló en base a las epistemes y formaciones discursivas. Lo que en Heidegger estaba contenido de manera implícita Foucault lo llevó hasta sus últimas consecuencias al convertir al sujeto en el fundamento último del mundo mediante el discurso, lo que no se diferencia del planteamiento de Descartes y su cosa pensante según la cual el mundo existe como resultado de la mente. En términos generales, y en lo que a esto respecta, tanto Heidegger como Foucault no hacen ninguna aportación sustancial al viejo debate idealista, el cual se limitan a recrear y reproducir bajo formas renovadas y más sofisticadas.

Pero lo más importante es la descomposición de la realidad que llevaron a cabo tanto Heidegger como Foucault en la aplicación del método analítico ideado por Descartes. Heidegger lo empleó para legitimar el orden social capitalista y su atomismo con vistas a una conciliación del sujeto con su propia condición de alienado. Su aportación filosófica no es realmente novedosa al haberse limitado a reproducir lo que muchos filósofos ilustrados (Diderot, La Mettrie, Helvecio, etc…) ya formularon. La construcción del sujeto desde fuera por el Uno, y la relación entre el sujeto y el Uno no es otra cosa que la reformulación de aquellas ideas que los ilustrados esbozaron en torno a la educación para un mejor dominio del Estado sobre sus súbditos. Su obra más importante, Ser y Tiempo,[10] es un cúmulo de divagaciones redactadas con un lenguaje oscuro que simplemente encubren la falta de creatividad y originalidad del autor para explicar cabalmente un tema ampliamente tratado durante la Ilustración. Aunque la existencia de diferentes mundos aparentemente rompe con la racionalidad ilustrada, Heidegger únicamente replantea la cuestión del poder desde el prisma de la construcción de un contexto social y cultural que moldee al sujeto, lo que hace de su filosofía un instrumento al servicio del poder para racionalizar su control de la sociedad en el terreno cultural e ideológico para supeditarla a sus propios intereses y, sobre todo, para mantener la alienación del sujeto a través de su identificación con el orden social establecido. Esto convierte a Heidegger en un ideólogo del totalitarismo cultural, y más concretamente de la alienación cultural e ideológica al servicio del Estado que consigue adecuar el comportamiento del sujeto a sus intereses estratégicos al mismo tiempo que obtiene su consentimiento.

Foucault tomó lo esencial de la filosofía de Heidegger para ir aún más lejos. La deconstrucción del mundo como rechazo al estructuralismo y a los metarrelatos de las grandes teorías totalizadoras significó por un lado legitimar la división del trabajo, y por otro potenciar la especialización en curso. La existencia de diferentes discursos que compiten entre sí y que son, en definitiva, subjetividades que reflejan los intereses y la voluntad de poder de quienes los han elaborado conduce al relativismo epistemológico y a la fragmentación del saber. Ya no es posible un estudio holístico de la realidad pues Foucault la deconstruyó como totalidad para fragmentarla, lo que supuso una mayor especialización y parcelación del conocimiento hasta cotas inimaginables con la formación de una casta de especialistas de todo tipo. Pero al mismo tiempo Foucault esbozó una filosofía orientada a la reforma del sistema, y por lo tanto a su permanente perfeccionamiento, con la búsqueda de mejoras inmediatas a problemas parciales. La pérdida de visión de conjunto impide ir a la raíz de los problemas, y con ello plantear una salida revolucionaria que suponga una transformación total de la sociedad, lo que convierte a Foucault es un paladín de la reacción. No sólo impide plantear un proyecto político enteramente transformador, sino que al mismo tiempo impide cualquier tipo de estrategia mínimamente coherente al supeditarlo todo al activismo de las luchas parciales. Foucault hizo del sistema establecido el territorio donde han de desarrollarse las luchas sociales y políticas.

Para Foucault la verdad no sólo es inaccesible sino que no importa nada, pues sólo importa la conquista y conservación del poder a la que se supedita la elaboración de todo discurso. Foucault, a diferencia de Heidegger, reprodujo bajo nuevos ropajes la idea de la cosa pensante por la que la mente es el fundamento del mundo. Las nuevas subjetividades que se convierten en discursos dominantes no son otra cosa que el reflejo de una filosofía centrada en el Yo por la que el mundo es una creación de la mente. El voluntarismo se impone con su correspondiente modelo de interpretación de la realidad esencialmente autorreferencial. No hay forma de sustentar dichos modelos interpretativos porque tampoco existe un criterio o fundamento en función del que pueda afirmarse su validez. Este relativismo epistemológico lleva a otro relativismo en el plano moral y político ya que no es posible ofrecer ninguna argumentación coherente para orientarse en una dirección, ideológica o política, antes que en otra, pues cualquier tendencia social y política pasa a tener el derecho a imponerse sobre cualquier otra. Todo esto conduce necesariamente al irracionalismo como de alguna manera lo demostraron los apoyos de Foucault a la revolución iraní como nueva forma de “espiritualidad política”.

Con Foucault se sentaron las bases definitivas del relativismo intelectual que más tarde se proyectó sobre todas las demás esferas de la vida al establecer su particular dogma de que todo vale, lo que finalmente significó la degradación moral del ser humano y consecuentemente la justificación del Estado como ente regulador de la amoralidad socializada. Esto convierte a Foucault en un filósofo al servicio del poder establecido, y sobre todo del Estado, que rompe definitivamente con el aura de radicalidad con el que fue investido por algunos sectores políticos e intelectuales.


[1] Mcneill, William, La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 D.C., Madrid, Siglo XXI, 1998. Parker, Geoffrey, La revolución militar. Las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, Madrid, Alianza, 2002. Eltis, David, The Military Revolution in Sixteenth-century Europe, Barnes Noble Books, 1998

[2] Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Clifford J. Rogers (ed.), The Military Revolution Debate: Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Colorado, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Duffy, Michael (ed.), The Military Revolution and the State, 1500-1800, Exeter, University of Exeter, 1980.

[3] Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990, Madrid, 1992. Oppenheimer, Franz, The State: Its History and Development Viewed Sociologically, Forgotten Books, 2012. Barclay, Harold, The State, Londres, Freedom Press, 2003. Tilly, Charles, War and the power of warmakers in western Europe and elsewhere, 1600-1980, Michigan, Universidad de Michigan, 1983. Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011. Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca. Finer, Samuel, “State- and Nation-Building in Europe: The Role of the Military” en Charles Tilly (ed.), The Formation of National States in Western Europe, Nueva Jersey, Princeton University Press, 1975, pp. 84-163. Hintze, Otto, “La organización militar y la organización del Estado” en Josetxo Beriain Razquin (coord.), Modernidad y violencia colectiva, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2004, pp. 225-250. Hintze, Otto, “La formación histórica de los Estados” en Revista de Administración Pública Nº 46, abril-junio 1981, pp. 23-36. Tilly, Charles, “Guerra y construcción del Estado como crimen organizado” en Relaciones internacionales: Revista académica cuatrimestral de publicación electrónica Nº 5, 2007.

[4] Las obras en las que desarrolla su propuesta epistemológica son Descartes, René, Reglas para la dirección del espíritu, Madrid, Alianza, 1984. Descartes, René, Discurso del método, Madrid, Alianza, 1984.

[5] La Península Ibérica es un claro ejemplo donde la sociedad, durante la Edad Media, se autoorganizaba a través del Concejo abierto, asamblea soberana de vecinos, como así lo atestiguan innumerables documentos de la época como las cartas puebla, los fueros locales, etc. Son reseñables las investigaciones recogidas sobre esto en Rodrigo Mora, Félix, La democracia y el triunfo del Estado. Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora, Morata de Tajuña, Editorial Manuscritos, 2011 y Rodrigo Mora, Félix, Naturaleza, ruralidad y civilización, Brulot, 2011. Para las sociedades americanas resulta ilustrativa la lectura de Clastres, Pierre, La sociedad contra el Estado, Barcelona, Virus editorial, 2010, y Barclay, Harold, People without government: an anthropology of anarchy, Kahn and Averill, 1990. En cuanto a las sociedades campesinas del sudeste asiático que resistieron a la expansión del Estado destaca Scott, James C., The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia, Yale University Press, 2009, y Scott, James C., Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance, Yale University Press, 1985. Acerca de las sociedades medievales de diferentes zonas de Europa como el norte de Italia o de Rusia en las que existieron formas de autoorganización popular asamblearia son interesantes las consideraciones recogidas en Kropotkin, Piotr, El apoyo mutuo, Cali, Madre Tierra Editorial, 1989, pero también en Kropotkin, Piotr, La moral anarquista, Buenos Aires, Utopía Libertaria, 2008. Para sociedades sin Estado como la germana y la celta se encuentran los análisis recogidos en Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Madrid, Fundamentos, 1970

[6] Según Heidegger los diferentes sistemas filosóficos de Occidente ignoran el “arrojo” como rasgo central del conocimiento, pues cada Dasein es arrojado dentro del mundo, y más específicamente dentro de un mundo particular que está fuera de su control y que contiene cosas que el Dasein no ha elegido. Es este mundo el que da forma al Dasein al configurar su cotidianidad.

[7] Es notable reseñar la proximidad filosófica entre Ortega y Heidegger, sobre todo en la medida en que el primero desarrolló una noción de la existencia y del sujeto definida por las circunstancias y que sintetizó en la conocida expresión de “yo soy yo y mis circunstancias”. De esta manera el sujeto y el mundo conforman una unidad y las circunstancias constituyen todo aquello que el sujeto da por sentado a modo de creencias que operan de manera inconsciente en su cotidianidad.

[8] Saña Halcón, Heleno, Atlas del pensamiento universal. Historia de la filosofía y los filósofos, Books4Pocket, 2008, p. 312

[9] Foucault, Michel, La arqueología del saber, México, Siglo XXI, 1979

[10] Heidegger, Martin, Ser y Tiempo, Madrid, Trotta, 2003

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