Viernes, Agosto 28, 2015

DESORDEN COMUNICACIONAL EN LA SOCIEDAD ACTUAL

El modo en el que la realidad es percibida, y por tanto representada, viene organizado por los discursos dominantes en la sociedad que determinan qué es cierto y qué no lo es, de manera que establecen la forma en la que debe ser interpretado el mundo para que el conjunto de la sociedad lo haga del mismo modo. Así es como se establecen los regímenes de verdad que nos dicen aquello que es cierto y que establecen los modos en los que se obtiene la verdad. Tal y como afirmó Foucault: “Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su “política general” de la verdad: es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo cómo se sancionan unos y otros; las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero”.[1]

Los discursos son redes de predicados que obedecen a una misma lógica y que se retroalimentan mutuamente de tal modo que contienen ideas, conceptos, valores, creencias, etc., que definen la realidad, que organizan la experiencia del mundo que tiene el sujeto y por extensión la sociedad. En última instancia estos discursos nacen de una arbitrariedad que impone el modo en el que la realidad debe ser interpretada al carecer de un fundamento propio. De esta forma lo que socialmente es considerado como verdad es en el fondo una convención, y sobre todo el resultado de un sistema de poder que la produce. Así es como se establece “|…| “el conjunto de reglas según las cuales se distingue lo verdadero de lo falso y se aplica a lo verdadero efectos específicos de poder” |…| Por “verdad”, entender un conjunto de procedimientos regulados por la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados. La “verdad” está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que induce y la prorrogan. “Régimen” de la verdad”.[2]

En la época premoderna la religión constituía el discurso dominante en la sociedad, con lo que establecía una serie de referentes interpretativos que establecían las verdades y dogmas socialmente aceptados en función de los que era entendido el mundo. La religión no dejaba de ser un instrumento de poder que controlaba la percepción y representación de la realidad social, y por ello también el sentido y significado de los objetos sociales. Al mismo tiempo que establecía el modo de entender la realidad, la religión también se ocupaba de impregnar a la sociedad con una serie de valores que se hacían intersubjetivos, y que al mismo tiempo organizaban el modo de relacionarse de los individuos. En lo que a esto respecta los discursos religiosos han articulado el lenguaje y la comunicación social al prescribir determinadas formas de comportamiento, y orientado así la conducta del sujeto. En este sentido la religión se ocupaba de canalizar las relaciones sociales, de orientarlas y dirigirlas hacia fines preestablecidos por las elites dominantes encargadas de gestionar el discurso religioso imperante, y por tanto el régimen de verdad establecido.

La modernidad supuso una progresiva secularización de la sociedad en tanto en cuanto el propio fenómeno moderno ha consistido en una progresiva acumulación, concentración y centralización de poderes en manos del Estado que se ha ocupado de expropiar todos los medios de dominación política, económica, tecnológica e ideológica. Como resultado de este proceso el Estado secularizó a la sociedad, y con ello la religión perdió importancia a la hora de entender la realidad y el mundo. En lo que a esto respecta el discurso dominante varió significativamente dado que la legitimidad del poder establecido dejó de remitir a un mundo sobrenatural, y pasó a recabarla de la propia sociedad. De este modo ya nos encontramos con que a finales del s. XVII, a pesar de las precedentes guerras de signo religioso, en Inglaterra tuvo lugar una revolución en la que sus protagonistas se manifestaron en términos legales más que religiosos, lo que ya es una clara muestra del carácter más o menos secular que había adoptado la sociedad en un momento, como el s. XVII, en el que la religión todavía tenía mucha fuerza.[3] Pero el punto de inflexión definitivo en este proceso fue dado a finales del s. XVIII, principalmente con la revolución francesa, momento en el que las monarquías absolutas, que recababan su legitimidad del supramundo, fueron progresivamente sustituidas por regímenes más o menos parlamentarios cuya legitimidad era ubicada en la sociedad.

Con el desmoronamiento del discurso religioso como discurso ideológico dominante se vinieron abajo los referentes hasta entonces predominantes, y con ello la mayor parte de ideas imperantes que daban forma al modo de entender la realidad que tenía la sociedad, y consecuentemente los códigos de conducta hegemónicos. Como resultado de este proceso emergieron las ideologías como marcos discursivos que explican y organizan la realidad y las experiencias como un todo. De esta forma las ideologías se han convertido en metarrelatos, en teorías omnicomprensivas y totalizantes encargadas de ordenar, clasificar y jerarquizar experiencias y conocimientos que se ocupan de explicar. Cada discurso ideológico adquiere un carácter totalizante y multiabarcador con el que asume la comprensión de hechos científicos, históricos o sociales a los que ofrece una explicación, sirviendo así como sistema de interpretación total que se estructura a partir de unos determinados esquemas discursivos, los cuales se organizan según una lógica interna que conduce su dinámica abarcante y universalizadora en la interpretación global del mundo y de la realidad. Así es como las ideologías crean su propio espacio, su propio territorio al ser un desdoblamiento del pensamiento que se representa a sí mismo y que transforma los sentidos y significados, lo cual se manifiesta en el lenguaje, en las palabras, en las expresiones y en los contextos que logran articular. Las ideologías se apropian del mundo al construirlo en la conciencia del sujeto, al convertirse en  referentes socialmente aceptados para la comprensión de la realidad, en epistemes que imponen su particular régimen de verdad.

Las ideologías, como referentes sociales más o menos antagónicos, generan sus propios espacios en sus luchas por alcanzar la hegemonía y lograr el monopolio en la gestión del saber y en la representación social de la realidad, es decir, en la imposición de su particular forma de entender y concebir el mundo. Todo esto se manifiesta en los sentidos y significados de los objetos sociales, en los valores intersubjetivos, las ideas dominantes, las creencias, los dogmas, etc., pero de forma particular en el lenguaje como representación del pensamiento y, sobre todo, como instrumento de comunicación de ideas y mensajes, pero especialmente como herramienta política para la dominación. Esto explica en gran parte el interés del Estado por hacerse con el control de la gestión del lenguaje mediante la creación de las diferentes academias encargadas de su regulación, tal y como ocurre en el caso español con la RAE, fundada en 1714 a imitación de la Academia Francesa. Esto no hace sino mostrar la estrecha vinculación entre lenguaje y política, y más concretamente la ideologización del lenguaje como espacio de luchas dialécticas e ideológicas en la búsqueda y conquista del poder. Inevitablemente esto ha contribuido a una alteración completa de los sentidos y significados que, lejos de responder a una referencia común obedecen a postulados ideológicos y políticos diferentes que hacen que exista una pluralidad de sentidos, y por tanto también de significados, en la articulación del lenguaje, pero especialmente en la configuración del contexto mediante los discursos que representan la realidad.

El resultado de todo lo anterior no puede ser otro que una politización de todas las esferas de la vida humana a través del lenguaje, y sobre todo una ruptura de sentidos y significados dada la fragmentación propiciada por el influjo de las propias ideologías. Todo esto ha generado un desorden comunicacional que dificulta el entendimiento y que fagocita el conflicto, la lucha política permanente llevada a todos los terrenos que pasa a conformar un territorio al que el individuo es obligado a adaptarse al estar permanentemente en pie de guerra frente al otro. Esto no ha hecho sino crear un verdadero problema de comunicación interpersonal, y con ello a favorecer la proliferación y permanente reproducción de una conflictividad interpersonal que tiende a perpetuarse y a retroalimentarse. El Otro es visto como un rival, un enemigo, lo que no deja de ser la exteriorización de una nueva subjetividad imbuida de la voluntad de poder de las ideologías en su afán monopolizador, en su lucha por la conquista del poder y el sometimiento de la realidad a sus dictados. Por este motivo nos encontramos con que resulta más frecuente que exista una clara dificultad en la comunicación interpersonal, pues las palabras ya no albergan significados únicos al estar sujetas a múltiples contextos discursivos definidos y demarcados por las ideologías, las mismas que arbitrariamente reorientan y redefinen las palabras según sus propios fines políticos.

No sólo existe una falta de comunicación sino sobre todo de entendimiento. Debido al caos de los múltiples y diferentes sentidos y significados atribuidos a las palabras según los distintos discursos ideológicos nos encontramos con que lo que impera, lo que envuelve la vida social, es una permanente conflictividad. El Otro pasa a ser el enemigo al que hay que abatir y someter, se trata de una dinámica polemológica, puramente conflictiva, en la que no es posible un entendimiento al buscarse la imposición de aquellos sentidos y significados que cada discurso ideológico, como representación totalizante del mundo, lleva consigo. Así, por medio de un argumentario organizado y articulado en torno a una red de predicados, es como el sujeto reproduce constantemente mensajes que se concretan en códigos de conducta y en actitudes que se reflejan en las relaciones sociales. La lógica del poder se impone como una lógica que anima la discordia social y el enfrentamiento entre iguales en el contexto de las luchas políticas que dividen y diezman a la sociedad, la cual queda sumergida en la permanente debilidad de esas mismas luchas al frente de las que se erigen diferentes tipos de elites y vanguardias políticas.

Las estructuras de dominación ideológica, y más concretamente las industrias de la conciencia compuesta por los principales medios de comunicación de masas, son las que se ocupan de difundir masivamente los discursos ideológicos, y con ello de adoctrinar a la población en una serie de ideas, creencias, dogmas, etc., que moldean la conciencia del sujeto y del entorno sociocultural que le rodea. Radio, prensa, televisión, Internet, el cine, etc., se ocupan de imbuir al sujeto de un modo sutil de todas aquellas ideas e ideologías que conforman los discursos dominantes en conflicto, y que desenvuelven las luchas ideológicas y dialécticas que se dan en el seno del sistema de dominación. Todo esto contribuye a crear un escenario en el que las masas permanecen alienadas, donde las ideas son construidas por diferentes elites, generalmente de tipo intelectual, que someten la conciencia del individuo.

Asimismo, hay que añadir el papel desempeñado por un modelo de sociedad en el que impera el individualismo extremo, todo lo cual, combinado de manera simultánea con el efecto desencadenado por las estructuras de dominación ideológica, crea un marco sociocultural en el que la incomunicación y el aislamiento del individuo prevalecen. Nos encontramos con sociedades compuestas por individuos solitarios, donde ha desaparecido el vínculo social y valores como la amistad y la fraternidad. Por el contrario la sociedad pasa a estar dominada por una conflictividad latente y sobre todo por la rabia social, el odio y el desprecio al otro en tanto que enemigo ideológico,  político y personal. El resultado es una sociedad vacía sometida a luchas intestinas en la que cada vez es más difícil el entendimiento debido a los problemas de comunicación, a la proliferación de los conflictos interpersonales y con ello al dominio de la desconfianza y de la hostilidad en las relaciones sociales, todo lo cual sirve para justificar la labor de intermediación y sometimiento ejercida por el Estado en tanto que principal beneficiario de esta situación.


[1] Foucault, Michel, Un diálogo sobre el poder, Barcelona, Altaya, 1995, p. 143

[2] Ibídem, p. 145

[3] Pincus, Steve, 1688. La primera revolución moderna, Barcelona, Acantilado, 2013, p. 368

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Martes, Julio 28, 2015

MOMENTOS DECISIVOS EN LA HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

En la historia de los EEUU existen diferentes momentos decisivos cuya importancia radica en el papel que desempeñaron en la conversión de este país en una potencia imperial. No cabe duda de que a estos acontecimientos que se desarrollaron en su mayor parte en la esfera internacional contribuyeron de manera no menos importante otros hechos acaecidos en el ámbito de la política doméstica, y que de alguna manera prepararon el camino para que los EEUU se convirtieran finalmente en lo que hoy son: una potencia imperial que constituye el principal polo de poder en el escenario internacional del s. XXI.

Como primer rasgo sobresaliente en la historia de este país destaca el hecho de que únicamente necesitó el espacio de tiempo de aproximadamente 150 años para convertirse en una gran potencia, y devenir así en un imperio. Se trata de un periodo de tiempo relativamente breve si lo comparamos con otros casos en los que otras potencias, por el contrario, necesitaron bastante más tiempo para constituirse en imperios y consolidarse durante un periodo variable en el que detentaron un dominio indiscutible sobre los asuntos internacionales. Todo esto ya marca de por sí la singularidad del caso estadounidense en relación al conjunto de la historia universal, lo que indudablemente se encuentra complementado por otros factores explicativos de no menor importancia.

En cualquier caso lo que aquí pretende abordarse son aquellos momentos decisivos en la historia de los EEUU, fundamentalmente los referidos a su dimensión internacional aunque ello no impedirá que se haga una necesaria referencia a otros hechos que jugaron un papel sobresaliente en la esfera doméstica de este país. Indudablemente un repaso a la historia de los EEUU servirá para dilucidar con claridad los avatares que debió atravesar para llegar a detentar el estatus internacional que hoy ocupa, y con ello a clarificar el papel decisivo que en cierto modo estaba llamado a jugar en la esfera internacional

El nacimiento de una nación y el Destino Manifiesto

La llegada de los primeros colonos ingleses al continente americano en el Mayflower, expulsados de la metrópoli en unos tiempos política y religiosamente convulsos en la Inglaterra de principios del s. XVII, y que llevaron consigo el sistema político y social inglés a un nuevo lugar que consideraban la tierra prometida, fue la base del que más tarde fue el momento fundamental para los EEUU: su nacimiento político a finales del s. XVIII con la guerra de independencia que, entre otras cosas, destacó por adoptar unos tintes revolucionarios. Las 13 colonias inglesas, cuyo comercio e industria habían experimentado un notable desarrollo durante el s. XVIII, fueron sometidas a las crecientes injerencias de la metrópoli para costear los cada vez mayores gastos que acarreaba disponer de una poderosa armada, como era la Royal Navy, para dominar los océanos mundiales frente a sus más inmediatos rivales: España y Francia. A esto había que añadir el despliegue de tropas en diferentes territorios como era el caso de Norteamérica.

La progresiva fiscalización de la economía colonial, lo que tendía a ahogar económicamente a los propios colonos, unido a una serie de circunstancias como las derivadas de la organización política colonial en el continente y su falta de voz y voto en el parlamento de Westminster, provocaron un estado de animadversión entre los colonos hacia la corona inglesa. Las causas profundas se ubican en la decisiva guerra de los siete años. Esta guerra, que fácilmente podría catalogarse como la primera guerra mundial en tanto en cuanto los escenarios bélicos abarcaron diferentes continentes, y en la que los contrincantes involucrados eran las principales potencias del momento, generó una deuda muy importante en las arcas británicas. La deuda fue el precio a pagar por la victoria militar que Inglaterra infligió a Francia sobre sus colonias norteamericanas, a lo que se sumaba la necesidad de mantener tropas en un territorio todavía hostil. Las elites inglesas decidieron gravar con impuestos directos la economía colonial americana, lo que provocó el rechazo entre los colonos. Después de diversos tiras y aflojas entre el parlamento británico y los colonos americanos, fue impuesta una tasa sobre la importación de té que finalmente contribuyó a desencadenar un conflicto armado entre Inglaterra y las colonias americanas.

El origen de la guerra de independencia americana tiene un claro trasfondo económico pero iba acompañado de unas causas de orden político nada desdeñables. En lo que a esto respecta el sistema legal inglés contemplaba la representación política para quienes pagaban impuestos. Sin embargo, las colonias americanas estaban excluidas de cualquier representación en el parlamento británico al mismo tiempo que eran obligadas a tributar a la corona inglesa. Esto hizo que los colonos americanos negasen al parlamento de Londres el derecho a gravar su comercio y economía, al considerar que esto era una medida inconstitucional en tanto en cuanto excedía su jurisdicción. La razón de este rechazo, más allá del perjuicio económico que pudiera suponer, radicaba en el hecho de que los colonos americanos no disponían de representación política en el parlamento, y por ello no podían participar en los procesos de decisión política sobre aquellos asuntos que les afectaban directamente. Estos colonos todavía se consideraban ingleses y exigían que en su condición de ingleses les fuese aplicada la ley inglesa que contemplaba una representación política para quienes tributaban a la corona inglesa. Pero la realidad en la metrópoli era muy distinta y los colonos americanos no eran considerado ingleses, sino parte de las posesiones de ultramar de la corona inglesa a la que debían someterse.

La lógica de los acontecimientos condujo, como hemos indicado, a una guerra en la que los colonos americanos crearon sus propias instituciones representativas, y se dotaron de sus propias fuerzas armadas para expulsar a los ingleses del continente. De esta forma a partir de 1776, momento en el que se proclamó la independencia de los EEUU, aunque las hostilidades ya habían dado comienzo un año antes, la guerra entre las 13 colonias y la metrópoli inglesa se convirtió en una gran conflagración que finalmente se saldó con la victoria de los colonos americanos. El conflicto se extendió entre 1776 y 1783, lo que no impidió que la proclamada independencia de las 13 colonias, en calidad de 13 Estados independientes de la corona inglesa, diera lugar a la primera constitución de los  EEUU en la forma política de una Confederación, de tal manera que los poderes del gobierno central eran muy limitados mientras que los poderes de los Estados miembros, y su respectiva autonomía, eran relativamente amplios. Sin embargo, una vez terminada la guerra se adoptó una nueva constitución que estableció un sistema federal que reforzó, en comparación con la situación anterior, de manera considerable los poderes del gobierno federal. Esta nueva constitución estableció una república de notables que se basó en el modelo que representaba el ejemplo de la república romana, siguiendo el legado político de Montesquieu que, a su vez, era deudor ideológico de Polibio. En el contexto del sistema político estadounidense fue la facción de los federalistas, encabezadas por George Washington y Alexander Hamilton, los principales exponentes de esta postura política, representantes de las grandes clases sociales de banqueros, comerciantes e industriales, quienes eran la expresión de un elitismo aristocrático de raigambre inglesa.

El nacimiento de los EEUU como país independiente fue, sin lugar a dudas, un acontecimiento histórico de primera magnitud dado que sirvió para reducir considerablemente la influencia británica sobre el continente americano, lo que a la postre afectó parcialmente a su comercio y a sus niveles de ingresos sin olvidar la deuda, bastante grande ya entonces, que la guerra de independencia le había producido. Asimismo, en el terreno político constituyó una gran innovación la aparición de una república constitucional en la que la ley determinaba cuáles y quiénes ejercían las relaciones de poder, lo que a la postre facilitó la rápida y progresiva institucionalización del nuevo Estado que comenzó a disponer de su propia autonomía decisoria.

Tal y como han apuntado diferentes autores la guerra constituye el principal motor del desarrollo del Estado y de su estructura organizativa central, pues a través de ella es como el Estado desarrolla sus mecanismos organizativos con los que extrae recursos, tanto humanos como materiales, de la sociedad para satisfacer las demandas del ejército y su necesidad de incrementar sus capacidades internas con las que aumentar su poder, tanto a nivel doméstico como en la esfera internacional.[1] En relación a esto cabe apuntar que EEUU mantuvo distintos conflictos de diferente entidad a nivel internacional, al mismo tiempo que el poder ejecutivo no paró de crecer con el desarrollo de nuevos organismos e instituciones, lo que generó un cada vez más poderoso aparato burocrático. En el primer tercio del s. XIX volvió a enfrentarse con Inglaterra, sin embargo lo más significativo de su política exterior fue la proclamación de la doctrina Monroe en 1823, atribuida a James Monroe aunque elaborada por John Q. Adams, y que se sintetizó en la conocida frase de “América para los americanos”. La importancia de esta doctrina estriba en que constituía una clara declaración de intenciones de los EEUU en relación a su esfera de intereses sobre el continente americano, en clara contraposición a las pretensiones colonialistas de las potencias absolutistas europeas. Esta doctrina contribuyó, por tanto, a delinear la política exterior estadounidense y a crear así una esfera de influencia exclusiva, lo que a la postre sentó las bases para el desarrollo de una política crecientemente intervencionista sobre los países de América del sur, lo que finalmente convirtió este espacio geopolítico en el patio trasero de los EEUU. Como base, y hasta incluso podríamos decir que como piedra angular, de la política exterior estadounidense la doctrina Monroe fue invocada por diferentes presidentes como Ulysses S. Grant, Theodore Roosevelt, John F. Kennedy, Ronald Reagan y muchos otros.

Durante la primera mitad del s. XIX se elaboró el concepto del “Destino Manifiesto” de los EEUU que sirvió en gran parte como un referente, aunque nunca llegó a quedar claramente definido en términos políticos y civilizacionales, que estableció los cimientos morales del expansionismo de los EEUU para su posterior desarrollo como potencia imperialista. No existe una clara fuente a la que se le pueda atribuir la idea que alberga este concepto, sino que más bien por el contrario nos encontramos con que se trata de una expresión que abarca un vasto complejo de ideas y políticas.[2] No fue hasta 1845 que se empleó por primera vez este concepto de la mano del periodista John L. O’Sullivan en un artículo en el que se refería a la necesidad de anexionarse el Estado de Texas, y en el que señalaba el destino manifiesto de los EEUU de extenderse por el continente asignado por la providencia.[3] En ese mismo año volvió a hacer uso de ese mismo término en el periódico New York Morning News en relación a la disputa fronteriza con Gran Bretaña en torno a Oregón, y en el que en base al Destino Manifiesto reclamaba el derecho de los EEUU a reclamar todo Oregón como parte del gran proyecto dispuesto por la providencia para realizar el experimento, tal y como lo denominaba, de libertad y autogobierno federal.[4] Todo esto se resumía en la extensión del modelo de sistema político estadounidense al resto del mundo, lo que se hacía en nombre de la divina providencia que servía así como justificación de la política exterior de conquista de los EEUU. En última instancia el Destino Manifiesto consistía, y consiste aún hoy en tanto en cuanto constituye todavía un elemento que sigue presente en la política exterior estadounidense, en un ideal moral que sustituía a cualquier otra consideración.[5]

No puede negarse que el Destino Manifiesto representa una idea justificadora del expansionismo estadounidense, sobre todo con la colonización del viejo Oeste que más tarde sería integrado en los EEUU. Así, inicialmente se consideró que la expansión de los EEUU no sería llevada a cabo por la fuerza sino a través de un gran y prolongado proceso migratorio desde el Este del país hacia el Oeste, en dirección a la costa del Pacífico. En el fondo se trataba de dar una cobertura ideológica al derecho de conquista que, dada la debilidad institucional inicial de la naciente república, debía ser llevado a cabo por el propio pueblo estadounidense. En cualquier caso, y tal como ha sido apuntado por el historiador William E. Weeks, el Destino Manifiesto gira en torno a tres temas clave que son: por un lado la virtud atribuida al pueblo americano y a sus instituciones, la misión de extender estas instituciones para rehacer el mundo a imagen de los EEUU, y finalmente la idea de destino como misión encomendada por Dios.[6]

El llamado Destino Manifiesto ha conferido a los EEUU y a su política internacional una dimensión escatológica, e incluso mesiánica, que ha servido de justificación para sus intervenciones expansionistas dentro y fuera del continente americano. Los orígenes de este planteamiento probablemente podrían rastrearse hasta la época de la colonización inglesa, y más concretamente hasta el sermón de John Winthrop de 1630, “A City upon a Hill”, que hacía de las colonias americanas un ejemplo y, en definitiva, un faro para el resto del mundo. Naturalmente el nacimiento de los EEUU llevó impresa esta idea que fue recogida por los revolucionarios americanos, asociada igualmente al excepcionalismo americano, y que hacía de aquel acontecimiento histórico que significó la revolución un momento de ruptura y de nuevo comienzo, tal y como indicó Thomas Paine en 1776 en su panfleto Common Sense.[7] De hecho los fundadores de los EEUU consideraron que las proclamaciones políticas contenidas en la declaración de independencia eran extensibles al conjunto de la humanidad, y que por ello eran la inauguración de una nueva era en tanto en cuanto el mundo, al mirar hacia atrás, definiría la historia y los hechos que tuvieron lugar en ella en función de este acontecimiento que marcó la independencia de las colonias americanas. Todo esto llevaría a establecer la idea de que los americanos tenían la obligación de extender y preservar las  creencias que inspiraron este proceso.[8]

El nacionalismo estadounidense ha sido articulado en torno a una idea moral que le ha otorgado un carácter supremacista a su política, y cuyo fundamento es la identificación del pueblo estadounidense con un designio divino para cuya realización ha sido elegido. De este modo las ideas religiosas constituyeron un claro fermento ideológico para perfilar los planteamientos nacionalistas que han dado forma a la política exterior estadounidense, así como a su identidad nacional en torno a la que ha agrupado al conjunto de su sociedad. Este mesianismo en el que la religión constituye el elemento justificador de la política de los EEUU es el que al mismo tiempo ha servido para erigir a este país en un referente para el resto del mundo. Inevitablemente EEUU se ha convertido en el epicentro del proceso de mundialización con la extensión de su modelo de sociedad y de su sistema político que, al ser considerado como la realización de una voluntad sobrenatural, constituye la meta histórica en torno a la que han de confluir todos los pueblos de la tierra. EEUU se ha erigido en términos escatológicos en un referente mundial al haber identificado su propia historia con la historia de la humanidad, hasta el punto de que al identificarse con la humanidad, y por lo tanto como la más acabada expresión de la civilización, se ha convertido al mismo tiempo en un enemigo de todos quienes le ofrecen resistencia al ser identificados con la barbarie, ubicándolos así fuera de la humanidad.[9]

La excepcionalidad americana y el Destino Manifiesto son, en suma, elementos ideológicos que han desempeñado un papel justificador de la extensión de los EEUU hacia el Oeste primero, y posteriormente su expansión internacional con la aplicación de una política imperialista. El expansionismo dentro del continente americano estaba dirigido a constituir un Estado de grandes dimensiones que posteriormente tuviese la oportunidad de convertirse en una gran potencia imperial, pues sin los enormes recursos materiales y humanos de los vastos espacios que ofrece el continente americano sería del todo imposible la consecución de un lugar entre las grandes naciones. En este contexto ideológico nos encontramos con formulaciones como la hecha por John Q. Adams, para quien todo el continente de Norteamérica parecía estar destinado por la divina providencia a ser poblado por una nación, con un solo idioma, que profesase un sistema general de principios políticos y religiosos, y acostumbrado a unos usos y costumbres sociales.[10]

Gracias a estas formulaciones ideológicas EEUU tuvo la fuerza moral para fagocitar la migración hacia el Oeste, y sobre todo para emprender luchas internacionales por la conquista de estos territorios. El caso de Oregón es un claro ejemplo, sobre todo después del acuerdo angloamericano de 1818, territorio en el que se desencadenó una progresiva ocupación gracias a sucesivas oleadas migratorias procedentes del Este de los EEUU, y que finalmente concluyó con la completa anexión de este territorio por los EEUU. En este mismo sentido también se explica la guerra entre EEUU y México entre 1846 y 1848, fruto de la anexión de Texas por los EEUU y que previamente había declarado su independencia de México. Como consecuencia de esta guerra México perdió el 55% de su territorio, mientras que EEUU amplió su costa en el Pacífico al mismo tiempo que ubicó su frontera sur con México sobre el río Grande. La importancia de este crecimiento geográfico de los EEUU fue decisivo dado que le proveyó de los recursos, tanto materiales y naturales como humanos, para aumentar sus capacidades internas y desarrollar a largo plazo una política internacional de dimensiones mundiales. Además de esto hubo otras consecuencias de no poca importancia, como el hecho de que la anexión de estos territorios, y muy especialmente la integración de Texas en la Unión, contribuyó a afianzar los desequilibrios internos ya existentes entre el Norte, industrial y comercial, y el Sur, agrícola y rural.

La anexión de los nuevos territorios en el Oeste americano creó inicialmente una compleja situación al estar nominalmente bajo la autoridad del gobierno federal, mientras que al mismo tiempo los Estados miembros afirmaban sus respectivas soberanías para legislar sobre una serie de materias que consideraban una prerrogativa exclusiva. La historiografía oficial, la que construyeron los vencedores de la guerra civil americana, puso el énfasis en la cuestión relativa al papel desempeñado por la esclavitud como causa principal de los desequilibrios internos en los EEUU que condujeron a la guerra entre el Norte y el Sur. Sin embargo, un estudio pormenorizado de los acontecimientos que desencadenaron la guerra civil americana nos muestra que los factores decisivos que la provocaron fueron otros, y que la cuestión de la esclavitud jugó un papel menor y secundario, y por tanto no decisivo, en las tensiones que se desarrollaron entre el Norte y el Sur.

La guerra civil

En líneas generales puede afirmarse que la guerra civil americana tiene sus orígenes en las diferentes vías de modernización del país. Todo esto tenía que ver con las diferencias y desequilibrios existentes entre el Norte y el Sur, y sobre todo con varias cuestiones fundamentales: por un lado el proceso de industrialización en curso como una necesidad imperiosa para disponer de las capacidades productivas necesarias para desempeñar un papel de primera magnitud en los asuntos internacionales; por otro lado la división que se produjo en el seno de la elite estadounidense a causa de los diferentes modelos de Estado que manejaban; y por último las disputas que se produjeron en torno a la gestión y administración de los nuevos territorios adquiridos o conquistados por los EEUU en el Oeste. Como decimos estos factores constituyeron las principales causas que originaron la guerra civil, la cual se ubica dentro de un proceso más amplio de modernización del conjunto de los EEUU en el que chocaron diferentes formas de entender dicho proceso, y por lo tanto el modo en el que debía discurrir.

El Norte de los EEUU estaba compuesto por Estados en los que se daba un rápido crecimiento económico basado en granjas familiares, minería, industria, transporte y comercio, con una amplia población urbana que iba creciendo de manera acelerada gracias a una alta tasa de nacimientos unida a la llegada de inmigrantes procedentes de Europa. El Sur, por el contrario, contaba con un sistema social agrícola basado en las grandes plantaciones de algodón cuya producción se hacía con mano de obra esclava, con una geografía marcadamente agrícola y rural, con una distribución demográfica dispersa ante la escasa densidad urbana, además de carecer de industria manufacturera. A todo lo anterior hay que sumar que en el Sur las diferencias sociales eran mayores debido sobre todo a que los dueños de esclavos únicamente constituían el 25% de la población que, además, controlaba la política y la economía, mientras que el 75% restante lo componían las familias blancas que carecían de esclavos y que estaban sumidas en una economía de subsistencia de tipo agrícola. Esto prueba que la guerra civil no se llevó a cabo por la esclavitud, sino que intervinieron otros factores como un nacionalismo sureño, de corte confederal, que unió a las poblaciones de los Estados del Sur contra los Estados del Norte.

Las diferencias geográficas acompañaron a otras que se produjeron en el plano económico y político que tuvieron una relevancia decisiva a la hora de desencadenar las tensiones que condujeron al Norte y al Sur a un enfrentamiento armado. Por el contrario podemos observar que la cuestión de la esclavitud, aún a pesar de ser objeto de diferentes tensiones entre distintas facciones políticas en diferentes niveles gubernamentales, no fue un factor decisivo en el desencadenamiento de la guerra civil. Prueba de esto son los múltiples acuerdos que permitieron un compromiso entre el Norte y el Sur en torno a esta cuestión, tal y como se desprende del Compromiso de Missouri de 1820 con el que se admitió la práctica de la esclavitud en los territorios adquiridos en el Oeste, mientras que dicha institución quedó excluida al Norte del paralelo 36 de la antigua Luisiana a excepción del Estado de Missouri. Otro ejemplo de esto lo constituye el compromiso de 1850 tras la guerra con México que permitió la esclavitud en los nuevos territorios en caso de que dichos Estados así lo decidieran, al mismo tiempo que las fuerzas sureñas hicieron concesiones al Norte. Otro caso igualmente evidente es la ley de esclavos fugitivos aprobada en aquel mismo año de 1850, y que establecía la colaboración entre el Norte y el Sur para la devolución a sus propietarios de aquellos esclavos fugitivos que se hubieran refugiado en los Estados del Norte. En 1854 la ley Kansas-Nebraska que admitía el establecimiento de la esclavitud en dichos Estados si estos así lo acordaban es otro ejemplo más de lo anterior.

Pero fueron los denodados esfuerzos en modernizar los EEUU lo que se encuentra en el origen de una serie de desequilibrios que generaron las tensiones que desembocaron en la guerra civil. Entre 1810 y 1850 se llevaron a cabo diferentes medidas dirigidas a crear una fuerte industria nacional, lo que trató de realizarse a través de un programa de modernización económica rápida que contemplaba una fuerte política proteccionista con el establecimiento de tarifas arancelarias, la creación de un banco central y un fuerte gasto federal. La finalidad de estas medidas era muy clara lo que exigía un crecimiento y reforzamiento del gobierno federal para el impulso y posterior desarrollo del proceso industrializador. A esto se sumó la circunstancia de que en el Norte abundaba el carbón, la fabricación de acero y las ciudades que agrupaban la producción manufacturera, de tal modo que las medidas adoptadas en el nivel federal fueron en directo beneficio de los Estados norteños. Este favoritismo creó rencor entre los Estados sureños que se vieron afectados negativamente por estas medidas al depender de las importaciones a causa de su economía agrícola.[11]

La industrialización implicó unos importantes costes sociales, y prueba de ello es la depresión que padecieron los EEUU ya en la década de 1820, algo que afectó gravemente a Carolina del Sur que le condujo, ya en 1828 a una insubordinación respecto al gobierno federal al no querer acatar la tarifa protectora de aquel mismo año, lo que posteriormente dio origen a una escalada de tensiones que estuvo a punto de provocar la secesión de este Estado y un conflicto armado. En el fondo se trataba de una disputa que no se circunscribía a lo meramente económico, sino sobre todo a la capacidad de un Estado de afirmar sus derechos frente al gobierno federal. Todo esto no hacía sino traslucir modos diferentes de entender la organización del país y por tanto de concebir modelos de Estado completamente diferentes.

Dado que la industrialización exigía una reorganización de la economía y de la sociedad que requería una fuerte intervención del gobierno federal se hacía necesario, a su vez, que existiese una autoridad federal lo suficientemente fuerte como para llevar a cabo con éxito este proceso. Así, nos encontramos con que los primeros debates en torno a esta cuestión comenzaron durante la presidencia de Andrew Jackson y giraron en torno a la anulación de la denominada “tarifa de las abominaciones” a la que se oponía el Estado de Carolina del Sur. Este debate involucró a diferentes personalidades como al ex-presidente John Q. Adams, al miembro del Tribunal Supremo Joseph Story, al juez William Alexander Duer, al senador Nathaniel Chipman o a Nathan Dane entre otros, quienes afirmaron que la constitución de los EEUU no era un producto de los Estados sino del pueblo, a lo que añadían que la Unión era perpetua y a ella le correspondía la suprema autoridad sobre cada uno de los Estados que la componen. Por tanto, era al Tribunal Supremo al que le correspondía la última palabra sobre la constitucionalidad de la legislación vigente.[12] Esto contrastaba grandemente con la postura que manifestaban aquellos que consideraban que la Unión era en última instancia una creación de los Estados, y que el gobierno central no era el que ejercía de último árbitro entre estos en materia legislativa sino que los propios Estados estaban facultados para determinar qué era o no era constitucional.

En el fondo de estas discrepancias se encontraban concepciones opuestas acerca del modelo de Estado que cada facción política aspiraba a construir. Los republicanos asumían la supremacía de las instancias federales, y especialmente de las leyes elaboradas por el Congreso así como de las resoluciones emitidas por el Tribunal Supremo sobre la constitucionalidad de la legislación aprobada. En este modelo de Estado el gobierno federal, integrado por sus diferentes ramas en un nivel superior al de los Estados, asumía la mayor parte de las competencias y poderes lo que inevitablemente abocaba a una progresiva centralización del poder en manos del gobierno federal. Por el contrario los detractores de este modelo de Estado abogaban por una forma confederal en la que los Estados se reservaban la mayor parte de sus derechos y poderes políticos, reservándose incluso el derecho de secesión. Por el contrario, en este modelo confederal el gobierno central era concebido como una creación de los propios Estados al que delegaban unos poderes limitados, de tal manera que estos poderes eran la excepción. Este modelo confederal implicaba la existencia de un poder central débil debido a la fragmentación de la estructura de este tipo de Estado, lo que no haría sino dificultar los esfuerzos modernizadores e industrializadores que habían sido puestos en marcha en el Norte.

La defensa de los derechos de cada Estado, de su respectiva soberanía frente a cualquier ámbito superior y consecuentemente la defensa de un modelo de autogobierno en el que el gobierno central debía ser mínimo en tamaño y prerrogativas, conllevaba, a su vez, asumir que a cada Estado le correspondía el derecho y el deber de declarar inconstitucional cualquier acto del Congreso que no fuese autorizado por la constitución. Esto permitía a cada Estado tener el poder de declarar inconstitucional y nulas las leyes federales, lo que ya tenía sus más claros antecedentes en la Resolución de Kentucky y Virginia elaborada por Thomas Jefferson y James Madison a finales del s. XVIII. Esta misma forma de entender el Estado se manifestó en la crisis con Carolina del Sur, lo que fue el principal antecedente de una serie de tensiones que casi 30 años después desencadenaron la guerra civil.

La defensa de los derechos y soberanía de los Estados fue el campo de batalla de las fuerzas sureñas en contraposición al Norte industrial cuyas fuerzas políticas, dominadas fundamentalmente por los republicanos, abogaban por un modelo federal de Estado, y por tanto por un gobierno federal más amplio y fuerte. La posición sureña estaba dirigida a limitar en la medida de lo posible el ámbito de actuación del gobierno federal para, sobre la base de una interpretación constructivista de la constitución, defender los derechos de los Estados frente a las intromisiones federales así como ante posibles usurpaciones.[13] Juntamente con esto se daba la circunstancia de que el propio Estado federal se había convertido en un espacio de poder en el que el Norte y el Sur se disputaban el control de las instituciones gubernamentales. Esta lucha se agudizó en la medida en que fueron incorporándose nuevos Estados a la Unión, y que el Norte crecía mucho más rápido que el Sur, lo que abocó a un desequilibrio geopolítico que inevitablemente condujo a las fuerzas sureñas a perder definitivamente el control del gobierno federal.

Los desequilibrios entre el Norte y el Sur fueron agravados por la propia evolución política y económica de los EEUU, fundamentalmente en relación al proceso modernizador en el que la industrialización jugó un papel central y decisivo. En lo que a esto se refiere la migración a las ciudades del Norte, donde se concentraba una creciente riqueza así como la emergente industria, unido al desarrollo del comercio, generó una pérdida de población en el Sur debido a la atracción que ejercían, sobre todo en los más norteños Estados del Sur, las grandes aglomeraciones urbanas. Juntamente con esto se encontraba la circunstancia de que en estos Estados no existía la institución esclavista, lo que en no pocas ocasiones fagocitó la huida de esclavos hacia dichos Estados. Todas estas alteraciones demográficas se reflejaban en la distribución del poder político en el seno del gobierno federal, y más concretamente en el Congreso y en el Senado donde los Estados norteños aumentaron progresivamente su representación política en detrimento de los Estados sureños. Asimismo, las migraciones procedentes de Europa, compuestas fundamentalmente por población irlandesa y alemana, afianzaron esta tendencia de crecimiento demográfico en el Norte, y con ello un aumento de su poder e influencia en el ámbito federal.

En cuanto a los territorios del Oeste que progresivamente fueron incorporados a la Unión hay que señalar que el denominado Compromiso de Missouri creó un desequilibrio entre el Norte y el Sur en términos geopolíticos, pues fue el acuerdo que influyó de un modo decisivo al garantizar al Norte un mayor número de Estados y un mayor peso demográfico en relación al Sur. Pese a que acuerdos posteriores constituyeron diferentes concesiones del Norte al Sur para apaciguar a este último, el Compromiso de Missouri ya había sentado las bases de la organización territorial y política de los Estados del Oeste y su correspondiente alineamiento con el Norte. Como decimos, este desequilibrio geográfico y demográfico se manifestó en la esfera política en el ámbito federal con una hegemonía del Norte sobre el Sur que alcanzó su culminación con la elección de Lincoln como presidente de los EEUU.

En la medida en que las fuerzas políticas del Norte estaban representadas mayoritariamente por el partido republicano, y donde la minoría demócrata a pesar de ser fuerte se mantenía dividida, se produjo una alteración sustancial en la correlación de fuerzas en el nivel federal. Todo esto abocó a un duro enfrentamiento entre las elites y sus respectivos modelos de Estado, con lo que la mayoría republicana trató de imponer el Estado federal, con sus respectivas instituciones gubernamentales (Congreso, Presidencia, Tribunal Supremo, etc.), sobre los Estados que componían en aquel momento la Unión. Inevitablemente esto chocó con los intereses de los sureños que entendían la Unión como una confederación de Estados soberanos e iguales en derechos. La definitiva pérdida del control de las instituciones federales por parte de las fuerzas sureñas abocó finalmente a que los Estados del Sur, frente a lo que consideraban una mayoría fuera de cualquier control en el gobierno federal, reclamasen su derecho a la secesión.

Como consecuencia de la secesión de los Estados sureños se agruparon en torno a una nueva constitución que era muy clara al establecer que eran los Estados los que  componían la nueva Confederación, lo que se contraponía a la constitución de la Unión en la que establece que es el pueblo su principal elemento constitutivo. Si por un lado los Estados del Sur pretendían afirmar su soberanía y sus derechos de autogobierno frente al gobierno federal, los Estados del Norte, a través del gobierno federal, aspiraban a preservar la Unión como organización encargada de aglutinar al conjunto de los Estados y de establecer una legislación superior común a todos ellos. Naturalmente si EEUU quería aspirar a ser una potencia imperial, y por tanto a modernizarse para disponer de los medios adecuados para preparar y hacer la guerra, debía desarrollar un modelo de Estado y de organización política que sujetara a los Estados miembros a una autoridad central común, con unas amplias prerrogativas, y por ello con una elevada capacidad política para la movilización de los recursos materiales, económicos, tecnológicos y humanos que albergaba el país.

Por otro lado no puede perderse de vista que al margen de la importancia decisiva que tuvieron los debates constitucionales previos a la secesión de los Estados del Sur como causa principal de la guerra, encontramos igualmente vinculado a estos debates la cuestión de los impuestos arancelarios y de la propia industrialización. En lo que a esto se refiere la guerra también fue motivada por los impuestos proteccionistas que el gobierno federal estableció para proteger a la industria del Norte, tal y como ha sido señalado en relación al caso de Carolina del Sur. Estos impuestos dañaron seriamente la economía sureña al provocar un empobrecimiento debido a la dependencia que tenía con las manufacturas importadas, al mismo tiempo que su producción algodonera era gravada en el exterior de tal manera que veía gravemente dificultada su venta. El propio Lincoln era partidario de aumentar estos impuestos drásticamente para financiar su programa de construcción de infraestructuras, y de esta manera modernizar e industrializar el conjunto del país. De hecho, y en lo que a esto respecta, el Congreso de los EEUU aumentó, justo antes de que Lincoln tomase posesión de su cargo, en un 47% las tarifas arancelarias.[14]

La importancia de la institución esclavista fue menor en relación a las causas profundas que originaron la guerra, aunque no por ello dejó de influir como uno de los factores que a nivel inmediato la desencadenaron. Sobre esto último conviene recordar lo dicho por el vicepresidente de los Estados Confederados de América el 21 de marzo de 1861, Alexander Stephens, quien no dudó en afirmar que la esclavitud era la causa inmediata de la secesión.[15] En cambio Lincoln prometió durante su campaña presidencial de 1860 no hacer nada contra la esclavitud en el Sur y que por el contrario sólo se limitaría a impedir su expansión en el Oeste. Únicamente de un modo tardío y oportunista, y también hay que decir que a pesar del propio Lincoln, fue aprobada la 13ª enmienda que ponía fin a la esclavitud. Sin embargo, el Sur no pudo resistir a un presidente que era moderadamente antiabolicionista y cuyo propósito era modernizar el país, afirmando para ello el poder del gobierno federal sobre los Estados miembros para, así, poner fin al dominio regional de los propietarios de esclavos y plantaciones en el Sur.[16] De esta manera se puso fin al poder que las elites sureñas habían detentado hasta aquel momento, y que las había convertido en un obstáculo para el libre desarrollo del Estado federal en sus denodados esfuerzos modernizadores que implicaban una progresiva concentración y centralización del poder político para llevar a término la industrialización.

La resistencia que habían manifestado los Estados del Sur a la creciente intromisión del Estado federal en diferentes asuntos, como el ya ha apuntado acerca de las inversiones, los aranceles y también la institución de la esclavitud, contrastaba con unos Estados fuertemente centralizados. Así es como podemos comprobar que en la mayoría de los casos, al menos allí donde la esclavitud estaba ampliamente extendida y existía una importante proporción de propietarios esclavistas como era el caso de Carolina del Sur, el Estado operaba como elemento unificador de la clase propietaria de esclavos, y virtualmente llegó a establecerse una especie de aristocracia esclavista que en cierto modo evocaba un neofeudalismo sui géneris. Por ejemplo, a pesar de que la práctica totalidad de los hombres blancos podían votar solamente podían ser elegidos aquellos que eran propietarios de esclavos y en una proporción determinada, con lo que dichos cargos quedaban reservados a los grandes propietarios. Asimismo, para el desempeño de algún puesto funcionarial también era preciso ser propietario de esclavos, mientras que el puesto de legislador no era elegido directamente sino nombrado por el propio parlamento estatal. Todo esto denotaba una estructura política altamente centralizada en la que la clase más pudiente, una minoría social altamente exclusiva, monopolizaba el poder político y económico.

Indudablemente la guerra civil constituyó a todas luces una grave catástrofe nacional que provocó la muerte de al menos 300.000 personas, y que sumió al país en un estado de crisis política, social y económica sin precedentes. Sin embargo, y esto es importante resaltarlo, el resultado de la guerra fue un incremento del poder del Estado federal que permitió a los EEUU crear las condiciones favorables para modernizarse. Todo esto fue acompañado del denominado proceso de reconstrucción en el que se produjeron fuertes inversiones federales en infraestructuras, sobre todo con el establecimiento de la primera línea transcontinental de ferrocarril. A esto habría que añadir el fuerte desarrollo de la industria y del comercio, lo que facilitó la movilización de los recursos necesarios para disponer de los medios precisos para preparar y hacer la guerra en caso necesario. Sobre esto último hay que señalar que la mayor parte del ejército, una vez terminada la guerra, fue licenciado y únicamente se conservaron los mandos militares y aquellos efectivos necesarios para hacer la guerra a los pueblos indios del Oeste. Por otra parte la abolición de la esclavitud facilitó la introducción del trabajo asalariado en el Sur y consecuentemente la comercialización y monetización de su economía, lo que permitió al mismo tiempo su más fácil fiscalización para la mejor y mayor extracción de recursos económicos, financieros y materiales por el Estado federal.

El fin del colonialismo europeo en América y el New Deal

Para finales del s. XIX los EEUU disponían de unas capacidades económicas y materiales considerables en relación a su situación a principios de aquel mismo siglo, a lo que se sumaba la posesión de una fuerza militar importante como era el caso de su moderna armada. Esto le permitió desarrollar un papel activo en el continente americano como así lo demostró la guerra con España por Cuba y Puerto Rico. La importancia de este conflicto militar vino dada por el hecho de que permitió la completa materialización de la doctrina Monroe, y consecuentemente la expulsión de una potencia europea del continente americano. De esta manera EEUU desmanteló las últimas colonias europeas de relevancia en América, y logró crear un área de influencia exclusiva en el continente que se extendía al conjunto de Sudamérica a través del Caribe. EEUU se convirtió para entonces en una potencia regional reconocida que no dudó en hacer valer su fuerza económica, política y militar para influir en los asuntos del continente americano. Por esta razón la guerra de Cuba constituye un momento decisivo en la historia de los EEUU para su posterior conversión en una potencia imperial.

Probablemente el siguiente momento decisivo en la historia de los EEUU lo sea, sin lugar a dudas, la Segunda Guerra Mundial. Pero a pesar de esto no puede pasarse por alto algunos hechos menores que, sin haber sido completamente determinantes en la historia de esta potencia, por lo menos sí influyeron en los derroteros imperiales que finalmente adoptó. Sobre esto son reseñables las sucesivas guerras mantenidas por las fuerzas armadas con los diferentes pueblos indios, y que concluyeron en los años 20 del s. XX. La importancia de estas guerras radica en el hecho de que fueron parte de un paulatino proceso de concentración del poder en manos del Estado federal, que arrebató las tierras a estos pueblos para, posteriormente, recluirlos en reservas y negarles el derecho a poseer cualquier tierra. Este proceso de pacificación interna en el que el Estado se hizo definitivamente con el monopolio de la violencia y con el completo control de su territorio.

En otro lugar no menos importante se encuentra la creación de la Reserva Federal en 1913 como banco central que se ocupó desde entonces de la creación de dinero y de prestárselo al gobierno federal. La importancia de esta organización radica en el hecho de que constituye el principal y más importante cartel bancario de los EEUU, el cual se ocupa de reunir bajo una dirección centralizada el conjunto de los recursos financieros y monetarios del país. Cabe apuntar que su fundación era una medida imprescindible para disponer de los medios necesarios para, llegado el caso, armar un poderoso ejército y costear los gastos que conlleva preparar y hacer la guerra. Todo esto contrastaba con la situación previa marcada por una fragmentación y dispersión de las principales fuerzas financieras del país. Así, desde 1913, los EEUU contaron con un banco central compuesto por los principales bancos privados comerciales del país cuyos intereses se encuentran presentes en las diferentes juntas de gobierno de los bancos de distrito de la reserva.[17]

El siguiente gran momento decisivo en la historia de los EEUU después de la guerra de Cuba fue el New Deal debido a que constituyó un plan federal de gran calado que sirvió para establecer un Estado de bienestar moderno. Como consecuencia de una fortísima crisis económica en 1929 que se alargó a gran parte de los años 30 de aquel mismo siglo, los EEUU debieron llevar a cabo una reorganización general de la economía con vistas a recuperar su capacidad productiva. En este sentido el gobierno federal se ocupó de elaborar y aprobar leyes de reforma de los bancos, programas de asistencia social urgente, programas de ayuda para el trabajo así como para la agricultura, y llevó a cabo inversiones importantes que permitieron el acceso a recursos financieros a través de las diversas agencias gubernamentales. Se sentaron las bases de un Estado fuertemente asistencial que al mismo tiempo no dudó en incrementar los impuestos a las clases más pudientes para financiar los nuevos programas sociales, además de impedir que la excesiva concentración de la riqueza producto de la crisis del 29 originara una nueva aristocracia en el país. Todo esto fue posible en la medida en que el partido demócrata, ya con William Jennings, había adoptado un carácter socialdemócrata y populista que hizo del Estado federal un agente capital en el desarrollo social y económico del país como elemento corrector de los desórdenes del mercado, y por tanto como ente coordinador de la economía y redistribuidor de la riqueza.

El llamado segundo New Deal que se extendió de 1935 a 1938 fue un reforzamiento de la política asistencial del Estado que combinó una fuerte inversión federal al poner en práctica el keynesianismo en materia financiera y económica. A diferencia de lo que habitualmente suele pensarse el New Deal no fue eficaz para luchar contra la crisis originada en el 29,[18] en cambio llevó a cabo muchas y muy importantes reformas sociales que supusieron un cambio sustancial que, a pesar de ser inicialmente experimentales, dotaron de un carácter eminentemente asistencial al Estado, entendido ya como Estado de bienestar en el sentido común del término tal y como fue adoptado en Europa.[19] Pero lo importante del New Deal radica en la aplicación de las teorías del economista John Maynard Keynes que básicamente consisten en incrementar el intervencionismo del Estado en la economía y en aumentar drásticamente el gasto estatal. Estas recetas económicas unido a la presencia de un belicista, y sobre todo antiaislacionista, presidente demócrata, Franklin Delano Roosevelt, permitieron la preparación del conjunto del país para la guerra que se avecinaba. De esta forma el New Deal, y el keynesianismo como teoría económica, sirvieron esencialmente para el desarrollo de una serie de reformas sociales y económicas para el establecimiento de un capitalismo de guerra.

La Segunda Guerra Mundial

Inevitablemente el New Deal nos lleva, como preparación de la economía estadounidense para una guerra inminente, a la Segunda Guerra Mundial como otro de los momentos decisivos más importantes de la historia de los EEUU. Su importancia viene dada por el hecho de que gracias a ella los EEUU desarrollaron todo su potencial económico y militar hasta convertirse en una potencia imperial, y una vez terminado el conflicto en agosto de 1945 devino en un polo de poder en el escenario internacional. Sin embargo, no pueden pasarse por alto algunos aspectos de esta guerra. El primero de ellos es que entre su estallido a finales del verano de 1939 y finales de 1941, momento en el que EEUU entró en el conflicto, transcurrieron más de 2 años. Para aquel entonces los preparativos para entrar en la guerra estaban muy avanzados como así lo demuestra el comienzo de la construcción del Pentágono el 11 de septiembre de 1941, meses antes del ataque de Pearl Harbor.

Durante estos preparativos el Estado cebó la economía por medio de grandes pedidos que mantuvieron una demanda constante que facilitó el desarrollo de las fuerzas productivas del país, y consecuentemente de la industria interna para satisfacer las necesidades militares. En lo que a todo esto respecta fue de crucial importancia el acuerdo alcanzado con el Reino Unido, introducido en mayo de 1941, que permitió el establecimiento de un sistema de pago más fácil para este país. Se trataba del llamado Lend-Lease. Dotó de un crédito ilimitado al Reino Unido que podía así comprar armas, municiones y productos similares que requería urgentemente. De esta forma las exportaciones americanas crecieron espectacularmente al pasar de los 505 millones de dólares en 1939 a los no menos de 5.200 ya en 1944. Esta situación creó una demanda constante que facilitó una producción industrial a gran escala, de tal modo que la deuda interna también creció al aumentar los cada vez mayores gastos militares que pasaron de los 3.000 millones de dólares en 1939 a los 42.000 millones en 1945. Con los beneficios generados por las empresas se esperaba recaudar los ingresos precisos vía impuestos que permitirían saldar las deudas del Estado. El esquema general consistía en que el Estado utilizaba sus ingresos para pagar las facturas de las grandes corporaciones que, a su vez, monopolizaban los negocios de Lend-Lease y la producción de guerra en general. Estas facturas se pagaban por medio de impuestos directos e indirectos que recayeron sobre todo en los ciudadanos estadounidenses más que en las corporaciones.[20] Por otro lado el Lend-Lease implicaba que la factura británica se pagaría al final de la guerra con una eliminación de las restricciones aduaneras a los productos estadounidenses, lo que se estimaba que a medio plazo constituiría un gran beneficio al pasar los EEUU a controlar económicamente el ya decadente Imperio británico.

Hasta 1941 los EEUU, a través de sus más importantes corporaciones, proveyeron un considerable apoyo logístico, tecnológico, económico, financiero y material tanto a Gran Bretaña como a las potencias fascistas, especialmente al III Reich. Así se explica que la preparación de Alemania para la guerra y su consecuente rearme no hubiera sido posible sin el apoyo decisivo de estas corporaciones. Gracias al advenimiento del III Reich y a las medidas represivas y autoritarias adoptadas por el nuevo régimen hacia todo tipo de disidencia, y especialmente contra los derechos de los trabajadores mediante la supresión de los sindicatos y del derecho de huelga, las industrias de capital estadounidense en Alemania lograron florecer. En líneas generales el régimen nazi se ocupó de eliminar las posibles trabas que pudieran oponer los trabajadores mediante la represión política y sindical por un lado, y a través del establecimiento de medidas asistenciales dirigidas desde el Estado por otro, todo lo cual sirvió para allanar el camino al sistema productivo. Así es como la empresa subsidiaria alemana de Coca-Cola incrementó sus ventas de 243.000 cajas en 1934 para llegar a los 4,5 millones de cajas en 1939. Algo similar cabe decir de la sucursal de Ford, la Fordwerke, cuyos beneficios pasaron de los 63.000 marcos en 1935 para tener unos beneficios de 1.287.800 marcos en 1939. Otro tanto cabe decir de Opel, filial de la General Motors, cuya participación en el mercado alemán pasó de un 35% en 1933 a más de un 50% en 1935, antes incluso de la puesta en marcha del programa de rearme alemán. De este modo tanto General Motors como Ford controlaban el 70% del mercado alemán del automóvil, lo que facilitó que se les confiase el suministro al ejército alemán de toda clase de material necesario para la inminente guerra.[21]

Pero al igual que las ya señaladas empresas estadounidenses otras hicieron grandes negocios con el régimen nazi como fue el caso de IBM que, con su filial Dehomag, suministró a los nazis la tecnología de las tarjetas perforadoras necesaria para automatizar el país, permitiendo de este modo conseguir que los trenes llegaran a su hora o identificar a enemigos políticos, como los judíos, a los que confiscar sus bienes y eventualmente eliminar físicamente. Como consecuencia de este gran negocio IBM recibió de su filial alemana unos 4,5 millones de dólares en concepto de dividendos, de manera que para 1938 el valor neto de la compañía Dehomag se había duplicado hasta más de 14 millones de marcos, teniendo unos beneficios anuales de 2,3 millones de marcos y que en 1939 llegaron a los 4 millones.[22] Asimismo, la legislación del régimen nazi obligaba en gran medida a desarrollar reinversiones de las empresas estadounidenses, lo que contribuyó a una mejora de los activos tangibles, de forma que las inversiones americanas en Alemania continuaron creciendo hasta que en 1941 alcanzaron un monto total de 475 millones de dólares.

Las empresas estadounidenses que tuvieron alguna conexión alemana durante el régimen nazi son, además de las ya mencionadas, otras como Standard Oil, Du Pont, Union Carbide, Westinghouse, General Electric, Goodrich, Singer, Eastman-Kodak, ITT, pero también compañías de inversión y bancos que se involucraron en las inversiones que tuvieron lugar en la Alemania nazi pero también en la Italia fascista, como son los bancos J. P. Morgan y Dillon & Read, además del despacho de abogados de Wall Street Sullivan & Cronwell del que eran socios los hermanos John Foster y Allen Dulles.[23] De entre estas compañías Du Pont jugó un papel relevante con sus inversiones en la industria armamentista alemana con la introducción de armas y municiones, además de contribuir a la fabricación de explosivos. La importancia de estas empresas vino dada por el hecho de que sin la fabricación de automóviles, camiones, aviones y otros equipos que suministraron a la Alemania nazi, así como de otras materias primas estratégicas como caucho, combustible diesel, aceites lubricantes y otros combustibles suministrados por Texaco y Standard Oil, las fuerzas alemanas no hubieran podido desarrollar la Blitzkrieg que les proveyó de una pronta victoria en el frente occidental.[24]

EEUU fueron empujados a la guerra por las potencias del Eje. En lo que a esto respecta a los EEUU no le preocupaba demasiado que Alemania pretendiera imponer su Nuevo Orden en Europa, menos aún cuando se encontraba desde junio de 1941 en guerra contra la Unión Soviética que era en la práctica su previsible futuro rival geopolítico en el escenario internacional, sin olvidar que se trataba de una amenaza ideológica para la estabilidad social en el interior de los propios EEUU. El ataque preventivo llevado a cabo por sorpresa por el Japón en Pearl Harbor fue lo que finalmente involucró a EEUU en la Segunda Guerra Mundial, a lo que le continuó la declaración de guerra de Hitler contra esta misma potencia en la creencia, por lo demás equivocada, de que Japón le declararía al mismo tiempo la guerra a la Unión Soviética. En este sentido puede afirmarse que EEUU no escogió el bando en el que ubicarse en esta contienda, sino que le fue asignado tras el ataque de Pearl Harbor siendo en aquel momento Japón su principal y más inmediata amenaza que se cernía sobre el control del conjunto del océano Pacífico.

La Segunda Guerra Mundial fue todo un acontecimiento para la economía y la sociedad de los EEUU al dar lugar a una reorganización económica y social del conjunto del país, lo que permitió la definitiva emergencia y consolidación de un voluminoso complejo militar-industrial en torno al recién construido Pentágono. Este gran edificio se convirtió en un centro de poder burocrático a gran escala que desarrolló una serie de fuerzas impersonales que pronto escaparon a todo control, lo que sirvió para dar entidad propia al naciente complejo militar-industrial que comenzó a llevar un papel activo y protagonista en el sistema político estadounidense. Gracias a esta gran conflagración mundial la sociedad americana se militarizó, y con ella su economía, para satisfacer unas crecientes demandas militares de lo que ya para entonces era una gran potencia imperial con una esfera de intereses propia en el conjunto del planeta. La alteración de la posición que ocupaba los EEUU en la estructura de poder mundial convirtió a este país en uno de los principales polos de poder del escenario internacional. Prueba de esto último es el hecho de que al final de la guerra los EEUU dispusieran de 14 millones de soldados, y que a diferencia de lo hecho en otras ocasiones, únicamente se licenció a una parte mientras conservó el resto con vistas a mantener la nueva posición de poder adquirida en la esfera internacional, y con ello responder a los nuevos compromisos adquiridos.

Puede afirmarse que con la Segunda Guerra Mundial el entramado militar e industrial representado por el Pentágono llegó a desempeñar un papel dominante, y con ello a coordinar las fuerzas económicas, políticas, tecnológicas, culturales y académicas de los EEUU. Como consecuencia de la rápida e increíble expansión del entramado militar, con su enorme y aparatosa burocracia radicada en el Pentágono, emergieron los denominados señores de la guerra, los grandes jefes militares, que a partir de entonces transformaron completamente el escenario político americano y la política americana en sí misma.[25] La completa alteración de la naturaleza del sistema político norteamericano vino dada por la enorme preeminencia adquirida desde entonces por el poder militar y todo su entramado, al ser el poder que se impone en última instancia a todos los restantes poderes. Desde entonces se impuso una dependencia del mando político-civil con el ejército que, bajo una apariencia fijada por el constitucionalismo, ejerce el poder real en el conjunto del sistema.

La Guerra Fría y el poder militar

Tras la Segunda Guerra Mundial EEUU se encontró con una sociedad y una economía hechas por y para la guerra, de tal forma que la guerra, y por tanto el aparato militar, constituía el elemento central articulador y movilizador de ambas. En ese momento la política de los EEUU adoptó ya unas dimensiones mundiales lo que, unido a sus más que crecidas capacidades productivas y militares, le convirtió en una superpotencia mundial con la capacidad de desplegar su poderío sobre cualquier punto del planeta en cualquier momento. Este cambio drástico de la estructura de poder internacional en la que claramente los EEUU eran ya una potencia imperial vino a enterrar definitivamente, como así pudo comprobarse en los años siguientes a 1945, el orden internacional previo en el que las potencias coloniales como Francia y el Reino Unido habían desempeñado, en un contexto multipolar, un papel preeminente.

Las enormes capacidades productivas y destructivas de los EEUU en 1945 le permitieron reconfigurar el sistema internacional, lo que se puso de manifiesto a través de la fundación de la ONU, y más concretamente en su Consejo de Seguridad. Aunque el sistema había adquirido un carácter bipolar dado el creciente protagonismo de dos superpotencias enfrentadas, EEUU y la URSS, en su funcionamiento formal evocaba bastante al Congreso de Viena por el que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial establecieron las normas del nuevo sistema internacional. Pero como decimos, a pesar de las nuevas reglas, era evidente que había dos potencias mundiales que rivalizaban entre sí por la supremacía mundial, lo que redefinió completamente el escenario internacional y la estructura de poder vigente.

Debido al peso político adquirido por el ejército en el sistema político estadounidense y a las ambiciones de poder de los mandos militares, estos últimos buscaron satisfacerlas a través de la exageración del potencial destructivo de la URSS, y con ello del aumento drástico de los presupuestos militares hasta el punto de liberar el techo del gasto armamentístico.[26] Indudablemente los militares estadounidenses, con esta manera de proceder, fueron responsables del desencadenamiento de una carrera armamentística, de tal modo que moldearon la política exterior de los EEUU que, con todo su potencial militar, quedó definida en términos militares de contención.[27] La escenificación de un poderoso enemigo exterior a través de la política comunicativa y propagandística de los altos estamentos militares sirvió, en definitiva, como excusa para incrementar el poder del ejército y del gobierno federal sobre el pueblo americano.[28]

En tanto en cuanto el ejército constituye una creación para hacer la guerra, ésta es el objetivo de todo militar de profesión. Todos los militares desean la guerra. “Los oficiales quieren la guerra porque esta es su oficio”.[29] Si a este rasgo peculiar del militar sumamos la disposición de unas poderosas fuerzas militares que proveen de una fuerza inusitada, se hace fácilmente explicable que los altos mandos militares de los EEUU mostraran una actitud claramente belicista, y muy proclive a iniciar agresiones militares contra las posibles amenazas a la seguridad de los propios EEUU. En este sentido son bastante notables las exageraciones del poder militar de la URSS, país que fue presentado premeditadamente como una inminente amenaza para la seguridad nacional. Debido a este contexto fácilmente fabricado por el ejército se comprende que existieran jefes militares especialmente predispuestos a iniciar aventuras bélicas, y que se espoleara constantemente la inminencia de diferentes amenazas que servían para dar impulso a la carrera armamentística y, así, aumentar el poder de estos jefes a medida que crecían los presupuestos militares.

Indudablemente el informe NSC-68 del Consejo de Seguridad Nacional contribuyó de modo decisivo a delinear la imagen del mundo que EEUU pasó a tener de la realidad internacional, lo que sirvió claramente a los intereses estratégicos del complejo militar-industrial.[30] No sólo se exageraron las capacidades militares de la URSS, sino que ante todo se institucionalizó la paranoia colectiva que posteriormente se extendió a la sociedad. Hay que apuntar que todo esto ya tenía sus antecedentes en un artículo redactado por el diplomático americano en Moscú George Kennan en 1946, y publicado el año siguiente en una prestigiosa revista de relaciones internacionales.[31] La influencia que estos documentos tuvieron a la hora de perfilar la política exterior estadounidense fue decisiva, pues sentaron las bases de la política gubernamental y contribuyeron a crear una economía de guerra permanente a través de la militarización de la sociedad, y muy especialmente de la cultura, todo lo cual sirvió para disparar el presupuesto militar. Asimismo, la agenda de la Casa Blanca fue militarizada debido a la preeminencia de los militares, hasta tal punto que la toma de decisiones recayó más sobre los asesores del Consejo de Seguridad Nacional que en el propio presidente de los EEUU.

Desde las instancias gubernamentales, y muy particularmente desde el Pentágono, se creó una representación de la realidad internacional de carácter maniqueo en la que los EEUU eran los buenos y la URSS, junto a todos los comunistas del mundo, los malos. El discurso ideológico dominante reconfiguró el marco cultural estadounidense y moldeó la conciencia colectiva de los americanos, lo que sirvió para afianzar una política internacional que perseguía la colaboración de sus propios ciudadanos debido a la creciente militarización de la sociedad. Así es como se exageró la amenaza soviética, lo que sirvió para que los militares acaparasen presupuestos y gastos en las diferentes ramas del ejército. Desde entonces el propio sistema político de los EEUU ha sido transformado en su naturaleza interna al invertirse la relación de poder en la esfera doméstica y ser el Pentágono la institución que ha pasado a definir la política. De este modo el discurso ideológico dominante que se estableció en los EEUU, con toda su parafernalia anticomunista, estuvo dirigido a satisfacer los deseos e intereses de cada rama del ejército para aumentar su presupuesto, y al mismo tiempo para aumentar las ya de por sí elevadas cuotas de poder que acaparaba el Pentágono en la política interior.

La hipertrofia militar ha modificado sustancialmente los procesos decisorios a nivel institucional, sobre todo en la medida en que la inteligencia se ha convertido en la principal fuente del poder burocrático del Pentágono, y al mismo tiempo en la principal suministradora de información de los órganos decisorios. Este nuevo contexto ha creado una novedosa situación en la que la inteligencia militar opera para manipular las decisiones finales del poder ejecutivo, y de esta manera imponer los intereses del complejo militar-industrial en la política doméstica y en la política exterior. Nos encontramos con que la autoridad civil es en la práctica un mero apéndice del poder militar al que se encuentra subordinado debido a su dependencia funcional y estructural con este. De esta manera es como se ha impuesto en los altos niveles de la política una serie de procesos decisorios canalizados y preparados por el propio entramado militar, de tal forma que existe una coalición de intereses entre el ejército, la inteligencia y ciertos agentes privados vinculados al complejo militar-industrial para influir en las decisiones políticas. Estos elementos utilizan su riqueza, influencia y recursos para manipular decisiones y acontecimientos actuales para dirigir la política del Estado y maximizar beneficios.[32]

En la medida en que la organización burocrática que se vertebró en torno al Pentágono cobró vida propia, se desarrollaron una serie de fuerzas impersonales que existían por y para sí mismas y que todavía hoy existen y proyectan toda su influencia sobre la rama ejecutiva del Estado. Esta situación es la que ha convertido a los EEUU, tras los compromisos adquiridos después de la Segunda Guerra Mundial y unido a su gran potencial militar, en una dictadura militar encubierta por una fachada constitucional que se limita a guardar las apariencias. Este ha sido el resultado lógico de la tendencia imperialista de toda gran potencia al perseguir la supremacía mundial. Así, y debido a que EEUU alteró sustancialmente la estructura de poder internacional una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo, como resultado lógico de toda tendencia hacia la acumulación de poder en la esfera internacional, conlleva a nivel interno una concentración y centralización del poder, y con ello el establecimiento de unas estructuras de poder aptas para el despliegue de una política imperial en el ámbito internacional. Inevitablemente este proceso en la política exterior de los EEUU tuvo sus consecuencias a nivel doméstico con la modificación de su sistema político, y con el establecimiento de un régimen crecientemente autocrático marcado por la impronta militarista derivada del nuevo estatus adquirido de potencia imperial.

No puede pasarse por alto el incontrovertible hecho de que la transformación del sistema político estadounidense se hizo a pesar de la existencia de importantes resistencias internas, tanto en los niveles sociales como en los institucionales y muy particularmente en el directorio político. Basta señalar que en su discurso de despedida el presidente Eisenhower advirtió a la sociedad sobre el peligro que suponía la existencia del complejo militar-industrial, y consecuentemente de una serie de fuerzas que podían trastocar completamente la naturaleza del sistema político de los EEUU. Hay que destacar que el propio Eisenhower fue uno de los que más contribuyó a crear dicho complejo militar-industrial, pero no por ello resulta menos relevante que alguien que estaba muy familiarizado con dicho entramado advirtiese al público americano del peligro que ya entonces representaba para las libertades. Esto viene a explicar en parte lo que aquí consideramos otro de los momentos decisivos en la historia de los EEUU, el asesinato de John Fitzerald Kennedy y la guerra de Vietnam. Ambos acontecimientos están íntimamente unidos por una serie de circunstancias que se desgranarán a continuación.

El asesinato de Kennedy y la guerra de Vietnam

Kennedy y su clan representa con toda claridad el intento frustrado de una facción del directorio político por imponer el poder civil y político sobre el ya para entonces desbocado poder militar. Han sido muchas las especulaciones que se han llevado a cabo en torno a la muerte del presidente Kennedy, y especialmente sobre los autores intelectuales de este asesinato con el que se transformó considerablemente, y puede decirse que de manera definitiva, la faz política de los EEUU. En lo que a esto respecta hay que destacar en primer lugar que Kennedy se trataba de un presidente con ideas propias, lo cual hacía difícil manipularlo en las reuniones en las que se tomaban las decisiones políticas fundamentales. A esto se sumaba el hecho de que el propio Kennedy, especialmente tras el gran fiasco de Bahía de Cochinos, no se fiaba de los altos mandos militares y de los servicios de espionaje, a lo que hay que sumar que su forma de tomar las decisiones era al margen de los generales y asesores de inteligencia. Todo esto le llevaría a enfrentarse al entramado militar y a su red de intereses que para entonces estaba ampliamente asentada tanto en la Casa Blanca como en el Congreso y en el Senado.

Si bien es cierto que Kennedy continuó una guerra colonial que habían empezado los franceses en los años 50, y a la que envió un considerable número de tropas en calidad de asesores militares, era reacio a realizar un despliegue de tropas a gran escala.[33] En cualquier caso parece que existían claros indicios de que las intenciones del entonces presidente era llevar a cabo una retirada paulatina de las fuerzas americanas desplegadas sobre el terreno.[34] Por lo menos es lo que se desprende de la retirada de al menos 1.000 soldados ordenada para finales de 1963 según la orden ejecutiva del 11 de octubre (NSAM 263), y que pretendía retirar todas las tropas para finales de 1965 para transferir la misión militar de los EEUU al gobierno survietnamita.[35] Indudablemente esto tuvo que influir de algún modo para el desenlace fatal de su presidencia, pero a ello contribuyeron previamente otros acontecimientos de no menor importancia que le enfrentaron a los mandos militares y que sembraron la desconfianza entre estos y el presidente.

Entre los principales acontecimientos que contribuyeron a enturbiar las relaciones del presidente Kennedy con los generales y los servicios secretos fue, en primer lugar, la crisis de Bahía de Cochinos. Este intento fallido de invadir Cuba provocó una fuerte respuesta presidencial que responsabilizó a los mandos militares y a los jefes de los servicios de espionaje del fracaso de la operación, lo que le llevó a destituir al por aquel entonces director de la CIA Allen Dulles. A esto se sumó la amenaza presidencial de desmantelar la CIA y fragmentarla en mil pedazos. En otro lugar nos encontramos con la crisis de los misiles de Cuba. En esta ocasión diferentes elementos del gobierno pertenecientes al estamento militar intentaron maniobrar para manipular la situación y generar un conflicto armado en torno a Cuba, lo que creó resquemores y más desconfianza. Todo esto se unió a la concepción por parte de Kennedy y de su Secretario de Defensa Robert McNamara de un plan alternativo de guerra con el que organizar la seguridad nacional para, de este modo, prescindir de la cúpula militar.[36] Asimismo, tras las crisis tanto de Berlín como de Cuba Kennedy planteó prohibir las pruebas nucleares y este tipo de armamento, lo que provocó una fuerte oposición en el Pentágono además de incrementar las desconfianzas para entonces ya existentes con los jefes militares. Esta línea mantenida por el presidente Kennedy se vio perfilada ya en el discurso a las Naciones Unidas de septiembre de 1961 en el que se manifestó favorable al desarme, mientras que en junio de 1963 dio su aclamado discurso a favor de la paz mundial en la Universidad Americana.

Kennedy trató de imponerse al poder militar y de dominar unas fuerzas y dinámicas que hacía tiempo que estaban fuera de todo control. Todo esto le llevó a enfrentarse con el complejo militar-industrial y los servicios de inteligencia, y sobre todo con una poderosa facción de la elite dominante de su país. Probablemente las causas de su trágica muerte se encuentren en este enfrentamiento dado que su desaparición tuvo unas grandes e importantes consecuencias en los EEUU. En primer lugar, y debido a las circunstancias en las que tuvo lugar el asesinato, y teniendo en cuenta los denodados intentos de la propia administración de manipular los hechos y de ofrecer una versión oficial que no se ajustaba en nada a lo ocurrido, existen unos más que evidentes indicios de que su asesinato fue a todas luces una conspiración política en la que necesariamente se vieron envueltas personas pertenecientes a los más altos niveles del gobierno federal, y más concretamente al estamento militar y a los servicios secretos. Resulta bastante clarificadora la investigación desarrollada a finales de los años 60 por el fiscal de distrito de Nueva Orleáns Jim Garrison, que dejó bien clara la falsedad de la versión oficial que el gobierno federal difundió y que refleja claramente los muy evidentes indicios de que todo se trató de una gran conspiración.[37] En este sentido el asesinato de Kennedy fue una sofisticada operación de inteligencia y de ingeniería política que en la práctica supuso un golpe de Estado en el que el poder fue transferido a una facción política afín a los intereses del complejo militar-industrial. Puede afirmarse que la elite dirigente, compuesta por aquellos individuos estratégicamente ubicados en el pináculo del poder y unidos por una red de intereses comunes, orquestaron una conspiración para quitar de en medio a un presidente con ideas propias que se resistía a sus claras pretensiones belicistas.[38]

Las consecuencias del asesinato de Kennedy fueron muy evidentes a nivel inmediato. La primera de ellas fue el ascenso a la presidencia del entonces vicepresidente Lyndon B. Johnson, un elemento afín a los militares que no tardó en revocar la orden NSAM 263 con la orden NSAM 273 con la que incrementó drásticamente la escalada militar en el sudeste asiático. Johnson era un presidente dócil que se plegaba fácilmente a los intereses de los altos mandos militares y a sus pretensiones belicistas. Todo esto facilitó que EEUU se involucrara cada vez más en el conflicto indochino hasta desempeñar un rol protagonista en el mismo a través de una invasión a gran escala de Vietnam. Sin embargo, el inicio de la escalada militar contó en sus comienzos con la oposición de George Ball, Subsecretario de Estado, e inicialmente también de Clark Clifford, asesor del presidente Johnson, mientras que Robert McNamara y los restantes miembros del gabinete eran partidarios de involucrarse más en Indochina. El resultado fue el inicio de una guerra y de la militarización de la sociedad con la reintroducción del servicio militar obligatorio y la llamada a filas de un creciente número de efectivos.

La guerra de Vietnam polarizó a la sociedad americana y evidenció una división en la elite política estadounidense. Esto se hizo especialmente evidente a medida que la guerra se alargó en el tiempo, lo que exigió nuevos y crecientes esfuerzos económicos y sociales para hacer frente a una cada vez más deteriorada situación. Tal es así que para 1969 el número de tropas en Vietnam, al comienzo de la administración Nixon, era de 542.000 efectivos. Para entonces la guerra de Vietnam era tremendamente impopular y en el seno del gobierno federal ya habían aparecido las primeras y más claras divergencias públicas acerca de este conflicto.

Cabe preguntarse la razón de fondo para que EEUU se involucrase en lo que a fin de cuentas no era otra cosa que la herencia de una guerra colonial iniciada por Francia. En la medida en que como consecuencia de esta guerra se establecieron dos Vietnam, uno en el Norte controlado por los comunistas y otro en el Sur afín a Occidente, y dado que no pudo llegarse a un acuerdo de reunificación, la intervención estadounidense sólo puede entenderse en un único sentido. La necesidad de los EEUU de mantener el prestigio internacional adquirido tras la Segunda Guerra Mundial, y con una posición inigualable en la estructura de poder internacional, exigía dar una respuesta clara, fuerte y determinada de que no iban a permitir la proliferación de regímenes afines a la URSS en el Sudeste asiático. Por decirlo de alguna manera había que enviar a la URSS y a China el inequívoco mensaje de que los EEUU no iban a permitir la extensión del comunismo, y con ello la aparición de países alineados política y militarmente con la URSS o China. Se trataba de una forma de decir a la URSS y a China que EEUU no daría su brazo a torcer, e indirectamente de mandar un mensaje a los aliados occidentales del imperio americano de que no se inhibiría de sus compromisos adquiridos. Lo contrario, una retirada táctica de Vietnam, era entendido como una claudicación y una muestra de debilidad que sólo serviría para cuestionar el prestigio de la superpotencia americana y para crear dudas entre sus aliados.

En el fondo la importancia dada al prestigio que detentaban los EEUU, y a la necesidad de mantener la incuestionabilidad de su poderío dando para ello claras muestras de fortaleza, descansaba sobre una peculiar concepción de la seguridad nacional. Si al comienzo de la Guerra Fría se estableció una política de contención de la URSS dentro de sus fronteras geográficas, a esto le siguió la firme convicción de que los intereses y la seguridad de los EEUU únicamente podían defenderse a nivel global, ámbito al que fue llevada la contención y en el seno de la cual se desarrolló la llamada teoría del dominó o efecto dominó. Esta teoría sostenía que cuanto antes se eliminase una amenaza potencial para el statu quo mundial, donde quiera que fuera, sería menos probable que se produjese un efecto contagioso que en el futuro pudiese afectar a los EEUU. Esto venía a decir que la credibilidad de los intereses estadounidenses en regiones clave, como podía ser Europa, se vería perjudicada si no se lograba proteger a Estados satélites situados en lugares remotos del planeta. Este planteamiento, con su propia lógica interna, fue en gran medida el que condujo a los estadistas de la Casa Blanca a asumir la necesidad de involucrarse en Indochina, ya que de lo contrario creían que podía producirse un efecto de contagio que pusiese en peligro los intereses vitales de los EEUU. El primero en utilizar la metáfora de las fichas de dominó fue el presidente Eisenhower a mediados de los años 50 para describir las consecuencias que podía acarrear el triunfo de los comunistas en Vietnam. “Si colocas una fila de fichas de dominó y tiras la primera, lo que ocurrirá con la última es que se caerá muy rápidamente. Sería, por tanto, el inicio de una desintegración que tendría unas consecuencias muy serias”.[39] Finalmente se comprobó que la propia intervención americana sirvió para generar un efecto contagio en la propia región, y que ello no implicó una amenaza decisiva para sus intereses vitales ni una desestabilización del statu quo.

No cabe duda de que el belicismo de los militares creó una predisposición en los altos niveles decisorios de las estructuras de poder estadounidense que de alguna manera empujaron al país a la guerra, y que inicialmente crearon la falsa expectativa de que el conflicto podía ganarse en poco tiempo. Desde el momento en el que se tomó la decisión de entrar en Vietnam los objetivos y prioridades del conjunto de la nación pasaron a estar definidos por la guerra, lo que incrementó más si cabe el poder de los altos mandos militares con un aumento drástico de las partidas presupuestarias y de los efectivos que engrosaron las filas del ejército. En la práctica el sistema constitucional junto a sus estructuras institucionales fue transformado y reorientado según los objetivos e intereses de los jefes militares. Inicialmente estos cambios fueron aceptados por la mayor parte de la elite dirigente en tanto en cuanto se esperaba que la guerra duraría poco en la medida en que se creía que era posible ganarla. Sin embargo, los planes de los generales consistieron en una constante escalada militar que parecía no tener fin y siempre bajo la promesa de una inminente victoria decisiva sobre el terreno de batalla. Pero a medida que esa victoria no llegaba, que los esfuerzos de guerra se incrementaban en la misma medida que la resistencia vietnamita, las divisiones dentro de la elite dirigente se hicieron públicas. Ya no estaba tan claro que la guerra pudiese ganarse, conclusión a la que no tardó en llegar el propio Secretario de Defensa Robert McNamara. Las fricciones crecieron a medida que se comprobó la inutilidad de la propia guerra y de la carnicería, carente de todo sentido, que se estaba perpetrando en aquel lugar. Todo esto estuvo acompañado de innumerables protestas estudiantiles sin precedentes, además de disturbios en las ciudades y un crecimiento desbocado de la inflación.

Con Vietnam los EEUU adoptaron una política exterior abiertamente imperialista que dejaba bien claro que su prioridad internacional era la consecución de la supremacía frente al bloque oriental encabezado por la URSS. Pero lo importante de este conflicto es que hizo que la propia administración federal se enfrentase a su propio pueblo, y que esto estuviese acompañado de cada vez más disensiones entre la elite dirigente acerca de la utilidad y sentido de la guerra que estaba librándose. Asimismo, este conflicto tuvo unos fuertes y duraderos efectos psicológicos sobre el pueblo americano al desgarrarlo socialmente. Todos estos efectos negativos se agudizaron a medida que se percibía con mayor claridad que la guerra no podía ganarse, y que la superioridad en armas y en productividad económica no se traducía en efectividad militar. Vietnam era un pozo sin fondo que exigía el envío de cada vez más tropas para satisfacer las peticiones del general Westmorland.[40] Sin embargo, nunca era suficiente y el gobierno trataba de aferrarse a la opinión de que constituía todavía un conflicto limitado al mismo tiempo que se negaba a movilizar las reservas o a poner la economía en pie de guerra. Así, y en la medida en que aumentaban las bajas y que la legitimidad y eficacia eran puestas en tela de juicio, el gobierno debió contenerse en sus operaciones militares para no ofender a la opinión pública, así como para evitar una reacción mundial negativa. Pero todo esto, unido al crecimiento de las bajas militares, únicamente sirvió para que se acelerara la catástrofe que suponía enfangarse en el Sudeste asiático, y que el gobierno se granjease el rechazo popular.[41]

En la práctica el conflicto en Vietnam se extendió al resto del Sudeste asiático al mismo tiempo que la intervención americana se extendía igualmente a toda la región. Los presupuestos militares no pararon de crecer y la economía fue gravemente cercenada justo en un contexto en el que los gastos domésticos se habían incrementado, todo ello bajo el programa de la “Gran Sociedad” de Johnson que perseguía el desarrollo de un fuerte Estado asistencial. Todo esto provocó importantes déficits en los presupuestos generales con un crecimiento de la inflación y una creciente falta de competitividad industrial que se reflejaron, a su vez, en los déficits de la balanza de pagos. Además de esto las reservas de oro de los EEUU disminuyeron implacablemente desde un 68% en 1950 a un 27% en 1973. Esto condujo de manera inevitable a la ruptura del patrón oro-dólar que había establecido Bretton Woods, lo que no dejó de ser el efecto más patente de la guerra de Vietnam en la economía mundial.[42]

El malestar social en los EEUU no tardó en manifestarse en el seno de las fuerzas armadas con una decadencia moral, con el auge del cinismo, la indisciplina, el consumo de drogas, la prostitución, las atrocidades en el campo de batalla, las burlas raciales, los asesinatos de oficiales militares por sus propias tropas, etc.[43] En cuanto a esto último es interesante hacer notar que llegaron a crearse compañías separadas para aquellos soldados que rechazaban combatir, algo que por lo demás no tardó en convertirse en algo fácil, especialmente al final de la guerra. Las insubordinaciones eran frecuentes y la indisciplina muy extendida hasta el punto de que muchos soldados ni siquiera llevaban sus uniformes. Las deserciones, los motines y los sabotajes eran relativamente frecuentes. Ya para 1970 el ejército de tierra había tenido 65.643 desertores, lo que es el equivalente a cuatro divisiones de infantería. En la marina también se produjeron este tipo de hechos, como puede ser, entre otros, el sabotaje del 10 de julio de 1972 en el que el portaaviones USS Forrestal sufrió un incendio antes de partir del puerto de Norfolk, en EEUU, quedando destruidos tanto el centro de radares como las habitaciones del almirante, lo que supuso unos daños de alrededor de 7 millones de dólares y un retraso de más de dos meses. Basta señalar que los soldados profesionales confiscaban a los reclutas las armas y las guardaban bajo llave, sin olvidar los episodios de fragging en los que los soldados asesinaban a sus mandos al tiempo que le atribuían el asesinato al enemigo. Los casos de fragging, en los que los subordinados asesinaban a sus oficiales con el lanzamiento de granadas de fragmentación, son numerosos y hay documentados al menos 900 entre 1969 y 1972, pero se sabe que estos datos son incompletos y que se tiene constancia de incidentes similares entre 1966 y 1968. Algunos autores han calculado que los casos totales serían más de 1.000 y que las víctimas siempre fueron oficiales. Pero todo parece indicar que el número de muertos por fragging fue bastante mayor dado que no existen unas estadísticas completas. A estos asesinatos habría que sumar aquellos otros realizados con armas automáticas, pistolas o cuchillos, sin perder la cuenta de aquellos otros que se produjeron en medio de la jungla, lejos de la burocracia militar. Además de esto era relativamente frecuente que los reclutas juntaran dinero para ofrecer recompensas por las cabezas de oficiales específicos a los que querían muertos, como es el caso de Weldon Honeycutt, teniente coronel que ordenó y dirigió el asalto sangriento de la Hamburger Hill en 1969, y por cuya cabeza se ofrecieron 10.000 dólares.[44]

Naturalmente todo lo anterior refleja el estado de ánimo y de manifiesta desmoralización en las tropas estadounidenses. Esto contrastaba grandemente con la moral que existía entre los vietnamitas, quienes estaban imbuidos de una enorme fuerza de voluntad y determinación, todo lo cual les hacía creer que era posible la victoria sobre el enemigo extranjero. A todo esto contribuyó de manera importante el nacionalismo que, como ideología dominante, moldeaba la conciencia colectiva de los vietnamitas. La elevada moral entre las tropas vietnamitas creó unas condiciones psicológicas favorables para el sacrificio de sus fuerzas para conseguir la victoria. Un caso bien claro de esto lo fue la ofensiva del Tet en 1968, en la que fueron sacrificados una gran cantidad de vietnamitas, lo que demostraba que la afirmación de Ho Chi Minh de que sus fuerzas estaban dispuestas a perder hombres a razón de 10 a 1 era cierta.  Se trataba de un ejército entusiasta que estaba dispuesto a hacer todo lo posible para expulsar al invasor, y para ello contaba con la no menos entusiástica colaboración del pueblo vietnamita que veía a las tropas de los EEUU como una clara amenaza. Por otro lado no hay que olvidar que el terreno en el que luchaban les era favorable, y que la estrategia general adoptada fue una guerra de guerrillas en la que generalmente se daba una abrumadora mayoría numérica en lo táctico, de 10 a 1, a pesar de que en lo estratégico la correlación de fuerzas era diferente y en principio favorable para los EEUU. Pero la sociedad americana no estaba dispuesta a sacrificarlo todo por la victoria en una guerra que se sabía que no era una amenaza vital para los EEUU, con lo que resultaba inevitable que esta contradicción fundamental arrastrase tarde o temprano al país a una derrota militar sin precedentes.[45]

Si la factura militar que conllevó la derrota en Vietnam fue elevada no lo fue menos la que se produjo en el terreno político, sobre todo en lo que se refiere a los métodos de lucha empleados junto al apoyo a un régimen corrupto como el de Vietnam del Sur. El resultado fue una degradación de la opinión pública tanto doméstica como internacional, y muy especialmente en los países de Europa occidental y del Tercer Mundo, lo que condujo a un alejamiento norteamericano de gran parte del resto del planeta.[46] En el fondo se trataba de asumir lo que Henry Luce había afirmado acerca de los EEUU, que estos serían el hermano mayor de las naciones en la hermandad de los hombres. Para esta época en la que el aislacionismo sólo representaba un episodio del pasado de la historia de este país, los EEUU habían asumido claramente el compromiso de, en virtud de la nueva posición de poder adquirida en el sistema internacional, actuar a nivel mundial para realizar lo que ya venía especificado en el llamado Destino Manifiesto: la extensión del sistema político estadounidense al resto del mundo, y con ello la extensión de la libertad y democracia americanas.

La arrogancia de los EEUU con su excesiva confianza en sí mismos y sobre todo en su poderío militar, económico y tecnológico, jugaron en su contra durante la guerra de Vietnam, y son los que en última instancia contribuyeron a involucrar a esta nación en el atolladero del Sudeste asiático. Asimismo, la primacía del poder militar con todo su entramado burocrático e industrial al frente del que se encontraban unos mandos militares claramente belicistas sirvió para empujar a los EEUU a la guerra. En lo que a esto respecta primaron los intereses particulares de los militares en su búsqueda de mayores recursos, y por tanto de unos mayores presupuestos y de un creciente número de tropas, para aumentar su poder tanto a nivel doméstico frente a otras instancias federales, como a nivel internacional frente a otras potencias mundiales. Pero como se ha visto la primacía política de los militares y del complejo industrial resultó ser catastrófica, irreflexiva y políticamente nefasta. La acción de los militares condujo a una guerra que en modo alguno resultaba vital para los intereses de los EEUU, lo que no tardó en traer unas consecuencias negativas a diferentes niveles.

Por otro lado nos encontramos con las condiciones geográficas adversas que brindaba el Vietnam, a lo que cabe sumar un enemigo con una moral alta, una gran fuerza de voluntad y la firme determinación de resistir al invasor extranjero. Esto contrastaba, como se ha dicho, con la oposición que la guerra terminó suscitando entre los americanos al comprobar el enorme coste humano y económico que suponía, sin olvidar que pronto se puso de manifiesto que la guerra no era posible ganarla. Lo mismo cabe decir en la elite dirigente del país, en el seno de la cual algunos elementos también se percataron, algunos antes que otros, de que Vietnam era un callejón sin salida del que no podrían salir si continuaban adelante. La resistencia social en los EEUU y una opinión pública hostil ayudaron a la derrota militar, lo que se expresó en la falta de moral de las tropas y en su creciente indisciplina.

Cabe preguntarse cómo puede calificarse la guerra de Vietnam 40 años después. Con anterioridad algunos de sus protagonistas, como Robert McNamara, la calificaron como un error. Desde el punto de vista de la política exterior estadounidense fue un error con unos catastróficos resultados, pero que sirvió para poner de manifiesto, blanco sobre negro, el carácter eminentemente imperialista de la política exterior de los EEUU. Además de esto el resultado de la guerra fue de lo más traumático para la sociedad americana en cuyo imaginario colectivo quedaron gravadas las terribles secuelas que supuso aquella tragedia. Un país socialmente desgarrado, unas elites enfrentadas, y una economía claramente diezmada por el gasto militar y la consecuente inflación, crearon un contexto poco halagüeño para las elites dominantes que se vieron incapaces de reconducir la situación de un modo favorable tanto dentro como fuera de los EEUU. Todo concluyó como era de prever, con la humillante derrota de una superpotencia a manos de un ejército de campesinos mal equipados.

La postguerra fría

Después de la guerra de Vietnam el siguiente momento decisivo para la historia de los EEUU fue la caída del muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética en 1991. La importancia de estos acontecimientos estriban en el hecho de que supusieron el final de la Guerra Fría, y por tanto la inauguración de una nueva era en la que el sistema internacional pasó a articularse en torno al principal polo de poder representado por EEUU. La potencia americana ha detentado desde entonces una indiscutible hegemonía militar y económica. Sin embargo, la hegemonía económica, especialmente en los últimos años, se ha visto claramente debilitada como consecuencia de la pérdida de competitividad de la economía estadounidense frente a China, y sobre todo por el mantenimiento de un aparatoso y enorme complejo militar-industrial que se ha conservado a pesar de haber terminado la Guerra Fría.

Con el fin de la Guerra Fría dio comienzo una nueva etapa marcada por el desmoronamiento del bloque oriental y el completo desmantelamiento del Pacto de Varsovia. Esta circunstancia creó un contexto favorable para la consolidación de un sistema político internacional en el que EEUU, como potencia vencedora de la Guerra Fría, pasó a desempeñar el papel de guardián del mundo. La unipolaridad de este sistema, junto a la indiscutida supremacía americana, ha facilitado la expansión de la civilización occidental de la que los EEUU son su epicentro económico, cultural, tecnológico, militar y político. Por decirlo de alguna manera la desaparición del bloque socialista ha servido para que se haya extendido el proceso de mundialización a aquellos países que permanecieron excluidos del mismo durante la Guerra Fría. De esta forma los países del bloque socialista fueron incorporados a la economía de mercado y sus sistemas políticos fueron transformados para emular a los regímenes occidentales.

El fin de la Guerra Fría sirvió para dar un nuevo impulso ideológico a los EEUU con el discurso del fin de las ideologías, y consecuentemente constituyó un relanzamiento de su política internacional. En lo que a esto respecta los EEUU constituyen el núcleo central de poder dentro del enorme proceso de extensión del proceso mundializador, y por tanto la principal base de operaciones desde la que se impulsa este proceso. Desde entonces la nueva ideología del fin de las ideologías, y consecuentemente del triunfo del liberalismo, del constitucionalismo y del capitalismo ha definido en unos nuevos términos la realidad internacional. De esta forma la mundialización, que habitualmente es más conocida como globalización, ha pasado a estar definida por el impulso modernizador de la potencia hegemónica americana en el contexto de un sistema internacional unipolar, de modo que ha proyectado sobre los restantes países su poder e influencia en términos económicos, financieros, comerciales, culturales, políticos, tecnológicos e ideológicos como parte de la reformulación de sus tácticas de actuación.

Como consecuencia de la desaparición de un conflicto histórico definido por una serie de divergencias ideológicas que han aglutinado a los países en bloques políticos antagónicos, nos encontramos con un nuevo escenario totalmente cambiado. Fruto del empuje modernizador de la potencia americana la política planetaria ha pasado a reestructurarse sobre la base de un modelo de líneas culturales. Los países se agrupan sobre la base de afinidades culturales, y las alianzas determinadas por motivos ideológicos ceden paso a las relaciones definidas según culturas y civilizaciones.[47] Así, el mundo ha sido dividido en grandes áreas geográfico-culturales. Sin embargo, la cultura se define a su vez en términos ideológicos, y la civilización occidental que hoy protagoniza el proceso de globalización no está exenta de unos contenidos ideológicos definidos previamente por los EEUU. El marco cultural imperante en Occidente, y que se extiende al resto del planeta, responde a una intencionalidad política prefijada por los EEUU como principal polo de poder en el sistema internacional. Por esta razón nos encontramos con que las áreas geográfico-culturales han sido establecidas por los propios EEUU, y obedecen por ello a sus intereses definidos en términos de poder. Por tanto, dichas áreas responden al proyecto de dominación mundial que la potencia americana aspira a consumar, y se inscriben en el marco de una lógica geopolítica atlantista en la que EEUU opera conjuntamente con sus aliados de la OTAN.

El triunfo de los EEUU en la Guerra Fría le permitió imponer al planeta entero su dominio como potencia militar y política, pero igualmente su dominio tecnológico, monetario y cultural que trajo consigo la imposición del “american way of life”, además del control mediático sobre los instrumentos de comunicación de masas y con ello el dominio ideológico a escala mundial. Todo esto es lo que ha permitido a los EEUU erigirse en el principal y único referente civilizacional al representar la culminación del enorme proceso de modernización iniciado siglos antes en el Occidente europeo. En este sentido el progreso tecnológico, pero también y sobre todo militar, unido a la eficiencia fordista, al sistema de libre empresa, al constitucionalismo y a todas aquellas innovaciones propiamente modernas dirigidas a una creciente concentración y centralización del poder a todos los niveles, constituyen un referente para el resto de las naciones pero sobre todo forman parte de un proceso de dominación imperial a escala planetaria.

La victoria de los EEUU sobre la Unión Soviética ha permitido a la potencia americana erigirse en algo más que una nación triunfadora, se ha convertido en el sentido lógico y natural hacia el que tiende la historia. La idea del progreso como concepción lineal y unidireccional de la historia ha conllevado un fatalismo monocéntrico, de modo que el destino de los pueblos en marcha, según sus diferentes niveles de progreso, camina hacia una única meta que no es otra que la construcción de una Arcadia dorada, y con ello el establecimiento del paraíso en la tierra que permita la redención del género humano. Sin lugar a dudas la noción bíblica de la historia que es entendida unitariamente sobre el modelo de civilización occidental ha sido secularizada y aplicada a la filosofía de la historia, de tal manera que se ha convertido en una nueva mitología que trata de reproducir el Edén originario en un estadio de desarrollo cualitativamente superior. Esta mentalidad es la que arraigó en los EEUU como infraestructura ideológica e instrumento propagandístico dirigido a la afirmación del imperialismo capitalista, y consecuentemente a la realización del expansionismo económico y político de los EEUU.

La afirmación de los EEUU como gran proyecto civilizacional para el conjunto de la humanidad al que esta necesariamente ha de tender como resultado lógico de la conflagración ideológica, política, económica, cultural, tecnológica y militar de la Guerra Fría, se encuentra estrechamente relacionada con la idea contenida en el Destino Manifiesto y que hizo que los americanos no duden ni por un instante de ser los portavoces y los ejecutores de la voluntad de Dios en la tierra. EEUU se ha erigido a sí mismo en términos escatológicos en un referente mundial al haber identificado su propia historia étnica con la historia de la humanidad. Quien se opone a los EEUU se opone a la humanidad, y más aún se opone también al mismo Dios a cuyo lado están, y se convierte, por tanto, en el Mal personificado que se enfrenta a los que están predestinados a hacer la voluntad divina en la tierra que en última instancia se reduce a conquistar el mundo.

Entre el 26 de diciembre de 1991, momento de la disolución oficial de la Unión Soviética en lo que probablemente constituyó la mayor catástrofe geopolítica del s. XX, y el 11 de septiembre de 2001, transcurrieron cerca de 10 años en los que los EEUU se reorganizaron tácticamente en su estrategia por la lucha por la supremacía mundial. Durante este periodo la potencia americana extendió su influencia por medio de la incorporación de los países del antiguo Pacto de Varsovia a la economía del libre mercado, y con la extensión de sistemas equiparables al suyo: constitucionalismo, parlamentarismo, etc. A todo esto se unió la difusión a gran escala del american way of life y también del “american dream” como nuevos referentes culturales que pasaron a impregnar a las sociedades que quedaron sujetas a su influencia. En este sentido la reconfiguración de Europa del Este, así como de otras regiones del planeta que previamente habían estado alineadas con la Unión Soviética, se hizo en un claro sentido favorable a los intereses de los EEUU en la medida en que supo extender su modelo de sistema político, y con ello dar lugar a un importante proceso de apertura comercial y de desregulación económica y financiera que no tuvo parangón, y que permitió a la potencia americana y a sus empresas multinacionales relanzar sus productos y servicios a escala mundial.

Las instituciones centrales del capitalismo mundial han sido fundamentales para la incorporación de los viejos países pertenecientes a la órbita soviética a las estructuras de dominio económico, comercial y financiero de los EEUU, y por extensión de la civilización occidental que encarna esta gran potencia. Así es como la OMC, el FMI, el Banco Mundial y otros organismos similares han integrado a aquellos países pertenecientes al COMECON, y en general históricamente vinculados al bloque socialista, a un contexto internacional enteramente nuevo que ha establecido en estos países el libre mercado, el liberalismo, el constitucionalismo, el parlamentarismo y donde se ha hecho valer el influjo de la cultura americanomorfa en toda su extensión. Por tanto, y fundamentalmente durante este periodo de 10 años en el que imperó una administración demócrata, los EEUU se valieron de su influencia económica, comercial y sobre todo ideológico-cultural para extender su poder sobre aquellos países que dejaron de estar sujetos a la influencia soviética.

El imaginario geopolítico de toda potencia imperial está provisto de una carga ideológica muy poderosa, por lo menos si entendemos la ideología como una amalgama de ideas, símbolos y estrategias dirigidas a fomentar o cambiar un orden social, cultural y político. O simplemente podemos entender ideología según la formulación del antropólogo Paul Friedrich, como “ideas políticas en acción”.[48] En lo que a esto se refiere EEUU ha portado desde sus mismos orígenes un conjunto de ideas que le han provisto de su correspondiente sentido en el modo de relacionarse con los restantes países, y por tanto han determinado las principales metas que han guiado a esta nación. El Destino Manifiesto aglutina lo más importante de esas ideas al establecer la misión universal de los EEUU de transformar el mundo a su imagen y semejanza, lo que se corresponde perfectamente con la idea revolucionaria que inspiró el nacimiento de esta nación. De este modo, y en la medida en que la existencia de los EEUU nace de una idea revolucionaria que pretende marcar un nuevo comienzo, la política estadounidense adoptó una dimensión escatológica y mesiánica que sirvió de pretexto para justificar sus veleidades expansionistas e imperialistas.

Durante los 10 años que transcurrieron entre la desaparición de la URSS y el ataque a las Torres Gemelas los EEUU emprendieron una política acorde con los contenidos del Destino Manifiesto. La particularidad de este periodo estriba en que durante este tiempo de reorganización general de las relaciones internacionales, y consecuentemente del propio sistema internacional en su transición hacia la unipolaridad hegemónica de la potencia americana, la extensión del modo de vida americano, junto a su modelo político y económico, se llevó a cabo a través del comercio y de la penetración cultural de los países que anteriormente habían pertenecido a la órbita soviética. Nada de esto impidió que EEUU, durante esta época, se erigiera en faro para el mundo como máximo representante de un modelo de libertad, democracia y prosperidad del que podían beneficiarse el resto de las naciones. Fueron años de poder blando[49] en los que la influencia de este país no se ejerció por vías coactivas sino mediante el recurso a los mercados, a las industrias de la conciencia, a la diplomacia multilateral y al prestigio que desde el final de la Guerra Fría detentaba esta victoriosa potencia. En este sentido se buscó más la cooptación de nuevos países a la alianza occidental liderada por los EEUU que la dominación puramente política y militar.

No hay que perder de vista que con la desaparición del enemigo histórico que la Unión Soviética había sido durante décadas se plantearon diferentes políticas acerca de cómo encarar el escenario posterior a la Guerra Fría. Así, cabe destacar que tradicionalmente en EEUU ha existido un debate en torno al aislacionismo versus internacionalismo, lo que en esta fase de transición hacia lo que George H. W. Bush llamó Nuevo Orden Mundial cobró un renovado interés político. La desaparición de la URSS cuestionaba la necesidad de mantener ciertos compromisos a nivel internacional, y por lo tanto continuar con una posición activa, y en muchos casos intervencionista, en la política mundial. Pero los EEUU, como ya se ha dicho, llevaba impreso un ethos particular en su mismo origen que le impelía a realizar el denominado Destino Manifiesto de esta nación, y con ello a expandir su sistema político, social y económico al resto de la humanidad para transformarla a su imagen y semejanza. En términos históricos se presentó la oportunidad única de iniciar una nueva era en la que cumplir la misión histórica que la providencia había encomendado a los EEUU. Esta creencia estaba claramente arraigada entre los líderes estadounidenses desde 1890, con lo que estaban cada vez más convencidos de que la idea que representaban los EEUU era algo que no sólo podía sino que sobre todo debía exportarse al resto del planeta.

La administración demócrata liderada por el presidente Bill Clinton supo aprovechar la ocasión y maximizar los beneficios que la oportunidad de la postguerra fría ofrecía a los EEUU. La expansión del modelo de vida y del sistema político americano a través del comercio, de la cultura de masas, de la diplomacia, etc., estaba marcada por una idea civilizadora en la que los EEUU simplemente desarrollarían una misión especial con respecto al resto de la humanidad. El imperialismo americano se revistió de un halo de civilización, humanidad y benevolencia al tener como objetivo la extensión de los logros de su propia cultura para la construcción de su particular paraíso en la tierra. La creencia de que los americanos tenían la obligación de extender y preservar su sistema de vida, su forma de entender el mundo, fue lo que en el fondo impulsó este proceso mundializador. Rosenberg lo resumió de la siguiente manera:

“Los comerciantes estadounidenses llevarían los mejores productos a más personas; los inversores americanos contribuirían al desarrollo del potencial de los nativos; los reformadores americanos (misioneros y filántropos) erradicarían las culturas bárbaras y crearían un entendimiento internacional; la cultura de masas americana, al ofrecer entendimiento e información a las masas, homogeneizaría las tareas y acabaría con las barreras geográficas y de clase. Un mundo abierto a la benevolente influencia americana parecía un mundo en la senda del progreso. Sus tres pilares (comercio e inversión sin restricciones, libertad de empresa y libre intercambio cultural) se convirtieron en la razón de ser intelectual de la expansión americana”.[50]

En tanto que potencia mundial indiscutible los EEUU establecieron su propia forma de describir, representar e interpretar la realidad mundial conforme a sus particulares intereses definidos en términos de poder cultural, ideológico, político, económico, demográfico, militar, etc. Esta fue la tónica seguida tras la Guerra Fría en la que había sido bastante frecuente que los líderes estadounidenses relacionaran la propia Guerra Fría con la Revolución que fundó los EEUU, lo que se convirtió en tema central del discurso que imperó durante esta época. En la postguerra fría se continuó aludiendo a la misión histórica de los EEUU, y a su labor civilizadora con el propósito de extender su sistema político y de establecer una comunidad internacional hecha a su imagen y semejanza. En este sentido los EEUU, entre la desaparición de la URSS y los ataques a las Torres Gemelas, han recurrido a una combinación de coerción y acuerdo durante la administración demócrata. Esto ha significado la conjunción de medidas diplomáticas y multilaterales a través de los organismos internacionales, unido a la penetración mediática y cultural para crear el debido consentimiento internacional a las políticas americanas, y por otro lado el recurso a la coerción como forma de imposición en aquellas circunstancias en las que el acuerdo no es posible.

La globalización como gran construcción histórica del proyecto imperial estadounidense ha convertido a los propios EEUU en el destino de la humanidad al haberse convertido en un estadio de desarrollo histórico necesario e ineludible, consecuencia de un proceso natural y automático, impersonal y autogenerado, en el camino del progreso. Esto es lo que ha presentado como inevitable el proyecto político e histórico de dominio tecnológico, económico, político y militar de Occidente como prolongación natural de los EEUU. De esta forma la globalización es la meta a la que necesariamente, por virtud de las inescrutables leyes de la historia, de la economía y de la ciencia, han de confluir todos los pueblos de la tierra. El internacionalismo que se ha apoderado de la política exterior americana y que le ha dado una proyección imperial se ha basado, durante esta década, en la búsqueda de la utopía de igualdad mundial en el bienestar y en la bonanza, la construcción de una nueva humanidad y, en definitiva, del logro de la paz mundial bajo la égida de los EEUU.

Sin embargo, durante este periodo, se produjeron igualmente otras reconfiguraciones y reorganizaciones en el seno del sistema de poder mundial y sobre todo de los EEUU con nuevos alineamientos y formulaciones. En lo que a esto respecta cabe comprobar cómo la OTAN no se disolvió tras la desaparición de su antagónico Pacto de Varsovia, sino que por el contrario fue rediseñada como una alianza que pasó a ser ofensiva. Un claro ejemplo lo representan los Balcanes, guerra humanitaria para la promoción de los intereses de los EEUU en el mundo y en la que participó la OTAN. Se trató de una operación ofensiva contra un Estado que no había agredido a ninguno de los miembros de la Alianza Atlántica, lo que deja bien claro el carácter que tras el final de la Guerra Fría adoptó esta organización. Asimismo, no hay que olvidar que la propia OTAN amplió sus Estados miembros, especialmente en Europa central y oriental, lo que no dejaba de manifestar las intenciones expansionistas de los EEUU y de sus aliados. Indudablemente esto estaba relacionado con un cambio de paradigma en cuanto a la justificación de los conflictos armados, de tal modo que pudiera defenderse ante la opinión pública intervenciones militares de agresión al ser presentadas en unos términos humanitarios. Naturalmente esto no puede desvincularse del principal precedente con la intervención norteamericana en Somalia, en 1992, con unos resultados muy diferentes a los que se produjeron en los Balcanes. En cualquier caso se observa que las guerras ya no son oficialmente para conquistar territorios, diezmar a posibles rivales, mantener el statu quo, defender intereses vitales, etc., sino que públicamente son presentadas como campañas que tienen por objetivo la defensa de los derechos humanos, la paz, la libertad y la democracia.[51]

El unipolarismo del sistema internacional es el reflejo de la ausencia de alternativas relevantes al poder que ejercen los EEUU. En la actualidad los EEUU son la potencia militar dominante en el mundo, y esta circunstancia le ha permitido diseñar, producir, organizar y reproducir su propia representación del mundo en la que desempeña el papel de líder del mundo libre y democrático. Los EEUU son el faro del mundo y al mismo tiempo el guardián de las libertades y de la democracia que se encarga de difundir por la faz de la tierra. Sin embargo, a partir de la administración republicana de George W. Bush, y muy especialmente desde los ataques del 11 de septiembre, el discurso ideológico utilizado por los EEUU para justificar su política imperial se radicalizó notablemente. Así, la principal consecuencia del 11-S no ha sido otra que la adopción de una política mucho más ofensiva ante el temor del surgimiento de posibles rivales globales y el aumento del terrorismo internacional contra objetivos estadounidenses. En este sentido los EEUU han desarrollado una política internacional dirigida a afirmar aún más su hegemonía, y a cortar de raíz cualquier intento de cuestionarla.[52]

La inicial desorientación que supusieron 10 años de ausencia de un enemigo claro y definido para el mundo libre y democrático ha sido solventada gracias al 11 de septiembre. Si hasta 1991 el enemigo había sido la Unión Soviética y el comunismo, la desaparición de este país y de todo el bloque de aliados que le proveía de una entidad propia en la esfera internacional, generó durante 10 años la consecuente desorientación acerca de la forma que finalmente adquiriría el sistema internacional, y por lo tanto cuál sería el nuevo escenario en el que se desenvolverían los acontecimientos. El 11-S cambió esa situación al brindar a los EEUU un nuevo enemigo internacional contra el que emprender una lucha sin cuartel y de duración indefinida. El resultado fue una nueva militarización del mundo con el inicio de una serie de campañas bélicas en diferentes lugares del mundo encabezadas por los EEUU. Irak y Afganistán son los más claros ejemplos, pero a esto le siguieron los vuelos secretos de la CIA, las cárceles secretas en Europa, Guantánamo, Abu Grahib, la destrucción de Faluya, los asesinatos de civiles a manos de drones en Afganistán y Pakistán, la supuesta captura de Bin Laden, etc.

Como consecuencia de la amenaza del terrorismo internacional, y dado su carácter inminente e inmediato al que están expuestos innumerables objetivos civiles y militares, se ha generado una enorme paranoia que se ha extendido a todos los niveles y que ha impregnado la vida social y política de los EEUU. La importancia capital de la seguridad como cuestión política ha transformado la cotidianidad de la vida de los americanos, lo que ha servido para un crecimiento de los presupuestos militares, y también de las agencias policiales y de investigación, así como de los diferentes servicios secretos. La presencia policial en los lugares públicos se ha redoblado, y tanto el estamento militar como el policial han incrementado su poder en el seno del sistema político estadounidense. En la práctica los EEUU se han convertido en un Estado policial en el que los controles se han generalizado, donde la burocracia ha expandido su control administrativo tanto sobre sus nacionales como sobre los extranjeros con nuevas restricciones a nivel inmigratorio, a lo que hay que añadir los escandalosos programas de vigilancia de las comunicaciones llevados a cabo por la NSA y otras agencias de espionaje. En lo que a esto respecta han sido muy ilustrativas las revelaciones de Wikileaks y de Edward Snowden sobre los programas de espionaje de los EEUU.

La Patriot Act fue el punto de partida para un crecimiento del aparato coercitivo del Estado y de su sistema de vigilancia. Pero la guerra contra el terrorismo ha establecido un nuevo enemigo del mundo libre encarnado por el fundamentalismo islámico. Todo esto no deja de resultar paradójico cuando EEUU es el principal aliado de las tiranías islámicas que pueblan Oriente Próximo, y especialmente el golfo pérsico. A esto se une la financiación por diferentes cauces, generalmente a través de los servicios secretos de terceros países, de organizaciones terroristas encuadradas en el fundamentalismo islámico que posteriormente sirven a la política exterior americana al generar el pretexto de nuevas intervenciones militares, y con ello de ingerencias de diferente tipo en otros países. De este modo se busca algún tipo de provocación, a veces inducida por quien busca un pretexto para actuar, para justificar una intervención militar o policial que tenga el apoyo de la población. Este es el caso del 11-S, pero también encontramos otros como el del Maine en Cuba, Pearl Harbor, etc. Pero la misma dinámica la observamos en los diferentes actos terroristas que justifican posteriormente la represión de determinados grupos sociales, el aumento de las medidas de control policial, el reforzamiento del código penal, nuevas leyes represivas, etc.

Pero lo importante a destacar en todo esto es la cuestión de la identidad que se desarrolla en el discurso geopolítico y que en el caso de los EEUU ha servido históricamente para afirmar su identidad nacional. No existe un Nosotros sin un Ellos, del mismo modo que, tal y como lo explicó Hegel en su disertación sobre la servidumbre y el señorío, una conciencia única sólo puede conocerse a sí misma a través de otro. El Ellos y el Nosotros se forjan a través de una relación de reconocimiento mutuo, lo que se plasma en el discurso que da forma al imaginario geopolítico y a la identidad. Esto nos lleva a la importancia de la construcción de la imagen del Otro y por tanto el papel que desempeña la otredad. De esta forma el Otro es una construcción social, ya se trate de un grupo, de una persona, cultura, raza, nacionalidad o sistema político, con el que se especifica la diferencia con respecto a uno mismo, al grupo de pertenencia, etc. Concretar la diferencia con respecto al Otro es crear identidad, lo que constituye un acto político crucial en el que se determina la pertenencia y por tanto también la exclusión del grupo, sociedad, cultura, etc. Los EEUU han reformulado su propia identidad sobre la nueva otredad forjada en torno al papel representado por los terroristas, y más concretamente por el fundamentalismo islámico. En este nuevo contexto ideológico delineado por los nuevos discursos dominantes EEUU representa la libertad, el orden, la justicia, la civilización, la democracia y la humanidad, en contraposición a la barbarie fundamentalista que necesariamente queda excluida de la humanidad al representar una nueva forma de totalitarismo.

La importancia de la existencia del Otro que desempeña el papel de enemigo, de antagonista, viene dada por el hecho de que sirve para afirmar la identidad estadounidense, y por tanto la misión histórica que la providencia le ha encomendado de extender su sistema político al resto del mundo, y con ello la luz, la libertad y la democracia allá donde sólo impera la oscuridad, la barbarie y el radicalismo. Por otro lado la existencia de un enemigo es necesaria porque crea una situación de amenaza que exige permanentemente una vigilancia con la que garantizar la propia seguridad. Pero con la producción de la otredad, de aquel que es concebido como un enemigo, no sólo se lleva a cabo la concreción de un peligro externo frente al que es precisa la unidad, sino que al mismo tiempo es la proyección de la imagen de la propia subjetividad y de su propio Otro. Así pues, no se trata de un peligro únicamente externo, sino también interno, una amenaza que está en la esfera doméstica y que es exteriorizada.[53] El fundamentalismo islámico y, en definitiva, el terrorismo internacional, es la exteriorización del propio Otro de los EEUU, la proyección de su propia subjetividad que se define igualmente a un nivel global en su actuación y que comprende la imposición al resto del mundo de su propio sistema político, con su código de valores y sus esquemas culturales e ideológicos.

El terrorismo internacional es una razón de ser de los EEUU al haber sustituido al viejo enemigo comunista que encarnaba la URSS y el bloque oriental. Es una razón de ser interna para los EEUU que le permite cohesionar a su sociedad, mantenerla unida e integrada bajo una misma identidad definida por su sistema político y su estilo de vida. Al mismo tiempo es una amenaza que justifica el aumento de los presupuestos militares y aquellas partidas dirigidas a mantener la seguridad interna. Por otro lado también es la excusa perfecta para mantener viva la alianza con los países de su órbita en el seno de la OTAN para, así, tal y como se demostró con la intervención de esta organización en un país tan distante de su teatro de operaciones como es Afganistán, liderar a esta parte del mundo que se encuentra alineado con la política exterior americana. En la misma línea operaron otros acontecimientos como el del 11 de marzo de 2004 en España, los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres, o más recientemente el atentado contra Charlie Hebdo el 7 de enero de 2015.

La necesidad de los EEUU de mantener una economía de guerra a la que darle continuidad, y lo mismo con todo un voluminoso aparato coercitivo dirigido a reprimir y a hacer la guerra, contribuyó a que el viejo enemigo comunista fuese sustituido por el actual fundamentalismo islámico. Este nuevo enemigo representa una poderosa razón para que todo el complejo militar-industrial que se organiza en torno al Pentágono, y que cuenta a su disposición con al menos 6 millones de asalariados, siga adelante de forma inexorable con unos voluminosos presupuestos federales. Esto no ha hecho sino permitir que sea retomado el concepto de “guerra virtuosa” que sirve para definir las guerras de la postguerra fría al igual que el término de “guerra humanitaria”. EEUU “|…| recurre a la doctrina de la guerra justa (cuando es posible) y a la guerra santa (cuando es necesario); clona la info-guerra de la vigilancia global con la guerra-en-red de medios de comunicación múltiples. En el nombre de la santísima trinidad del orden internacional (mercado libre global, Estados soberanos democráticos e intervenciones humanitarias limitadas) los Estados Unidos han encabezado una revolución en los asuntos militares (RAM) que subyace en la guerra virtuosa”.[54]

El peligro exterior del fundamentalismo islámico y su terrorismo ha dotado de sentido y coherencia a la política internacional de los EEUU. Al convertirse en un peligro abrumador ha facilitado la continuidad del complejo militar-industrial, y consecuentemente la afirmación de la identidad estadounidense por medio de la política exterior del gobierno federal. La guerra contra el comunismo ha sido sustituida por la guerra contra el terrorismo cuya duración es igualmente indefinida.[55] Así, y en la medida en que el ejército constituye la máxima expresión y representación de la nación, la guerra se ha convertido en un medio de afirmación nacional, lo que hace que todos los ciudadanos puedan participar de forma vicaria en las guerras en las que participa su ejército, y con ello alegrarse y enorgullecerse con las victorias además de avergonzarse o entristecerse de las derrotas de los suyos en el contexto de una guerra-deporte-espectáculo. Estas guerras son conflictos que adoptan el carácter de espectáculo para el consumo interno de la sociedad, al mismo tiempo que tienen como propósito la legitimación del sistema social y político, y por tanto de la forma de vida americana junto a sus valores y metas.

La guerra contra el terrorismo ha redoblado la influencia e importancia del ejército en los asuntos domésticos de los EEUU, con lo que su sistema político y social se ha remilitarizado de nuevo al adaptar al conjunto de la sociedad a los nuevos designios político-militares establecidos por los generales. A partir del nuevo discurso político e ideológico puesto en marcha desde las máximas instancias del gobierno federal se trasluce claramente el fin de la distinción interior y exterior en el terreno de la acción militar. De esta manera el espacio interno queda abierto a la intervención del ejército. “Tras el 11S la legislación sobre la seguridad del “territorio nacional” |…| permite niveles sin precedentes de vigilancia interior, e insinúa la posibilidad de que operen tribunales militares en el sistema jurisdiccional interno de los Estados Unidos, [y] difumina muchas de las anteriores distinciones entre la lucha contra la delincuencia interna y la guerra global”.[56]

Como prueba de esta militarización interior nos encontramos con que documentos oficiales que constituyen directrices ejecutivas contemplan provisiones específicas sobre el uso de las fuerzas militares en apoyo de las autoridades civiles. “Las fuerzas armadas fueron una parte integral de la respuesta de nuestra nación a los ataques terroristas del 11 de Septiembre |…| En Abril de 2002, el presidente Bush aprobó una revisión del Plan de Comando Unificado que incluía el establecimiento de un nuevo comando de combate unificado, el Comando Norte de los Estados Unidos. Este Comando será responsable de la defensa del territorio nacional y del apoyo a las autoridades civiles de acuerdo a las leyes de los Estados Unidos”.[57] Todo esto ha generado una serie de cambios que han producido una nueva normatividad con la que son establecidos unos nuevos principios éticos que no sólo orientan la conducta humana, sino sobre todo los límites constitucionales e institucionales de las acciones del gobierno que de ahora en adelante deben ajustarse a dichos principios.[58] Esto ha hecho que ciertos derechos y privacidades que antes eran respetados ya no lo sean. Se ha creado una nueva normalidad que ha pasado a definir la cotidianidad de los estadounidenses, y se ha materializado mediante “el control del movimiento en el espacio; el control del acceso a lugares, y la re-definición de la escala de las conductas políticas y no-políticas”.[59] Como ya se ha apuntado antes se han generalizado todo tipo de controles instituidos por las leyes, y que atañan a la televigilancia, los rigurosos controles de embarque en los aeropuertos, la detención prolongada de personas sospechosas, la erosión de la privacidad en cuerpos y lugares, etc.

La nueva militarización de la sociedad americana está ligada a la redefinición de su identidad que es llevada a cabo a través de la política exterior de los EEUU. Resulta interesante destacar lo dicho por David Campbell para quien “la identidad de los Estados Unidos de América ha sido escrita y reescrita a través de las políticas exteriores que se aplican en su nombre”.[60] La determinación y definición del enemigo que constituye el Otro es el acto por medio del cual se representa la propia subjetividad que define la identidad del Nosotros, a la vez que crea una clara separación que excluye al Otro e incluye, sobre la base de unos rasgos comunes, al Nosotros. Asimismo, y en la medida en que la identidad nunca está acabada, sino que constituye un proceso en el que está en permanente formación, se construye progresivamente sobre la base de las relaciones internacionales que EEUU mantiene con el resto del mundo, al mismo tiempo que depende de la posición que ocupa en la estructura de poder mundial. Así, y dado el tipo de política exterior de carácter global que los EEUU han desarrollado, unido a su patente intervencionismo en los asuntos internos de otros países y a la consecuente proyección de su poder a escala mundial, comprobamos que la identidad estadounidense se define en unos términos imperiales e incluso coloniales.

La identidad de los EEUU es en gran parte la afirmación de la soberanía de este Estado, y por lo tanto de su capacidad unilateral de intervención en la esfera internacional. Se trata de una soberanía sin restricciones que se proyecta en todos los ámbitos y que no entiende las fronteras nacionales de otros países, lo que inevitablemente hace que se defina en unos términos imperiales. Así se comprende que EEUU haya intervenido en Yugoslavia, Irak, Afganistán, en Libia, que apoye a los ucranianos en su guerra civil, etc. Su irresistible voluntad de extender su poder e influencia al resto del mundo da lugar a que su comportamiento internacional sea beligerante, agresivo y autoritario, lo que indudablemente perfila y define una identidad nacional que recurre a sus propios mitos nacionales, que asume una misión histórica para con el resto de la humanidad y por tanto el deber de extender su sistema político al resto del mundo.

Frente a la actitud aislacionista propia de los EEUU durante la mayor parte del s. XIX y comienzos del XX, nos encontramos con que el internacionalismo que se ha apoderado de las principales estructuras de poder federal ha devenido en un imperialismo en el que han ganado un creciente peso, al menos en términos de poder, el estamento militar, la industria bélica y el entramado policial y de seguridad. Pero ha sido la guerra la que ha adoptado un papel central en la política exterior americana, algo lógico en un país cuya sociedad y economía están hechas por y para la guerra, y por tanto para sostener un complejo militar-industrial que no tiene precedentes en la historia de este país ni de ningún otro. Esto ha hecho que los EEUU, con sus renovadas capacidades militares se haya permitido el gran lujo de desplegar una política exterior imperialista en la que inevitablemente la guerra, los conflictos armados de diversa índole, han adoptado una renovada importancia. Junto a la guerra se encuentran igualmente los muertos en combate, lo que también tiene una importancia crucial en la definición de la identidad nacional, y con ello en la representación de la historiografía nacional y del imaginario colectivo en el que se plasma la conciencia nacional.

Para los EEUU el recuerdo de los muertos en la guerra es un motivo de celebración comunitaria, lo que sirve para alimentar tanto un sentido de la identidad como también de misión nacional. Esto lo muestra con especial claridad la institución del Memorial Day, mediante el que se recuerda a los caídos en combate en los conflictos en los que han participado los EEUU. Todo esto contribuye a definir y organizar la memoria colectiva que conforma la conciencia nacional del país, de tal modo que los cementerios nacionales, al ser lugares en los que están enterrados quienes murieron en acto de servicio por el país, pasan a tener un papel simbólico muy importante desde el que la identidad nacional es contemplada y definida a través de la política exterior. Esto sirve, en definitiva, para pergeñar una narrativa que, acompañada de su particular retórica, busca mantener viva la comunidad política mediante el recuerdo de los muertos en la guerra y que en su momento contribuyeron a la construcción y reforzamiento de la identidad nacional.

En los cementerios nacionales es donde periódicamente se rinde culto al Estado por medio de quienes murieron en sus guerras, y se hacen innumerables referencias al honor y a las obligaciones sagradas de servir a la patria, todo lo cual sirve para reconfortar a los parientes de los muertos, a los amigos y a la propia comunidad. Al mismo tiempo “toda conmemoración es, por naturaleza, apologética y, consiguientemente, no neutral, ni, mucho menos, crítica. Conmemorar una cosa comporta aprobarla y hasta glorificarla, y por añadidura que los conmemorantes se identifiquen con los conmemorados por una especie de mística vía transhistórica”.[61] De esta forma el Estado celebra la muerte, crea una identificación entre la comunidad nacional y los muertos, y con ello produce y reproduce representaciones y significados de sentimientos comunitarios y de sumisión patriótica. “El orgullo desmedido del poder estatal se oculta a simple vista: los soldados muertos “dan sus vidas” (nadie las tomó), y ahora “duermen uno junto al otro” (en una suerte de larga, fraternal siesta). Punchbowl muestra al Estado trabajando en la producción de las ficciones reconfortantes de la necesidad y la libertad”.[62]

Los cementerios nacionales son lugares en los que durante los actos conmemorativos se recrea la unidad de la nación al apelar a determinadas imágenes, valores, elementos identitarios e ideas que evocan el sentimiento de pertenencia, y que por ello refuerzan la unidad de la comunidad política. Esta misma labor la desempeña el ejército como signo de la nación que alberga una gran capacidad de unir a todos, o a la mayoría de los habitantes de un Estado. A este respecto son bastante notables los respaldos institucionales hacia las fuerzas armadas que otorgan los principales estamentos políticos del Estado, tal y como pudo comprobarse en los EEUU en la guerra de Irak y especialmente en las resoluciones de apoyo al ejército en el Senado. Todo esto se inscribe dentro del discurso oficial dirigido a justificar la guerra y con ella la política exterior estadounidense, en donde incluso se incluyen aquellos elementos críticos con la guerra. Este fue el caso del senador por Massachussets Edward Kennedy, quien afirmó lo siguiente: “Muchos americanos (estadounidenses), incluyéndonos a muchos de nosotros en el Congreso, se opusieron a esta guerra, pero en el día de hoy y mientras dure el conflicto, estamos unidos en apoyo de los hombres y mujeres de nuestras Fuerzas Armadas. Nos comprometemos a hacer todo lo que podamos para apoyarlos”.[63] En unos términos muy similares también se expresó Feingold: “Voté en contra de la resolución autorizando el uso de la fuerza en Irak, y creo que hice lo correcto |…| Pero el comienzo de las acciones militares nos une en la medida que ahora nos centramos en el apoyo a nuestras tropas”.[64]

La guerra y el ejército son piedras angulares de la política exterior imperial americana, y consecuentemente también lo son en la organización y definición de la identidad nacional de este país. “En la representación formal que hace de sí mismo, el poder imperial estadounidense privilegia la forma guerra como un testimonio ―el único— de su existencia |…| Los Estados Unidos se han llegado a convertir en una potencia hegemónica en y a través de la guerra”.[65] Debido al poder que hoy detentan los mass-media, y como consecuencia de su elevada capacidad de intervención a causa del gran alcance de sus mensajes, la guerra se ha convertido no sólo en una herramienta para la extensión del poder imperial americano sino que también desempeña el papel de instrumento para la dominación en el interior del propio Estado. A través de los grandes mass-media los ciudadanos de a pie son hechos partícipes de la guerra, y por tanto también de la política exterior americana que moldea su conciencia e identidad nacional. Por medio de la manipulación a gran escala de la opinión pública los ciudadanos se adhieren al imaginario que les es impuesto a través de los mass-media, con lo que se legitiman las guerras, la política exterior y se afirma la identidad nacional. Así es como el consentimiento social prefabricado por los grandes medios de comunicación de masas facilita la colaboración de la sociedad con las autoridades, y con ello su identificación con el estamento militar y el gobierno federal. Esto explica que la oposición a la guerra en los EEUU haya sido mucho menor que la que hubo durante el Vietnam, y que en general haya existido un elevado consenso social en torno a las últimas intervenciones militares de los EEUU.

Pero las guerras y conflictos que han emprendido los EEUU en la última década, a pesar de haber fortalecido parcialmente su poder militar a nivel inmediato con unos presupuestos más agrandados y sucesivas leyes patrióticas, han servido para debilitar políticamente la posición de este país en el mundo. La administración demócrata de Obama ha relanzado el militarismo de los EEUU y su política imperial al recurrir a medios diferentes del puramente coercitivo para imponer su voluntad. En este sentido el recurso a opciones multilaterales como los diferentes organismos internacionales, la utilización de la influencia económica y comercial, como la que representa el tratado de libre comercio con la UE, el recurso a la diplomacia como se ha visto comprobado en los casos de Irán y Cuba, etc., han sido tácticas que han demostrado mayor eficacia para la política exterior americana que el uso de la fuerza militar. Por decirlo de algún modo la administración demócrata ha revalorizado la imagen pública de los EEUU en el mundo que, debido a las incursiones militares emprendidas por la administración republicana, estaba seriamente dañada.

En la actualidad los EEUU se encuentran en una situación decisiva que condicionará gran parte del desarrollo del s. XXI según cómo juegue sus cartas. En lo que a esto respecta resultan de especial atención las relaciones con China pues todo apunta a que será el próximo rival de los EEUU a escala internacional, a pesar de las intrincadas relaciones que mantienen entre sí en lo comercial y financiero. Por otro lado se encuentran las hoy bastante problemáticas relaciones con Rusia y el papel que los EEUU están desarrollando en torno al Mar Negro en particular y Europa oriental en general. La próxima administración se encontrará ante la necesidad e importancia de mantener un sistema unipolar en el que la posición de los EEUU se ha visto debilitada. Políticamente los EEUU disfrutan de una posición peor que hace 10 años, y a ello ha contribuido su deteriorada economía que no se muestra tan productiva como en el pasado. A estas circunstancias hay que sumar las luchas de poder que a nivel interno se desenvuelven entre los diferentes departamentos y organismos federales, sobre todo en un contexto en el que el ejército sigue absorbiendo una parte muy cuantiosa de los presupuestos al mismo tiempo que los altos mandos militares detentan unas cuotas considerables de poder.

Por todo esto cabe preguntarse si los EEUU lograrán mantener su posición de supremacía a nivel internacional o, como todo parece indicar, el sistema unipolar actual se verá deteriorado como consecuencia de un descenso del poder político de la potencia americana y sobre todo fruto de un desgaste de su poder económico. Indudablemente esto último es lo que podría conducir indefectiblemente a un deterioro del abrumador poder militar del imperio americano, algo en lo que también podrían influir hipotéticas nuevas campañas militares en las pudiera verse involucrado.

Conclusiones

La construcción de un poder imperial requiere una serie de transformaciones en la política interior para preparar al Estado en su posterior proyección internacional. En lo que a esto se refiere un Estado con ambiciones imperiales, y con posibilidades reales de llegar a desarrollar una política imperial, requiere un aumento de sus capacidades internas, y por tanto de su poder económico e industrial, para aumentar, a su vez, sus capacidades militares con las que hacer valer su voluntad política en el exterior. En el caso de los EEUU hemos visto que la industrialización y la expansión de su economía estuvo acompañada inicialmente de una serie de cambios políticos, fundamentalmente en su organización interna, que implicaron la modernización del país. Esto tuvo como corolario la centralización y concentración del poder político y económico, y consecuentemente el aumento de la capacidad de movilizar los recursos económicos, materiales, financieros, logísticos y humanos disponibles en el territorio. De esta forma, el desarrollo de las instituciones adecuadas es lo que en última instancia ha facilitado la modernización de los EEUU con su industrialización y expansión económica. Así es como el Estado pudo incrementar sus capacidades internas y disponer de unos medios agrandados para preparar y hacer la guerra.

Pero juntamente con todo lo anterior ha jugado un papel importante la existencia de una mitología nacional que se ha ocupado de definir la identidad estadounidense. Esto ha originado un discurso ideológico articulado en torno a la virtud atribuida al pueblo americano y a sus instituciones, y con ello la existencia de una misión, marcada por la providencia, de extender esas mismas instituciones al resto de la humanidad. Todo esto se vincula, a su vez, con la idea de un comienzo revolucionario que se corresponde con el nacimiento de la nación y que es considerado el punto de referencia en función del cual ha de orientarse el resto de la humanidad. Estas ideas que están más o menos sintetizadas en el Destino Manifiesto condensan lo esencial de un discurso justificador del expansionismo, y consecuentemente del imperialismo, como práctica política inherente a la existencia misma de los EEUU. Así es como tanto la identidad nacional, como la política imperial americana y el nacionalismo de base religiosa conforman un bloque ideológico en torno al que se aglutina la sociedad americana, y que provee de una base cultural sobre la que se organiza el consentimiento social del orden establecido y la correspondiente adhesión de las masas a sus elites.

Todo poder imperial emerge gracias a la centralización y concentración del poder en las instituciones y estructuras de dominio estatal, pero también exige la formación de un robusto poder militar que constituye la vanguardia de las aspiraciones nacionales en el exterior, y que por tanto es el principal ejecutor de la política imperialista que es inherente a toda potencia imperial. Si el sistema político es el encargado de sentar las bases que permiten el desarrollo de un poderío económico que constituye el cimiento de todo poder militar este último, por el contrario, sólo crece y se fortalece en la medida en que es ejercido. Por tanto, ha sido y aún es hoy por medio de la guerra y del despliegue de una política exterior agresiva expresada en términos imperiales como se ha forjado en el seno de los EEUU un inmenso poder militar, y sobre todo un complejo militar-industrial que ha llegado a transformar enteramente la naturaleza de su sistema político.

La Segunda Guerra Mundial creó las condiciones favorables para que despuntase el poder militar, hasta el punto de que una vez terminado este conflicto los EEUU se encontraron completamente transformados como nación. Una economía y una sociedad para la guerra hicieron posible que el poder militar extendiera su influencia sobre las restantes instituciones federales de la nación, y que desde entonces sean los altos mandos militares quienes dirijan lo esencial de la política interior y exterior de los EEUU. A esto hay que añadir la nueva posición adquirida por los EEUU en la estructura de poder mundial, lo que implicó nuevos compromisos así como la defensa de sus intereses a nivel global. Juntamente con esto hay que sumar la necesidad de dar continuidad a un orden social, económico, político, cultural, tecnológico e ideológico militarizado. La Guerra Fría planteó la URSS, y por extensión el comunismo, como el enemigo externo que dio la razón de ser al complejo militar-industrial y a la política belicista y expansionista. Inevitablemente a todo esto le seguía una afirmación de la identidad nacional americana, y por tanto la realización del designio divino de liderar al mundo libre. De esta forma la política exterior americana adoptó un carácter expansivo e imperialista, al igual que su antagonista soviético, pero con la particularidad de que los EEUU cumplían, y aún cumplen, la voluntad divina.

El fin de la Guerra Fría exigió un nuevo impulso para un fortalecimiento de las estructuras de poder del sistema social y político estadounidense. Era preciso encontrar un nuevo enemigo que sustituyese la amenaza soviética y ese enemigo fue el terrorismo internacional, el cual ha servido para dar continuidad al complejo militar-industrial y para relanzar la política exterior imperialista de los EEUU. Todo ello ha contribuido igualmente a justificar ante la opinión pública un creciente control de la sociedad frente a la amenaza terrorista, y con ello a difuminar las diferencias entre la política exterior y la interior al facilitar la militarización de la sociedad. Con todo esto se ha implantado un discurso ideológico en el que los EEUU continúan liderando el mundo libre, esta vez en la guerra contra el terror para extender la libertad y la democracia al resto del planeta. Se trata, en suma, de la lucha contra un enemigo que constituye la negación existencial de los EEUU lo que sirve, a su vez, para afirmar la identidad nacional estadounidense.

Hoy el imperialismo está a la ofensiva ya que se le presentan a escala internacional nuevos desafíos y posibles nuevos rivales, especialmente entre las potencias emergentes. Esta nueva situación ha exigido una reorganización de la política exterior americana con repliegues tácticos en lugares como Irak, pero con intervenciones militares, generalmente a través de terceros, en países como Siria o Ucrania. A esto se le han sumado los acuerdos alcanzados con países conflictivos en el sistema internacional como Cuba e Irán. Pese al eventual debilitamiento de la posición política de los EEUU en el sistema internacional a causa de las prolongadas incursiones militares, y consecuentemente el alejamiento de diferentes países de sus posiciones, la política exterior de esta potencia se ha reformulado en los últimos tiempos para conservar su poder en la esfera internacional. En la actualidad está en juego el sistema unipolar en el que EEUU ejerce una hegemonía que se deteriora a medida que otras potencias, como China, crecen económica y militarmente. Esta circunstancia ha reformulado la política exterior americana que ya no recurre tan fácilmente a la coerción para imponer su voluntad, sino que por el contrario se ve en la necesidad de llegar a acuerdos y realizar ciertas concesiones a cambio de mantener su estatus de potencia hegemónica.

En cualquier caso nos adentramos en una época en la que los EEUU comienzan a mostrar marcados signos de debilidad, especialmente en su economía, que hacen pensar que el sistema unipolar tarde o temprano dará lugar a un sistema multipolar desde el momento en el que alguna potencia, o coalición de países, decidan cuestionar abiertamente la supremacía americana. Por esta razón no son pocos los analistas que afirman que nos dirigimos a una conflagración mundial que producirá un reordenamiento general del sistema internacional, y que por tanto la actual supremacía de los EEUU se vería seriamente amenazada.[66] Esto explicaría los denodados intentos de las economías europea y americana de confluir en un mismo bloque geoeconómico, como puede ser a través del tratado de libre comercio entre EEUU y la UE, de potenciar una devaluación de la mano de obra y de iniciar una nueva industrialización que permita a este conjunto de países competir con éxito frente a otras potencias como China.

En el terreno de las luchas populares nos encontraremos seguramente con un escenario en el que la crisis económica, una posible nueva industrialización y la devaluación de la mano de obra provocará un escenario social de tensiones y de creciente conflictividad. El Estado, en un contexto de inestabilidad procederá, como así está ocurriendo, a reconducir políticamente este tipo de procesos y a encauzarlos hacia las instituciones para, al mismo tiempo, recurrir a la represión policial para sofocar los intentos de subversión del orden establecido. Asimismo, y dadas las imperiosas necesidades del sistema capitalista de reorganizarse para ganar en competitividad y para crear los medios necesarios para preparar y hacer la guerra, asistiremos a un proceso de expansión del Estado y posiblemente de militarización de las sociedades occidentales. Todo esto plantea la necesidad de adoptar una visión global de la problemática a la que se enfrenta la humanidad, en un contexto de competición entre potencias cuyas elites dominantes aspiran a la supremacía mundial. Las principales tendencias históricas parecen dirigirnos hacia una escalada de la violencia estatal a nivel doméstico para aplacar posibles desórdenes, y con ello reforzar las estructuras de dominación existentes. Asimismo, a nivel internacional parece que nos dirigimos a una carrera armamentística o, por lo menos, a una creciente hostilidad entre potencias que puede desencadenar algún conflicto a escala mundial. En lo que a esto respecta parece más necesario que nunca la gestación de un movimiento popular internacional dirigido a subvertir el orden interno de los Estados, y simultáneamente el sistema internacional para poner fin a una escalada de tensiones que irremisiblemente nos llevaría a una nueva guerra mundial en la que los ciudadanos de a pie sólo serían carne de cañón de las elites mandantes.


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[9] Lo que es aplicable a EEUU en este punto lo es también por extensión al conjunto de Occidente, pues, tal y como apuntó en su momento Nikolái Trubetzkoy, cuando Occidente no dudó en identificarse con la humanidad también se hizo un enemigo de la humanidad en el sentido común del término. Trubetzkoy, Nikolai Sergeevich, “Europe and Mankind” en Liberman, Anatoly (ed.), The Legacy of Genghis Khan and Other Essays on Russia’s Identity, Ann Arbor, Michigan Slavic Publications, 1991, pp. 1-64

[10] McDougall, Walter A., Promised land, crusader state: the American encounter with the world since 1776, Nueva York, Houghton Mifflin, 1997, p. 78

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[23] John Foster llegó a ser Secretario de Estado durante la administración de Eisenhower, mientras que Allen Dulles fue director de la CIA hasta que fue fulminantemente destituido por Kennedy.

[24] Snell, Bradford, “GM and the Nazis” en Ramparts Vol. 12, Nº 11, junio 1974, pp. 14-16

[25] Wright Mills, Charles, La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957

[26] Sobre la exageración del potencial militar de la URSS ver: Holzman, Franklyn D., “Politics and Guesswork: CIA and DIA Estimates of Soviet Military Spending” en International Security Vol. 14, Nº 2, otoño 1989, pp. 101-131. Gervasi, Tom, Soviet Military Power. The Pentagon’s Propaganda Document Annotated and Corrected, Nueva York, Vintage, 1988

[27] Esta idea ya fue definida antes de terminar la Segunda Guerra Mundial en Spykman, Nicholas J., Estados Unidos frente al mundo, México, Fondo de Cultura Económica, 1944

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[36] Carroll, James, Op. Cit., N. 28, pp. 411-419

[37] Garrison, Jim, On the Trail of the Assassins, Nueva York, Warner Books, 1991

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[50] Rosenberg, Emily S., Spreading the American Dream. American Economic and Cultural Expansion, 1890-1945, Nueva York, Hill & Wang, 1982, p. 37

[51] Sobre la conveniencia de la defensa de los derechos humanos en los conflictos armados ya hay antecedentes en lo dicho por Zbigniew Brzezinski, sobre todo en Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Barcelona, Paidós, 2003. En relación a esta misma cuestión es recomendable la lectura de Bricmont, Jean, Imperialismo humanitario: El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra, Barcelona, El Viejo Topo, 2008

[52] Lieven, Anatol, “The push for war” en London Review of Books 3 de octubre, 2002, pp. 8-11

[53] Ó Tuathail, Gearóid, Critical Geopolitics, Minneapolis, University of Minnesota, 1996, p. 183

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[55] Agnew, John, Geopolítica: una re-visión de la política mundial, Madrid, Trama, 2005, pp. 145-146

[56] Shapiro, Michael J., Methods and Nations, Londres, Routledge, 2004, p. 178

[57] Office of Homeland Security, National Strategy for Homeland Security, Office of Homeland Security, julio 2002, pp. 44-45

[58] Williams, Robert W., “Terrorism, anti-terrorism and the normative boundaries of the US polity: the spatiality of politics after 11 September 2001” en Space and Polity, Vol. 7, Nº 3, pp. 274-275

[59] Ibídem, p. 284

[60] Campbell, David, Writing Security: United States Foreign Policy and the Politics of Identity, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1998, p. X

[61] Sánchez Ferlosio, Rafael, Esas Indias equivocadas y malditas, Barcelona, Destino, 1994, p. 53

[62] Ferguson, Kathy y Phyllis Turnbull, Oh, say, can you see?: the semiotics of the military in Hawai’i, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1999, p. 131

[63] Cairo Carou, Heriberto, “Guerra e identidad política: el campo de marte estadounidense postmoderno” en Revista Sociedad y Economía Nº 13, diciembre 2007, p. 100

[64] Ibídem, p. 100

[65] Badiou, Alain, “Philosophical considerations of some recent facts” en Theory & Event Vol. 6, Nº 2, 2002, p. 25

[66] El orden internacional unipolar es el menos duradero de todos ya que son muchos los compromisos y las responsabilidades que la potencia hegemónica se ve obligada a asumir. Esto viene bien explicado en Waltz, Kenneth N., “Structural Realism after the Cold War” en International Security Nº 1, 2000, Vol. 24, pp. 27-41. Sobre las rupturas y cambios en el sistema internacional se recomienda leer Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981

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Domingo, Junio 28, 2015

LA CLASE POLÍTICA

La clase política constituye un grupo escindido de la sociedad cuya actividad se ubica en las instituciones oficiales, y más concretamente en la rama legislativa del Estado aunque también en los más altos niveles administrativos de la rama ejecutiva. La posición que ocupa le permite detentar cierta autonomía en tanto en cuanto está institucionalizada, y como tal sujeta a una serie de normas que establecen cuáles son las relaciones de poder: quién lo ejerce y cómo se accede a los puestos de mando.

La clase política desempeña la labor de intermediación entre la sociedad y las instituciones, de tal manera que participa en el proceso decisorio que se desarrolla en el seno de los organismos oficiales. Esto expresa una relación de poder en la que la sociedad únicamente se limita a elegir a través de los procesos electorales a quienes toman las decisiones en su lugar, con lo que la clase política es de hecho la que ejerce, y monopoliza junto a otras instancias del poder estatal, la soberanía en el lugar de la sociedad. Como consecuencia del monopolio de la capacidad decisoria esta clase toma aquellas decisiones que le permiten no sólo conservar esa capacidad, sino en la medida de lo posible ampliarla para poder decidir sobre el mayor número de cuestiones posibles. A esto se suma el hecho de que la clase política dispone a su servicio de una fuerza armada que le provee de la capacidad de imponer sus decisiones, y por lo tanto de hacer valer su autoridad frente a cualquier otra.

De lo anterior se deduce rápidamente que los sistemas políticos de estas características, en los que la sociedad no puede ejercer directamente la soberanía sino por intermediación de un grupo social especializado, son dictaduras políticas. En este tipo de regímenes la sociedad está a expensas de las decisiones tomadas por los integrantes de la clase política que son, junto a los elementos que conforman el aparato ejecutivo del Estado, los que imponen su voluntad a la población. Así, y dado que monopolizan la soberanía que les provee de la capacidad de tomar decisiones vinculantes para la sociedad, ostentan una posición privilegiada que les permite satisfacer sus propios y particulares intereses a los que jamás renuncian en beneficio de los intereses de la sociedad. A esto se suma otra circunstancia como es el hecho de que el Estado opera como organización que unifica a la clase política con los restantes elementos que integran la elite dominante, de tal modo que dota de unidad a la clase dirigente que es un grupo unificado.

En el contexto político que ofrece el Estado español comprobamos que la lucha partidista es meramente coyuntural y se manifiesta fundamentalmente en los procesos electorales, como parte de una estrategia mayor para obtener mayores cuotas de poder en las instituciones. A esto se suma el hecho de que el régimen parlamentarista hace de los parlamentos en los diferentes ámbitos territoriales el centro de decisión política, y por tanto el espacio en el que se desenvuelve una parte sustancial de los procesos decisorios. Sin embargo, y en la medida en que el gobierno se forma a partir de la mayoría política que controla el parlamento cabe decir que la labor de control, y por tanto de fiscalización, que le corresponde a la rama legislativa sobre el ejecutivo es completamente irreal e ilusoria. Tal y como ocurre hoy en el parlamento español el partido que controla dicha cámara es el encargado, a su vez, de controlar al gobierno cuando está al mismo tiempo formado por miembros de ese mismo partido. En la práctica el régimen parlamentario es un sistema político dictatorial en el que no existe separación de poderes, y menos aún un control mutuo que permita equilibrarlos.

A todo lo anterior cabe sumar otra circunstancia más, que es el hecho de que la eventual fragmentación política de una cámara de representantes no es motivo suficiente para la paralización del normal funcionamiento de la institución, y menos aún del gobierno. Esto desmiente la equivocada e ilusa idea de que la fragmentación política en los parlamentos dificulta el gobierno, los acuerdos entre partidos y sume a las cámaras en una dinámica de disputas entre los diferentes representantes. Esta percepción es del todo engañosa, pues los parlamentos son en la práctica grandes centros de mercadeo en los que los diputados trafican con una multitud de intereses. En cierto modo el político constituye el más claro ejemplo de mercader, y por tanto de persona con una capacidad especial para el intercambio de prebendas de todo tipo para llegar a acuerdos mutuamente satisfactorios para las partes.

La fragmentación política a la que hoy asistimos en muchos ayuntamientos del Estado español, e incluso de diferentes parlamentos autonómicos, no ha dado lugar a la a veces tan deseada parálisis gubernamental con la que una parte de la población ha soñado. La diversidad política en los parlamentos no es sinónimo de desacuerdo y desencuentro entre las diferentes facciones. Esto se debe fundamentalmente al hecho de que todos los representantes políticos forman parte de una misma clase, la clase política, y que debido a su condición y al lugar que ocupan en la estructura social forman parte de un grupo escindido de la sociedad que tiene sus propios y particulares intereses. Esta situación es la que permite y facilita que los propios políticos, más allá de los colores partidistas que les puedan diferenciar, lleguen más fácilmente a acuerdos entre sí. Las diferencias que pueda haber entre ellos no son antagónicas, no son abismos insalvables, y se superan fácilmente a través de negociaciones en las que se produce el correspondiente tráfico de intereses para llegar a acuerdos. Hoy lo vemos en diferentes ayuntamientos en los que distintas fuerzas políticas realizan pactos para gobernar, lo que prueba una vez más que las diferencias partidistas son secundarias cuando se trata de ejercer el mando que las instituciones proveen y con ello nutrirse de unos sustanciosos recursos.

La clase política, por su simple condición de grupo social específico, llega más fácilmente a acuerdos entre sus iguales que con el público en general. Esto se debe sobre todo al simple hecho de que existe una mayor afinidad con sus iguales, a pesar de que eventualmente puedan pertenecer a partidos políticos diferentes. El hecho de compartir una misma posición social, unido a los privilegios del mando que significa participar en las instituciones oficiales, así como el desempeño de una misma función de intermediación entre la sociedad y las propias instituciones, son las condiciones que hacen posible el acuerdo entre políticos. El propio contexto parlamentario, como espacio para el debate, ya crea esas mismas condiciones básicas al ser el punto de encuentro en el que los integrantes de la clase política, en su condición de gran oligarquía, negocian y acuerdan al mismo tiempo que trafican con una gran diversidad de intereses.

El sistema político parlamentario es una dictadura que no da lugar a subterfugios que hagan posible un enfrentamiento entre los miembros de la clase política, o al menos un enfrentamiento definido por alguna forma de antagonismo. Más bien nos encontramos con que el espacio que ofrecen los parlamentos constituye un contexto favorable para trabar alianzas, desarrollar acuerdos y satisfacer los intereses de las diferentes partes involucradas. Por esta razón constituye una ilusión esperar que los políticos permanezcan enfrentados entre sí y que, como consecuencia de ello, paralicen el normal funcionamiento de las instituciones. Todo esto no hace mas que poner de relieve que la única alternativa a un sistema dictatorial es su completo derrocamiento, y con ello la supresión de unas estructuras de poder que son las que crean las clases privilegiadas que someten y subyugan al resto de la población.

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Jueves, Mayo 28, 2015

DISTOPÍAS COLECTIVAS E INDIVIDUALES

Si las distopías son utopías negativas que se ubican en un futuro cercano y probable como consecuencia del desarrollo de ciertas tendencias actuales que alcanzan extremos inimaginables, pero no imposibles, cabe plantearse en qué medida son percibidas socialmente como situaciones distópicas.

La evolución histórica y social es contradictoria y ello no ha impedido la reflexión acerca de las consecuencias que entrañan algunas líneas del desarrollo de la sociedad que son capaces de producir escenarios catastróficos e indeseables. En el terreno artístico no son pocos los intentos que se han llevado a cabo en este sentido de entre los que cabe mencionar dos producciones cinematográficas de Terry Gilliam: Brazil y The Zero Theorem.

Brazil es la expresión de una distopía colectiva en la que se presenta un mundo hiperburocratizado, sometido a la opresión totalitaria de una gran tecnocracia que controla prácticamente todos los ámbitos de la vida humana. Se trata de un universo que sin embargo no ha sido llevado hasta sus últimas consecuencias como lo demuestra la existencia de una oposición social al mismo. A lo largo de la película son frecuentes los atentados contra instituciones del régimen establecido, una oleada de actos de resistencia armada dirigidos a diezmar un sistema en el que el ministerio de información, dedicado a organizar, dirigir y ejecutar la represión, se ha hipertrofiado hasta el punto de acaparar la mayor parte de los recursos disponibles. Asimismo, el protagonista termina volviéndose en contra de ese sistema tiránico para el que trabaja y que le mantiene frustrado.

En Brazil la distopía es colectiva porque una parte de la sociedad es consciente de estar viviendo en un mundo indeseable, lo que provoca la resistencia. Un claro ejemplo es cuando al protagonista le queman el coche al tener que ir a un domicilio a resolver un asunto de papeleo burocrático con alguien cuyo esposo ha sido víctima de esa burocracia. Por el contrario el escenario de The Zero Theorem es diametralmente el opuesto al de Brazil.

En el caso de The Zero Theorem la sociedad vive una utopía colectiva en la que la gente ha dado la espalda completamente a la realidad, donde todo el mundo está conectado entre sí gracias a Internet pero en el que se ha renunciado a la comunicación, en donde la sociedad está compuesta por individuos narcisistas, cerrados sobre sí mismos y donde parece que todos han alcanzado la felicidad en ese grandioso escenario. Pero el protagonista, a diferencia de toda la gente que le rodea, se pregunta acerca del sentido de todo y esto le hace sentirse desplazado. En The Zero Theorem la distopía es la de un individuo en contraposición a una sociedad que vive el mundo presente como una gran utopía tecnológica llena de oportunidades.

The Zero Theorem es una metáfora de la sociedad actual. La peor distopía es aquella que se vive inconscientemente, y que por ello es tenida por lo contrario de lo que verdaderamente es. Los inadaptados a ese mundo son quienes lo padecen como una distopía personal, pues se trata de individualidades más o menos dispersas que no encuentran sentido al mundo en el que viven.

La tecnología, sobre todo en el terreno informativo y comunicacional, ha creado la sensación de que estamos viviendo una era inimaginable llena de oportunidades en la que podemos ver realizadas nuestras metas, donde las posibilidades del ser humano se han expandido en relación directa a ese desarrollo tecnológico. Pero lo cierto es que esa percepción que las estructuras adoctrinadoras se han apresurado a implantar en la conciencia de la sociedad, y con la que han pretendido crear una nueva experiencia colectiva en la que se ha generado la ilusión de nuevas e infinitas posibilidades, sólo ha contribuido a crear un mundo lleno de seres individualistas y egocéntricos, obsesionados con su imagen y con ser famosos.

Las redes sociales, que merecen el apelativo de antisociales, han fagocitado lo peor del ser humano. La egolatría rezuma en cada uno de los bytes que transitan por dichas redes, donde todos quieren ser su propia celebridad, y el yo es el principal objeto de culto. Los selfies, los me gusta, etc., son la expresión más patética y estúpida de una sociedad antisocial en la que todo gira en torno al yo, a la imagen del yo, al llamar la atención como sea posible, al exhibicionismo. Es la sociedad de la desconfianza, de la paranoia pública, en la que quien no rinde culto al yo de los otros, y del suyo propio, se hace sospechoso y pasa a engrosar la lista negra de los bloqueados, de los ignorados y en última instancia de los excluidos. Se trata de una sociedad al filo del abismo en la que la conexión no ha producido mayor comunicación sino un creciente aislamiento, una falta de empatía, y donde por el contrario se ha alimentado la vanidad, el egoísmo, la presuntuosidad, la arrogancia e infinitos atributos negativos más.

Internet y las telecomunicaciones en general han creado un universo cada vez más distópico en el que se cree que está viviéndose una gran utopía. Todos conectados, todos cabizbajos con los smartphones caminando como verdaderos zombies por la calle, con los auriculares puestos, entusiasmados con los ipad que absorben toda nuestra atención… Se trata de ser feliz en la inconsciencia. La virtualidad ha suplantado la realidad de la que es su más preclara negación. Es más fácil aislar a un individuo facilitando su comunicación con otros individuos a cientos o miles de kilómetros de distancia, pues esto no le creará la necesidad de comunicarse y entablar contacto directo con quienes le rodean. A esto se suma el hecho de que el ser humano, si es que todavía puede llamársele humano, ya ni siquiera crea nada por sí mismo sino que es un mero reproductor de lo que le llega desde el mainstream. Es un apéndice de la anti-realidad virtual, su prolongación lógica y natural que toma posesión del sujeto y que lo convierte en una nada. La inmediatez, la sincronización, la inmaterialidad de un ámbito, como es Internet, que está al mismo tiempo en todas partes y en ningún lugar concreto, ha reducido a nada al individuo.

Internet ha contribuido a reorientar las relaciones sociales en tanto en cuanto ha pasado a constituir un espacio que trata de canalizar el proceso de socialización humana, de desarrollarlo de un modo controlado y dirigido a través del entramado tecnológico, comunicativo y corporativo. De esta manera Internet, dada su creciente generalización, ha logrado crear una experiencia colectiva que ha permitido en muchos aspectos la homogeneización de la mentalidad de la población, y la creación de un imaginario colectivo que reconstruye la realidad en función de los hábitos y actitudes que son inculcados por este medio. Esta experiencia colectiva se caracteriza por la sensación de libertad que ha logrado crear en torno a las casi infinitas páginas, web, portales, bitácoras, etc., que constituyen las diferentes fuentes de información, y sobre todo de desinformación, de la red. Pero en la práctica Internet ha servido para aumentar la exposición de sus usuarios a los mensajes que son difundidos masivamente por las principales corporaciones de la información y de la comunicación, que son los que canalizan, a su vez, los grandes flujos informativos. La diversificación de los productos que continuamente son consumidos en la red es lo que ha creado esa sensación de libertad, cuando tras todo ello se da una fuerte concentración del poder mediático y económico que determina los contenidos que son propagados masivamente en Internet. Son, en suma, los que articulan los principales nódulos comunicativos e informativos por los que transita el grueso de la información que llega a la mayor parte de la población.

Internet es en el contexto de una sociedad capitalista un espacio de consumo, tanto de productos económicos como culturales e informativos que son ofrecidos al público general. En lo que a esto respecta la red de redes ha ejercido, y aún ejerce, un papel considerable en el moldeamiento y establecimiento de un modelo cultural hegemónico en la sociedad que, a su vez, está ideológica y políticamente orientado, y que responde a una intencionalidad determinada por el poder establecido. Así es como la percepción de la realidad es alterada y adecuada a las exigencias del sistema de dominación. En cierta medida se trata de un modo de conciliar al sujeto con su propia condición de sometido, y con ello dar lugar a un consentimiento social que facilite la existencia de las relaciones de poder que definen a la sociedad actual. Esto se consigue creando una representación de la realidad que induce, como es el caso de Internet, determinadas sensaciones derivadas de la experiencia individual y colectiva que organiza. De esta forma el mundo llega a ser presentado como el mejor de los mundos posibles, dentro de ese desarrollo histórico lineal y ascendente de la humanidad desde el reino de la necesidad al de la libertad. Se trata, en definitiva, de una gran utopía colectiva que es recreada y amplificada socialmente a una escala colosal para facilitar la aceptación del orden establecido y de sus autoridades.

Sin embargo, la utopía colectiva que ha logrado forjar la modernidad con todo su aparato tecnológico, cultural, ideológico y, en suma, adoctrinador, no ha impedido que esa realidad misma que ha creado se haya convertido para diferentes individualidades, generalmente no conectadas entre sí, en una verdadera distopía. Esto se expresa claramente en la falta de sentido que ha adquirido el mundo a causa de la imposición de una mentalidad definida por la razón instrumental que está sujeta a fines prefijados. Nada tiene un valor intrínseco ni un sentido propio al ser todo, las cosas y las personas, recursos para la consecución de fines preestablecidos. En el fondo no deja de ser el resultado del vaciamiento del sujeto y de su mundo interior a causa de un contexto sociocultural en el que para determinadas individualidades es difícil encajar, y por tanto encontrar un lugar y un sentido propio. Por decirlo de algún modo la modernidad ha traído consigo, y especialmente con su filosofía y mentalidad dominante, el nihilismo y la consecuente pérdida de valores que ha abocado a la sociedad a un materialismo y utilitarismo desaforados.

En torno a la cuestión de las utopías y distopías existe un cierto grado de subjetividad, pues catalogar una determinada situación como distópica conlleva la asunción de unos planteamientos previos y de una postura ideológica que establece una perspectiva que conduce a esa conclusión. La problemática actual estriba en el hecho de que el sistema de dominación ha logrado socializar sus valores y actitudes, generar una cultura y un marco ideológico que han sido interiorizados y que han creado en el sujeto una serie de sensaciones que lo concilian con su condición de oprimido, y que crean el necesario consentimiento social que facilita la pervivencia de las estructuras de opresión. Esta homogeneidad social, cultural e ideológica hace que el orden establecido, a pesar de las que son tenidas por unas pequeñas y transitorias imperfecciones, sea concebido como el mejor de los posibles y que la población vea como algo normal lo que, desde unos valores, planteamientos e ideas diferentes a las dominantes sería considerado como anormal e indeseable. En este punto es en el que se circunscribe la disidencia política, social e ideológica de aquellos elementos más conscientes de la sociedad que expresan su oposición activa al sistema establecido. Por el contrario, aquellas individualidades que desarrollan una forma de existencia socialmente anómala para el sistema, debido a su inadaptación y a otros factores de diferente naturaleza, son aquellos para los que su experiencia en este mundo equivale a una distopía individual definida por su manifiesta incapacidad para adaptarse a la realidad social, cultural y política en la que se ven obligados a desenvolverse.

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Martes, Abril 28, 2015

LA DICTADURA ELECTORAL

Las elecciones son presentadas por el sistema de dominación como un acto de libertad en el que la sociedad decide sobre su futuro político. Pero nada de esto es cierto. El parlamentarismo es un sistema existencialmente opresivo en el que las elecciones son una forma de represión dictatorial que restringe la expresión de la voluntad popular a elegir entre diferentes opciones, los partidos políticos, cuyos representantes tomarán sus propias decisiones en el lugar de la sociedad. Constituye un modo de impedir a la sociedad la participación en política, y por tanto tomar sus propias decisiones sin intermediarios a los que tenga que estar sujeta.

Las opciones políticas de un proceso electoral están prefijadas de antemano por los propios partidos que elaboran sus listas y programas electorales, pero también por el propio sistema político que impone al sujeto la elección de los colores que llevarán sus cadenas. En este contexto no puede hablarse de libertad si consideramos que tal término juega un papel propagandístico que enmascara un régimen dictatorial.

El poder constituye una realidad que se sirve a sí misma y que dada su naturaleza egoísta no contempla servir a otros intereses diferentes de los suyos, por este motivo la clase política, como parte integrante de la elite dominante, nunca sirve a otros intereses distintos de los suyos y que en última instancia se reducen a la conservación del privilegio de ejercer el mando. Esto último quiere decir que, en la medida de lo posible, la clase política trata de mantener su capacidad decisoria sobre la población, es decir, disfrutar de la prerrogativa soberana de tomar decisiones vinculantes para la sociedad que se encuentra en el territorio de su jurisdicción, pudiendo llegado el caso recurrir al uso de la fuerza para hacer valer esas mismas decisiones. Esta, y no otra, es la naturaleza dictatorial del parlamentarismo en la que una minoría ejerce el mando en el lugar y en nombre de la mayoría, de tal forma que las decisiones adoptadas siempre van en beneficio de esa minoría de privilegiados que en todo momento intenta ampliar su capacidad decisoria a más ámbitos.

La lucha partidista, dirigida a la captación de votos, es la expresión más pusilánime y miserable de la política. En tanto que la sociedad constituye una fuente de poder y de legitimidad toda la acción partidista queda dirigida a influenciar y manipular la opinión pública, que resulta ser de este modo un instrumento ideológico y político para atraerse al mayor número de individuos a determinada causa política. La lógica demagógica del sistema propagandístico que elabora el partidismo responde a la necesidad de dominar por medio de la mentira, de tal forma que la política se convierte en un arte de seducción con el que atraerse al público que, como si se tratase de una mujer, es sometido a todo tipo de halagos y lisonjas para atraer su voluntad con el propósito de someterlo. Se trata de hacer toda clase de promesas que nunca se cumplen y a través de las que el pueblo hipoteca su futuro.

La sociedad no es libre porque se le imponen unas determinadas opciones que son prefijadas por el propio poder al establecer una serie de condiciones para ello. A esto se suma que la acción propagandística es otra imposición en la que por medio de la manipulación psicológica, de la continua repetición, le es impuesta una determinada opción política a través de todas las estructuras de adoctrinamiento más avanzadas: prensa, radio, televisión, Internet, etc. La manipulación ejercida es un acondicionamiento que prepara la situación, y por ello el contexto, en el que la sociedad debe expresar su voluntad estando amordazada. Así, finalmente quien ha sido capaz de pagarse la campaña electoral más cara y buscarse los necesarios y poderosos aliados en el terreno mediático y económico-financiero es quien obtiene el triunfo.

El parlamentarismo no es un régimen de libertad como tratan de hacernos creer sus máximos responsables por dos razones fundamentales: no lo es en el fondo al ser una dictadura en la que una minoría política reunida en el parlamento es la que usurpa la soberanía del pueblo, la que ejerce en su nombre dicha soberanía contra los intereses de la mayoría y en beneficio de esa minoría mandante; y tampoco lo es en la forma debido a que se basa en unos procedimientos que secuestran a la opinión pública, la manipulan y le imponen su propio criterio ideológico y político. A todo lo anterior se une la presencia de los cuerpos represivos que integran el aparato coercitivo del Estado, y que someten a supervisión los procesos electorales. Todo esto viene a mostrar el carácter autoritario de un régimen dictatorial encubierto por la propaganda y la demagogia.

La alternativa a que sea una minoría la que tome las decisiones políticas es que sea la sociedad la que participe directa y activamente en la política, sin intermediarios, para ejercer ella misma la soberanía e impedir la usurpación que hace que en su nombre sea sometida y subyugada. Esa alternativa es el asamblearismo por medio del que la población, en sus barrios, pueblos, centros de trabajo y estudios, tome sus propias decisiones, colectiva y organizadamente sin la presencia de elementos parásitos que socaven su autonomía decisoria. Tal alternativa sólo puede ser realizada por medio de una regeneración moral de la sociedad, y especialmente del individuo, para crear unas condiciones de convivencia mínimas que hagan posible la implantación y utilización de semejante modelo político decisorio. Esto exige que el sujeto medio no vea en los demás un competidor o un enemigo, sino alguien con quien poder cooperar y llegar a acuerdos para la solución de problemas comunes. Sólo así pueden crearse unas condiciones favorables para un modelo de organización horizontal e igualitario de la sociedad, que exige igualmente la desaparición del aparato estatal y de la propiedad privada en los medios de producción.

Las próximas elecciones no serán otra cosa que la recreación de un patético y lamentable espectáculo sembrado de mentiras en el que se suministrarán toda clase de narcóticos para deformar la percepción de la realidad que pueda tener el público, y de esta forma granjearse su eventual apoyo en las miserables urnas del régimen parlamentario y su democracia de cuatrienios. Los hechos son tozudos, y vez tras vez comprobamos sistemáticamente la persistencia de una innumerable muchedumbre en volver sobre su propio vómito electoral al acudir a las urnas, todo para renegar de ello una vez conocidos los resultados y comprobadas las primeras actuaciones gubernamentales. La dictadura del parlamento, sea municipal, autonómico o estatal, es irrevocable como también lo es el voto que se le concede a la ralea que se encarga de ocupar los escaños de ese gran prostíbulo donde se mercadea con todo lo que se tiene a mano. Siempre es por lo mismo, promesas y más promesas que sólo caen en saco roto y por las que siempre se hipoteca un futuro incierto que sin embargo siempre está a buen recaudo para esas señorías y sus familias, las mismas que conforman la clase dominante que rige sin mayores escrúpulos la vida de quienes se encuentran bajo su jurisdicción.

Hoy la abstención requiere ser activa, basada en la movilización permanente y en la coherencia entre el discurso y los hechos, lo que exige la autoorganización colectiva y solidaria en todos los ámbitos de la vida. De esta forma, asumiendo la responsabilidad de tomar nuestras propias decisiones, sin delegar en nadie, es como podemos comenzar a gestionar nuestros propios problemas y necesidades para, de este modo, cambiar la triste realidad que el autoritarismo, con todas sus imposiciones, crea entre quienes formamos parte de la clase sometida.

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Sábado, Marzo 28, 2015

EL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN

Históricamente el concepto de revolución ha sido sometido a diferentes definiciones y redifiniciones regidas por los diferentes sentidos que ha recibido según cada discurso ideológico. Esta circunstancia ha hecho que por revolución se entienda una variada cantidad de fenómenos sociales y políticos de diferente naturaleza, y que en último término se haya perdido cualquier tipo de noción clara y concisa de lo que entraña toda revolución o proceso revolucionario, independientemente de la orientación ideológica que pueda tener.

En la actualidad nos encontramos con que el concepto de revolución tiene muy mala prensa debido a que el marco cultural e ideológico es conformista, y por tanto considera la revolución como una grave perturbación sociopolítica propiciadora de todo tipo de males conocidos y aún por conocer. Debido a esto la revolución hoy, como concepto político, no es popular sino por el contrario encuentra oposición al disponer de una muy mala imagen y al ser identificada con experiencias históricas del todo nefastas. La mentalidad predominante en la sociedad actual es reformista y conformista, simplemente se aspira a mejoras parciales dentro del cuadro social y político del sistema vigente, lo que fácilmente puede reducirse a un deseo fundamental: la mejora de las condiciones materiales de la existencia que se resumen en un aumento del nivel de consumo. Esta meta, economicista y materialista en esencia, bien puede lograrse dentro del sistema establecido lo que hace innecesaria su destrucción y sustitución por otro de diferente naturaleza.

Las condiciones subjetivas, aquellas que tienen que ver con la cultura e ideología dominantes, son las de una conformidad general con el sistema establecido y las ansias de alcanzar mejoras dentro de ese mismo orden. Esta mentalidad reaccionaria y anquilosada es la que ha creado las condiciones actuales para la existencia de un consentimiento social relativamente estable que ha permitido a las autoridades políticas, y por ende al conjunto del sistema vigente, conservar su estabilidad y con ello perdurar en el tiempo.

En el imaginario colectivo la idea de revolución ocupa un lugar marginal y siempre oscuro en el que es identificada con toda clase de horrores al ser considerada una idea cargada de muerte, horror y sangre. Pero esta perspectiva la complementa aquella otra que, desde una actitud superfluamente optimista e infantil, plantea cambios parciales y no sustantivos en la estructura del sistema y que por ello rechaza la revolución no ya por motivos tácticos sino estratégicos al no rechazar tampoco los fines generales del sistema de dominación y menos aún el orden vigente. Esta es la actitud groseramente mezquina que puebla una parte notable del radicalismo político, aquella que pervierte el concepto de revolución al darle un contenido reformista, al afirmar el orden establecido y sólo plantear una ruptura en sus formas y no en su esencia. Son aquellos revolucionarios de salón, de la cerveza y del porro, que se ufanan en convencer a incautos de que existen las revoluciones pacíficas, sin sobresaltos, de que otro mundo es posible y que sólo hay que quererlo. Son los mismos que aborregan a los infelices insatisfechos que en su ingenuidad se prestan a ser, no ya los tontos útiles, sino los borregos que sirven de carne de cañón para que otros saquen los debidos réditos políticos.

Es necesario reconocer la crudeza y terribilidad que entraña toda revolución y no autoengañarse creyendo, o haciendo creer, que puede ser un camino de rosas, fácil, de mínimo esfuerzo, sólo porque una virtual mayoría social así la pudiera llegar a reclamar. Pero muy al contrario de estas erradas ideas la revolución es, en primer lugar, etimológica y realmente “re-volver”, regresar a los orígenes. Significa una ruptura cualitativa con la esencia y naturaleza del presente para completar su ciclo y dar lugar a un nuevo comienzo. Revolución es, en suma, una ruptura con el orden establecido y consecuentemente con su legalidad y todo cuanto la sostiene: el Estado junto a todo su aparato coercitivo y represivo compuesto por su burocracia, policía, servicios secretos, ejército, cárceles, tribunales, etc.

Una revolución entraña violencia, sangre, muerte, fuego y sacrificios colectivos inauditos pero irrenunciables cuando se juegan principios, valores y planteamientos que dan contenido a la existencia, que hacen que las personas sean y se sientan humanas y no reducidas a la condición de larvas o insectos dentro de la conformidad de las sociedades actuales, compuestas por una abúlica y esperpéntica burguesía de masas. Porque tal y como apuntó Errico Malatesta “la revolución tiene que ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea en sí misma un mal. Tiene que ser violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados reconocieran el daño y la injusticia de sus privilegios, y se decidieran a renunciar de ellos voluntariamente. Tiene que ser violenta porque la violencia revolucionaria transitoria es el único medio para poner fin a la mayor y más perpetua violencia que tiene esclavizados a la gran mayoría de los seres humanos”. Más aún, “la sociedad actual se mantiene con la fuerza de las armas. Nunca ninguna clase oprimida ha logrado emanciparse sin recurrir a la violencia; nunca las clases privilegiadas han renunciado a una parte, siquiera mínima, de sus privilegios, sino por la fuerza, o por miedo a la fuerza. Las instituciones sociales actuales son tales que resulta imposible el transformarlas por reformas graduales y pacíficas, y la necesidad de una revolución violenta que, violando, destruyendo la legalidad, funde una sociedad sobre nuevas bases, se impone”.[1]

No puede obviarse que las jerarquías sociales se basan sobre el principio de la fuerza, y que la legalidad vigente es la expresión de una correlación de fuerzas de los vencedores sobre los vencidos, y que el propio Estado nace de la conquista guerrera que impone su privilegio autoritario de dictar el derecho a los derrotados, lo que hace de todo el entramado que constituye el ordenamiento jurídico un gran engranaje de dominación y subyugación en el que los sometidos ostentan tal condición en última instancia como consecuencia de esa relación de fuerzas.

Todas las revoluciones, independientemente de su orientación ideológica, han estado cargadas de un componente violento dado que el orden establecido y sus jerarquías se fundan igualmente sobre un principio violento que es el que en último término las mantiene, las reproduce y perpetúa. Una revolución es una ruptura con lo establecido, y en tanto que tal exige acciones dirigidas directa o indirectamente contra quienes sostienen esa situación, lo que puede plasmarse, según los casos concretos, en insurrecciones populares, guerrillas, motines, revueltas, sabotajes, etc. Pero en cualquier caso la violencia siempre está presente.

Por el contrario, las acciones no violentas en ningún caso pueden plantearse como medios para una revolución. En este sentido la no violencia puede considerarse como una práctica que en lo táctico y en lo estratégico puede defender al Estado y de hecho así ocurre en muchas ocasiones.[2] Más bien nos encontramos con que esta tendencia que ha sido implantada en gran parte del espectro del radicalismo político obedece a unas coordenadas ideológicas dirigidas hacia la pacificación y domesticación de este sector, para su posterior reconducción hacia los callejones sin salida del sistema de dominación para, al mismo tiempo sembrar con ello la debilidad a través de una falsa disyuntiva entre violencia y no-violencia que, a su vez, enmascara una realidad social, política, cultural y económica que se basa fundamentalmente en el uso de la fuerza.

Hoy vemos cómo el discurso de la no-violencia ha desembocado en la ideología del ciudadanismo, de la reacción y del rechazo de cualquier contestación sistemática y revolucionaria al orden establecido y a sus estructuras de opresión. Todo ello ha contribuido a reconducir a una parte del radicalismo político hacia posiciones políticas e ideológicas conciliables con las que sostiene el sistema de dominación y sus elites, donde finalmente las cajas negras de la institucionalidad son las que permiten la reconversión ideológica que facilita el reforzamiento del poder establecido, y con ello la asimilación e incorporación de estos elementos procedentes del radicalismo a las estructruas de dominación tal como ocurrió en el pasado.

Sin embargo la revolución es violencia, es traumática pues entraña dolor y muerte, pero no es sólo eso, tal y como una considerable parte de la población cree. La revolución es un punto de partida y no de llegada, pero para lograr esa situación cualitativamente distinta que permita un nuevo comienzo son imprescindibles unas condiciones subjetivas que entrañan una revalorización moral del sujeto y de sus luchas colectivas. En este sentido han sido históricamente las grandes ideas, además de determinados valores que han creado unas determinadas actitudes, los que han provisto de la fuerza moral para que las luchas, y por tanto también las revoluciones, sean iniciadas y mantenidas en el tiempo generación tras generación. Sin la labor concienciadora en la que los factores morales desempeñan un papel fundamental para ulteriormente hacer cualquier revolución popular es imposible plantearse nuevos comienzos y emancipaciones.

No existen los atajos ni los grandes logros que no entrañen grandes esfuerzos y sacrificios. En estas condiciones que impone la propia lucha revolucionaria es necesaria una moral de combate, una moral que rehumanice al sujeto y lo sustraiga del conformismo burgués que lo aborrega y lo sume en una amodorrada forma de vida melindrosa, empequeñecedora y embrutecedora. Significa asumir la importancia que juegan los valores junto a las actitudes que estos generan como baluarte moral que permita asumir el esfuerzo de toda lucha. Pero la importancia de la moral y de los valores radica en el hecho de que constituyen la base sobre la que construir sobre las ruinas de un mundo decadente e ilusorio. Por todo ello es necesaria una regeneración en términos morales y axiológicos que ponga fin a todo cuanto el sujeto ha interiorizado del sistema que le oprime, y por ello un rechazo de las metas existenciales así como de la forma de ser, pensar y sentir que son propias de ese sistema y su sociedad burguesa.


[1] Malatesta, Errico, Socialismo y anarquía, Madrid, Ayuso, 1975, pp. 51-52

[2] Gelderloos, Peter, Cómo la no violencia protege al Estado, Barcelona, Anomia, 2010

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Sábado, Febrero 28, 2015

EL ESTADO Y EL CAPITAL

Está muy extendida la vieja y conocida idea socialdemócrata de que es el Capital, compuesto por las elites económicas y financieras junto a sus instituciones bancarias y empresariales, el que da las órdenes al Estado y a sus principales agentes, sobre todo políticos, de tal manera que este no es más que una prolongación de aquel, un instrumento encargado de hacer cumplir la voluntad de empresarios y banqueros. Esta imagen de la realidad, además de ser carca y reaccionaria, está muy extendida en la sociedad y especialmente en los medios del radicalismo político. Sin embargo, un análisis de los hechos concretos nos desvela que es completamente falsa, y que si hoy es socialmente tomada por cierta se debe fundamentalmente a haber sido repetida una y otra vez desde las instancias adoctrinadoras del sistema de dominación vigente.

La afirmación de que el Estado es un simple instrumento del Capital responde a un prejuicio ideológico que hace de la economía el elemento determinante de todos los demás procesos sociales, políticos e históricos. Todo esto no ha hecho mas que confundir consecuencias con causas y presentar una imagen distorsionada de la realidad que, además de ser falsa, está hecha para justificar un discurso político socialdemócrata que es sumamente reaccionario. Este discurso consiste en presentar al Estado ya no sólo como herramienta del Capital, sino como expresión de lo público y por ello una institución encargada de representar a la sociedad, de manera que su finalidad no es otra que la de servirla y legislar en su beneficio. Así es como este discurso político afirma la necesidad de que el Estado se afirme frente al Capital, que lo regule y lo someta al interés público porque es el Capital el que tiene secuestrado al Estado y a las instituciones. De este modo se justifica la política parlamentarista y reformista que exige que la sociedad elija a unos representantes que sepan imponerse a los poderes económicos y financieros, que afirmen el interés público frente al interés privado de los empresarios, banqueros y demás grupos de presión que han secuestrado lo público, y por tanto que hagan de las instituciones oficiales instrumentos de emancipación y de empoderamiento social.

Si estudiamos con detenimiento la historia del Estado moderno veremos que en la actualidad el Capital tiene mucha menos autonomía que hace varios siglos y también décadas, y que por ello está hoy mucho más sujeto al Estado y a sus intereses de lo que nunca antes lo estuvo en la historia. Desde sus comienzos, cuando el poder estatal era relativamente limitado al no disponer del monopolio de la violencia y de otros medios de dominación estratégicos, la dependencia del Estado con diferentes agentes privados representantes del poder económico y financiero era mucho mayor. En la medida en que el Estado no disponía de los medios económicos, materiales y financieros precisos para costear sus instrumentos de coerción se veía en la obligación de negociar y llegar a acuerdos con quienes ostentaban el poder económico, que en aquel entonces se encontraba acumulado en centros dispersos, generalmente redes de ciudades como las que existían entre el norte de Italia y el Canal de la Mancha. En este contexto era relativamente frecuente que las propias ciudades, y consecuentemente los grandes magnates, dispusieran de ejércitos y ofrecieran resistencia a los soberanos territoriales cuyos dominios eran más amplios.

Los primeros elementos capitalistas los encontramos, entonces, en torno a las ciudades al ser focos de acumulación, y en algunos casos de elevada concentración, de medios económicos y financieros que en caso de ser capturados o cooptados podían servir a los fines de los soberanos. Las oligarquías urbanas extendían su poder sobre el hinterland urbano y sobre vastas redes comerciales lo que podía proveerles de una relativamente amplia autonomía política, lo que variaba en función de la posición que ocupase una ciudad, bien como un lugar central o como parte de una amplia red urbana.[1]

A comienzos de la edad moderna era relativamente frecuente el enfrentamiento entre el Estado y un incipiente mercado que progresivamente se extendía a través de las ciudades a un ámbito supralocal o regional y que sólo el Estado, a través de la concentración de medios de dominación política, convirtió en nacional para controlarlo y disponer así de los medios económicos necesarios con los que preparar y hacer la guerra. En cualquier caso fue entre 1400 y 1700 aproximadamente, en el denominado período de mediación, en el que los Estados recurrieron fuertemente a elementos capitalistas formalmente independientes para facilitarles préstamos, para administrar empresas productoras de rentas y para la recaudación de impuestos. Fue una época marcada por la existencia de contratistas que servían de intermediarios entre el Estado y sus súbditos en tanto en cuanto le facilitaban al primero los medios logísticos, materiales, financieros y económicos de los que carecía para ejercer su gobierno y para preparar y hacer la guerra.

Como ejemplo de lo anterior basta señalar que durante este período los Estados se veían obligados a contratar buques comerciales armados para afrontar sus empresas bélicas y sus expediciones de ultramar. De este modo fue como Inglaterra pudo llevar a cabo su expedición a las Indias Occidentales en 1585, pues de un total de 25 barcos sólo 2 habían sido proporcionados por la Corona y únicamente un tercio de los costes totales de equipar la expedición fueron financiados por el gobierno, todo ello a pesar de que el almirante que la comandaba, Francis Drake, tenía facultades de oficial y autorización real. En Francia, por ejemplo, la corona dependía de una extensa red de recaudadores de impuestos que al mismo tiempo ejercían como prestamistas, de forma que esta profesión era al mismo tiempo un gran negocio que estaba al margen de cualquier control gubernamental.[2] La lentitud para recaudar grandes sumas de dinero en tiempo de guerra hacía que el Estado francés tuviera que pagar elevados tipos de interés. Esto provocaba depreciaciones de la moneda y el rechazo al pago de parte de la deuda, unido a otro tipo de acciones arbitrarias contra los prestamistas como podía ser su ajusticiamiento bajo la acusación de ser responsables de los problemas financieros del país, lo que permitía cancelar la deuda y confiscar sus riquezas.

Para el s. XIX la mayoría de los Estados europeos habían desarrollado una administración burocrática que constituía lo fundamental de su estructura organizativa central, y con ella asumieron muchas funciones gubernamentales que hasta entonces habían sido delegadas en los contratistas militares, los arrendadores de impuestos y otros intermediarios independientes.[3] En este proceso los Estados continuaron negociando los créditos, las rentas y la provisión de otros medios materiales, económicos, financieros y logísticos necesarios para la consecución de sus propios intereses a cambio de concesiones a las clases oligárquicas como fue el establecimiento del parlamentarismo, el reconocimiento legal de la propiedad privada en los medios de producción y de la libertad de empresa, el establecimiento de determinados servicios estatales, etc. Hasta entonces los soberanos habían contendido con los mercados y con las clases oligárquicas para conseguir los medios materiales para hacer la guerra, hasta que finalmente las elites políticas optaron por una estrategia fundada en la colaboración que incorporó a las elites económicas y financieras a las tareas de gobierno al mismo tiempo que aumentaron los recursos disponibles al servicio del Estado. En lo que a esto se refiere la implantación del régimen parlamentarista y liberal es una clara consecuencia de esta tendencia histórica.

El Capital, y más concretamente el capitalismo como sistema socioeconómico, es posterior a la existencia del Estado, pues este último no sólo le precede sino que ha sido su principal facilitador. La necesidad del Estado de mejorar las capacidades productivas de la economía para disponer de una cantidad creciente de recursos con los que afrontar sus esfuerzos bélicos propició la formación del capitalismo. En gran medida el nacimiento y, en definitiva, la construcción del Estado explican la aparición y desarrollo del capitalismo en la historia pues sin la intervención estatal que establece la protección jurídica, así como las medidas de seguridad que a nivel represivo sostienen a dicho modelo socioeconómico, no hubieran sido posibles aquellas condiciones que son determinantes para su existencia.

El Estado puso la bases del capitalismo y su formación fue favorecida en interés del propio Estado como medio del poder político para competir con éxito frente a otras potencias en la esfera internacional. Para esta labor resultó necesario la creación de un mercado ampliado, a escala nacional, que permitiera al Estado regular la economía por medio de su legislación y de diferentes medidas proteccionistas. La intervención estatal se manifestó en la protección jurídica del derecho a la propiedad privada en los medios de producción, de manera que se garantizaba al capitalista la posibilidad de acumular riquezas de forma ilimitada, y por otro lado fueron establecidas unas medidas de seguridad que sistematizaron la represión con la aparición de diferentes cuerpos policiales. Junto a estos factores cabe sumar la construcción de unas infraestructuras de comunicaciones que facilitaron el intercambio comercial en los dominios territoriales del Estado y con ello la ampliación del incipiente mercado local y regional a una escala nacional.[4]

La aparición del capitalismo estuvo igualmente vinculada con las revoluciones militares y la formación de los ejércitos permanentes que hicieron posible la aparición del Estado moderno. En este sentido destacaron una serie de cambios y mejoras técnicas en el arte de la guerra que dieron lugar a unas nuevas exigencias militares para el abastecimiento de ejércitos más numerosos y costosos de mantener. La búsqueda de estos recursos para preparar y hacer la guerra no sólo condujeron a la búsqueda de nuevos yacimientos de metales y al acceso a rutas comerciales estratégicas, sino que exigieron el crecimiento del aparato burocrático del Estado y el desarrollo de la técnica para una producción a gran escala.

La creciente movilización de una cantidad cada vez mayor de recursos de todo tipo (humanos, económicos, financieros, logísticos, etc.) fue acompañada de una mejora organizativa del Estado al establecer un gobierno de la sociedad por medio de las leyes. De esta forma las leyes pasaron a otorgar la capacidad de mandar a unos sobre otros, y con ello el poder político fue convertido en una función desempeñada por distintas instituciones especializadas en ámbitos concretos. El poder dejó de depender de los individuos que momentáneamente pudieran ejercerlo y ello revirtió en beneficio de la organización del Estado, como estructura unitaria provista de unas normas propias que pasaron a garantizar la continuidad del ejercicio de sus funciones. El imperio de la ley limitó la arbitrariedad y estableció la predecibilidad a través de la regulación de los patrones de comportamiento en las instancias del poder político, lo que al mismo tiempo dotó de la correspondiente autonomía a los diferentes órganos estatales. Este proceso hizo de la política una esfera independiente y diferenciada de todas las demás, dotada de órganos decisorios propios para actuar sobre la sociedad. El Estado, por medio de sus instituciones, adquirió sus propios intereses identificados con su organización y diferenciados de las personas que momentáneamente pudieran dirigirlo.[5]

Pero lo definitorio de este proceso fue la consecución del monopolio de la violencia por parte del Estado, lo que le proveyó de la correspondiente soberanía entendida como la capacidad de tomar decisiones vinculantes para la población de su territorio, y disponer así de un poder originario no dependiente ni interna ni externamente capaz de imponerse si fuera preciso por medio del uso de la fuerza. Gracias a esto el Estado ha podido imponer desde entonces su propia ley y regular una innumerable cantidad de ámbitos de la vida humana para someterlos a sus intereses. Con la creación de nuevas instituciones para regular estos ámbitos el Estado creció y aumentó su capacidad de movilización de recursos a todos los niveles. Así es como, en conjunción con las exigencias impuestas por la esfera internacional en la competición entre potencias, el ejército y toda la empresa bélica crearon una demanda constante que impulsó la producción y la transformación de las fuerzas productivas en su forma capitalista.

A partir del s. XVIII, e incluso bastante antes en algunos países, puede apreciarse una clara colaboración entre el Estado, sobre todo sus elites políticas, y las clases oligárquicas que acumulaban la riqueza económica y financiera del país a cambio de una serie de privilegios como la participación en las tareas de gobierno. De esta forma ayudaron a crear el Estado al mismo tiempo que afirmaban sus derechos y privilegios frente a la autoridad monárquica y quedaban integrados en la elite dominante. Asimismo, este proceso llevaba aparejado una serie de transformaciones sociales en las que el interés particular fue instituido como factor del desarrollo económico de la sociedad. La experiencia histórica demostró que el sistema social resultante era capaz de movilizar una cantidad creciente de recursos que los sistemas de mandato que habían imperado hasta entonces.[6]

El elemento decisivo en las relaciones entre Estado y Capital es el que determina el sujeto soberano, y por tanto quién posee la capacidad de tomar decisiones políticas vinculantes para el conjunto de la sociedad. Esta capacidad hoy por hoy la posee el Estado de forma exclusiva y hace uso de ella en función de sus intereses definidos en términos de poder político, militar, cultural, económico, etc. El monopolio de esta capacidad que disfruta la elite política es la que instituye el principio autoritario del actual sistema de dominación, y por tanto conforma la desigualdad primigenia de la que proceden todas las demás desigualdades: económica, social, etc. De esta desigualdad en la que unos pocos pueden imponerse al resto, llegando a recurrir al uso de la coerción, proceden las jerarquías sociales. En este punto conviene traer a colación lo apuntado por Pierre Clastres pues viene a confirmar todo lo expuesto hasta ahora: “La mayor división de la sociedad, la que fundamenta todas las demás, incluida sin duda la división del trabajo, es la nueva disposición vertical entre la base y la cúspide, es la gran ruptura política entre detentadores de la fuerza, sea ésta guerrera o religiosa, y sometidos a esta fuerza. La relación política de poder precede y fundamenta la relación económica de explotación. Antes de que sea económica, la alienación es política, el poder es anterior al trabajo, lo económico es una derivación de lo político, el surgimiento del Estado determina la aparición de las clases”.[7]

En la actualidad quien manda en la sociedad es el Estado, no el Capital. Hoy el Estado posee una capacidad económica superior a la de cualquier empresa, pues acapara de media más del 50% del PIB en los países occidentales, y en algunos, como los escandinavos, supera el 70% del PIB. El Estado es actualmente el principal poder económico y financiero. A esto hay que sumar la inmensa cantidad de instituciones reguladoras del mercado, de las finanzas y de la economía de las que dispone, sin contar una gran diversidad de empresas que se encuentran bajo control estatal directo. Basta señalar que el Estado español tiene cerca de 3 millones de asalariados a su cargo, lo que hace de él el mayor explotador de mano de obra directa frente a empresas del capitalismo privado como El Corte Inglés que dispone de 120.000 asalariados. Sólo el Pentágono controla una mano de obra total de 5 millones de asalariados, lo que constituye la principal fuente de demanda para la producción capitalista en los EEUU. Pero tampoco hay que olvidar que el Estado desarrolla otra forma de explotación mediante la imposición de tributos que toda su población está obligada a pagar bajo amenaza de sanciones de distinto tipo. El control estatal es tan grande que no puede desempeñarse ninguna actividad económica sin la debida autorización. Todo esto viene complementado por una innumerable cantidad de subvenciones a la empresa privada que mantienen a flote el capitalismo privado, sin olvidar la nacionalización de una gran cantidad de bancos y otras entidades financieras ejecutada por diferentes países como EEUU, Alemania o España, especialmente al comienzo de la crisis financiera mundial.

Además de los recursos humanos, financieros, económicos, materiales y logísticos que el Estado controla directamente se encuentran todos aquellos que también controla y dirige indirectamente por medio de su legislación. Esto desmiente la idea, también socialdemócrata y reaccionaria, de que la economía se encuentra fuera de cualquier control y regulación, de tal manera que las empresas y los bancos operan por encima de los Estados sin ninguna restricción. A esto se sumaría la idea tan manida acerca de la globalización como un gran proceso de desregulaciones, privatizaciones y liberalizaciones que ha acabado con el Estado y ha logrado así imponer una economía y unos mercados mundializados que tienen el control de todos los países.[8]

El Estado es un poder en sí mismo que articula y organiza otros poderes como el militar, económico, político, financiero, ideológico, etc., que hacen de esta institución un sistema de dominación impersonal integrado por una gran diversidad de intereses. El Estado no es un simple instrumento, una maquinaria de coerción al servicio de la clase dominante para oprimir a la clase sometida, sino que también es una realidad en sí y por sí con vida propia y con sus propios y particulares intereses que se definen en términos de poder político, cultural, económico, etc. Por el contrario aquellas teorías y corrientes ideológicas que hacen del Estado un simple instrumento son erróneas. Aquí se inscribe el marxismo que desde un principio consideró al gobierno del Estado moderno una mera junta administradora de los negocios de la clase burguesa.[9] Esta es la noción del Estado, y más concretamente del Estado capitalista, que lo reduce a la condición de maquinaria al servicio del Capital, sin una existencia propia y diferenciada. Sin embargo esto es erróneo, y tal como apuntó Rudolf Rocker el Estado no sólo sirve al Capital sino que también se sirve a sí mismo.[10] A esto hay que añadir que el Estado también se sirve del Capital para conseguir sus propios intereses, como así lo demuestra la gran cantidad de impuestos que las corporaciones capitalistas tributan al Estado, razón por la que al ente estatal le interesa que los beneficios de estas entidades sean los mayores posibles para poder costear sus fuerzas armadas y represivas. Asimismo, el Estado se vale del Capital para penetrar económica y comercialmente otros países y desarrollar su política imperialista mediante la que conseguir recursos de los que carece.[11]

El reformismo de cariz izquierdista encarnado por la socialdemocracia y sus variantes reaccionarias asumió parcialmente la idea de que el Estado es un instrumento susceptible de ser puesto al servicio de la sociedad. Este planteamiento justifica la política reformista de participar en las instituciones del poder establecido con el propósito de gestionarlas bajo un designio diferente que implemente mejoras progresivas y parciales en la sociedad. La implantación de regulaciones, controles y de diferentes organismos supervisores estaría destinada a someter al Capital al interés estatal, y por tanto público. Pero incluso esta perspectiva conducente a mantener el orden establecido, y a justificar la política electoralista del parlamentarismo, fue rechazada por la izquierda revolucionaria que abogaba por la destrucción del Estado capitalista, en tanto en cuanto consideraba que el Estado tiene una existencia propia común al de la clase propietaria, lo que hace ineludible su destrucción y la de las relaciones sociales que le dan sustento al estar organizado y dirigido a la consecución de fines igualmente capitalistas, lo que impide que baste con cambiar su personal para orientar en otro sentido su actividad. El propio Gramsci resumió esta postura con las siguientes palabras: “Las instituciones del Estado capitalista están organizadas para los fines de la libre competencia: no basta cambiar el personal para orientar en otro sentido su actividad”.[12]

Estos planteamientos no son muy diferentes de los sostenidos por Marx a partir de las conclusiones extraídas de la experiencia de la Comuna de París, y que hacía ineludible la destrucción del Estado para la construcción de un orden social sin clases, y juntamente con ello el armamento general del pueblo, el establecimiento de una organización no estatal de la sociedad y la expropiación al Capital sin indemnización para poner los medios de producción al servicio de la clase obrera.[13] Estos planteamientos revolucionarios también pueden encontrarse en una parte de la obra de Lenin, quien ya destacó la importancia de la destrucción del Estado para la realización de la revolución y el desarrollo de una forma de organización social sin Estado.[14]

La socialdemocracia, guiada por su reformismo, hace de la economía una realidad con potestad autónoma y desarrolla una visión economicista que reduce la problemática política y social del sistema capitalista a una mera dimensión económica, de conquista de mejoras parciales e inmediatas que en nada alteran el orden capitalista. El Estado, en su forma capitalista, sería desde esta postura ideológica perfectamente válido para esta tarea gestora en tanto que lo único que cuenta es lo económico al ser tomado por la base de todo. Pero esta formulación que muchos consideran marxista ni tan siquiera lo es en tanto que Marx y Engels la rechazaron al advertir que la infraestructura económica sólo es determinante en última instancia. Tal y como apuntaba Perry Anderson “la secular lucha entre clases queda en última instancia resuelta en el nivel político –no en el económico o cultural- de la sociedad”.[15]

El Estado es el que ejerce el mando sobre la sociedad, y con él toda una compleja elite dominante a la que agrupa e integra en unas estructuras de poder comunes. Esta elite la componen no sólo los empresarios y banqueros, que son una parte pero en modo alguno la más decisiva, sino que también están presentes con un peso relativo mucho mayor los mandos militares y policiales, los jefes de los servicios secretos, los altos funcionarios de los ministerios, los directores de las empresas del capitalismo estatal, los catedráticos y demás profesores de universidad, los jueces, los directores de prisiones, pero también los políticos, los directores de las agencias mediáticas, los intelectuales, las casas reales allí donde las hay, así como los dirigentes sindicales, los líderes religiosos, etc. En la práctica el Capital está integrado, ya sea directa o indirectamente, en las estructuras de poder del Estado del que depende en todo lo esencial al estar sometido a su legislación que lo regula y supervisa. El Estado es, en suma, la organización decisiva que estructura al conjunto de la sociedad y la somete a su autoridad e intereses, mientras que el Capital constituye una parte de esta organización encargada de proveer los medios económicos y financieros precisos para el mantenimiento del Estado y el logro de sus objetivos.

Pero lo verdaderamente preocupante es que los medios del radicalismo político hayan asumido de un modo tan acrítico una posición ideológica, y sobre todo unos axiomas, que pertenecen a la burguesía y a la reacción socialdemócrata, lo que hace que estas fuerzas estén presas antes de comenzar la lucha al pertenecer al campo ideológico del otro, y que por ello mismo estén derrotadas ideológicamente. Si se implantan mentalmente los axiomas ideológicos del enemigo contra el que se quiere combatir ya se está derrotado de antemano, y ese axioma es la imagen distorsionada de un sistema autoritario en el que el Capital es el que manda de un modo todopoderoso, y donde empresarios y banqueros dan las directrices que los aparatos del poder estatal acatan sin rechistar.

La conformación de unas verdaderas fuerzas antisistémicas populares únicamente puede llevarse a término si se desecha la visión del mundo del enemigo, pues su asunción conduce irremediablemente no sólo a incoherencias políticas e ideológicas sino sobre todo a la derrota, y por ello a apuntalar los mitos que sostienen un sistema existencialmente opresivo y regresivo. Cuando esto ocurre la acción no es libre sino que es dirigida por esos mitos, esos axiomas que fueron asumidos sin haber sido sometidos a un análisis y a una reflexión previas, lo que aboca al fracaso y finalmente a la frustración de quien comprueba en la práctica que su acción no debilita ni contribuye a la destrucción de una realidad que niega la libertad y la vida, sino que la conserva y refuerza bajo renovadas formas al ser fuente de constantes réditos políticos para las fuerzas sistémicas. Hoy más que nunca es necesario identificar al Estado como el primer y principal enemigo de la sociedad en torno al que deben converger todos los esfuerzos humanos para su entera destrucción.


[1] Hohenberg, Paul y Lynn Hollen Lees, The Making of Urban Europe, 1000-1850, Cambridge, Harvard University Press, 1985

[2] Bosher, John F., French Finances, 1790-1795, Cambridge, Cambridge University Press, 1970, p. 305

[3] La guerra, y especialmente las sucesivas carreras de armamentos y revoluciones militares que encarecían la preparación y realización de las grandes campañas bélicas, facilitó la aparición de la gran burocracia estatal que extendió su control directo sobre una creciente cantidad de ámbitos. Sobre esto vale la pena destacar a dos autores fundamentales para comprender la gran tendencia histórica, social, política y tecnológica que guió este proceso marcado por la guerra como principal empresa del Estado: Roberts, Michael, “The Military Revolution, 1560-1660” en Rogers, Clifford J. (ed.), The Military Revolution Debate. Readings on the Military Transformation of Early Modern Europe, Boulder, Westview Press, 1995, pp. 13-36. Tilly, Charles, Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990, Madrid, Alianza, 1992

[4] Hintze, Otto, “Economía y política en la época del capitalismo moderno” en Hintze, Otto, Historia de las formas políticas, Madrid, Revista de Occidente, 1968, pp. 263-292. Resulta reseñable la polémica mantenida entre Otto Hintze y Werner Sombart en torno a la cuestión de la formación y desarrollo del capitalismo, pues Sombart, a diferencia de Hintze, sostenía la tesis economicista de que el capitalismo es un sistema autogenerado en el proceso histórico de desarrollo social en el que el Estado no interviene. Esto puede comprobarse a lo largo de toda la obra de Sombart en la que se percibe la ausencia del Estado a la hora de analizar el capitalismo. Asimismo, hay que apuntar que Sombart fue durante un tiempo, a finales del s. XIX, una referencia intelectual de prestigio en el campo del marxismo hasta el punto de que Engels llegó a afirmar que era el único profesor alemán que había entendido El Capital de Marx.

[5] Vale la pena hacer referencia a un texto de Huntington en el que pone de relieve la importancia de la institucionalización de las organizaciones, y sobre todo los efectos de este proceso a largo plazo en la medida en que cada institución busca su propio bienestar y supervivencia a largo plazo. Huntington, Samuel P., Political Order in Changing Societies, New Haven, Yale University Press, 1968, pp. 24-25

[6] Mcneill, William, La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad desde el 1000 D.C., Madrid, Siglo XXI, 1988

[7] Clastres, Pierre, La sociedad contra el Estado, Barcelona, Monte Avila Editores, 1978, p. 173

[8] Sobre esta cuestión ya hemos hablado ampliamente con anterioridad. http://emboscado.blog.com/2013/05/31/las-falacias-de-la-globalizacion/

[9] Marx, Karl y Friedrich Engels, El Manifiesto Comunista, Madrid, Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels, 1996, p. 41

[10] Rocker, Rudolf, Anarcosindicalismo (teoría y práctica), Barcelona, Ediciones Picazo, 1978

[11] En el caso español existe la Compañía Española de Financiación del Desarrollo, dependiente del Ministerio de Economía español, que se ocupa de dar apoyo financiero a proyectos privados españoles en países emergentes donde el Estado español tiene algún interés. Esta labor se ve complementada por otros organismos estatales como el Instituto de Comercio Exterior o el propio Instituto de Crédito Oficial. Equipo Análisis del Estado, Diagrama sobre el Estado español, Madrid, Potlatch, 2014, p. 34

[12] Gramsci, Antonio, Escritos políticos (1917-1933), México, Siglo XXI, 1981, p. 95

[13] Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, Madrid, Fundación Federico Engels, 2007

[14] Lenin, Vladimir I., El Estado y la Revolución, Barcelona, DeBarris, 2000

[15] Anderson, Perry, Lineages of the Absolutist State, Londres, NLB, 1974, p. 11

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Miércoles, Enero 28, 2015

LAS MENTIRAS DE LA HISTORIOGRAFÍA LIBERAL

La historiografía oficial ha creado una imagen del liberalismo en la que es presentado como una respuesta política e ideológica que ha limitado el poder del Estado, que ha garantizado los derechos y libertades del individuo frente a la autoridad estatal, y que, en definitiva, sacó a la sociedad de la edad oscura del Antiguo Régimen en la que reinaba un despotismo todopoderoso. Gracias a esta historiografía el liberalismo ha logrado presentarse públicamente como ideología defensora y garante de la libertad, como una fuerza histórica progresiva que sacó a la humanidad del oscurantismo del absolutismo y de la arrogancia de los autócratas. En algunos casos ha llegado a atribuírsele un carácter antiestatista y libertario. Nada más lejos de la realidad.

La imagen pública que se ha creado del liberalismo se debe en gran medida a una tergiversación histórica políticamente interesada del régimen absolutista para justificar la imposición de Estados liberales en la mayor parte del mundo. Esta historiografía forma parte del adoctrinamiento ideológico al que es sometida la población en el sistema educativo. Innumerables libros de texto que son de obligada lectura y estudio en los centros educativos difunden la ideología liberal, al mismo tiempo que ocultan los hechos históricos concretos que niegan la validez de su relato. El encubrimiento de la realidad y su descarada deformación obedece a la necesidad de los regímenes liberales de justificar su orden social y político, de denostar el pasado para presentar la realidad actual como algo mucho mejor y por ello deseable.

La ideología no tiene nada que ver con los hechos concretos y la historiografía que el liberalismo ha creado simplemente es un embellecimiento del régimen liberal vigente. Se trata de una denodada labor autojustificadora y propagandística que no encuentra parangón en la historia. La institucionalización de su propaganda ha permitido presentar al régimen liberal como lo contrario de lo que realmente es. Pero lo peor de todo es que ha hecho mella en importantes sectores del radicalismo político que han asumido las mentiras de esta historiografía, lo que ha tenido como consecuencia graves errores ideológicos que inconscientemente han alineado a estas fuerzas antisistémicas con sus enemigos naturales: el Estado, la burguesía y el capitalismo. Todo esto ha conducido a la incomprensión de lo que fue y significó el régimen absolutista y, sobre todo, de lo que es el régimen liberal como su sucesor y continuador. Esto, a su vez, ha conllevado la malinterpretación del papel que desempeña el Estado y de su relación con el capitalismo, el mercado y la burguesía.

El error de fondo en todo esto no se encuentra en el hecho de que el absolutismo fuera un régimen despótico y brutal, que así lo era, sino en magnificar el grado de opresión que ejercía y al mismo tiempo presentar al régimen liberal como su opuesto cuando en la práctica es su continuación mejorada. Esta percepción distorsionada de los hechos que ha sido impuesta en el imaginario colectivo mediante el lavado de cerebro escolar, ha servido para que quienes asumieron esta tergiversación histórica cayeran inmediatamente en el campo ideológico del liberalismo, y afianzasen su prestigio moral como una ideología y un régimen cualitativamente mejor en relación a su predecesor.

Pero a diferencia de toda la propaganda y demagogia, el liberalismo es una ideología profundamente autoritaria que hace de la propiedad privada en los medios de producción y del Estado las ideas centrales de todo su discurso ideológico. Para comprobar esto basta con examinar con detalle los orígenes históricos del liberalismo que se encuentran en la Inglaterra del s. XVII y poner en relación las diferencias reales entre el régimen absolutista y el liberal.

El absolutismo se ha caracterizado históricamente por ser un régimen en el que el poder se encontraba relativamente fragmentado y descentralizado en la medida en que se ejercía a través de las personas. La soberanía estaba concentrada en el monarca cuyos únicos límites eran los de su propia ley y las tradiciones vigentes. Lo importante a destacar es que el poder era ante todo un objeto susceptible de ser transmitido, particionado y alienado. Debido a que el poder estaba concentrado en manos del rey absoluto se vio obligado a delegarlo en personas de su confianza que lo ejercían en su nombre. En Inglaterra, unido a esto, la corona creó sus propios órganos administrativos que le permitieron desempeñar las funciones de gobierno: legislar, ejecutar decisiones políticas y aplicar la ley. De esta forma los tres poderes estaban concentrados en la persona del rey.

La dinastía de los Tudor se encargó de asegurarse el monopolio de la violencia con la prohibición de los ejércitos privados de la aristocracia,[1] sin embargo Inglaterra no contó durante mucho tiempo con un ejército permanente ni con tropas preparadas, y menos aún dispuso de una flota de guerra en condiciones de competir con otras potencias. Fue Enrique VII quien impulsó los principales cambios políticos que originaron la formación de un gobierno centralizado. Durante su reinado la casa real adquirió un carácter absolutista al alcanzar cierto gado de independencia con su capacidad de intervención en un gran número de ámbitos. Así, el poder ejecutivo alcanzó un considerable tamaño a través del denominado consejo privado del reino que llevaba a cabo labores administrativas, legislativas y judiciales. Junto a este órgano también se encontraba el tribunal de la corona para intervenir en la aplicación de la justicia.[2] En el terreno burocrático la casa real dependía de los poderhabientes locales de los condados que se encargaban de llevar a cabo las órdenes reales, y que pese a que nominalmente eran representantes de la autoridad real contaban con una gran autonomía en la aplicación de las políticas gubernamentales. Esto se percibe claramente en materia fiscal. Aunque ya para aquel entonces la corona contaba con una considerable influencia en la economía para extraer recursos ello no impidió que siempre estuviera escasa de fondos, de manera que la burocracia local, compuesta por personal acaudalado perteneciente a la gentry, únicamente aplicaba aquellas medidas recaudatorias que le beneficiaban.

Las controversias fiscales entre la corona y el parlamento, que representaba los intereses de la aristocracia y de las clases más pudientes, condujo, unido a la presencia de diversos factores políticos en la esfera doméstica e internacional, a una pugna por la supremacía política que desencadenó las guerras civiles del s. XVII. El liberalismo, que se esbozó como ideología política en aquel turbulento período de la historia inglesa, resultó triunfante en la contienda con el absolutismo. El resultado más inmediato fue un crecimiento agigantado del Estado, el aumento de los impuestos y la creación de una poderosa flota de guerra que arrebató el dominio de los mares a los Países Bajos.

El liberalismo fue una producción ideológica hecha a posteriori para justificar el nuevo orden político creado tras la revolución de 1688 que constituye el triunfo definitivo del parlamento frente a la autoridad del rey. Quien se encargó de formular los principios básicos del liberalismo, y por tanto del nuevo régimen parlamentario, fue John Locke.[3]

El régimen liberal, por medio de su constitucionalismo, supuso una mejora cualitativa de las estructuras de poder hasta entonces vigentes. El Bill of Rights aprobado en 1689, que hace de constitución para el Reino Unido, concentró y centralizó el poder político al institucionalizar las relaciones de poder mediante las leyes. La promulgación de la constitución significó la implantación del imperio de la ley que institucionalizó definitivamente al Estado inglés al despersonalizar el poder y convertirlo en una función. El poder político dejó de ser una prerrogativa del monarca para serlo de las instituciones estatales en tanto que depositarias de la soberanía. Por este motivo la promulgación de una constitución representa uno de los mayores actos de autoritarismo posibles debido a que constituye la ley suprema que organiza a toda la sociedad, y que establece el marco sociopolítico de las relaciones de poder al determinar a quién le corresponde la capacidad de mandar y a quién la de obedecer.

La institucionalización que impuso el constitucionalismo implicó igualmente la división funcional del poder con la formación de diferentes organismos cuya finalidad y funcionamiento quedó estipulado por ley. El Estado desarrolló de este modo unos nuevos instrumentos de dominación con los que centralizó y agrandó su poder, lo que permitió el aumento de sus capacidades internas para movilizar una cantidad creciente de recursos. Así pues, la denominada división de poderes repercutió en un crecimiento general del aparato estatal fruto de esta especialización que dejó de circunscribirse al monarca y a sus colaboradores más directos. A esto se sumó la profesionalización de sus agentes, es decir, de los políticos y funcionarios reclutados para desempeñar funciones específicas según lo determinado por la ley.

La mejora cualitativa en el terreno organizativo impulsada por el liberalismo descansa en el establecimiento de una neta distinción de las funciones de cada institución, pero sobre todo en la distinción entre la persona y la función política que pueda desarrollar. Esto no hizo sino garantizar la continuidad del ejercicio de estas funciones más allá de las contingencias personales de los individuos que momentáneamente pudieran desarrollarlas, y asegurar de igual forma la continuidad del conjunto del sistema. El poder dejó de ser el atributo de una persona y de sus delegados para convertirse en una función determinada por la ley y cuyo ejercicio le correspondía a unas instituciones. Esta despersonalización del poder fue crucial ya que implicó la reglamentación de los procesos y la limitación de la arbitrariedad, lo que repercutió en la disminución de los riesgos de la imprevisibilidad y de la incertidumbre. Los patrones de comportamiento en las instancias del poder político quedaron desde entonces también regulados por la ley.

Por medio de la constitución el liberalismo estableció una relación en términos de identidad entre las grandes clases sociales y el Estado. Esto fue posible en la medida en que la finalidad del Estado pasó a ser la protección del derecho a la propiedad privada que reconocía la constitución, así como la libertad para comerciar, de modo que quedaba garantizado el enriquecimiento individual ilimitado. El propio Locke concebía Inglaterra como una nación de propietarios libres que se dedicaban a acumular y a disfrutar libremente de su riqueza. La existencia del Estado estaba justificada por una razón de utilidad. El Estado era, entonces, la empresa común de estas clases sociales propietarias, lo que al mismo tiempo convertía sus intereses en los del Estado. La fórmula contractualista de Locke era una manera de explicar en el terreno de la teoría política esta coalición, a la vez que era el reflejo de la alianza de las clases oligárquicas para integrar una nueva sociedad política acorde con sus intereses.[4]

El parlamento pasó a ser la institución que incorporaba a las clases propietarias a las tareas de gobierno de las que estuvieron excluidas durante el absolutismo. La constitución en sí misma era la expresión de la relación de fuerzas resultante del triunfo militar de las fuerzas oligárquicas agrupadas en el parlamento frente a las realistas. De esta forma la nueva sociedad política la conformaron los propietarios y sus intereses fueron integrados en la política de Estado. Así es como las clases oligárquicas y el Estado se compenetraron mutuamente en una empresa común, al mismo tiempo que el parlamentarismo constituía la representación política de esas clases, y por ello mismo el mecanismo político para la creación de grandes consensos que integrasen los intereses de todas las partes.

Para el liberalismo el pueblo lo componían únicamente los propietarios quienes tenían derecho a participar en la política y a disfrutar de las libertades y de los derechos reconocidos constitucionalmente. El resto de la sociedad estaba completamente excluida, como así lo prueba la pervivencia del sufragio censitario hasta después de la Primera Guerra Mundial. Los únicos derechos protegidos eran los de la clase dominante, así como las libertades reconocidas que solamente eran aquellas que permitían a los propietarios oprimir al pueblo de una forma mucho más eficaz y brutal que la ejercida durante el absolutismo. Se trataba de un orden social y político hecho por y para la plutocracia mercantil gobernante.

Lejos de limitar el poder del Estado el liberalismo se ocupó de extenderlo como nunca antes pudo hacerlo el absolutismo al derribar todas las limitaciones que lo habían constreñido. Los cambios institucionales repercutieron en una mejora organizativa del entramado burocrático estatal que vio aumentado su tamaño y capacidad de intervención. El proceso de revolución liberal implicó una mayor centralización de los poderes que quedaron integrados y organizados institucionalmente en el seno del Estado, lo que desmiente completamente una supuesta división de estos para su mutua limitación.

El parlamento integró a las elites económicas de la sociedad en las tareas de gobierno de las que tradicionalmente habían sido excluidas por la monarquía absoluta. Sin embargo, continuó siendo una cámara elitista y altamente exclusiva que monopolizó desde entonces la capacidad de tomar decisiones vinculantes para la población, y por tanto concentró en sus manos la soberanía del país.

El liberalismo creó un Estado mucho más grande y robusto que el que hubo durante el absolutismo de los Estuardo. El aumento de los recursos extraídos por el Estado de la economía es una clara muestra de ello en la medida en que sirvió para el rearme y la creación de una poderosa flota de guerra, la Royal Navy, con la que Inglaterra venció a los Países Bajos en la primera guerra anglo-holandesa y con la que impuso las Actas de Navegación que le dieron la supremacía militar y comercial de los siguientes dos siglos.

Destacó el establecimiento de la introducción de impuestos indirectos sobre el comercio y la producción, pues Inglaterra, a diferencia del resto de Europa, carecía de antecedentes de este tipo de cargas fiscales que, además, eran muy rechazadas por la población. A productos que fueron gravados durante el interregno, como la cerveza, la sal, la carne, la sidra, el jabón y los sombreros entre otras cosas, se añadieron otros como el carbón, el papel, la malta, el vidrio, e incluso las ventanas, las chimeneas, o la imposición de tasas sobre el nacimiento, la muerte y el matrimonio.[5] Muchos impuestos extraordinarios creados para emergencias fueron convertidos en impuestos regulares. Finalmente estos impuestos pasaron a ser un pilar fundamental del sistema fiscal, algo que contrasta con la situación que existía a principios del s. XVII cuando Inglaterra era el país con menos impuestos de toda Europa.[6]

El régimen liberal creó nuevas instituciones que aumentaron el poder del Estado en todas las esferas, pero sobre todo en la económica para disponer de los medios económicos, materiales y financieros con los que preparar y hacer la guerra. Se crearon nuevas oficinas tasadoras para la recaudación de impuestos. Las agencias administrativas de aduanas e impuestos especiales emplearon a más de 10.000 personas ya entrado el s. XVIII, lo que suponía aproximadamente tres cuartas partes de los funcionarios de la corona. Se creó el Banco de Inglaterra para concentrar el crédito del conjunto del país para afrontar los esfuerzos financieros que requerían las guerras en curso. Se tomaron decisiones políticas como la Corn Bounty Act que premiaba la exportación de cereales, y que estaba destinada a estimular la producción agrícola para convertir Inglaterra en una gran potencia exportadora. Esto convergió con otra medida igualmente importante como fue la parcelación y definitiva privatización de las tierras de uso comunal que sentó las bases del capitalismo agrícola. Unido a esta medida se incrementó la base tributaria del Estado gracias al establecimiento de un impuesto sobre la tierra que gravaba 4 chelines de cada libra que era ingresada, lo que significaba el 48% de la riqueza.[7]

El Estado creció igualmente en su vertiente represiva que fue afianzada con el propósito de hacer valer la nueva legislación liberal y afirmar los derechos de las clases propietarias a ejercer su explotación sobre el resto del pueblo. Esto explica que entre 1688 y finales de ese mismo siglo aumentase el número de delitos penados con la muerte de 50 a cerca de 250, de los que su mayoría eran delitos contra la propiedad. Para 1740 el robo por valor de un chelín conllevaba la pena capital.[8] La nueva legislación se ocupó de llevar a cabo una función disciplinadora de la sociedad para inculcarle los valores liberales: el respeto a la propiedad privada, a la autoridad y a las leyes del nuevo Estado.

Todos estos cambios llevados a cabo por el liberalismo obedecían a las necesidades que imponían las condiciones internacionales en la lucha por la conquista de la supremacía mundial. Fue de esta manera como Inglaterra se dotó de una potente armada que ya en 1697 contaba con más de 320 barcos de guerra, lo que contrasta con la precaria situación de principios del s. XVII en la que debía recurrir a barcos privados para afrontar los desafíos marítimos de las restantes potencias europeas.[9]

El liberalismo, lejos de lo que la historiografía burguesa muestra, ha sido la continuación histórica del absolutismo en el proceso de modernización de la sociedad, y consecuentemente en la concentración y centralización de los medios de dominación política en manos del Estado. La ideología liberal simplemente demostró ser una vía modernizadora mucho más rápida y eficaz que la que representó el absolutismo. Mientras las monarquías absolutistas fueron, a partir de la revolución francesa, derrocadas, en su lugar se erigieron poderosos Estados liberales provistos de mayores poderes sobre la sociedad de los que jamás pudieron soñar los reyes absolutistas.[10] Las constituciones se ocuparon de mejorar organizativamente el Estado y de reconocer derechos y libertades a los miembros de la clase dominante para someter mejor al pueblo.

A la luz de todo lo expuesto el liberalismo sólo puede ser definido como una ideología liberticida y sumamente autoritaria además de represiva que en modo alguno respeta los derechos y libertades del individuo, sino que por el contrario se dedica a conculcarlos al favorecer el crecimiento omnímodo del Estado y a promover el militarismo.


[1] Stone, Lawrence, The Crisis of the Aristocracy, 1558-1641, Oxford, Clarendon Press, 1965. Ídem., “State Control in Sixteenth-Century England” en Economic History Review Vol. 17, Nº 2, 1947, pp. 103-120

[2] Se trata de la denominada Cámara estrellada (Star Chamer) que fue creada a finales del s. XV y cuya sede se encontraba en el palacio real de Westminster.

[3] Locke, John, Ensayo sobre el gobierno civil, Barcelona, RBA, 2002

[4] Sabine, George H., Historia de la teoría política, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 408

[5] Mitchell, Brian R. y Phyllis Deane, Abstract of British Historical Statistics, Cambridge, University Press, 1962, pp. 386 y siguientes. Dickson, Peter G. M. y John Sperling, “War and Finance 1689-1714” en Bromley, John S., The New Cambridge Modern History. The Rise of Great Britain and Russia 1688-1715/25, Cambridge, Cambridge University Press, 1970, Vol. 6, pp. 284-315

[6] Gregg, Pauline, King Charles I, Londres, Dent, 1981, p. 220

[7] Ward, William R., The English Land Tax in the Eighteenth Century, Londres, Oxford University Press, 1953, p. 57

[8] Hill, John E. C., Reformation to Industrial Revolution: A Social and Economic History of Britain, 1530-1780, Londres, Weidenfeld & Nicholson, 1967, pp. 182, 212

[9] Ehrman, John, The navy in the War of William III, 1689-1697, Cambridge, Cambridge University Press, 1953, pp. 4 y 620

[10] La revolución francesa, en 1789, fue en gran medida una repetición de la revolución gloriosa que tuvo lugar en Inglaterra un siglo antes. Pero al igual que en Francia e Inglaterra en España trató de emularse los cambios y transformaciones políticas liberales, proceso que fue llevado a cabo por la fuerza bajo la dirección de altos mandos militares, estos eran generales como Espartero, Narváez, Prim, etc., lo que demuestra el fondo militar, y militarista, del propio proceso.

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Domingo, Diciembre 28, 2014

PODER Y GÉNERO

En la actualidad la cuestión de género ha sido polemizada con una clara intencionalidad política que tiene su origen en las instituciones del Estado y del gran capitalismo. Lo definitorio del debate que se ha generado en torno a esta cuestión es, en líneas generales, haberle atribuido al hombre el patrimonio exclusivo del poder, del autoritarismo en todas sus formas y de la violencia organizada, especialmente contra las mujeres. La historia de la humanidad demuestra algo muy distinto: el poder es patrimonio tanto de hombres como de mujeres, al igual que la violencia que se utiliza para ejercerlo.

Este discurso ha servido tanto para victimizar a la mujer como para atribuirle una superioridad moral en relación al hombre. En torno a esto se ha afirmado en no pocas ocasiones que un mundo gobernado por mujeres sería mucho mejor, pacífico, justo y feliz. Pero la historia es bastante terca y apunta en una dirección muy distinta. A diferencia de lo que muchas veces se ha creído la guerra, como acto de máxima violencia concebible, no ha sido hecha y organizada exclusivamente por hombres sino que por el contrario, en no pocas ocasiones, han sido también las mujeres las que la han hecho.

Cleopatra, reina de Egipto, es un ejemplo de mujer que no dudó en aliarse con Marco Antonio para hacerle la guerra a la Roma de Octavio Augusto, conflicto sangriento en el que Alejandría fue pasto de las llamas. Pero mucho más ejemplar es el caso de María I de Inglaterra, o más conocida como Bloody Mary, perteneciente a la dinastía Tudor y que reinó durante la segunda mitad del s. XVI. Ganó el apodo de sanguinaria con creces al perseguir a aquellos súbditos que no profesaban su misma fe católica, a los que condenaba a la hoguera sin ninguna contemplación. La misma práctica aplicó a sus opositores políticos como ocurrió con Lady Jane que rivalizó con ella por el trono. Se caracterizó por ser una reina particularmente represiva. A esto se suma su política imperialista con la colonización de Irlanda además de aliarse con la España de Felipe II, su marido.

Isabel I de Inglaterra, hermana y sucesora de María I, tampoco dudó en aplicar la más severa violencia contra opositores como María I de Escocia[1] a la que encarceló y posteriormente ejecutó. También organizó guerras como aquella que devolvió a Inglaterra su presencia en el norte de Francia, a lo que le siguieron diferentes expediciones militares contra los Países Bajos, la represión en Irlanda, su apoyo a las actividades piratas de Francis Drake frente a los puertos españoles, y la famosa derrota asestada a la Armada Invencible de Felipe II. Todos estos conflictos segaron la vida de miles de personas y fueron fruto de las decisiones tomadas por una mujer que ocupaba el cargo de jefa del Estado inglés en aquel momento.

Ana I de Gran Bretaña involucró al país en una nefasta guerra como fue la de la sucesión española que se cobró muchas vidas en la Península Ibérica. Pero al otro lado del canal de la Mancha, en Francia, la ley sálica no impidió la existencia de mujeres influyentes y sanguinarias como María de Médici, madre del rey Luis XIII, que ejerció la regencia hasta que su hijo tuvo que echarla por acaparar el poder. Amante de las intrigas palaciegas no dudó en levantar ejércitos para contender contra su propio hijo y regresar a la corte en París.

Pero sin ir demasiado lejos tenemos en España el ejemplo de Isabel II, famosa no sólo por su corrupción sino también por su despotismo y el carácter represivo de su reinado en un período verdaderamente convulso en la historia de la Península. A esto hay que sumarle la política imperialista llevada en el continente africano con diversas anexiones y guerras. Pero otro tanto cabe decir de la regente María Cristina de Habsburgo, madre de Alfonso XIII, que ejerció la regencia durante un período de especial conflictividad social en el que la represión se cebó con el pueblo llano, o igualmente las guerras de Cuba y Filipinas.

Otros ejemplos más recientes son los de Margaret Thatcher quien ejerció la presidencia del gobierno británico y que declaró una guerra a Argentina por el contencioso de las Malvinas, sin olvidar la enorme represión que ejerció contra el movimiento obrero en su país. María Estela Martínez de Perón, también conocida como Isabel Perón, ocupó la jefatura del Estado argentino después de la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón, tras lo que comenzó a desarrollar una política de terrorismo de Estado contra la oposición al régimen que, más tarde, sería agravada por la dictadura militar.[2] O la presidenta, y también ministra de defensa, de Chile Michelle Bachelet quien ha desarrollado una fortísima represión, incluso utilizando al ejército, contra el pueblo mapuche para arrebatarle sus tierras y destruirlo como grupo diferenciado. Pero tampoco hay que olvidar a Hillary Clinton, esposa del ex-presidente Bill Clinton y antigua secretaria del departamento de Estado desde el que ha organizado la política exterior imperialista de los EEUU así como sus campañas de agresión militar. Antes de Hillary Clinton fue Condoleezza Rice, una halcón de la administración Bush, que además de ser una gran militarista es responsable de innumerables muertes, torturas y crímenes horrendos provocados por las guerras imperialistas desatadas en Oriente Próximo. Madeleine Albright no se queda atrás, pues siendo secretaria de Estado desató los ataques aéreos de la  OTAN contra Yugoslavia a finales de los 90. Y Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, cuyo gobierno reprime en la actualidad a los movimientos indígenas y a la contestación social en su país.

Son incontables los ejemplos de mujeres que han detentado el poder político a la cabeza de los Estados y desde los que han desencadenado la violencia organizada contra su propia población o la de otros países, una violencia que se ha proyectado tanto sobre hombres como sobre mujeres. Asimismo, no son pocos los casos de mujeres que se disfrazaban de hombre para ir a la guerra y donde mataban tanto a hombres como a mujeres. Este podría ser el ejemplo de Catalina de Erauso (1592-1642), más conocida como la monja alférez, notable por sus andanzas en las colonias españolas en América combatiendo a los indígenas y extendiendo el imperialismo.[3]

Otros casos, aunque menos renombrados, son, por ejemplo, el de Christine de Meyrac conocida como la heroína mosquetera que participó en la guerra con los Países Bajos disfrazada de hombre. Pero igualmente nos encontramos con el caso de Geneviève Prémoy que al parecer fue contemporánea de Christine de Meyrac y que al igual que ella combatió disfrazada de hombre en el ejército francés. En los Países Bajos ocurrió otro tanto con Maria van Antwerpen que además de disfrazarse de hombre para participar en la guerra desató un escándalo al descubrirse que se había casado con dos mujeres. Pero incluso al otro lado del Atlántico, en América, durante la guerra de independencia de los EEUU, fue famoso el caso de Deborah Sampson quien sirvió en el ejército continental como Robert Shurtleff.[4] Otra americana, pero que se disfrazó de marinero en la guerra de 1812, fue Louisa Baker cuya biografía ganó cierta popularidad hasta el punto de ser reimpresa 19 veces.[5] Incluso Nadezhda Durova se disfrazó de soldado para combatir a los ejércitos napoleónicos y publicó su autobiografía en 1836.[6]

Asimismo, las biografías de las mujeres soldado han servido para espolear la mentalidad y los valores militaristas en la sociedad contemporánea. En Gran Bretaña recibió especial atención la historia de Christian Davies, conocida como madre Ross, que combatió en el ejército británico entre finales del s. XVII y principios del XVIII, y cuya biografía apareció en 1740 contando con sucesivas ediciones. Al parecer llegó a recibir una pensión debido a las heridas de guerra que sufrió en Flandes. Pero fue Hannah Snell quien ganó una mayor notoriedad, quien en 1750 regresó a su país después de sus aventuras en el mar y en la India donde luchó como marino. Sus aventuras aparecieron en The Witehall Evening Post, y más tarde el publicista Robert Walker publicó su vida en una serie de fascículos. Igualmente aparecieron relatos de su vida en las páginas del Gentleman’s Magazine y del Scots Magazine.[7]

Las historias de Snell y Davies fueron utilizadas con finalidades políticas para conseguir el apoyo de la impopular guerra de 1739-1748. En aquella época la función que estos personajes desempeñaban en el sistema de dominación no era otra que la difusión del militarismo, y por lo tanto eran empleadas para inducir a los hombres a prestar el servicio militar al ser presentadas como mujeres pertenecientes a familias plebeyas que se alistaron para defender la nación.[8]

En cualquier caso las mujeres soldado de hace siglos se identificaban a sí mismas como mujeres y por ello vestían y vivían como mujeres antes de ingresar en los ejércitos, sólo para esto último se disfrazaron de hombres. En este sentido constituye una completa distorsión histórica considerar a la mujer soldado de comienzos de la edad moderna como el equivalente de la marimacho lesbiana del s. XX,[9] cuando en muchos casos se trataba de mujeres heterosexuales como Snell y Davies, y tampoco eran necesariamente expresiones de una masculinidad femenina y menos aún de algún tipo de transexualidad.[10]

No sólo las mujeres del pueblo llano ejercían el papel de soldado, sino que también nos encontramos con ejemplos similares entre las mujeres de la aristocracia. Durante la guerra de los treinta años la condesa de Saint-Baslement defendió sus tierras mientras su marido estuvo luchando con Carlos IV de Lorena, para lo cual se vistió de hombre, reunió a sus inquilinos y los condujo en combate.[11] Pero lo mismo cabe decir de Catherine Meudrac de La Guette quien durante la rebelión de la Fronde defendió sus tierras en ausencia de su marido. De igual modo entre los rebeldes de la Fronde que desafiaron la autoridad de la monarquía se encontraban algunas mujeres de la nobleza como la duquesa de Montpensier, Anne-Marie-Louise d’Orleans, quien tomó parte en esta rebelión como cabeza de las fuerzas rebeldes. En las guerras civiles inglesas nos encontramos con casos similares en las que mujeres terratenientes defendían sus dominios como Lady Blance Arundell mientras su marido estaba luchando por el rey, o Mary Bankes y Charlotte Stanley, esta última condesa de Derby, que ganaron especial renombre por la defensa de sus haciendas.[12]

Pero también hubo muchas mujeres que conservaron su identidad femenina y participaron en la guerra, especialmente en la guerra de asedio. En los ejércitos atacantes que asediaban las ciudades las mujeres echaban una mano en el trabajo previo de asedio, sobre todo a la hora de preparar el cerco sobre la ciudad. Pero las ciudades asediadas eran igualmente defendidas por las mujeres que luchaban en las murallas y construían o reparaban las defensas. Esto fue especialmente claro durante las guerras de religión en Europa en las que predominaron los asedios, hasta tal punto de que socialmente se consideraba que una mujer de verdad debía proteger la familia, el hogar y la religión.[13] Incluso en algunas ocasiones eran las mujeres las que comandaban la defensa de las ciudades amenazadas como ocurrió en 1590 con Françoise de Cézelly en Leucate contra el asedio español, y que más tarde le valió el reconocimiento de Enrique IV de Francia quien la recompensó con el puesto de gobernadora. Otro ejemplo parecido es el de Kenau Simons Hasselaar que se convirtió en una heroína nacional en los Países Bajos por su contribución a la defensa de Harleem contra un ataque del ejército español entre 1572 y 1573. No sólo luchó con las armas en las manos sino que llegó a organizar un batallón de 300 mujeres que lucharon llevando ropas de mujer.[14] Pero sin necesidad de ir tan lejos en la Península nos encontramos con Agustina de Aragón que participó activamente en la defensa de Zaragoza frente a los franceses, o María Pita e Inés de Ben durante la defensa de Coruña frente a las tropas inglesas en 1589.

Las guerras desarrollaron una economía del pillaje debido a los problemas que existían con el pago de los salarios a las tropas. Durante mucho tiempo las mujeres acompañaron a sus maridos a la guerra, acamparon con ellos y cuando entraban en las ciudades igualmente participaban en su saqueo. Esta práctica era algo que se extendía durante las campañas militares y que servía no sólo para satisfacer las necesidades inmediatas, sino que muchas veces permitía el enriquecimiento. Pero estos saqueos entrañaban un elevado grado de violencia en todas sus manifestaciones, no sólo asesinatos y asaltos, sino también torturas y violaciones en las que las mujeres tomaron parte contra otros hombres y mujeres.[15]

A tenor de lo expuesto no puede extrañarnos que durante el s. XVII europeo las amazonas lograran captar la imaginación de notables mujeres de poder, lo que se reflejaba en sus propios hogares que eran decorados con pinturas de amazonas y de otras heroínas antiguas. Por ejemplo Marie de Cossé Brissac, mariscala de La Meillaraye, decoró su estudio con retratos de heroínas amazonas, al igual que Ana I de Austria, reina regente de Francia, que tuvo la intención de crear una galería de este tipo para sí misma.

Es difícil cuantificar el número exacto de mujeres que se alistaron en los ejércitos disfrazadas de hombres, pero fácilmente podría tratarse de unos cuantos cientos entre 1500 y 1815. Algunas de estas mujeres fueron descubiertas en diferentes circunstancias como por ejemplo Marie Magdelaine Mouron cuando desertaba, y otras directamente revelaron su auténtica identidad. Sin embargo, hubo muchas otras mujeres que participaron en la guerra en las mismas condiciones pero que nadie se percató de cuál era su verdadera identidad. Las razones que les llevaban a alistarse eran siempre muy diversas, desde la búsqueda de un marido o amor perdido, hasta las condiciones de vida en una mala familia, la miseria o motivos de índole sexual. Pero en cualquier caso todo ello demuestra que su participación no hace de la guerra, la violencia o del poder mismo un patrimonio exclusivo de los hombres.

Hoy los ejércitos, sobre todo en Occidente, llenan sus filas con mujeres. En las fuerzas armadas de los EEUU hay 64 mujeres con el rango de general de las que 2 de ellas son general de 4 estrellas, el rango máximo en el escalafón militar.[16] En el Estado español la incorporación de las mujeres ha sido significativa y ello ha hecho que actualmente un 18% de los efectivos del ejército sean féminas, lo que muy pronto hará que también haya mujeres con el rango de general.[17] Pero lo mismo es aplicable a los cuerpos represivos como las diferentes policías en las que existen una gran cantidad de mujeres, y donde algunas de ellas ejercen el mando en calidad de comisarias.

Las mujeres también están presentes en un número importante en otros cargos de dirección de instituciones del poder estatal como la judicatura, el sistema penitenciario, el alto funcionariado de los ministerios, etc., y por tanto desde donde ejercen su violencia también contra otras mujeres. Estos son los casos de la recién nombrada fiscal general del Estado Consuelo Madrigal, la ex-ministra de defensa Carme Chacón, la magistrada del Tribunal Supremo Rosa María Virolés, la presidenta de la CNMV Elvira Rodríguez, Elena Sánchez Blanco antigua secretaria general del CNI y actualmente jefa de delegación de esta institución en la embajada española en Washington, Clara Martínez de Careaga como magistrada de la sala de lo militar del Tribunal Supremo, Esperanza Aguirre como alta funcionaria del ministerio de industria, Soraya Sáenz de Santamaría que es ministra de la presidencia y jefa política de los servicios secretos, y tantas otras que ocupan puestos de mando en las estructuras de poder establecidas.

Existe una política de Estado destinada a incorporar a la mujer a los cuerpos armados y represivos y, en definitiva, a los cargos de dirección del poder político desde el cual se ejerce la dominación y la violencia contra el pueblo llano, contra hombres y mujeres. Pero esta política también se extiende al mundo de la empresa privada donde está incentivándose una mayor presencia femenina en los cargos de dirección. En este sentido la sustitución de Emilio Botín por su hija Ana Patricia Botín ha desatado una retahíla de comentarios en espacios mediáticos que señalan a la jefa del capitalismo financiero español como un referente para todas las mujeres.

En la actualidad se estima que en torno a un 13,5% de los cargos de dirección en las grandes empresas están ocupados por mujeres. En cualquier caso nos encontramos con que muchas detentan puestos clave en el entramado del gran capitalismo: Esther Alocer Koplowitz es presidenta de FCC, Rosa María García lo es de Siemens, Patricia Abril preside McDonalds, Amparo Moraleda es consejera de CaixaBank, Esther Berrozpe preside Whirlpool, Ymelda Navajo dirige la editorial La Esfera de los Libros, Ana María Llopis es jefa de Dia, Marta Martínez Alonso preside IBM, Alicia Moreno Espert es empresaria teatral, Belén Romana es presidenta del Sareb, Nuria Vilanova preside Inforpress, Cristina Garmendia es parte de la dirección de la empresa de capital de riesgo YSIOS, Mónica de Oriol preside el Círculo de Empresarios. Son, entre otras, la muestra de una extensa lista de mujeres con poder que explotan y oprimen a otras personas, tanto hombres como mujeres.

Lo anterior no hace sino demostrar que el poder no es patrimonio exclusivo de los hombres, como tampoco la violencia ni las relaciones de explotación y dominación. El metarrelato que presenta la historia humana como una guerra de sexos marcada por la opresión del hombre sobre la mujer, y que hace de la masculinidad el origen de la explotación y dominación de la que la mujer es la principal víctima, demuestra ser enteramente falsa. Más bien nos encontramos con que el Estado y el capitalismo son los que oprimen a hombres y mujeres. Por tanto, la lucha es de clases y no de géneros. Es una lucha entre la clase sometida, compuesta por hombres y mujeres, contra la clase dominante que también la componen hombres y mujeres que se valen de su posición de poder para sojuzgar y explotar a sus sometidos, contra quienes aplican la más severa violencia en todas sus formas.

La política actual del Estado español está destinada a incorporar a la mujer a los puestos de mando en la empresa y en el Estado para, así, conseguir la identificación de la mujer con las instituciones que la dominan y oprimen. De esta forma las mujeres con poder son convertidas en un referente y sobre todo en una meta existencial a la que deben aspirar las demás mujeres. A todo esto contribuye en gran parte la construcción en el imaginario colectivo de la idea de que así la mujer se ve realizada, y por tanto liberada de la opresión a la que históricamente le ha sometido el hombre. El Estado y el capitalismo se convierten en los grandes redentores y emancipadores de la mujer, pues la presencia de mujeres en puestos de mando es presentada como el logro de la igualdad entre hombres y mujeres, pero sobre todo como el fin de la opresión masculina.

En la práctica la pretendida guerra de sexos ha sido inducida desde arriba con leyes que promueven la “discriminación positiva”, y que sobre todo favorecen el enfrentamiento entre hombres y mujeres. Esto contribuye a crear una situación de odio mutuo, de permanente rivalidad en la que se implantan toda clase de tópicos, estereotipos y prejuicios que impiden el entendimiento, la convivencia, el afecto mutuo y la vida social horizontal al margen del Estado y del capitalismo. El individualismo, el egoísmo y la soledad existencial son afianzados por una política que busca la construcción de una sociedad atomizada y enfrentada, para mantenerla en una posición de extrema debilidad que impida oponer resistencia a las imposiciones del poder.

La importancia que ha cobrado la cuestión de género tiene una intencionalidad política y, por tanto, es una estrategia del poder para un mejor y mayor sometimiento de sus súbditos al presentar al hombre, y por ende todo lo masculino, como la principal causa de las injusticias y violencias cometidas contra la mujer. Constituye una forma sofisticada de enmascarar los hechos, y por ello de ocultar que son las instituciones del Estado y del capital las que oprimen a las mujeres.

La emancipación de la mujer se logrará cuando el conjunto de la sociedad se libere de la existencia del Estado y del capitalismo, y con ellos de la clase dominante que oprime a los hombres y a las mujeres que forman parte de la clase sometida. Hasta entonces la guerra de sexos únicamente contribuirá a destrozar la sociabilidad humana y a favorecer la expansión ilimitada del Estado y del capitalismo.


[1] María I de Escocia también fue una mujer que no dudó en utilizar la violencia al confabularse para asesinar a su propio marido.

[2] La Triple A y la Operación Cóndor, tan tristemente célebres, fueron auspiciadas por esta mujer.

[3] Ferrer, Joaquim María de, Historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, Barcelona, José Tauló, 1838

[4] Su historia está relatada en Young, Alfred, Masquerade: The Life and Times of Deborah Sampson, Continental Soldier, Nueva York, Vintage Books, 2005

[5] Brewer, Lucy, The Adventures of Louisa Baker, Nueva York, Luther Wales, 1815. Cohen, Daniel A. (ed.), The Female Marine and Related Works: Narratives of Cross-Dressing and Urban Vice in America’s Early Republic, Massachusetts, University of Massachusetts Press, 1997. Cordingly, David, Heroines & Harlots: Women at Sea in the Great Age of Sail, Basingstoke, Macmillan, 2001

[6] Durova, Nadezhda, The Cavalry Maiden: Journals of a Russian Officer in the Napoleonic Wars, Bloomington, Indiana University Press, 1989

[7] Bowen, Scarlet, “The Real Soul of a Man in her Breast: Popular Oppression and British Nationalism in Memoirs of Female Soldiers, 1740-1750” en Eighteenth-Century Life Vol. 28, Nº3, pp. 20-45

[8] Lo cierto es que Snell se alistó para vengarse de su marido que la abandonó tras haberla dejado embarazada. Davies también se alistó para reencontrarse con su marido que la había abandonado previamente. En este último caso Davies le encontró y se reconciliaron como amigos.

[9] “El predecesor de la moderna marimacho no puede rastrearse hasta aquellas mujeres que se hicieron pasar por “mujeres soldado””. Vicinus, Martha, ““They Wonder to Which Sex I Belong”: The Historical Roots of Modern Lesbian Identity” en Abelove, Henry, Michèle Aina Barale y David M. Halperin (eds.), The Lesbian and Gay Studies Reader, Nueva York, Psychology Press, 1993, p. 436

[10] En lo que a esto respecta resulta desacertado el análisis de Scarlet Bowen al tratar de aplicar los argumentos de Judith Halberstam sobre la masculinidad femenina, quien en realidad se concentra en la lesbiana marimacho del s. XX, una figura que en ningún caso oculta su identidad sino que por el contrario la reafirma públicamente. Halberstam, Judith, Female Masculinity, Durham, Duke University Press, 1998

[11] Su historia está recogida en Vernon Jean-Marie de, L’Amazone chrétienne, ou les Aventures de Madame Saint-Balmon (Lorraine), París, E. de Soye, 1873

[12] Plowden, Alison, Women All on Fire: The Women of the English Civil War, Nueva York, The History Press, 2011

[13] Sandberg, Brian, “Generous Amazons Came to the Breach’: Besieged Women, Agency and Subjectivity during the French Wars of Religion” en Gender & History Vol. 16, Nº 3, pp. 654-688

[14] Jones, David E., Women Warriors: A History, Washington, Brassey’s, 1997

[15] Lynn II, John A., Women, Armies, and Warfare in Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 2008, pp. 150-159

[16] Los datos han sido extraídos de las estadísticas del Departamento de Defensa de los EEUU correspondiente al personal militar activo según rango en el mes de agosto de 2014. https://www.dmdc.osd.mil/appj/dwp/rest/download?fileName=rg1408_female.pdf&groupName=milRankGrade Consultado el 28 de septiembre de 2014

[17] Esteban Diezma, Prado, “La feminización del Estado: La mujer en el ejército (I)” en CNT Nº 362, diciembre 2009, p. 25

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Miércoles, Noviembre 19, 2014

PERDIDA

Nota previa: no se recomienda la lectura de este artículo si no se ha visto la película sobre la que trata debido a que explica aspectos fundamentales de su historia.

La filmografía de David Fincher, aún sin ser demasiado prolija, merece una consideración especial que en justicia exigiría mayor detalle y extensión que el breve fragmento que constituye este artículo. Sin embargo, se hace necesaria una aproximación que, por muy general que resulte, haga un análisis de su última película poniéndola en relación con el conjunto de su obra cinematográfica.

El cine de Fincher es, sin lugar a dudas, un cine de autor al constituir un universo propio con una misma temática que dota de un trasfondo común a casi todas sus historias. En sus películas hay presentes diversos elementos que son combinados de tal forma que adoptan un carácter especial que los hace prácticamente inseparables, y que constituyen lo esencial y lo particular de su temática.

El cine es una forma de transmitir al público una determinada visión del mundo acerca de un tema particular. En el caso de Fincher nos encontramos con que el tema central de la mayor parte de su filmografía es el lado perverso de las personas, que generalmente se encuentra oculto al estar vinculado a la parte más irracional y primaria del ser humano, y pertenecer así al mundo del subconsciente en el que se concentra esa vertiente turbia y sombría del individuo. A través de sus películas Fincher centra su atención en cómo el subconsciente, esa dimensión oscura, se apodera del sujeto, toma el control sobre su parte consciente y sale a la luz.

Las obras de Fincher son, desde este punto de vista, de lo más freudianas pues plantean un interesante dilema acerca de la verdadera identidad de las personas y su carácter siniestro. En sus historias las fuerzas oscuras e irracionales del subconsciente, que ya no pueden ser reprimidas por más tiempo, se rebelan y se desatan de tal manera que se adueñan de las vidas de los protagonistas que muestran así su lado más perverso. La consecuencia de todo esto es que lo oscuro, que brota de las entrañas del subconsciente, se enfrenta contra todo cuanto lo reprime y somete en ese mundo consciente y racional de lo establecido provocando unas consecuencias de lo más extremas y devastadoras.

Nos encontramos con Seven, película en la que un psicópata asesino en serie lleno de ira que se erige en justiciero llega a manipular al propio departamento de policía y llevar al detective Mills, Brad Pitt, a una situación límite que le hace sacar lo peor de sí mismo y cumplir la voluntad del asesino. Es el triunfo del mal, de las fuerzas oscuras de lo irracional, del subconsciente, que se adueña del mundo consciente, de las normas y demás convenciones sociales para destruirlas enteramente.

Más claro es El Club de la Lucha, película en la que el subconsciente del protagonista se apodera de su parte consciente hasta el punto de sustituir su anterior identidad. En este caso queda aún más patente el alcance de la destrucción de las convenciones con la creación del club de la lucha y más tarde del denominado proyecto Mayhem. El propio club se forma y desarrolla en sótanos, una gran metáfora que representa el mundo subterráneo de la conciencia humana, el escenario en el que se forjan intenciones y prefiguran voluntades. Se trata del espacio donde el individuo ve realizados sus más profundos, y también siniestros, deseos. Lo particular en la obra de Fincher es que ese mundo, esa parte del individuo que está soterrada por el mundo consciente y racional, rompe todas las represiones y se hace con el entero control del sujeto.

La maldad constituye parte inherente de la identidad del sujeto solo que la mayor parte del tiempo pasa inadvertida al estar camuflada bajo las formas de las apariencias del mundo de las convenciones, pero sobre todo por estar reprimida por ese mundo racional. Algo así ocurre con Perdida. En este caso la historia de una pareja que parece perfecta, en la que existe una gran compenetración, encubre una realidad mucho más sombría. Todo hace pensar que se trata de un matrimonio feliz compuesto por un par de escritores encantadores. Pero tras las apariencias, que muestran un elevado grado de narcisismo, uno de los protagonistas, concretamente Amy, protagonizada por Rosamund Pike, muestra una imagen de su identidad mucho más malévola.

Hacia la mitad de Perdida la película se convierte en otra muy distinta que, una vez nos ha mostrado las miserias de un marido aburrido de su matrimonio, enseña la verdadera identidad de su mujer, una psicópata manipuladora que lejos de ser una víctima es la principal victimaria. En lo que a esto respecta toda su frustración e ira contenida hacia su marido se adueña de ella para perpetrar su propia venganza al fingir haber sido asesinada por él, sin olvidar una retahíla de malos tratos que le son atribuidos.

Lo más llamativo de Perdida es que muestra una cara de la realidad bien distinta en la que es una mujer la que acusa falsamente a su esposo, Nick Dunne representado por Ben Affleck, de maltratarla, destruye su imagen pública y lo inculpa de un falso asesinato para vengarse de él. Todo podría quedar en una historia más si no fuera por el hecho de que en la actualidad el feminismo, como ideología política, ha creado un contexto de criminalización de los hombres y de persecución policial contra estos, lo que desafortunadamente está unido a otros estereotipos no menos perversos acerca de las mujeres que la presentan como un ser bondadoso por naturaleza. Por el contrario Amy Dunne es una mujer manipuladora, asesina, mentirosa, violenta y con una irrefrenable sed de venganza hacia su esposo que para nada encaja dentro de la imagen que el feminismo ha creado de la mujer, sobre todo en la medida en que el hombre siempre es presentado como el agresor, como violento y cruel. Por este motivo Perdida es una película que resulta discordante con el discurso dominante que en relación a cuestiones de género ha impuesto el sistema establecido.

Tampoco hay que olvidar que la autora del guión y de la novela en la que se basa la historia de esta película es Gillian Flynn, quien no duda en afirmar que existen innumerables estereotipos acerca de las mujeres que tienden a presentarlas como víctimas. Debido a esto centra su atención en aquello que realmente contradice esta versión, muy distorsionada, de la realidad. “Hay muchas mujeres que luchan tanto como los hombres por ser buenas, pero que no pueden. Hacen el mal y son violentas. Yo quería hablar sobre ello. Todavía existe un contexto dominado por estereotipos y culturalmente seguimos pensando que las mujeres no hacen esa clase de cosas, que son más amables y mucho menos proclives a la violencia. La realidad no es así”.[1]

A lo largo de la película, y a medida que las sospechas acerca de la desaparición de Amy Dunne comienzan a cernirse sobre su marido, puede apreciarse el tan aciago papel desarrollado por los medios de comunicación masivos, especialmente el de una telepresentadora que no duda en destruir la imagen pública del esposo de Amy al instigar toda clase de sospechas y acusaciones contra este. Todo esto no hace sino reflejar la enorme influencia y capacidad de manipulación de los medios de comunicación, como así puede comprobarse en la opinión de alguno de los investigadores policiales que intervienen en esta historia, para quien parece tener más validez las afirmaciones de la prensa que cualquier contradicción en las pruebas que inculpan a Nick Dunne. La capacidad de los medios para crear e introducir prejuicios, además de servir a causas verdaderamente espurias, forman parte de un escenario que no se aleja demasiado del que hay en el mundo real y que juega igualmente un desagradable papel.

Otra característica reseñable de esta película es su estructura dialéctica si la analizamos desde su mismo final. La primera parte consiste en la descripción de la historia de una pareja aparentemente feliz, la segunda nos muestra las miserias del marido y los sentimientos de su esposa hacia este que, posteriormente, le llevan a una venganza. Finalmente la tercera parte, que es la que en gran medida explica la afinidad de la historia de Perdida con la filmografía y el estilo de Fincher, constituye la síntesis superadora en tanto que el nudo argumental, después de un singular, y en parte disparatado, aunque no inverosímil, desarrollo de la historia, se resuelve con una situación que no hace sino reproducir a un nivel cualitativo distinto la unión, o más bien la reunión, de la pareja. Se trata del triunfo del mal, en este caso de Amy que logra manipular a su marido al crear públicamente una imagen de reconciliación que es escenificada con el anuncio, tremendamente forzado, de Nick Dunne ante los medios de que su futura paternidad. Amy ya no tiene que fingir ser quien no es a ojos de su marido, al mismo tiempo que lo que tiene de perversa vuelve a quedar soterrado por una nueva imagen pública marcada por la reconciliación. Por esta razón su estructura es dialéctica, pues lleva las condiciones de la unión de la pareja que había al comienzo de la película a un nivel de desarrollo cualitativamente distinto al final de la misma.

Un final que podría considerarse decepcionante lo deja de ser en tanto que es coherente con el desarrollo de la propia historia y el despliegue de la personalidad de su protagonista, una mujer que eleva la manipulación a la categoría de arte al forzar no sólo a su marido a permanecer junto a ella sino a salir indemne de cualquier sospecha acerca de sus horribles crímenes. Es, sin lugar a dudas, una obra magistral que sabe recrear con gran habilidad e imaginación el triunfo del mal a través de esa faceta perversa que alberga la identidad de todo ser humano.


[1] http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/15/actualidad/1363378964_602865.html Consultado el 31 de octubre de 2014

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