OTRO SINDICALISMO

La transición fue un proceso de lavado de cara con el que un régimen fascista conservó sus estructuras de poder de manera inalterada bajo la imagen de una democracia moderna. En el ámbito de las relaciones laborales esto quedó patente con la vigencia de los comités de empresa como mecanismo de negociación y concertación orientado a conciliar el capital y el trabajo, y por tanto a la supeditación de los intereses de los trabajadores a los del capital. Esto lleva a que nos planteemos realmente el sentido que tiene hablar de Estado de bienestar y para quién ha sido realmente ese bienestar.
Lo que históricamente se ha llamado Estado de bienestar tiene su origen en los regímenes fascistas occidentales en los que el Estado, de forma naturalmente autoritaria en consonancia con las elites políticas y económicas dominantes, se encargaba de intermediar entre los trabajadores y la patronal para conciliar sus respectivos intereses. Para este propósito se establecieron en el ámbito laboral y económico aquellas estructuras de poder que permitían la verticalización de la economía y el control del Estado sobre la fuerza de trabajo. Así, en el contexto de capitalismo monopolista de Estado, la organización del trabajo y las relaciones laborales quedaron estructuradas en torno al sindicato vertical que integraba en su seno a trabajadores y patronos. De esta manera se pudo someter a los trabajadores a los imperativos del capitalismo monopolista, y al mismo tiempo centralizar la economía para supeditarla a los intereses del capital industrial-financiero. El Estado se aseguró un considerable control de la economía al actuar como corrector de los desajustes en la producción que genera el capitalismo, al mismo tiempo que conservaba inalterada la organización del sistema económico y social capitalista. Bajo estas circunstancias el sindicato vertical constituía un instrumento de la política económica del Estado al servicio de los intereses del núcleo hegemónico organizado en torno al capital monopolista. Las formas de explotación capitalistas eran profundizadas por un régimen autoritario que negaba a los trabajadores sus más elementales derechos sociales y políticos. La estatización del conjunto de la fuerza de trabajo y de parte de la economía contribuyó a afianzar el proceso de concentración monopolista sin por ello superar en absoluto el sistema de relaciones sociales de fondo sobre el que se asienta el capitalismo.
En el caso de España, y tras la muerte del dictador, era imprescindible reformar el sistema para adecuarlo a los estándares políticos de los demás regímenes occidentales pertenecientes a la alianza atlántica, y de esta manera facilitar su definitiva integración en el sistema internacional y en las comunidades europeas. En este sentido, y como ya lo hicieran los demás países europeos que pasaron por la experiencia fascista del período de entreguerras, el Estado conservó una importante parcela de poder con su presencia en la economía, por un lado, y con el control de la fuerza de trabajo a través de un modelo de negociación concertada entre Estado, patronal y sindicatos por otro. La consecuencia lógica de este modelo fue la progresiva pérdida de derechos y un empeoramiento de las condiciones laborales para el conjunto de la clase trabajadora, lo que ha significado la renovación de su supeditación a los intereses patronales y financieros a través de sucesivas reformas laborales.
El Estado de bienestar fue presentado como agente redistributivo de la riqueza por una parte, y por otra, al menos en el ámbito laboral, como un instrumento mediador y conciliador entre patronal y sindicatos, de forma que mantuviera cierto equilibrio que garantizase la estabilidad y la paz social. Finalmente el Estado de bienestar ha demostrado ser un instrumento de opresión de la oligarquía empresarial y financiera para supeditar a sus intereses los de la clase trabajadora. Esto queda perfectamente reflejado en el hecho de que la estructura organizativa de las relaciones laborales en los centros de trabajo es una herencia directa del franquismo. La prueba de todo esto es la existencia de elecciones sindicales para los comités de empresa que, al ser un órgano de representación de los trabajadores, genera una elite que negocia, decide y firma acuerdos con la patronal en el lugar de los trabajadores. Este modelo autoritario tiene su origen en las elecciones del sindicato vertical franquista, y tiene como principal resultado la supeditación de los trabajadores a la voluntad de una minoría de liberados completamente fuera de su control.
Las elecciones permiten a los sindicatos obtener liberados y subvenciones con las que se mantienen. A esta elite burocrática no le interesan los trabajadores sino únicamente mantener su posición y conseguir toda clase de prebendas al mercadear con los intereses de sus representados. Únicamente les interesa el voto de los trabajadores, después de esto no les importa cuáles sean sus problemas. Asimismo, funcionan como interlocutores con los que el Estado y la patronal eluden tratar directamente con los trabajadores, y al mismo tiempo son quienes los mantienen a raya, sumisos y desmovilizados.
Los liberados sindicales constituyen una enorme burocracia que, como clase aparte, viven de los problemas de los trabajadores y únicamente defienden sus intereses de grupo. Esta elite confraterniza con los empresarios en los comités de empresa al llegar a pactos y acuerdos con los que realizan todo tipo de concesiones que suponen la renuncia de derechos y conquistas sociales. Esto queda reflejado en última instancia no sólo en convenios colectivos que van en claro perjuicio de los trabajadores, sino sobre todo en las diferentes y sucesivas reformas laborales que han tenido lugar. Los liberados, lejos de ser un instrumento para la defensa de los intereses y derechos de los trabajadores, constituyen una clase parasitaria bajo el control del Estado y la patronal para mantener disciplinada y sometida a la clase trabajadora.
Asimismo, la elite de los liberados sindicales ostenta todo tipo de privilegios que garantizan su posición, al mismo tiempo que es sobornada con toda clase de prebendas para aceptar acuerdos contrarios a los intereses de los trabajadores. Todo esto demuestra que este sistema únicamente sirve para encadenar a los trabajadores y a los sindicatos que participan en las elecciones sindicales a la estructura de intereses del capital.
En el momento en el que los sindicatos participan en las elecciones en los centros de trabajo pasan a tener acceso a las subvenciones públicas, de forma que se convierten así en una herramienta dependiente del aparato burocrático-institucional del Estado y del gran capital. En estas circunstancias las subvenciones públicas vienen a ser como una droga, pues en el momento en el que comienzan a tomarse ya no se abandonan al generarse una serie de necesidades que no pueden cubrirse con las capacidades propias. Bajo estas condiciones es imposible que un sindicato opere de forma independiente y en consonancia con los intereses de los trabajadores a los que dice representar y defender. Poco importa que se haya reconocido el derecho a la existencia de sindicatos, la libre afiliación o el derecho de huelga cuando los principales sindicatos del sistema funcionan en la práctica como el sindicato vertical franquista y se limitan a controlar a los trabajadores para que no den demasiados problemas al Estado y a la patronal.
A todo lo anterior se suma la estructura piramidal de los sindicatos mayoritarios, lo que en la práctica impide que sus propios afiliados tengan el control sobre el conjunto de la organización y que, por tanto, desde la dirección se tomen decisiones que vayan en contra de sus intereses. Esto es lo que finalmente conduce a una completa fisura entre las cúpulas sindicales y sus bases de afiliados, un progresivo y permanente distanciamiento que aboca irremisiblemente a la desafección generalizada hacia este modelo autoritario y burocratizado de sindicalismo.
Cabe apuntar que con la última reforma laboral los comités de empresa pierden su sentido en la medida en que el empresario puede tomar decisiones que afecten a la plantilla sin hacerlas pasar por este órgano. Además de esto se rompe el modelo de negociación colectiva hasta ahora vigente con el descuelgue de convenios. Con esto también pierde su sentido el modelo de sindicato burocratizado y subvencionado en tanto en cuanto los intermediarios de los trabajadores son completamente prescindibles en este nuevo marco laboral. En este contexto es cuando otras formas de lucha sindical distintas de las hasta ahora formalmente institucionalizadas en los centros de trabajo son más necesarias que nunca. Aquí cobra completo sentido la acción directa en la que los trabajadores, sin intermediarios de ningún tipo, son quienes han de solucionar los conflictos que surjan y quienes defiendan sus derechos e intereses.
La estrategia seguida por los sindicatos del poder ha sido la de realizar concesiones al Estado y a la patronal con la renuncia de derechos y con el empeoramiento de las condiciones laborales, al mismo tiempo que se encargaban de contener la protesta del movimiento obrero a través de su permanente desmovilización. Es evidente que la labor de un sindicato debe ser diametralmente opuesta a la que han practicado las mafias sindicales del régimen. Al quedar patente que el actual sistema capitalista constituye el principal enemigo de los trabajadores, la labor de un sindicato ya no puede limitarse a conseguir mejoras puntuales o a defender derechos conquistados dentro de este sistema, sino que por el contrario debe aspirar a cambiar el sistema y abolir las condiciones de explotación sobre las que se funda para transformar la sociedad. Pero esta labor histórica le corresponde al sindicalismo revolucionario que hasta ahora ha ocupado un papel secundario en las luchas obreras, pero que ante este nuevo escenario se le abre un inmenso horizonte de oportunidades en el que desempeñar el papel de herramienta que fragüe los cambios y transformaciones decisivas que conduzcan las aspiraciones obreras más allá de la consecución de mejoras inmediatas.
Un sindicato revolucionario se caracteriza no sólo por impugnar con su discurso todo un sistema basado en la explotación económica, sino que también lo impugna con su praxis al prescindir de liberados, subvenciones públicas y evitar participar en elecciones. Esta forma de hacer sindicalismo se concreta en la ausencia de burocracias, por lo que son sus afiliados quienes participan en la administración y gestión del sindicato sin ningún poder ejecutivo. Son, en suma, quienes por medio de la acción directa defienden sus derechos y llevan a cabo sus protestas. Mediante esta táctica se prescinden de parlamentos, magistraturas, comités, gobiernos, etc., en los conflictos laborales, de forma que los trabajadores actúan sin intermediarios de ningún tipo.
El actual marco de relaciones laborales surgido tras la reforma plantea una situación favorable para el uso de la acción directa como táctica de lucha de los trabajadores, por lo que el sindicalismo revolucionario es el que por su forma de proceder y su experiencia el que mejor se presta para esta forma de lucha. Por esta razón, y dado el contexto de creciente vulnerabilidad para el trabajador, son necesarios los sindicatos que hacen de la acción directa la base de su forma de proceder frente al Estado y la patronal. Esto es lo que a la postre convierte a los trabajadores en los protagonistas de sus propias luchas al exigir una mayor implicación de cada trabajador en la defensa de sus derechos e intereses, y con ello una actitud militante en la que prime la solidaridad como principio vertebrador de la lucha sindical. La necesaria empatía hacia los problemas laborales de otros trabajadores es lo que facilita el desarrollo de una mayor conciencia de clase con la que cimentar la ayuda mutua que contribuye a unir las luchas de todos los trabajadores. Pero nada de esto es posible si no se rompe definitivamente con la actitud infantil e infantilizante inoculada por los aparatos sindicales del poder, aquella en la que el trabajador asume tutelas innecesarias de burocracias de liberados para la resolución de sus problemas. Este es el germen de la insolidaridad y completa ausencia de conciencia colectiva del trabajador desclasado, para quien el sindicato es una empresa a la que paga para que lo defienda cuando tiene algún problema. Esta insolidaridad que mantiene enclaustrados a los trabajadores en sus respectivos puestos, aislados de la realidad que les circunda, es la que impide ver la relación de los conflictos y las demandas propias con las de otros trabajadores en circunstancias parecidas, y por tanto identificarlas como parte de la misma lucha. El individualismo del burgués-obrero constituye la principal condición subjetiva que hace explicable la actual, aunque cada vez más precaria, paz social.
Un modo distinto de hacer sindicalismo exige, a su vez, una forma distinta de organización en clara contraposición con el modelo piramidal, centralizado y autoritario de los sindicatos burocratizados e institucionalizados. Todo esto implica un modelo organizativo en el que el máximo órgano decisorio sea la asamblea, de manera que los afiliados sean quienes tengan el control sobre el sindicato y este no pueda ser instrumentalizado por intereses espurios. De esta forma los integrantes del sindicato participan en la administración y gestión de la propia organización sin la presencia de un poder ejecutivo o autoridad central por encima de ellos.
Pero el modelo de sindicato autogestionado no es completo si no se encuentra unido, a su vez, a otro principio igualmente importante como es el federalismo, de manera que prime la unión libre entre los trabajadores dentro de la misma organización sindical sin una dirección central que tome decisiones en el lugar de los afiliados. Se preserva así la autonomía y la soberanía de la asamblea de trabajadores como órgano decisorio, de forma que la voluntad de los afiliados no es mediatizada ni distorsionada por elementos externos a ella, por lo que las decisiones comunes al conjunto del sindicato son el resultado de la voluntad de las asambleas que lo integran. Al mismo tiempo el federalismo es lo que provee a cada sindicato del suficiente margen de acción para decidir sobre el modo de afrontar y resolver sus propios problemas, sin tener que responder a directrices externas.
La no aceptación de subvenciones públicas, la ausencia de liberados y la no participación en elecciones sindicales son a todas luces los rasgos definitorios de cualquier sindicato que se precie. Se trata, en definitiva, de mantener una praxis opuesta a la del sindicalismo vertical del régimen actual que no sólo ha probado su manifiesta inoperancia y entreguismo a la hora de defender a los trabajadores, sino que ha demostrado ser un engranaje más dentro de la maquinaria capitalista para el sometimiento de la clase trabajadora a los imperativos del Estado y del capital. Por todo esto el sindicalismo revolucionario es la única alternativa que le queda a la clase trabajadora para emanciparse definitivamente del sistema de opresión capitalista.






