Friday, May 09, 2008

NUEVO ESCENARIO DE GUERRA EN EL LÍBANO


 

El futuro del Líbano, así como la mayor parte de su pasado, seguirá siendo una concatenación de conflictos armados de diferente índole, en los que se reflejarán la división interna que padece este país junto a sus contradicciones de naturaleza diferente.

Abordar la problemática que vive el Líbano desde el prisma de sus contradicciones, poniéndolas en relación, a su vez, con el contexto internacional y las contradicciones que se dan en dicho escenario entre los diferentes Estados, provee de una imagen general adecuada para entender en qué sentido caminan los acontecimientos.

Las contradicciones internas del Líbano tienen, al mismo tiempo, un carácter antagónico y no antagónico. Las contradicciones antagónicas se manifiestan en las relaciones existentes entre el actual gobierno libanés, compuesto por la minoría cristiana y sectores pro-occidentales, y las masas populares mayoritariamente chiíes lideradas por Hizbollah.

El antagonismo que se da en las contradicciones internas es fruto de la estructura de relaciones sociales prevaleciente en el Líbano, pues, aún siendo un país cuya mayor parte de la población profesa el Islam chií, es la minoría cristiana quien detenta unas cotas de poder desproporcionadas, mientras los principales grupos políticos chiíes se encuentran en la oposición. Asimismo, a esta circunstancia se ve agravada por la alineación del gobierno libanés con los intereses de Washington y la complacencia de Tel-Aviv.

La práctica monopolización del poder político por la minoría cristiana y pro-occidental, cuyas políticas interiores se orientan a intentar borrar de la vida política a la oposición chií liderada por Hizbollah y seguida por Amal, ha rebasado su punto de no retorno con el reciente decreto emitido por el gobierno con el objetivo de ilegalizar las estructuras de comunicación de Hizbollah, al mismo tiempo que se procedía a destituir al jefe de seguridad del aeropuerto internacional de Beirut, Wafic Chucair, próximo al partido Hizbollah. Esto ha sido considerado por parte de la resistencia islámica chií como una declaración de guerra, lo que ha dado lugar a su reacción armada.

Asimismo, no hay que perder de vista que el propio partido Hizbollah había desarrollado estos últimos días una huelga en protesta por el incremento del coste de la vida, así como por la política económica nefasta que está llevando a cabo el gobierno pro-occidental. A lo que se ha sumado, finalmente, las decisiones gubernamentales por intentar restringir la presencia de Hizbollah, lo que ha provocado como efecto acumulativo el actual choque de violencia que se está registrando en Beirut.

Por tanto, el carácter antagónico de esta contradicción entre gobierno libanés y la oposición chíi liderada por Hizbollah se expresa de dos maneras: por un lado en la monopolización del poder por los cristianos y demás sectores pro-occidentales, dejando a la oposición arrinconada e intentando liquidarla políticamente; y por otra parte el posicionamiento del propio gobierno libanés, el cual se encuentra claramente alineado con Occidente y lleva a cabo políticas favorables a intereses extranjeros.

La facción cristiana promueve una política occidentalizante en el país, y es utilizada indirectamente por EE.UU. e Israel de cara al control político del Líbano y, actualmente, para intentar liquidar la resistencia islámica de Hizbollah. Para hacer posible esto el actual gobierno pretende instrumentalizar a la facción sunní y promover el enfrentamiento con Hizbollah, y en la medida de lo posible intentar implicar al ejército libanés para intentar asestar golpes al Partido de Dios.

Sin embargo, junto a esta contradicción interna de tipo antagónico, se encuentra otra de carácter no antagónico que es la que enfrenta al Líbano como país contra sus enemigos externos, lo cual se manifiesta en los conflictos armados que ha mantenido con Israel, pese a que dicho país haya fomentado siempre la división interna en el Líbano con el objetivo de ganarse el favor de los cristianos y, de este modo, mantener cierto control sobre su flanco noroccidental. Pero a día de hoy la estrategia de Israel está orientada a intentar, desde las propias instituciones libanesas, reprimir y perseguir a Hizbollah para desactivar dicho movimiento hostil hacia el Estado de Israel, lo cual, a día de hoy se ha vuelto algo prácticamente imposible.

La última guerra que mantuvo el Líbano con el ente sionista reflejó, en cierto modo, la unidad de los libaneses frente a la presencia israelí, y que aún hoy se ve patente en las estadísticas que muestran un mayoritario rechazo hacia cualquier pretensión judía por intervenir en el Líbano, unido al hecho de que también la mayor parte de la población ve como legítima la resistencia de Hizbollah contra Israel. Asimismo, la reputación de Hizbollah dentro de la sociedad libanesa es, en general, muy buena, pues durante la última guerra con Israel demostró su capacidad de liderazgo y organización en la defensa del Líbano, algo que el ejército regular libanés no pudo hacer. También es reseñable la red de asistencia social organizada por dicho partido, lo que ha aumentado su respaldo entre la población extendiéndose, incluso, a otras minorías religiosas como los cristianos, contando con una importante agrupación de esta confesión en su seno.

Hizbollah se ha manifestado como un partido capaz de abanderar un proyecto nacional libanés, de agrupar y unir en torno de sí a otras confesiones relegando a un segundo plano las diferencias de tipo religioso para centrar todo su discurso en la resistencia contra Israel.

Hizbollah como organización, constituye un producto de la exportación e internacionalización de la revolución islámica de Irán, fundada en su día por los Guardianes de la Revolución iraníes. Sin embargo, a pesar de tener su origen en Irán, conserva una gran autonomía con respecto a la dirección central radicada en Teherán, desde donde reciben apoyo político, logístico y financiero.

Hizbollah fue concebido, desde el principio, como una organización orientada a la resistencia del pueblo libanés contra las agresiones sionistas y de sus aliados occidentales, por lo que su actividad se ha centrado siempre en repeler los ataques e infiltraciones israelíes en suelo libanés al no haber un ejército capaz de desempeñar esa función. Pero, por otra parte, dicha organización, desde la guerra civil, desempeñó un papel eminentemente revolucionario en el plano político y social, lo que lo ha convertido en estos años en el principal partido de oposición con una potentísima influencia social y capacidad de movilización.

A Israel le preocupa seriamente que un partido político cuyas fuentes ideológicas son la revolución islámica de Irán pueda, llegado el momento, a tomar el control del país de los cedros y llevar a cabo una revolución análoga a la que Irán comenzó a finales de los años 70. Esta preocupación ha originado la estrategia de desestabilización del Líbano durante más de década y media, hasta que el propio ente sionista se ha percatado de que, dado que Hizbollah ha recabado importantísimos apoyos sociales y ha incrementado su capacidad de combate, dicha estrategia ya ha dejado de ser útil y la amenaza chíi es una realidad que debe ser abordada de otra manera. Por este motivo se ha preferido prestar importantísimos apoyos económicos, con desembolsos multimillonarios por parte de EE.UU. e Israel al lobby que ampara al gobierno libanés, y promover un acercamiento a las posiciones occidentales unido a una mayor presión sobre Hizbollah.

Además, a todo esto se suma la actual situación del sur del Líbano, donde se encuentra un importante destacamento multinacional de cascos azules para intentar garantizar la paz en la zona, lo que a Israel le sirve, al menos temporalmente, de colchón de seguridad, aunque es consciente de que el enfrentamiento contra Hizbollah será inevitable y que ello sólo es cuestión de tiempo.

Finalmente, se encuentra la contradicción que a nivel internacional envuelve al Líbano, y que queda patente en el hecho de que dicho país se ha convertido en el escenario de un conflicto en el que chocan las influencias de diferentes países, y más concretamente la de Israel por un lado, y la de Siria por otro. Debido a que Siria no puede hacer frente a Israel en un conflicto abierto, ha tendido a apoyar a Hizbollah política y económicamente con el objetivo de presionar a Israel desde su flanco norte, y a su vez forzar un acuerdo sobre los altos del Golán. Esta contradicción de carácter geopolítico e internacional.

Contradicciones cualitativamente diferentes se resuelven, también, por métodos cualitativamente distintos. El desarrollo de los actuales acontecimientos preparan un nuevo escenario de guerra en el Líbano, pues aunque la postura de Hizbollah y de la oposición chií sea repeler los ataques del gobierno, el cual instrumentaliza a la facción sunní (como hizo en su momento con Fatah-Al Islam recientemente) para reprimir al movimiento islámico, el contexto actual es fruto de una acumulación de diferentes crisis no solventadas a diferentes niveles: en el plano político con la elección de Jefe de Estado, a nivel social con la crisis económica y la pauperización de la población, a nivel religioso con los conflictos internos entre distintas facciones, la existencia de atentados e intervenciones exteriores en la política libanesa, etc. Todo este cúmulo de crisis y circunstancias terminará, más pronto que tarde, dando lugar a un salto de nivel que seguramente se traduzca en un enfrentamiento armado.

Por ahora Hizbollah se limitará a mantener una postura amenazante contra el gobierno pero a la vez comedida. En los planes de dicho partido no entra la conquista del poder político a través de un golpe de Estado, ni tampoco la promoción de una guerra civil libanesa que únicamente beneficiaría a Israel, de ahí que apele a la neutralidad del ejército y únicamente intente garantizar su hegemonía entre los musulmanes libaneses erradicando a la oposición sunní, así como mantener su presencia política y social en el Líbano. La reacción lógica en todo esto es un ataque a los medios progubernamentales y sus principales aliados políticos y sociales.

En cualquier caso, la preparación de Hizbollah y su elevado potencial político y armado hacen de esta agrupación una grave amenaza para los intereses del gobierno y del ente sionista. La guerra llegará, eso tan sólo es el comienzo de algo mucho más grande que está por venir.
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Friday, May 02, 2008

EL 2 DE MAYO: UN ANACRONISMO EN EL SIGLO XXI


 

El nacionalismo, independientemente del tipo que este sea, no deja de ser un artificio literario con el que se revisa y reinterpreta la historia, siempre desde un determinado prisma, con el objetivo de favorecer las aspiraciones políticas de una determinada comunidad nacional. La nación necesita tener una historia con la que reafirmar el proyecto nacional, generar el hábito y la costumbre que, finalmente, dan lugar a la  conciencia nacional, aquella que convierte a la propia nación en una nación-herencia.

La conmemoración del 2 de mayo se inserta dentro de la literatura originada a partir de la sublevación contra la dominación francesa, con el objetivo de crear la costumbre y el hábito con el que dejar patente ante el vulgo la existencia de la nación, instalando en el imaginario colectivo del mismo la conciencia nacional. Es con la literatura, con la glorificación del pasado, las conmemoraciones, el homenaje a los héroes, como se hace visible y reconocible la existencia de la nación al haber adoptado una dimensión histórica.

La nación es, primero, una nación-voluntad, más tarde una nación-contrato, y después de mucho tiempo, y por la fuerza del recuerdo creado por la literatura, es una nación-herencia. Esta última forma de entender la nación es la que, a día de hoy, impera en toda Europa, realidades del pasado que han perdido toda actualidad histórica convirtiéndose en un anacronismo. Las naciones europeas han sido rebasadas por la historia al no constituir ya proyectos de porvenir, para convertirse hoy en realidades cuyo lugar se encuentra en los museos junto a otras reliquias del pasado.

La mayor comunicación a la que ha dado lugar las nuevas tecnologías, suprimiendo las barreras del espacio-tiempo, unido a la mayor interconexión e interrelación superando la estrechez política de los Estados-nación, ha producido la obsolescencia de dichas formas de organización políticas en una era en la que, dicha densificación de la interrelación entre países, ha originado la emergencia de espacios comunitarios y geopolíticos de mayor envergadura. Festivos como el 2 de mayo únicamente sirven para seguir demostrando la estrechez de miras de los políticos de hoy, los mismos que se mantienen en planteamientos y esquemas que pertenecen al ayer y que, en ningún caso, se muestran capaces de afrontar los retos del porvenir.

El 2 de mayo, más allá de la parafernalia de literatos y pseudointelectuales afanados por mitificar y, también, cómo no, mortificar hechos históricos a los que anclar las sociedades, no fue más que una revuelta de bandoleros y delincuentes de toda clase y pelaje que, hartos de la presencia francesa que les impedía desarrollar de forma natural sus actividades, decidieron enfrentarse al entonces expansionismo napoleónico. A partir de aquí se les iría uniendo el pueblo que, en mayor o menor medida, se encontraba a disgusto con la presencia francesa y lo que ello había supuesto: imposiciones de modos extranjeros, la implantación de nuevas leyes, etc.

No se puede plantear, de ningún modo, que el 2 de mayor supusiera el nacimiento de una nación, aunque esto se haya sugerido mucho después de los sucesos ocurridos ese día de 1808. El pueblo era ajeno a cualquier noción de lo que pudiera ser y significar una nación, salvo para una minoría de intelectuales afrancesados (tanto los que se pusieron del lado de Napoleón como los que, en 1812, redactarían la constitución de Cádiz, inspirada por la ideología que el mismo Napoleón estaba exportando a todo el continente).

La chusma fue la mayor protagonista del levantamiento, a la que posteriormente se le uniría el resto de la sociedad. Así, el pueblo terminó levantándose en armas porque las clases privilegiadas autóctonas no le plantaron cara a Napoleón por cobardía, como tampoco la monarquía, que había sucumbido ante los encantos de la Ilustración. A esto cabría añadir el hastío que existía hacia la presencia francesa y el sistema de opresión que instalaba a su paso, lo que contribuyó de forma decisiva a generar una sublevación popular contra el invasor.

De hecho, la virulencia popular estuvo revestida por la defensa del Antiguo Régimen y las consiguientes tradiciones feudales que, hasta entonces, habían prevalecido en el país, y que los franceses, con su ocupación, se habían esforzado por hacer desaparecer por completo. Por este motivo, las actuales elucubraciones literarias no son más que una pura invención fruto de la labor interpretativa que lleva a cabo el nacionalismo, presentando dicho acontecimiento como una supuesta toma de conciencia nacional que hace posible la aparición de España como nación.

Lo cierto en todo esto es que España, tras el 2 de mayo, únicamente ha ido construyendo una pirámide de fracasos que se reflejaron claramente en un s. XIX que se caracterizó por su extrema convulsión, durante el cual se producirían diferentes guerras civiles, levantamientos militares, sublevaciones, revueltas coloniales, guerras internacionales, golpes de Estado, etc..., que se extenderían hasta la primera mitad del s. XX. A esto se le unirían los diferentes avances y retrocesos que España, como país, ha venido desarrollando como consecuencia de su inestabilidad, la cual se ha debido en gran medida a su difícil adaptación a los tiempos modernos y, también, ante la ausencia de un rumbo histórico claramente definido, lo que le terminaría relegando al ostracismo internacional.

Hoy se impone una realidad muy diferente en la que los Estados-nación europeos han perdido su razón de ser. Mientras tanto, en España se persiste en viejos y estériles debates esencialistas sobre el significado de la nación, del Estado, la identidad, etc. Todo ello contribuye a dejar España cada vez más anclada en el pasado, alejada de la realidad presente y más aún del inminente porvenir.

Cuando los diferentes países europeos comparten problemas comunes que por separado son incapaces de resolver, se hace preciso ampliar las miras políticas y marcar un rumbo que conduzca el destino de la sociedad por nuevas sendas, en las que se haya superado definitivamente el viejo provincianismo decimonónico, aquel que se empecina en encerrar a una sociedad sobre sí misma, hasta el punto de fosilizarla sumergiéndola en problemas artificiales, siempre coyunturales y oportunamente promovidos por políticos y periodistas, para mantener al país en el atraso, lo que únicamente beneficia a nuestros enemigos.

El paro, la crisis económica, la inflación, la precariedad laboral, la inmigración, el abastecimiento energético, las hipotecas, los problemas medioambientales, y tantas otras cuestiones, únicamente pueden ser resueltas en un marco político de mayor magnitud política a la ofrecida por los Estados-nación; el mantenimiento de estas viejas estructuras políticas contribuye, sin duda alguna, a un agravamiento de los problemas presentes y venideros sin que se logre alcanzar solución a los mismos.

Es por este motivo que las diferentes sociedades, pero en particular la española, deben adoptar una conciencia europea, entendiendo Europa como el marco general en el que la vida y la problemática de las diferentes sociedades debe desarrollarse. Para llegar a esta situación previamente son necesarios aquellos pasos que, en lo político, hagan efectiva la creación de dicho marco general que sirva para cubrir las necesidades que hoy la UE no satisface.

Las contradicciones que actualmente alberga la UE paralizan la toma de decisiones sobre problemas fundamentales, limitando considerablemente su margen de maniobra unido, también, a su supeditación al liderazgo americano. Esto únicamente perjudica a Europa, y es su debilidad la que hace fuerte a sus enemigos, aquellos que quieren seguir haciendo de ella un continente dividido y enfrentado que, simultáneamente, sirva a los intereses de potencias extranjeras en sus planes de dominación mundial.

La problemática de fondo que alberga la propia UE se une a la forma en que se ha desarrollado el proceso de integración, siendo los Estados europeos los principales protagonistas, lo que a largo plazo dificultará seriamente la creación de una realidad política superior que integre, a nivel continental, a las diferentes sociedades europeas. La negativa de los Estados a ceder más parcelas de soberanía en aspectos fundamentales de su política podría, llegado el caso, conducir a un callejón sin salida a la propia integración europea.

Un proceso constituyente liderado por el parlamento europeo tras unas elecciones realizadas a tales efectos, podría ser el germen real para la instauración de un ente político que supere la burocracia comunitaria y, sobre todo, las dificultades que hoy se plantean con el escaso entendimiento entre los integrantes de la UE en la toma de decisiones, lo que complejiza con creces la coherencia política de la Unión y complica sus relaciones con otros países.

Pero una conciencia europea solamente puede surgir de un sentimiento común entre los propios europeos, aquello que dé lugar a los correspondientes lazos de solidaridad que, ulteriormente, sirvan para su integración en una realidad superior. Esa conciencia hará su aparición cuando se asuma por parte de las diferentes sociedades europeas, la existencia de problemas comunes cuya solución sólo es posible con la unidad política de Europa.
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Thursday, April 17, 2008

DE LA UTOPÍA A LA DISTOPÍA


 

La utopía es un fenómeno propiamente moderno en el ámbito de la literatura, la filosofía y la teoría política que hace su primera aparición con la obra homónima de Tomás Moro. Es el autor inglés quien inventa este neologismo que tiene su origen, a su vez, en dos neologismos griegos diferentes: outopía, en la que ou significa ningún y topos/topía quiere decir lugar; y eutopía, siendo eu bueno. De este modo, el término creado por Tomás Moro se puede entender como un buen lugar que  no está en ninguna parte dado su carácter imaginario.

Las utopías han sido, generalmente, mundos imaginarios en los que se refleja un modelo de organización social ideal en el que reina la armonía. En la utopía viene recogida una crítica a la sociedad y a las injusticias derivadas de su organización, por este motivo suele tratarse de un programa, sistema o proyecto que se muestra irrealizable en el momento de su formulación. Las utopías se rebelan contra lo que viene dado por la realidad proponiendo transformaciones radicales que, en ocasiones, dan lugar a la aparición de procesos revolucionarios de diferente índole.

Todas las utopías se hacen deseables en la medida en que ofrecen la imagen de un tipo de mundo ideal en el que el mal, las injusticias y los conflictos no existen, reinando entonces una completa armonía y felicidad. Por esta razón acostumbran a estar impregnadas de una fuerte connotación de perfección optimista, y son, también, marcadamente idealistas. Debido a esto, normalmente las utopías constituyen un reclamo frente al orden cósmico concebido por las diferentes tradiciones religiosas, las cuales no ofrecen una explicación sistemática y racional a los problemas, la explotación y el mal en el mundo. Es así como las utopías se llegan a convertir en religiones seculares como consecuencia del auge del racionalismo y del cientificismo, los cuales se establecen como principios rectores sobre los que se basa y articula cualquier utopía.

Las utopías, han sido el germen a partir del cual se ha gestado la aparición de los más importantes metarrelatos que se formaron en torno a las grandes ideologías omnicomprensivas, las cuales tienen como principal característica la creación de un marco general de carácter global o totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias. Son discursos totalizantes y multiabarcadores con los que se asume la comprensión de hechos científicos, históricos o sociales a los que se ofrece una explicación, sirviendo así como sistemas de interpretación totales que se estructuran a partir de unos determinados esquemas, los cuales se organizan según una lógica interna que conduce su dinámica abarcante y universalizadora en la interpretación global del mundo y de la realidad.

La aparición de estos grandes metarrelatos, propiciados por las utopías en muchas ocasiones, es el resultado del desmoronamiento del mundo mítico anterior a la modernidad en torno al cual se organizaban y estructuraban las sociedades medievales. El surgimiento y desarrollo del racionalismo constituyó el comienzo de la secularización del mundo, el cual dejaría de tener su soporte y razón de ser en realidades de orden sobrenatural, para pasar a ser el hombre el referente último de todas las cosas a través de la razón y la ciencia, herramientas que no sólo le servirían para descubrir las leyes naturales que rigen el mundo, sino también para moldearlo, dominarlo y organizarlo.

La modernidad es la primera y gran Utopía tras el fin de la Edad Media, estableciéndose desde entonces como el referente y marco general en el que se desarrollarían todas las demás utopías, las cuales son su recreación y desarrollo natural por medio de las distintas imágenes con las que diferentes autores reflejan su visión particular de la Utopía moderna.

La naturaleza utópica de la modernidad se manifiesta en su ruptura con el universo mítico-sagrado anterior desconectando al hombre de su dimensión divina, lo que tuvo como resultado la absolutización de lo humano. El hombre, quedó desprovisto de su dimensión espiritual y trascendente de la que recababa unos principios eternos en torno a los que organizaba y daba forma a su existencia en el mundo. Desvinculado de todo orden superior que lo hacía representante de una particular idea de justicia con la cual objetivaba un poder venido de lo alto, se dio paso a un proceso de secularización del mundo y la sociedad. El humanismo instituyó la ciencia como sustituto de ese orden eterno e inmutable que se encontraba reflejado en las diferentes tradiciones religiosas, quedando la sociedad organizada en función de principios recabados del mundo natural por la ciencia.

El racionalismo impuso la ciencia como referente del hombre para sus creaciones al haber contribuido a establecer nuevas certidumbres basadas en el estudio sistemático de la naturaleza, lo cual tiraba por tierra las concepciones míticas previas y todas sus certezas. Fue así como pasó a ser erigida en un referente universalmente válido, pues las nuevas certezas eran comprobables y accesibles por cualquiera en todo tiempo y lugar. La verdad científica sustituyó, finalmente, a la verdad de origen divino preconizada por las diferentes tradiciones religiosas.

La centralidad del hombre en el universo hace que la ciencia sea el instrumento y el criterio organizador de este mundo, sirviéndose de ella para dominar la naturaleza y liberarse de sus ataduras. La ciencia limita su conocimiento a un orden de la realidad puramente físico y material, y niega cualquier realidad que trascienda esos estrechos márgenes. Por tanto, toda metafísica es supeditada a los avances y resultados de las investigaciones científicas, siendo desechado todo aquello que no pueda ser sometido a comprobación experimental, negando así la existencia de principios superiores que rijan a nivel cosmológico el desenvolvimiento de la realidad inmanente, la cual necesariamente guarda una correspondencia en el orden de cosas con esa otra realidad trascendente.

Asimismo, la ciencia ofrece una explicación profana acerca del mundo y su funcionamiento, remitiendo siempre a leyes físicas que tienen su fundamento en el mundo material que pretende explicar. El pensamiento causalista establece la lógica general que sigue la ciencia para explicar los fenómenos, lo que le lleva a establecer determinismos fruto de la relación causa-efecto que implica la observancia de ciertas regularidades que dan lugar a la formulación de las leyes científicas.

Debido a que la ciencia limita su objeto de estudio al mundo natural, y dado su método sistemático y positivo con el que establece nuevas certezas, ha planteado nuevas e importantes implicaciones de carácter ético y moral al ser considerada neutral a la hora de describir los fenómenos, reflejando así la objetividad del mundo natural. La ciencia creó un nuevo sistema de certezas que, aún limitándose al plano físico y material, se extrapoló a todos los demás ámbitos pretendiendo llevar a estos el método y la praxis científica.

Al ser considerada la ciencia fuente de toda verdad, se le atribuyó una imparcialidad y objetividad que hicieron posible la aparición y posterior desarrollo del positivismo. Esta corriente ha supuesto la negación de la filosofía en calidad de concepción del mundo, lo que ha reducido la realidad a la descripción pura de los hechos sin su previa elucidación. Esta circunstancia se ha dado como resultado de las contradicciones de clase existentes en la sociedad, por cuanto las clases dominantes se niegan a aceptar las conclusiones ideológicas que exceden los límites de las teorías científico-naturales, aquellas que ponen en cuestionamiento el orden social vigente. El afán por reducir la realidad a una mera descripción científica desprovista de cualquier interpretación, quedando cualquier teoría limitada a los resultados de los estudios científicos, es el rasgo principal del positivismo que las clases dominantes utilizan para mantener y justificar su estructura de explotación.

Las diferentes ideologías modernas se han intentado revestir de cierto cientificismo para legitimar sus proyectos políticos, presentándolos como si se trataran de realidades objetivas hacia las que conduciría inevitablemente el devenir histórico. Esto serviría para justificar ciertas relaciones de poder dentro de un orden de corte tecnocrático en el que existiría alguna forma de organización científica del cuerpo social. Al mismo tiempo se obvia cualquier juicio de valor y se restringe al máximo la teoría, pues esta queda supeditada a los resultados de los estudios científicos.

La ciencia ha sido, en definitiva, una fuente de poder y conocimiento que ha inspirado a la filosofía política en la elaboración y promoción de determinados objetivos políticos, los cuales se sintetizaron en las utopías modernas más variadas. Fue así como los autores utópicos, desde Tomás Moro y Campanella hasta Marcuse y los intelectuales de la escuela de Frankfurt, pasando por Fourier, Saint-Simon, Owen, Marx y tantos otros, desarrollaron una serie de utopías que, en diferente medida, encontraban en los principios científicos la inspiración para una sociedad ideal futura.

El papel que ha jugado la ciencia en la elaboración y desarrollo de las diferentes utopías ha sido crucial, hasta el punto de establecerse como base principal de las mismas. La ciencia ha sido la nueva fuente de legitimidad, al mismo tiempo que ha determinado la naturaleza de las sociedades utópicas del fin de la historia.

Asimismo, el desarrollo de la ciencia y el continuo perfeccionamiento de la técnica siguen una lógica implacable, aquella por la que el grado de organización se incrementa y la eficiencia creciente se establece como norma rectora en todo el proceso. Los nuevos descubrimientos de la ciencia rápidamente pasan a tener una aplicación práctica, lo que se resume en la conquista de un mayor dominio sobre la naturaleza, o lo que es lo mismo, una nueva forma de entender la libertad como un incremento de las posibilidades humanas. El perfeccionamiento del hombre se hace posible mediante su instrucción en la ciencia y en la aplicación de los logros y descubrimientos de la misma a la organización social. 

Pero un aspecto importante que ha caracterizado a la modernidad como Utopía ha sido el hecho de que ha reemplazado el pasado por el porvenir, lo que ha llevado inevitablemente a una racionalización de la historia, a dotarle de una meta u objetivo final hacia el cual se dirigiría y con el que concluiría definitivamente. Así pues, toda utopía, dada su naturaleza moderna, está orientada hacia el futuro, su carácter teleológico implica racionalizar la historia como proceso que conduce a una determinada situación que supone imponer la razón y la ciencia como principios trascendentes de la sociedad, los cuales pondrán fin a todas las contradicciones con el establecimiento de una sociedad perfecta, ideal, armoniosa y feliz.

La orientación de las utopías hacia el futuro les ha conferido una importante carga escatológica y, en algunos casos, también un marcado carácter milenarista. Esto se encuentra fuertemente ligado a la idea del fin de la historia y a las concepciones lineales modernas. La mera idea de la existencia de un principio en la historia plantea, necesariamente, un final para la misma, encontrándose en aquel lejano comienzo las tendencias que se realizarán al concluir la historia. Esto se encuentra relacionado con el progreso científico y técnico, que generan las condiciones económicas y materiales con las que dar fin a las ataduras del hombre con la naturaleza, y al mismo tiempo resolver los conflictos y contradicciones sociales de forma definitiva. En este sentido las imágenes proyectadas por las utopías han sido, generalmente, la voluntad de establecer paraísos en la tierra utilizando para ello los avances científicos de los que se ha provisto el ser humano.

Un futuro aún por llegar, pero indeterminado en el tiempo y en el cual se sitúa una sociedad perfecta que, a su vez, no está localizada en ningún lugar en concreto, ha suministrado un importante dinamismo a la modernidad y un notable desarrollo respaldado por la fe latente en la ciencia y en el progreso. La utopía, se muestra así como una construcción racional que delinea y define un futuro más o menos lejano y establece los principios en torno a los que se ha de organizar la humanidad, habiendo reducido de esta forma la realidad a un proceso racional.

El idealismo cientificista y racionalista ha dado origen al optimismo filosófico que ha impregnado todas las utopías. Los intelectuales utópicos, guiados por el sueño de realizar la felicidad futura, no descartan para materializar sus programas y proyectos utilizar los métodos más sanguinarios. El distanciamiento de la realidad que provoca la utopía al tratarse de una representación artificial conduce, a su vez, a una pérdida del sentido de los límites y a una completa falta de conocimiento de lo real. El optimista, entonces, quiere hacer realidad algo que únicamente existe en su mente, y su extremo idealismo le hace chocar constantemente con las dificultades y obstáculos que encuentra a su paso. Esta circunstancia remarca notablemente el carácter coercitivo que tienen la mayor parte de las utopías, pues se busca realizar programas a costa de lo que haga falta, lo que, generalmente, lleva a la brutalidad.

La falta de un sentido de los límites hace que todo valga con tal de hacer realidad la utopía. La existencia de la utopía en el mundo de las ideas como algo abstracto, y la asunción de esta en los programas políticos que han impulsado a las grandes ideologías modernas, lleva al más férreo materialismo en el intento por encontrar una perfecta concordancia entre el mundo de los hechos y la abstracción utópica.

El carácter negativo que se ha percibido en muchas utopías, unido también al desarrollo de la sociedad, ha producido las distopías que, como fenómeno literario perteneciente a la ciencia ficción, ha contado con un prodigioso y rápido desarrollo desde finales del s. XIX hasta nuestros días.

A diferencia de las utopías, las distopías son utopías negativas donde la realidad ocurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal o utópica, es decir, en una sociedad opresiva, totalitaria o indeseable. Se ha utilizado como antónimo de utopía y se emplea sobre todo para hacer referencia a una sociedad ficticia, normalmente emplazada en un futuro cercano, en donde las tendencias sociales son llevadas a extremos apocalípticos.

Habitualmente la diferencia que se establece entre utopía y distopía depende del punto de vista del autor o de la obra, y en muchas ocasiones de la recepción del lector que juzgue el contexto descrito como deseable o indeseable. Por este motivo muchas utopías han terminado siendo percibidas socialmente como distopías en la medida en que el tipo de sociedades que describían eran completamente indeseables.

El género distópico ha tenido un gran desarrollo tanto en la literatura como en el cine, y han surgido casi siempre como obras de advertencia o sátiras, pues en ellas las tendencias actuales de la sociedad son extrapoladas y llevadas a extremos inimaginables, lo que da lugar a sociedades distópicas con finales apocalípticos. Por tanto, la primera gran diferencia entre utopía y distopía se encuentra en el hecho de que la primera plantea una sociedad deseable mientras que la segunda, como antítesis, plantea todo lo contrario, una sociedad indeseable en la que las contradicciones se agudizan creando un mundo opresivo y totalitario.

Asimismo, la distopía, a diferencia de la utopía, guarda una gran relación con la época y el contexto socio-político en el que se concibe. Está orientada hacia un futuro cercano que se plantea como probable fruto del desarrollo de algunas tendencias actuales en la sociedad. Mientras que la utopía, por definición, presenta situaciones imposibles de realizar, la distopía, aún tratándose de un género de ficción, plantea posibles escenarios futuros e inminentes como consecuencia de un desarrollo extremo de determinados vectores de la sociedad.

Por otra parte, las distopías imaginan escenarios catastróficos y situaciones límite que encajan perfectamente con las proposiciones teóricas hechas por diferentes científicos,  como puede ser la teoría de las catástrofes de René Thom, o mismamente las teorías del caos de Edward Lorenz e Ilya Prigogine. La desviación de uno o varios parámetros de la estructura del sistema conllevan, a largo plazo, la desestabilización del conjunto derivando en catástrofes o situaciones caóticas que, a su vez, producen cambios drásticos en todo el sistema.

En otro lugar, cabe destacar que las distopías desarrollan una perspectiva acerca de la impronta de la técnica y la ciencia en la que resaltan su lado siniestro, su carácter alienante y desestructurador. Se ha impuesto el ritmo y tiempo de la máquina como resultado de la eliminación de las barreras espacio-tiempo, sumergiéndonos en la dimensión disolvente de la velocidad omnipresente. Los acontecimientos se aceleran y con ello se produce una desinficación de la historia, pues en menos tiempo ocurren más cosas que, a su vez, producen nuevos cambios que se llevan a cabo más rápido que los anteriores.

Como consecuencia de lo antes dicho hace su aparición el tiempo real fruto de la inmediatez, que equivale a saber de forma inmediata lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Se implanta un tiempo global al poderse ver y oír a distancia, se tiende a implantarse una virtualidad que en última instancia constituye una distorsión de lo real donde juegan un importante papel los mass-media y las grandes corporaciones que controlan el flujo de la información, tanto por los medios convencionales (radio, televisión y periódicos) como a través de los medios digitales del ciberespacio. Se establece una perturbación en la relación con el mundo, y esto se refleja en la sobreabundancia de información y en la ausencia de cualquier referente fijo y estable.

La falta de orientación hace posible la manipulación de la sociedad por las grandes corporaciones de la información, aspecto que habitualmente remarcan las distopías, donde se presentan a multinacionales y grupos económicos gigantescos controlando la alta tecnología, su difusión y el flujo de la información. La elevada interconexión y extensión de los avances tecnológicos, especialmente en la era de Internet, hace que los resortes del poder informativo se encuentren en manos de una elite tecnoeconómica.

El monopolio del poder por una elite económica que se establece como responsable de los recursos, y que a su vez controla la información que recibe la población, da lugar a la aparición de mundos distópicos en los que reina un clima soft-totalitario por el que una minoría decide sobre los demás, al mismo tiempo que cuenta con el monopolio de la violencia. Además, se lleva a cabo una manipulación psicológica con las más modernas técnicas audiovisuales, a lo que hay que añadir la primacía de lo emotivo sobre lo reflexivo que, dada la extensión y universalización de las nuevas tecnologías, produce fenómenos de sincronización de las emociones. De esta manera se inoculan sobre la sociedad aquellas emociones y pasiones favorables a los planes e intereses de las altas esferas tecnocráticas.

La psicología de masas aplicada a las nuevas tecnologías de la información generan las convenientes representaciones de la realidad que se instalan en el imaginrio colectivo, lo cual estimula determinados sentimientos y pasiones como el miedo o la inseguridad que, más tarde, son aprovechados por el poder para realizar sus proyectos y planes de dominación. La emoción paraliza el pensamiento y también la acción. El individuo y la sociedad en conjunto asumen un papel pasivo por el que son continuos receptores de mensajes que les son lanzados desde los medios, lo que se resume en la manipulación de masas a gran escala gracias a la globalización del tiempo real.

El control social se agrava con los crecientes grados de organización que establece la tecnología y sus estructuras, lo que incrementa la dependencia hacia entes económicos de escala global y transnacional. Es por ejemplo el caso de Microsoft para el software; IBM e Intel para el hardware; Google y Yahoo para las búsquedas en Internet; se trata de megacorporaciones que tienden a concentrarse y crear monopolios capitalistas a escala global, controlando no sólo el mercado sino la información, el flujo de datos, el desarrollo económico-financiero, las relaciones sociales como consecuencia de la gran difusión de los programas de mensajería instantánea, pero también los sistemas de comunicación de los Estados y su propia seguridad militar (arsenales nucleares, satélites de vigilancia, etc...).

La represión de comportamientos no deseados ha sido efectiva a corto plazo, ya que dichas conductas reprimidas terminan repitiéndose en el futuro. Debido a esto no se tiende a recurrir con tanta facilidad a los mecanismos de coerción, a la aplicación de la fuerza, sino que más bien se opta por emplear medios mas sutiles que surtan mejor efecto a largo plazo. Se suele recurrir al poder cultural y mediático con un constante bombardeo de mensajes repetitivos sobre la mente de las personas, unido a la manipulación psicológica a través de las emociones sincronizadas, lo cual crea estados de ánimo a nivel social que se hacen propicios para determinadas medidas políticas. Un ejemplo de esto es infundir el terror entre la población para justificar mayores controles sobre esta, todo bajo el pretexto de la existencia de supuestas amenazas que hacen necesarias medidas que refuercen la seguridad.

Las distopías más modernas plantean un mundo dominado por grandes transnacionales y gigantes económicos, los cuales, a través del monopolio de la investigación, desarrollo e innovación de las tecnologías, ejercen una dominación más o menos velada sobre la población, ya sea a través de la manipulación informativa y cultural, distorsionando así la realidad a la medida de sus intereses, o a través de controles que parcelen la vida individual y sometan a las personas a una exhaustiva vigilancia de corte tecnocrático.

La ciencia, en su lógica interna, funciona como un sistema de pensamiento guiado por el determinismo de la relación causa-efecto, y por lo tanto sometido a un fuerte unidireccionalismo con el que, simultáneamente, se establecen las causas iniciales de un fenómeno y, también, se generan pronósticos acerca de efectos futuros. La ciencia no se limita a establecer causas, sino que además puede realizar proyecciones sobre el futuro a partir de las generalizaciones que efectúa a partir de la práctica experimental.

La tecnología, como desarrollo ulterior de la ciencia, es un instrumento de poder que con la era moderna sufrió un importantísimo desarrollo de cara a su aplicación al campo de la producción. La búsqueda de la utilidad en el campo económico fue uno de los principales determinantes para el desarrollo de la tecnología, pero a esto también hay que añadirle el impulso de la ciencia bélica, en la que se dieron destacadísimos avances que, más tarde, repercutirían en el ámbito económico y social. Pero lo que de todo esto importa es el hecho de que la tecnología constituye un instrumento de poder, y como tal ha servido a los intereses de aquellos que han impulsado su progreso y la han controlado.

Las revoluciones industriales propiciadas por los avances tecnológicos supusieron un gran impulso para el capitalismo, un desarrollo de los medios de producción gracias a una mayor organización de las fuerzas productivas. Sin embargo, el medio competitivo que se dio a sí mismo el capitalismo durante la industrialización, desarrolló el desorden económico con el caos en la producción. Por esta razón, y debido al fracaso del liberalismo por causa de la falsedad de sus postulados económicos, hicieron su aparición los totalitarismos, que representaron el preludio de los escenarios sociales que posteriormente presentarían las distopías.

La creciente importancia de la técnica en el medio económico y social, unido a su naturaleza uniformadora al reducir a categorías cuantitativas la realidad, conllevó la aparición de los sistemas totalitarios como desarrollo natural del entramado científico-técnico aplicado a la organización económica y social. Fue así como la ciencia adoptó un nuevo carácter al no quedar limitada únicamente al ámbito de la producción, para a partir de entonces alcanzar una aplicación más extensa con la completa organización de la economía y la sociedad, utilizando para ello mecanismos coercitivos.

Las crisis provocadas por el liberalismo hicieron preciso adoptar formas de organización social, económica y política rígidas, estructuradas jerárquicamente y con altos grados de control burocrático. Esto hizo posible que las estructuras capitalistas pervivieran aunque en un medio sociopolítico totalitario en el que la opresión y la explotación se agudizaron.

La concentración del poder en manos del Estado, pero aplicando una organización puramente tecnoburocrática y fordiana, generó los mecanismos de control social que permitían dar estabilidad al conjunto del sistema y afianzar las estructuras de explotación. En unos casos se mantuvieron las viejas oligarquías financieras-industriales, y en otros se desarrolló un particular capitalismo de Estado.

La creciente especialización del trabajo, la delimitación y parcelación de la vida individual tanto en el mundo laboral como en el ámbito de las relaciones sociales, el rutinario control burocrático con sus consiguientes papeleos además de las inspecciones de rigor, unido al carácter extensivo de las formas organizativas que con el paso del tiempo terminan acaparando mayor cantidad de recursos para asegurar su funcionamiento, producen una sociedad anquilosada y alienada que guarda más parecido con un hormiguero que con lo propio de un organismo social. La coerción mantiene la maquinaria burocrática en funcionamiento y asegura la cohesión social, al mismo tiempo que se profundiza la homogeneidad social y la vida individual se ve reducida a las exigencias estadísticas de la rutina administrativa-económica. Todo ello significa la desaparición de lo político y la reducción de la vida pública y social a problemas técnicos.

Elites tecnoburocráticas llevan a cabo la gestión del aparato administrativo y económico. La existencia de una basta red de departamentos con tareas muy específicas definidas por reglamentos internos contribuye a dotarle de una mayor complejidad, a lo que hay que añadir la proliferación de órganos horizontales cuya finalidad está orientada hacia la propia organización de cara a su funcionamiento. El conjunto de la sociedad es integrada en dichas estructuras creando una desproporcionada cantidad de funcionarios públicos, y lastrando así los presupuestos del Estado. La acaparamiento de los recursos por parte del ente burocrático tiende a paralizar el desarrollo económico y a anquilosar la producción. Asimismo, y como último aspecto interesante a destacar se encuentra la incapacidad de adaptación ante nuevas situaciones por causa de la rigidez burocrática, lo que a largo plazo conlleva arrastrar problemas no resueltos que incrementan la complejidad de la organización y, a su vez, las tendencias desestabilizadoras en su seno.

Las distopías han adoptado características propias de las sociedades totalitarias como resultado del desarrollo extremo de tendencias sociales actuales, las cuales se plasman de forma significativa en la superconcentración capitalista y los emergentes monopolios. En el ámbito de la ciencia ficción la distopía es bastante recurrente y se encuentran infinidad de ejemplos. En literatura los más significativos son 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Pero es en el cine donde la distopía ha encontrado un medio propicio para su plasmación y desarrollo, existiendo una innumerable cantidad de películas que tienen como tema de fondo universos distópicos.

Las creaciones distópicas constituyen una advertencia hacia los peligros actuales que, dado el caso, podrían desarrollarse de manera incontrolada en un futuro generando situaciones indeseables. Es, por así decirlo, adelantarse a la realidad, lo cual refleja una relación entre el subconsciente humano con una línea historicista del pensamiento y de la realidad en su conjunto. En el mundo del cine son reseñables películas como Fahrenheit 451 de François Truffaut basada en la novela homónima de Ray Bradbury, la trilogía de Mad Max de George Miller o la mayor parte de las películas de Terry Gilliam, entre las que destacaría la trilogía compuesta por Los héroes del tiempo, Brazil y Las aventuras del Barón Munchausen.

En definitiva, las distopías nos acercan a la cara más oscura de la modernidad y de su desarrollo tecnocientífico, el cual ha llegado a ser despersonalizador y alienante, advirtiéndonos de los peligros futuros que alberga el presente si determinados parámetros del sistema y sus correspondientes tendencias se desarrollan autónomamente hasta, dado el caso, generar un mundo distópico.

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Monday, April 07, 2008

LA EXPANSIÓN HACIA ORIENTE DEL BLOQUE ATLÁNTICO


 

En la última cumbre de la OTAN se ha confirmado su actual estrategia de cara a seguir extendiendo la alianza atlántica hacia el este, a lo que hay que añadir la inclusión de dos nuevos miembros como Albania y Croacia. Pero además de todo esto se han hecho patentes ciertas diferencias entre los miembros, y muy en particular entre algunos países de la UE y los propios EE.UU.

La inexistencia de una política exterior y de seguridad común real en la UE, y la consecuente división entre sus integrantes a este respecto, ha sido aprovechada por los EE.UU. para liderar la política exterior del conjunto del continente europeo de forma favorable para sus intereses. Es así como los países europeos, al no contar con un consenso real sobre esta materia, terminan siempre condicionados en su política exterior por los EE.UU. a través del aparato militar de la OTAN.

En esta última cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest las divergencias se han reflejado, sobre todo, en lo que se refiere a la conveniencia o no de admitir a trámite la petición de ingreso en la alianza atlántica de las antiguas repúblicas soviéticas de Ucrania y Georgia, además de la problemática ofrecida por el litigio de Macedonia y la oposición de Grecia a que dicho país ingresara como miembro en la OTAN.

De lo que no ha quedado duda es de la inclusión de nuevos países pertenecientes a los Balcanes, como son Croacia y Albania. Asimismo, pese a las reticencias alemanas sobre el ingreso de Ucrania y Georgia en la alianza, para lo cual EE.UU. ha ejercido fuertes e importantes presiones que tenían como propósito alcanzar su admisión para este verano de 2008, se ha manifestado claramente por parte de la OTAN que dichos países, tarde o temprano, ingresarán en la alianza, pero que por ahora ello no es posible, alegando que todavía no están preparados para ello a nivel político, social y económico. Esto no deja de ser, en definitiva, una simple excusa que encubre la oposición alemana a que estos países pertenecientes a la órbita rusa ingresen en la OTAN, ya que ello podría deteriorar de algún modo las relaciones ruso-alemanas y, así, comprometer importantes intereses alemanes en lo que a relaciones económicas y energéticas se refiere.

La demora y, por tanto, el aplazamiento del ingreso de estos dos países en la alianza supone, a corto plazo, un revés para los planes americanos en el continente euroasiático y en su estrategia mundial, sobre todo en lo que ataña a hacerse con el control y hegemonía sobre el Mar Negro.

Las circunstancias políticas internacionales y la actual coyuntura histórica, unido también a un conjunto de complejidades geoestratégicas, energéticas, económicas y de índole militar, han hecho posible que las pretensiones americanas para hacerse con Europa oriental y el Mar Negro hayan quedado frustradas por ahora. Tanto Ucrania como Georgia, por razones de vecindad directa con Rusia, suponen aún hoy un foco de tensión importante en la expansión hacia oriente del bloque atlántico, pues ello supone entrar en colisión con los intereses nacionales rusos dentro de su propia área de influencia.

Pese a que Rusia haya asumido la irreversibilidad del proceso de desmembramiento político en los Balcanes, lo que ha llevado a aceptar la integración tanto de Croacia como de Albania en la OTAN, se mantiene, por el contrario, opuesta a las presiones occidentales sobre Serbia a través de la independencia de Kosovo, lo que en cierto modo contribuye a dificultar las relaciones entre el bloque atlántico y Rusia.

Pero a pesar de esto, y teniendo en cuenta que los Balcanes como zona de influencia propia de Rusia se ha perdido completamente para los intereses de este país, es ahora el Mar Negro la gran asignatura pendiente para los intereses estratégicos del bloque atlántico y donde, de alguna manera, se comprobará la determinación con la que Rusia está dispuesta a defender sus intereses y su natural área de influencia.

En este sentido es reseñable la crisis política latente y más o menos exteriorizada que se vive en Ucrania y en Georgia, sobre todo en la primera debido a que las intenciones del actual gobierno por entrar cuanto antes en la OTAN ha propiciado fuertes controversias, principalmente entre las fuerzas de la oposición encarnada por el Partido de las Regiones (pro-ruso), y las fuerzas de izquierda como el Partido Comunista de Ucrania y los socialistas. Pero a esta circunstancia se le suma la impopularidad de la decisión gubernamental de abrir un proceso de integración en el bloque militar atlantista, y ello debido a que más de la mitad de los ucranianos valoran muy negativamente a la OTAN, la cual tiene muy escaso prestigio en dicho país. Además de esto, es relevante el hecho de que la mayor parte de la población en Ucrania se manifiesta opuesta a la integración del país en un bloque militar, principio que consagra la propia constitución del Estado.

Derivado de lo anterior se ha reclamado de forma persistente en las instituciones públicas, y tanto desde los partidos de la oposición como desde las propias plataformas civiles y populares, la realización de un referéndum en el que someter a votación la entrada o no de Ucrania en la OTAN. Evidentemente esta fórmula no es nada favorable para los intereses del actual gobierno, en el cual se encuentran instalados las facciones más pro-occidentales y ultraliberales de Ucrania, motivo por el cual han optado por llevar a cabo el proceso de integración en la OTAN al margen de los intereses y la voluntad popular, todo ello mediante una declaración por parte del gobierno en la que se manifiesta la voluntad de Ucrania de ingresar en las estructuras de la OTAN. En caso de llevarse a cabo dicha integración que, actualmente, no parece que vaya a ser inmediata, implicaría, como mínimo, la modificación de la actual constitución y su sometimiento a ratificación por parte de la población.

Sin embargo nada de esto parece que vaya a ocurrir, y los actuales gobernantes se muestran decididos a emplear ciertos subterfugios legales para justificar el alineamiento de Ucrania con los intereses atlantistas. Esto podría llevarse a cabo bajo el pretexto de que el sistema jurídico ucraniano prohíbe el establecimiento de bases militares extranjeras sobre territorio nacional, y que el ingreso de Ucrania en la OTAN no implicaría el establecimiento de base militar alguna. Juntamente con esto, y a nivel mediático, desde el actual gobierno se intenta convencer a la opinión pública de que el alineamiento con Occidente no implica, en ningún caso, un empeoramiento de las relaciones con Rusia. Esto último forma parte, a su vez, de la ofensiva diplomática y mediática que ha emprendido EE.UU. en la región con el propósito de revalorizar la imagen y el prestigio de la alianza atlántica, y que tiene como objetivo alcanzar cierta cota de consenso social que haga aceptable la entrada en la OTAN.

Pero ha sido tradicionalmente Ucrania un asunto de especial interés para Rusia, ya que constituye el núcleo central de su influencia geopolítica sobre Europa oriental y la base geográfica para su control y hegemonía sobre el Mar Negro. Esto se expresa actualmente en la gran dependencia que mantiene Ucrania a nivel económico y energético con respecto a Rusia, prueba de ello es que la mayor parte de la industria del país (minera, química, aeroespacial, etc.), se encuentra en la frontera rusa y constituye una importantísima fuente de ingresos. A esto cabe sumarle las relaciones comerciales derivadas de la importación de productos de diversa índole procedentes de Rusia, unido a la importante inversión que este país ha realizado en suelo ucraniano. Y por último, en lo que a esto respecta, señalar la más que evidente y notoria dependencia energética de Ucrania en lo que a gas y petróleo se refiere, lo que sitúa a este país en una difícil tesitura en caso de que decida seguir adelante con sus pretensiones atlantistas.

Otro aspecto importante a tener en cuenta lo constituyen las recientes medidas adoptadas desde Moscú, las cuales no dejan de formar parte de un plan general de respuesta a las diferentes medidas que Kiev vaya adoptando para su integración y acercamiento a Occidente. Esta respuesta se ha venido concretando recientemente con el descenso de un 50% del flujo de gas y petróleo a Ucrania, así como la desinversión y traslado de parte de la industria militar y aeroespacial que se encuentra instalada en territorio ucraniano. Todo esto contribuye a agravar la precaria situación económica del país, aumentando el desempleo y la problemática social que se arrastraba desde tiempo atrás.

Asimismo, Rusia ha manifestado que en función de los pasos que vaya dando Ucrania en su política exterior, ello afectara de una forma u otra a sus relaciones con Rusia, lo cual se verá plasmado en medidas y decisiones concretas que afectarán a Ucrania en diferentes y variados ámbitos.

Otro punto importante que hay que reseñar es el que se refiere al gasto económico que, en caso de ingreso en la OTAN, va a tener que llevar a cabo Ucrania para modernizar su ejército y adaptarlo a las exigencias técnico-militares de la alianza atlántica. El esfuerzo económico que ello supone diezmaría considerablemente la situación social del país, y probablemente contribuiría a incrementar el rechazo social al ingreso en la OTAN y al gobierno, ya que todo ello tendría una grave contrapartida en su nivel económico y estándar de vida, afectando de este modo al bienestar del conjunto de la sociedad.

Por otra parte también se encuentra la circunstancia de que Ucrania cuenta con la presencia sobre su territorio de misiles intercontinentales de propiedad rusa, y cuyo mantenimiento y posterior desmantelamiento correrán a cargo del país donde están emplazados. Además, la problemática de la base aeronaval rusa de Sebastopol, cuyo arrendamiento finaliza en el 2017, generaría una extraña situación jurídica en caso de que Ucrania entrara antes de esa fecha en la alianza atlántica, lo que podría producir mayores tensiones con Rusia por el control de la península de Crimea y, con ello, el control del conjunto del Mar Negro. Juntamente con esto hay que sumar las disposiciones especiales que dicha península cuenta a nivel jurídico dentro de Ucrania y, también, a nivel internacional, lo que supondría en cierto modo un obstáculo que, sino terminara convirtiéndose en motivo de una controversia mayor, sí implicaría un retraso sustancial de cara a la definitiva integración de Ucrania en la OTAN.

Un ingreso a medio plazo de Ucrania en la OTAN no dejaría de abrir un proceso doloroso y problemático, ya que posiblemente desencadenaría fuertes conflictos sociales y políticos que no serían más que un reflejo de la confrontación entre el bloque atlántico y Rusia en su particular lucha por el control de espacios de poder. En última instancia Rusia propiciaría la secesión del este de Ucrania marcando el Dniéper como línea divisoria, lo cual no entrañaría una gran complicación debido a que es en esa región donde se concentra la mayor parte de la población rusohablante o rusófila, existiendo a su vez importantes partidos independentistas.

Esta medida garantizaría a Rusia el control de parte de Ucrania y conservaría su dominio sobre el Mar Negro al encontrarse la península de Crimea al este del Dniéper. Por otra parte no sería descartable una guerra civil cuyo fin dependería, en gran medida, de la intervención directa por parte de Rusia. Es importante decir que una situación de este tipo sería fruto de una escalada de tensiones que conduciría a ambos bloques a resolver sus diferencias de una forma drástica, siendo el conflicto armado una solución in extremis que, a día de hoy, no quiere ninguna de las partes pero que de ningún modo habría que descartar, ya que aún no siendo propiciado desde el exterior podría generarse espontáneamente desde dentro y como resultado de la desestabilización general del régimen y sistema político.

En lo que ataña a Georgia, su entrada en la OTAN en caso de producirse sería, en cualquier caso, a costa de la pérdida de las repúblicas secesionistas de Osetia del Sur y Abjasia, pues Rusia, más pronto que tarde, terminará reconociendo dichas repúblicas aunque en ningún caso estaría dispuesta a integrarlas en su territorio nacional por la carga financiera que ello supondría.

Por otra parte las contradicciones internas del régimen político existente en Georgia, unido a la actual presidencia del pro-americano Saakashvili, podría desarrollar, al igual que en Ucrania, nuevas tensiones que desestabilizaran a la pequeña república caucásica, y que estas se vieran reflejadas en conflictos políticos y sociales de diversa índole como la aparición de nuevos secesionismos, una nueva guerra con Armenia (aprovechando que vuelven a salir a la palestra los litigios territoriales existentes entre dicha república y Azerbaiyán), o simplemente una guerra civil en caso de que la oposición y el actual gobierno no lleguen a ningún acuerdo definitivo que ofrezca estabilidad política al país.

El carácter neoautoritario del actual régimen imperante en Rusia contribuye, en gran medida, a distanciarlo de los intereses y conveniencias del bloque atlantista, y lo convierte en un riesgo e incluso una amenaza estratégica en la medida en que dicho sistema se resiste a adoptar y asumir las directrices occidentales. La falta de democracia en Rusia permite al Estado concentrar gran parte del poder en sus manos, evitando en gran medida ingerencias políticas y económicas procedentes del exterior, y contando, a su vez, con mayor margen de maniobra con el que no cuentan muchos países occidentales. Pero unido a este aspecto se encuentra la enorme dimensión del territorio de la Federación Rusa, por cuanto en el mismo se concentran importantes bolsas de recursos que son, en gran parte y a largo plazo, los que terminarán prolongando durante cierto tiempo la era energética actual junto a sus estándares de vida.

Las pretensiones del bloque atlántico hacia Rusia son, fundamentalmente, cercar dicho Estado en torno a sus fronteras mediante la extensión del bloque militar de la OTAN hacia el este, y, finalmente, una vez tomadas posiciones estratégicas clave asaltar Asia central y hacerse con sus riquezas en recursos naturales. El futuro vendrá marcado por esta circunstancia en la que bloques geopolíticos opuestos pugnen por el control de aquellos recursos de los que, a largo plazo, dependa la subsistencia de la actual civilización moderna. Quien los controle dominará el mundo.
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Thursday, March 27, 2008

UN DUELO EXISTENCIAL por Claudio Mutti


Artículo publicado con motivo de la primera guerra del Golfo y traducido por Enrique Moreno Roldán. Debido a que el artículo conserva gran parte de su actualidad procedemos a su publicación en castellano.
 

Guerra para restablecer al emir fantoche en la dirección general de la Superbanca Kuwaitiana. Guerra para el control de las fuentes energéticas. Guerra para dejar clara la supremacía de Israel en todo Oriente Medio. Guerra para reafirmar la hegemonía estadounidense en Europa. Guerra para instaurar el "nuevo orden" proclamado desde Bush.

La agresión contra Irak supone seguramente todos estos objetivos. Pero hay algo más, más allá de todo esto. Y, por usar las palabras de un cualificado portavoz del occidentalismo italiano, Luciano Pellicani, el inicio de la guerra cultural entre Occidente y el Islam, la primera fase de un "duelo existencial" schmittiano que debería hacer realidad el triunfo de la Modernidad sobre las ruinas de la única cultura que todavía no ha sido homologada al sistema capitalista. Un cualificado exponente del pensamiento laico y progresista, Norberto Bobbio, ha expresado una tesis análoga: la acción militar contra Irak es indispensable para contrastar el peligro islámico, que amenaza la civilización occidental. Y no está carente de significado el hecho de que la tesis de Bobbio haya sido ya suscrita desde "Hiram", revista oficial de Palazzo Giustiniani.

Se podrá objetar que una interpretación de este género presenta alguna dificultad. La primera está en la matriz ba'thista del régimen iraquí, o sea, en una orientación doctrinal emparentado con la cultura política occidental: El Partido de la Resurrección (Ba'th) Árabe, fundado por un intelectual cristiano educado en Francia, no se inspira del todo en el "fundamento islámico", pero reclama oficialmente un nacionalismo panárabe que prescinde de las referencias religiosas y prefija como intento la "construcción del socialismo". Otra objeción que podría plantearse para contradecir el esquema trazado por Pellicani y Bobbio, es que en la coalición antiiraquí se encuentran 170.000 soldados musulmanes y que la base para las operaciones militares se encuentra en el territorio de Arabia Saudita, un país que pasa por ser la fortaleza de la más rigurosa ortodoxia islámica. Por otra parte, el derecho a hablar en el nombre del Islam ha sido denegado a Sadam Hussein mismo por algunos altos exponentes de la jurisprudencia musulmana, como Ahmed Kaftar (gran mufti de Siria y jefe de la Suprema Consulta islámica), Gad alHaqq (muftí de la universidad del Cairo del Azhar), ‘Abd el' Azîz Ibn Bâz (rector de la universidad de Medina) y otros.

Todo esto, a nuestro parecer, no perjudica para nada la validez de la interpretación del actual conflicto en términos de "duelo existencial" entre Occidente y el Islam.

De hecho, si es verdadero e incontestable que la actual ordenación política iraquí no está basada en los principios contenidos en el Corán y en el ejemplo normativo (Sunna) del profeta, es igualmente verdadero e incontestable que el pueblo iraquí es un pueblo musulmán, parte integrante de la nación islámica (umma), y que el potencial industrial, tecnológico y militar de Irak es patrimonio de esta última.  Y es precisamente por esto que los EE.UU. han decidido redimensionar radicalmente Irak. De esto deriva, según escribe en una editorial el órgano del Frente Islámico de la Salvación argelino, que es deber religioso de los creyentes "preservar el potencial iraquí, operar sin complejos y sin egoísmos criminales para reforzarlo, incrementarlo, desarrollarlo y hacer partícipes a los otros pueblos del Islam. Cada acción en sentido contrario es pura y simple traición a la nación islámica en general, a Palestina y a la ciudad santa de Jerusalén en particular. La guerra del Golfo, según el FIS, es por esto una "guerra de civilización" y constituye una "cuestión de existencia o inexistencia de la nación islámica".

Estas posiciones, expresadas desde un movimiento islámico militante que tiene la fuerza suficiente para poder hablar en plena libertad y autonomía, son por esto mismo más cualificadas, ortodoxas y representativas que no aquellas asumidas desde Azhar, de Riyad y de Damasco, sometido a los respectivos gobiernos y por tanto portavoces  de los clanes colaboracionistas de aquellos países. "Sería necesario -ha dicho el sheik Hamanî, ex presidente de la Suprema Consulta Islámica- que el mundo musulmán pudiese convocar un congreso de juristas libres, que no se celebre ni en Bagdad ni en la Meca. Cierto es que La Meca es la ciudad santa, la capital de los musulmanes, pero hoy se encuentra bajo la ocupación de los jeques del petróleo, que han llamado a los cruzados a su país"

En cuanto a la presunta ortodoxia islámica del régimen saudita, si todavía tuvieseis necesidad de que se os demostrara la total inconsistencia, no se insistirá jamás lo suficiente en hacer notar que el wahabismo presenta marcadas características heterodoxas y que, como tal, ha sido refutado y condenado por los doctores del Islam, tanto de suníes como chiítas. Alojando en su territorio de la península arábiga las tropas de los EE.UU. y sus satélites, por lo tanto, el corrupto régimen de los jeques petrolíferos de Riyad no ha hecho más que comportarse coherentemente con la naturaleza hipócrita y anti-islámica del wahabismo, la cual por otra parte se ha manifestado en el nacimiento del mismo Estado saudita. Los eventos actuales constituyen, en definitiva, la demostración de que no era una simple expresión propagandística la calificación de "Islam americano" aplicada por parte del imán Khomyni a la parodia de Islam puesta en acto por los jefes saudíes.

Non puede luego existir duda de que el choque actual sea efectivamente un duelo existencial, más que una simple reanudación neocolonialista.

Y esto lo han comprendido las vanguardias más conscientes de la nación islámica, desde Marruecos al Asia Central, por lo cual la bandera de Irak, sobre la que hoy predomina el lema Allahu Akbar, se ha convertido en el emblema de una identidad cultural reencontrada unitaria y viviente, amenazada por la colisión con el imperio del mal.

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Monday, March 24, 2008

TÍBET ES CHINA


 

No es ninguna casualidad que con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín, se haya desarrollado en el Tíbet, y más concretamente en la ciudad de Lhasa, disturbios protagonizados por independentistas tibetanos contra la autoridad del Estado chino en la región autónoma.

Desde hace meses Occidente ha llevado a cabo una campaña para desacreditar y boicotear a China a través de los grandes mass-media, para lo que se ha utilizado como pretexto la constante violación de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas (esos mismos Derechos Humanos que Occidente viola con los vuelos de la CIA y sus cárceles secretas en Europa), unido a las constantes peticiones por parte de diferentes organizaciones controladas por Occidente (ONU, ONG's, etc) para dialogar con el gobierno tibetano en el exilio y solucionar el conflicto político en torno a la región autónoma de Tíbet.

Todo esto se enmarca dentro de la estrategia general que está desarrollando el bloque euroamericano en torno a Europa oriental y Asia, y que en los últimos años se ha expresado por medio de diferentes revoluciones naranjas y de terciopelo (Ucrania y Georgia, pero también ver los intentos en Bielorrusia y Kazajstán), y revoluciones de los monjes en el sudeste asiático como fue el caso de Birmania, con el propósito de desestabilizar los regímenes no colaboracionistas y, al mismo tiempo, promover la expansión del bloque económico-militar atlántico sobre el continente euroasiático.

Las tácticas empleadas por los EE.UU. y la UE se basan en utilizar simultáneamente el poder mediático-informativo a nivel internacional, así como las organizaciones opositoras dentro de los diferentes países junto a movimientos sociales ya existentes o creados ad-hoc, con los que desarrollan manifestaciones, desobediencia civil, boicots, sentadas y distintas formas de protesta con el objetivo de crear tensiones y desestabilizar los gobiernos hasta derrocarlos o, por lo menos, encontrar fórmulas conciliadoras que permitan a la oposición conseguir cotas de poder dentro del Estado lo que, inmediatamente, confiere al bloque Occidental la capacidad de decisión sobre dicho país y determinar, finalmente, el rumbo del mismo en materia internacional plegándolo a sus exigencias.

El antiguo golpismo de la era de confrontación entre bloques unido al abastecimiento militar y logístico de guerrillas o paramilitares, ha sido sustituido, en gran parte, por las nuevas tácticas postmodernas de desestabilización y derrocamiento de regímenes. Es así como han adoptado un especial relieve la infiltración llevada a cabo a través de ONG's, las cuales han sembrado la discordia social dentro de los regímenes reticentes a las políticas occidentales (ver el caso de Rusia y Bielorrusia, entre otros), siendo un importante elemento de presión sobre sus gobiernos a la vez que cuentan con el soporte y apoyo de los grupos mediáticos, aquellas corporaciones informativas que dan relieve internacional a dichas agrupaciones y sirven, también, para legitimar sus actuaciones.

La CIA, junto a diferentes servicios secretos occidentales, desarrolla actividades clandestinas con los grupos de oposición, los cuales son subvencionados y apoyados de forma encubierta. Es notable el hecho de que dichos servicios se encargan de preparar a cuadros dirigentes para enseñarles las principales técnicas de movilización social, adiestrándolos en tácticas de sabotaje, boicots, enfrentamientos con las autoridades, organización de protestas y manifestaciones "espontáneas", etc. Esta es la forma con la que intentan darle un carácter popular y cierta legitimidad social a las demandas que realizan a través de estos grupos, los cuales sirven de instrumento de presión para Occidente.

La pantalla informativa internacional de los mass-media genera una opinión pública mundial favorable a los intereses de las grandes potencias occidentales, ya que, así, presentan al mundo su visión del conflicto o problema como si fuera la única, apoyando de esta manera las demandas y peticiones de aquellos elementos que dentro de los países que se intentan desestabilizar operan al servicio de Occidente. La información es, aquí, propaganda utilizada para predisponer a la comunidad internacional y conseguir apoyos externos con los que presionar al país.

Este modus operandi es el que se ha utilizado en diferentes lugares y momentos para generar tensiones, desestabilizar y, en última instancia, derrocar a gobiernos y regímenes que no complacen a Occidente. Dentro de este contexto se sitúa el caso particular del Tíbet, coincidiendo, a su vez, con otras coyunturas que han hecho propicio el desencadenamiento de una ola de protestas y boicots que han estallado, aparentemente, de forma espontánea justo antes del comienzo de los Juegos Olímpicos de Pekín.

Pero lo cierto es que el caso de Kosovo, con el que se ha legitimado la fragmentación del Estado serbio y la violación de su integridad territorial y su soberanía, constituye un claro precedente que ha animado, sin lugar a dudas, los secesionismos en el mundo, siendo ahora el Tíbet el más claro ejemplo en el que la comunidad religiosa de los monjes budistas ha sido movilizada, al tiempo que se han llevado a cabo y al unísono distintas protestas y revueltas en diferentes ciudades tibetanas, creando disturbios y llevando a cabo enfrentamientos multitudinarios contra las fuerzas de orden público. Esta rebelión a la que se le han dado tintes populares, ha sido respaldada y legitimada por Occidente como respuesta a la violación de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas, unido, también, a la acusación que se ha vertido sobre China de estar llevando a cabo un genocidio contra la minoría tibetana y de violar todos sus derechos.

La magnificación de las protestas se ha incrementado no sólo tras los disturbios y los encarcelamientos de la minoría política partidaria de la independencia del Tibet, sino sobre todo tras el cierre a cal y canto, por parte de las autoridades Chinas, de la región autónoma del Tibet prohibiendo el acceso de la prensa y demás medios informativos internacionales. Esto ha dado lugar a que se hayan creado toda una serie de especulaciones y declaraciones en torno a lo que allí pueda estar ocurriendo, a lo que hay que añadir las presiones euroamericanas por medio de protestas y declaraciones contra el régimen chino.

Sin duda estamos asistiendo a un nuevo intento por llevar a cabo una revolución de los monjes en Tibet, lo que se encuadra en la estrategia general de los EE.UU. y la UE de infiltración en Asia central y el sudeste asiático. En este caso se intenta debilitar y diezmar al régimen chino aprovechando las contradicciones internas que aún persisten dentro del mismo, lo que se intenta reforzar con la presión internacional intentando presentar a las autoridades chinas como déspotas que oprimen a una minoría étnica en el país.

Sin embargo, la independencia del Tíbet ha sido amparada y promovida por las potencias euroamericanas, y muy particularmente por los EE.UU., los cuales el noviembre del año pasado concedieron la medalla de oro del Congreso al Dalai Lama, dando claras muestras de qué lado está la nación americana en lo que se refiere al conflicto existente en torno al Tíbet.

Las intenciones del bloque occidental euroamericano se centran en cercar la gran potencia china en sus fronteras, y en la medida de lo posible intentar practicar una infiltración política tratando de sembrar la discordia social interior, y en última instancia posibilitar algún tipo de secesión con la que poder instalar un Estado títere al servicio de los intereses occidentales. Esta estrategia está motivada, sobre todo, por el potencial económico que alberga el país asiático, lo cual preocupa en sobremanera a los EE.UU. quien está influenciado económicamente por China de forma muy considerable, a lo que habría que añadir la problemática que para la UE suponen las exportaciones chinas, ya que tienden a diezmar la producción interior debido a sus bajos costes.

Es muy posible que la enérgica respuesta China ante la provocación occidental se exprese, a nivel interno, en una dura represión de los grupos independentistas, mientras que a nivel internacional la postura china sobre cuestiones de relieve pueden motivar, a corto-medio plazo, un mayor endurecimiento y una creciente oposición a los intereses y pretensiones unipolares de Occidente. Además, también hay que añadir que el desarrollo de China como potencia económica no entra necesariamente en contradicción con el modelo político de partido único, por cuanto la estrategia de las autoridades chinas se centra en propiciar el crecimiento económico a la vez que, el partido único se mantiene en el poder. Por el contrario Occidente quiere explotar las contradicciones económicas derivadas de los desequilibrios sociales internos chinos, y simultáneamente confrontarlas al modelo político de la China actual para, de cara al futuro, promover cambios en la esfera política que permitan, finalmente, instalar en el poder de China a una nueva elite política servil a Occidente.

Dependiendo de cómo y en cuánto tiempo ataje China la rebelión de los monjes tibetanos, se sucederán condenas a nivel internacional aunque difícilmente estas alcancen un nivel relevante dentro de la ONU, pero que tendrán como objetivo desacreditar al régimen Chino y presionarle para que comience a efectuar reformas en marco político de cara a constituir un régimen que, con el tiempo, termine siendo homologable a las pseudodemocracias occidentales. En cualquier caso nada está totalmente decidido, por lo que no sería descartable una respuesta China a nivel internacional dentro de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) junto a Rusia, y a un nivel militar con el que llamar la atención a las potencias occidentales.

Kosovo ha sido, probablemente, el detonante de una espiral de protestas y reivindicaciones secesionistas que se avivarán en el mundo entero, y que se intentarán focalizar en aquellos lugares donde los intereses euroamericanos tienen una mayor importancia estratégica. Su intromisión en Asia central por medio de las desestabilizaciones y del incremento de la inseguridad regional, servirá en gran medida como pretexto para justificar cualquier intervención o el apoyo a determinadas facciones. Todo ello contribuye a que el derecho internacional sea vilipendiado y la integridad y soberanía de los Estados no sea respetada. Por estos motivos, a día de hoy, los EE.UU. y la UE son los mayores interesados de que China quede mal ante el mundo con el problema del Tíbet, y al mismo tiempo favorecer en lo posible la secesión de esta región. Sin duda un Vaticano budista en Asia serviría, y mucho, a los intereses económicos, militares y políticos de los EE.UU. en particular, y de sus aliados en general.
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Friday, March 21, 2008

LA DINÁMICA CONTRADITORIA DEL CAPITALISMO


La tercerización de la economía ha implicado una increíble expansión del sector servicios y de aquellas actividades orientadas hacia el consumo más que a la producción, lo que ha hecho innecesarias las grandes tasas de natalidad que se daban en las sociedades industriales, (en España se encuentra el claro ejemplo del baby-boom de los 60), y que garantizaban la mano de obra necesaria para ocupar la demanda laboral en la industria.

Este desplazamiento de la mano de obra desde el sector industrial al terciario se reveló como resultado de la evolución hacia una economía intensiva, por lo que los cambios tecnológicos en la producción redujeron sustancialmente la necesidad de mano de obra. Como consecuencia de esto se desarrolla un nuevo período que constituye la consolidación de una sociedad consumista, por cuanto el trabajo se encuadra a partir de entonces en el mercado y en las actividades comerciales.

El desplazamiento de la mano de obra de un sector a otro entraña, al mismo tiempo, una serie de complicaciones económicas debido a que la máquina no puede sustituir al hombre en todas las esferas del trabajo, por esta razón, y unido al descenso de la natalidad, se procede a importar mano de obra barata del exterior, lo cual contribuye a mantener la estructura económica existente y su correspondiente funcionamiento.

Asimismo, se afianza y refuerza el criterio plutocrático de selección en la estructura social. Esto ocurre en la medida en que el nivel de renta unido a la capacidad de endeudamiento constituyen la fuente de ingresos precisa para acceder a los correspondientes recursos de subsistencia, lo cual automáticamente sitúa a las personas en una determinada escala social. El determinismo económico de estos factores se expresa, a largo plazo, en la capacidad de las personas para escalar posiciones en las jerarquías sociales, y en última instancia en la posibilidad de formar una familia y tener descendencia, privilegio que a día de hoy únicamente está reservado a las clases adineradas.

Sobreviven a los golpes económicos producidos por crisis y períodos de inflación y desinflación aquellos que perciben mejores rentas, o que se encuentran en un estrato sociolaboral más favorable. Es así como opera la selección dentro de la estructura social del capitalismo. Aquellos que no resisten los vaivenes económicos quedan relegados a una posición de explotados, al mismo tiempo que quedan inmersos en un proceso de paulatino empobrecimiento.

Se generan fuerzas sociales opuestas que contribuyen a generar tensiones latentes en el entramado social. En la medida en que se genera una nivelación por arriba de las clases sociales más pudientes, todo ello fruto de la concentración de la riqueza, también se desarrolla en sentido opuesto una nivelación por debajo entre las clases más desfavorecidas, lo cual contribuye a una mayor polarización social. Sin embargo, a esta coyuntura se le añade el hecho de que las clases explotadas son sometidas, además, a la desaparición física, mientras que las clases pudientes pueden permitirse una larga descendencia que garantice la conservación del patrimonio familiar, e indirectamente mantener la existencia del grupo social de pertenencia. El liberalismo ha desarrollado aquí un arma más sutil y silenciosa en la lucha de clases, trasladando este conflicto social a una dimensión biológica por la que se persigue la completa eliminación física del enemigo.

Pero todos estos fenómenos no son más que el resultado del despliegue de una lógica dialéctica que implica el enfrentamiento entre dos sujetos históricos, entre el Capital y el Trabajo, como principios antagónicos que se desarrollan respectivamente hasta su plena realización una vez el capitalismo ha alcanzado su cumbre, de tal forma que ambos sujetos dejan de ser títeres de la lógica histórica objetiva pasando a ser, entonces, sus sujetos conscientes y autónomos capaces de guiar los procesos históricos, además de proyectar y afirmar su propia voluntad autónoma.

El Trabajo, como impulso creativo y como principio positivo, representa un valor en sí mismo por su autosuficiencia al ser, al mismo tiempo, la fuerza primaria del desarrollo histórico. Por el contrario, el Capital representa el polo negativo de la historia, se caracteriza por la explotación y la alienación del Trabajo. Sus respectivas naturalezas antagónicas se desarrollan y despliegan históricamente de forma dialéctica, influenciándose recíprocamente y generando un proceso único de carácter político y económico.

El desarrollo del Trabajo contribuye al desarrollo de los modelos de explotación, de forma que el Capital, como sujeto antitético, se evidencia de manera gradual a lo largo de la historia con el perfeccionamiento de sus instrumentos de explotación. Estos dos polos de la historia económica ponen en funcionamiento el desarrollo histórico a través de la dinámica contradictoria que engendran en las relaciones de producción, terreno donde se produce la interacción de ambos sujetos y su correspondiente enfrentamiento.

El capitalismo es la fase histórica de máxima realización de ambos sujetos y en la cual se resumen todos los estadios precedentes del desarrollo histórico. Toda la coyuntura histórica termina reduciéndose a un dualismo que se define en términos absolutos, un enfrentamiento de dimensiones escatológicas. Esto es así en la medida en que ambos sujetos han tomado plena autoconciencia de sí mismos, generando respectivamente sus propias realizaciones y estructuras antagónicas, por lo que ya no existen únicamente como sustancia objetiva de la realidad, sino también como espacios ideológicos subjetivos que finalmente, en el s. XX, terminaron adoptando su más preclara expresión en el conflicto entre modelos sociales radicalmente opuestos.

La explotación que ejerce el Capital como elemento parasitario se refleja en el hecho de que el Trabajo, el cual produce siempre más de lo necesario para satisfacer las necesidades vitales, es desposeído del «plus» al que da lugar con su actividad creadora. Esta contradicción esencial entre sujetos históricos de signo antagónico se manifiesta claramente en las relaciones y formas de producción del capitalismo avanzado, en las cuales se refleja la lógica de la dialéctica materialista que conduce todo el proceso histórico.

La realidad está en permanente cambio y movimiento fruto de las contradicciones que alberga como consecuencia de la existencia de una lucha entre fuerzas opuestas. Estos conflictos entre opuestos se resuelven dialécticamente a través de síntesis superadoras, nuevos estadios en el desarrollo histórico que son el resultado de la oposición entre tesis y antítesis que alberga toda cosa o situación. A su vez, toda síntesis es portadora de nuevas contradicciones que se resuelven también dialécticamente. La realidad constituye una unidad entre opuestos que, aún estando vinculados entre sí, se excluyen mutuamente generando un desarrollo conflictivo en el que los cambios cuantitativos, habiendo llegado a un nivel crítico, dan lugar a cambios cualitativos, o lo que es lo mismo, producen un cambio de nivel superior en la realidad. Es así como se producen las transformaciones de la realidad y esta es puesta en movimiento.

Las relaciones entre los sujetos históricos Trabajo y Capital se desarrollan siguiendo el patrón dialéctico señalado. El capitalismo, como sistema económico, desarrolla en su interior estas contradicciones que dan lugar a su evolución histórica, al despliegue de sus posibilidades. Ello ha contribuido a que el capitalismo haya sufrido importantes y significativas transformaciones, atravesando diferentes fases en su desarrollo hasta su culminación en la era financiera.

Aún hoy las contradicciones entre el Trabajo y el Capital subsisten aunque de forma latente, por cuanto el s. XX tuvo como desenlace histórico el triunfo mundial del Capital sobre el Trabajo y sobre todas sus manifestaciones ideológicas. Este hecho se vio plasmado con la desaparición del campo socialista y, posteriormente, de todos los rescoldos ideológicos que todavía representaban una oposición al Capital. Esta victoria ha sido el resultado de cientos de siglos de desarrollo histórico que condujeron al Capital a un alto grado de autoconciencia, lo cual le permitió mantenerse constante y coherentemente en el tiempo a la vez que extraía enseñanzas de la praxis y estrategia del enemigo, dotándose a sí mismo de su propios mecanismos de prevención.

La unidad y solidez expresadas a través del carácter impermeable e ideológicamente monolítico del Capital como sujeto histórico, ha impedido su desgaste y fragmentación haciéndose finalmente con la victoria decisiva. Sin embargo, la lógica de la dialéctica materialista persiste y ello se manifiesta en la dinámica contradictoria que conduce al capitalismo. La consecuencia de esto es la creciente complejidad del sistema-mundo, por lo que todo tiende hacia el desorden y el caos de forma que las posibilidades de catástrofe se disparan.

Dentro del sistema capitalista a la empresa le mueve la búsqueda del máximo beneficio, y esto se lleva a cabo a través de la apropiación de la plusvalía. El desarrollo histórico del Trabajo ha producido, simultáneamente, el progreso de las formas de explotación por parte del Capital hasta la actual era económica del capitalismo. El «plus» que produce el trabajo de los empleados, y que representa la diferencia entre costes e ingresos, es fruto de un proceso productivo en el que en cada una de las fases se ha creado valor añadido y este se ha introducido en el producto. El precio final del producto es, entonces, el resultado de un proceso objetivo en el que se encuentran recogidos los costes de producción y el valor añadido resultante de la actividad productora de los trabajadores.

La apropiación del beneficio por parte del capitalista desposeyéndole al trabajador de la plusvalía, manifiesta y reproduce las contradicciones económicas existentes en los medios de producción, y que son la consecuencia de las relaciones antagónicas existentes entre trabajadores y capitalistas.

Mientras el capitalista es el que, disponiendo de capitales, realiza la inversión que le permite hacerse con los medios de producción (fábrica, maquinaria, materia prima, etc...) y conseguir la mano de obra necesaria, los obreros ofrecen su fuerza de trabajo para llevar a cabo la producción, pero a estos últimos les es negado el beneficio (plusvalía) que resulta de su actividad productora, el cual es sustraído por el capitalista dentro de un proceso de acumulación de capitales. Asimismo, se da una relación de explotación y dominación entre el capitalista y los trabajadores, siendo el primero quien impone las condiciones laborales a los segundos, y a su vez quien determina las formas de producción en la organización del trabajo. Los trabajadores no se organizan a sí mismos en la producción ni determinan qué y cuánto van a producir, sino que es la junta directiva, órgano que representa los intereses de los accionistas al haber sido elegida por estos, la que emite  las directrices en este sentido.

Han sido estas contradicciones entre Trabajo y Capital las que han movido el sistema económico, las que dialécticamente han generado el desarrollo histórico de las formas de producción y, con ello, los cambios que ha sufrido la economía a lo largo de la historia. Las relaciones de producción y la organización social del trabajo se han desarrollado según este mismo esquema, manteniéndose así la explotación del Trabajo por parte del Capital con su expolio y usurpación de la plusvalía, pero al mismo tiempo determinando las condiciones en las que se realiza la actividad productora.

La lucha de clases es el resultado de la contradicción existente en los medios de producción entre el Trabajo y el Capital, la cual ha enfrentado a las fuerzas representantes de ambos sujetos históricos: trabajadores y capitalistas. A partir de este enfrentamiento en el que cada una de las partes ha tomado gradualmente autoconciencia de sí misma, ha desarrollado el capitalismo su dinámica contradictoria actualizándose en el tiempo, modificando las formas de producción a través de cada una de sus fases de desarrollo. Este hecho se aprecia claramente en la historia económica reciente de los dos últimos siglos, durante los cuales se han dado importantes y significativos cambios en la esfera de los medios de producción, llevándose a cabo un destacable avance del trabajo por causa del influjo de diferentes revoluciones industriales y tecnológicas, progresos en la organización del trabajo, etc., a lo que le han seguido la aparición de los correspondientes mecanismos de explotación del Trabajo por parte del Capital.

El capitalismo ha priorizado históricamente las relaciones entre propiedad y capital, a partir de las cuales ha creado sus propias formas de explotación sobre el Trabajo. Se podría decir que dicho proceso ha culminado históricamente en la era financiera actual, en la que se ha llevado hasta el final, y casi hasta sus últimas consecuencias, la lógica que conduce la dinámica contradictoria de todo el aparato económico capitalista.

La economía virtual y especulativa ha tomado primacía sobre la economía real y productiva, la cual ha quedado relegada a un espacio marginal. El sector terciario es el mayoritario en las sociedades post-industriales, mientras que a medida que pasa el tiempo el sector industrial obtiene notables avances con una progresiva aplicación de la máquina y de las nuevas tecnologías al proceso de producción, haciendo cada vez más prescindible la mano de obra y desplazándola al ámbito de gestión y administración de procesos. Simultáneamente el mercado y el sector de servicios adoptan una importancia descomunal fruto de la implantación de una sociedad y economía fundada en el consumo.

Como consecuencia de esta circunstancia proliferan los productos financieros, pues el valor del individuo ha dejado de medirse en función de la renta percibida, y que antaño se resumía en el viejo dicho de «tanto tienes, tanto vales». Actualmente el valor de una persona reside en su capacidad de consumo, por cuanto esta no sólo cuenta con los ingresos mensuales de su renta, sino que se le ha puesto a su disposición toda una serie de líneas de crédito que favorecen y fomentan el consumo, situándole de este modo por encima de sus capacidades económicas reales. A esto se suma el grado de sofisticación que ha adoptado la publicidad y el marketing como instrumentos al servicio del consumismo, llegando a inducir necesidades artificiales para incitar al consumo. Todo esto alimenta la rueda del consumo que reporta enormes beneficios a los grandes capitalistas.

Es así como se llega al punto en el que los bienes y servicios se vuelven cada vez más intangibles, y la relación que se tiene con las cosas se convierte cada vez más efímera al establecerse nuevos hábitos de consumo, como puede ser, entre otros, la cultura del usar y tirar. Asimismo, el creciente tamaño de la economía virtual y de las operaciones de bolsa son la expresión más acabada de estas características propias de la era comercial y financiera. Como consecuencia de esto, las relaciones entre propiedad y capital han sufrido una transformación progresiva y gradual a lo largo de la historia económica, la cual les ha llevado al estadio actual en el que la propiedad ha quedado completamente despersonalizada a través de las sociedades anónimas, aquellas en las que millones de accionistas son los propietarios.

El conjunto de la economía está orientado hacia la búsqueda y consecución del máximo beneficio individual, y ello dentro de un marco jurídico en el que no existen regulaciones o controles por parte de la autoridad pública sobre las actividades económicas, quedando todo reducido únicamente a una serie de convenciones legales que se ocupan de encauzar las relaciones económicas para evitar los desórdenes públicos. Se da, entonces, la primacía del interés individual sobre el social, lo que lleva, inevitablemente, a la aparición de formas de explotación sobre la sociedad por parte de individuos y oligarquías económicas.

Además de esto, la primacía del individualismo en el ámbito económico, pero también en el político con la implantación de un sistema jurídico único y universal que suprime los cuerpos intermedios, a la vez que confiere seguridad y estabilidad jurídica para el desarrollo de las actividades económicas, da lugar a una despersonalización de la propiedad que se expresa a través del colectivismo financiero, aquel por el que cientos y hasta miles de accionistas son propietarios de una misma empresa.

El individualismo económico produce una despersonalización por la que la propiedad, lejos de ser un instrumento al servicio de la sociedad, pasa a ser un fetiche con el que los capitalistas aspiran a conseguir el máximo beneficio posible. Por esta razón, la propiedad privada en los medios de producción pierde una función social y deviene en una mercancía, en un fin en sí mismo como parte del proceso de acumulación de capitales. La búsqueda del interés particular conduce a que los capitalistas, coyunturalmente, se unan en sociedades anónimas con el objetivo de conseguir mayores beneficios, imponiendo sus intereses y condiciones a los trabajadores. La propiedad de la era financiera caracterizada por este tipo de sociedades, constituye el más claro ejemplo de un colectivismo fruto del individualismo despersonalizador en el que los accionistas, como aves de carroña, únicamente pretenden sacar el máximo partido económico sin importarles el futuro de la empresa o de sus trabajadores.

La dinámica contradictoria del capitalismo no sólo lo mueve e impulsa hacia delante, sino que hace posible su permanente y constante renovación que lo actualiza siempre bajo formas nuevas. La lucha de clases subsiste de forma latente en la medida en que las fuerzas del Trabajo han sido sobornadas ideológica y culturalmente por las fuerzas del Capital, y esto ha sido así por cuanto los explotados han terminado asumiendo como suyas la forma de vida y las metas culturales de los explotadores. Esta circunstancia ha permitido recluir cualquier aspiración en el ámbito económico a un simple reformismo, aquel que se limita a emitir quejas y reclamar mejoras parciales en el terreno laboral a través de incentivos económicos, al tiempo que se le hace creer a las masas trabajadoras que aún tienen en sus manos algún tipo de poder.

La voluntad revolucionaria que animó en su tiempo a las fuerzas del Trabajo, se caracterizó por ser una voluntad orientada en un claro y definido sentido con el objetivo de invertir el rumbo de los acontecimientos, la misma que aspiraba hacer de los trabajadores algo más que una nueva clase dirigente sino, por el contrario, constituir el fermento para la creación y advenimiento de una humanidad nueva, cubriendo así con un significado propio el espacio de poder.

Como única alternativa al actual sistema a largo plazo y en un futuro aún hoy indeterminado la constituye, sin lugar a dudas, la superación del patrón Capital-Trabajo que ha regido históricam