UNA PERSPECTIVA GEOPOLÍTICA SOBRE LAS RELACIONES ENTRE EE.UU. Y RUSIA EN MATERIA DE DESARME Y CONTROL DE ARMAMENTOS

(El presente texto fue redactado en mayo de este mismo año, por lo que algunos de sus contenidos puede que no se ajusten del todo a la situación actual en lo que se refiere al escudo antimisiles que con anterioridad proyectaba instalar EE.UU. en Europa central y oriental)
1. Introducción
La presente investigación girará en torno a las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme dentro del contexto histórico actual. Por este motivo cobrará suma importancia la cuestión relativa al escudo antimisiles que los EE.UU. pretenden instalar en Europa central, unido también a las difíciles relaciones que existen entre la OTAN y Rusia.
Se tratará de poner de manifiesto la existencia de intereses vitales contrapuestos entre ambas potencias, lo que hace imposible la consecución de acuerdos estratégicos en materia de desarme. Esta dificultad para conseguir un entendimiento a largo plazo entre ambos países se debe, en gran medida, a causas de orden geográfico sobre las que enfocaremos el tema central de la investigación.
Así pues, la geopolítica, como método de estudio, servirá para esclarecer las causas de orden geográfico que se esconden tras los intereses vitales de las potencias, y de cómo la posición geográfica de una potencia da lugar a la formación de una determinada visión del mundo que termina definiendo los intereses fundamentales de dicha potencia. En función de esa representación del mundo que nace de las condiciones geográficas impuestas por el medio, se establecen las principales líneas de la política exterior que marcarán la estrategia general de la potencia en el ámbito internacional.
En las relaciones entre Rusia y EE.UU. parecen existir en el plano geopolítico unas contradicciones insalvables, lo que ha producido no sólo intereses que se han definido en políticas exteriores y estrategias completamente opuestas, sino que a nivel de seguridad y armamento únicamente han sido posibles acuerdos más o menos coyunturales, tácticos si se quiere, pero que en ocasiones alguna de las dos partes no ha implementado por completo.
La situación posterior a la guerra fría ha significado un cambio radical en la organización del sistema internacional con el establecimiento del unipolarismo norteamericano. Este aspecto consustancial al contexto general en el que se desenvuelven las relaciones internacionales, y más concretamente las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme, hacen fundamental tener en consideración la problemática del reparto y la concentración de poder a escala mundial.
En términos generales la estructura del trabajo partirá de lo teórico y general para llegar al caso práctico y concreto: las relaciones entre EE.UU. y Rusia en el ámbito del desarme y las posibilidades, más bien limitadas, que existen para alcanzar algún tipo de acuerdo. En este sentido se establecerá la geopolítica como marco teórico e instrumento de análisis para deducir y derivar la importancia de las condiciones geográficas en la definición de los intereses de las potencias, y con ello sus respectivas políticas y estrategias.
Una vez esclarecida la importancia del medio geográfico en la configuración de los intereses de cada potencia, se llevará a cabo una breve aproximación a la estructura del sistema internacional, el grado de distribución y concentración del poder y las estrategias que cada potencia ha desarrollado.
Finalmente, se abordará el caso concreto de las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme, lo que será puesto en relación con todo el marco teórico previo para demostrar las inherentes dificultades, insalvables diríamos, para alcanzar algún tipo de acuerdo que sirva de marco para llevar a cabo un desarme real por ambas partes.
2. Los antagonismos geográficos en la lucha por el poder
Lo que aquí vamos a tratar es la oposición que se produce a nivel geográfico entre diferentes tipos de potencias, esto es: entre potencias marítimas y continentales. De esta oposición se derivan antagonismos políticos, pues el lugar que se ocupa en el mundo genera una determinada representación que definirá los intereses de cada Estado. En función de esos intereses se desarrolla una estrategia global acorde con las posibilidades que ofrece el propio medio geográfico desde el que se parte.
La geopolítica como “|…| el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política de poder en el plano internacional y el cuadro geográfico en el que se ejerce”[1], tal y como nos lo explica Pierre Gallois, hace de la contradicción entre la Tierra y el Mar el principio general en función del cual se organizarán las potencias, y según el cual trazarán sus respectivas estrategias.
La geopolítica se ocupa de establecer la parte activa que ocupa la geografía en la determinación de los acontecimientos políticos e históricos mundiales, pero al mismo tiempo se encarga de inspirar la estrategia política de las potencias aplicada al dominio del espacio continental y oceánico. De esta manera el espacio adquiere un carácter diferente, pues, además de constituir el soporte y el escenario de las acciones humanas, también condiciona la proyección exterior de los pueblos.[2] El espacio geográfico (por sus recursos, configuración, extensión y situación) impone un marco más o menos restringido a la política internacional de los Estados, la cual no deja de ser la expresión de una determinada visión del mundo impuesta, en mayor o menor medida, por la geografía.
Esta disciplina se revela, entonces, como un método de estudio y análisis de la historia que sugiere un modelo de generalización cualitativamente diferente al de las demás disciplinas. La explicación que ofrece acerca de una realidad tan compleja, llena de correlaciones, confrontaciones, interdependencias y diversas contradicciones, da lugar a un marco teórico caracterizado por cierto grado de simplificación al ser la dimensión espacial el eje central en torno al que giran todos sus análisis. En cualquier caso la geopolítica reúne un amplio conjunto de saberes, pues combina un máximo de factores y elementos de toda índole para realizar sus análisis de la realidad mundial, además de tratar aspectos de gran importancia como pudieran ser, entre otros, las condiciones de habitabilidad de la tierra, la definición de las fronteras y la disponibilidad de recursos, cuestiones todas estas que influyen de manera decisiva sobre los Estados.[3]
Finalmente, y en lo que respecta al método que constituye la geopolítica, cabe decir que si bien incluye en sus análisis factores de diverso tipo, sus conclusiones son siempre de carácter político. En última instancia son las relaciones de poder entre Estados, condicionadas por el medio geográfico, las que nutren las conclusiones que emite la geopolítica. Estas mismas conclusiones informan a sus máximos beneficiarios: estadistas y gobernantes. La geopolítica sirve como guía para formular estrategias, orientar políticas y organizar la defensa y seguridad del Estado. Cualquier intento de estudiar las relaciones internacionales o la política exterior de los Estados será del todo incompleto si no incluye los análisis y las conclusiones de la geopolítica.
La geopolítica siempre remite a una realidad que es mucho más estable que cualquier otro factor humano. El medio geográfico está revestido de una objetividad incuestionable que constituye la principal referencia para conocer las grandes directrices de una política exterior. Pero su propia lógica, a partir de la contradicción entre la Tierra y el Mar, establece la distinción entre los principales tipos de potencias. Así, mientras las potencias marítimas han basado su dominio en el control de las grandes rutas transoceánicas, del comercio marítimo mundial y, en definitiva, el gobierno de los océanos, las potencias continentales han pasado su poderío en la incorporación a sus dominios de los territorios limítrofes, en la posesión de una importante infantería y en la asimilación de los pueblos conquistados.
En lo que a esto respecta es bastante evidente que EE.UU. es una potencia marítima en la medida en que su poder en el mundo lo ha fundado sobre su flota naval, y con ello en el dominio del comercio internacional mediante el control de las principales rutas marítimas y con la posesión de enclaves estratégicamente situados en los océanos. Su insularidad es un tanto más difusa si la comparamos con la de Inglaterra, pero no cabe duda de que EE.UU. jamás hubiera podido aspirar a alcanzar el rango de potencia mundial si antes no hubiera hecho valer su poderío en su propio continente, evitando así la aparición de posibles rivales en su esfera de influencia.
En el caso de Rusia es fácil poder observar el difícil acceso que históricamente ha tenido a los mares cálidos, lo que ha impedido tener una importante flota. Pero lo más importante es su gran extensión geográfica. Ello se ha debido a la inexistencia de barreras naturales que protegieran a la nación lo que impulsó la conquista de nuevas tierras, todo ello con el objetivo de garantizar los avances precedentes. La expansión se produjo en todas las direcciones pues la enormidad de la estepa plantea, de entrada, la existencia de enemigos en todas partes al no haber un frente claramente delimitado. Todo ello fue posible en la medida en que dispuso de una poderosa infantería y supo integrar y asimilar a los diferentes pueblos conquistados dentro del orden imperial ruso.
Pero lo anterior, aún siendo importante no explica completamente el antagonismo que es inherente a los EE.UU. y a Rusia. Simplemente son aspectos que definen la forma por la que dichos países proyectan su poder en el mundo, pero no es suficiente si queremos desentrañar las contradicciones que conforman las relaciones entre ambos países. Aquí es donde la posición que cada uno ocupa en la configuración del espacio terrestre pasa a tener una importancia capital. Por tanto, a simple vista podemos observar que EE.UU. se encuentra en el continente americano, mientras Rusia ocupa la franja superior del continente euroasiático. En lo que a esto respecta son importantes las aportaciones teóricas realizadas en su momento por Halford Mackinder.
En un principio, si nos remitimos a datos objetivos, la importancia geopolítica de Eurasia para las potencias en su lucha por el poder queda bastante clara. Si la superficie total del planeta son 510 millones de km2, y los océanos cubren la mayor parte con aproximadamente 361 millones de km2 (el 71% del total), son únicamente 149 millones de km2 los que corresponden a la tierra firme, de los que 50 millones integran Eurasia, la mayor concentración de masa terrestre, el supercontinente o Gran Isla Mundial como la denominó Halford J. Mackinder. La concentración del elemento Tierra en el gran continente euroasiático del que África, con sus 30 millones de km2, puede ser considerada su prolongación natural, hacen de Eurasia el escenario natural para la lucha por el control del planeta.
La importancia estratégica de Eurasia resaltada por Mackinder en sus teorías ha sido reformulada por geopolíticos como Spykman y Brzezinski. La extensión del supercontinente euroasiático junto a su localización estratégica unido, también, a la vastedad de sus recursos humanos (4.000 millones de habitantes) y naturales, además de ser responsable, en conjunto, del 60% del PNB mundial, hacen de Eurasia un área clave para el dominio del planeta, de ahí que históricamente haya sido una prioridad para las potencias marítimas (fundamentalmente Inglaterra y EE.UU. durante la era moderna) impedir una gran alianza que hiciese posible la unidad de la Isla Mundial. “El poder euroasiático acumulado supera con creces al estadounidense. Afortunadamente para los Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande como para ser una unidad política” nos dice Zbigniew Brzezinski.[4]
“Eurasia es, por lo tanto, el tablero en el que la lucha por la primacía sigue jugándose”.[5] El continente euroasiático abarca lo que Mackinder denominó el pivote geográfico de la historia que constituye una gran franja terrestre imposible de cercar desde el mar y de invadir completamente. Es la región que históricamente ha sido el pivote de la política mundial, una franja de Eurasia que es inaccesible a los buques y que ha estado siempre abierta a los jinetes y nómadas. La mayor parte de ese territorio lo ocupa Rusia como Estado pivote, lo que tiene importantes implicaciones en el equilibrio de poder mundial.
Son bastante ilustrativas las palabras de Mackinder en lo que se refiere a la posible influencia del Estado pivote sobre esta región del planeta:
“El vuelco del equilibrio de poder a favor del Estado pivote, como un resultado de su expansión por las tierras marginales de Eurasia, permitiría la utilización de los amplios recursos continentales para la construcción de una flota, y el imperio del mundo estaría a la vista.”[7]
Dada la importancia geoestratégica del heartland euroasiático es natural que las potencias marítimas hayan tratado de cercarlo a través de los crecientes marginales para impedir la hegemonía de una única potencia sobre Eurasia. Juntamente con esto también han fomentado los conflictos en el supercontinente para, así, impedir grandes alianzas estratégicas que pudieran dotarle de su correspondiente unidad geopolítica.
Se puede decir que el gran enemigo de los EE.UU. no lo fue la Unión Soviética, sino más bien Rusia dada su posición geográfica como Estado pivote, lo que ha conducido a los propios EE.UU. a cercarlo y en la medida de lo posible fragmentarlo para debilitarlo e impedir que vuelva a tener un rango de potencia global. Por el contrario, Rusia ha tenido por “|…| meta empujar a los Estados Unidos fuera de Eurasia”.[8]
Dicho todo esto se hace comprensible que los EE.UU. hayan incluido en los procesos de integración de su esfera de influencia a aquellas repúblicas y regiones que con anterioridad habían formado parte el espacio soviético. Es significativo en lo que a esto respecta la clara intención de integrar a Ucrania en la principal organización político-militar que los EE.UU. han creado para extender su influencia y poder en el mundo.
Un caso ejemplar acerca de lo anterior es Ucrania. Este país ha sido para Rusia lo que le ha conferido su correspondiente dimensión europea y permitido el control sobre el Mar Negro. Pero con la independencia de esta república ex-soviética la expansión de la OTAN y la UE al antiguo espacio soviético no sólo cuestiona la influencia rusa, sino que le arrebata su hegemonía sobre el Mar Negro. Sin Ucrania Rusia ya no puede aspirar a ser una potencia de rango global por encima de Europa y Asia. Todo esto forma parte de la labor de cerco a Rusia, pero también como forma de presión para contribuir a la transformación de este país en un régimen homologable a los sistemas políticos que existen en Europa occidental. Debido a esto, tal y como lo explica Brzezinski, a Rusia solo le queda volverse a Europa e integrarse en las estructuras de cooperación transatlántica, o por el contrario “|…| convertirse en un proscrito euroasiático, ni verdaderamente europeo ni verdaderamente asiático, y empantanado en los conflictos de su «extranjero próximo»”.[9]
3. La estructura de poder en el sistema internacional
La mayor parte del s. XX ha estado marcada por la guerra fría. Tras la Segunda Guerra Mundial el sistema se reorganizó en torno a dos polos opuestos: la Unión Soviética y la alianza occidental en la que EE.UU. desempeñaba el papel de potencia hegemónica. Cada potencia constituía un polo de poder en el sistema internacional en torno al que agrupaba a una serie de países, de forma que constituyeron bloques cerrados sobre sí mismos, tanto en términos geográficos como ideológicos.[10] Digamos que las superpotencias concentraron el poder en sus manos y desarrollaron un sistema bipolar hecho a su medida, con esferas de influencia separadas y sistemas opuestos.
Evidentemente la Segunda Guerra Mundial fue consecuencia de un desequilibrio de poder, que tras terminar quedó alterado pero rápidamente se recompuso entre las dos superpotencias del momento. Sin embargo, con el fin de la guerra fría se produjo una nueva ruptura del equilibrio de poder con la desaparición del bipolarismo y el surgimiento de un sistema unipolar bajo la hegemonía de los EE.UU. y sin aparentes competidores.
Indudablemente el paradigma desarrollado por los realistas es el que mejor se adapta para explicar la estructura de poder en el sistema internacional, y permite llevar a cabo una aproximación de los principios que rigen en la organización del conjunto del sistema. Todo esto nos ayudará a comprender cómo operan en la práctica las contradicciones geográficas en lo que se refiere a la distribución del poder, y a esclarecer las principales estrategias que se han adoptado dentro del sistema internacional surgido tras la guerra fría.
Como el propio Kenneth Waltz señala, existen dos proposiciones básicas sobre las que se funda la teoría del realismo estructural y la distribución de poder: la política internacional es el reflejo de la distribución de las capacidades nacionales; los equilibrios de poder rotos serán restablecidos. Asimismo, la teoría de la política internacional trata con las presiones de la estructura en los Estados, y no cómo los Estados responden a las presiones, ya que esto último le corresponde a las teorías sobre la toma de decisiones de los gobiernos.[11]
Con la desaparición del bloque socialista se estableció el unipolarismo como organización del sistema internacional. Pero la concentración del poder en un solo Estado que se convierte en la potencia dominante y hegemónica es el tipo de orden menos duradero, ya que dicho Estado tenderá a asumir demasiados objetivos en el exterior, lo que terminará debilitándolo a largo plazo. En cierto modo esto es lo que actualmente ocurre con los EE.UU. que ha asumido demasiados compromisos en la esfera internacional y ello ha provocado una creciente debilidad, la misma que con el paso del tiempo se va haciendo cada vez más evidente. Juntamente con esto, ante la ausencia de amenazas constantes y dada la concentración del poder que se da en el sistema internacional, la política internacional se vuelve caprichosa.
Con la derrota de la Unión Soviética en la guerra fría y su completa desaparición, ha surgido el problema del mal uso del poder cuando este se ha concentrado en las manos de los EE.UU., lo que ha llevado a otros Estados a reforzar sus posiciones o a aliarse con otros para conseguir una mayor distribución del poder y alcanzar un equilibrio. La concentración del poder en un solo Estado genera desconfianza en el resto ya que fácilmente puede ser mal utilizado, motivo por el cual tienden a crear un nuevo equilibrio de poder mediante alianzas.
Bien es cierto, tal y como sugiere Gilpin, que el principal medio para resolver un desequilibrio entre la estructura del sistema internacional y la distribución del poder es a través de la guerra. Las guerras hegemónicas tienen como principal consecuencia un cambio en el sistema derivado de la nueva distribución del poder. Así, la guerra determina quién gobierna el sistema internacional y cuáles son los intereses que prevalecen en el nuevo orden internacional.[12] De alguna manera la guerra fría puede ser concebida en este sentido, como una guerra hegemónica en la que bloques antagónicos liderados por superpotencias mundiales luchaban por hacerse con la hegemonía mundial. Con el derrumbamiento de la Unión Soviética y la disolución del campo socialista, EE.UU., como potencia vencedora, ha resultado ser desde entonces un poder hegemónico que ha rediseñado el sistema internacional conforme a sus intereses.
Pero como el propio Gilpin señala, un poder hegemónico debe hacer frente a posibles Estados que decidan desafiar el sistema internacional que en su momento estableció la potencia hegemónica. Ante una situación así se presentan, en líneas generales, dos opciones: incrementar los recursos destinados a mantener sus compromisos y su posición en el sistema internacional; o intentar reducir los compromisos adquiridos junto a sus costes asociados sin poner en peligro su posición internacional.[13]
Indudablemente, y sobre todo después de 1991, no podemos decir que los compromisos de EE.UU. en el mundo hayan disminuido, más bien lo contrario, a lo que hay que sumar el incremento de su presencia e influencia a lo largo de todo el planeta. La desaparición de la URSS constituyó una oportunidad única para hacer valer su hegemonía y establecer un sistema internacional conforme a sus intereses. Si bien es cierto que esto le permitió instaurar sus propias reglas, le ha llevado a asumir demasiados objetivos y compromisos a nivel internacional que suponen un gran desgaste tanto político como económico, y esto a largo plazo significará el debilitamiento de dicha potencia tal y como lo señala Waltz.
Sin lugar a dudas en el seno del sistema internacional existen tendencias que conducen hacia el restablecimiento de un nuevo equilibrio de poder. Esto se manifiesta en la aparición de países que desafían el orden internacional establecido y a la potencia hegemónica, o que en su caso forman alianzas para dar lugar a una distribución del poder y la consecución de un equilibrio. Pero cualquier Estado hegemónico tenderá a impedir el surgimiento de un país que lo desafíe mientras tenga el poder para hacerlo. Y es en este punto donde pueden cobrar sentido las denominadas guerras preventivas, pero aún más, el despliegue del escudo de defensa antimisiles en Europa central con el propósito de prevenir un hipotético resurgimiento de Rusia como potencia de rango global.
EE.UU. ha optado por incrementar sus recursos para mantener su posición de potencia hegemónica en el sistema internacional. Sin embargo, tal y como lo explica Gilpin, el incremento de los costes a los que va unido ese aumento de compromisos únicamente es posible si se incrementa la eficiencia en el uso de los recursos existentes. Esto puede traducirse en la realización de innovaciones tecnológicas y una mayor productividad en términos generales.[14] Si todo esto lo trasladamos al terreno de la seguridad es hasta cierto punto lógico que los EE.UU. pretendan instalar un escudo antimisiles en Europa central, pues como sistema de detección e interceptación, al menos en teoría, permite dar respuesta a posibles amenazas que podrán ser afrontadas con mayor antelación.
Si bien es cierto, como ya apuntaba John Mearsheimer, que uno de los principales objetivos del Estado es la supervivencia, y para ello desarrolla la autoayuda como mecanismo para garantizar su existencia en un medio hostil. Esto se consigue a través de ventajas militares sobre los rivales y aprovechando oportunidades para incrementar el poder a expensas de otras potencias. Así, las grandes potencias como el caso de los EE.UU. reconocen que la mejor manera de garantizar su seguridad es mediante la hegemonía y la eliminación de cualquier posibilidad de desafío por parte de cualquier otro Estado.[15]
El establecimiento de un escudo antimisiles en Europa central es una forma por la que EE.UU. tiene de asentar su poder y hegemonía ante su rival derrotado, incrementar su poder para mantener la capacidad suficiente como para hacer frente a cualquier desafío que proviniera de una Rusia reforzada.
4. El escudo de defensa antimisiles y las relaciones EE.UU.-Rusia en materia de desarme
Sería interesante antes que nada plantearse la pregunta de ¿por qué el orden establecido tras 1945 ha perdurado hasta el punto de superar cambios tan radicales en términos de poder como los que se han producido al final de la guerra fría?. Esta es la pregunta que Esther Barbé plantea al recoger una de las preocupaciones de John Ikenberry.[16] En definitiva, ¿por qué continua existiendo la OTAN después del fin de la guerra fría, si ya no existe la amenaza para la cual se creó en un principio?.
En este apartado nos vamos a ocupar de la cuestión relativa a la instalación de un radar en la República Checa y 10 sistemas antimisiles en territorio polaco. Asimismo, se intentarán analizar las consecuencias derivadas de este contencioso internacional en las relaciones entre EE.UU. y Rusia, y cómo han afectado a los tratados que firmaron durante la guerra fría para limitar la producción y establecimiento de diferentes tipos de armas de carácter tanto ofensivo como defensivo.
La todavía existencia de la OTAN a pesar de la desaparición de la Unión Soviética y del bloque socialista explica muchas cosas. La OTAN ha recibido una reorientación en cuanto a sus finalidades, y ha llegado a operar en diferentes escenarios bajo distintas excusas. Un ejemplo bastante significativo es el del conflicto de Kosovo, cuya intervención se hizo bajo el pretexto de defender los derechos humanos en un lugar donde supuestamente el Estado serbio estaba llevando a cabo una limpieza étnica contra la mayoría albanesa. Pero en cualquiera de los casos o ejemplos que planteemos la OTAN siempre responderá a unos intereses muy claros, los de la potencia que tiene el mando militar y operativo de las tropas que integran la coalición, esto es Estados Unidos.
La voluntad de seguir expandiendo la OTAN hasta las fronteras de Rusia, lo que a ojos de este país es visto como una clara muestra de hostilidad, responde a la estrategia de los EE.UU. para cercar al país más extenso de la tierra, mantenerlo a raya en sus actuales fronteras e impedir en la medida de lo posible su resurgimiento. La fragmentación territorial y la reducción de la influencia rusa sobre su “extranjero cercano” ha sido una de las principales tácticas de EE.UU., para lo que la OTAN ha servido de instrumento pero también otras organizaciones como el GAUM, compuesto por Georgia, Azerbaiyán, Ucrania y Moldavia, países que forman parte de la órbita rusa pero cuyas políticas y administraciones se encuentran alineadas con Occidente, y se muestran contrarios a cualquier tutela o injerencia rusa.
La política de unilateralismo llevada por los EE.UU. se refleja una vez más, no sólo en el empleo de la fuerza con el inicio de nuevas guerras, sino con la pretensión de establecer sobre suelo europeo un sistema antimisiles bajo el pretexto de la existencia de “Estados conflictivos” como pudieran ser Irán o Corea del Norte.
Un dato significativo es el hecho de que EE.UU. abandonara en 2002 el tratado de misiles antibalísticos que permitió el establecimiento de instalaciones operativas de radar en California y Alaska. Pero en lo que se refiere al escudo antimisiles en Europa los EE.UU. han afirmado con insistencia que no está dirigido contra Rusia, sino contra un hipotético ataque de Irán. Sin embargo, Irán todavía no dispone de la capacidad ni de la tecnología suficiente como para alcanzar Europa, ya que sus misiles “Shahab-3″ tienen un alcance de 1.500 km pero con una precisión por debajo de lo óptimo, mientras que los misiles “Shahab-4″ de alcance de 2.000 km están todavía en fase de desarrollo, y se calcula que sea poco probable que Irán obtenga misiles de entre 5.000 y 6.000 km de alcance antes del año 2015. Además de esto, para el caso de Corea del Norte la ruta más lógica para el lanzamiento de un misil balístico dirigido contra los EE.UU. sería a través del océano Pacífico y no a través de Europa.
En el plano militar el despliegue de este sistema crearía la infraestructura suficiente como para poder desplegar en el futuro más misiles. Todo esto, unido a los radares de Alaska y California, junto a algún otro elemento espacial, podrían contribuir a alterar el equilibrio estratégico con Rusia. Así, por ejemplo, el radar que se pretende instalar en la República Checa tendría un alcance de hasta 5.000 km, lo que permitiría la monitorización de todo el territorio europeo de Rusia.[17]
A nivel político se concibe esta maniobra norteamericana como una manera de recuperar el control sobre Europa, en la medida en que esta ha desarrollado sus propias capacidades militares, como pudiera ser la fuerza de reacción rápida, personal militar de la UE, etc. A esto se le podría añadir el interés de EE.UU. por utilizar el sentimiento anti-ruso en los países centroeuropeos para llevar a cabo su propia estrategia instrumentalizando a administraciones adictas a sus planteamientos.
Sin ignorar la autonomía con la que pueda contar Europa en diferentes aspectos, no deja de ser en la práctica un apéndice del expansionismo americano, en la medida en que Alemania, como principal motor de la integración política y económica junto a Francia, ha estado históricamente supeditada a los EE.UU. en materia de seguridad, área sobre el que se basó desde un principio su relación, por lo que los propios EE.UU. tienen en Alemania a un aliado fundamental que siempre se ha mantenido vinculado a la política exterior norteamericana.[18]
El alcance del establecimiento del escudo antimisiles balísticos sólo puede ser concebido como una herramienta a través de la que EE.UU. quiere alterar el equilibrio estratégico, para conseguir una ventaja comparativa en relación a Rusia. Lejos de poder considerarse como un instrumento defensivo, un escudo antimisiles cuenta de hecho con un carácter sumamente ofensivo como medio para repeler la respuesta a un ataque previo. En este caso los EE.UU. tendrían una considerable ventaja como para emprender un ataque contra la Federación Rusa y poder repeler su respuesta desde Europa. Asimismo, si finalmente se instala dicho escudo antimisiles convertirá a Europa en el principal blanco de la respuesta rusa ante un hipotético ataque norteamericano, lo que lo convertiría en un escenario de guerra totalmente catastrófico.
Por otra parte, las recientes maniobras militares llevadas a cabo por la OTAN en el Cáucaso, unido también al apoyo que EE.UU. y otros países del ámbito occidental ofrecieron a Georgia durante el conflicto que mantuvo con sus repúblicas rebeldes, a la que no le faltó también el respaldo de la OTAN, contribuye a tensar las relaciones con Rusia y a hacer más difícil un acuerdo en materia de desarme y control de armamentos.
Desde Rusia se han barajado diferentes posibilidades como respuesta al escudo antimisiles que pretende instalar EE.UU. en Europa. Una de ellas es la retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio firmado en 1987, pero se considera que ello podría contribuir a impulsar una carrera armamentística como la habida durante la guerra fría. Por este motivo se ha llegado a plantear recurrir al misil táctico operativo Iskander-M, cuyo alcance no supera los 500 km de distancia, y está diseñado para reducir su visibilidad en las pantallas de radar, además de ser capaz de maniobrar en la fase intermedia de lanzamiento. El despliegue de este misil en Kaliningrado pondría al alcance de Rusia las instalaciones de Polonia y República Checa sin necesidad de abandonar ningún tratado.
También hay que tener presente la existencia de los misiles balísticos Topol-M capaces de evadir hasta ahora los actuales escudos antimisiles. Además de esto, la incorporación de diferentes mejoras a los misiles de cabezas múltiples mediante nuevos tipos de señuelos, o su perfeccionamiento mediante una reducción del tiempo de la fase de aceleración con un incremento de la maniobrabilidad pueden ser diferentes formas de afrontar el despliegue del sistema antimisiles.
La suspensión del Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa por parte de Rusia ha sido una clara muestra de su desagrado hacia las pretensiones militares de EE.UU. en Europa. También sería correcto resaltar que la propia OTAN no procedió a la ratificación de la adaptación de dicho tratado.
Ante todo esto cabe preguntarse acerca del futuro del tratado START-1 que expira en diciembre de 2009, y que se ocupa de limitar y reducir las armas estratégicas de carácter ofensivo.[19] Debido a las claras muestras de hostilidad por parte de la OTAN con su permanente intromisión militar en el espacio ex-soviético, lo que es motivo de constante irritación para Rusia, cabe plantearse que si no mejoran las relaciones entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa podría darse la situación de que el acuerdo START-1 quedara pendiente de ser renovado, a lo que habría que añadir la firme decisión por parte de la actual administración norteamericana de continuar adelante con la instalación del escudo antimisiles, pese a que está puesta en duda su efectividad y con ello su rentabilidad económica.
En este contexto y dadas las manifiestas diferencias de postura en torno a la cuestión por parte de ambos países, se hace sumamente difícil superarlas si ello no va acompañado de medidas que contribuyan a incrementar la confianza mutua.
5. Conclusiones
El medio geográfico contribuye a crear una representación del mundo que define los intereses de cada Estado, en función de los que diseña su propia y particular política exterior que se implementa mediante la elaboración de una estrategia orientada hacia la consecución de dichos intereses.
Los antagonismos geográficos son fuente, entonces, de antagonismos políticos que se reflejan en la lucha por el poder dentro del sistema internacional. En este sentido es destacable cómo los EE.UU., como potencia marítima, ha tendido a desarrollar su presencia y control del continente euroasiático con el propósito de impedir cualquier alianza continental que pudiera poner en peligro su hegemonía.
La importancia de las tesis geopolíticas de Mackinder son un claro ejemplo de la dimensión política que adoptan las contradicciones geográficas que subyacen a las políticas exteriores de las diferentes potencias. La invariabilidad del factor geográfico parece hacer inevitables determinadas contradicciones impuestas por este medio, lo que en el ámbito del desarme significa la imposibilidad de alcanzar acuerdos estratégicos a causa de la existencia de diferencias insalvables que se fundan en los intereses vitales de cada potencia.
La existencia de un Estado pivote que, pese a estar debilitado tras la descomposición de la Unión Soviética, continúa siendo una amenaza potencial para la talasocracia norteamericana, hace precisa la continua expansión hacia el este de la OTAN y el cercamiento de esta gran potencia que abarca una amplia extensión geográfica repleta de recursos naturales.
Un sistema internacional regido por el unipolarismo y en el que existe una elevada concentración del poder induce, en cierto modo, a que se desarrollen medidas de contrapeso a la influencia norteamericana. Este podría ser el caso de la Organización de Cooperación de Shangai dentro de un marco geográfico euroasiático, y que podría ser una alternativa multipolar y multilateral para transformar el actual sistema. Como el propio Kenneth Waltz señaló, el desequilibrio de poder lleva a los Estados más débiles a aliarse y a buscar un nuevo equilibrio.
La actitud norteamericana, y en su conjunto de la Alianza Atlántica, por expandirse a través de Europa oriental y la región del Cáucaso, al mismo tiempo que se realizan operaciones y ensayos militares en las fronteras de Rusia, únicamente contribuye a tensar más aún las relaciones con dicho país. En este sentido es difícil concebir una posible solución que lograra superar de manera definitiva la problemática existente en materia de desarme, ya que la estrategia de cerco de la Federación Rusa llevada a cabo por los EE.UU. y la OTAN sólo contribuye a incrementar la desconfianza.
En cualquier caso tampoco hay que olvidar la importancia que para Rusia tienen las relaciones con Europa, especialmente en materia energética, y que sus elites políticas tampoco están interesadas en llevar una política que conduzca irremisiblemente a una carrera armamentística, con la consiguiente escalada de tensiones en una espiral de acción-reacción. Sin embargo, es más dudosa la disposición de los EE.UU. a abandonar una política más o menos unilateral en la medida en que los planteamientos estratégicos continúan siendo los mismos, y con ellos los objetivos finales que se pretenden conseguir. Si bien la administración de Obama ha supuesto un cambio de imagen parece que sólo se ha quedado en eso, y que lo que ha variado son las tácticas para alcanzar esos mismos objetivos que permanecen fijados. Todo esto no vendría más que a confirmar la innegable oposición de intereses que se derivan de la posición geográfica que ocupa cada potencia, lo que irremediablemente produce antagonismos políticos que hacen imposible un acuerdo marco que facilite el desarme y el control de armamentos.
[1] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos del poder, Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1992, p. 48
[2] Faye, Guillaume y Otros, Pequeño léxico del militante europeo, Valencia, Colección Iskander, 1996, pp. 30-35
[3] García Picazo, Paloma, Teoría breve de relaciones internacionales, Madrid, Tecnos, 2006, p. 233
[4] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial, Barcelona, Paidós, 2003, p. 40
[5] Ibídem, p. 40
[6] http://www.deepspace4.com/pages/answers/swarming/images/mackindersworld.gif Consultado el 17 de mayo de 2009
[7] Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Pleamar, 1982, p. 378
[8] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero…, Op. Cit., N. 4, p. 40
[9] Ibídem, p. 127
[10] Barbé, Esther, Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 2003, p.267
[11] Waltz, Kenneth N., “Structural Realism after the Cold War” en International Security Nº 1, Vol. 25, 2000, pp. 27-41
[12] Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981, pp. 186-210
[13] Ibídem, p. 188
[14] Ibídem, pp. 188-189
[15] Mearsheimer, John J., Tragedy of Great Power Politics, Chicago, Norton, 2001, pp. 50-60
[16] http://www.mexicodiplomatico.org/lecturas/Orden%20Internacional.pdf Consultado el 18 de mayo de 2009
[17] Kovonalov, Ivan, “El escudo antimisiles norteamericano en Europa y la respuesta de Rusia” en Análisis del Real Instituto Elcano (ARI) Nº 101, 2007
[18] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero…, Op. Cit., N. 4, p. 69
[19] Arbatov, Alexei, “Russia and the United States - Time to End the Strategic Deadlock” en Carnegie Moscow Center Vol. 10, Issue 3, June 2008




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