Friday, November 6, 2009

UNA PERSPECTIVA GEOPOLÍTICA SOBRE LAS RELACIONES ENTRE EE.UU. Y RUSIA EN MATERIA DE DESARME Y CONTROL DE ARMAMENTOS

(El presente texto fue redactado en mayo de este mismo año, por lo que algunos de sus contenidos puede que no se ajusten del todo a la situación actual en lo que se refiere al escudo antimisiles que con anterioridad proyectaba instalar EE.UU. en Europa central y oriental)

1. Introducción

La presente investigación girará en torno a las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme dentro del contexto histórico actual. Por este motivo cobrará suma importancia la cuestión relativa al escudo antimisiles que los EE.UU. pretenden instalar en Europa central, unido también a las difíciles relaciones que existen entre la OTAN y Rusia.

Se tratará de poner de manifiesto la existencia de intereses vitales contrapuestos entre ambas potencias, lo que hace imposible la consecución de acuerdos estratégicos en materia de desarme. Esta dificultad para conseguir un entendimiento a largo plazo entre ambos países se debe, en gran medida, a causas de orden geográfico sobre las que enfocaremos el tema central de la investigación.

Así pues, la geopolítica, como método de estudio, servirá para esclarecer las causas de orden geográfico que se esconden tras los intereses vitales de las potencias, y de cómo la posición geográfica de una potencia da lugar a la formación de una determinada visión del mundo que termina definiendo los intereses fundamentales de dicha potencia. En función de esa representación del mundo que nace de las condiciones geográficas impuestas por el medio, se establecen las principales líneas de la política exterior que marcarán la estrategia general de la potencia en el ámbito internacional.

En las relaciones entre Rusia y EE.UU. parecen existir en el plano geopolítico unas contradicciones insalvables, lo que ha producido no sólo intereses que se han definido en políticas exteriores y estrategias completamente opuestas, sino que a nivel de seguridad y armamento únicamente han sido posibles acuerdos más o menos coyunturales, tácticos si se quiere, pero que en ocasiones alguna de las dos partes no ha implementado por completo.

La situación posterior a la guerra fría ha significado un cambio radical en la organización del sistema internacional con el establecimiento del unipolarismo norteamericano. Este aspecto consustancial al contexto general en el que se desenvuelven las relaciones internacionales, y más concretamente las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme, hacen fundamental tener en consideración la problemática del reparto y la concentración de poder a escala mundial.

En términos generales la estructura del trabajo partirá de lo teórico y general para llegar al caso práctico y concreto: las relaciones entre EE.UU. y Rusia en el ámbito del desarme y las posibilidades, más bien limitadas, que existen para alcanzar algún tipo de acuerdo. En este sentido se establecerá la geopolítica como marco teórico e instrumento de análisis para deducir y derivar la importancia de las condiciones geográficas en la definición de los intereses de las potencias, y con ello sus respectivas políticas y estrategias.

Una vez esclarecida la importancia del medio geográfico en la configuración de los intereses de cada potencia, se llevará a cabo una breve aproximación a la estructura del sistema internacional, el grado de distribución y concentración del poder y las estrategias que cada potencia ha desarrollado.

Finalmente, se abordará el caso concreto de las relaciones entre EE.UU. y Rusia en materia de desarme, lo que será puesto en relación con todo el marco teórico previo para demostrar las inherentes dificultades, insalvables diríamos, para alcanzar algún tipo de acuerdo que sirva de marco para llevar a cabo un desarme real por ambas partes.

2. Los antagonismos geográficos en la lucha por el poder

Lo que aquí vamos a tratar es la oposición que se produce a nivel geográfico entre diferentes tipos de potencias, esto es: entre potencias marítimas y continentales. De esta oposición se derivan antagonismos políticos, pues el lugar que se ocupa en el mundo  genera una determinada representación que definirá los intereses de cada Estado. En función de esos intereses se desarrolla una estrategia global acorde con las posibilidades que ofrece el propio medio geográfico desde el que se parte.

La geopolítica como “|…| el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política de poder en el plano internacional y el cuadro geográfico en el que se ejerce”[1], tal y como nos lo explica Pierre Gallois, hace de la contradicción entre la Tierra y el Mar el principio general en función del cual se organizarán las potencias, y según el cual trazarán sus respectivas estrategias.

La geopolítica se ocupa de establecer la parte activa que ocupa la geografía en la determinación de los acontecimientos políticos e históricos mundiales, pero al mismo tiempo se encarga de inspirar la estrategia política de las potencias aplicada al dominio del espacio continental y oceánico. De esta manera el espacio adquiere un carácter diferente, pues, además de constituir el soporte y el escenario de las acciones humanas, también condiciona la proyección exterior de los pueblos.[2] El espacio geográfico (por sus recursos, configuración, extensión y situación) impone un marco más o menos restringido a la política internacional de los Estados, la cual no deja de ser la expresión de una determinada visión del mundo impuesta, en mayor o menor medida, por la geografía.

Esta disciplina se revela, entonces, como un método de estudio y análisis de la historia que sugiere un modelo de generalización cualitativamente diferente al de las demás disciplinas. La explicación que ofrece acerca de una realidad tan compleja, llena de correlaciones, confrontaciones, interdependencias y diversas contradicciones, da lugar a un marco teórico caracterizado por cierto grado de simplificación al ser la dimensión espacial el eje central en torno al que giran todos sus análisis. En cualquier caso la geopolítica reúne un amplio conjunto de saberes, pues combina un máximo de factores y elementos de toda índole para realizar sus análisis de la realidad mundial, además de tratar aspectos de gran importancia como pudieran ser, entre otros, las condiciones de habitabilidad de la tierra, la definición de las fronteras y la disponibilidad de recursos, cuestiones todas estas que influyen de manera decisiva sobre los Estados.[3]

Finalmente, y en lo que respecta al método que constituye la geopolítica, cabe decir que si bien incluye en sus análisis factores de diverso tipo, sus conclusiones son siempre de carácter político. En última instancia son las relaciones de poder entre Estados, condicionadas por el medio geográfico, las que nutren las conclusiones que emite la geopolítica. Estas mismas conclusiones informan a sus máximos beneficiarios: estadistas y gobernantes. La geopolítica sirve como guía para formular estrategias, orientar políticas y organizar la defensa y seguridad del Estado. Cualquier intento de estudiar las relaciones internacionales o la política exterior de los Estados será del todo incompleto si no incluye los análisis y las conclusiones de la geopolítica.

La geopolítica siempre remite a una realidad que es mucho más estable que cualquier otro factor humano. El medio geográfico está revestido de una objetividad incuestionable que constituye la principal referencia para conocer las grandes directrices de una política exterior. Pero su propia lógica, a partir de la contradicción entre la Tierra y el Mar, establece la distinción entre los principales tipos de potencias. Así, mientras las potencias marítimas han basado su dominio en el control de las grandes rutas transoceánicas, del comercio marítimo mundial y, en definitiva, el gobierno de los océanos, las potencias continentales han pasado su poderío en la incorporación a sus dominios de los territorios limítrofes, en la posesión de una importante infantería y en la asimilación de los pueblos conquistados.

En lo que a esto respecta es bastante evidente que EE.UU. es una potencia marítima en la medida en que su poder en el mundo lo ha fundado sobre su flota naval, y con ello en el dominio del comercio internacional mediante el control de las principales rutas marítimas y con la posesión de enclaves estratégicamente situados en los océanos. Su insularidad es un tanto más difusa si la comparamos con la de Inglaterra, pero no cabe duda de que EE.UU. jamás hubiera podido aspirar a alcanzar el rango de potencia mundial si antes no hubiera hecho valer su poderío en su propio continente, evitando así la aparición de posibles rivales en su esfera de influencia.

En el caso de Rusia es fácil poder observar el difícil acceso que históricamente ha tenido a los mares cálidos, lo que ha impedido tener una importante flota. Pero lo más importante es su gran extensión geográfica. Ello se ha debido a la inexistencia de barreras naturales que protegieran a la nación lo que impulsó la conquista de nuevas tierras, todo ello con el objetivo de garantizar los avances precedentes. La expansión se produjo en todas las direcciones pues la enormidad de la estepa plantea, de entrada, la existencia de enemigos en todas partes al no haber un frente claramente delimitado. Todo ello fue posible en la medida en que dispuso de una poderosa infantería y supo integrar y asimilar a los diferentes pueblos conquistados dentro del orden imperial ruso.

Pero lo anterior, aún siendo importante no explica completamente el antagonismo que es inherente a los EE.UU. y a Rusia. Simplemente son aspectos que definen la forma por la que dichos países proyectan su poder en el mundo, pero no es suficiente si queremos desentrañar las contradicciones que conforman las relaciones entre ambos países. Aquí es donde la posición que cada uno ocupa en la configuración del espacio terrestre pasa a tener una importancia capital. Por tanto, a simple vista podemos observar que EE.UU. se encuentra en el continente americano, mientras Rusia ocupa la franja superior del continente euroasiático. En lo que a esto respecta son importantes las aportaciones teóricas realizadas en su momento por Halford Mackinder.

En un principio, si nos remitimos a datos objetivos, la importancia geopolítica de Eurasia para las potencias en su lucha por el poder queda bastante clara. Si la superficie total del planeta son 510 millones de km2, y los océanos cubren la mayor parte con aproximadamente 361 millones de km2 (el 71% del total), son únicamente 149 millones de km2 los que corresponden a la tierra firme, de los que 50 millones integran Eurasia, la mayor concentración de masa terrestre, el supercontinente o Gran Isla Mundial como la denominó Halford J. Mackinder. La concentración del elemento Tierra en el gran continente euroasiático del que África, con sus 30 millones de km2, puede ser considerada su prolongación natural, hacen de Eurasia el escenario natural para la lucha por el control del planeta.

La importancia estratégica de Eurasia resaltada por Mackinder en sus teorías ha sido reformulada por geopolíticos como Spykman y Brzezinski. La extensión del supercontinente euroasiático junto a su localización estratégica unido, también, a la vastedad de sus recursos humanos (4.000 millones de habitantes) y naturales, además de ser responsable, en conjunto, del 60% del PNB mundial, hacen de Eurasia un área clave para el dominio del planeta, de ahí que históricamente haya sido una prioridad para las potencias marítimas (fundamentalmente Inglaterra y EE.UU. durante la era moderna) impedir una gran alianza que hiciese posible la unidad de la Isla Mundial. “El poder euroasiático acumulado supera con creces al estadounidense. Afortunadamente para los Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande como para ser una unidad política” nos dice Zbigniew Brzezinski.[4]

“Eurasia es, por lo tanto, el tablero en el que la lucha por la primacía sigue jugándose”.[5] El continente euroasiático abarca lo que Mackinder denominó el pivote geográfico de la historia que constituye una gran franja terrestre imposible de cercar desde el mar y de invadir completamente. Es la región que históricamente ha sido el pivote de la política mundial, una franja de Eurasia que es inaccesible a los buques y que ha estado siempre abierta a los jinetes y nómadas. La mayor parte de ese territorio lo ocupa Rusia como Estado pivote, lo que tiene importantes implicaciones en el equilibrio de poder mundial.

[6]

Son bastante ilustrativas las palabras de Mackinder en lo que se refiere a la posible influencia del Estado pivote sobre esta región del planeta:

“El vuelco del equilibrio de poder a favor del Estado pivote, como un resultado de su expansión por las tierras marginales de Eurasia, permitiría la utilización de los amplios recursos continentales para la construcción de una flota, y el imperio del mundo estaría a la vista.”[7]

Dada la importancia geoestratégica del heartland euroasiático es natural que las potencias marítimas hayan tratado de cercarlo a través de los crecientes marginales para impedir la hegemonía de una única potencia sobre Eurasia. Juntamente con esto también han fomentado los conflictos en el supercontinente para, así, impedir grandes alianzas estratégicas que pudieran dotarle de su correspondiente unidad geopolítica.

Se puede decir que el gran enemigo de los EE.UU. no lo fue la Unión Soviética, sino más bien Rusia dada su posición geográfica como Estado pivote, lo que ha conducido a los propios EE.UU. a cercarlo y en la medida de lo posible fragmentarlo para debilitarlo e impedir que vuelva a tener un rango de potencia global. Por el contrario, Rusia ha tenido por “|…| meta empujar a los Estados Unidos fuera de Eurasia”.[8]

Dicho todo esto se hace comprensible que los EE.UU. hayan incluido en los procesos de integración de su esfera de influencia a aquellas repúblicas y regiones que con anterioridad habían formado parte el espacio soviético. Es significativo en lo que a esto respecta la clara intención de integrar a Ucrania en la principal organización político-militar que los EE.UU. han creado para extender su influencia y poder en el mundo.

Un caso ejemplar acerca de lo anterior es Ucrania. Este país ha sido para Rusia lo que le ha conferido su correspondiente dimensión europea y permitido el control sobre el Mar Negro. Pero con la independencia de esta república ex-soviética la expansión de la OTAN y la UE al antiguo espacio soviético no sólo cuestiona la influencia rusa, sino que le arrebata su hegemonía sobre el Mar Negro. Sin Ucrania Rusia ya no puede aspirar a ser una potencia de rango global por encima de Europa y Asia. Todo esto forma parte de la labor de cerco a Rusia, pero también como forma de presión para contribuir a la transformación de este país en un régimen homologable a los sistemas políticos que existen en Europa occidental. Debido a esto, tal y como lo explica Brzezinski, a Rusia solo le queda volverse a Europa e integrarse en las estructuras de cooperación transatlántica, o por el contrario “|…| convertirse en un proscrito euroasiático, ni verdaderamente europeo ni verdaderamente asiático, y empantanado en los conflictos de su «extranjero próximo»”.[9]

3. La estructura de poder en el sistema internacional

La mayor parte del s. XX ha estado marcada por la guerra fría. Tras la Segunda Guerra Mundial el sistema se reorganizó en torno a dos polos opuestos: la Unión Soviética y la alianza occidental en la que EE.UU. desempeñaba el papel de potencia hegemónica. Cada potencia constituía un polo de poder en el sistema internacional en torno al que agrupaba a una serie de países, de forma que constituyeron bloques cerrados sobre sí mismos, tanto en términos geográficos como ideológicos.[10] Digamos que las superpotencias concentraron el poder en sus manos y desarrollaron un sistema bipolar hecho a su medida, con esferas de influencia separadas y sistemas opuestos.

Evidentemente la Segunda Guerra Mundial fue consecuencia de un desequilibrio de poder, que tras terminar quedó alterado pero rápidamente se recompuso entre las dos superpotencias del momento. Sin embargo, con el fin de la guerra fría se produjo una nueva ruptura del equilibrio de poder con la desaparición del bipolarismo y el surgimiento de un sistema unipolar bajo la hegemonía de los EE.UU. y sin aparentes competidores.

Indudablemente el paradigma desarrollado por los realistas es el que mejor se adapta para explicar la estructura de poder en el sistema internacional, y permite llevar a cabo una aproximación de los principios que rigen en la organización del conjunto del sistema. Todo esto nos ayudará a comprender cómo operan en la práctica las contradicciones geográficas en lo que se refiere a la distribución del poder, y a esclarecer las principales estrategias que se han adoptado dentro del sistema internacional surgido tras la guerra fría.

Como el propio Kenneth Waltz señala, existen dos proposiciones básicas sobre las que se funda la teoría del realismo estructural y la distribución de poder: la política internacional es el reflejo de la distribución de las capacidades nacionales; los equilibrios de poder rotos serán restablecidos. Asimismo, la teoría de la política internacional trata con las presiones de la estructura en los Estados, y no cómo los Estados responden a las presiones, ya que esto último le corresponde a las teorías sobre la toma de decisiones de los gobiernos.[11]

Con la desaparición del bloque socialista se estableció el unipolarismo como organización del sistema internacional. Pero la concentración del poder en un solo Estado que se convierte en la potencia dominante y hegemónica es el tipo de orden menos duradero, ya que dicho Estado tenderá a asumir demasiados objetivos en el exterior, lo que terminará debilitándolo a largo plazo. En cierto modo esto es lo que actualmente ocurre con los EE.UU. que ha asumido demasiados compromisos en la esfera internacional y ello ha provocado una creciente debilidad, la misma que con el paso del tiempo se va haciendo cada vez más evidente. Juntamente con esto, ante la ausencia de amenazas constantes y dada la concentración del poder que se da en el sistema internacional, la política internacional se vuelve caprichosa.

Con la derrota de la Unión Soviética en la guerra fría y su completa desaparición, ha surgido el problema del mal uso del poder cuando este se ha concentrado en las manos de los EE.UU., lo que ha llevado a otros Estados a reforzar sus posiciones o a aliarse con otros para conseguir una mayor distribución del poder y alcanzar un equilibrio. La concentración del poder en un solo Estado genera desconfianza en el resto ya que fácilmente puede ser mal utilizado, motivo por el cual tienden a crear un nuevo equilibrio de poder mediante alianzas.

Bien es cierto, tal y como sugiere Gilpin, que el principal medio para resolver un desequilibrio entre la estructura del sistema internacional y la distribución del poder es a través de la guerra. Las guerras hegemónicas tienen como principal consecuencia un cambio en el sistema derivado de la nueva distribución del poder. Así, la guerra determina quién gobierna el sistema internacional y cuáles son los intereses que prevalecen en el nuevo orden internacional.[12] De alguna manera la guerra fría puede ser concebida en este sentido, como una guerra hegemónica en la que bloques antagónicos liderados por superpotencias mundiales luchaban por hacerse con la hegemonía mundial. Con el derrumbamiento de la Unión Soviética y la disolución del campo socialista, EE.UU., como potencia vencedora, ha resultado ser desde entonces un poder hegemónico que ha rediseñado el sistema internacional conforme a sus intereses.

Pero como el propio Gilpin señala, un poder hegemónico debe hacer frente a posibles Estados que decidan desafiar el sistema internacional que en su momento estableció la potencia hegemónica. Ante una situación así se presentan, en líneas generales, dos opciones: incrementar los recursos destinados a mantener sus compromisos y su posición en el sistema internacional; o intentar reducir los compromisos adquiridos junto a sus costes asociados sin poner en peligro su posición internacional.[13]

Indudablemente, y sobre todo después de 1991, no podemos decir que los compromisos de EE.UU. en el mundo hayan disminuido, más bien lo contrario, a lo que hay que sumar el incremento de su presencia e influencia a lo largo de todo el planeta. La desaparición de la URSS constituyó una oportunidad única para hacer valer su hegemonía y establecer un sistema internacional conforme a sus intereses. Si bien es cierto que esto le permitió instaurar sus propias reglas, le ha llevado a asumir demasiados objetivos y compromisos a nivel internacional que suponen un gran desgaste tanto político como económico, y esto a largo plazo significará el debilitamiento de dicha potencia tal y como lo señala Waltz.

Sin lugar a dudas en el seno del sistema internacional existen tendencias que conducen hacia el restablecimiento de un nuevo equilibrio de poder. Esto se manifiesta en la aparición de países que desafían el orden internacional establecido y a la potencia hegemónica, o que en su caso forman alianzas para dar lugar a una distribución del poder y la consecución de un equilibrio. Pero cualquier Estado hegemónico tenderá a impedir el surgimiento de un país que lo desafíe mientras tenga el poder para hacerlo. Y es en este punto donde pueden cobrar sentido las denominadas guerras preventivas, pero aún más, el despliegue del escudo de defensa antimisiles en Europa central con el propósito de prevenir un hipotético resurgimiento de Rusia como potencia de rango global.

EE.UU. ha optado por incrementar sus recursos para mantener su posición de potencia hegemónica en el sistema internacional. Sin embargo, tal y como lo explica Gilpin, el incremento de los costes a los que va unido ese aumento de compromisos únicamente es posible si se incrementa la eficiencia en el uso de los recursos existentes. Esto puede traducirse en la realización de innovaciones tecnológicas y una mayor productividad en términos generales.[14] Si todo esto lo trasladamos al terreno de la seguridad es hasta cierto punto lógico que los EE.UU. pretendan instalar un escudo antimisiles en Europa central, pues como sistema de detección e interceptación, al menos en teoría, permite dar respuesta a posibles amenazas que podrán ser afrontadas con mayor antelación.

Si bien es cierto, como ya apuntaba John Mearsheimer, que uno de los principales objetivos del Estado es la supervivencia, y para ello desarrolla la autoayuda como mecanismo para garantizar su existencia en un medio hostil. Esto se consigue a través de ventajas militares sobre los rivales y aprovechando oportunidades para incrementar el poder a expensas de otras potencias. Así, las grandes potencias como el caso de los EE.UU. reconocen que la mejor manera de garantizar su seguridad es mediante la hegemonía y la eliminación de cualquier posibilidad de desafío por parte de cualquier otro Estado.[15]

El establecimiento de un escudo antimisiles en Europa central es una forma por la que EE.UU. tiene de asentar su poder y hegemonía ante su rival derrotado, incrementar su poder para mantener la capacidad suficiente como para hacer frente a cualquier desafío que proviniera de una Rusia reforzada.

4. El escudo de defensa antimisiles y las relaciones EE.UU.-Rusia en materia de desarme

Sería interesante antes que nada plantearse la pregunta de ¿por qué el orden establecido tras 1945 ha perdurado hasta el punto de superar cambios tan radicales en términos de poder como los que se han producido al final de la guerra fría?. Esta es la pregunta que Esther Barbé plantea al recoger una de las preocupaciones de John Ikenberry.[16] En definitiva, ¿por qué continua existiendo la OTAN después del fin de la guerra fría, si ya no existe la amenaza para la cual se creó en un principio?.

En este apartado nos vamos a ocupar de la cuestión relativa a la instalación de un radar en la República Checa y 10 sistemas antimisiles en territorio polaco. Asimismo, se intentarán analizar las consecuencias derivadas de este contencioso internacional en las relaciones entre EE.UU. y Rusia, y cómo han afectado a los tratados que firmaron durante la guerra fría para limitar la producción y establecimiento de diferentes tipos de armas de carácter tanto ofensivo como defensivo.

La todavía existencia de la OTAN a pesar de la desaparición de la Unión Soviética y del bloque socialista explica muchas cosas. La OTAN ha recibido una reorientación en cuanto a sus finalidades, y ha llegado a operar en diferentes escenarios bajo distintas excusas. Un ejemplo bastante significativo es el del conflicto de Kosovo, cuya intervención se hizo bajo el pretexto de defender los derechos humanos en un lugar donde supuestamente el Estado serbio estaba llevando a cabo una limpieza étnica contra la mayoría albanesa. Pero en cualquiera de los casos o ejemplos que planteemos la OTAN siempre responderá a unos intereses muy claros, los de la potencia que tiene el mando militar y operativo de las tropas que integran la coalición, esto es Estados Unidos.

La voluntad de seguir expandiendo la OTAN hasta las fronteras de Rusia, lo que a ojos de este país es visto como una clara muestra de hostilidad, responde a la estrategia de los EE.UU. para cercar al país más extenso de la tierra, mantenerlo a raya en sus actuales fronteras e impedir en la medida de lo posible su resurgimiento. La fragmentación territorial y la reducción de la influencia rusa sobre su “extranjero cercano” ha sido una de las principales tácticas de EE.UU., para lo que la OTAN ha servido de instrumento pero también otras organizaciones como el GAUM, compuesto por Georgia, Azerbaiyán, Ucrania y Moldavia, países que forman parte de la órbita rusa pero cuyas políticas y administraciones se encuentran alineadas con Occidente, y se muestran contrarios a cualquier tutela o injerencia rusa.

La política de unilateralismo llevada por los EE.UU. se refleja una vez más, no sólo en el empleo de la fuerza con el inicio de nuevas guerras, sino con la pretensión de establecer sobre suelo europeo un sistema antimisiles bajo el pretexto de la existencia de “Estados conflictivos” como pudieran ser Irán o Corea del Norte.

Un dato significativo es el hecho de que EE.UU. abandonara en 2002 el tratado de misiles antibalísticos que permitió el establecimiento de instalaciones operativas de radar en California y Alaska. Pero en lo que se refiere al escudo antimisiles en Europa los EE.UU. han afirmado con insistencia que no está dirigido contra Rusia, sino contra un hipotético ataque de Irán. Sin embargo, Irán todavía no dispone de la capacidad ni de la tecnología suficiente como para alcanzar Europa, ya que sus misiles “Shahab-3″ tienen un alcance de 1.500 km pero con una precisión por debajo de lo óptimo, mientras que los misiles “Shahab-4″ de alcance de 2.000 km están todavía en fase de desarrollo, y se calcula que sea poco probable que Irán obtenga misiles de entre 5.000 y 6.000 km de alcance antes del año 2015. Además de esto, para el caso de Corea del Norte la ruta más lógica para el lanzamiento de un misil balístico dirigido contra los EE.UU. sería a través del océano Pacífico y no a través de Europa.

En el plano militar el despliegue de este sistema crearía la infraestructura suficiente como para poder desplegar en el futuro más misiles. Todo esto, unido a los radares de Alaska y California, junto a algún otro elemento espacial, podrían contribuir a alterar el equilibrio estratégico con Rusia. Así, por ejemplo, el radar que se pretende instalar en la República Checa tendría un alcance de hasta 5.000 km, lo que permitiría la monitorización de todo el territorio europeo de Rusia.[17]

A nivel político se concibe esta maniobra norteamericana como una manera de recuperar el control sobre Europa, en la medida en que esta ha desarrollado sus propias capacidades militares, como pudiera ser la fuerza de reacción rápida, personal militar de la UE, etc. A esto se le podría añadir el interés de EE.UU. por utilizar el sentimiento anti-ruso en los países centroeuropeos para llevar a cabo su propia estrategia instrumentalizando a administraciones adictas a sus planteamientos.

Sin ignorar la autonomía con la que pueda contar Europa en diferentes aspectos, no deja de ser en la práctica un apéndice del expansionismo americano, en la medida en que Alemania, como principal motor de la integración política y económica junto a Francia, ha estado históricamente supeditada a los EE.UU. en materia de seguridad, área sobre el que se basó desde un principio su relación, por lo que los propios EE.UU. tienen en Alemania a un aliado fundamental que siempre se ha mantenido vinculado a la política exterior norteamericana.[18]

El alcance del establecimiento del escudo antimisiles balísticos sólo puede ser concebido como una herramienta a través de la que EE.UU. quiere alterar el equilibrio estratégico, para conseguir una ventaja comparativa en relación a Rusia. Lejos de poder considerarse como un instrumento defensivo, un escudo antimisiles cuenta de hecho con un carácter sumamente ofensivo como medio para repeler la respuesta a un ataque previo. En este caso los EE.UU. tendrían una considerable ventaja como para emprender un ataque contra la Federación Rusa y poder repeler su respuesta desde Europa. Asimismo, si finalmente se instala dicho escudo antimisiles convertirá a Europa en el principal blanco de la respuesta rusa ante un hipotético ataque norteamericano, lo que lo convertiría en un escenario de guerra totalmente catastrófico.

Por otra parte, las recientes maniobras militares llevadas a cabo por la OTAN en el Cáucaso, unido también al apoyo que EE.UU. y otros países del ámbito occidental ofrecieron a Georgia durante el conflicto que mantuvo con sus repúblicas rebeldes, a la que no le faltó también el respaldo de la OTAN, contribuye a tensar las relaciones con Rusia y a hacer más difícil un acuerdo en materia de desarme y control de armamentos.

Desde Rusia se han barajado diferentes posibilidades como respuesta al escudo antimisiles que pretende instalar EE.UU. en Europa. Una de ellas es la retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio firmado en 1987, pero se considera que ello podría contribuir a impulsar una carrera armamentística como la habida durante la guerra fría. Por este motivo se ha llegado a plantear recurrir al misil táctico operativo Iskander-M, cuyo alcance no supera los 500 km de distancia, y está diseñado para reducir su visibilidad en las pantallas de radar, además de ser capaz de maniobrar en la fase intermedia de lanzamiento. El despliegue de este misil en Kaliningrado pondría al alcance de Rusia las instalaciones de Polonia y República Checa sin necesidad de abandonar ningún tratado.

También hay que tener presente la existencia de los misiles balísticos Topol-M capaces de evadir hasta ahora los actuales escudos antimisiles. Además de esto, la incorporación de diferentes mejoras a los misiles de cabezas múltiples mediante nuevos tipos de señuelos, o su perfeccionamiento mediante una reducción del tiempo de la fase de aceleración con un incremento de la maniobrabilidad pueden ser diferentes formas de afrontar el despliegue del sistema antimisiles.

La suspensión del Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa por parte de Rusia ha sido una clara muestra de su desagrado hacia las pretensiones militares de EE.UU. en Europa. También sería correcto resaltar que la propia OTAN no procedió a la ratificación de la adaptación de dicho tratado.

Ante todo esto cabe preguntarse acerca del futuro del tratado START-1 que expira en diciembre de 2009, y que se ocupa de limitar y reducir las armas estratégicas de carácter ofensivo.[19] Debido a las claras muestras de hostilidad por parte de la OTAN con su permanente intromisión militar en el espacio ex-soviético, lo que es motivo de constante irritación para Rusia, cabe plantearse que si no mejoran las relaciones entre la Alianza Atlántica y la Federación Rusa podría darse la situación de que el acuerdo START-1 quedara pendiente de ser renovado, a lo que habría que añadir la firme decisión por parte de la actual administración norteamericana de continuar adelante con la instalación del escudo antimisiles, pese a que está puesta en duda su efectividad y con ello su rentabilidad económica.

En este contexto y dadas las manifiestas diferencias de postura en torno a la cuestión por parte de ambos países, se hace sumamente difícil superarlas si ello no va acompañado de medidas que contribuyan a incrementar la confianza mutua.

5. Conclusiones

El medio geográfico contribuye a crear una representación del mundo que define los intereses de cada Estado, en función de los que diseña su propia y particular política exterior que se implementa mediante la elaboración de una estrategia orientada hacia la consecución de dichos intereses.

Los antagonismos geográficos son fuente, entonces, de antagonismos políticos que se reflejan en la lucha por el poder dentro del sistema internacional. En este sentido es destacable cómo los EE.UU., como potencia marítima, ha tendido a desarrollar su presencia y control del continente euroasiático con el propósito de impedir cualquier alianza continental que pudiera poner en peligro su hegemonía.

La importancia de las tesis geopolíticas de Mackinder son un claro ejemplo de la dimensión política que adoptan las contradicciones geográficas que subyacen a las políticas exteriores de las diferentes potencias. La invariabilidad del factor geográfico parece hacer inevitables determinadas contradicciones impuestas por este medio, lo que en el ámbito del desarme significa la imposibilidad de alcanzar acuerdos estratégicos a causa de la existencia de diferencias insalvables que se fundan en los intereses vitales de cada potencia.

La existencia de un Estado pivote que, pese a estar debilitado tras la descomposición de la Unión Soviética, continúa siendo una amenaza potencial para la talasocracia norteamericana, hace precisa la continua expansión hacia el este de la OTAN y el cercamiento de esta gran potencia que abarca una amplia extensión geográfica repleta de recursos naturales.

Un sistema internacional regido por el unipolarismo y en el que existe una elevada concentración del poder induce, en cierto modo, a que se desarrollen medidas de contrapeso a la influencia norteamericana. Este podría ser el caso de la Organización de Cooperación de Shangai dentro de un marco geográfico euroasiático, y que podría ser una alternativa multipolar y multilateral para transformar el actual sistema. Como el propio Kenneth Waltz señaló, el desequilibrio de poder lleva a los Estados más débiles a aliarse y a buscar un nuevo equilibrio.

La actitud norteamericana, y en su conjunto de la Alianza Atlántica, por expandirse a través de Europa oriental y la región del Cáucaso, al mismo tiempo que se realizan operaciones y ensayos militares en las fronteras de Rusia, únicamente contribuye a tensar más aún las relaciones con dicho país. En este sentido es difícil concebir una posible solución que lograra superar de manera definitiva la problemática existente en materia de desarme, ya que la estrategia de cerco de la Federación Rusa llevada a cabo por los EE.UU. y la OTAN sólo contribuye a incrementar la desconfianza.

En cualquier caso tampoco hay que olvidar la importancia que para Rusia tienen las relaciones con Europa, especialmente en materia energética, y que sus elites políticas tampoco están interesadas en llevar una política que conduzca irremisiblemente a una carrera armamentística, con la consiguiente escalada de tensiones en una espiral de acción-reacción. Sin embargo, es más dudosa la disposición de los EE.UU. a abandonar una política más o menos unilateral en la medida en que los planteamientos estratégicos continúan siendo los mismos, y con ellos los objetivos finales que se pretenden conseguir. Si bien la administración de Obama ha supuesto un cambio de imagen parece que sólo se ha quedado en eso, y que lo que ha variado son las tácticas para alcanzar esos mismos objetivos que permanecen fijados. Todo esto no vendría más que a confirmar la innegable oposición de intereses que se derivan de la posición geográfica que ocupa cada potencia, lo que irremediablemente produce antagonismos políticos que hacen imposible un acuerdo marco que facilite el desarme y el control de armamentos.


[1] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos del poder, Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1992, p. 48

[2] Faye, Guillaume y Otros, Pequeño léxico del militante europeo, Valencia, Colección Iskander, 1996, pp. 30-35

[3] García Picazo, Paloma, Teoría breve de relaciones internacionales, Madrid, Tecnos, 2006, p. 233

[4] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial, Barcelona, Paidós, 2003, p. 40

[5] Ibídem, p. 40

[6] http://www.deepspace4.com/pages/answers/swarming/images/mackindersworld.gif Consultado el 17 de mayo de 2009

[7] Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Pleamar, 1982, p. 378

[8] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero…, Op. Cit., N. 4, p. 40

[9] Ibídem, p. 127

[10] Barbé, Esther, Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 2003, p.267

[11] Waltz, Kenneth N., “Structural Realism after the Cold War” en International Security Nº 1, Vol. 25, 2000, pp. 27-41

[12] Gilpin, Robert, War and Change in World Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 1981, pp. 186-210

[13] Ibídem, p. 188

[14] Ibídem, pp. 188-189

[15] Mearsheimer, John J., Tragedy of Great Power Politics, Chicago, Norton, 2001, pp. 50-60

[16] http://www.mexicodiplomatico.org/lecturas/Orden%20Internacional.pdf Consultado el 18 de mayo de 2009

[17] Kovonalov, Ivan, “El escudo antimisiles norteamericano en Europa y la respuesta de Rusia” en Análisis del Real Instituto Elcano (ARI) Nº 101, 2007

[18] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero…, Op. Cit., N. 4, p. 69

[19] Arbatov, Alexei, “Russia and the United States - Time to End the Strategic Deadlock” en Carnegie Moscow Center Vol. 10, Issue 3, June 2008

Posted by Emboscado at 20:32:55 | Permalink | No Comments »

Friday, August 21, 2009

UNA APROXIMACIÓN A LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL NACIONALISMO SERBIO

1. Introducción

La paz de Westfalia en 1648 supuso la victoria de la soberanía de los Estados como forma de autoridad política frente al Imperio y al Papado, lo que convirtió al Estado en el actor central de las relaciones internacionales. Pero las normas que emergieron en Westfalia no nacieron de la nada, sino que cuentan con sus antecedentes en lo que podría denominarse el proceso de formación del Estado-nación moderno.

Puede afirmarse que fue un proceso gradual de expropiación de los medios de dominación política lo que hizo posible la construcción del Estado moderno. Este mismo proceso anunciaba ya la desvinculación del poder político con respecto a la religión, lo cual no se haría del todo efectivo en el plano internacional hasta la paz de Westfalia. Hasta entonces la religión había jugado un papel significativo en las relaciones internacionales debido a que no existía una soberanía como autoridad suprema sobre un territorio, pues esta se encontraba compartida por los integrantes de una jerarquía que partía del Papa y el Emperador hasta los campesinos pasando por reyes, barones, condes, duques, etc. Con la reforma protestante los monarcas, la nobleza, el Emperador y el Papa, entre otros, lucharon para mantener la homogeneidad religiosa y para extender su particular fe sin respetar los límites territoriales, lo que inevitablemente produjo importantes guerras de religión. Sin embargo, con el nuevo orden surgido después de Westfalia se estableció el principio de no ingerencia en los asuntos internos de un Estado, de esta manera se impedía que un Estado intentara definir la relación entre poder político y religión más allá de sus fronteras.[1]

La religión, que antes había sido motivo de disputa entre los Estados que luchaban por preservar la homogeneidad religiosa en sus fronteras y extender su particular fe a otros países, dejó de ser desde entonces un actor internacional fundamental y pasaron a ser los propios Estados, que ya no reconocían ninguna otra autoridad superior a ellos mismos, fuese el Imperio o el Papado, los actores principales del sistema internacional.

La autonomía alcanzada por la política con respecto a la religión implicó a largo plazo una gradual y progresiva secularización de las sociedades de Europa occidental. Fue así como los Estados, las organizaciones internacionales, partidos, etc., han pasado a perseguir objetivos que incluyen el poder, la seguridad, el desarrollo económico, etc., pero que no incluyen la extensión o promoción de la religión. Por decirlo de alguna manera las motivaciones religiosas han perdido relevancia en unas relaciones internacionales secularizadas.

Asimismo, las ideologías políticas como el marxismo, liberalismo, nacionalismo y otras, han cambiado sus lealtades hacia objetos diferentes de Dios. Pero se tratan de sistemas de pensamiento incompletos en la medida en que son incapaces de dar un sentido último a la existencia humana, por esta razón, aunque la religión ha perdido gran parte del peso que tuvo en la era previa a Westfalia, el conjunto de creencias que la conforman dotan al individuo de ese sentido último de la existencia y establecen un sistema de vida que es practicado en comunidad, y que representa un marco de referencia para la organización del colectivo.

Sin embargo, en la actualidad existen casos que parecen contradecir la lógica secular del orden de Westfalia como puede ser el Islam o la importancia del papel que a nivel identitario ha recobrado la religión en los conflictos de la antigua Yugoslavia. En los Balcanes la religión sirvió como elemento aglutinante y movilizador de las diferentes comunidades, sirvió como instrumento de legitimación de los Estados que se constituyeron e influyó en la política de la región. Por este motivo se tratará de estudiar estos fenómenos políticos e ideológicos en términos generales para determinar el grado de importancia de la religión y con ello la relevancia que ha recobrado en las relaciones internacionales. Finalmente se analizará el caso concreto del nacionalismo serbio desde la perspectiva de su evolución histórica, lo que de alguna medida servirá para destacar la relevancia de la religión en estos movimientos políticos e ideológicos.

2. Nación, nacionalismo y religión: el caso yugoslavo

Como explica el profesor Pedro Ibarra la nación es una construcción subjetiva producida por el nacionalismo, pero nada de esto es posible si previamente no existe una identidad nacional, un hecho diferencial que surge de la etnicidad. La existencia de un grupo que da importancia a los lazos que lo unen en la formación de un Nosotros y que se percibe diferente es el fundamento de la etnicidad.[2] Estos lazos pueden ser la lengua, la costumbre, las experiencias históricas, las tradiciones o las religiones.

Por otra parte, todas las características mencionadas junto a aquellas que definen y conforman el espacio en el que se desarrolla la vida cotidiana son las que dan contenido a una determinada forma de vida, de manera que, como indica Miller, la identidad nacional se encuentra al margen de un proceso reflexivo de elección, pues se trata en gran medida de algo dado.[3] La nación, aún tratándose de un concepto construido, se encuentra inserta en la historia y está sometida a cambios y evoluciones.

Pero el nacionalismo, aún nutriéndose de la etnicidad como fundamento para reclamar la adscripción individual a la nación, es un referente ideológico que busca la creación de un proyecto colectivo para la construcción de la comunidad nacional sobre aquellos rasgos que la definen. Por tanto, el nacionalismo aspira a la construcción de un Estado plenamente soberano para todos los que forman parte de la comunidad nacional de referencia. Sobre la base de un patrimonio común (cultura, historia, lengua, tradiciones, religión, etc…) se pretende construir, a su vez, un destino común.

Conviene traer aquí la definición que destaca Ibarra:

“|…| el nacionalismo implica una lealtad exclusiva o marcadamente prioritaria a la nación; la afirmación de que sólo es posible la libertad y realización humana a través de la identificación con la nación; la plena identificación con los rasgos que se han definido como únicos en la conformación tanto de la identidad nacional como de la propia nación; y finalmente la necesidad y virtud de que cada nación tenga su Estado soberano”.[4]

Se da una valoración positiva de la nación ya que es considerada un Bien, en este caso común y compartido pero también deseable. No basta con ser y sentirse miembro de una comunidad nacional, el nacionalismo imprime sobre esto su particular juicio de valor al considerar dicha pertenencia como algo positivo, algo bueno. Por esta razón el nacionalismo, en muchas ocasiones, tiende a excluir otras lealtades distintas de la nación. A esto habría que añadir que para el nacionalismo la felicidad humana se realiza en la nación, y que su defensa a través de un Estado fuerte es algo imprescindible.

El nacionalismo, en ocasiones, tiende a fundarse sobre unas señas de identidad rígidas y excluyentes que originan relaciones antagónicas con otras sociedades, lo que reintroduce el viejo esquema definitorio de lo político a partir de la distinción amigo-enemigo,[5] en este caso percibiendo la identidad del otro como la negación de la propia.[6] Esta circunstancia ha tendido a combinarse, muy especialmente en el caso yugoslavo, con las demandas de poder político para la nación. Se entiende que el sustrato popular que configura la nación sólo es auténtico cuando no depende de otros, cuando tiene el poder político. De esta manera la nación únicamente conserva su particularidad cuando tiene su correspondiente Estado y no es gobernada por otra nación. Así es como el autogobierno constituye un rasgo central en la definición de nación. “Hay nación porque hay voluntad de ser un pueblo, y sólo puede existir esa voluntad si existe conciencia de no dependencia”.[7]

En la antigua Yugoslavia los nacionalismos emergieron violentamente como la voluntad por parte de las repúblicas de Eslovenia y Croacia de exigir el poder político, de contar con sus propios Estados independientes en la medida en que consideraban que Yugoslavia, como unidad política, negaba la identidad de sus respectivas poblaciones. Pero juntamente con esta lógica se unió otra argumentación llevada a cabo desde las propias repúblicas hacia sus respectivas sociedades, aquella en la que el poder político de los Estados fomenta el nacionalismo para legitimarse tratando de hacerse representante del pueblo que sus ciudadanos conforman.

Aquí es donde se percibe la función legitimadora del Estado a través del nacionalismo, lo cual tiene sus orígenes en la desaparición del Antiguo Régimen y la quiebra de los sistemas de lealtad previos. De alguna manera, tal y como sugiere Pedro Ibarra, el nacionalismo es una ideología que surge desde el Estado ya que este necesita ser obedecido y para ello no basta con que las autoridades políticas sean elegidas por la población, sino que es imprescindible que los ciudadanos se perciban como miembros de una comunidad, y por tanto como portadores de un patrimonio y un destino colectivo común.[8] Así es como el individuo considera que el Estado debe ser obedecido porque en caso de desobediencia tanto la comunidad como sus rasgos diferenciadores son puestos en peligro, y su propia razón de ser también dejaría de existir. Este proceso tuvo lugar en el seno de Yugoslavia, pues las diferentes repúblicas fomentaron el nacionalismo para obtener la adhesión de los miembros de su comunidad nacional mayoritaria, pero al mismo tiempo para reafirmarse como unidades políticas independientes, como proyecto colectivo común de una determinada comunidad nacional.

Indudablemente el carácter federal de Yugoslavia contribuyó a que se superpusieran dos lógicas diferentes, por un lado la que reclamaba la independencia y la soberanía plena para las repúblicas frente a la federación, y por otro la promoción en el interior de esas mismas repúblicas de un nacionalismo exacerbado para legitimar el proyecto que representaban los nuevos Estados independientes, lo que en gran medida también tenía por objetivo silenciar a las minorías nacionales presentes en su interior.

El nacionalismo étnico que se desarrolló en los Balcanes estableció unos rasgos de pertenencia nacional a los que se les dio una categoría de objetividad, motivo por el que terminaron funcionando de forma completamente excluyente. La consecuencia lógica de este criterio fue negar los derechos y la condición de nacionales a los que viviendo en el territorio nacional no compartían la identidad de la población mayoritaria. Lo que interesa aquí son los elementos diferenciadores que primaron. En el caso de la antigua Yugoslavia la religión ha tenido un papel fundamental en el nacimiento y perpetuación del nacionalismo, lo que en cierto modo vendría a confirmar lo dicho por el filósofo Tadich: “nosotros estamos aún en el prefacio de la paz de Westfalia”.[9]

No es nada desdeñable el hecho de que en Yugoslavia se operaran transiciones ideológicas desde el socialismo oficial del Estado a un creciente nacionalismo. Algunos autores, como Francisco Veiga, ven en la confluencia de factores económicos, sociales y políticos la causa principal de la emergencia de un fuerte nacionalismo en el interior de Yugoslavia. El modelo autogestionario favoreció una creciente autonomía de las diferentes repúblicas en el ámbito económico y una fragmentación del mercado nacional, unido también a la aparición de una clase media tecnócrata que fue necesaria para la consecuente industrialización del país y que constituyó una nueva elite oligárquica. Todo esto, unido a la organización cuasiconfederal del Estado y al carácter autoritario del régimen con la presencia de partidos comunistas cada vez más autónomos con respecto a la dirección central, llevó a las oligarquías regionales a instrumentalizar el nacionalismo en sus particulares luchas para obtener más poder.[10]

En un sentido parecido camina lo planteado por Ranko Bugarski:

“En este punto, las élites políticas de las respectivas repúblicas, en su lucha por mantener el poder y los privilegios impidiendo el posible avance de un genuino pluralismo democrático, se acogieron a la única fuerza que quedaba y que era lo suficientemente fuerte para movilizar al pueblo desilusionado: el nacionalismo”.[11]

Otros autores, sin embargo, explican las causas del resurgimiento del nacionalismo en Yugoslavia a finales de los 80 a partir de la combinación de desigualdades económicas y diferencias culturales. Las desigualdades entre las zonas económicamente más pujantes e industrializadas situadas al norte, como Eslovenia, Croacia o la provincia autónoma de Vojvodina, que aportaban la mayor parte del PIB del conjunto de la federación, y otras zonas más deprimidas como Bosnia, la provincia autónoma de Kosovo o Macedonia.[12]

Tampoco hay que obviar que los nacionalismos de base étnica, especialmente el esloveno y el croata, utilizaron, tal y como señala Bugarski, la lengua para conseguir sus propios objetivos, e intentaron hacer de ella un elemento diferenciador más con el que poder consolidar la identidad propia frente a la de los Otros. La lengua es entendida como “|…| un símbolo de lealtad étnica, nacional, confesional, profesional u otro tipo de vínculo colectivo”.[13] En este sentido la lengua es instrumentalizada como mecanismo para integrar a una determinada comunidad nacional y, al mismo tiempo, para diferenciarla de las demás. Con la aparición de los nuevos Estados nacionales de Croacia y Eslovenia “|…| fueron establecidas también sus lenguas nacionales, codificadas en forma de lenguas estándar o literarias como entidades diferenciadas sobreimpuestas a la continuidad de los dialectos hablados”.[14]

Pero es la religión, como señala Trivo Indjic, el elemento fundamental para la formación de los nacionalismos en los Balcanes occidentales. La singularidad de este fenómeno estriba en el hecho de que la religión recuperó en este caso un protagonismo que había perdido con el sistema westfaliano en el que el Estado, como entidad política autónoma, se había convertido a través del principio de no injerencia en el actor central de las relaciones internacionales.

Es un tanto peculiar el hecho de que dos religiones con vocación universal como son el caso del cristianismo (tanto en su vertiente católica como ortodoxa) y el Islam hayan constituido elementos diferenciadores básicos para el nacionalismo balcánico. Si el nacionalismo fue un producto de la modernidad, y más en particular de la Ilustración, caracterizado por ser un movimiento secular que reorientó la lealtad del individuo hacia la nación, en el caso de los Balcanes la religión ha sido la principal diferencia entre poblaciones con un origen común, una lengua común, una historia conjunta y tradiciones culturales muy similares. “La identificación religiosa antecedió a la nacional y política y siempre ha sido en los Balcanes el fundamento de ambas”.[15] La religión ha nutrido a los nacionalismos balcánicos de la correspondiente especificidad étnica para cada comunidad.

El origen de la división religiosa en los Balcanes tiene sus raíces en la división entre Oriente y Occidente, y más concretamente en el primer gran cisma en el seno de la Iglesia en el 1054, lo que marcará la división del mundo cristiano entre el Oriente ortodoxo y el Occidente católico-romano. Tanto Oriente como Occidente conformarían a partir de entonces sus respectivos ámbitos de influencia en los que los Balcanes occidentales se sitúan en un espacio intermedio habiendo quedado separados espiritual y políticamente. Han sido, por decirlo de algún modo, el campo de batalla entre los intereses del Este y del Oeste en el que las diferentes potencias han trazado sus esferas de influencia y hegemonía, lo que ha determinado de manera decisiva el desarrollo histórico, político y religioso de las poblaciones de la región.

La vinculación del príncipe croata Tomislao a la Iglesia de Occidente en el año 925 con el propósito de obtener el apoyo del Papa y ser reconocido como rey, supuso la división del colectivo eslavo entre orientales y occidentales. Las consecuencia posterior a esto fue la promoción de la presencia de la Iglesia romana hasta el punto de imponer el catolicismo junto al idioma y alfabeto latinos. Desde entonces el Papa ha ejercido su influencia sobre la zona a través de Venecia, Austria, Alemania y Hungría, lo que también ha hecho posible una importante germanización del colectivo eslavo, especialmente los eslovenos, que fue sometido a una continua asimilación y opresión nacional.

Asimismo, esta circunstancia también ha influido notablemente en la mentalidad y cultura política de los eslavos que quedaron bajo la influencia de Occidente a través de su vinculación a los imperios centroeuropeos, lo que cambió de manera considerable su percepción de sí mismos y de sus vecinos eslavos. En lo que a esto se refiere es destacable su inclinación hacia el federalismo como parte de su herencia histórica dentro de estos imperios, lo que el político croata Stepan Radic sintetizó claramente:

“Nuestra historia, nuestra situación geográfica, nuestra orientación hacia Hungría nos hacen federalistas para no ponernos en absoluto bajo la dependencia de los Balcanes, que son la prolongación de Asía. Nuestro deber es europeizar los Balcanes, no balcanizar croatas y eslovenos”.[16]

El elemento religioso junto al propiamente histórico también ha creado su propia percepción del Otro. En el caso de los eslavos católicos, dada la importancia que la Iglesia católica ha tenido, y que aún hoy tiene, y como consecuencia de la dependencia eclesiástica de la jerarquía religiosa con respecto al Vaticano, su lealtad hacia la antigua Yugoslavia y hacia los demás pueblos eslavos siempre estuvo bajo sospecha, lo que en cierto modo los convertía en traidores en potencia.

Sumado a lo anterior se encuentra el papel que tradicionalmente ha desempeñado la Iglesia católica, que ha tendido a mostrarse favorable a la existencia de Estados independientes en aquellos lugares donde los católicos son la población mayoritaria. En una Yugoslavia unida la influencia y control sobre sus creyentes era más difícil. “La Iglesia católica siempre ha sido un obstáculo para que los pueblos yugoslavos se unifiquen de forma democrática y liberal, por miedo a que la vida social de los creyentes se escape a su control”.[17]

Sin embargo, la Iglesia ortodoxa serbia es autocéfala desde 1219, por lo que su jerarquía no depende de una autoridad exterior. Se podría decir que se trata de una iglesia nacional cuya influencia se extendió al conjunto de los Balcanes a través de la presencia de población serbia. Además de esto históricamente se encuentra íntimamente ligada a la formación del Estado serbio, por lo que fue uno de los principales preservadores del orden interno de la nación.

Pero es el nacionalismo serbio nuestro principal motivo de atención, de modo que será analizado desde la perspectiva histórica de su evolución lo que inevitablemente destacará la importancia de la religión ortodoxa como su principal sustrato ideológico.

3. El nacionalismo serbio: una aproximación

Indudablemente en la formación del nacionalismo se encuentra muy presente la función mitológica que desempeña la ciencia histórica como fuente de creación de mitos nacionales, los mismos que después pasan a sustentar proyectos colectivos y a generar conciencia nacional.

Es aquí, llegados a este punto, donde cobra una vital importancia la cuestión de los orígenes, sobre todo lo que tiene que ver con los relatos sobre el pasado remoto de la comunidad. En el caso serbio destaca la importancia de la formación del primer Estado independiente creado de la mano de Stefan Nemanja en 1186 y que tuvo por centro político la ciudad de Raška, que se encuentra en Kosovo. Pero el origen del Estado serbio se encuentra intrínsecamente unido a la ortodoxia, pues el propio Nemanja realizó una importante labor evangelizadora construyendo multitud de iglesias y monasterios ortodoxos, además de ser considerado junto a su hijo San Sava el fundador de la Iglesia Ortodoxa serbia. Es con este último con el que la Iglesia Ortodoxa recibió su autocefalía de la Iglesia matriz en Constantinopla. Hasta tal punto es importante la relevancia de San Sava que la autocefalia eclesiástica de los serbios es denominada sansavismo.

Así pues, la centralidad del complejo mítico-simbólico en el nacionalismo serbio la tiene Kosovo, que es el reflejo de la evolución de una conciencia colectiva, de las transformaciones que ha sufrido y las funciones políticas que ha tenido a lo largo de la historia.[18] Pero es justamente con la derrota en la batalla de Kosovo en 1389 frente al ejército turco el acontecimiento que marcará significativamente al nacionalismo serbio, debido a que con esta derrota desapareció la independencia del Estado serbio y comenzaron los 500 años de dominación y ocupación extranjera. Aunque más bien cabría decir que fue con aquella derrota militar, tal y como señala Mira Milosevich, como hizo su aparición la conciencia identitaria, pues se produjo una discontinuidad y una ruptura histórica ante la pérdida que significó la desaparición del Estado.

Pero volviendo al papel de la ortodoxia en la formación de la identidad y del carácter propiamente serbio, es importante destacar que la Iglesia ortodoxa sirvió en su momento para que los Nemanjic ejercieran el papel de unificadores religiosos y luchadores de la fe, lo que posteriormente se expresó en la unidad política de los serbios en un mismo reino. Además de esto la evangelización llevada a cabo por los Nemanjic en los Balcanes permitió debilitar las diferencias entre sus súbditos y darles el sentimiento de pertenencia a una única comunidad religiosa, al mismo tiempo que consolidaban el poder de su dinastía. Tal y como lo explica Mira Milosevich el proceso de formación de la etnia serbia y la evangelización se produjeron simultáneamente.[19] La Iglesia llegó a ser considerada el cuerpo místico del pueblo serbio, parte a su vez del Cuerpo Místico de Cristo.

Es importante la coincidencia que se da entre poder temporal y autoridad espiritual en el mundo ortodoxo en lo que se ha denominado sinfonía o armonía de los poderes. Los reyes serbios fueron líderes de la Iglesia Ortodoxa serbia y una vez muertos canonizados, lo que otorgaba santidad al Estado mismo. Este rasgo constituye la principal diferencia con respecto a las querellas que históricamente existieron en Occidente entre el Imperio y el Papado en lo que se refiere a las investiduras, unido también a la voluntad de independencia y al ansia de dominio de la Iglesia de Roma sobre el poder temporal.

En el mundo ortodoxo la identificación de la Iglesia con el Estado es bastante habitual, lo que en la práctica los ha hecho indistinguibles. Por ejemplo, en el caso serbio el Sínodo de las Iglesias Ortodoxas celebrado en 1872 concluyó que la Iglesia serbia había incurrido en un etnofiletismo, es decir, en la subordinación de la universalidad de la religión a los ideales nacionales. Esto no era más que la consecuencia de la veneración religiosa de los fundadores del Estado serbio, quienes como santos nacionales contaban con una legitimidad tanto política como eclesial, lo que posteriormente derivó en un culto al Estado. Aquí existe una evidente correspondencia con el caso del Imperio Ruso, donde el Zar, como el Ungido por Dios, concentraba en su persona la autoridad espiritual y el poder temporal como símbolo del poder de Dios en la tierra lo que significó, también, la veneración religiosa del monarca. “La Iglesia –concebida como el alma de Rusia- no se situaba por encima del Zar, sino que le reconocía su autoridad sobrenatural y legítima, bendiciéndola, ya que de otra manera el propio Estado estaría condenado a muerte”.[20]

Como se ve existe una clara identificación entre la Iglesia y la dinastía de los Nemanjic, lo que identifica a la comunidad religiosa, el pueblo serbio, con el poder monárquico. Se pone de manifiesto la importancia crucial de la religión en la formación de la identidad serbia como el principal elemento aglutinador y cohesionador de la comunidad, pero también como demarcación de su singularidad y particularidad con respecto a otros pueblos. Por este motivo la ortodoxia y el origen (ortodoxo) del Estado serbio van a definir y determinar el ser serbio, y este aspecto va a ser fundamental en los conflictos étnicos que se desarrollarían a finales del s. XX. El nacionalismo serbio estuvo impregnado desde sus orígenes por la religiosidad ortodoxa y su mística.

No menos importante es la grandeza que alcanzó Serbia cuando se convirtió en un Imperio con el Zar Stefan Dušan entre 1346 y 1355. Bajo su mandato Serbia consiguió su máximo esplendor y apogeo. Pero con su muerte la nobleza serbia se repartiría sus territorios. A pesar de esto, para el nacionalismo serbio el Imperio constituyó la época dorada del país que evoca su aspiración por conseguir una Gran Serbia que emule la grandeza de aquel entonces.

Pero es la derrota de 1389 frente a las tropas turcas lo que marcará la conciencia nacional serbia para siempre, pues de ahí nacerá la conciencia de la independencia perdida y la imperiosa necesidad de recuperarla frente al ocupante turco. En este punto es donde cobran especial importancia en el imaginario colectivo todas las sagas acerca de la batalla, la cual es revestida de un carácter épico en las que el conde Lazar Hrebeljanovic reunió a la nobleza serbia para hacer frente al invasor. La identidad heroica que se le atribuye a los protagonistas debido a la inferioridad serbia en la correlación de fuerzas está también unida al sacrificio hecho por el conde Lazar, quien se sacrificó a sí mismo en la batalla aún siendo consciente de que era imposible vencer a los turcos. La muerte heroica en combate asegura la vida eterna al caído, lo que le confiere una dimensión martiriológica a la propia batalla. Asimismo, este aspecto también refleja claras influencias islámicas en la literatura serbia de los cronistas eclesiásticos tal y como explica Mira Milosevich.[21] Todos estos elementos históricos, religiosos y literarios contribuirían a formar el universo mítico del que posteriormente se nutriría el nacionalismo serbio.

Con la derrota ante los turcos Serbia quedó repartida entre el Imperio Austrohúngaro y el Imperio turco. En las disputas entre ambos imperios los serbios sirvieron de carne de cañón para Austria-Hungría, y de moneda de cambio entre las potencias dominantes en la región. Únicamente destacar que en 1718 se firmó un tratado de paz en Požarevac con el que el Imperio otomano perdía la mayor parte de sus posesiones en los Balcanes occidentales.

Fue a finales del s. XVIII cuando se produjo el primer renacimiento nacional serbio con la presentación en Timisoara del primer programa nacional, y concretamente en 1793 fue Dositej Obradovic el primero en utilizar la palabra “nacionalista” en idioma serbio. Obradovic, influenciado por el racionalismo y la Ilustración se mostró partidario de hacer del lenguaje popular de los serbios una lengua literaria, pues “|…| argumentaba que el idioma es igual que la comunidad étnica y que los límites de ese idioma son a la vez las fronteras de ese pueblo (independientemente del estado en que viva ese pueblo y de las iglesias a las que pertenezca)”.[22]

Se trata, entonces, de un primer nacionalismo que intenta basar la unidad de los eslavos meridionales sobre la unidad lingüística, lo que de alguna manera confiere un carácter integrador al proyecto nacionalista. Se pretendía superar las diferencias religiosas a través de una estandarización del lenguaje literario popular. Pero ya a principios del s. XIX se da una recopilación de la poesía épica serbia llevada a cabo por Vuk Stefanovic Karadzic, en la que las historias y poemas contienen llamamientos a la lucha contra los otomanos, lo que dio lugar a una reinterpretación de la batalla de Kosovo vista ya no tanto como una defensa de la Patria espiritual como la lucha por la libertad e independencia de Serbia. Es entonces cuando, según Mira Milosevich, “|…| el mito dinástico de los Nemanjic fue reemplazado por el mito del pueblo, de la nación humillada”.[23]

El papel de Vuk fue muy importante en las aportaciones culturales, sobre todo a nivel literario, en la medida en que nutrieron de una especificidad étnica a los serbios, lo que evocaría un particular romanticismo de claras reminiscencias herderianas. Fue el padre del alfabeto serbio, y fundó la idea de la nación en la comunidad lingüística, de manera que quienes hablen el mismo idioma pertenecen a la misma nación. Todo esto condujo junto a otros lingüistas a probar la existencia de un idioma común, el ilirio, que era la base común del serbio y del croata. Las aportaciones teóricas de estos intelectuales cobraron forma en un movimiento conocido como ilirismo y que constituye el origen de la invención de la nación yugoslava.

Ya en 1844, el ministro de asuntos exteriores de Serbia, Ilija Garašanin, redactó el primer programa nacional serbio, Načertanje, que serviría de inspiración para futuros programas políticos de cara a la creación de una nación yugoslava que tuviera como base el Estado serbio. Por tanto se puede apreciar que en un principio el nacionalismo serbio, o más bien el protonacionalismo serbio, estuvo inspirado en la idea de unir a todos los eslavos del sur en un mismo Estado tratando de superar las diferencias religiosas por medio de la unidad lingüística. El modelo que se tomaba de referencia era el de Stefan Dušan, teniendo por objetivo final la reconquista de Constantinopla y el restablecimiento del Imperio Bizantino. La liberación de los eslavos del sur bajo liderazgo serbio hizo posible la formación de una organización revolucionaria con propagandistas, además de una guerrilla que luchara por la completa independencia de Serbia, los famosos chetniks (četniki). Se llegaron a preparar acciones insurrecciónales contra el imperialismo austrohúngaro en Bosnia, y acuerdos con organizaciones croatas que compartían el ideal “yugoslavista”.[24] Esto, sin embargo, debido a las circunstancias de la política interna de Serbia no pudo consumarse, pero ello no impidió que contribuyera a inspirar posteriormente la formación de la primera Yugoslavia.

Si las revueltas de 1804 y 1815 con el renacimiento nacional serbio sirvieron para obtener una autonomía dentro del Imperio otomano y con ello alcanzar una semiindependencia, las potencias extranjeras no dejaron de intervenir e interferir en la política de Serbia. No fue hasta el Congreso de Berlín en 1878 cuando Serbia alcanzó su plena independencia del Imperio otomano, consiguiendo al mismo tiempo la ampliación de su territorio. Es necesario tener en cuenta en este punto que la independencia definitiva de Serbia no hubiera sido posible sin la intervención de Rusia, que declaró en 1877 la guerra al Imperio otomano sobre el que tuvo una importante victoria política y militar. Indudablemente esto acrecentó las simpatías del nacionalismo serbio hacia Rusia, y daría un importante impulso al proyecto de unir a los eslavos del sur en un mismo Estado. Fue así como el ideal de Yugoslavia pervivió hasta el s. XX, lo que en cierto modo sirvió de fermento para el atentado que acabó con la vida de Francisco Fernando I en Sarajevo.[25] Aunque como señala el propio José Girón, el reparto de los Balcanes benefició considerablemente a Austria con la adquisición de Bosnia, donde vivía una importantísima población serbia, razón de fondo que finalmente provocaría la Primera Guerra Mundial.[26]

Durante el s. XIX en Serbia se produjeron levantamientos contra los otomanos y una permanente lucha por el poder entre las dos líneas dinásticas: la casa de los Karagjorgjevic y la de los Obrenovic. Si destacamos este aspecto de la historia de Serbia se debe fundamentalmente al hecho de que cada casa real buscó sus particulares alianzas para conseguir expulsar a los otomanos. Así, por ejemplo, los Obrenovic intentaron apoyarse en Austria, mientras que los Karagjorgjevic buscaron el apoyo de Rusia para alcanzar la liberación nacional. Esto será una constante en la mentalidad de gran parte del nacionalismo serbio, ya que siempre tendieron a buscar una alianza estratégica con Rusia para realizar sus aspiraciones nacionales, a lo que estuvo íntimamente unido un fuerte sentimiento de solidaridad eslava consustancial al paneslavismo como corriente cultural y política.[27]

El asesinato del rey Obrenovic en 1903 responde al descontento general en la población serbia y en el ejército hacia una política que estaba anclada a los intereses de Austria. A esto hay que sumar que Bosnia, región habitada por una importante cantidad de serbios, estaba ocupada por Austria, por lo que no era agradable en absoluto que el rey serbio estuviera aliado con quien mantenía a una gran parte del pueblo serbio bajo dominación extranjera. Es entonces cuando los Karagjorgjevic volvieron a la jefatura del Estado y se rompieron los vínculos que ataban a Serbia con Austria. A partir de ese momento se propagó un amplio movimiento nacionalista que pretendía unir a los eslavos balcánicos en torno a la monarquía serbia.

La idea de Yugoslavia tuvo sentido para el nacionalismo serbio por dos motivos: al estar el pueblo serbio disperso a lo largo de todos los Balcanes occidentales, y ser al mismo tiempo la comunidad con mayor población, se tendió a buscar la construcción de un Estado para todos los serbios; con motivo de la histórica dominación extranjera a la que fue sometida la región, tanto por austrohúngaros como por otomanos, la formación de un Estado yugoslavo respondía a las aspiraciones de emanciparse de la opresión imperialista a la que todos los eslavos del sur estuvieron sometidos, pero también al deseo por parte de los serbios de liderar a esos pueblos.

Si el proyecto de Yugoslavia tuvo la suficiente recepción entre los eslavos meridionales como para consumarse en el reino de serbios, croatas y eslovenos en 1918 se debió, sobre todo, a las aspiraciones de emancipación nacional con respecto a Austria y Hungría, y en diferente grado a las pretensiones serbias de integrar a su propia población en un mismo y único Estado. Estas circunstancias podrían hacer alusión a un hipotético oportunismo, de manera que tal y como lo plantea Francisco Veiga el yugoslavismo fue una idea instrumental en relación con los objetivos nacionales de cada población más que una verdadera pretensión unitarista.[28]

Ya existían desconfianzas entre los propios eslavos de los Balcanes debido no sólo a sus respectivas confesiones religiosas, sino sobre todo a sus respectivas tradiciones políticas propias al ámbito de influencia, ya fuese oriental u occidental, en el que habían permanecido insertos. Estas desconfianzas se agravaron con la Primera Guerra Mundial en la que eslovenos, croatas y serbios se combatieron mutuamente en diferentes ejércitos.

Sin embargo esto no impidió que los eslavos meridionales crearan un reino conjunto como forma de hacer frente común a las pretensiones expansionistas de los imperios centrales. A esto contribuyó de forma importante el apoyo internacional por parte de las potencias vencedoras de la Gran Guerra, ya que se quería neutralizar la amenaza imperialista mediante su desmembración promoviendo la formación de diferentes Estados.

Durante el período de entreguerras se evidenciaron las diferencias en las tradiciones políticas de croatas y eslovenos por un lado y serbios por otro. Mientras los primeros eran partidarios de un marco político confederal, más en la línea de la tradición política de la que provenían, los serbios eran favorables a un Estado-nacional unitario en torno a la monarquía serbia y liderado por los propios serbios. A esto habría que añadir las distintas confesiones religiosas que abarcaba el país lo que unido a las permanentes desconfianzas generó importantes conflictos hasta el punto de que, el 3 de octubre de 1929, el rey Alejandro I instauró su propia dictadura con la creación del reino de Yugoslavia.

Para los intelectuales nacionalistas serbios el papel de Serbia en la unificación yugoslava tenía un paralelismo con la unificación italiana, ya que Serbia desempeñaba el papel de Piamonte. Esto contribuyó a desarrollar las tendencias panserbias o serbizantes a través de un modelo de Estado unitarista. Este ha sido uno de los principales argumentos utilizados por croatas y eslovenos para considerar que Yugoslavia no era otra cosa más que una extensión del reino serbio. Las tendencias federalizantes de estas comunidades eran una herencia de su tradición política en el seno del Imperio Austrohúngaro, por lo que al ser minoría en un Estado de mayoría serbia su desconfianza se proyectaba hacia el poder central.

Por el contrario, para los serbios las reclamaciones de croatas y eslovenos respondían a un intento de sabotear el nuevo Estado, lo que en muchas ocasiones se atribuyó a la acción de poderes e intereses extranjeros en la política interna, unido a una falta de voluntad de integración en el nuevo proyecto político anteponiendo intereses particulares a los del conjunto del Estado.

Pero durante la Segunda Guerra Mundial se produjo una gran ruptura entre las diferentes comunidades eslavas. Esto se debió en gran medida a las relaciones de poder y a las alianzas que impuso el contexto histórico, pero sobre todo al hecho de que tanto bosnios musulmanes como croatas colaboraron con las potencias ocupantes, mientras Yugoslavia quedaba reducida a su mínima expresión territorial en la parte central de Serbia, al mismo tiempo que los países vecinos, colaboradores del Eje, se repartían los territorios del ya desaparecido Estado yugoslavo. A todo esto hay que añadir el genocidio de casi un millón de serbios llevado a cabo por el Estado croata, y ejecutado por los ustasha.[29] Este acontecimiento supuso un daño irreparable que marcaría la conciencia colectiva de los serbios para la posteridad, y que serviría de argumento para el más exclusivista y radical nacionalismo serbio.

En la segunda Yugoslavia, la del croata Tito, el diseño de su organización territorial y la distribución del poder en el seno de la federación a través de las distintas repúblicas obedecía al propósito de neutralizar el poder y la influencia serbia en el nuevo Estado. La creación de 6 repúblicas y dos provincias autónomas dentro de una estructura que fomentaba el federalismo, y a partir de la constitución de 1974 el confederalismo, lejos de contribuir a forjar una identidad propiamente yugoslava sirvió para asentar las identidades étnicas preexistentes.

Los serbios eran la población mayoritaria en la federación, pero se encontraban dispersos en las diferentes repúblicas conformando importantes minorías. Tales eran los casos de Krajina y Eslavonia en Croacia, o el de gran parte de Bosnia-Herzegovina. Pese a que todos los serbios se encontraban integrados en un mismo Estado, Yugoslavia, la organización federal los mantenía dispersos y separados en diferentes repúblicas lo que indudablemente diluía su importancia y poder en el conjunto de la federación.

La progresiva descentralización y, finalmente, confederalización del sistema benefició a las distintas repúblicas y minorías étnicas, pues con ello se evitaba una concentración del poder del Estado en manos serbias y que esta comunidad se convirtiera en una amenaza para las minorías. Sin embargo, la estructura de esta segunda Yugoslavia fomentaría las fuerzas centrífugas, lo que marcaría su posterior disolución.

En este punto es interesante la aportación que hicieron al nacionalismo autores liberales como Vojislav Kostunica y Zoran Djindjic en los años 80 quienes, a través de una crítica al sistema de gobierno federal y a su inoperancia en la toma de decisiones, propusieron su reforma mediante una democratización del sistema con el establecimiento de una democracia mayoritaria, lo que conduciría a una unitarización del Estado yugoslavo y a alcanzar la comunidad serbia un mayor peso en el seno del mismo.[30]

Debido a los motivos mencionados a mediados de los años 80 se redactó el Memorándum, publicado por la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes, que ha sido considerado como el manifiesto fundamental del nacionalismo serbio moderno.[31] En este documento los intelectuales y académicos serbios denunciaban la parálisis institucional del gobierno federal, las disputas internas y las luchas geopolíticas que se estaban produciendo en el interior de la Yugoslavia postitista. También se denunciaba la marginación de las minorías serbias en las demás repúblicas, la creciente exclusión de los serbios en las estructuras políticas y en los centros de toma de decisión, y la pérdida de los territorios que históricamente habían sido considerados serbios.

Aquí sobresale la figura de Dobrica Cosic, considerado el padre de la nación Serbia moderna. Cosic concluía que el fortalecimiento del Estado federal había operado en detrimento del fortalecimiento de Serbia, por lo que “una Yugoslavia fuerte implica una Serbia débil”.[32] El nacionalismo serbio, tras la experiencia socialista de la Yugoslavia de Tito, concluyó que la organización de dicho Estado respondió al propósito de aminorar la importancia de Serbia en el seno de la federación, lo que implicó la debilidad de Serbia. Hasta entonces se había intentado una reforma del sistema federal dada su creciente inoperancia, lo que hubiera permitido un reajuste en beneficio de Serbia.

Con la independencia de las repúblicas que componían la antigua Yugoslavia el discurso nacionalista serbio adoptó posiciones etnicistas, con lo que se perseguía integrar bajo un mismo Estado a aquellos territorios pertenecientes a otras repúblicas y cuya población mayoritaria fuera serbia. Son importantes las palabras de Cosic en 1991 en las que señalaba que

“los serbios no tienen ninguna razón (…) para impedir que croatas y eslovenos abandonen Yugoslavia y se conviertan en estados independientes. Pero sólo podrán hacerlo sobre la base de sus territorios étnicos. Si, por el contrario, lo hacen a través de la anexión de territorios étnicos serbios, se convertirán en invasores y en fautores de guerra”.[33]

Esto marcaba el abandono de la idea de una Yugoslavia en la que los serbios convivieran junto a los demás pueblos eslavos. La creación de una Gran Serbia como Estado unitario que integrara los territorios en los que los serbios son mayoría pasó a ser el principal referente del nacionalismo serbio, la respuesta definitiva ante la crisis del Estado yugoslavo que había contribuido a frustrar gran parte de las aspiraciones serbias.

Finalmente, la conclusión del nacionalismo serbio extraída a partir de la fatídica experiencia yugoslava queda sintetizada por el literato Vuk Draskovic en lo siguiente: “y sin embargo, ha tenido que pagar un alto precio por su gran pecado. En efecto, en el siglo XX más de tres millones de servos [SIC] han caído por Yugoslavia. Y ciertamente no murieron para permitir hoy su desaparición, y con ella, la de Serbia”.[34] Ciertamente la unión de los eslavos del sur será considerado como un gran error histórico de la Serbia moderna, país que fue el gran promotor y la principal víctima de esta construcción multinacional.

4. Conclusiones

Las diferentes lógicas del nacionalismo han operado de manera simultánea en la desmembración de la antigua Yugoslavia. Esto ha sido así tanto para deslegitimar al Estado federal y reivindicar unas particularidades étnicas, como para legitimar los nuevos proyectos que emergían con la independencia de las diferentes repúblicas.

La religión ha sido el elemento fundamental que ha actuado como hecho diferencial entre las distintas comunidades nacionales en los Balcanes. Su importancia ha redimensionado la política desde una perspectiva puramente étnico-religiosa y ha roto con los fundamentos del sistema westfaliano. De este modo, con las sucesivas declaraciones de independencia, las distintas repúblicas fueron dadas a reclamar como propios los territorios en los que era mayoría su comunidad nacional. En este sentido se puede afirmar que aunque no se persiguió expresamente la extensión de una determinada confesión religiosa, sí se puede decir que la religión, como principal seña de identidad, fue el principal motivo que condujo a las repúblicas a intervenir en los asuntos internos de las demás.

Las diferencias religiosas, al menos en el caso de los Balcanes, se remiten al primer gran cisma en el seno del mundo cristiano entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla. A partir de aquí tanto Oriente como Occidente establecerán sus áreas de influencia que determinarán la identidad de cada comunidad y con ello los orígenes últimos de las posteriores guerras balcánicas.

No menos interesante son las transiciones ideológicas desde el socialismo al nacionalismo que se produjeron en la antigua Yugoslavia, lo que respondía a las pugnas de poder que existían en el seno de la federación entre las distintas elites locales. La vinculación de estas elites políticas a intereses económicos unido a las diferencias sociales existentes entre las repúblicas yugoslavas produjo las condiciones propicias para que, finalmente, el nacionalismo operara como instrumento de estas elites para obtener mayores cotas de poder. Todo esto junto a la estructura federal de Yugoslavia y la ausencia de mecanismos de control social reales en el Estado, es decir, formas democráticas de gobierno, creó el contexto favorable para que el proceso de desmembración adoptara un cariz violento.

Como se ha visto el papel de la religión ortodoxa es esencial en la formación de la identidad nacional serbia, y por tanto en la aparición del nacionalismo serbio como fenómeno ideológico moderno que reivindicará la ortodoxia como principal seña de identidad de los serbios al encontrarse en el origen de su primer Estado.

Se distinguen, entonces, diferentes fases en la evolución histórica del nacionalismo serbio pudiéndonos servir como referencia el esquema ofrecido por Fernández Riquelme:

1- La formación de la nación religiosa que enlaza con los orígenes míticos de la comunidad. El origen de la Iglesia ortodoxa serbia se encuentra en la acción evangelizadora de la dinastía Nemanjic, los fundadores del primer Estado serbio. Además de esto se encuentra el pasado glorioso del Imperio de Stefan Dušan como modelo de referencia para la creación de una Gran Serbia, a lo que hay que añadir la función mítica de los héroes-mártires en la batalla de Kosovo frente a los otomanos.

2- La aparición de la nación cultural serbia por medio de la obra filológica de Vuk Karadzic y su inestimable aportación a la lengua serbia con la creación de un alfabeto propio. Asimismo, también se produciría la sistematización de los principales elementos culturales que caracterizarán a los serbios mediante la compilación de poemas y relatos populares. En estos se recogen las principales tradiciones y costumbres de los campesinos serbios.

3- La nación política quedará ligada a la figura de Ilija Garašanin así como a la de los poetas románticos, pero muy en particular al movimiento ilirio y a las corrientes yugoslavistas que encontrarían en el reino de Yugoslavia la realización de gran parte de sus aspiraciones. La nación política vendrá representada por la permanente lucha de Serbia, a modo de Piamonte balcánico, contra las potencias ocupantes en la búsqueda de su liberación nacional.

4- La nación étnica que evoca a la Gran Serbia y a la integración de todos los serbios bajo un mismo Estado. Vuelve al imaginario colectivo del pueblo serbio la mítica batalla de Kosovo y recobra una nueva significación ante su pérdida tras los bombardeos de la OTAN. Esto servirá para actualizar el mito nacional y vincularlo con los orígenes mismos de Serbia.

En último lugar habría que incluir la reflexión hecha por parte del nacionalismo serbio acerca de la experiencia yugoslava, entendida como un gran error histórico para Serbia que provocó la separación del pueblo serbio e hizo de este la principal víctima de un experimento multinacional del que fue su principal promotor.


[1] Philpott, Daniel, “The Challenge of September 11 to secularism in international relations” en World Politics Nº 1, Vol. 55, 2002, 66-95

[2] Ibarra, Pedro, Nacionalismo: razón y pasión, Barcelona, Ariel, 2005, pp. 13-37

[3] Ibídem, p. 17

[4] Ibídem, p. 13-14

[5] Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005

[6] Mouffe, Chantal, El retorno de lo político: comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona, Paidós, 1999

[7] Ibarra, Pedro, Nacionalismo…, Op. Cit., N. 2, p. 25

[8] Ibídem, p. 19

[9] Indjic, Trivo, “Nacionalismos en Yugoslavia: antecedentes y problemas actuales” en Investigaciones Históricas: Época moderna y contemporánea Nº 13, 1993, p. 35

[10] Veiga, Francisco, “«Muñecas yugoslavas»: minorías, mayorías y elites nacionales en la Federación y en los Estados sucesores” en González Enríquez, Carmen (dir.), Minorías nacionales y conflictos étnicos en Europa del Este, Madrid, UNED, 2004, pp. 123-139

[11] Bugarski, Ranko, “Lengua, nacionalismo y la desintegración de Yugoslavia” en Revista de antropología social Nº 6, 1997, p. 18

[12] Lechado, José Carlos y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos. Una introducción, Madrid, Fundamentos, 1995, y también en Féron, Bernard, Yugoslavia, orígenes de un conflicto, Barcelona, Salvat, 1995

[13] Bugarski, Ranko, Op. Cit., N. 11, p. 19

[14] Ibídem, p. 20

[15] Indjic, Trivo, Op. Cit., N. 9, p. 37

[16] Féron, Bernard, Op. Cit., N. 12, p. 25

[17] Indjic, Trivo, Nacionalismos en Yugoslavia…, Op. Cit., N. 9, p. 39

[18] Milosevich, Mira, Los tristes y los héroes. Historia de nacionalistas serbios, Madrid, Espasa, 2000

[19] Ibídem, p. 70

[20] Duguin, Alexandr, Rusia, el misterio de Eurasia, Madrid, Grupo Libro 88, 1992, p. 15

[21] Milosevich, Mira, Los tristes…, Op. Cit., N. 18, pp. 76-77

[22] Indjic, Trivo, Nacionalismos en Yugoslavia…, Op. Cit., N. 9, p. 39

[23] Milosevich, Mira, Los tristes…, Op. Cit., N. 18, p. 106

[24] Veiga, Francisco, La trampa Balcánica, Barcelona, Grijalbo, 1995, pp. 79-80

[25] Ibídem, p. 42

[26] Girón, José, “Los Balcanes: del Congreso de Berlín al nacimiento de Yugoslavia (1878-1918)” en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea Nº 22, 2002, p. 243

[27] Ibídem, p. 240

[28] Veiga, Francisco, La trampa Balcánica, Op. Cit., N. 24, p. 114

[29] Féron, Bernard, Yugoslavia…, Op. Cit., N. 12, p. 30

[30] Palacios, José-Miguel, “Elementos de movilización étniconacional en la obra académica de Vojislav Kostunica y de Zoran Djindjic” en Papeles del Este: Transiciones postcomunistas Nº 3, 2002, pp. 1-14

[31] Fernández Riquelme, Sergio, “Historia y literatura, disciplinas complementarias e instrumentos del discurso político: el caso del nacionalismo serbio” en Hispania Nº 230, Vol. 68, 2008, pp. 811-814

[32] Lechado, José Carlos y Carlos Taibo, Los conflictos…, Op. Cit., N. 12, p. 57

[33] Ibídem, p. 57

[34] Fernández Riquelme, Sergio, Op. Cit., N. 31, p. 817

Posted by Emboscado at 23:05:18 | Permalink | No Comments »

Friday, July 31, 2009

CÓMO ROBAN LOS BANCOS VALOR AL DINERO

Todos los días la moneda se devalúa por efecto de la constante subida de precios de bienes y servicios. En la actual situación de crisis financiera y económica los indicadores macroeconómicos, como puede ser el Índice de Precios al Consumo, reflejan valores negativos. Indudablemente esto no significa que bajen los precios en la economía (a excepción de casos particulares como pudieran ser las rebajas o la sobreoferta de algún producto), sino que su crecimiento no es tan rápido.

La inflación constituye un fenómeno económico propio de la economía capitalista que tiene su origen en la forma en la que se crea el dinero. En la medida en que se crean más medios de pago en una economía a través del dinero bancario que bienes y servicios existentes, se produce la inflación. La banca, a través de los créditos que concede genera una masa monetaria que fomenta la inflación, por lo que el dinero siempre es escaso para comprar bienes o servicios.

Digamos que por medio de la permanente creación de dinero bancario se favorece el crecimiento generalizado de los precios de bienes y servicios en una economía, y esto es lo que hace escaso el dinero al verse reducido su valor por una sobreabundancia de medios de pago. Todo esto genera una mayor dependencia hacia los creadores de dinero, es decir, hacia los bancos, de manera que ante la escasez de dinero se tenderá a pedir más préstamos a estas entidades las cuales los concederán y contribuirán así a hacer aún más escaso el dinero.

Sin embargo, en la situación actual los bancos tienden a conceder menos créditos que antes debido a la falta de liquidez generalizada en el sistema, de manera que los precios de los bienes y servicios en la economía no crecen tanto ni tan rápido que en los períodos de expansión crediticia.

Habitualmente estamos acostumbrados a leer y oír en noticiarios de todo tipo cómo los periodistas se entusiasman en afirmar que la inflación ha bajado. Esto es completamente falso. Solamente podemos hablar de un descenso del índice macroeconómico que sirve de referencia para conocer cómo crecen los precios en una economía. Pero naturalmente dicho índice es una construcción estadística creada a partir de una serie de productos preseleccionados, de manera que el indicador es de antemano bastante discutible en cuanto a la manera en que se ha hecho. En cualquier caso, la información promovida por los periodistas y grandes medios de comunicación queda desmentida por los hechos, pues no se da un descenso generalizado de los precios sino a lo sumo un crecimiento más moderado.

Las tendencias inflacionistas son consustanciales al sistema económico capitalista ya que son el medio para afianzar las relaciones de dependencia de la sociedad con la banca. Pero en la etapa actual de contracción económica y crediticia, al no conceder los bancos tantos créditos y por tanto no crear en la economía más medios de pago, la inflación tiende a contenerse más que en los períodos de expansión.

El crecimiento general de los precios de los bienes y servicios de una economía se manifiesta en un descenso del poder adquisitivo de los consumidores, lo que provoca constantes tensiones sociales en torno a la organización social del trabajo y a la regulación laboral, fundamentalmente en lo que se refiere a las condiciones del empleo. Esta situación se tiende a agudizar cuando existe una crisis como la actual en la que la banca restringe el crédito, y por tanto limita las posibilidades de inversión y de consumo. El dinero sigue siendo escaso y se devalúa en tanto en cuanto la banca constituye el principal creador de medios de pago en una economía.

Asimismo, es inevitable la existencia de inflación en el sistema capitalista debido a que los bancos no están sujetos a un control social por el que la concesión de créditos, y por tanto la puesta en circulación de nuevos medios de cambio, sean proporcionales a la cantidad de bienes y servicios que existen en la economía. Así, siempre nos encontramos con más dinero del que debería haber, ya que la emisión de créditos constituye la principal fuente de ingresos de los bancos y el medio idóneo para controlar al conjunto de la sociedad a través de una constante devaluación del dinero. Digamos que la abundancia de dinero es lo que lo vuelve escaso al perder valor y siempre necesitar más dinero del que se tiene para poder adquirir bienes o servicios.

El libre flujo de capitales y la creación de dinero bancario por las entidades financieras constituyen las principales causas de la inflación, ya que no hay restricciones de ningún tipo en la actividad financiera al imperar el libre mercado. Al responder la actividad de este sector a los intereses privados de sus principales agentes el conjunto de la economía queda supeditada a estos actores. La única forma de poner fin a esta espiral infernal que se retroalimenta a sí misma es a través de un control sobre la creación de dinero, de modo que este exista en una justa proporción a los bienes y servicios que existen en la economía, y que por tanto su emisión sea llevada a cabo en función de las necesidades materiales de la sociedad, y no en función del criterio de la búsqueda del máximo beneficio que persiguen las entidades bancarias.

Posted by Emboscado at 21:25:17 | Permalink | No Comments »

Thursday, June 11, 2009

LA CRISIS FINANCIERA INTERNACIONAL: UN PROCESO DE REORGANIZACIÓN DEL CAPITALISMO GLOBAL

1. Introducción

D

 

urante la guerra fría, debido a la existencia de un mundo dividido en bloques antagónicos, la crisis general del sistema capitalista se identificó con la división del mundo en dos sistemas opuestos: el capitalista y el socialista.[1] Pero con la desaparición del mundo bipolar, y especialmente con la desintegración del campo socialista, el capitalismo se ha establecido como único sistema a escala global. Por esta razón, y en la medida en que no existe de forma operativa una alternativa al capitalismo como la que hubo durante la guerra fría, las crisis del propio sistema capitalista han respondido generalmente a su necesidad de renovación y reinvención para adaptarse a las nuevas circunstancias, lo que ha logrado a través del perfeccionamiento de los instrumentos y de los mecanismos de explotación del trabajo.[2]

En este nuevo contexto en el que impera el capitalismo como sistema-mundo se hace necesaria una definición del concepto crisis, cuyo origen se encuentra en la medicina hipocrática y con el que se explicaban los desajustes de los diferentes “humores” del cuerpo humano. La crisis hace referencia a una situación patológica y por analogía con la economía refleja los desajustes de las relaciones entre las variables económicas. Sin embargo es difícil conocer con total precisión el origen de las crisis económicas, pues suelen producirse como consecuencia de la convergencia de diferentes factores.[3]

Sin obviar que el capitalismo lleva en sí mismo el germen de su desaparición, su desenvolvimiento histórico ha supuesto el despliegue en el espacio-tiempo de sus contradicciones internas que periódicamente se han manifestado por medio de diferentes crisis. Las crisis del capitalismo han tenido un papel muy funcional ya que han permitido la supervivencia del sistema mediante la renovación de sus distintas formas de explotación y producción cuando estas se han agotado. El capitalismo, en el desarrollo de sus contradicciones, ha variado en cuanto a la forma en la que se ha manifestado históricamente pero ha conservado su lógica fundamental que lo convierte en un sistema socioeconómico de explotación del hombre por el hombre. Juntamente con esto se han agudizado progresivamente las tendencias monopolísticas inherentes al sistema de libre mercado, lo que ha favorecido la formación de importantes oligopolios en diferentes sectores de la economía y ha reforzado el control del poder económico sobre el poder político.

Así pues, como en los años 70, pero también como a finales de los 80 y a principios del siglo XXI, nos encontramos ante una crisis más del capitalismo en su intento por perpetuarse bajo nuevas formas en la organización de la economía y del trabajo. Como en otras ocasiones también han confluido causas de orden estructural y coyuntural que hacen explicable el origen, fundamento y desarrollo de la propia crisis. El desarrollo histórico del capitalismo ha seguido un patrón dialéctico en el que sus diferentes contradicciones han operado produciendo cambios cuantitativos que, finalmente, una vez alcanzado cierto grado de saturación han devenido en cambios cualitativos con el progresivo perfeccionamiento de su lógica interna[4].

La actual crisis es fruto de la convergencia de multitud de diferentes variables y factores, pero en cualquier caso todos ellos son reducibles a una interrelación entre causas de orden estructural, aquellas que han creado el contexto favorable para la crisis, y las causas de orden coyuntural que actúan como detonantes. En función de este criterio la crisis actual se abordará por medio del análisis de la estructura financiera profundizando en su naturaleza y funcionamiento para, posteriormente, dilucidar en qué medida se han creado las condiciones favorables para que la actual crisis haya tenido lugar, lo que, inevitablemente, conducirá a exponer el papel que juegan los bancos centrales, la forma en que se crea el dinero en el sistema financiero y la lógica especulativa que rige en el conjunto del mundo de las finanzas.

Por otra parte se integrarán en nuestro análisis las causas de orden coyuntural que han actuado como detonantes de la crisis. En lo que a esto respecta se expondrá la cadena de acontecimientos que provocaron la tormenta financiera que originó la crisis más importante de los últimos años, y cuyos nefastos efectos se han extendido a la economía real y al conjunto de la sociedad. Las concesión de créditos hipotecarios subprime junto a la devaluación del precio de la vivienda contribuyeron de manera importante a que se produjera una alarma financiera. Con particularidades como la retirada de fondos, que inevitablemente conllevó a una pérdida de confianza entre los bancos y que éstos dejaran de prestarse dinero, unido, a su vez, a la contracción del crédito para la economía real.

Asimismo, se expondrán las consecuencias de la crisis y el ahondamiento de las tendencias monopolísticas del propio sistema capitalista. Se pondrá de relieve el origen financiero de la crisis y sus efectos, tanto en el propio mundo de las finanzas con la devaluación de los activos y las quiebras de diferentes firmas financieras, lo que ha creado una situación propicia para que grandes empresas y bancos consigan a precio de saldo dichas entidades quebradas y se hagan así todavía más grandes; como en la economía real con la contracción del crédito, y con ello la disminución del consumo y la aparición de problemas sociales derivados de una situación de recesión. Juntamente con esto, la superconcentración de la riqueza y la formación o tendencia hacia la formación de monopolios en el mundo financiero con multitud de ramificaciones en la economía real parecen ser los principales rasgos del nuevo capitalismo global.

Finalmente, y tras la exposición de las principales causas y consecuencias de la grave crisis en curso, se llevarán a cabo unas conclusiones que pondrán de manifiesto la relación e interacción entre los diferentes tipos de causas, cómo han operado y cuál ha sido la secuencia lógica de acontecimientos en los que se han combinado e influido recíprocamente. Todo ello contribuirá a hacer más comprensible la tesis central del presente trabajo que consiste en poner de manifiesto las tendencias monopolísticas del capitalismo, las mismas que con la actual crisis se han afianzado, reforzado y agravado con una superconcentración de la riqueza mediante la devaluación de activos económicos y la quiebra de empresas y bancos, habiendo pasado todos ellos a manos de grandes corporaciones financieras.

 

2. Causas estructurales

L

 

a estructura, como unidad de análisis, permite establecer la conexión y relación recíproca entre las partes y elementos de un todo, de un sistema. Generalmente la estructura se encuentra sujeta a leyes que le confieren su correspondiente estabilidad a pesar del cambio constante de las partes, transformándose cuando en el todo se produce un salto cualitativo. Por esta razón la estructura permite conocer el modo en que se organiza un sistema y la lógica que rige en los nexos de sus elementos constitutivos. Debido a lo anterior se hace necesario un estudio de las causas estructurales que crearon las condiciones favorables para la crisis, lo que exige un análisis del modo en que se organiza el sistema financiero en la creación de dinero, la lógica especulativa que impera en el mercado y el papel que desempeñan los bancos centrales.

En primer lugar es importante destacar la dimensión del sistema financiero internacional, pues este se extiende por todo el planeta y debido a la apertura económica y a la supresión de trabas a la movilidad de capitales ha generado una densa red de interrelaciones e interconexiones. A esto cabría añadir la inestimable contribución de las tecnologías, y más concretamente de las telecomunicaciones, a la supresión de las barreras del espacio-tiempo y su aplicación al mundo financiero, lo que ha hecho posible agilizar y aumentar las operaciones bursátiles. El establecimiento de un tiempo global ha tenido como consecuencia una creciente inmediatez que se ha reflejado en los flujos financieros,[5] por lo que la interdependencia a escala mundial se ha densificado de forma que cualquier cambio significativo en cualquier lugar tiene, instantáneamente, su repercusión en el conjunto del mundo financiero. Este rasgo del sistema financiero es el que ha hecho que las actuales crisis tengan una dimensión planetaria debido a la alta interdependencia que ha desarrollado la globalización.

 

2.1. La creación de dinero

 

Hasta 1971 el régimen de regulación monetaria internacional que imperó fue el patrón de cambio oro-dólar. Hasta ese momento el oro había sido el valor que respaldaba a la moneda y al que en último término remitía el dólar. Con la ruptura de este patrón las diferentes divisas entraron en un régimen de flotación y se pasó a dibujar un nuevo esquema monetario internacional con la inexistencia de relación entre el valor y la cantidad de cada moneda. El dinero se convirtió en una mercancía más y abandonó la función de medio de cambio que pudo haber conservado hasta aquel momento. Fue así como el dinero pasó a ser un negocio más con el que traficar y enriquecerse, fomentando la especulación y la aparición de un mercado de divisas en el que no se crea valor.

Esta nueva situación ha hecho que las economías contemporáneas sean “|…| esencial e inextricablemente monetarias, lo que nos aboca a razonar desde una concepción endógena, histórica, social e institucional del dinero, con lo que éste se convierte en un vínculo social esencial, una institución ligada a la soberanía |…|”.[6] El dinero es, por decirlo de alguna manera, el poder mismo dentro de las sociedades capitalistas. En este sentido la sociedad capitalista puede definirse como un totalitarismo monetario en el que una “|…| infinidad de operaciones monetarias se extienden a todas las facetas de las vidas de las personas y de la sociedad en su conjunto”. Por este motivo el sistema financiero se ha convertido en “|…| un mecanismo que regula |…| el sector monetario. Pero, debido a la importancia de este sector, el mecanismo acaba regulando el funcionamiento global de la sociedad”.[7]

El carácter endógeno del dinero hace que sea una categoría “|…| inherente a la naturaleza y funcionamiento de la economía capitalista”.[8] Se puede decir, entonces, que la economía capitalista es esencialmente monetaria, en la que el dinero es el elemento constitutivo de su funcionamiento. Es aquí donde radica la importancia de quién y cómo se crea el dinero.

Históricamente la cantidad de dinero en circulación ha guardado cierta proporción con el volumen de transacciones, sin embargo en la actualidad el dinero ha dejado de ser ya un instrumento al servicio de esos intercambios para ser una mercancía más que es objeto de especulación. El dinero se ha divorciado del comercio y la cantidad en circulación se ha disparado de manera desmesurada habiendo dejado de crecer en proporción al número de transacciones.

El dinero no lo componen únicamente los billetes y las monedas, que solamente representan entre el 7 y el 10% de todo el dinero en circulación, sino que es el dinero bancario el que forma la mayor parte de la masa monetaria. Este dinero lo crean los bancos a partir de la deuda que originan con la concesión de préstamos, lo que produce un efecto multiplicador en la cantidad de dinero en circulación.

El proceso a través del que se crea el dinero bancario es bastante elemental. La gente crea depósitos ingresando su dinero en los bancos y estos, al ser conscientes de que sus clientes no van a necesitar todo este dinero, conceden créditos con los que crean nuevos medios de pago, en este caso dinero bancario. Ejemplo:

“En el momento en que se ingresan las 100 u.m. su propietario sigue teniendo esa cantidad como medio de pago (podrá hacer uso de ellas en cualquier momento). El banco hará una reserva determinada (supongamos que el 20% de la cantidad depositada) y prestará el resto (80 u.m.) a un tercero, que podrá utilizarlas, a su vez, como medio de pago. En ese momento, la cantidad de dinero existente en la economía no será de 100 u.m., sino de 180 u.m.: el banco ha creado dinero al utilizar una parte de sus depósitos (la que no queda en reserva) para generar nuevos medios de pago, en este caso bajo la forma de un préstamo”.[9]

 

Efectivamente los bancos se ven obligados a contar con unas reservas para hacer frente a los posibles pagos de sus clientes, y cuya cantidad es en la actualidad el 2%, por lo que el dinero que crean es mayor que los depósitos de sus clientes.[10]

Además de lo anterior también hay que destacar que al efecto multiplicador del dinero bancario hay que sumar el hecho de que el dinero nace de una deuda que está cargada por un interés. Todo el dinero que existe nace como una deuda contraída con el sistema bancario que, al estar cargada de intereses, se vuelve impagable.[11]

 

2.2. La lógica especulativa

 

La expansión del crédito y con ello la aparición de una inmensa masa de dinero bancario en circulación son las causas de la financierización de las economías capitalistas. Sin la existencia de medios de pago sobrantes no es explicable la formación de las burbujas financieras que produce la especulación, pues el dinero persigue la máxima rentabilidad lo que le lleva a desvincularse de la creación de negocios productivos y con ello de la economía real. Mientras que la actividad productiva requiere mucho esfuerzo y tiempo, la inversión financiera obtiene una mayor rentabilidad relativa en un menor espacio de tiempo y con mucho menos esfuerzo.

En la medida en que las finanzas se han hecho autónomas con respecto a la economía real los recursos monetarios han perseguido una mayor rentabilidad con la especulación. Así pues, la lógica especulativa consiste en comprar barato para vender caro ante la expectativa de que los precios vayan a seguir subiendo constantemente. Esta es la lógica que rige en el mercado financiero y en el conjunto del sistema, por lo que se ha convertido en la forma más rápida y fácil de obtener beneficios.

Los productos financieros que han atraído la inversión siguen la lógica especulativa, al mismo tiempo que la han reforzado y amplificado. Se caracterizan por ser títulos (bonos, contratos, divisas, etc…) que se venden en el mercado y donde miles de inversores los compran para revenderlos, todo ello porque son operaciones que proporcionan mucho beneficio rápidamente y porque existe una cantidad ingente de dinero sobrante. Lo que se compra y se vende es papel, pues los títulos no son otra cosa más que papel, y si se negocia con ellos es debido a la expectativa de que vayan a subir de precio. De esta manera es como se crean multitud de formas de papel, productos financieros, para venderlos en el mercado.

Esta dinámica especulativa se lleva a cabo, por ejemplo, con las hipotecas pero también con otros negocios. “A partir de muy poco dinero “real”, es decir, vinculado a actividades de producción o distribución de bienes y servicios, se deriva una masa inmensa de productos financieros del altísima rentabilidad |…|”.[12]

La creación de dinero por parte de los bancos no tiene como destino en la mayor parte de los casos financiar la economía real, y con ello incrementar la producción y aumentar el empleo, sino que tiende a buscar la máxima rentabilidad a través de actividades financieras de alto riesgo por medio de la especulación.

 

2.3. Los bancos centrales

 

En cuanto a los bancos centrales es difícil de determinar de una manera clara su surgimiento, ya que en su mayor parte su aparición ha sido el resultado de la conversión o evolución, ya fuese paulatina o repentina, de bancos de titularidad privada que operaban como monopolios bajo autoridad legal del gobierno.[13] Históricamente la emisión de dinero ha estado unida a la actividad consubstancial del negocio de la banca, sin embargo los poderes públicos terminarían haciendo de esta actividad un privilegio de un solo banco que lo pasaría a ejercer en régimen de monopolio.

Entre las principales funciones que le suelen corresponder a un banco central se encuentran: la emisión de billetes de curso legal y la puesta en circulación de las monedas; la centralización y control de las operaciones económicas y financieras con el exterior; la actuación como banco de bancos que custodia las reservas de las demás entidades, a las que también les concede créditos; se ocupa de la supervisión del sistema bancario y de las entidades que lo componen; y ejecuta la política monetaria según el grado de autonomía que cuente con respecto al gobierno.

Para que la moneda provista por el banco central sea fiable se debe contar con una reserva, condición que se ha hecho extensible a todos los bancos comerciales. Por otra parte el banco central también concede créditos sobre la cuenta de reserva de los bancos, lo que significa que sus préstamos pueden crear reservas a su vez. Fue así como se convirtió en el prestamista de último recurso manteniendo la integridad del sistema de pagos.[14]

Los bancos centrales coordinan las actividades del resto de bancos que operan en una economía nacional, y sus reservas son el respaldo de los préstamos que realizan estas entidades. Esto ocurre así en la medida en que dichas reservas son dinero contante y sonante o bonos del Estado que, en un momento dado, pueden ser cambiados por dinero en metálico. De esta manera los bancos centrales controlan la oferta monetaria, pues es el mecanismo que les permite aumentar o disminuir las cantidades de dinero de curso legal.

En las economías capitalistas, y muy especialmente tras la puesta en práctica de las tesis neoliberales en el ámbito monetario, los bancos centrales suelen ser organismos independientes del gobierno que conciben, planifican y ejecutan la política monetaria. Estos bancos no están sometidos a un control social tanto en lo que se refiere a la elección de quienes ocupan los cargos de dirección como al diseño de la política monetaria. El Estado ha perdido así su soberanía monetaria en la medida en que no crea por sí mismo el dinero ni diseña la política monetaria con la que determinar la cantidad de dinero en curso, por lo que finalmente se ve obligado a pedir prestado el dinero a otras entidades.

Entonces, el banco central

“|…| al gozar de plena autonomía para operar con las variables monetarias, condiciona la política presupuestaria que puede elaborar el Gobierno de la nación. |…| lo que significa que el banco central determina en última instancia el alcance de la política económica global”.[15]

 

Los bancos centrales dentro del sistema financiero se ocupan de diseñar la política monetaria que, al tratarse de organismos independientes que están fuera del control de la sociedad y del Estado, la conciben según sus intereses particulares, y se encargan, también, de financiar al Estado. El Estado es, entonces, un cliente más de la banca, pues el banco central lo financia pidiendo prestado el dinero a la banca privada que es la que endeuda al ente público con créditos a un interés elevado.

 

3. Causas coyunturales: la crisis hipotecaria

A

 

principios de esta década dos eran las particularidades que podían observarse en las pautas de consumo y en la economía estadounidense: el progresivo endeudamiento y la especulación financiera. La combinación de ambos factores propiciaron el crecimiento económico del país. Así, la especulación con los capitales enraíza con la explosión de la burbuja Internet -el auge de las nuevas empresas de base tecnológica o punto.com- que unida a la creciente internacionalización de las finanzas, provoca grandes entradas de capital en la bolsa de Estados Unidos en busca de una rentabilidad máxima a corto plazo.

Por otra parte, la población mantiene un consumo elevado y va acumulando deudas mientras se despreocupa del ahorro, por lo que es necesaria la entrada de capitales externos para financiar los desequilibrios comerciales del país. Paulatinamente el crecimiento económico se ve afectado, la burbuja de las punto.com se colapsa en 2001y después de los ataques del 11-S se hace un llamamiento al consumo para la recuperación de la economía; pero la deuda contraída por la población es tal que impide una respuesta positiva. Entonces se decide bajar el tipo de interés para reactivar la economía, noticia que se recibe con optimismo en las bolsas, donde se puede especular en un mercado en alza y obtener altos beneficios. Pero donde esta medida tuvo importantes efectos y consecuencias fue en la dinámica del sector inmobiliario[16]. La liberalización financiera de las últimas dos décadas y el exceso de liquidez global alimentaron una euforia financiera que distorsionó la percepción del riesgo, que ligado a un sobreendeudamiento de familias y empresas y a la escasa regulación del sector bancario no tradicional, dieron lugar a burbujas, tanto inmobiliarias como de otros activos.

La bajada de los tipos de interés y su vigencia por tiempo prolongado conllevó a que los bancos concedan créditos baratos, que el endeudamiento fuese más asequible y que las familias decidiesen comprar inmuebles, que destinaron sobre todo a segundas residencias. Así, la lógica se centra en el endeudamiento con la perspectiva futura de poder vender los inmuebles a un precio más alto; hecho que conlleva un evidente enriquecimiento a corto plazo y a una lógica de mercado fuertemente especulativa.  Asimismo, en ese contexto los bancos creían que si no podían pagarse las cuotas, siempre podrían vender la casa en un mercado en alza donde obtendrían un precio mayor de la deuda contraída sin reducir desmesuradamente los márgenes de beneficio[17].

Pero a la vez, la concesión de préstamos a bajo interés hizo disminuir el negocio de los bancos, que aunque debido al boom inmobiliario el número de préstamos concedidos aumentó, ya sea para destinarlos a segundas residencias o para especular en el mercado, los bancos se encontraban preocupados por la necesidad de hacer negocio y decidieron dar préstamos más arriesgados con los que cobrar más intereses. Así es como se extendieron las llamadas hipotecas “subprime”[18].

 

3.1. El negocio con las hipotecas “subprime”

 

Es en ese contexto de burbuja inmobiliaria[19] que los bancos decidieron ofrecer hipotecas a un tipo de interés más elevado a familias poco solventes o con menos garantías de pago[20] con la finalidad de mejorar sus propios rendimientos, porque dada la situación de euforia inmobiliaria, en pocos meses seguramente que la casa valdría más que la cantidad dada en préstamo.

A este tipo de hipotecas con un alto riesgo de impago se les llamó hipotecas “subprime”, sobre todo porqué se concedían a personas con pocos recursos económicos o con una estabilidad económica fuertemente condicionada por el mercado laboral. Muchas de las hipotecas se concedieron no directamente a través de los bancos sino mediante personal contratado para ese único fin. Con el cometido de encontrar clientes potenciales se les remuneraba a comisión por número de préstamos concedidos. Este planteamiento les fue bien a los bancos durante algunos años ya que los endeudados iban pagando los plazos de la hipoteca y, además, como les habían dado más dinero del que valía su casa, se habían comprado un coche, habían hecho reformas en la casa y se habían ido de vacaciones con la familia[21]. Pero en multitud de casos quienes acudían a solicitar los préstamos no eran conscientes de hasta qué punto se estaban comprometiendo dado que los mecanismos de pago eran realmente complejos y apenas comprensibles para la mayoría de la población que no domina la confusa jerga económica. Además, los bancos forzaban a muchos prestatarios a contratar préstamos hipotecarios “subprime” a pesar de que disponían de recursos suficientes como para poder optar a un préstamo con mejores condiciones o más ventajoso. Pero ahí estaba el negocio de los bancos, muchos créditos a un elevado interés como una fuente segura de beneficios fáciles. En ese entonces, la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos ya advirtió a los bancos de su falta de transparencia e información en ese complicado entramado de concesión de préstamos “basura”.

Como los bancos concedían muchos préstamos hipotecarios, se les acababa el dinero. Aprovechando la globalización y la internacionalización de las finanzas, decidieron acudir a bancos extranjeros para que les prestaran dinero. Pero como estaban pidiendo dinero a otros bancos y dando muchos créditos, el porcentaje de capital sobre el activo de los bancos bajaba e igualmente la protección de las entidades frente a los riesgos financieros y operativos no estaba tan asegurada. Es en ese contexto cuando nacieron los “productos derivados”.

 

3.2. Los internacionalización de los productos financieros derivados

 

Ante la necesidad de disponer de dinero líquido para seguir concediendo créditos y dadas sus escasas reservas, los bancos decidieron poner remedio a la situación vendiendo estos créditos hipotecarios por el mundo entero. Para ello “titulizaron” sus contratos[22], hecho que les permitió obtener liquidez sin aumentar sus obligaciones, es decir, sin tener que endeudarse con la petición de préstamos a terceros.

Mediante este proceso el banco vende los derechos de cobro del préstamo a entidades denominadas “vehículo” que a su vez emiten un conjunto de títulos susceptibles de ser negociados con otros inversores. Esta operación lleva pareja la transferencia delos riesgos a los titulares de los títulos emitidos con cargo al fondo, que asumen el riesgo de impago de los activos agrupados en él[23]; contando que el riesgo financiero de los valores emitidos siempre es objeto de evaluación por una entidad calificadora (agencias de rating)[24].

Dada la complejidad de su naturaleza y el desembolso de capital necesario, quienes compran los bonos emitidos por los “vehículos”[25] suelen ser inversores institucionales como bancos, compañías de seguros, fondos de inversiones, etc. Y su negocio radica en especular sobre el precio de estos bonos, que no son más que derechos de cobro representados en un papel; los compran a un determinado precio y luego esperan a venderlos en el mercado financiero cuando ha aumentado su valor, y así sucesivamente, transfiriendo el riesgo a las entidades compradoras que no son plenamente conscientes de la poca calidad de los derechos de crédito que están comprando. Y todo se basa en la lógica de la especulación, sin mantener una vinculación directa con la economía real o productiva.

Pero esta titulización o transformación en nuevos productos financieros era todavía más compleja. Se hacían “paquetes” de inversión en los que juntaban disimuladamente distintas obligaciones hipotecarias de distinta calidad y riesgo asociado, algunas buenas (prime) y otras malas o muy arriesgadas (subprime) y a las que se llamaba obligaciones garantizadas por hipotecas o MBS (Mortgage Backed Securities), que eran las vendidas por las empresas “vehículo” a otras entidades. Terminaron por formarse paquetes verdaderamente desarrollados donde los “vehículos” mezclaron ya todo tipo de préstamos, activos de alto riesgo y también de bajo riesgo, creando unos complejos paquetes financieros en los que era casi imposible conocer inequívocamente su contenido real[26]. Finalmente vendían los bonos a los inversores y así obtenían la financiación necesaria para poder seguir comprando préstamos a los bancos; los paquetes iban recombinándose y se revendían sucesivamente en los mercados financieros internacionales. Así el afán de rendimientos altos y rápidos dio rienda suelta a la especulación desenfrenada, incentivada por sistemas perversos de remuneración de los dirigentes.

Además las agencias de rating tenían que dar calificaciones a los “paquetes” en función de su solvencia, es decir en función del riesgo de impago. Como la mayoría eran empresas privadas contratadas por los propias empresas “vehículo” emisoras de títulos, muchos de los “paquetes” obtuvieron notables calificaciones que aseguraban su calidad, aunque no fuera del todo cierto[27].

Además la libre movilidad de capitales y la interdependencia del sistema financiero actual permitieron que estos derivados financieros se comercializaran en todo el mundo. Inversores de todo tipo iban comprando y vendiendo los bonos emitidos por las “vehículo” y así fue como gracias a las nuevas tecnologías se transmitieron por el mundo entero e “infectaron” todos los sistemas financieros desarrollados. Este factor ligado a la alta rentabilidad de los productos financieros derivados con un inapreciable alto riesgo de impago asociado, hizo que los capitales prefiriesen ser invertidos en este mercado especulativo de beneficios seguros y rápidos.

 

3.3. La insolvencia arrastra a los bancos

 

El estallido de la burbuja inmobiliaria en EEUU y las primeras quiebras derivadas del mercado subprime se remontan a agosto de 2007, cuando el aumento de la morosidad generó importantes pérdidas en las instituciones financieras. Muchos propietarios habían utilizado su vivienda para obtener financiación con la que hacer frente a circunstancias imprevistas; por lo que con precios de la vivienda en caída o estables, los prestamistas con hipotecas recientes y casi sin pagos inicialesdecidieron abandonar sus viviendas y dejarlas en manos de los bancos que se veían obligados a embargarlas, desencadenando un proceso de venta de los activos que las respaldaban (MBS)[28].

Además cuando empezó a desinflase la burbuja inmobiliaria disminuyó la valoración de los activos que tenían los bancos. Para que pudieran recuperar el dinero perdido, se decidió subir el tipo de interés, y eso tuvo un efecto desastroso para muchas familias. Un grupo de personas poco solventes no pudieron continuar pagando sus créditos hipotecarios, aumentaron los retrasos en los pagos y las ejecuciones bancarias. Asimismo, a principios de 2007, los precios de las viviendas norteamericanas se desplomaron, mucha de la gente estaba pagando por sus casas más de lo que en ese momento valían, muchos trabajadores se quedaron sin empleo, dejaron de pagar sus cuotas y los bancos se llenaron de un stock de viviendas que debían subastar[29]; los precios de las viviendas empezaron a bajar y los bancos con gran cantidad de hipotecas comenzaron a comunicar pérdidas enormes.

Automáticamente, nadie quiso comprar los “paquetes” de derivados que tan bien se habían vendido en el mercado, y los que ya los tenían no pudieron venderlos. Los activos de los bancos se depreciaron como consecuencia de la crisis inmobiliaria y empezaron a registrar grandes pérdidas en sus cuentas. Las entidades “vehículo” ya no eran capaces de vender los títulos dado que empezaba a cuestionarse su calidad, y como muchas habían sido creadas por los propios bancos, éstos tuvieron que contabilizar también sus pérdidas en sus propios balances.

 

4. La crisis bancaria y la formación de monopolios

A

 

raíz de la crisis inmobiliaria en Estados Unidos y la pérdida de valor de los MBS que se encontraban ya repartidos por el mundo entero, las entidades financieras empezaron a declararse en bancarrota. En 2007 fueron tres los bancos que quebraron mientras que en 2008 ascendieron a veinticuatro y en lo que va de año han quebrado ya veintinueve[30], además de la quiebra de otras tantas entidades de crédito más pequeñas. Las pérdidas ascendieron a miles de millones de dólares como consecuencia de la depreciación de sus activos[31] y no sólo las entidades estadounidenses se vieron afectadas, sino que los efectos se expandieron rápidamente a otros mercados.

Ante tal panorama, los bancos empezaron a perder confianza mutua ya que nadie era consciente de hasta qué punto tenían “paquetes” de hipotecas basura en sus carteras, porque estos productos derivados habían sido adquiridos por multitud de bancos de todo el mundo cuando habían ido financiándose unos a otros. La desconfianza hizo subir el tipo de interés interbancario, que es el tipo al que se prestan entre sí los bancos, por lo que como no se fían, cuando necesitan dinero, o no se lo prestan o se lo prestan caro. Entonces no es que haya una falta de liquidez, sino que la desconfianza es tal que dejan de prestarse entre ellos. Y la crisis hipotecaria que estalló en agosto de 2007 se ha transformado en una crisis financiera sistémica, cuyo epicentro ya no está sólo en EEUU, sino que se ha desplazado a Europa y Japón y está teniendo un fuerte impacto en el crecimiento de las economías emergentes[32].

 

4.1. Quiebras y más quiebras

 

A partir del segundo trimestre de 2008, los bancos y otras entidades empezaron a quebrar como consecuencias del fin de la burbuja inmobiliaria. En primer lugar cayeron los grandes bancos hipotecarios; el primero en caer fue American Home Mortgage. El siguiente fue el quinto banco de inversión más grande de Estados Unidos, el Bearn Stearns, cuyas acciones fueron compradas por otro banco, el JP Morgan. Y así fueron cayendo otros tantos bancos hipotecarios, tanto en Estados Unidos como más allá de sus fronteras. Luego les siguieron las quiebras de Fannie Mae y Freddy Mac, que eran agencias públicas que avalaban gran cantidad de préstamos hipotecarios suscritos por otras entidades, aunque como eran empresas patrocinadas por Estados Unidos los inversores podían confiar especialmente en ellas, ya que en caso de pérdidas estaba garantizado que el gobierno intervendría para rescatarlas.

La desconfianza y el temor se propagó con gran rapidez y las pérdidas arruinaron otras compañías como Lehman Brothers y Merril Lynch, que fueron absorbidas respectivamente por Goldman Sachs y el Bank of America. Así, de los grandes bancos de inversión estadounidenses sólo se mantenían en pie Goldman Sachs y Morgan Stanley que no tardaron en ser víctimas de la crisis y absorbidos por JP Morgan y Bank of America. Al mismo tiempo, el contagio alcanzó a Europa, con quiebras bancarias en el Reino Unido, el Benelux y Alemania, lo que aceleró acciones unilaterales que pusieron de manifiesto la falta de coordinación y la debilidad de la gobernanza económica europea.

La desconfianza que se instaló en los mercados ante la opacidad ocasionada por los productos financieros que se habían vendido frenó temporalmente la espiral especulativa, pues ya no se compraban títulos ni prestaba dinero al carecer de la suficiente información de los activos financieros en venta y de las entidades que los ofrecían.

 

4.2. La instrumentalización de la crisis

Pero como apunta Torres López: “detrás de la operación de compra, profundamente ventajosa para el banco JP Morgan, no había un ejercicio de altruismo sino toda una estrategia de mercado”[33]. Considera que detrás de toda ese entramado de quiebras y adquisiciones, había gente muy poderosa que estaba particularmente interesada en la compra de los activos de los bancos en bancarrota. Así se hizo creer a los grandes inversores que la situación de la entidad era realmente preocupante, que la falta de liquidez era alarmante, por lo que decidieron retirar sus fondos y el precio de las acciones bajó tanto que la llevó a la quiebra a Bearn Sterns. Según el autor se estaba consolidando lo que él llama “capitalismo de carroñeros”, caracterizado por la agresividad de los agentes implicados en la búsqueda de rentabilidades cada vez mayores y en menos tiempo.

Estos procesos de devaluación y quiebras de empresas y firmas financieras refleja la consecuente superconcentración de la riqueza en manos de grandes corporaciones, las cuales han aprovechado el contexto de crisis para absorber a la competencia. Todo ello ha reforzado las tendencias monopolísticas del capitalismo que desde el sector financiero se extienden al conjunto de la economía real.

 

5. Conclusiones

L

 

os ciclos económicos del capitalismo se desarrollan a través de las crisis periódicas que se producen en el seno del sistema económico. A los ciclos de expansión del crédito les suceden los de contracción, fase esta última en la que la falta de financiación para la economía real provoca la devaluación de los activos y la quiebra de empresas que son absorbidas por corporaciones financieras globales.

El efecto multiplicador del dinero bancario da lugar a un exceso de dinero que persigue una gran rentabilidad y la encuentra en la especulación con activos financieros. A esto hay que añadir las expectativas de subida de precios constante a la que están ligados, lógica inherente a la especulación y que rige el funcionamiento del mercado financiero. Este contexto ha hecho posible la actual crisis en la medida en que las hipotecas subprime fueron titularizadas para su posterior venta a infinitud de inversores sin advertir del riesgo que suponían esos activos financieros. La elevada interconexión e interdependencia en el sistema financiero ha provocado el pánico y la retirada masiva de los fondos, lo que a su vez se ha reflejado en una contracción del crédito para la economía real.

Las denominadas hipotecas basura han sido el catalizador, el detonante, de la crisis, ya que la estructura del sistema financiero ha creado por sí misma el contexto de interdependencia y especulación favorable para crear pánico en los mercados y provocar una crisis así. La cadena infinita de inversores implicados en la compra de activos financieros que se creían buenos pero que, finalmente, resultaron ser un fraude ha ocasionado importantes y considerables pérdidas que han devaluado infinidad de empresas y en otros muchos casos ocasionado su quiebra, como de hecho ocurrió con importantes firmas financieras. Además de esto, la existencia de una cantidad enorme de dinero sobrante, dinero bancario, ha sido un elemento crucial que ha fomentado las inversiones especulativas en perjuicio de las productivas.

La crisis ha dado lugar a una desinversión ante la falta de financiación, por lo que la economía productiva se ha visto seriamente afectada ante una situación en la que las empresas no consiguen créditos, y de forma similar las personas físicas tampoco los obtienen para su consumo. Las consecuencias sociales son el incremento del desempleo y una bajada de los salarios, a lo que hay que sumar la creciente deuda que están acumulando los Estados ante un aumento de la demanda de prestaciones sociales.

La crisis financiera ha actuado como mecanismo para provocar la quiebra de empresas y devaluar los activos, lo que inevitablemente en la lógica darvinista del mercado ha significado la absorción de dichas entidades por gigantes financieros y corporaciones globales. Por decirlo de otra manera, la actual crisis ha servido para contraer el crédito y favorecer la formación de grandes monopolios en el sector financiero cuyas ramificaciones se extienden por toda la economía real productiva.

Se puede destacar igualmente que esta crisis no ha sido fortuita, sino que más bien ha existido una estrategia de mercado con la que se ha perseguido la quiebra y devaluación de multitud de empresas para su posterior compra a precio de saldo. Las hipotecas basura han respondido a esta estrategia, pues las autoridades sabían lo que ocurría y estaban al tanto de todo pero no hicieron nada al respecto. Permitieron y promovieron los procesos de titulización aún a sabiendas del riesgo creciente que conllevaban.

Asimismo se puede apreciar que la expansión del crédito ha sobreendeudado al sector privado, por lo que la contracción del crédito no sólo sirve para quebrar empresas, sino sobre todo para pasar a endeudar al Estado ya que en una situación así se ve obligado a incrementar el gasto público mediante más y mayores servicios sociales para hacer frente al desempleo, la falta de inversión, etc. También hay que tener en cuenta a las empresas y bancos que cuentan con aval del Estado y que han quebrado o sufrido graves pérdidas durante la crisis, lo que ha exigido del propio Estado el desembolso de importantes sumas de dinero que han agravado la deuda pública. Juntamente con esto el Estado, al no ser soberano en lo que se refiere a materia monetaria, se ve obligado a pedir créditos que se le concederán a un tipo de interés más elevado y es, a su vez, un cliente mucho más seguro que cualquier empresa o persona física.[34]

En lo que se refiere a las pérdidas que han sufrido importantes bancos y las campañas de financiación desde los bancos centrales, cabría decir que dichas inyecciones además de fomentar la dinámica especulativa que ha conducido a la crisis actual, corren a cuenta del Estado, por lo que finalmente son los ciudadanos quienes pagarán con sus impuestos el daño económico que ha provocado una minoría plutocrática. Por otra parte, todo los créditos concedidos por los bancos centrales han sido justificados por la necesidad de dotar de liquidez al sector bancario de cara a financiar la economía productiva, pero los bancos están utilizando dichos recursos para tapar sus pérdidas y continuar con su juego especulativo.

El sentido de los mercados financieros debe ser el de “|…| canalizar los fondos a aquellas personas físicas o jurídicas que presenten oportunidades de inversión productiva. Si el sistema financiero no lleva a cabo esta función adecuadamente, la economía no funcionará bien |…|”.[35] Todo esto hace exigible y necesaria una teoría cualitativa de la moneda[36], aquella en la que la sociedad determine con una finalidad productiva el destino de los créditos emitidos para financiar la economía real y no las prácticas especulativas. Algo así implica recuperar la soberanía monetaria a la que el Estado renunció en su momento autorizando a los bancos a crear dinero bancario y concretamente permitiendo al banco central concebir y ejecutar de manera independiente la política monetaria, sin estar sometido a fiscalización pública alguna.


[1] Rosental, Mark M. y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975

[2] Duguin, Alexandr, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, pp. 23-58

[3] Torres López, Juan, Economía política, Madrid, Pirámide, 2003

[4] Aguilar, Juan Antonio, “Dialéctica y sistema” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, pp. 147-180

[5] Virilio, Paul, La bomba informática, Madrid, Cátedra, 1999

[6] Medialdea, Bibiana y Ángel María Martínez González-Tablas, “Reflexión crítica sobre la globalización financiera” en Ekonomiaz: revista vasca de economía Nº 48, 2001, p. 64

[7] Zinoviev, Alexandr, La caída del imperio del mal, Barcelona, Bellaterra, 1999, p. 128

[8] Medialdea, Bibiana y Ángel María Martínez González-Tablas, Op. Cit., N. 6, p. 63

[9] Torres López, Juan, Op. Cit., N. 3, p. 217

[10] Torres López, Juan, La crisis económica. Guía para entenderla y explicarla, Madrid, ATTAC, 2009

[11] Bochaca, Joaquín, El enigma capitalista, Barcelona, Ediciones Bausp, 1977

[12] Torres López, Juan, Op. Cit., N. 10, p. 34

[13] Orriols i Sallés, Maria Àngels, El Banco Central Europeo y el Sistema Europeo de Bancos Centrales. Régimen jurídico de la autoridad monetaria de la Comunidad Europea, Granada, Comares, 2004

[14] Mayer, Martin, La Reserva Federal. La historia secreta de cómo la institución más poderosa del mundo maneja el mercado, Madrid, Turner, 2003

[15] Torres López, Juan, Economía…, Op. Cit., N. 3, p. 239

[16] La Reserva Federal de Estados Unidos bajó en dos años el precio del dinero del 6,55% al 1,0%. Como apunta Steinberg, Federico, “La crisis financiera mundial: causas y respuesta política”, Real Instituto Elcano, ARI Nº 126/2008, “Ninguna autoridad quería ser responsable de frenar el crecimiento. De hecho, la brusca bajada de tipos de interés de la Fed ante la recesión de 2001 (y el mantenimiento de los mismos en el 1% durante un año) fue considerada como una excelente maniobra para acortar la recesión en EEUU tras los ataques del 11-S. Sin embargo, hoy se interpreta como una política errónea que contribuyó a inflar los precios de los activos, sobre todo los inmobiliarios, impidiendo el ajuste que la economía estadounidense necesitaba para tener un crecimiento sostenible a largo plazo”.

[17] Steinberg, Federico, Op. Cit. N. 16, aunque fuera posible prever que los precios inmobiliarios no podrían continuar subiendo indefinidamente, el elevado crecimiento de la economía mundial, la baja inflación, los bajos tipos de interés (negativos en términos reales) y la estabilidad macroeconómica (lo que se conoce como el período de “la gran moderación”) redujeron la aversión al riesgo. Ello llevó a un mayor apalancamiento, incentivó aún más la innovación financiera y las operaciones fuera de balance y dio lugar a lo que a la postre se ha revelado como una euforia irracional”.

[18] Las “subprime” se encuentran jerarquizadas en el último escalafón de calidad entre las hipotecas de Estados Unidos, por debajo de las “prime”, las “jumbo” y las “nearprime” o “Alt-A”.

[19] Torres López, Juan, La crisis económica…, Op. Cit., N. 10, “entre 1997 y 2006 los precios de las viviendas en Estados Unidos se incrementaron un 130% y en 2005 el 40% de las viviendas compradas fueron destinadas a segunda vivienda o a su especulación en el mercado”.

[20] A este tipo de clientes se los ha llamado los NINJA (“No Income, No Job and No Assets”; personas sin ingresos fijos, sin empleo fijo, sin propiedades)

[21] Pero como la mayoría de las entradas de capital iban a parar al sector inmobiliario y no a otro tipo de inversiones más productivas, en última instancia el modelo se basaba en que los estadounidenses pudieran pagar sus hipotecas, lo que a su vez dependía de que el precio de sus viviendas siguiera subiendo, condición necesaria para que los hipotecados pudieran refinanciar su deuda contra el valor apreciado de su inmueble.

[22] La “titulización” consiste en vender los derechos de cobro del préstamo a un tercero, a cambio de lo cual se recibe dinero que se puede volver a prestar. Así los bancos para aumentar su liquidez se desprenden de su cartera de préstamos hipotecarios -derechos de cobro no negociables- mediante su venta a un fondo de titulización, el cual emite un conjunto de títulos o valores homogéneos y estandarizados y, por consiguiente, susceptibles de negociación en mercados de valores organizados, es decir que otros inversores podrán comprar.

[23] Como apunta Alejo González, Enrique, “Regulación, política monetaria y crisis financiera en los Estados Unidos”, Boletín Económico del ICE Nº 2954, 2008, p. 17, “El nuevo modelo, basado en la titulización de activos, consistía en que los bancos de inversión (los nuevos intermediarios entre los bancos comerciales y los inversores) creaban derivados financieros estructurados (conocidos como Structured Investment Vehicles, SIV) que permitían que los bancos comerciales subdividieran y reagruparan sus activos, sobre todo hipotecas, y los revendieran en el mercado en forma de obligaciones cuyo respaldo último era el pago de las hipotecas (Mortgage Backed Securities, MBS), muchas veces fuera de su balance”.

[24] El proceso de diversificación de riesgos, y la posterior evaluación de los mismos por parte de las agencias decalificación suponía que los bancos estaban ahora expuestos al riesgo de impago por parte de prestatarios a los que no conocían y de los que nunca habían evaluado su riesgo.

[25] Los “vehículo” son los actores fundamentales en el proceso de titulización, pues son ellos quienes tienen los derechos del préstamo en su poder –el papel que les vende el banco- que luego pueden vender a través de la emisión de bonos. Pero algunas de estas empresas “vehículo” habían sido creadas por los mismos bancos. Aunque el hecho de que aparentemente la conexión no fuera tan evidente les permitía poder sanear sus cuentas, conceder más créditos y aumentar su rentabilidad. Además para poder burlar con más facilidad las leyes nacionales, instalan estas entidades “vehículo” en paraísos fiscales donde no tienen que rendir cuentas de sus negocios con el mismo grado de exigencia y donde se les ofrecen ventajas fiscales. Pero también cabe decir que los bancos las respaldan en caso de pérdidas; véase Torres López, Juan, La crisis económica…, Op. Cit. N. 10.

[26] Como apunta Geier, Joel, “Etats-Unis: plus qu’une récession–un modèle économique en décomposition” en Inprecor Nº 536-537, Politique générale, 2008, p. 512, los MBS se estructuraban en tramos, a los que les llaman tranches, ordenando, de mayor a menor, la probabilidad de un impago, y con el compromiso de priorizar el pago a los menos malos. A estos MBS ordenados en tranches se les rebautizó como CDO (Collateralized Debt Obligations), pero es que además se creó otro producto importante: los CDS (Credit Default Swaps), en el adquirente que compraba los CDO, asumía un riesgo de impago por los CDO que compraba, cobrando más intereses. Y así se crearon un complejo conjunto de productos financieros derivados para obtener rentabilidades más altas y sin que se notase excesivamente que se estaban incurriendo en riesgos excesivos.

[27] Según Torres López, Juan, La crisis económica…, Op. Cit., N. 10, p. 36, “las agencias de rating han ocultado sistemática y deliberadamente la realidad del riesgo que se estaba asumiendo para no poner fronteras a un negocio tan rentable” ello explica “que de todaslas emisiones calificadas en EEUU a lo largo de 2007, el 62% obtuvieron una nota de AAA, es decir, la máxima calificación posible.

[28] Alejo González, Enrique, “Regulación, política monetaria y crisis financiera en los Estados Unidos”, Boletín Económico del ICE Nº 2954, 2008, p. 23

[29] En Estados Unidos, cuando dejan de pagarse las cuotas de los créditos hipotecarios, el problema pasa a las personas que poseen los derechos sobre el préstamo hipotecario, que deben poner la casa a subasta y hacer frente con los costes de ejecución. Es evidente que si el precio de las viviendas desciende, se subastan a la baja y tienen que pagarse además costes, las pérdidas son inevitables. 

[30] Datos extraídos de la lista del Federal Diposit Insurance Corpotation “Failed Bank List”, http://www.fdic.gov/bank/individual/failed/banklist.html

[31] When fortune frowned”, The Economist, Oct 9th 2008: “Según sus últimas estimaciones, el FMI calcula que las pérdidas mundiales en deudas originadas en Estados Unidos (fundamentalmente relacionadas con hipotecas) alcanzarán los 1’4 trillones de dólares, con 760 billones anotadas por bancos, compañías aseguradoras y fondos de cobertura”

[32] Steinberg,Federico, La crisis financiera…, Op. Cit., N. 16

[33] Torres López, Juan, La crisis económica…, Op. Cit., N. 10, p. 65

[34] Destacamos y reproducimos un fragmento del artículo de Primo González aparecido en Madrid en el Diario 16 el 30 de noviembre de 1981 en la página 12, que a nuestro parecer refleja bastante bien la dinámica de endeudamiento del Estado que sigue la banca privada. El fragmento en cuestión lo hemos extraído de Beveraggi, Walter, La teoría cualitativa de la moneda, Madrid, SOS Libros, p. 41: “…uno de los fenómenos que está atravesando la Banca y en general el sistema crediticio, es una cierta pérdida de su papel como financiador. Los Bancos y las Cajas de Ahorro tienen una función económica que consiste en recoger dinero del mercado en forma de depósitos para concederlo a sus clientes en forma de inversiones. Este papel se sigue jugando, lógicamente. Pero cuando más de 650.000 millones de pesetas que la banca debería haber prestado a sus clientes se lo tiene que dar al Banco de España para que éste cubra el déficit público y le proporcione al Tesoro los medios necesarios para cubrir sus necesidades crecientes de pago, el papel del sistema financiero se está desvirtuando a marchas forzadas”. “Bien es verdad que a la Banca una cosa así no le viene mal. Y por dos motivos. Primero, porque el dinero que presta al Banco de España tiene una remuneración del 16 por ciento como media, que no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta el bajo coste de manejo de estos recursos. Y segundo porque el Banco de España es un cliente mucho más seguro que los millones de clientes potenciales o reales de los bancos. Así que la Banca gana en rentabilidad y gana en seguridad”.

[35] Medialdea, Bibiana y Ángel María Martínez González-Tablas, Reflexión crítica…, Op. Cit., N. 6, p. 65

[36] Beveraggi, Walter, Op. Cit. N. 14

Posted by Emboscado at 10:31:05 | Permalink | Comments (1) »

Friday, May 22, 2009

LA MANIPULACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN OCCIDENTALES EN LAS GUERRAS DE YUGOSLAVIA


1. Introducción

 

Con el presente estudio se tratará de analizar la manipulación informativa llevada a cabo por los medios de comunicación occidentales durante las guerras de la antigua Yugoslavia, y de cómo esa manipulación ha tenido una instrumentalidad política para ofrecer una imagen favorable de los contendientes que se encontraban alineados con los intereses de Occidente, mientras que por el contrario se procedió a criminalizar a la otra parte, en este caso al pueblo serbio.

Como posible hipótesis se buscará en causas de orden espacial el origen de los intereses de las principales potencias implicadas en las guerras de Yugoslavia. De esta manera se intentará establecer una relación entre el espacio geográfico, los intereses de cada potencia y la instrumentalización de los medios de comunicación para justificar ante la opinión pública sus respectivas políticas exteriores.

El apoyo y la simpatía occidental hacia una determinada parte de los contendientes en las guerras yugoslavas responde a la manipulación y a la propaganda de los medios occidentales, los cuales proyectaron una imagen sesgada de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en la región. Todo esto ha respondido a la estrategia política llevada a cabo por las potencias occidentales interesadas en el control de la zona y en la configuración de un mapa balcánico más acorde con sus intereses.

La estructura general del trabajo partirá de lo general y teórico, es decir, la justificación del método geopolítico para dilucidar las causas de orden espacial que se encuentran tras los intereses de las potencias, para llegar a lo particular y al caso práctico en el que validar todo el marco teórico previo.

Por tanto, en un primer lugar nos limitaremos a explicar la importancia del medio geográfico en la configuración de una determinada visión del mundo que condiciona y demarca las grandes líneas de la política exterior de las potencias. La geopolítica como instrumento de análisis y como marco teórico de referencia servirá, a su vez, para dotar de cierta coherencia a las estrategias que a lo largo de la historia han seguido las diferentes potencias en la región de los Balcanes occidentales.[1]

Posteriormente se realizará una breve exposición general de la historia de las relaciones internacionales en la región de los Balcanes occidentales, centrando la atención en la política que tradicionalmente han llevado los principales actores implicados en las crisis balcánicas de los 90. Todo esto servirá para contextualizar a nivel histórico y político las relaciones contradictorias que han operado sobre el terreno, y de cómo son la expresión de la lucha entre potencias con intereses geográficamente condicionados.

Finalmente nos ocuparemos de explicar cómo las diferentes potencias han utilizado los medios de comunicación internacionales para manipular a la opinión pública, y con ello crear una imagen favorable para determinados actores balcánicos aliados de los intereses occidentales. Se pondrá de manifiesto la instrumentalidad política de estos medios, lo que en gran medida ha servido a las grandes potencias para justificar sus respectivas políticas exteriores en la región. Todo esto ha ido en perjuicio del pueblo serbio, al cual se le ha criminalizado internacionalmente presentándolo como el único y principal culpable de las guerras que tuvieron lugar en la región, todo ello con el propósito de encubrir las causas y las auténticas implicaciones de las potencias occidentales en el origen de las últimas guerras balcánicas.

 

2. La geopolítica como instrumento de análisis de las Relaciones Internacionales

 

La primera dificultad que se nos presenta es la de ofrecer una definición clara y concisa de la geopolítica que permita la aplicación de sus aportaciones teóricas al estudio y análisis de las Relaciones Internacionales. En la medida en que este no es el objeto de estudio de la presente investigación procuraremos ser lo más prácticos posibles y nos conformaremos con la siguiente definición, ofrecida por Pierre M. Gallois, que por su amplitud es la que mejor sintetiza la naturaleza de esta disciplina: “|…| la geopolítica es el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política de poder en el plano internacional y el cuadro geográfico en el que se ejerce”.[2]

La búsqueda para establecer la parte activa que ocupa la geografía en la determinación de los acontecimientos políticos e históricos mundiales ha caracterizado a la geopolítica, al mismo tiempo que ha servido para inspirar la estrategia política de las potencias aplicada al dominio del espacio continental y oceánico. De esta manera el espacio adquiere un carácter diferente, pues, además de constituir el soporte y el escenario de las acciones humanas, también condiciona la proyección exterior de los pueblos.[3] El espacio geográfico (por sus recursos, configuración, extensión y situación) impone un marco más o menos restringido a la política internacional de los Estados, la cual no deja de ser la expresión de una determinada visión del mundo impuesta, en mayor o menor medida, por la geografía.

La geopolítica se revela, entonces, como un método de estudio y análisis de la historia que sugiere un modelo de generalización cualitativamente diferente al de las demás disciplinas. La explicación que ofrece acerca de una realidad tan compleja, llena de correlaciones, confrontaciones, interdependencias y diversas contradicciones, da lugar a un marco teórico caracterizado por cierto grado de simplificación al ser la dimensión espacial el eje central en torno al que giran todos sus análisis. En cualquier caso la geopolítica reúne un amplio conjunto de saberes, pues combina un máximo de factores y elementos de toda índole para realizar sus análisis de la realidad mundial, además de tratar aspectos de gran importancia como pudieran ser, entre otros, las condiciones de habitabilidad de la tierra, la definición de las fronteras y la disponibilidad de recursos, cuestiones todas estas que influyen de manera decisiva sobre los Estados.[4]

Si bien podemos decir que la geopolítica incluye en sus análisis factores de diverso tipo, sus conclusiones son siempre de carácter político. En última instancia son las relaciones de poder entre Estados, condicionadas por el medio geográfico, las que nutren las conclusiones que emite la geopolítica. Estas mismas conclusiones informan a sus máximos beneficiarios: estadistas y gobernantes. La geopolítica sirve como guía para formular estrategias, orientar políticas y organizar la defensa y seguridad del Estado. Cualquier intento de estudiar las relaciones internacionales o la política exterior de los Estados será del todo incompleto si no incluye los análisis y las conclusiones de la geopolítica.

Pero la geopolítica también se ocupa de esclarecer a partir de sus aportaciones teóricas el trasfondo geográfico de cada civilización. La lógica geopolítica gravita en torno a la contradicción primordial entre los elementos Tierra y Mar, cada uno de ellos presenta rasgos particulares que dan lugar al desarrollo de formas de existencia histórica antagónicas. En cierto sentido la geopolítica ofrece causas de orden espacial al nacimiento y desarrollo de tipos de civilización y polos de poder, lo que de alguna manera remite a la vieja dicotomía Oriente-Occidente hoy un tanto en desuso.

La línea argumental que a continuación se va a exponer, y para la que se seguirá el criterio establecido por la lógica geopolítica, pretende explicar la significación geográfica de los Balcanes occidentales y su relevancia estratégica tanto en un plano meramente político, de relaciones de poder, como a un nivel civilizacional en la medida en que representa el punto de fricción y de encuentro (también de desencuentro) entre la civilización bizantina-ortodoxa y el universo católico-romano.

Como ya dijera en su momento Carl Schmitt: “el hombre es un ser terrestre, un ente terrícola”.[5] La naturaleza del Mar impide que se constituya en soporte para el desarrollo de la vida social y, por tanto, para el establecimiento de sistemas de valores jurídicos, éticos y sagrados. “La estrecha franja donde los dos elementos parecen separarse es la menos discutible de las fronteras: a un lado, la sociedad humana, al otro, lo desorganizado, lo inasimilable”.[6] Al Mar va asociada la homogeneidad de un elemento que parece al mismo tiempo móvil e inmóvil.

En lo que respecta a la caracterización de las sociedades marítimas Henri Pirenne señala que se trata de un tipo de sociedad

 

“|…| orientada hacia el intercambio económico, y por lo tanto, necesariamente influida por los pueblos respecto a los cuales mantiene relaciones constantes. El contacto de las ideas y las obligaciones que impone el comercio conducen, a pesar de los conflictos creados por la competencia, al liberalismo y |…| al cosmopolitismo. |…| Y la iniciativa que suscitan los negocios favorece el individualismo, tanto en el plano social como en el intelectual”.[7]

 

La Tierra, por el contrario, encarna la constancia y la estabilidad, por lo que sus confines pueden ser definidos con rigor. Sobre la Tierra se pueden establecer fronteras, demarcaciones, y con ello organizar el espacio, humanizarlo, pues ofrece sólidos fundamentos para establecer sistemas de valores sagrados, jurídicos y éticos sobre los que fundar toda forma de vida en sociedad.

La sociedad continental es, entonces, un tipo de

 

“sociedad constituida por un grupo social cerrado, que vive reflejado sobre sí mismo en una estrecha solidaridad política y religiosa, exclusivamente nacional; en ella el individuo se subordina por completo al grupo |…| Su riqueza esencial es la tierra; la única manera de aumentarla, la conquista”.[8]

 

De este modo Tierra y Mar dieron origen a sus propios polos de poder con la consolidación de universos civilizacionales opuestos en Oriente y Occidente a partir de la división del Imperio romano, realizada en términos geopolíticos por el emperador Teodosio en el año 395 d. C., y consumada a nivel espiritual y civilizacional en el año 1054 con el cisma de la Iglesia y su división en católica-romana y bizantino-ortodoxa.

En este contexto los Balcanes occidentales quedaron divididos por los ámbitos de influencia de Oriente y de Occidente convirtiéndose en el campo de batalla de ambos polos de poder. “Esto convierte a la región en un lugar de tensiones continuas, donde las potencias occidentales y orientales trazan sus esferas de hegemonía e influyen decisivamente en el desarrollo político, histórico, económico y cultural de los pueblos balcánicos”.[9]

Si los romanos civilizaron a los germanos, de entre los que los anglosajones pasaron a ser el núcleo central del modelo de civilización marítima y occidental, los griegos bizantinos civilizaron a los eslavos de los que los rusos constituirían el núcleo del modelo de civilización continental.[10]

Estas diferencias han sido fundamentales ya que el Mar, a través de los anglosajones, conformó su modelo civilizacional en el occidente europeo, y concretamente en torno a las islas británicas, logrando posteriormente alcanzar una dimensión atlántica. La Tierra, a través de los eslavos y más particularmente a través de los rusos, estableció su modelo de civilización continental sobre la estepa para más tarde, por medio de la conquista y de la ampliación de los territorios limítrofes, alcanzar una dimensión euroasiática.

Tradiciones religiosas-espirituales diferentes implicaron trayectorias históricas, políticas y sociales distintas. A los rasgos propios de cada tipo de sociedad, ya sea continental o marítima, antes señalados hay que incluir la naturaleza del poder en cada caso. Mientras que en Occidente se produjo una secularización del Estado y la sociedad y con ello una separación entre la Iglesia y el Estado, en Oriente nos encontramos con la “sinfonía de los poderes” en la que “|…| el poder temporal (el «Basileus», el «César» o «Zar») y el poder espiritual (el Patriarca) coexisten en una relación rigurosamente definida |…|”.[11] Por decirlo de otro modo, “el catolicismo rompía así con la providencial armonía entre el dominio temporal y el dominio espiritual y, según la doctrina ortodoxa, cayó así en la herejía”.[12] “El Oriente tiende en dirección opuesta; desea mutar el Estado en Iglesia. El cesaropapismo es sólo una etapa en el camino a través del cual lo profano debe ser santificado”.[13]

Todo esto refleja mentalidades totalmente diferentes, opuestas si se quiere, que son el fundamento de los posteriores conflictos balcánicos en los que la religión desempeñó un papel fundamental[14], pero tras el cual existe todo un trasfondo histórico, espiritual, civilizacional y hasta geopolítico. Estas diferencias serán utilizadas posteriormente por Occidente en su propio provecho durante las guerras yugoslavas, donde los Balcanes serán una vez más el punto de fricción entre universos contrapuestos. La región balcánica es donde las potencias de Oriente y Occidente dirimirán sus respectivas diferencias.[15]

Juntamente con esto se encuentran unas implicaciones estratégicas cruciales ya explicadas por Mackinder: “Quien gobierne Europa Central dominará el heartland; quien gobierne el heartland dominará la isla mundial; quien gobierne la isla mundial dominará el mundo”.[16] Sin lugar a dudas esto pesó mucho en las principales nociones geopolíticas de Alemania para la elaboración de su política exterior, y más concretamente para la construcción de su Mitteleuropa. Todo esto servirá a continuación para comprender el sentido de las alianzas que operaron históricamente en esta región balcánica, y de cómo los intereses de Occidente siguen todavía muy presentes en una zona a medio camino entre Asia y Europa.

 

3. Apuntes históricos sobre los Balcanes

 

El año 1389 marca la derrota serbia frente al imperialismo turco y con ello se sella el destino de los Balcanes marcado desde entonces por la ocupación y dominación extranjera. La hegemonía turca en los Balcanes comenzó a declinar en el s. XVII cuando ya era patente su debilidad, circunstancia que aprovechó Austria para aumentar sus territorios en la zona. La región quedó dividida entre ambos imperios hasta mediados del s. XIX.

Hasta el s. XVII el dominio otomano llegaba hasta Eslavonia y Croacia oriental, mientras la costa de Dalmacia pertenecía a Venecia. Para finales de este mismo siglo XVII los turcos fueron expulsados de Croacia y establecieron Bosnia como principal feudo en la región. A este respecto señalar que en 1718 se firmó el tratado de paz en Požarevac con el que el Imperio otomano perdió la mayor parte de sus posesiones en los Balcanes occidentales.

Pero ya desde el año 925, en el que el príncipe croata Tomislao se vinculó a la Iglesia de Occidente con el propósito de obtener el apoyo del Papa para ser reconocido como rey, se produjo la promoción de la presencia de la Iglesia romana hasta el punto de imponer el catolicismo junto al idioma y alfabeto latinos. Tanto Croacia como Eslovenia quedaron insertas en la esfera de hegemonía occidental a través de Austria, Hungría, Venecia y Alemania. De esta manera una parte de los eslavos meridionales quedaron supeditados a Occidente.

Los 500 años de ocupación otomana marcarán la diferencia entre aquellos eslavos que histórica y políticamente estuvieron integrados en la esfera oriental de los que permanecieron en la occidental. En este contexto y con la progresiva descomposición del imperio otomano, Austria-Hungría fue ocupando el vacío de poder dejado por los otomanos al mismo tiempo que entraron en escena nuevos competidores que cuestionaron el reparto territorial: por un lado el renacimiento nacional serbio y la creciente presencia e influencia de Rusia en su búsqueda de una salida al Mediterráneo.

No hay que perder de vista el hecho de que en muchas ocasiones los Balcanes sirvieron como moneda de cambio en las negociaciones de las potencias. En este sentido Austria-Hungría tuvo que enfrentarse al renacimiento de los nacionalismos, sobre todo el serbio, a la progresiva y paulatina retirada de los otomanos, y al creciente interés ruso por aprovechar la situación de cara a sus particulares intereses. Dicho esto, cabe añadir que las diferencias que a nivel civilizacional, histórico y religioso existían entre los diferentes pueblos de la región sirvieron como detonante de las diferentes crisis que se produjeron, y por tanto fueron instrumentalizadas por los diferentes polos de poder en Oriente y Occidente.

Pero es en 1878 cuando gracias a la guerra ruso-turca Serbia y Bulgaria alcanzaron su independencia. El origen de esta guerra que hizo posible el reconocimiento oficial de Serbia como Estado independiente se encuentra en la dura represión sufrida por los eslavos a manos de los turcos en 1875. Así pues, Rusia, motivada en parte por el sentimiento de solidaridad eslavo y por el deseo de controlar los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos[17], emprendió una guerra que tuvo como consecuencia un triunfo inmediato de las pretensiones rusas sobre el imperio otomano que se plasmaron en la paz de San Stéfano. Debido a todo lo anterior la intervención británica no se hizo esperar para frenar la creciente influencia rusa, lo que dio lugar a la celebración del famoso Congreso de Berlín en 1878 presidido por Bismarck.

Los acuerdos finales del Congreso de Berlín consolidaron las rivalidades entre Rusia y Austria-Hungría en la región de los Balcanes. Esta última salió sumamente beneficiada al recibir el encargo de ocupar y administrar Bosnia-Herzegovina y al mismo tiempo ocupar el distrito recién creado de Novi Pazar situado entre Serbia y Montenegro. Como se ve, en la medida en que el imperio otomano perdía peso como actor en los Balcanes en su lugar, en representación de Oriente y, sobre todo, de la civilización ortodoxa, fue Rusia la que adquirió un mayor peso respondiendo a motivaciones geopolíticas y religiosas-culturales.

Tras la retirada otomana los Balcanes continuaron siendo el punto de fricción y desencuentro entre dos universos opuestos, por un lado Oriente y por otro Occidente. Rusia, como máximo exponente de Oriente promovió el nacionalismo y la formación de un Estado común para los eslavos meridionales, lo que iba en claro perjuicio de los intereses de Austria-Hungría en la zona, que veía los nacionalismos como una amenaza a su hegemonía y un instrumento de Rusia para llegar al Mediterráneo.

Es importante señalar que, al mismo tiempo que se producían estas rivalidades internacionales, en el seno de Serbia existía una clara competencia entre las dos líneas dinásticas, por un lado los Obrenovic y por otro los Karagjorgjevic. Rusia había despertado grandes simpatías para el nacionalismo serbio, pues gracias a su guerra con los otomanos Serbia consiguió su reconocimiento como Estado independiente. Sin embargo, la casa de los Obrenovic tendió a buscar alianzas con Austria-Hungría, lo que no fue del agrado de la población ni del ejército ya que subordinaba la política serbia a la de los Habsburgo. Esta situación concluyó con un golpe de Estado en 1903 que restituyó a los Karagjorgjevic en la jefatura de Estado, favorables a buscar una alianza con Rusia para disminuir la influencia austrohúngara y otomana. Desde entonces se impulsó un movimiento nacionalista yugoslavo con el objetivo de unir a todos los eslavos meridionales en torno a la corona serbia, lo que produjo la consecuente enemistad de Austria-Hungría que encontró en la muerte del archiduque Francisco Fernando la excusa perfecta para invadir el país.

Para las potencias occidentales nunca fue aceptable la posibilidad de que existiera un Estado serbio que abarcara la mayor parte de los Balcanes. Ello podía significar la presencia de un vasallo de Rusia y ponía en peligro los intereses de Alemania y Austria-Hungría. Hay que destacar que ya en 1903 Alemania había obtenido la concesión de Turquía para la construcción de un ferrocarril de Berlín a Bagdad, unido a los derechos de explotación de las zonas petrolíferas a 30 kms a uno y otro lado del trazado, por lo que era Serbia el principal obstáculo para las aspiraciones hegemónicas de Alemania en Europa.[18]

Es ampliamente conocida la aspiración alemana de conseguir el status de potencia mediante su hegemonía en el centro del continente europeo. Mitteleuropa ha sido la parte de Europa situada entre Oriente y Occidente codiciada por Alemania y en la que  ha situado históricamente el centro de gravedad de sus intereses. Esta circunstancia ha desarrollado una tendencia hacia la consecución de la hegemonía del país germano en el corazón del continente que, como veremos más adelante, no ha desaparecido todavía sino que sigue presente en su política exterior y se corresponde con su órbita de intereses especiales geopolíticos. Esta concepción alemana de Europa considera que “dominar los Balcanes es un medio para dominar Europa”.[19]

 

[20]

 

La estrategia alemana en los Balcanes ha tendido a fomentar la germanización y a reforzar el catolicismo como herramienta religiosa y cultural de movilización etnonacional que, tanto en la Segunda Guerra Mundial como en las guerras de la extinta Yugoslavia, han tenido un carácter muy funcional para los intereses de Alemania de cara a hacer valer su influencia y hegemonía frente al mundo ortodoxo.

La creación de Estados alineados con los intereses alemanes para impedir una hegemonía serbia en los Balcanes que, a su vez, pudiera significar una presencia rusa en la región, ha sido parte de la estrategia alemana. Un claro ejemplo fue la creación del primer Estado croata en 1941, unido a las relaciones de dependencia económica creadas durante los años 30 a la primera Yugoslavia.[21]

Durante la guerra fría Yugoslavia mantuvo una posición política ambigua y difusa que se debió en gran medida a su posición geopolítica a medio camino entre el Este y el Oeste, por lo que la nueva estructura de poder mundial surgida tras la guerra la condicionó en materia internacional, y propició su no alineamiento con ninguno de los bloques.

Todo esto servirá para confirmar la significación geopolítica de los Balcanes sintetizada por San Sava, según el cual “Oriente pensaba que éramos Occidente y Occidente que éramos Oriente… Pero nosotros estamos predestinados para ser el Oriente en Occidente y Occidente en Oriente…”.[22]

 

4. La criminalización del pueblo serbio por los mass-media occidentales

 

A continuación vamos a explicar los intereses geopolíticos y económicos en juego que propiciaron las guerras en Yugoslavia, así como el grado de involucración de las diferentes potencias. Una vez expuestos los intereses que había tras las guerras se procederá a abordar cómo se llevó a cabo la manipulación que a nivel mediático criminalizó al pueblo serbio con el objetivo de ofrecer una imagen más favorable de aquellos contendientes alineados a los intereses occidentales, y al mismo tiempo para justificar la intervención extranjera sobre la región.

 

4.1 Los intereses de las potencias en las guerras balcánicas

 

El propio Pajovic subrayó las variables geopolíticas exógenas en las raíces últimas del conflicto de los Balcanes.[23] En lo que a esto respecta es interesante destacar que históricamente la mayor parte de las guerras en la región tuvieron un origen externo, es decir, fueron el resultado de los conflictos entre alianzas extranjeras y los juegos de equilibrios de las grandes potencias. Asimismo, y juntamente con esto, se encuentra el valor estratégico y militar de los Balcanes como medio para el control de las comunicaciones entre Europa y Próximo Oriente.[24] También es importante tener en cuenta que los propios Balcanes han sido considerados el puente directo de Europa a Asia, lo que ha servido a las potencias para su proyección a Oriente Próximo.

Debido a la creciente ruptura económica interna entre las diferentes repúblicas y a la fragmentación del mercado, se produjo una tendencia general por la que cada república contaba con su propio comercio exterior al margen de la federación, hasta el punto de que estos intercambios sobrepasaron los que existían entre las repúblicas. Dato interesante es el hecho de que los eslovenos crearon en 1978 la Comunidad Alpes-Adria con Austria, la RFA, Hungría e Italia.[25] Unido a esto también se dio un derecho de fiscalización sobre las divisas, por lo que cada república hacía acopio de estas por su propia cuenta.[26]

Pero lo que indudablemente pesaba sobre Yugoslavia era la deuda exterior de 21.000 millones de dólares, por lo que para evitar una bancarrota el Estado federal debió aceptar las condiciones del FMI y potenciar las exportaciones en detrimento del abastecimiento local.[27]

Las implicaciones de Alemania en este conflicto resultan bastante evidentes si tenemos en cuenta la penetración económica de la CEE en el mercado yugoslavo con un 37% de las importaciones y un 38% de las exportaciones, de las que la mitad correspondían a Alemania, frente a los EE.UU. que se situaba en un 5% en las importaciones y un 7% en las exportaciones. Además de esto la industria yugoslava dependía en un 50% de la maquinaria alemana. En Eslovenia, por ejemplo, existían a principios de los 90 más de 150 sociedades alemanas que controlaban el 70% del comercio. Resulta bastante evidente que existían importantes intereses económicos alemanes comprometidos en la región, lo que, en definitiva, respondía a un claro plan para asegurarse primero el control económico, luego el político y por último el militar. Se entiende que el rápido reconocimiento de la independencia de las repúblicas de Eslovenia y Croacia respondía a la estrategia de afianzar su dependencia económica, pues económicamente se debilitaron al perder las fuentes de materias primas baratas procedentes de otras repúblicas yugoslavas.[28]

También hay que tener muy presente que las repúblicas que mayor aportación al PIB de la federación hacían en 1989 eran Eslovenia, con un 21%, y Croacia, con un 25%.[29] Esto era, a su vez, el reflejo de las desigualdades económicas que se daban en el interior de Yugoslavia, y que dada la dependencia de estas repúblicas con respecto a las inversiones extranjeras se hace comprensible que Alemania estuviera muy interesada en su independencia. A este respecto es interesante destacar cómo históricamente los centros económicos han querido erigirse en un momento dado también en centros políticos, por lo que las aspiraciones nacionalistas en estas repúblicas guardaban relación con las desigualdades económicas, pues a nadie le gusta tener que compartir su dinero. La existencia de un Fondo de Solidaridad a nivel federal para impulsar el desarrollo de las regiones más deprimidas de Yugoslavia fue muy criticado al ser visto por las repúblicas más ricas como una forma de derroche.[30]

Asimismo, es interesante señalar el mapa geopolítico de los intereses alemanes para comprender el alcance de estos sobre el conjunto del continente.

 

[31]

 

Finalmente, hacer referencia a cómo Alemania estaba interesada en que se produjera una guerra en Yugoslavia. Acerca de esto son bastante clarificadoras las afirmaciones del general francés Gallois en 1991 en las que decía:

 

“Desde principios de este año; y sin duda antes, Alemania armaba a Croacia a través de Italia, Hungría y Checoslovaquia. Más de 1.000 vehículos transportaron armas ligeras y también misiles anticarro y antiaéreos, municiones y talleres de reparación, por lo que parece evidente, que al menos 6 meses antes de los combates ya se habían producido masivas entregas de armas”.[32]

 

Pero el periodista belga George Berghezan aporta más información al respecto en un estudio realizado sobre las violaciones al embargo de armas establecido sobre la antigua Yugoslavia:

 

“Se revela la eficaz utilización de armamento anticarro del tipo Armbrust contra los tanques del ejército yugoslavo. Se trata de un sistema fabricado hasta principios de los años 80 por la empresa Alemana Messerschmitt-Bolko Blohm (MBB) filial de Mercedes Benz”.[33]

 

Pero a esto hay que agregar la significación que tuvo para la estabilidad de Yugoslavia el reconocimiento inmediato por parte de Alemania de la independencia de estas repúblicas (en las navidades de 1991 se hizo efectivo ese reconocimiento, y el 13 de enero de 1992 el Vaticano hizo lo mismo). Por ejemplo, el secretario de asuntos exteriores norteamericano, Warren Christopher, señalaba en verano de 1993 que “los alemanes tienen una particular responsabilidad. Los problemas que actualmente tenemos allí empezaron con el reconocimiento de Croacia”.[34] Incluso el propio ministro francés de asuntos exteriores, Roland Dumas, afirmaba que “por sus presiones a favor de la independencia de Croacia y de Bosnia, las responsabilidades de Alemania y el Vaticano son aplastantes”.[35] Estas presiones forzaron a los demás países de la CEE a reconocer de manera precipitada a las repúblicas de la ex-Yugoslavia el 15 de enero de 1992.

Por otra parte también se ha llegado a sugerir la posibilidad de que las mismas repúblicas que proclamaron la independencia lo hicieron porque sabían que Alemania iba a proceder a reconocerlas de manera inmediata.[36]

A continuación vamos a analizar cómo se desarrolló la manipulación informativa por parte de los medios de comunicación occidentales con una clara intencionalidad política, la cual sirvió para crear una opinión pública internacional favorable a la intervención occidental en la antigua Yugoslavia.

 

4.2 La manipulación informativa de los medios de comunicación occidentales: la criminalización del pueblo serbio

En este apartado vamos a abordar en primer lugar la estrategia de comunicación en su proyección internacional que siguieron los países que se independizaron de la antigua Yugoslavia. Después de esto nos ocuparemos del tratamiento de la información y de los acontecimientos que tenían lugar sobre el terreno por los medios occidentales, lo que servirá para poner de manifiesto su clara tendenciosidad. Asimismo, también trataremos algunos casos relevantes de clara manipulación, y ello contribuirá a demostrar la intencionalidad política que existía con el objetivo de condicionar a la opinión pública internacional y ganar su simpatía para un determinado bando. Finalmente, se hará un análisis de la propaganda de guerra llevada al cine y cómo ha contribuido a producir una imagen negativa de los serbios.

 

4.2.1 Estrategias de comunicación e imagen de los gobiernos de Croacia, Bosnia-Herzegovina y Eslovenia

 

Tanto el gobierno de Croacia como el de Bosnia-Herzegovina contrataron los servicios de la firma de relaciones públicas Ruder & Finn Public Relations con sede en Washington. En el caso croata desde agosto de 1991 hasta junio de 1992 con el propósito de vender la imagen de una Croacia débil frente a los agresores serbios, que desempeñarían el papel de malos con la destrucción de ciudades históricas.[37]

Las afirmaciones del director de la oficina de relaciones públicas señalada, James M. Harff, son bastante reveladoras en cuanto a su actividad:

 

“…nuestro oficio consiste en diseminar la información, hacerla circular lo más rápido posible para que las tesis favorables a mis causas sean las primeras en ser expresadas… Desde el momento en que una información es buena para nosotros nos esforzamos por anclarla enseguida en la opinión pública… Es la primera información la que cuenta, los desmentidos no tienen ninguna eficacia… Nuestro trabajo no es verificar la información… es acelerar la circulación de informaciones que nos son favorables… No nos pagan para hacer moral”.[38]

 

Esta forma de manipulación contribuye a condicionar a la opinión pública y a crear un clima favorable para los intereses de un determinado bando, y en el caso de las guerras en la antigua Yugoslavia sirvió para criminalizar al pueblo serbio. Pero esto no es todo, Harff añadía: “Nuestra tarea es acelerar la circulación de las noticias que son favorables para nosotros y guiarlas hacia círculos cuidadosamente escogidos”.[39] Naturalmente los gobiernos, tanto el croata como el bosnio, utilizaron estas agencias para surtir a los medios occidentales de información tendenciosa y manipulada que les era favorables. Posteriormente los medios internacionales, generalmente sin verificar la información, se hicieron eco de estas versiones.

También es importante resaltar la ayuda externa que recibió el gobierno croata por parte de los Estados Unidos para implementar toda su estrategia de comunicación e imagen. El Congreso norteamericano, a través de la Fundación de los Derechos Humanos, hizo un importante desembolso para apoyar a Croacia en su campaña mediática. Así, según Edith Gamier en el periódico Le quotidien “50 millones de dólares fueron invertidos por el lobby croata para su «marketing» mediático antiserbio, sin contar los millones de dólares de los países árabes para promover la causa de los Musulmanes bosnios. Kuwait |…| ofrece graciosamente más de 20 millones de dólares |…|”.[40]

La línea general que se siguió desde el gobierno croata fue forzar la intervención militar del ejército federal para poder presentarse ante el mundo como víctimas de una guerra en la que los serbios eran identificados como comunistas, mientras que Croacia se presentaba como una democracia al estilo occidental. Como explica Marta González San Ruperto “en Croacia, a diferencia de Eslovenia, la estrategia de comunicación no completaba la militar sino que trataba de sustituirla”.[41] Además de esto también se procedió a aprovechar la destrucción del patrimonio histórico para conseguir un fuerte impacto propagandístico sobre la opinión occidental, unido también al sufrimiento de la población civil.

El gobierno croata supo centralizar toda la información de la que iba proveyendo a la prensa internacional a través del Foreign Press Bureau que proporcionaba boletines diarios, de elaboración propia, o bien resúmenes de las noticias más destacadas de los medios croatas, tanto en croata como en inglés.

Tampoco hay que olvidar que con el triunfo del HDZ liderado por Tudjman se produjeron importantes recortes en la libertad de prensa en Croacia, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayor parte de los medios quedaron en manos gubernamentales o sometidos a un fuerte control por parte del gobierno.[42]

En el caso de Bosnia la contratación de Ruder & Finn Public Relations el 23 de junio de 1992 dio lugar al conocido como Bosnia Crisis Communication Center que tenía por objetivo presionar para implicar a los EE.UU. en la crisis, lo cual consiguió con su estrategia de marketing en los medios de comunicación norteamericanos, pero también británicos y franceses. La imagen que vendieron las autoridades bosnias fue la de presentarse como los defensores de un país multicultural y multiétnico. El gobierno de Izetbegović supo llevar a cabo una propaganda de atrocidades a través de las violaciones y los campos de detención. Para los primeros meses del año de 1993 se consiguió decantar a la opinión pública internacional del lado bosnio musulmán.[43]

La estrategia bosnia estaba dirigida a ganarse a la opinión pública para lograr una intervención internacional. Con el claro propósito de manipular a los medios occidentales en su beneficio se crearon Bosnia Press, que informaba de todas las actividades del gobierno y la presidencia, y la Armija Press que era la agencia del ejército. Pero lo más llamativo y significativo es el hecho de que se potenciara el uso del término “campos de concentración” para denominar a los lugares donde se encontraban recluidos los prisioneros de guerra capturados por el ejército serbio. A nivel propagandístico sirvió para establecer una analogía con la que identificar a los serbios con el nazismo. La participación y apoyo de organizaciones sionistas como B’nai B’rith, Anti-Defamation League, American Jewish Committe y American Jewish Congress en la difusión de la propaganda bosnia fue significativa para granjearse el apoyo de la opinión pública como relata James Harff:

 

“La entrada en juego de organizaciones judías a favor de los bosnios fue un extraordinario golpe de efecto. En seguida pudimos hacer que la opinión pública asociara serbios y nazis. La situación era compleja y nadie comprendía lo que pasaba en Yugoslavia, pero de un plumazo nosotros conseguimos presentar el asunto de forma simple, con buenos y malos. Muy pronto la prensa cambió radicalmente su lenguaje, empleando términos de gran valor emotivo como purificación étnica, campos de concentración, etc… evocando la Alemania nazi, las cámaras de gas y Auschwitz. La carga emotiva era tan fuerte que nadie podía ponerse en contra sin ser acusado de revisionista”.[44]

 

A lo anterior se sumó la propaganda acerca del número de víctimas. Para aprovechar el tirón mediático de los “campos de concentración” el gobierno bosnio comenzó a exagerar el número de muertos. Así pues, se llegó a hablar de 200.000 muertos, cifra que rápidamente repercutió en la prensa occidental sin llevar a cabo ninguna verificación de la información ni de las fuentes. Hasta diciembre de 1992 únicamente había 17.466 víctimas confirmadas. Pero a esto también se sumaron las violaciones para crear un mayor victimismo y repercusión mediática, de manera que el gobierno bosnio llegó a hablar de 50.000 violaciones que partían de informes que contaban con claras deficiencias en su elaboración y cuyas conclusiones se llevaron a cabo a través de extrapolaciones de entrevistas realizadas a un reducido número de mujeres. Sin embargo, el informe de las Naciones Unidas hablaba de no más de 200 casos verificados.[45]

Es significativo lo comentado por Christine Cleiren: “Según múltiples indicios, la violencia sexual ha sido utilizada por las partes en conflicto como un elemento de su propaganda. La información contenida en los informes era de segunda o tercera mano y la mayoría era de carácter muy general”.[46]

El victimismo bosnio fue ampliamente explotado por las autoridades y ello le reportó amplias simpatías en el mundo entero. Al respecto, el General Morillon, comentó al periódico checo Lidove Novety: “…El régimen bosnio quiere seguir manteniendo Sarajevo como punto de convergencia de la benevolencia mundial e impide que la FORPRONU consiga un cese al fuego”.[47]

Por último, y en lo que se refiere al caso de Eslovenia señalar que desde el gobierno se intentó crear un clima que justificase el apoyo internacional a la nueva república, de manera que tal como comentó el periodista Alfonso Rojo “supieron capitalizar magistralmente que sólo hacía tres meses había concluido la guerra del Golfo”, lo que sirvió para que Milosevic pudiera ser comparado con Saddam Hussein.[48]

 

4.2.2 La manipulación de los medios de comunicación occidentales

 

Desde un principio la posición de la mayor parte de los medios de comunicación occidentales fue claramente anti-serbia. Esto se fue haciendo cada vez más patente en el tratamiento de la información, de la que generalmente no se verificaban las fuentes ni la autenticidad de los datos, y la imagen ofrecida de los serbios era premeditadamente negativa. Pero esta manipulación también se reflejó en la omisión y silenciamiento de aquellas noticias en las que los serbios eran víctimas de las limpiezas étnicas croatas o bosnias.

En el caso de Krajina, región poblada en su mayoría por serbios pero dentro del territorio de la república de Croacia, su población, cerca de 500.000, fueron expulsados por la fuerza o simplemente asesinados gracias a la rápida victoria militar croata. Pero la campaña militar croata apenas fue tratada en los medios occidentales, y cuando lo fue se presentó como una operación militar sin victimizar a la población serbia desplazada y sin calificar los acontecimientos como una limpieza étnica.[49]

Pero también fueron ignorados los acontecimientos que tuvieron lugar a lo largo de 1991 y el primer semestre de 1992 en Croacia, donde se destruyeron un centenar de iglesias ortodoxas, y se produjo la limpieza étnica de 150 aldeas en la Eslavonia occidental.[50]

A nivel general las posiciones estaban bastante bien definidas para los medios occidentales: los serbios eran los agresores, los bosnios las víctimas y de los croatas apenas se hablaba. Los medios de comunicación estadounidenses se inclinaron desde un principio del lado bosnio en todo el conflicto. Lo mismo ocurrió con los medios franceses, como Le Monde, Le Figaro y TF1 que apoyaron abiertamente a los bosnios y lanzó fuertes críticas contra los serbios desplegando una imagen bastante negativa de estos. Algunos intelectuales como Alain Finkielkraut o Bernard-Henri Lévy junto a André Glucksmann y Jean Baudrillard adoptaron una actitud crítica con los serbios y no dudaron en defender la independencia de las diferentes repúblicas por las cuales tomaron partido, además de convertir Sarajevo en símbolo de la resistencia a la barbarie y a la intolerancia serbia.

En Alemania los medios de comunicación y los políticos de los principales partidos mantuvieron una línea bastante clara en la defensa de las independencias de Eslovenia y Croacia. El discurso antiserbio se adueñó de todos los medios, y lo mismo cabe decir de Austria, donde se desplegó toda una campaña mediática antiserbia.

Un caso significativo de la manipulación lo representó la muerte de 22 civiles en la cola de una panadería en la calle Vase Miskina en Sarajevo a causa de una explosión. Aún pese existir bastantes dudas y controversia en torno a la autoría de la masacre los medios occidentales se apresuraron a culpar a los serbios. El periódico londinense The Independent denunciaba que en el lugar de los hechos no había ningún cráter de los que podía producir una granada de mortero como se dijo en un principio, y que según las investigaciones de las Naciones Unidas se trataba de un ataque realizado por los bosnios. Asimismo, según un informe confidencial de la ONU elaborado por Shannon Boyd, la matanza podría haber sido causada por un disparo bosnio y no serbio. El propio General Mackenzie afirmó que la mayoría de los muertos eran serbios, y manifestó que el hecho se produjo en extrañas circunstancias debido a que previamente habían cortado el tráfico en la calle y los medios ya estaban con antelación en el lugar.[51]

Algo similar ocurrió en el mercado Markala de Sarajevo en agosto de 1995 en el que murieron 35 civiles. Este acontecimiento coincidió en un momento en el que las potencias occidentales se estaban planteando el uso de la fuerza contra los serbios a través de operaciones aéreas. Nada más ocurrir esta masacre se culpó a los serbios y se tuvo el pretexto perfecto para lanzar un ataque pese a que la responsabilidad de los hechos tampoco estaba clara. Se produjeron cinco explosiones de las que únicamente cuatro eran atribuibles a los serbios, pero la quinta que fue la que causó las víctimas civiles provenía de otras posiciones, probablemente bosnias, según la investigación llevada a cabo por un oficial francés y otro británico.[52]

Otra clara muestra de manipulación fue el caso del artículo “Like Auschwitz” escrito por Roy Gutman para el periódico Newsday y publicado el 21 de julio de 1992 en el que se trataba de dar a conocer los campos de concentración serbios, los cuales eran comparados con los creados en su momento por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. El artículo aparecía ilustrado con la fotografía de un prisionero esquelético tras una alambrada de espino. Se dijo que era un musulmán víctima de las atrocidades serbias. Finalmente resultó ser Slobodan Konjevic, serbio, reconocido por su hermana, detenido por robo y que desde hacía 10 años sufría tuberculosis.[53]

Un caso no tan notorio pero no por ello menos real fue el de una mujer serbia violada cuya fotografía reprodujo un periódico estadounidense presentándola como musulmana. Esta mujer había sido previamente identificada como serbia por un periódico canadiense.[54]

Mientras se daba credibilidad a la información y a las versiones ofrecidas por las autoridades de las repúblicas de Croacia o Bosnia-Herzegovina, se silenciaba completamente cualquier información que proviniera de Belgrado. Y la mayor parte de las veces no se decía nada acerca de los crímenes cometidos por croatas o bosnios, o en el mejor de los casos se mencionaban pero bajo términos como “operación militar”, etc.;  sin embargo se magnificaban, exageraban o incluso inventaban los crímenes cometidos por los serbios.

El famoso cerco de Vukovar se presentó a la opinión pública como una masacre llevada a cabo por los serbios. Sin embargo parece ser que los hechos fueron distintos a como se contó en un primer momento, y que ello únicamente formaba parte de una campaña de desinformación e intoxicación. Así pues, Vukovar estaba compuesto en su mayoría por serbios y musulmanes, pero la ciudad fue el teatro de operaciones de paramilitares croatas que, según Gregory Copley en la revista británica Defense and Foreign Affairs Strategy Policy, eliminaron físicamente a al menos mil serbios. Daniel S. Schiffer también viene a confirmar esta versión de los hechos.[55]

Asimismo, parece que los medios occidentales no se hicieron mucho eco de las invasiones croatas sobre territorio bosnio, ni tampoco de los crímenes que allí estaban cometiendo contra la población musulmana. Es interesante el artículo del miembro de la cámara de los comunes, David Faber, publicado en el Times de Londres:

 

“|…| Mientras que la gran mayoría de los serbios de Bosnia viven allí, a menudo combatiendo a pocos metros de sus casas, Croacia envió a Bosnia un ejército profesional… en realidad, una fuerza de invasión que, según algunos observadores cuenta con 65.000 hombres (incluidos los croatas de Bosnia). Han sido bien entrenados, están armados (esencialmente con material que viene de la Alemania del Este). La bandera croata ondea ahora sobre el 20% del territorio bosnio. A pesar de esta anexión brutal… sigue siendo inexplicable que Croacia no sea sancionada |…| Alemania se opuso a estas sanciones…”[56]

 

El propio Peter Brock señala en Foreign Policy:

 

“en la guerra civil yugoslava la prensa misma fabricó una gran parte de las malas noticias… El objetivo era claramente forzar a los gobiernos a intervenir militarmente”. “…Las empresas de relaciones públicas de Washington Rudder Finn y Hill & Knowlton Inc. fueron los primeros agentes que manipularon a la opinión pública, lanzando proclamas mediáticas y políticas y obteniendo centenares de miles, o puede que millones de dólares por representar los intereses de las Repúblicas hostiles –a veces dos de ellas a la vez”.[57]

 

Pero desde los EE.UU. también se llevó a cabo una campaña de desinformación cuyo origen se le ha atribuido a los servicios secretos que utilizaron las páginas del New York Times el 24 de enero de 1993 para revelar la existencia de 135 campos de concentración, la mayor parte bajo control de Belgrado, y en los que supuestamente había 70.000 detenidos. Rápidamente la prensa mundial se hizo eco de la noticia. Sin embargo, la Cruz Roja Internacional, diez días antes de que esa noticia saliera a la primera plana internacional, tenía la cifra de 2.557 prisioneros, de los que 1.333 habían sido detenidos por los serbios, y el resto por los musulmanes y croatas de Bosnia repartidos en 18 campos.[58]

También es importante el papel que los medios de comunicación occidentales han desarrollado con motivo de la guerra de Kosovo, y cómo se ha fabricado en la opinión pública la idea de que Serbia estaba llevando a cabo un genocidio contra la población albano-kosovar. En este caso concreto es llamativo ver cómo Alemania a nivel internacional condenaba un genocidio que a nivel interno, dentro de su administración, negaba que existiera. Acerca de esto son reseñables los extractos de los documentos secretos internos del ministerio de asuntos exteriores de Alemania publicados por el periódico Junge Welt el 24 de abril de 1999.[59]

 

4.2.2.1 Los medios españoles en la guerra de Yugoslavia

 

Los medios de comunicación españoles, en general, mantuvieron la misma línea que los demás periódicos y cadenas de televisión occidentales. Se dieron bastante cabida a los leit motivs de las propagandas eslovena, croata y bosnia musulmana. También es interesante observar cómo el periódico ABC, por aquella época dirigido por Luis María Ansón, hacía aparecer sistemáticamente el término “serbio” con el epíteto “comunista”.[60]

Fue precisamente el ABC el periódico que tomó partido de manera más activa contra los serbios, mientras los católicos croatas contaban con todas sus simpatías. El País, a su vez, también se mostró antiserbio pero incluyó críticas a los croatas, mientras que El Mundo pidió a sus enviados historias que buscaran el lado sensacionalista de las noticias. En cuanto a los periódicos catalanes la línea no fue muy diferente con claras muestras de simpatía hacia Eslovenia y Croacia. En general todos los periódicos veían con simpatía las independencias de las repúblicas balcánicas, y en lo que se refiere a las clasificaciones de los bandos enfrentados en un principio hablaron de fuerzas “secesionistas” en referencia a croatas y eslovenos, para posteriormente denominarlas “fuerzas croatas” o en su caso “ejército federal”.

Como el propio Alejandro Pizarroso destaca, los medios españoles fueron un instrumento más de la propaganda croata al centrarse en la destrucción del patrimonio histórico por las fuerzas militares de la federación, y también en los sufrimientos de la población civil. Además de esto se tendía a identificar a eslovenos y croatas con democracia, mientras que a los serbios se les identificaba con el comunismo. Un claro caso de toma de partido a favor de los croatas son las crónicas de Julio Fuentes en El Mundo en las que alababa a los “valientes soldados croatas” y no dudaba en soltar feroces ofensas contra la “brutalidad del Ejército Federal”. Un claro ejemplo:

 

“Muy pocos apuestan ya por Osijek, ni siquiera los valientes soldados croatas dispuestos a morir en su defensa [...]. Docenas de estos jóvenes y valerosos soldados mueren a diario defendiendo la ciudad”.[61]

 

Llegó a utilizar el término de “campos de concentración y exterminio” en alusión a los campos de prisioneros organizados por los serbios, y afirmó:

 

“Esta no es una crónica fechada en Auschwitz o Treblinka en el año 1945; sucede en Yugoslavia, a las puertas de Italia, en las navidades de 1991. Ahora el holocausto lo padece el pueblo croata”.[62]

 

Los medios de comunicación españoles tampoco dudaban en atribuirle las matanzas y los crímenes a los serbios, incluso antes de que la UNPROFOR se pronunciase sobre quiénes eran sus responsables. Como Alejandro Pizarroso señala, en la ofensiva croata sobre Krajina para los medios españoles los refugiados serbios no suscitaban la misma solidaridad que los croatas o los bosnios musulmanes. Así, por ejemplo Juan Carlos Sanz, enviado de El País, relató los acontecimientos como si se tratara de una operación militar limpia, exenta de pillaje y de actos bárbaros, y cuando hubo que hacer referencia a los refugiados serbios se enfatizó que habían sido los responsables de otras huidas masivas.[63]

Es importante decir que el caso del cerco de Sarajevo inundó las páginas de los periódicos españoles, pero ninguno de estos contaba con periodistas in situ, por lo que la información que obtenían era siempre de segunda mano. Sin embargo, la impresión que generaban en los lectores era como si realmente los periodistas hubieran presenciado lo ocurrido.

En términos generales los medios de comunicación españoles contribuyeron a la campaña de propaganda con la que se demonizó a los serbios, mientras que apenas se destacaron aspectos negativos de la actuación de los gobiernos croata o bosnio, y mucho menos se hicieron referencias a los crímenes cometidos por sus respectivas fuerzas militares y paramilitares.

 

4.3 Buenos y malos en el cine

 

La importancia del cine estriba en que contribuye a forjar una visión y una imagen del pasado, de la historia, que es reconstruida a través de sus producciones audiovisuales. El cine crea cultura pero también percepciones acerca del otro y no son pocos los ejemplos de cine propagandístico como fue El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, o El acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein. El carácter instrumental del cine para ponerlo al servicio de intencionalidades políticas ha sido bastante evidente en la historia, aunque en el caso occidental esto ha adquirido un carácter bastante más sutil y depurado con el paso del tiempo.

En cuanto al cine dedicado a los conflictos de los Balcanes existen dos aproximaciones diferentes desde el punto de vista occidental: aquellas que son protagonizadas por occidentales, periodistas o soldados, producciones de elevado coste y con la presencia de actores de relevancia internacional; y aquellas otras en las que el protagonismo suele recaer en ciudadanos de la ex-Yugoslavia, pero que son de menor presupuesto y tienen un carácter más bien intimista.[64]

Son, por tanto, muy habituales las películas protagonizadas por fotógrafos, periodistas o cámaras que fueron enviados a cubrir el conflicto, y que en ocasiones se basan en hechos y personajes reales, pero en otras se limitan a utilizar una base real como fondo para personajes ficticios. Pero lo que en general las caracteriza es la pérdida de perspectiva del contexto general en el que se produce el conflicto, además de la tendencia a hacer recaer las responsabilidades tanto de la guerra como de los crímenes exclusivamente sobre los serbios. Un ejemplo de esto lo podría constituir Welcome to Sarajevo de Michael Winterbottom.

En otras producciones, como Las flores de Harrison de Elie Chouraqui, los protagonistas son representantes de los medios de comunicación, y se centran en el horror de la guerra y sumen al espectador en la incomprensión al no ofrecerle ninguna explicación. Se llega a explicaciones irracionales acerca del conflicto, de manera que el motivo de que se maten unos a otros es porque están locos.

Generalmente este tipo de largometrajes, como ocurre en Behind enemy Lines de John Moore con la presencia de Gene Hackmann y Owen Wilson en el reparto, están repletos de acción pero no dudan en culpabilizar a los serbobosnios de masacrar a la población bosnia y con ello acusar a los serbios de cometer crímenes contra la humanidad. Asimismo, también se puede observar cómo se centran en las escenas de la violencia de la guerra, la muerte y la destrucción, lo que genera un fuerte impacto sobre las emociones de los espectadores y se aprovecha para manipular su percepción e imagen del otro, en este caso de los serbios al responsabilizarlos en exclusiva de los crímenes y de las guerras.

La visión estadounidense del conflicto de los Balcanes influyó de manera notable en la industria del cine, de manera que los serbobosnios aparecen como responsables de la guerra y de los crímenes, y los europeos como incapaces de establecer el orden y frenar la carnicería que se estaba produciendo.

En general la mayor parte de las producciones occidentales ofrecen una visión de los conflictos balcánicos que coincide con la que en su momento ofrecieron los medios de comunicación, y han contribuido a presentar a los serbios como los únicos culpables de la guerra hasta el punto de criminalizarlos por sistema. Es interesante reseñar el caso de la película Layer Cake: crimen organizado de Matthew Vaughn y que cuenta en su reparto con actores como Daniel Craig, Sienna Miller, George Harris, etc. En este largometraje una banda dedicada al narcotráfico roba un cargamento a un grupo de serbios criminales de guerra, buscados por la justicia internacional, que se financiaban a través de la producción de pastillas. En esta película se recalca la supuesta brutalidad de los serbios al reclamar el jefe de la organización que le trajeran la cabeza del responsable del robo. Sólo decir que finalmente se la llevaron.

Pero como se ve existe una tendencia general a criminalizar a los serbios, tanto en los medios de comunicación como en el cine, por lo que se crea una imagen del pueblo serbio que, además de no corresponderse con la realidad, sigue separando el mundo en buenos y malos. La cultura generada por el cine ha contribuido a asentar esa imagen creada por los medios de comunicación occidentales, y con ello a construir una realidad que se ajusta muy bien a los intereses de quienes sacaron provecho político, económico y militar de las guerras yugoslavas criminalizando a los serbios.

 

 

5. Conclusiones

 

Resulta evidente que los medios de comunicación occidentales han llevado a cabo una estrategia de manipulación de las noticias de los conflictos balcánicos, y que con ello han criminalizado al pueblo serbio en su conjunto. Mientras tanto se guardaba silencio acerca de los crímenes y masacres perpetradas por croatas y bosnios, se magnificaban las actuaciones de los serbios hasta el punto de atribuirles la autoría de crímenes que, o bien era dudosa que la responsabilidad fuera suya, o que directamente no los habían cometido.

La estrategia de comunicación e imagen llevada a cabo por los gobiernos croata y bosnio tuvo gran eco y repercusión, lo que ayudó a formar en el imaginario colectivo una serie de tópicos acerca de lo que allí estaba ocurriendo y a hacer creer que el conflicto era una disputa entre buenos y malos: croatas y bosnios eran los buenos, aliados de Occidente, defensores de la democracia y del multiculturalismo; y los serbios eran los malos, los criminales e invasores comunistas, representantes del neobarbarismo.

Asimismo, es evidente que la campaña mediática organizada por los gobiernos croata y bosnio tuvo no sólo la cobertura de los medios occidentales, sino también el apoyo explícito de otros muchos gobiernos del mundo, ya fuese a través de subvenciones o de cobertura política, militar, etc.

Se ha discutido también acerca de si los medios de comunicación fueron quienes influenciaron y condicionaron a los gobiernos para que se implicaran en el conflicto, o si por el contrario fueron los gobiernos de los países occidentales los que instrumentalizaron a los medios para justificar su intervención militar en la zona. Después de lo expuesto cabe pensar que todo respondía a una estrategia en la que determinadas potencias estaban interesadas en la intervención, y que para ello se ocuparon de crear las condiciones precisas a nivel mediático para contar con los suficientes pretextos para justificar una acción exterior y contar con el apoyo de la opinión pública.

Por otra parte se ha podido demostrar la existencia de causas de orden espacial en la configuración de los intereses de las potencias, y más concretamente en la conformación de diferentes formas de civilización. Así pues, en Europa, a raíz de la separación del Imperio Romano y, posteriormente, también de la Iglesia cristiana, se produciría la formación de dos polos de poder político y civilizacional opuestos: por un lado la civilización ortodoxa y por otro el universo católico-occidental.

La geopolítica, como instrumento de análisis, permite estudiar esa relación entre el medio geográfico, los intereses de las potencias y su proyección internacional con el diseño de una política exterior que responda a esos intereses. En este sentido se aprecia la importancia estratégica y geopolítica de los Balcanes occidentales como punto de fricción y encuentro entre dos mundos, entre dos tipos de civilización. Debido a esto, los Balcanes han sido una región que históricamente ha estado sometida a la permanente influencia de potencias exteriores.

En otro lugar no menos importante se encuentra la posición central que ocupa Alemania a nivel geográfico y cómo ello ha contribuido a generar una imagen del mundo con la que ha definido sus intereses. Esto ha servido, a su vez, para trazar las grandes líneas de su política exterior. La idea de Mitteleuropa, la hegemonía germana sobre Europa central y consecuentemente sobre los Balcanes occidentales para alcanzar, así, la hegemonía sobre el conjunto del continente, guarda estrecha relación con las teorías geopolíticas expresadas en su momento por Mackinder, según las cuales el control de Europa central permite el acceso al heartland, y con ello el dominio de Eurasia (a este respecto es significativa la creciente presencia de intereses alemanes en Asia central, tanto a través de empresas como a nivel diplomático, sin tampoco olvidar que hay una importante presencia de minorías alemanas en la región).

Pero tampoco hay que desdeñar la subordinación y vinculación histórica de los intereses alemanes a la estrategia de los EE.UU., sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. Para confirmar todo esto basta con analizar las principales tesis del principal geopolítico norteamericano Zbigniew Brzezinski. Alemania, en la medida en que su relación con los Estados Unidos ha sido crucial para su seguridad, se ha convertido en el principal apoyo de los americanos en el continente.[65] Por este motivo el papel de Europa queda reducido a Alemania, lo que entra dentro de los intereses norteamericanos de hegemonía mundial:

 

“Europa sirve también de trampolín para la progresiva expansión de la democracia en Eurasia. La expansión europea hacia el este consolidaría la victoria democrática de los noventa. Equipararía, en el plano político y económico, el ámbito esencialmente civilizacional de Europa –lo que ha sido llamado la Europa Petrina- tal como está definido por la antigua herencia religiosa común europea derivada del cristianismo de rito occidental”.[66]

 

Esto viene a confirmar las relaciones de oposición en términos civilizacionales entre el universo católico-occidental y el ortodoxo-oriental. Así pues, y a la vista de los intereses económicos de Alemania en algunas de las repúblicas balcánicas, se entiende que la estrategia llevada a cabo buscara la intervención militar en la región, para lo que los medios de comunicación crearon un contexto favorable criminalizando al pueblo serbio con lo que se consiguió convencer a la opinión pública. Se puede decir que aquí se encuentra el origen de lo que más tarde se denominarían guerras humanitarias, como el caso de Kosovo, para lo que pasaría a emplearse la defensa de los derechos humanos como principal argumento para justificar intervenciones militares.

Finalmente, hay que resaltar el papel, nada despreciable, desempeñado por el Vaticano en la medida en que la Iglesia católica opera como el principal símbolo de la superestructura espiritual del mundo occidental, pues ha conferido una particular legitimidad al proceso de agresión y expansión de ese mundo sobre la civilización ortodoxa-oriental.


[1] Balcanes occidentales, concepto acuñado en su momento por el Consejo Europeo, comprende los países de la antigua Yugoslavia menos Eslovenia más Albania. Es decir, se trata de la región que integra las repúblicas de Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro, Albania y Macedonia.

[2] Gallois, Pierre M., Geopolítica. Los caminos del poder, Madrid, Estado Mayor del Ejército, 1992, p. 48

[3] Faye, Guillaume y Otros, Pequeño léxico del militante europeo, Valencia, Colección Iskander, 1996, pp. 30-35

[4] García Picazo, Paloma, Teoría breve de relaciones internacionales, Madrid, Tecnos, 2006, p. 233

[5] Schmitt, Carl, Tierra y Mar, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1952, p. 7

[6] Gallois, Pierre M., Op. Cit., N. 2, p. 126

[7] Vicens Vives, Jaime, Tratado general de geopolítica, Barcelona, Vicens Vives, 1981, p. 109

[8] Ibídem, p. 109

[9] Prlja, Birljana, “La seguridad y los Balcanes occidentales: ¿conceptos autoexcluyentes?” en Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas Nº 2, Vol. 4, 2005, p. 262

[10] Atencio, Jorge E., Qué es la geopolítica, Buenos Aires, Pleamar, 1982, 367-378

[11] Duguin, Alexander, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, p. 51

[12] Ibídem, p. 51

[13] Niekisch, Ernst, Este y Oeste y otros textos nacional-bolcheviques, Barcelona, Ediciones Nueva República, 2008, p. 31

[14] Indjic, Trivo, “Nacionalismos en Yugoslavia: antecedentes y problemas actuales” en Investigaciones Históricas: Época moderna y contemporánea Nº 13, 1993, pp. 35-43

[15] Hay que destacar dos puntos fundamentales después de todo lo dicho anteriormente con respecto a las relaciones entre autoridad espiritual y poder temporal en el universo ortodoxo. Primero, en el caso serbio la creación del primer Estado de los serbios está íntimamente unido a la ortodoxia, pues tanto Stefan Nemanja como su hijo San Sava, los artífices del Estado serbio, son considerados los fundadores de la Iglesia ortodoxa serbia. Segundo, la Iglesia ortodoxa canonizaba a los monarcas serbios, con lo que confirmaba el poder temporal de la dinastía, y al santificar al monarca también otorgaba santidad al Estado mismo, el cual recibía una legitimidad divina. Ver en Milosevich, Mira, Los tristes y los héroes. Historia de nacionalistas serbios, Madrid, Espasa, 2000, pp. 69-74

[16] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Barcelona, Paidós, 2003, p. 47

[17] Girón, José, “Los Balcanes: del Congreso de Berlín al nacimiento de Yugoslavia (1878-1918)” en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea Nº 22, 2002, p. 240

[18] Sánchez González, Ángel, “La agresión a Yugoslavia, una más en la estrategia de las grandes potencias por el control de los Balcanes a lo largo de la historia” en Utopías Nº 183, 2000, pp. 116-118

[19] Ibídem, p. 118

[21] La mayor parte de la economía yugoslava se encontraba en manos de capital extranjero, de lo que son un claro ejemplo la relación de sectores que a continuación reseñamos: minas 78%, metalurgia 91%, vidrio y cerámica 28%, madera 51%, papel e impresión 15%, química 73%, textil 61%, alimentación 27%, hidroelectricidad 43%, otros 41%. Extraído de Sánchez González, Ángel, Op. Cit., N. 18, p. 118

[22] Pajovic, Slobodan S., “Los Balcanes en el siglo XX: Un gran desafío para Europa” en VV.AA., Pueblos, naciones y estados en la historia, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1994, p. 141

[23] Fernández Riquelme, Sergio, “Historia y literatura, disciplinas complementarias e instrumentos del discurso político: el caso del nacionalismo serbio” en Hispania Nº 230, Vol. 68, 2008, p. 794

[24] Pajovic, Slobodan, Op. Cit., N. 22, pp. 144-145

[25] Féron, Bernard, Yugoslavia, orígenes de un conflicto, Barcelona, Salvat, 1995, p. 56

[26] Lechado, José Carlos y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos. Una introducción, Madrid, Fundamentos, 1995, p. 44

[27] Veiga, Francisco, La trampa balcánica, Barcelona, Grijalbo, 1995, p. 251

[28] Sánchez González, Ángel, La agresión a Yugoslavia…, Op. Cit., N. 18, pp. 120-121

[29] Féron, Bernard, Op. Cit., N. 25, pp. 61 y 63

[30] Ibídem, p. 55

[31] Brzezinski, Zbigniew, Op. Cit., N. 16, p. 72

[32] Sánchez González, Ángel, La agresión a Yugoslavia…, Op. Cit., N. 18, p. 119

[33] Ibídem, p. 119

[34] Ibídem, p. 121

[35] Ibídem, p. 121

[36] Taibo, Carlos, La desintegración de Yugoslavia, Madrid, Catarata, 2000, p. 59

[37] Pizarroso Quintero, Alejandro, Nuevas guerras, vieja propaganda (de Vietnam a Irak), Madrid, Cátedra, 2005, p. 181

[38] Gallois, Pierre M., “Una actividad lucrativa: la “desinformación”” en África América Latina Cuadernos Nº 34, 1999, p. 42

[39] Pizarroso Quintero, Alejandro, Op. Cit., N. 36, p. 187

[40] Gallois, Pierre M, Op. Cit., N. 38, p. 43

[41] González San Ruperto, Marta, Las guerras de la ex–Yugoslavia: información y propaganda, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2001, p. 297

[42] Ibídem, pp. 196-201

[43] Ibídem, pp. 309-310

[44] Ibídem, p. 311

[45] Ibídem, pp. 311-312

[46] Ibídem, p. 312

[47] Gallois, Pierre M., Una actividad lucrativa…, Op. Cit., N. 38, p. 55

[48] Pizarroso Quintero, Alejandro, Nuevas guerras…, Op. Cit., N. 39, p. 179

[49] Ibídem, p. 192

[50] Gallois, Pierre M., Una actividad lucrativa…, Op. Cit., N. 38, p. 46

[51] Ibídem, pp. 44-45 y 54

[52] Pizarroso Quintero, Alejandro, Nuevas guerras…, Op. Cit., N. 39, p. 193

[53] Gallois, Pierre M., Una actividad lucrativa…, Op. Cit., N. 38, p. 53 y en González San Ruperto, Marta, Op. Cit., N. 41, p. 311

[54] Gallois, Pierre M., Una actividad lucrativa…, Op. Cit., N. 38, p. 45

[55] Ibídem, p. 47

[56] Ibídem, p. 50

[57] Ibídem, p. 52

[58] Ibídem, p. 44

[59] Estulin, Daniel, Los secretos del club Bilderberg, Barcelona, Bronce, 2006, pp. 100-103

[60] Pizarroso Quintero, Alejandro, Nuevas guerras…, Op. Cit., N. 39, p. 182

[61] Ibídem, p. 183

[62] Ibídem, p. 183

[63] Ibídem, p. 211

[64] González San Ruperto, Marta, “La desintegración de Yugoslavia a través del cine. La versión occidental y la balcánica” en Capellán de Miguel, Gonzalo y Julio Pérez Serrano (Ed.), Sociedad de masas, medios de comunicación y opinión pública, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2008, Vol. 1, p. 311

[65] Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero…, Op. Cit., N. 16, p. 69

[66] Ibídem, p. 65

Posted by Emboscado at 10:28:03 | Permalink | No Comments »

Friday, May 1, 2009

EL FINANCIARISMO, ESTADIO SUPREMO DEL CAPITALISMO por Alexandr Duguin


Aparecido en Elementy Nº 11

¿En qué sistema de coordenadas hay que examinar el fenómeno del “financiarismo”?

¿El capitalismo financiero representa una variante casual de la sustancia común al desarrollo de sistema capitalista? ¿O quizás y al contrario sea la extrema encarnación de todo su proceso lógico, su triunfo?

La respuesta a esta cuestión no se encuentra en los clásicos del pensamiento económico, dado que su horizonte estaba limitado a la fase industrial del desarrollo capitalista, tendencia general de la época en la cual (sobre todo los marxistas) indagaron de modo correcto y completo. La sociedad posindustrial constituye, en muchos aspectos, una realidad oscura; para su estudio no existen clásicos reconocidos, si bien muchos autores han profundizado ampliamente en este fenómeno.

Ahora bien, comprender el “financiarismo” es a nosotros a quien corresponde, nos plazca o no.

Prepararse para un examen adecuado del tema requiere una perspectiva histórica del paradigma económico, observando el fenómeno del “financiarismo” no simplemente desde un punto de vista de la cronología cuantitativa, sino también desde el punto de vista de la relevancia cualitativa de este fenómeno en el contexto general del desarrollo de los modelos económicos.

Pero es aquí, en el estadio cero de impostación del problema, donde encontramos una incertidumbre, incertidumbre en cuanto al correcto cuadro de análisis. ¿Existe una única historia de la economía? Y si existe tal única historia, ¿tiene una (o varias) versión(es) alternativa(s)? Esta historia única de la economía es la reconocida como tal por las posiciones liberales (el capitalismo es la expresión del más moderno y progresivo paradigma de la economía) como por las posiciones marxistas (el socialismo es la superación del capitalismo, por lo tanto la expresión del más moderno y progresivo paradigma de la economía). Pero nosotros intentaremos tomar otra dirección (formularemos “heterodoxia económica”), la cual no evaluará el paradigma económico según esta tosca fórmula (progresivo-no progresivo), como hacen los economistas clásicos. Esta escuela económica de la “tercera vía” (que he expuesto ampliamente en la colección de ensayos “Colección Económica-Filosófica”) (1), a pesar de contar en sus filas con economistas y filósofos de gran altura, continúa permaneciendo marginal.

Valoración problemática del financiarismo en la óptima marxista

Los eventos de los últimos diez años han supuesto un suceso particular en la línea histórica de la economía liberal. Fue en la corriente del pensamiento económico y filosófico liberal donde nacieron las primeras teorías de la sociedad posindustrial. El pensamiento marxista adolece de una incapacidad para escapar de los confines del paradigma industrial, y el drama del derrumbe del sistema soviético adquiere en la historia de esta falla conceptual acentos inequívocos.

El sistema liberal ha sabido:

- Eludir las revoluciones socialistas.

- Disolver el proletariado.

- Prevenir su consolidación en un partido revolucionario activo sobre la escala mundial

- Vencer en la guerra ideológica contra el campo marxista.

Bajo estos aspectos, el modelo liberal ha terminado por superar la amenaza del marxismo.

Otra cosa es que, desde unas posiciones de ventaja táctica, sepamos qué hacer con esta importantísima conclusión conceptual. Reconocemos que para ciertos grupos con determinadas concepciones del mundo, esta conclusión será aceptada sólo con muchísima dificultad, y que el mismo pensamiento de tal generalización parecerá ofensivo a más de uno. Más aún, una gran cantidad de factores aceptados por o vecinos a tal pensamiento, pero que son propios del paradigma liberal –y por lo tanto de su capitalismo consecuente- son los que constituyen el paradigma económico que encarna en sí el mismo espíritu del mundo moderno. El liberal-capitalismo se ha revelado como el único régimen actual económico, que inclusive incluiría al mismo marxismo (y a otros modelos de la “tercera vía”).

Y de ser esto así, entonces, los sistemas socialistas-marxistas deben ser descifrados a posteriori no como menos adecuados, pues ostentan también el moderno paradigma de la economía. Todo es mucho más complejo: la orientación anticapitalista y las premisas filosóficas que se encuentran en los mismos fundamentos del modelo económico del socialismo marxista, en estos momentos se hacen visibles bajo una especie de tendencias relativamente antimodernas a la economía, y no sólo respecto a la economía. No son un callejón sin salida, sino el último combate (velado, estilizado exteriormente bajo la “modernidad”) del paradigma antimoderno de una visión del mundo que se expresa en la historia y en la praxis económica (2).

Hoy, las posiciones marxistas valen menos que un dos de picas: no solo (no tan solo) las previsiones de Marx sobre la transición del Occidente industrializado al socialismo no se han realizado, no sólo se han realizado en el Oriente del modo agrario-asiático de producción, sino que también se ha barrido con el último argumento del hecho de la existencia del marxismo (y del marxismo victorioso, realizado como acto voluntarista, el marxismo blanquista, leninista) en vastos sectores del planeta.

En esta situación, ¿cómo predicar que el marxismo constituye un fenómeno más “progresivo”, en su significado tradicional del curso de la historia mundial (la socorrida “necesidad histórica”), una vez vistas sus direcciones reales? No, no es posible. La propia óptica histórica marxista fracasa en cuanto que el socialismo constituye en verdad el resultado de un esfuerzo general resuelto, el producto no del curso objetivo de la historia, sino precisamente de la insurrección contra ese “curso objetivo”, es fruto de una insurrección heroica, de un acto de heroísmo psicológico moral, en el cual la tensión máxima fundió en un abrazo a las élites revolucionarias y a las masas de las naciones. La especificidad geográfica y cultural de los países donde venció el socialismo es inexplicable desde la ortodoxia marxista, y también es inexplicable desde la mera casualidad. La geopolítica corrige a la economía política (3).

El socialismo venció en los países de Oriente adversarios a las orientaciones y a las prioridades occidentales en los planos cultural, histórico, étnico y religioso. El mesianismo escatológico eurasista ruso (y “hebreo heterodoxo”) de los comisarios se reveló pronto un argumento más poderoso que las abstracciones de Marx sobre la economía política. El universalismo marxista nunca se demostró una idea-fuerza válida, e incluso el marxismo como medio lingüístico-conceptual no ha podido levantarse de entre las ruinas del Imperio Soviético.

Toda tentativa de descifrar hoy en día el fenómeno del “financiarismo” desde una óptica marxista ortodoxa es un empeño notoriamente infructuoso, porque esa misma ortodoxia se ha destruido. Así es que preliminarmente se nos presenta la tarea de superar un desafío más serio: una explicación marxista no contradictoria de las paradojas del siglo XX y sobre todo del destino trágico del socialismo marxista en su último decenio. Pero nos parece que esto no es posible, porque tal explicación ya no sería marxista…

A la inversa, el liberalismo ha tenido las bases para analizar el fenómeno del “financiarismo” según su óptica personal. El movimiento hacia una economía puramente financiera sería en este caso un estadio más moderno y más “progresivo”. En la medida en que el mismo capitalismo es moderno y “progresivo”, más “progresivo” y “moderno” es el financiarismo.

“Dominio real del Capital”

El liberalismo ha asimilado de la visión del mundo socialista (y en concreto del marxismo) todo lo que desde un punto de vista paradigmático no ha contradecido los fundamentos de la lógica capitalista, y ha destruido sus formas remanentes –en efecto rigurosamente alternativas- al término de una guerra ideológica, económica y geopolítica.

La fase de desarrollo posindustrial del capitalismo, cuando propiamente transita al estadio de economía puramente financiera, coincide con la fase de globalización y totalización del mismo paradigma liberal. El financiarismo es un módulo de estadio del desarrollo del paradigma capitalista. Y por otra parte es un módulo ligado a las transformaciones de este paradigma en todo lo que no tiene alternativa. El financiarismo es un límite lógico, hacia el cual es atraído el desarrollo más autosuficiente del capital.

Marx (en el libro VI inédito de “El Capital”) ha descrito esto como un ciclo posible del “dominio real del capital”, que sobreviene cuando en la precedente fase del “dominio formal” el sujeto proletario alternativo, revolucionario, no ha vencido en la batalla. Este tema marxiano de la no-predeterminación, de espera al éxito final de la batalla mundial entre Trabajo y Capital, siempre ha sido considerado como el foco-madre de todos los marxismos ortodoxos (7).

Así es como surge la idea de colocar al “financiarismo” en la zona escatológica de la historia económica del desarrollo capitalista. Tal acercamiento sería perfectamente correcto desde el punto de vista de las principales tendencias del desarrollo capitalista, que consisten en el progresar de la alienación. Al inicio existe la alienación de los resultados del trabajo respecto a los productores, seguida de la alienación de la plusvalía, seguida de la alienación de toda la esfera de la producción del sistema de crédito bancario, finalizando en la traducción de toda la economía en el modo de la especulación financiera virtual.

Liberalismo como alienación, “progreso” como decadencia

El financiarismo corona la lógica del capitalismo y representa en sí el último (supremo) estadio de la alienación

En tal proceso de alienación total se muestra propia y claramente el curso natural del desarrollo histórico desde la óptica de la sociedad tradicional. Pero en la Tradición surge constantemente el tema de los héroes, de los profetas y de los salvadores que resisten contra la entropía histórica, contra la gravitación de lo existente (y en cierto sentido a tal insurgencia “pre-escatológica” pueden añadirse como miembros de pleno derecho Marx y su doctrina). Pero tarde o temprano también estas iniciativas caen bajo las máquinas del destino, agravándose entonces las condiciones apocalípticas.

Este punto de vista tradicionalista presenta el “progreso”, el “curso natural del tiempo”, la “modernidad”, como destino en cuanto que mal, como caducidad, como inercia de una masa pesada, consecuente desgaste del ser. Para los tradicionalistas, la historia es alienación.

La historia de la civilización es vista como alienación en Rousseau (el “buen salvaje”, corrompido por la sociedad), en Hegel (“alienación de la Idea Absoluta”) y en Marx (“distanciamiento del comunismo primitivo”)

Las revueltas planificadas (“democracia correcta” en Rousseau, “Estado Prusiano” en Hegel, “Revolución Mundial” en Marx) no intentan sino detener la inercia de la historia. Así, el “fin del mundo” (según los cristianos, como evento ontológicamente afirmativo) vendrá después de la era del Anticristo. Y la llegada del Anticristo se reconoce como el signo cierto de la Segunda Venida. Pero esto, naturalmente, no significa que la noticia de la proximidad de la Segunda Venida sea difundida por el “príncipe de este mundo”. Alcanzado el máximo de alienación, significa que ésta llega a su límite, que este proceso mortal será erradicado de la mano derecha que se sostiene en el principio trascendental.

Economía financiera y dialéctica del mal

El liberalismo es la tendencia natural del desarrollo de la “filosofía de la economía” vuelta autónoma, desatada de todas las estructuras sociales de valores en su encarnación cualitativamente moderna. El financiarismo representa en sí la cumbre del desarrollo de la economía moderna. O sea, la constancia del status quo.

Cuestión diferente es la valoración del “financiarismo”, y más en general de la completa línea de desarrollo económico liberal-capitalista. Si el “financiarismo” (“dominio real del capital”) se muestra ante nosotros con tintes oscuros, entonces nosotros (consecuente o inconsecuentemente) nos encontramos en una plataforma alternativa al espíritu de la modernidad. Y ello implica que (consciente o inconscientemente) no nos adherimos a los discursos sobre el “progreso”, ni sobre el “curso natural de la historia” (comprendida la historia económica), implica que consideramos inmoral la entropía histórica y que deseamos oponernos a ella. Y en tal caso, lo consecuente es revolverse –de forma voluntarista, leninísticamente- no sólo contra todo ese arsenal de puntos de vista “financieros” sobre la economía, sino contra todos los modelos económicos modernos o antimodernos que no se fundamenten en “lo heroico” (según el término de Werner Sombart), en el impulso a la superación del malvado curso del mundo contemporáneo. En palabras de Evola: “No es el valor de un sistema económico o de otro lo que hay que cuestionar, sino de la misma economía en sí”.

El “financiarismo” no es un problema mecánico, una desviación del paradigma económico del capitalismo, sino una etapa normal de su desarrollo, la etapa de su triunfo mundial.

El lamentarse del hecho que los volúmenes de la especulación financiera de las bolsas mundiales superen en mucho los balances de los países desarrollados, o que las transferencias ficticias de capitales por las redes bursátiles internáuticas impiden el desarrollo de los sectores productivos, desviando a los inversores hacia las esferas de la economía ilusoria, es estúpido además de irresponsable. La alienación de la finanzas de la esfera productiva, la virtualización de la sustancia económica es el cumplimiento final del desarrollo capitalista.

El indemostrable imperativo de la revolución

Podríamos decirnos completamente de acuerdo con aquellos pronósticos catastróficos que vienen siendo hechos a propósito de tales tendencias éticas por analistas imparciales. Efectivamente, el crecimiento de la economía virtual ha dañado los sectores reales de la producción y amenaza con la catástrofe económica. El elemento de información de la sociedad posmoderna aspira a sustituir definitivamente a la realidad, remplazándola por la ilusión de los sistemas operativos. Y en un cierto momento esto será fatal.

Pero esto, según la óptica de las sociedades tradicionales (y de otras doctrinas antiliberales), es la lógica absoluta de todo proceso inmanente en el cual no intervengan (bien porque no quieran bien porque no puedan) principios trascendentes. El capital (como máxima alienación, como total reducción al principio material cuantitativo) hace ya mucho tiempo que aspira a ser el sujeto único de la historia humana. Con el “financiarismo” lo ha conseguido. En su representación ha vencido mucho más fácilmente que en el original. La economía ficticia virtual se ha sobrepuesto al mismo principio de la realidad económica, así como la realidad de la economía se sobrepuso a su ontología (pues según su propia ontología, la economía no podía ser independiente, se derivaba por necesidad de formas supraeconómicas, metafísicas y sociales)

Cualquier antítesis al “financiarismo” (también las teóricas) no puede manifestarse desde los precedentes del desarrollo del capitalismo.

La economía es también una lengua, y en esta lengua es posible formular cualquier mensaje. El modelo liberal de economía (“economicismo”) es el mensaje del triunfo de la alienación y de la entropía, de la atomización del conjunto social, político, cultural e histórico. Este es el mensaje del “espíritu de la modernidad”, el mensaje del iluminismo. Tanto los “izquierdistas” (democráticos radicales, rousseanianos, comunistas) y los “derechistas” (fundamentalistas, tradicionalistas, integristas) hace ya tiempo que descifraron las novelas liberales (en los filósofos John Locke, Jeremy Bentham, John Mill y en los economistas Adam Smith y David Ricardo) como encarnación del mal en el mundo, como disolución de toda esencia orgánica. Este es el espíritu funesto de la modernidad, fundado sobre el “exilio de los dioses” (Heidegger), sobre la “muerte de Dios” (Nietzsche), sobre el “desarraigo” (Marx).

El “financiarismo” no es nada esencialmente nuevo, sino el liberal-capitalismo en su forma más pura. Es la “modernidad” completamente victoriosa (y vencedora) sobre sus antítesis.

Por ello, el disenso en los márgenes del “financiarismo” a escala nacional o planetaria no es posible sin una revolución global de la conciencia, sin una revisión total de todas las ideologías antiliberales, sin la formulación de una nueva Alternativa integral, una Alternativa que no se dirija a los resultados (el mismo “financiarismo”) sino que se enfrente a sus causas (el capitalismo, el liberalismo, el espíritu moderno).

Es impensable concebir una alternativa desde las esferas simplemente económicas. La Alternativa deberá ser trascendente respecto a todos los discursos modernos, a todos los lenguajes de la modernidad. Y sólo después, cuando se haya forjado el paradigma filosófico global de la Revolución Final, la Alternativa podrá ser revestida de una forma económica, como método pragmático de exposición de un imperativo trascendente, inductivamente indemostrable y empíricamente no-evidente.

Esta es la función de los “nuevos profetas”, de los “nuevos salvadores”, de los “nuevos héroes”.

El antifinanciarismo debe ser el nivel superficial de una más profunda y radical lucha contra el capitalismo y el liberalismo, lucha que pide la exigencia de no derivarse de intereses pragmáticos, sino de la dignidad de la especie humana, especie que ha clamado demasiado en el abismo del mundo desencantado y de la muerte de Dios, especie que no nació para perpetuar el nihilismo, sino para reconocerse en una elevada ontología, en la sacralidad, la justicia, la fraternidad, la libertad y la inigualdad.

Notas

  1. Publicada en “Elementy”, números 5 al 9; también se encuentra publicada en el almanaque “El Ángel deseado“. No tenemos constancia de traducción al español.
  2. Ver, Alexandr Duguin, “Los paradigmas del fin”, en Elementy, nº 9
  3. Ver, Alexandr Duguin, “Los paradigmas del fin”.
  4. Ver, Jean-Marc Vivens, “Del dominio formal del Capital a su dominio real”, en Elementy nº 7
Posted by Emboscado at 12:21:19 | Permalink | No Comments »

Monday, April 6, 2009

GLOBALIZACIÓN Y SOCIEDAD CIVIL: UNA CRÍTICA


La globalización ha hecho más difícil la distinción entre lo nacional y lo internacional, entre lo interno y lo externo, parámetros de la realidad política internacional que se han ido difuminando tras el fin de la guerra fría. Sin embargo, confundir la existencia de redes transnacionales que operan más allá de las fronteras de los Estados, incluso más allá de su control, con la formación de una sociedad global es bastante ilusorio.

La noción moderna de sociedad civil se sitúa en los siglos XVII y XVIII, ligada a las teorías de los derechos del individuo y a la idea del contrato social. La sociedad civil era concebida como el resultado de la reunión de individuos en torno a un contrato social cuyo contenido manifestaba el imperio de la ley y la existencia de un Estado sujeto también a la ley. Se trataba, en definitiva, de la formación de una sociedad gobernada por normas que tenían como base el consentimiento de los individuos.

Este punto de vista que contraponía la sociedad civil al estado de naturaleza no deja de ser una ficción teórica de la ideología liberal, pues la transición del ancien régime al nuevo orden social que originaron las revoluciones burguesas no respondía más que a la lógica de la lucha de clases por la que la burguesía emergente, en aquel entonces sometida a una fuerte fiscalización por parte del Estado, quería liberarse de las limitaciones que impedían la expansión del mercado y la acumulación de capitales. Para todo esto era preciso la formación de un mercado nacional y con ello romper en el mundo del comercio y del trabajo con los viejos vínculos del antiguo régimen, como eran las corporaciones, para dar paso al individualismo y a la formación de una sociedad civil.

Hegel estableció la identificación de la sociedad civil con la economía en la que el Estado haría de mediador para resolver los conflictos en la sociedad civil. Por otra parte, en el s. XX la sociedad civil fue reducida a las formas de interacción social independientes tanto del Estado como del mercado. En este sentido cobraron importancia los planteamientos de Antonio Gramsci, según el cual la historia la componen las luchas ideológicas y culturales, lo que desde este prisma le permitió elaborar una distinción entre coerción y consentimiento.

La identificación de la sociedad civil con las organizaciones intermedias, tal y como lo explicaba Hegel, hace posible la conciliación entre lo particular y lo universal, por lo que el individuo puede así convertirse en un actor en la arena pública. Estas organizaciones agruparían a los individuos según sus afinidades profesionales, intereses, etc., convirtiéndose en el medio en el que se haría posible un consenso para negociar el contrato social.

Con el devenir histórico y el desarrollo del Estado-nación unido a la cada vez mayor demanda de derechos, tanto civiles como políticos, y la extensión de la democracia a las masas populares, se produjo una creciente diferenciación entre la sociedad civil y el Estado. La reinvención de la sociedad civil ha sido contemplada, especialmente en la segunda mitad del s. XX como una reacción al Estado sobreprotector, lo que ha venido a poner el énfasis en la creación de espacios autónomos y en la retirada del Estado de determinados ámbitos. Este punto de vista que en principio podría favorecer la participación de la sociedad de forma más o menos directa en la toma de decisiones a través de su autoorganización, en cierto modo únicamente encubre las reminiscencias de un discurso de desmantelación del Estado tan caro al liberalismo. El Estado, como expresión de la voluntad de una sociedad constituye una herramienta para la satisfacción de sus necesidades y la gestión de sus problemas, su progresiva desmantelación a favor del establecimiento de espacios autónomos contribuye a que la regulación, antes ejercida por el poder público, se vea sustituida por las leyes de mercado de un espacio que no se encuentra sometido al control.

Sin embargo, con las transformaciones que se han producido a finales del siglo XX, y más en concreto con la globalización, se ha dado una desterritorialización de la sociedad civil que, en gran medida, ha puesto fin a la distinción entre “nosotros” y “el Otro”. Si hasta finales del s. XX los Estados-nación habían constituido el marco político referencial que constreñía el medio de acción de la sociedad civil, con la globalización y la progresiva apertura que ha establecido a través de la cesión de parcelas de soberanía por parte de los Estados, se han difuminado los límites de antaño y vuelto más confusa la distinción del “nosotros” y “el Otro”.

Por otro lado, el final de la guerra fría supuso, también, el final de las guerras modernas entendidas como guerras entre Estados o grupos de Estados en las que el objetivo, tal y como lo explicara Clausewitz en su momento, era “forzar a un enemigo a que cumpliera nuestra voluntad”. Desde entonces han surgido diferentes tipos de guerras que dada su aparente novedad han adoptado diferentes denominaciones.

La “guerra en red”, por ejemplo, podría caracterizarse como redes armadas de actores estatales y no estatales en las que se incluyen grupos paramilitares organizados por líderes carismáticos, señores de la guerra, voluntarios, organizaciones criminales, mercenarios, etc. Este tipo de nuevas guerras suelen ser de carácter interno y se diferencian de las tradicionales guerras entre Estados. En ellas juegan un papel importante las diásporas, ya sean lejanas como pudiera ser el caso de los palestinos, o vecinas como los serbios en Croacia y Bosnia. Asimismo, en este tipo de guerras se ven involucrados una gran cantidad de diferentes actores internacionales y suelen concentrarse en lugares donde el Estado moderno se está descomponiendo, donde las distinciones entre lo interno y lo externo, lo público y lo privado, han perdido el sentido usual. Se producen, por tanto, en lugares donde el Estado no tiene el control sobre todo su territorio y donde no cuenta con el absoluto monopolio legítimo de la violencia organizada.

Se podría afirmar que allí donde se producen las nuevas guerras se da un proceso inverso a la formación de los Estados modernos con un deterioro de la administración pública, privatizaciones, colapso, etc. Además de esto las coaliciones que existen en este tipo de guerras son laxas y horizontales, por lo que la presencia de un discurso común genera un papel organizador destacable.

Este tipo de guerra constituye, también, una forma de movilización política, de manera que la propia movilización se convierte en el objetivo del esfuerzo bélico ya que la violencia no se dirige tanto hacia el enemigo como hacia la extensión de la propia red que articula la guerra. Es interesante destacar que ya Ernst Jünger puso de relieve el carácter movilizador de la guerra y más en particular de la aplicación de la técnica al esfuerzo bélico, ello queda reflejado en sus obras Tempestades de Acero y El Trabajador.

Aunque en ocasiones pueda existir algún tipo de discurso común, en una gran cantidad de casos y a veces dado su carácter endeble no son más que formas de encubrir intereses particulares, normalmente económicos, para justificar determinadas acciones violentas. Juntamente con esto también es importante destacar la implicación que puedan tener poderes externos en los conflictos armados, ya que suelen reflejar la relación de fuerzas y las luchas por el poder que a nivel internacional se dan entre las distintas potencias. Así pues, todo esto tiende a reflejarse con el apoyo de diferentes facciones en un mismo conflicto, el suministro de materiales, respaldo político, etc.

Las guerras, por su propia naturaleza, son caras y requieren alternativas de financiación que muy a menudo se basan en la extorsión. Los robos y saqueos, el comercio ilegal de drogas, el tráfico de armas, alcohol y tabaco, la ayuda de países, etc., forman parte de las distintas formas que existen de financiar la guerra. Las actividades económicas que se generan en una guerra son de carácter informal o sumergida, lo que no impide identificar este fenómeno como la actividad central de la economía global sumergida, una economía internacional criminal.

En otro lugar se encuentra la “guerra espectáculo” que suele consistir en una guerra a larga a distancia con el empleo de tecnología sofisticada como aviones ultramodernos o misiles guiados para evitar bajas en las filas propias, o el empleo de organizaciones armadas (UÇK, Alianza del Norte, etc…). En este tipo de guerras confluyen diferentes intereses como pueden ser las necesidades de los científicos, las empresas que proveen de la infraestructura y el poder militar, los ingenieros, etc. Se trata de un tipo de guerra que ha llevado a cabo principalmente los EE.UU. y que ha hecho posible la continuidad de la guerra imaginaria característica de la guerra fría desde la perspectiva estadounidense.

Si con anterioridad la aplicación de la tecnología a la guerra perseguía maximizar las bajas del enemigo en la actualidad la lógica se ha invertido, sin que por ello hayan perdido capacidad ofensiva y destructiva las nuevas armas desarrolladas. En este sentido lo que se persigue es una guerra sin bajas a través de armas cada vez más precisas que, sin embargo, no impiden que existan errores o “daños colaterales” que produzcan bajas en la población civil.

La “guerra neomoderna” se aplica, por el contrario, a conflictos limitados entre Estados o en contrainsurgencia. Son guerras propias de Estados que todavía conciben la guerra en términos clásicos, para ello practican la contrainsurgencia para derrotar a redes subversivas o se preparan para defender sus fronteras frente a otros Estados, como es el caso de la guerra de Kargil entre India y Pakistán. Las tácticas que se emplean contra las redes suelen ser los bombardeos desde tanques, helicópteros o artillería pesada, además del desplazamiento de la población. Estos países generalmente están dispuestos a sufrir bajas y creen que pueden conseguir una victoria militarmente.

El intento de controlar y limitar al máximo la guerra y sus “daños colaterales” sobre la población civil, además de intentar asegurar un tratamiento humano para heridos y prisioneros de guerra, ha sido abordado desde el derecho humanitario internacional y los derechos humanos. Sin embargo, todo esto no deja de ofrecer una serie de problemas en la medida en que una supuesta sociedad civil global conformada por ONGs dedicadas al humanitarismo no es garantía de que, dado el caso, esas mismas organizaciones más allá de poder reflejar una conciencia de que existen una serie de deberes hacia la humanidad constituyan instrumentos al servicio de la política, no ya de potencias, sino incluso de intereses corporativos, multinacionales, etc.

En lo que respecta a las intervenciones humanitarias como modo de hacer cumplir el derecho internacional humanitario no deja de plantear inquietantes cuestiones, sobre todo en la forma en que se interprete la ley, cómo se aplique, a quién se aplique y a quién beneficie todo este proceso. El derecho moderno, concebido por seres humanos, no deja de ser cuestionable y relativo por cuanto carece de cualquier objetividad que lo haga universalmente válido, de manera que su aplicación y puesta en práctica se llevará a cabo siguiendo los intereses de quienes la interpreten. La imparcialidad desde este punto de vista resulta imposible, pues en algún momento se tomará partido por algunos de los intereses enfrentados en un conflicto.

La hipótesis que se plantea de conformar un contrato social global que garantizase el cumplimiento de los derechos humanos fundamentales no escapa, tampoco, a las sospechas, sobre todo en lo que se refiere a quién o quiénes elaborarían, aprobarían y ratificarían dicho contrato, los intereses a los que serviría dicho contrato (hecha la ley hecha la trampa), y quién se encargaría de hacerlo cumplir. Indudablemente todo esto nos conduce a la cuestión de un gobierno o Estado mundial, y ello como resultado de la cesión de soberanía por parte de los Estados en beneficio de un ente supranacional. Por esta razón cabe preguntarse ¿al servicio de quién estaría dicho gobierno o Estado mundial? ¿acaso iba a ser capaz de conocer y conciliar los intereses del conjunto de la humanidad para encontrar una solución satisfactoria y, lo más importante aún, justa para todos que haga posible una resolución de sus problemas y necesidades?.

Dadas las circunstancias de la existencia de una economía monetarizada a escala global, la primacía de los intereses de una minoría económica sobre el conjunto de la población mundial, y las consecuentes relaciones de dominio-explotación que configuran las actuales estructuras económicas, hace plantearse que sea imposible la conformación de un imperio global de la ley que no beneficiase aún más a esa minoría que domina la mayor parte de los asuntos mundiales.

Posted by Emboscado at 15:52:44 | Permalink | No Comments »

Friday, March 27, 2009

ÁFRICA EN EL MUNDO


El contexto de globalización ha impuesto nuevas dinámicas en el mundo entero a las que África tampoco ha podido sustraerse. La paulatina liberalización y apertura económica de los mercados nacionales, junto a las privatizaciones y el desarrollo del comercio exterior ha conducido a África a una mayor dependencia estructural, fundamentalmente en el plano económico pero también en el político, con respecto a los principales centros económicos, industriales y políticos del planeta.

La considerable extraversión económica de los países africanos ha convertido al continente en un inmenso almacén de recursos naturales para las empresas multinacionales. El fin de la guerra fría y el reordenamiento del conjunto del sistema internacional con la transición del bipolarismo al unipolarismo propició la descongelación de conflictos latentes, de problemas no resueltos y el agravamiento de los mismos.

Si la desaparición del bloque socialista constituyó el fin de un sistema bipolar en el que cada superpotencia desarrollaba sus correspondientes rivalidades en el escenario del tercer mundo, y por tanto la dimensión de los conflictos tendía a estar limitada por la propia lógica del terror impuesta por la guerra fría y la disuasión nuclear, el proceso de globalización, como la expansión de un sistema económico, social y político a escala planetaria bajo el liderazgo de EE.UU., constituye la consecuencia lógica del reordenamiento del sistema internacional, del “triunfo” del capitalismo en su pugna con el socialismo.

Así pues, la globalización ha tendido a integrar nuevos espacios en el sistema capitalista internacional, especialmente aquellas regiones que con anterioridad habían formado parte del campo socialista. En este sentido las políticas económicas aperturistas, la deuda externa contraída por muchos países africanos, los programas de reajuste del FMI y del BM, y la paulatina desmantelación del Estado en la esfera económica ha contribuido a diezmar la soberanía de los países africanos que se han vuelto cada vez más dependientes del exterior, y muy especialmente de las inversiones extranjeras que han crecido considerablemente desde el final de la guerra fría.

La situación de dependencia económica del continente africano con respecto al norte industrial ha fomentado su integración económica en el sistema capitalista internacional, pero al mismo tiempo ha agudizado las desigualdades sociales que existen entre el centro y la periferia del sistema internacional. La situación de desigualdad se refleja en gran medida en la posición de inferioridad que ocupa el continente africano en las negociaciones comerciales, financieras y económicas en instituciones internacionales.

La necesidad económica derivada de las dependencias que existen hacia el norte, pero también por la escasez y pobreza de dichos países, tiene como consecuencia que los gobiernos busquen por toda clase de medios la inversión extranjera para crear empleo y tener ingresos. Pero a causa de la dependencia estructural establecida por el capitalismo, los diferentes países tienden a incentivar la inversión extranjera directa hasta el punto de que ello no revierte en los propios países con ingresos o mejoras, sino que incluso en muchas ocasiones se desarrolla la corrupción en las más altas esferas del poder político, todo ello hasta el punto de dar lugar a Estados neopatrimoniales en los que la riqueza del propio Estado se encuentra en manos privadas.

El subdesarrollo en el que ha sido sumergido el continente africano como fuente de recursos naturales y mano de obra barata ha favorecido, dentro del contexto de la globalización, la proliferación de todo tipo de conflictos violentos. Así pues, la globalización ha incentivado la aparición de conflictos armados, sobre todo en las zonas donde existen importantes recursos naturales de gran valor estratégico como pudieran ser los hidrocarburos, pero también el coltán, o mismamente los metales preciosos como el oro, el platino, etc. Si el bipolarismo de la guerra fría limitaba el alcance y la dimensión de los conflictos al estar constreñidos por el enfrentamiento ideológico entre bloques y por la disuasión nuclear, en la globalización todos los conflictos latentes se han desarrollado de manera más o menos autónoma en una estrecha y difícil interrelación entre factores económicos, influencias de potencias extranjeras, problemas étnicos, identitarios, culturales, etc., no resueltos, y la elevada desigualdad social.

La emancipación de África con respecto a las estructuras de explotación y dominación que la someten a una permanente dependencia sólo es posible si las iniciativas de integración regional favorecen su desarrollo endógeno. La división de África a través de conflictos entre los diferentes países y la falta de coordinación a nivel económico únicamente contribuye a relegarla a su actual condición marginal y periférica. La integración regional sólo puede constituir un éxito para África si rompe esos lazos que a nivel estructural lo mantienen supeditado a intereses externos.

La búsqueda de una complementariedad en la producción entre los países africanos, la coordinación económica y el fomento del comercio regional para la satisfacción de sus necesidades mutuas a través de una mayor cooperación puede sentar las bases de un desarrollo endógeno, una forma de suplir las necesidades y carencias mutuas siempre y cuando se llegue a acuerdos en los que se supriman las trabas al comercio de productos pertenecientes a países africanos y dichos acuerdos se pongan en práctica.

Sin embargo, el planteamiento que considera la integración regional en África como el medio a través del que insertar dicho continente en la economía global, de manera que la liberalización y apertura económica se desarrollen desde abajo, no deja de ser un prisma por el cual se pretende mantener a África en las estructuras de dominación-explotación que la han condenado históricamente a una posición de dependencia e infradesarrollo, siempre a expensas de factores exógenos que han influido de manera determinante en el devenir de los países africanos.

En 1975 se logró la creación del acuerdo de Lomé, que pasaría a convertirse en el eje de la cooperación entre la CEE y 46 países independientes que fueron antiguas colonias, en un intento por mantener una relación más estrecha entre la metrópoli y las antiguas colonias. Todo esto se insertaba dentro de una política de cooperación al desarrollo que se hizo expresa ya en 1992 en el tratado de Maastricht, hasta entonces se había tratado de una competencia exclusiva de los Estados. Pero ya con la conferencia de Cotonou se producen considerables cambios que reorientarán la cooperación al desarrollo de la UE con África.

Los cambios más significativos que se produjeron durante el conjunto de la década de los 90 se pueden resumir en una tendencia general hacia la liberalización a nivel mundial, sobre todo económica, lo que implicó un creciente multilateralismo, lo que significó que se pusieran entredicho los principios de los tratados de Lomé con los que se mantenía una preferencia con las antiguas colonias. Así pues, en Cotonou se implanta la igualdad de trato entre los países indistintamente de que hubieran sido o no colonias europeas. Todo esto dio lugar a la aplicación de ajustes estructurales en el plano económico, y la búsqueda por establecer sistemas políticos homologables a las democracias de Europa occidental.

La situación que se ha gestado en la era post-Lomé responde a las pretensiones europeas para renovar e incrementar los vínculos de dominación que a nivel estructural siguen sometiendo al continente africano. A nivel económico se agudiza la situación de inferioridad y desventaja de los países africanos, y en el plano político se intenta implantar regímenes afines para seguir los dictados occidentales.

Posted by Emboscado at 21:33:02 | Permalink | No Comments »

Friday, March 13, 2009

LOS CONFLICTOS ARMADOS

Los conflictos armados han sufrido importantes cambios en cuanto a sus características durante las últimas décadas, prueba de ello es que habitualmente son enfrentamientos en los que toman parte actores armados no gubernamentales, de manera que las guerras han tendido a ser más intraestatales que entre Estados. Los escenarios en los que se dan estas situaciones son muy variados, y en ellos intervienen diferentes y diversos factores, pero en cualquier caso la figura tradicional de los ejércitos enfrentados apenas existe hoy día.

Asimismo, aunque se haya tendido a desarrollar una clasificación de las guerras como “mayores”, “intermedias” y “menores” en función del número de muertos producidos durante un año, no deja de ser un criterio muy discutible en la medida en quién y cómo se cuenten las víctimas, así como la clasificación que se haga del numero muertos en la distinción entre combatientes y no-combatientes, diferenciación muy difícil en algunos conflictos.

Por otra parte, y sin que ello disminuya la importancia del número de víctimas que produce un conflicto armado, también se encuentran otros factores no menos destacables como la destrucción de infraestructuras, los procesos de limpieza étnica, los desplazamientos masivos de población, etc.

La definición de conflicto armado planteada a partir del enfrentamiento protagonizado por grupos de diversa índole, ya se trate de fuerzas militares regulares o irregulares, grupos armados de oposición, paramilitares, etc., que en el empleo de armas y otros medios de destrucción, pero de forma organizada provocan más de cien víctimas anuales en actos intencionados resulta, a pesar de su carácter amplio y general, un tanto insuficiente.

Por una parte no se contemplan aquellos actores, como son los grupos criminales armados, principalmente mafias, que de forma organizada desarrollan conflictos violentos de importante magnitud que llegan a poner en peligro la estabilidad de las instituciones y al Estado mismo. Un ejemplo de esto podría ser México en la actualidad, donde operan diferentes redes de narcotráfico que han provocado miles de víctimas mortales al año y que impiden que el Estado pueda garantizar el orden y la seguridad pública.

Además de lo anterior cabría plantearse el papel y presencia en muchos escenarios posbélicos de los conocidos como señores de la guerra, quienes cuentan con una fuerza militar privada que impide el monopolio de la violencia por parte del Estado. Asimismo, este neofeudalismo suele acaparar recursos económicos con los que mantener su control y dominio sobre un determinado territorio, lo que generalmente se encuentra vinculado con la existencia de mercados negros y redes de tráfico de estupefacientes, armas, diamantes, etc.

El número de muertes que se puedan dar en un conflicto no tiene por qué ser un indicador fundamental, pues incluso existiría en muchas ocasiones conflicto armado aunque no se dieran víctimas mortales si se dan alteraciones del orden, si el Estado no tiene el monopolio de la violencia legítima, se produce la destrucción de infraestructuras o desplazamientos forzados de población, etc. El número de víctimas mortales no dejará de ser un indicador relativo respecto a la magnitud e importancia de un conflicto.

Las situaciones de tensión y polarización social o política están marcadas, por su parte, por los enfrentamientos entre grupos políticos, étnicos o religiosos, ya sea entre éstos y el Estado, lo que provoca la alteración del funcionamiento ordinario de las instituciones públicas. Juntamente con esto se producen dinámicas, comportamientos o detonantes que pueden provocar el descontrol de una situación de tensión y desencadenar un conflicto armado abierto.

La principal característica de los conflictos armados de la posguerra fría es el hecho de que durante el enfrentamiento entre las dos superpotencias algunos de estos permanecieron congelados, mientras que con la reordenación del sistema internacional y la transición de un bipolarismo a un unipolarismo se han desatado adoptando un rasgo fundamentalmente interestatal. Por este motivo es difícil esclarecer el momento en el que empieza y termina un conflicto armado, a lo que va ligado el carácter cíclico de los mismos. A esto hay que añadir la creciente antigüedad de los conflictos, que en la mayor parte de los casos rebasan los veinte años.

Si la guerra clásico estuvo definida por enfrentamientos armados entre Estados, ha sido sustituida por aquellos en los que los protagonistas son grupos irregulares que violan e ignoran sistemáticamente todas las normas que existen relativas al desarrollo de una guerra, sobre todo en lo referente al Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos. Este tipo de grupos irregulares dificulta la persecución de los delitos de guerra, pues en ocasiones resulta casi imposible determinar quién o quienes son los responsables y en qué grado debido a que se puede tratar de grupos carentes de una escala de mando, una organización difusa, etc. La fragmentación social y la polarización en espacios donde se instalan actores criminales produce estructuras paralelas de autoridad, dominio y control tanto político como social y económico en aquellos lugares en los que el Estado está ausente.

Normalmente son los escenarios de Estados fallidos o colapsados en los que proliferan las estructuras paralelas que sustituyen las funciones del Estado. La falta de integración y la escasa presencia de los Estados hace proliferar la criminalidad, la corrupción, la inseguridad y la ineficiencia, lo que en último término puede desembocar en Estados fallidos.

Además de un aumento considerable de los actores presentes en los conflictos distintos de los ejércitos, como pudieran ser guerrillas, narcotraficantes, clanes armados, grupos integristas, sicarios, mercenarios, etc., también se han pasado a utilizar nuevos métodos como el genocidio, las violaciones masivas de mujeres, los secuestros, las extorsiones, etc., que tienen a la población como el principal blanco. Todo esto lleva a la reflexión acerca de qué es realmente en la actualidad una guerra, qué definición cabe si tenemos en cuenta la diversidad de actores que toman parte en los conflictos armados y la variedad de métodos empleados. Históricamente Clausewitz definió la guerra como la continuación de la política por otros medios dentro de un contexto de guerra entre Estados, pero la aparición y proliferación de los nuevos conflictos violentos interestatales exige una nueva definición de la guerra que tenga en cuenta los actores que intervienen, sus motivaciones y los métodos que emplean.

También existen factores de riesgo que pueden, dado el caso, desencadenar conflictos violentos, entre estos se encuentra el subdesarrollo, la dependencia de la exportación de materias primas, los procesos de transición, la presencia de grupos etnopolíticos, etc. Pero ninguno de estos factores es capaz de explicar por sí mismo las guerras, sino que habría que hablar de una combinación de varios de ellos que provocan los conflictos armados.

No menos importantes son aquellos conflictos cuyo trasfondo incluye un debate acerca de la independencia o la autonomía de algún territorio, lo que obliga a desarrollar procesos de paz en los que se busquen salidas mediante la creación de entidades políticas intermedias.

Es significativo el hecho de que los medios utilizados durante el conflicto pueden contribuir a moldear y cambiar los fines originales, lo que termina produciendo la paradoja de que la lucha pierde el sentido de forma que los actores quedan inmersos en una espiral de guerra que se autojustifica y autoperpetúa. Aunque habitualmente las dinámicas autodestructivas pueden estar relacionadas con una confusión entre las posiciones y las necesidades de los actores, no es menos importante preguntarse acerca de quiénes son los máximos beneficiados de este tipo de dinámicas en las que determinados conflictos violentos se mantienen indefinidamente en el tiempo.

No menos interesante e importante es la aportación teórica de Sun Tzu con respecto a la tríada Espacio-Tiempo-Tecnología, su interacción y su significación en los conflictos. En función del caso concreto cada elemento puede adoptar un carácter particular, pero el Espacio generalmente hace alusión al territorio y a la población en la que se desarrolla un conflicto. El Tiempo puede referirse a los períodos, al ritmo en el que se desarrollan los acontecimientos, mientras que la Tecnología son los instrumentos que se emplean. En el medio del triángulo se sitúa la motivación, el propósito que empuja a un determinado actor a emprender una lucha. Si bien es cierto que en función de los medios empleados se puede llegar a impedir lograr los fines deseados perseguidos en un primer momento.

No deja de ser significativa la aplicación de este cuadro teórico para el análisis de las políticas estatales de seguridad clásicas, en las que el Espacio lo constituye el Estado, el Tiempo queda limitado al período de gobierno y la Tecnología la conforma el gasto de investigación armamentista y la compra de armamentos. En un primer momento el objetivo de todo esto debería ser proporcionar seguridad en el interior del país y garantizar la soberanía e integridad territorial de cara al exterior. Esto sería, por decirlo de alguna manera, el centro del triángulo, pero su perversión viene dada por los procesos de rearme vinculados a los intereses del complejo militar-industrial, más que a las necesidades reales de seguridad de la población.

Un interesante ejemplo de lo anterior lo serían los EE.UU. donde el complejo militar-industrial, bajo la excusa de la necesidad de proporcionar seguridad a los ciudadanos estadounidenses, y todos los sectores económicos vinculados al mismo, ha desarrollado una espiral de constante rearme creando amenazas externas para justificar los grandes gastos presupuestarios del gobierno federal en materia de seguridad y defensa. Indudablemente las guerras, las supuestas amenazas a la seguridad nacional, etc., constituyen pretextos muy convenientes para los intereses de dicho complejo que obtiene a cambio importantes y suculentos beneficios económicos en billones de dólares. Todo esto ha conducido al desarrollo de sofisticadas y modernas tecnologías en la vigilancia, el espionaje y la guerra que han supuesto un importante desembolso económico por parte del Estado, pero que también ha implicado la restricción de las libertades civiles con la instauración de un permanente estado de excepción bajo la justificación de la existencia de amenazas globales para la seguridad nacional, lo que no deja de ser la antesala para una dictadura de escala planetaria en la que la fuerza militar y el empleo de la violencia, unido al miedo suscitado a la población a través de la proyección de amenazas difusas, son sus principales instrumentos para imponerse.

Posted by Emboscado at 11:59:53 | Permalink | Comments (3)

Friday, March 6, 2009

EL ISLAM REVOLUCIONARIO EN LA GLOBALIZACIÓN

Introducción

El proceso de secularización que tuvo lugar en los países de Europa occidental marca una gran diferencia con respecto al resto del mundo, pues allí fue donde comenzó a establecerse en el plano político y social una clara y neta distinción entre la autoridad espiritual y el poder temporal. El secularismo sería, a partir de entonces, un rasgo definitorio de la modernidad en la medida en que la política obtuvo su autonomía con respecto a la religión, y esta última terminó desempeñando un papel muy funcional como instrumento de poder al servicio de la política de las grandes potencias.

Para encontrar las raíces últimas de este fenómeno secularizador nos tenemos que remitir a los orígenes del cristianismo, y más en concreto a los mandatos morales generales que establece. Así pues, se prescribe al hombre ser de una determinada manera pero no se indica cómo deben aplicarse concretamente esas virtudes, de forma que la enseñanza religiosa general permanece en un nivel abstracto.[1] Por esta razón ha cobrado sentido la existencia de una casta sacerdotal que, como intérprete de la verdad revelada, ha ejercido como intermediaria entre Dios y la comunidad de creyentes para la promulgación de dogmas. La Iglesia ha tendido históricamente a superponerse al poder político subordinándolo a la doctrina que ha ido produciendo fruto de su interpretación de la revelación, y ahí radican en gran parte las consecuentes rivalidades entre el Imperio y el Papado y, en definitiva, entre autoridad espiritual y poder temporal.

La interpretación y la mediación que ha emprendido la propia Iglesia sentando dogmas y creando doctrina ha implicado reducir la verdad revelada a la categoría de un instrumento de poder, de forma que dicha interpretación siempre ha sido llevada a cabo según sus propios intereses y muy en particular para someter al Imperio a sus propios dictados.

El enfrentamiento entre el Imperio y el Papado, la paulatina separación de la política con respecto a la religión, unido también al fenómeno de la reforma y a la aparición de diferentes guerras religiosas en Europa, dieron lugar a la formación del orden que se conformó de manera definitiva con la paz de Westfalia en 1648. Se estableció un nuevo sistema de Estados a nivel internacional que hará explicable la secularización de las relaciones internacionales y que servirá, posteriormente, para abordar las principales insuficiencias de este sistema a causa del creciente protagonismo de movimientos transnacionales de carácter religioso.

Si el cristianismo puede considerarse como una de las principales causas que originó la separación entre autoridad espiritual y poder temporal, y que, en suma, propició la secularización de la sociedad y de la política, encontraremos, por el contrario, que en el modelo de sociedad islámica ejemplarizado por Irán no existe distinción entre el ámbito espiritual y político. Por así decirlo, en el gobierno islámico religión y política conforman una misma y única realidad por la que la sociedad se organiza conforme a unos principios de origen divino.

En este contexto se tratará de analizar la importancia y el protagonismo que ha recobrado la religión en las relaciones internacionales, pero muy especialmente en lo que se refiere a la naturaleza de este nuevo actor que rompe con el orden posterior a Westfalia. Aquí es donde se tendrán en cuenta las principales diferencias que existen a nivel de principios entre un modelo de gobierno islámico, como es el caso particular de Irán, y el modelo secular que caracteriza a la modernidad y a los Estados occidentales.

Debido a la confluencia de diferentes factores, entre los que destaca el proceso de secularización en Europa occidental a finales de la Edad Media, unido a la expansión del capitalismo a lo largo del planeta, primero con el colonialismo y más adelante con la globalización, cabe plantearse el Islam como visión del mundo que se opone a esa realidad que se gestó, formó y consolidó en Occidente para después extenderse por todo el globo. Se hace necesaria, por tanto, una explicación que ahonde en el origen del Islam revolucionario como impulsor de un modelo social, político y económico cuyas raíces se encuentran en el legítimo sucesor del Profeta Mahoma según el chiísmo, el califa Alí, y que encuentra en la República Islámica de Irán su realización exitosa.

El secularismo, pero también el libre mercado, la desregulación económica, la implantación a escala mundial de la lógica de la búsqueda del máximo beneficio, y la instauración de las estructuras propias del capitalismo que establecen relaciones de dominación-explotación, han encontrado en el Islam revolucionario su mayor enemigo  por cuanto constituye una fuerza social y política que aboga por la creación de un orden social cuyo fundamento se encuentra en la revelación divina, de la cual recaba su correspondiente legitimidad.

Por otra parte, debido a la desaparición del bloque socialista con el fin de la guerra fría se ha producido una reordenación del sistema internacional con la conformación de un unipolarismo en el que los EE.UU., como potencia global, han extendido su presencia e influencia a aquellas zonas del mundo que con anterioridad estuvieron integradas en el campo socialista, lo que ha tenido como objetivo consolidar su hegemonía mundial y preservar sus intereses. Además de esto, los propios EE.UU. han contribuido a acelerar y extender el proceso de globalización a aquellas regiones del planeta que hasta el fin de la guerra fría habían permanecido al margen del mismo.

El vacío ideológico dejado por el comunismo, la catástrofe geopolítica que supuso la desaparición de la Unión Soviética como proyecto alternativo hacia la modernidad diferenciado del Occidente burgués, ha hecho del Islam un nuevo referente ante las injusticias y las desigualdades producidas por el proceso de globalización del capitalismo. Pero juntamente con esto se encuentra el hecho de que, a diferencia de las ideologías modernas, el Islam confiere un sentido último a la existencia humana dado su origen divino. Asimismo, el Islam, como religión, constituye una poderosa fuerza social de carácter transnacional cuya influencia se extiende sobre unos 1.500 millones de personas, por lo que su proyección sobre las relaciones internacionales es incuestionable. Esto es más evidente en el caso de Irán, país que pese a ser mayoritariamente chií ha logrado eregirse en el principal referente de los musulmanes como modelo de sociedad islámica.

La exportación de la revolución islámica por parte de Irán al resto de los países de Oriente Medio ha sido concebida históricamente por los analistas como una forma de extender su influencia como Estado, pero dado el modelo de sistema político y social que representa, inspirado en la revelación divina hecha al Profeta Mahoma, se trata más bien de la proyección de un movimiento religioso revolucionario, como es el chiísmo, sobre los Estados de la región. Y en el contexto actual de la globalización es, dados los principios sobre los que se basa y la motivación religiosa que le impulsa, un foco de resistencia y oposición a dicho proceso y a todo el sistema nacido tras la paz de Westfalia.

El sistema de Estados tras la paz de Westfalia

La paz de Westfalia en 1648 supuso la victoria de la soberanía de los Estados como forma de autoridad política frente al Imperio y al Papado, lo que convirtió al Estado en el actor central de las relaciones internacionales. Pero las normas que emergieron en Westfalia no nacieron de la nada, sino que cuentan con sus antecedentes en lo que podría denominarse el proceso de formación del Estado-nación moderno. Esta circunstancia exige una explicación que conduzca, finalmente, a enmarcar en su correspondiente contexto histórico la consolidación del sistema internacional de Estados con la paz de Westfalia para, acto seguido, poner de relieve sus rasgos fundamentales.

La formación del Estado-nación se acostumbra a situar entre los siglos XV y XVI debido a una serie de factores económicos, culturales, militares, etc., que convergen exitosamente en la formación de un nuevo ente político-territorial superior a los antiguos feudos que prevalecieron durante la Edad Media.

En este sentido son bastante aclaratorias las explicaciones que ofrece Josep M. Vallès[2] y que tomaremos como referencia para analizar las causas principales que generaron el Estado moderno.

A un nivel económico, debido a la consolidación del comercio a larga distancia se fue ampliando el marco territorial de las transacciones comerciales. Con el descubrimiento de América por medio de la navegación a través de los mares abiertos y la aparición de rutas transoceánicas se hizo evidente la necesidad de garantizar la seguridad del tráfico de mercancías, para lo que era preciso crear una instancia eficaz que regulase los conflictos que planteaba.

En un plano cultural e ideológico el Renacimiento ofreció una nueva visión del mundo clásico y de sus organizaciones políticas, lo que, frente a la fragmentación de los poderes feudales, evocaba la unidad política y su concentración en un soberano absoluto desligado de la tutela de la religión pero también de los pactos de los señores feudales.

El monopolio de la coerción en manos del monarca, quien personifica al Estado además de producir y aplicar la ley, facilita la aparición de una burocracia profesional al servicio del Estado que ya no se recluta exclusivamente entre la nobleza o el clero. Se hace evidente una progresiva concentración del poder en manos del monarca quien, a su vez, dispone de un cuerpo de funcionarios que ejecuta su voluntad.

En el ámbito de la violencia cabe decir que se produce el paso de una fuerza armada temporal por la que cada señor feudal reunía a su caballería según sus compromisos y posibilidades, a una fuerza permanente dotada con armas de fuego tanto ligeras como pesadas. La financiación de esta nueva organización militar y, consecuentemente, también de las guerras, exigió monopolizar en manos del monarca el control fiscal y la capacidad para establecer tributos.

Puede afirmarse que fue un proceso gradual de expropiación de los medios de dominación política lo que hizo posible la construcción del Estado moderno. Este mismo proceso anunciaba ya la desvinculación del poder político con respecto a la religión, lo cual no se haría del todo efectivo en el plano internacional hasta la paz de Westfalia. Hasta entonces la religión había jugado un papel significativo en las relaciones internacionales debido a que no existía una soberanía como autoridad suprema sobre un territorio, pues esta se encontraba compartida por los integrantes de una jerarquía que partía del Papa y el Emperador hasta los campesinos pasando por reyes, barones, condes, duques, etc. Con la reforma protestante los monarcas, la nobleza, el Emperador y el Papa, entre otros, lucharon para mantener la homogeneidad religiosa y para extender su particular fe sin respetar los límites territoriales, lo que inevitablemente produjo importantes guerras de religión. Sin embargo, con el nuevo orden surgido después de Westfalia se estableció el principio de no ingerencia en los asuntos internos de un Estado, de esta manera se impedía que un Estado intentara definir la relación entre poder político y religión más allá de sus fronteras.[3]

La religión, que antes había sido motivo de disputa entre los Estados que luchaban por preservar la homogeneidad religiosa en sus fronteras y extender su particular fe a otros países, dejó de ser desde entonces un actor internacional fundamental y pasaron a ser los propios Estados, que ya no reconocían ninguna otra autoridad superior a ellos mismos, fuese el Imperio o el Papado, los actores principales del sistema internacional.

A través del colonialismo el sistema nacido en Westfalia se hizo universal al extenderse al resto del planeta. Así fue como la soberanía del Estado pasó a ser la única forma de autoridad política que prevalece a lo largo del mundo. La independencia bajo la forma de Estado de los antiguos países colonizados contribuyó a consolidar este sistema internacional, y al mismo tiempo a caracterizarlo como un medio anárquico y hostil.

Es interesante destacar que juntamente con los hechos anteriormente descritos también se produjeron cambios significativos en el pensamiento político, sobre todo con el desarrollo de aquellas teorías políticas que contribuyeron de forma considerable a dotar a la política de su correspondiente autonomía con respecto a la religión. El realismo político encontraría aquí sus principales fuentes, de entre autores como Maquiavelo según el cual la sociedad se desarrolla en virtud de causas naturales y no en función de la voluntad divina, por lo que las fuerzas motrices de la historia son el “interés material” y la fuerza.[4] La política tiene, por tanto, su propia lógica y dentro de esta perspectiva realista el Estado cuenta con sus propios intereses, lo que Richelieu denominó razón de Estado.

La perspectiva del realismo lleva a considerar que los Estados no se mueven por otra cosa que no sea su particular interés definido en términos de poder. La seguridad constituye, entonces, el principal motivo de preocupación de los Estados que utilizan sus recursos económicos para disponer de un poder militar con el que garantizar su integridad y existencia en el sistema internacional. El medio hostil en el que se desenvuelven los lleva a buscar más poder para asegurar su existencia. La supervivencia representa para algunos realistas la principal meta de los Estados, lo que no excluye que el poder pueda terminar siendo el único objetivo de determinadas potencias para garantizarse su hegemonía mundial.[5]

Sin embargo, dentro del esquema general que plantea el realismo para el análisis de las relaciones internacionales quedan totalmente excluidas aquellas otras motivaciones diferentes del mero interés definido en términos de poder, es decir, los Estados diseñan su política exterior en función de sus intereses objetivos y actúan racionalmente. Se obvian aquellas fuerzas sociales e históricas de carácter transnacional que operan más allá del control de los propios Estados pero que influyen en sus políticas y resultados.[6] A esto hay que sumar la influencia de la religión, como es el caso del Islam revolucionario, que inspira la política exterior del Estado, como ocurre con Irán, llevándolo más allá de su mero interés con la  promoción de un determinado sistema de vida y de un modelo de sociedad. El factor religioso pone entredicho la validez de los análisis realistas actuales, debido a que su creciente importancia en las relaciones internacionales niega el sistema de Estados surgido tras la paz de Westfalia y con ello la validez del realismo como teoría que se basa en el mero interés.

La Revolución Islámica en Irán

“Adán recibió palabras de su Señor y Éste se volvió a él. Él es el Indulgente, el Misericordioso” (El Corán 2:37).[7] El Islam, al no aceptar el principio de la transmisión de la mancha del pecado original a la posteridad de Adán y Eva, ofrece una visión del hombre en la que este es un ser reformable. El hombre, entonces, solamente perdió el paraíso, pero es responsable únicamente de sus propios actos. A este respecto son significativas las siguientes aleyas: “(…) Nadie comete mal sino en detrimento propio. Nadie cargará con la carga ajena” y “que nadie cargará con la carga ajena” (El Corán 6:164 y 53:38).[8] Al Islam le es inherente un profundo carácter revolucionario dado que considera posible reorganizar la condición humana a través de la ley divina manifestada en la revelación, lo que inevitablemente plantea todo un proyecto transformador que culminaría con la creación de un hombre nuevo y con el nacimiento de una nueva humanidad.

En el caso de la Revolución Islámica en Irán el proceso de transformación que se ha llevado a cabo con la instauración de una sociedad islámica tiene sus antecedentes en el chiísmo, la facción partidaria de Alí como legítimo sucesor del Profeta. Esta corriente del Islam se distingue por considerar a Alí, primo y yerno del Profeta Mahoma, la figura que debió haber ocupado el lugar que dejó Mahoma tras su muerte, debido a que fue la primera persona en convertirse al Islam. A esto habría que sumar, según el chiísmo, la existencia de hadices que confirmarían el incuestionable conocimiento de Alí en materias relacionadas con las ciencias islámicas que lo capacitarían para sustituir a Mahoma.[9]

Asimismo, es importante destacar que dentro del chiísmo se asume el imamato como forma de liderazgo de la comunidad de creyentes. Con la muerte de Alí a manos de un jariyí, facción que tiene su origen en una escisión dentro del chiísmo fruto de la disputa entre Muawiyah y Alí para la dirección de la comunidad,[10] el chiísmo tomó como referente a Hussain, hijo de Alí, y primer Imam, quien fue martirizado en Kerbala. La importancia del martirio del Imam Hussain radica en el hecho de que significa para el chiísmo un ejemplo de lucha y sacrificio por unos ideales que, según esta corriente religiosa, se identifican con la revelación dada por el Profeta Mahoma. Por otro lado, el imamato constituye la estructura de dirección de la comunidad que preserva y proyecta sobre el futuro el modelo islámico de sociedad, un aspecto que le confiere un carácter revolucionario al Islam chií unido a su contenido escatológico con el retorno del duodécimo Imam Al-Mahdi.

Lo importante en el caso de Irán es destacar el protagonismo de la religión ya que el modelo de sociedad y de sistema político que representa tiene su fundamento y legitimidad en el Islam. La leyes sobre las que se basa y organiza la República Islámica no son obra de los hombres, sino que son la aplicación práctica de la revelación divina transmitida a través del Profeta Mahoma. El gobierno islámico resulta ser, entonces, el mecanismo de administración que pone en práctica ese conjunto de leyes recogidas en el Corán, y que organiza según ese criterio a la sociedad. Referente a esta cuestión son significativas las palabras del Imam Ruhollah Jomeini:

“Un cuerpo de leyes exclusivamente no es suficiente para reformar una sociedad. Para legislar asegurando la reforma y felicidad del hombre, debe existir un poder ejecutivo y un ejecutor. Por esta razón, Dios Altísimo, además de revelar un cuerpo de leyes (las regulaciones de la Shari’a), ha establecido una forma de gobierno particular junto con instituciones administrativas y ejecutivas.”[11]

Pero habría primero que hacer una precisión acerca de cómo entiende el Islam la libertad, y cómo a partir de este principio cobra sentido y razón de ser la vigencia en el plano político de todo un cuerpo de leyes y normas cuyo origen divino los hace incuestionables y, por tanto, legítimos.

En Occidente, fruto de su particular devenir histórico, la forma en que la libertad ha terminado siendo concebida fue consecuencia del influjo del modernismo y muy especialmente de la ideología liberal. Se trata de una libertad negativa, de no dependencia. Un tipo de libertad que deriva del hecho abstracto y elemental de ser simplemente hombre, un tipo de libertad que se manifiesta hacia el exterior, vuelta hacia lo útil y particular.[12] Es, en definitiva, una libertad de hacer y actuar, mientras que el Islam contempla la libertad en unos términos muy diferentes si no opuestos.

En el Islam la libertad personal se entiende como la sumisión a la voluntad divina. Esto consiste en el abandono personal a la voluntad de Dios, abandono llevado a cabo de forma voluntaria. Es importante la siguiente cita que de algún modo viene a confirmar esta idea: “No cabe coacción en religión” (El Corán 2:256). El ser humano al estar hecho a imagen de Dios participa en la libertad divina en la medida en que se someta a su voluntad.

El reconocimiento y la aceptación de “|…| la ley como una encarnación de la Voluntad divina, como una realidad trascendente que es eterna e inmutable, como un modelo |…|”[13], lo que la hace universal, válida para todo tiempo y lugar, confieren al sistema islámico, y más en concreto el que actualmente existe en Irán, una legitimidad y validez incuestionable a nivel de principios. El ejemplo de Irán es paradigmático en la medida en que la actual constitución que dio origen al régimen islámico fue aceptada por la mayor parte de la sociedad en referéndum, pero su legitimidad en último término se encuentra en el origen divino los principios que inspiran dicha ley.

El gobierno islámico suprime la diferencia que existe entre autoridad espiritual y poder temporal propia de Occidente, ya que el gobierno administra la sociedad conforme a las leyes que establece el Corán. Jomeini recalca que “|…| en el Islam el poder legislativo y la competencia para establecer leyes pertenecen exclusivamente a Dios Altísimo” y que “nadie tiene derecho de legislar y no se debe ejecutar otra ley que la del Divino Legislador”, es por esta razón que en el gobierno islámico “|…| un simple organismo planificador toma el lugar de la asamblea legislativa, siendo una de las tres ramas de gobierno”. Es así como la ley “tiene autoridad absoluta sobre todos los individuos y el gobierno islámico” ya que “|…| la soberanía pertenece a Dios únicamente y la ley es su decreto y mandato”. En lo que a esto respecta se puede concluir que el gobierno islámico es constitucional “|…| en el sentido que los gobernantes están sujetos a cierto tipo de condiciones para gobernar y administrar el país, condiciones contenidas en el Noble Corán y en la Sunna |…|”. “El gobierno islámico, por tanto, se define como la autoridad de la ley divina sobre los hombres”.[14]

Existe, pues, una diferencia a nivel de principios entre un régimen islámico como el de Irán, en el que la ley divina opera como criterio organizador de una determinada forma de gobierno, y el caso de Occidente, donde la legitimidad de los regímenes que allí imperan no tiene un origen divino, sino que acostumbra a ser, en el mejor de los casos, resultado de la voluntad de la mayoría.

Se puede decir que en el modelo de gobierno y sociedad que ofrece el Islam revolucionario se da una relación en términos de identidad con el tipo de sistema político de Platón. Más allá de la correlación que existe a nivel filosófico y metafísico entre el Islam chií y el sistema de pensamiento de Platón confirmada por estudiosos como Henry Corbin, es evidente que la reforma del ser humano a nivel individual es el presupuesto necesario para la reforma de la sociedad.[15] La búsqueda del Bien como idea suprema se expresa, en el caso del Islam, a través del sistema de vida que prescribe la ley divina recogida en el Corán, lo que permite, en definitiva, restablecer la relación analógica entre el mundo divino y el humano. La Justicia como idea-valor viene expresada a través de la ley divina, y aplicada a nivel de cada individuo permite que dicha idea-valor impere también a nivel social. La comunidad de creyentes organizada políticamente mediante un gobierno islámico no sería otra cosa más que la imagen agrandada del creyente.

La consecución de la felicidad como meta suprema para el Islam, pero también presente en la filosofía de Platón, sólo es posible cuando el principio de Justicia se ha realizado a nivel individual, lo que elimina cualquier diferencia ontológica entre este y la comunidad. Si en términos platónicos “la justicia en el alma constituye el presupuesto del ascenso a lo divino |…| lo que es moral individual |…| se convierte en una ética absoluta |…|”[16] en el seno del Estado, en el caso del Islam, como ortopraxis del buen hacer que regula todas las materias de la vida personal[17], la ética individual se objetiva en la forma de un gobierno islámico para el conjunto de la comunidad de creyentes.

“El Islam es una religión de individuos militantes, que se han comprometido con la verdad y la justicia. Es la religión de aquellos que desean la libertad y la independencia; es la escuela de quienes luchan contra el imperialismo”.[18] El carácter normativo del Islam empuja, tal y como explica Jomeini, a que sus creyentes luchen por el establecimiento de un sistema de gobierno acorde con los principios y valores del Islam.

En el plano internacional lleva, inevitablemente, a romper con el sistema de Estados nacido tras Westfalia por cuanto la religión no sólo interviene en los asuntos internos de un país, sino que se termina proyectando sobre otros Estados para cambiar sus respectivos sistemas políticos y transformarlos según los preceptos del Islam.

“Para obtener la unidad y la libertad de los pueblos musulmanes, debemos derrocar a los gobiernos opresores instalados por los imperialistas y hacer que exista un gobierno islámico de justicia que esté al servicio del pueblo”.[19] Evidentemente, e históricamente está demostrado, ninguna sociedad y ningún proceso puede ser aislado del medio internacional en el que se encuentra, como es el caso de la Revolución en Irán.[20] La extensión de la Revolución a los países de la región se intentó a través de grupos de diferente índole que operaron, y todavía hoy operan, en diferentes contextos con el objetivo de influir en las políticas de los gobiernos y, en última instancia, adecuar los sistemas políticos de estos países al modelo islámico representado por Irán. Así, el principio de no ingerencia sobre los asuntos internos de un país queda puesto entredicho y la religión vuelve a recobrar su protagonismo perdido.

“Aconsejo a las naciones musulmanas que tomen como ejemplo el Yihad (la Lucha Sagrada por la causa de Dios) del pueblo iraní y de la República Islámica, y que aniquilen a sus propios crueles gobernantes en el caso que no atiendan las demandas de sus pueblos, que son las mismas demandas de la nación iraní”.[21]

Aunque la Revolución fue una particular combinación de elementos tradicionales y modernos que le confirieron su correspondiente originalidad a nivel histórico[22], lo que de moderna tuvo fueron la organización y los medios a través de los que se llevó a cabo así como las condiciones materiales correspondientes al contexto histórico en el que tuvo lugar. Sin embargo, los aspectos modernos de la Revolución estuvieron en cualquier caso supeditados a la idea motriz que impulsó el proceso revolucionario, es decir, se mantuvieron subordinados a aquella visión del mundo que inspiraría los cambios que darían lugar a la formación de la República Islámica.

Por otra parte es evidente que la Revolución en Irán también conllevó tensiones entre el nacionalismo y el internacionalismo, o por decirlo de otro modo, entre los intereses del Estado y la solidaridad internacional.[23] Esta contradicción ha persistido históricamente en mayor o menor grado, pero ello no ha impedido que a nivel internacional se denunciara el nacionalismo como forma de fragmentación colonialista y como obstáculo para el desarrollo del Islam. La primacía del factor religioso ha relativizado los intereses del Estado, pues la política exterior ha pasado a estar dirigida y condicionada por la visión del mundo sobre la que se funda la República Islámica. La búsqueda de la unidad de la Umma significó la proyección de la Revolución más allá de las fronteras iraníes, lo que irremisiblemente chocó con los intereses no sólo de los regímenes adyacentes sino también con los del mundo Occidental, y muy en particular los de Estados Unidos y la entidad sionista.

En cualquier caso, y dada la naturaleza revolucionaria del Islam, la religión ha recuperado su protagonismo en las relaciones internacionales al influir en los asuntos internos de los Estados, sus políticas y su organización. Se trata de un fenómeno para el que las fronteras de los Estados resultan algo extraño, y ha contribuido a articular un nuevo transnacionalismo mediante los grupos no gubernamentales cuya principal actividad es la promoción de una fe, y como es en el caso de Irán la promoción de un modelo político y social islámico en oposición al sistema secular occidental y su correspondiente modelo socioeconómico.

El Islam revolucionario como foco de resistencia a la globalización

“«Revolución» es «re-volver», es decir regresar a los Orígenes, pero no antes de haber completado su Ciclo, su rotación su astronómica «re-evolución»”.[24] Si entendemos que todo Origen tiene un carácter sagrado, el Islam es revolucionario porque precisamente plantea la reforma del hombre, su restitución al estado primigenio de armonía con Dios. En el caso de Irán la Revolución fue una vuelta a una situación en la que el orden social y político tiene una inspiración divina al regirse según la sharia, lo que es, en definitiva, volver a los orígenes del Islam que, hasta ese momento, había sido pervertido, desnaturalizado y desvirtuado.

Lo que en este apartado se tratará de poner de relieve es la natural oposición, en términos de identidad, entre el sistema político islámico imperante en Irán y el modelo que Occidente ha exportado al resto del mundo por medio de la globalización. Todo esto ha quedado en cierto modo demostrado con la ruptura que ha efectuado la religión con el sistema de Estados westfaliano, pero más en particular cómo tras el fin de la guerra fría el Islam, y en este caso el modelo revolucionario que ofrece Irán se ha constituido en el principal foco de resistencia a la globalización.

“|…| el Islam bien entendido hace que el marxismo sea superfluo. El Profeta ya habló de los mustazafín, de los miserables y desheredados, mucho antes de que se inventara la expresión «proletario»”.[25] Sin duda alguna el Islam ofrece la imagen de un Dios que toma partido por los pobres, los oprimidos y desamparados, para los cuales ha previsto un conjunto de leyes que se encuentran recogidas en el Corán. Además de esto, el modelo de sociedad que plantea el Islam impide la concentración de la riqueza y su monopolio, y somete a un fuerte control social el empleo de la propiedad privada y proscribe la práctica de la usura. La búsqueda de la justicia social forma parte intrínseca del mensaje del Islam, por lo que las formas de explotación y dominación económica se oponen al mismo. Juntamente con esto, tanto la pobreza como el lujo encuentran una profunda reprobación en el Islam, por lo que se trata de un modelo que tiende a establecer una considerable igualdad social.

Unida a la preocupación económica y social del Islam ante las desigualdades que produce el sistema capitalista, también se encuentra una profunda crítica hacia otra forma de imperialismo como puede ser el cultural, tan propio de la globalización, el mismo que tiende a expandir la pseudocultura del mercado originada en Occidente y a propiciar la aparición de un melting pot global que destruye la personalidad de los pueblos. Íntimamente unido a esto se encuentra, también, un complejo de inferioridad que conduce en muchas ocasiones a asumir ciegamente lo ajeno.

“Una de las conspiraciones más graves que provocara, lamentablemente, efectos devastadores en todas las naciones incluso la nuestra, es la alienación y enajenación de los pueblos de los países colonizados de sus genuinas esencias e identidades, que tienen como modelos al Este y al Oeste, y consideran a las superpotencias como pertenecientes a una raza y cultura superior a la propia”.[26]

Queda patente, entonces, la clara y natural oposición que existe a nivel de principios entre el mundo Occidental, donde impera el secularismo y las leyes son obra de los hombres, y de un modelo representado por el Islam revolucionario en Irán en el que el derecho constituye un mandato divino que da lugar a un sistema de vida social, económico, cultural y políticamente contrario al occidental. Es necesario destacar que la oposición que pueda existir entre el Islam y la globalización resulta ser más un producto de la incompatibilidad de esta última si la entendemos como la expansión de un modelo de sociedad enemigo de cualquier Absoluto, más que una incompatibilidad del propio Islam.

Si el comunismo mostró claras insuficiencias que lo llevaron irremisiblemente al colapso y, con ello, a la desaparición de todo el bloque socialista, el Islam, por el contrario, no sólo se muestra como un modelo en el que no tienen cabida las injusticias sociales y donde se persigue acabar con la pobreza y la opresión, sino que, a diferencia de las ideologías modernas, confiere un sentido último a la existencia del ser humano. Se puede decir que “el Islam «confiere a la vía revolucionaria una dimensión espiritual y moral, ausente en la doctrina marxista-leninista burocratizada; [por ello] es la punta de lanza de la aspiración revolucionaria»”.[27]

Con el desmoronamiento de la Unión Soviética se vino abajo no sólo el orden del sistema internacional regido hasta entonces por el bipolarismo, sino que al mismo tiempo se produjo la difuminación y desaparición de todo el marco de referencia teórico e ideológico del movimiento revolucionario internacional.

La desaparición del bloque socialista significó para Occidente la desaparición de su enemigo histórico durante el siglo XX, lo que hizo necesario la búsqueda de un nuevo enemigo equiparable a lo que el comunismo había sido en el pasado. El mejor candidato ya estaba ahí, al que fácilmente se le intentó reducir a las categorías del pensamiento moderno equiparándolo en algunos aspectos a lo que había sido el comunismo con su internacionalismo, su carácter utópico, su dimensión escatológica, y su naturaleza revolucionaria.

La voluntad transformadora de la condición del hombre que se encontraba presente en el comunismo también se encuentra en el Islam, en la medida en que este aspira a llevar a cabo la reforma del hombre para devolverle al camino recto. “|…| los islamistas radicales consideran la historia como el preludio de un mundo nuevo. Todos están convencidos de que pueden reorganizar la condición humana. Si existe un único mito moderno es este”.[28]

Algunos autores no dudan, como ya se acaba de explicar, en equiparar algunos aspectos del comunismo a determinados rasgos del Islam como puede ser su relación con la utopía estableciéndose, tras la guerra fría, como una utopía de sustitución. La influencia del Islam se reflejará a un nivel local con redes de solidaridad y con la articulación de una sociedad civil, todo ello debido en gran parte ante la dificultad de operar a nivel de Estado. La esfera local rebasa los límites políticos del Estado y supera a nivel internacional las fronteras que, en el caso de Oriente Medio, son una herencia del colonialismo occidental.

Con la desaparición de la Unión Soviética se planteó qué oponer al sistema, al núcleo central del mismo conformado por su ideología legitimadora. El comunismo, fuertemente desacreditado y ampliamente rebasado por la historia dejó de ser una alternativa, y el Tercermundismo tuvo sentido únicamente durante la descolonización. El avance de la globalización y sus estragos en las economías nacionales con la creación de grandes desigualdades y la formación de enormes bolsas de miseria y pobreza, ha producido las condiciones objetivas para que el Islam, como religión de los pobres y oprimidos, cobre fuerza en el mundo, y muy en particular en la periferia política y económica.

El internacionalismo que propugnó el comunismo en el pasado ha sido sustituido por la universalidad del Islam, cuyo mensaje es válido para todo tiempo y lugar. Una fe capaz de unir a pueblos diferentes bajo un sistema de vida común hacen de ella una fuerza transnacional de primera magnitud. Las diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, etc., son superadas a través de una fe que se manifiesta por medio de una praxis, un modo de vida, que sienta las bases de un nuevo orden social.

La dimensión escatológica del comunismo con su mesianismo proletario y las reminiscencias de milenarismo heredadas del socialismo utópico, son el reflejo de la mentalidad moderna por intentar superar la historia de forma definitiva e integrar al ser humano en una Arcadia dorada. Asimismo, también en el Islam se encuentra muy presente esa dimensión escatológica, y muy en especial en el chiísmo. El retorno del Mahdi, el Imam de la Ocultación, que restaurará la tradición originaria en su más auténtica pureza conduciendo a la humanidad hacia el reino de la justicia y la fraternidad marca, también, un notable paralelismo con el comunismo y su mesianismo proletario.[29]

Con estos paralelismos que existen entre el comunismo y el Islam no se pretende realizar ninguna equiparación entre ambas cosmovisiones, ya que cada una de ellas remite en última instancia a realidades opuestas: en un caso al materialismo histórico, en el otro al tawhid, la existencia de un único Dios. En todo caso fue Occidente, y en particular los EE.UU., quien efectuó esa equiparación filosófica e ideológicamente imposible entre comunismo e Islam para presentar a este último como un enemigo igualmente peligroso y temible para la “civilización” y el “mundo libre”.

Irán se convirtió en un referente para gran parte del mundo musulmán por cuanto plantó cara a los  EE.UU. y manifestó una clara y franca oposición a la entidad sionista. A diferencia de los países vecinos que se encuentran alineados con los intereses de EE.UU., Irán, como país mayoritariamente musulmán aunque chií, ha conseguido la simpatía de gran parte de la población musulmana cuyos gobiernos, en su mayoría, siguen los dictados occidentales. En todo esto se refleja cierta coherencia entre la política exterior iraní y los principios sobre los que se asienta el sistema de gobierno.

Aunque algunos autores han llegado a plantear que a nivel de Estado y en lo que a intereses se refiere existen coincidencias entre EE.UU. e Irán[30], el factor ideológico sigue primando en la conducción de la política exterior en los asuntos internacionales. En un caso, EE.UU., como potencia exportadora del proceso de globalización, de apertura de mercados y liberalización que implican, finalmente, el saqueo de recursos naturales, económicos y humanos de los diferentes países para someterlos a los intereses de corporaciones globales. En el otro, Irán, como potencia regional situada estratégicamente en una región rica en hidrocarburos pero que, a su vez, da acceso a Asia Central, a la región geopolítica del heartland. Por un lado nos encontramos con un modelo de pseudocivilización materialista que defiende la separación entre religión y política, en el que la primera se utiliza para justificar determinados objetivos de la política exterior. Por otro lado, el modelo islámico de Irán, cuyo fundamento es esencialmente religioso, ha logrado proyectar más allá de sus fronteras el mensaje de su Revolución encontrando adhesiones en los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Modelos antagónicos a un nivel de principios: por una parte, en Occidente, la religión constituye un instrumento de poder al servicio de la estrategia de las potencias en su afán de dominación; por otra parte, en el caso de Irán, potencia militar e ideológicamente cercada, la religión organiza y articula todo un sistema, lo que establece una correlación entre sus fundamentos y su práctica cotidiana sin dejar de operar como elemento movilizador y aglutinante de gran parte de la sociedad.

Conclusiones

La secularización como proceso que originó la separación entre religión y política en Occidente ha hecho que Estados, organizaciones internacionales, partidos, individuos, etc., persigan objetivos distintos de la promoción y expansión de una religión, o fines carentes de motivaciones religiosas.[31]

El modelo de República Islámica que representa Irán contradice toda la lógica westfaliana, la religión cobra nuevo protagonismo al ser el criterio en función del que se organiza la sociedad y el gobierno. El Estado, como máxima entidad política no deja de ser, entonces, un instrumento para poner en práctica la voluntad divina con la aplicación de las leyes que conforman la sharia. Por tanto, el Estado, como instrumento al servicio del gobierno islámico, desarrolla una política exterior en la que sus intereses particulares tienden a ser subordinados a la consecución de objetivos con motivaciones religiosas o, en último término, a extender a otros países su modelo de sociedad.

Asimismo, Irán, como modelo de Islam revolucionario se enfrenta a aquellos aliados de Occidente que sostienen un Islam reaccionario, como puede ser el caso de Arabia Saudita, donde la religión de Estado es el wahhabismo, instrumento de poder desarrollado durante la época colonial para justificar el poder de la realeza y su política servil a Occidente. El punto de vista de Irán con respecto a estos casos de Islam reaccionario no puede ser más ilustrativo, ya que reflejan la perversión y desviación del auténtico Islam para justificar políticas anti-islámicas.

“|…| el rey Fahd (de Arabia Saudita) gasta enormes sumas del tesoro público para imprimir esta clase de Corán y difundir el uahabismo, una ideología anticoránica totalmente carente de fundamentos y que es además un culto supersticioso, atrayendo de este modo a los pueblos y naciones desinformados a respaldar a las superpotencias. Así, (con este artificio) el noble Islam y el Sagrado Corán son utilizados precisamente para ser destruidos”.[32]

Pese a la aparente ortodoxia y pureza del Islam reaccionario y gran parte de los fundamentalismos contemporáneos, todos estos contienen elementos claramente modernistas que los distancian considerablemente del mensaje del Islam tradicional.[33] Por el contrario, el Islam revolucionario se ha planteado siempre una vuelta a los orígenes del Islam, a su esencia, para reformar al hombre y con ello a la sociedad.

El mensaje del Islam revolucionario, con un fuerte contenido social, ha calado en muchos sectores de las sociedades sometidas a la opresión económica del capitalismo que ha engendrado fuertes desigualdades sociales. Irán puede desempeñar el papel de potencia regional en Oriente Medio, pero su mensaje religioso y revolucionario está limitado debido a que el mundo musulmán es predominantemente sunní. Sin embargo, y pese a esta circunstancia, es un claro ejemplo de sistema de gobierno cuya naturaleza “ideológica” lo convierte en un enemigo objetivo de un Occidente cuyos objetivos están determinados por la lógica de la búsqueda del interés material, un interés que en la globalización se define en términos de poder económico y militar. Frente a esto, y sin obviar los intereses coyunturales del Estado, Irán desarrolla una lógica en la que las motivaciones religiosas están muy presentes: Hezbollah en el Líbano, la causa Palestina, el apoyo a la liberación de los pueblos, etc.

Si entendemos por globalización el proceso de expansión a escala planetaria del modelo económico del capitalismo y el libre mercado, unido a su infracultura comercial que tiende a reducir a un mínimo común denominador las culturas de los pueblos hasta desnaturalizarlos y despersonalizarlos, la República Islámica de Irán constituye en el plano de las ideas, pero también a nivel geopolítico, el principal foco de resistencia y la vanguardia de una visión del mundo que se opone a la lógica del interés material y económico, la misma que crea estructuras de explotación y alienación para someter a todos los pueblos del mundo. Si el s. XX fue el siglo de la utopía comunista, el s. XXI será el siglo de la religión de los mustazafín, de los pobres y desheredados, el siglo del Islam.


[1] Nasr, Seyyed Hossein, Vida y pensamiento en el Islam, Barcelona, Herder, 1985, p. 40

[2] Vallès, Josep M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 85-86

[3] Philpott, Daniel, “The Challenge of September 11 to secularism in international relations” en World Politics Nº 1, Vol. 55, 2002, 73-74

[4] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975, p. 291

[5] Mearsheimer, John J., “Anarchy and the struggle for power” en The Tragedy of Great Power Politics, Chicago, Norton, 2001, pp. 29-40 y 46-53

[6] Halliday, Fred, The Middle East in International Relations. Power, Politics and Ideology, Cambridge, Cambridge University Press, 2005, p. 229

[7] El Corán, Madrid, Editora Nacional, 1984, p. 84

[8] Ibídem, pp. 212 y 612

[9] Tabataba’i, Allamah, “The Historical Growth of Shicism” en VV.AA., Expectation of the millennium. Shi’ism in History, Nueva York, State University of New York Press, 1989, pp. 132-153

[10] Shahabi, Mahmud, “The Roots of Shicism” en VV.AA., Shi’ism. Doctrines, Thought, and Spirituality, Nueva York, State University of New York, 1988, pp. 14-19

[11] Morales, Gustavo, El Irán del Imam Jomeini, Madrid, Biblioteca Universitaria, 1988, p. 85

[12] Freda, Giorgio, La desintegración del sistema, Bilbao, Ediciones Joven Europa, 2006

[13] Nasr, Seyyed Hossein, Op. Cit., N. 1, p. 40

[14] Morales, Gustavo, Op. Cit., N. 11, pp. 101-102

[15] Freda, Giorgio, “El verdadero Estado según Platón” en Evola, Julius, El Estado Tradicional, Buenos Aires, Ediciones Heracles, 2002, pp. 144-153

[16] Ibídem, p. 151

[17] Halliday, Fred, Op. Cit., N. 6, p. 212

[18] Morales, Gustavo, El Irán…, N. 11, p. 72

[19] Ibídem, p. 95

[20] Halliday, Fred, The Middle East…, N. 6, p. 232

[21] Jomeini, Ruhollah, Testamento Político y Religioso del Líder de la Revolución Islámica y Fundador de la República Islámica del Irán, Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Islámica del Irán, p. 22

[22] Halliday, Fred, Islam & the Myth of confrontation. Religion and politics in the Middle East, Londres, I. B. Tauris, 1995, p. 47

[23] Halliday, Fred, The Middle East…, N. 6, p. 242

[24] Terracciano, Carlo, Rebelión contra el mundialismo moderno, Madrid, S.O.S. Libros, p. 27

[25] Scholl-Latour, Peter, Alá es grande. Encuentros con la revolución islámica, Barcelona, Planeta, 1984, p. 418

[26] Jomeini, Ruhollah, Op. Cit., N. 21, p. 24

[27] Verstrynge, Jorge, La guerra periférica y el Islam revolucionario. Orígenes, reglas y ética de la guerra asimétrica, España, El Viejo Topo, 2005, p. 65

[28] Ibídem, pp. 58-59

[29] Duguin, Alexandr, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, pp. 55-56

[30] Sadjadpour, Karim, “Treinta años después ¿cómo acercarse a Irán?” en Política Exterior Nº 127, Enero-Febrero 2009, Vol. XXIII, pp. 93-104

[31] Philpott, Daniel, Op. Cit., N. 3, p. 69

[32] Jomeini, Ruhollah, Op. Cit., N. 21, p. 8

[33] Nasr, Seyyed Hossein, Traditional Islam in the Modern World, Londres, Kegan Paul International, 1990, pp. 11-26

Posted by Emboscado at 12:51:35 | Permalink | Comments (2)