LOS VERDADEROS TERRORISTAS

Terror, según la primera acepción del diccionario de la RAE, significa miedo muy intenso, y en su segunda acepción es persona o cosa que produce terror. Terrorismo por su parte significa dominación por el terror.
El gobierno actual no ha tardado en recurrir al miedo intenso para poner en práctica las medidas políticas actuales bajo la excusa de que la situación es más grave de lo previsto y que si no se llevan a cabo empeorará aún más. En este sentido no ha tardado en despertar todos los miedos que se albergan en el imaginario colectivo de una población aterrorizada por la posibilidad de terminar en una situación semejante a la de países como Grecia o Portugal. El gobierno no ha dudado en afirmar que no son posibles otras medidas distintas de las que ha adoptado y que previsiblemente adoptará en un futuro no muy lejano. Al mismo tiempo y de manera implícita se afirma que cualquier otra medida nos abocaría irremediablemente al desastre más grande. Así es como el gobierno hace uso del terror para ejercer su poder para conseguir la aceptación social de sus actuales políticas, las mismas que atentan directamente contra el bienestar de la sociedad mientras las presenta como las únicas posibles para preservar aquello que destruyen.
El guión político del gobierno es como el de un manual de tortura en el que se pretende quebrar la voluntad y resistencia de la sociedad para conseguir la aceptación de sus políticas. Para ello ha comenzado a utilizar el miedo como parte de su estrategia de terror en el marco general de una guerra psicológica contra su población. En este sentido amedrenta a la ciudadanía al presentar un escenario económico peor del previsto con un doble objetivo: por un lado para desmoralizar a la población y crear un estado de ánimo de resignación que facilite la aceptación de unas medidas de ajuste presentadas como inevitables y necesarias, y por otro lado para desorientar a sus ciudadanos de tal manera que no sepan cuál es la posición real en la que se encuentran ni qué pueden esperar. La confusión provocada premeditadamente por el gobierno está orientada a paralizar cualquier intento de resistencia de la sociedad al no saber esta cual sería la respuesta más adecuada para cambiar la situación a su favor.
Los mensajes contradictorios desempeñan un papel muy importante en la estrategia de terror que lleva a cabo el gobierno. Esto queda patente cuando el carácter dañino y claramente perjudicial de estas políticas para los intereses de la sociedad son planteados como sacrificios necesarios para garantizar el bienestar futuro a costa, claro está, de destruir su escaso y endeble bienestar presente. En síntesis esto último significa que para mejorar en el futuro hay que empeorar en el presente so pena de empeorar aún más en un futuro inmediato. O lo que lisa y llanamente significa pagar más impuestos por menos servicios públicos.
Para aumentar la desorientación de la sociedad no se duda en afirmar que la situación es más grave de lo previsto, lo que permite presentar las políticas adoptadas como una realidad inevitable además de necesaria. El estado emocional de pesimismo y resignación creado en la población facilita la aceptación de estas medidas al ignorar por completo la mera posibilidad de que otras políticas distintas puedan llevarse a cabo. El miedo y el desasosiego provocados en la sociedad por la incertidumbre en torno a la gravedad de la situación constituye un estado emocional que anula la capacidad reflexiva, lo que hace que la población esté dispuesta a aceptar cualquier medida aunque vaya directamente contra sus intereses objetivos y, por tanto, que no sean consideradas otras opciones diferentes de las políticas planteadas por el gobierno.
La crisis misma contribuye a desorientar aún más a los ciudadanos al tener unas implicaciones sociales desestructuradoras que producen desempleo masivo, exclusión, crecientes desigualdades, empobrecimiento generalizado, etc…, que crean en el individuo unas condiciones de stress muy elevadas que le abocan a centrar todos sus esfuerzos en buscar una salida a su situación personal y consecuentemente a competir con los demás. El contexto de austeridad general hace que el individuo priorice la satisfacción de sus necesidades materiales más básicas por encima de cualquier otra, lo que exacerba su individualismo y su dinámica competitiva. Digamos que está demasiado ocupado en solucionar sus propios problemas personales, en garantizar su supervivencia, como para emprender acciones colectivas para afrontar los problemas comunes de manera cooperativa. Respecto a esto último la crisis demuestra ser una formidable oportunidad para que el poder establecido impulse políticas que en otras circunstancias hubieran sido imposibles de llevar a cabo, pues estas hubiesen encontrado una fuerte resistencia entre la población.
Por otra parte la desorientación se profundiza con las medidas políticas de ajuste aplicadas por el gobierno ya que, como la experiencia de otros países lo demuestra, conducen directamente hacia el escenario catastrófico que supuestamente deberían evitar. La consecuencia lógica de este proceso es una regresión social sin precedentes en la que se produce la quiebra de cualquier lazo social y con ello la ruptura de la cohesión de la comunidad, lo que desemboca necesariamente en la indefensión tanto individual como colectiva que agrava la dependencia del conjunto de la sociedad con el poder. En estas circunstancias la sociedad está predispuesta a aceptar nuevas y más drásticas medidas que la sojuzguen más todavía, y con ello también a asumir la definitiva implantación de un régimen político que destruya los derechos y libertades bajo la promesa de ofrecer en el futuro seguridad y bienestar material.
Resulta bastante obvio que la violencia psicológica ejercida por el gobierno se despliegue a través de una estrategia de terror. En esta estrategia el miedo e incertidumbre creados acerca de la situación real de la economía son la herramienta fundamental para sacar adelante las políticas actuales, todo bajo la amenaza de problemas mayores en un futuro inmediato. El mensaje es claro: utilizar el miedo para que la sociedad no se oponga a las medidas de ajuste.
Como en un manual de tortura se persigue anular todos los mecanismos de resistencia sociales, quebrar la voluntad colectiva y dinamitar la moral de la sociedad. La desorientación y confusión que generan tanto la crisis como las medidas aplicadas contribuyen a crear mayor indefensión e incertidumbre, lo que acrecienta el terror y la vulnerabilidad. Semejante presión psicológica es la que facilita conseguir la obediencia de quien recibe este trato. Es el gobierno por medio del terror.
Pero a todo lo anterior hay que sumarle las necesarias dosis de mentiras que se vierten en los medios de desinformación para crear una imagen sesgada de la situación, y al mismo tiempo manipular a la ciudadanía para alinearla con los objetivos políticos inmediatos del gobierno. Así, de forma teatral y dramática, se ha escenificado laa situación económica como la herencia de la anterior administración. Esto no es cierto.
El actual partido gobernante ha contribuido de manera activa desde las administraciones municipales y autonómicas bajo su control a generar la deuda pública descomunal que hoy tenemos, todo bajo la autorización del gobierno central anterior que permitió que las comunidades autónomas y ayuntamientos continuaran emitiendo una cantidad desorbitada de deuda pública. Si el país está en la ruina económica es también por y gracias al partido gobernante al haber expoliado sistemáticamente las arcas públicas en comunidades autónomas como Valencia, Madrid, etc…, hasta el punto de haberlas llevado a la quiebra, así como a través de la burbuja inmobiliaria que ayudaron a crear con la liberalización del suelo en la década de los 90. Por tanto, el partido hoy gobernante también es responsable de la situación actual. De este modo su petición de realizar sacrificios para salir de la crisis es un ejercicio de hipocresía y cinismo inaudito, además de una burla y un insulto a la inteligencia de la ciudadanía.
Los verdaderos sacrificios se reparten de manera equitativa entre todos los integrantes de la sociedad, y por el contrario no recaen única y exclusivamente sobre los hombros de las capas más populares del país mientras sus elites políticas, financieras y empresariales se benefician de ellos. Estos mal llamados sacrificios son la práctica inherente de un sistema existencialmente opresivo en el que el gobierno es su más implacable, brutal y despreciable brazo ejecutor. Estas medidas son la más cabal expresión de la dictadura terrorista del capital financiero a la que estamos sometidos y de la que el gobierno es su vil marioneta. Los ajustes forman parte integrante de la violencia estructural practicada por el gobierno de manera sistemática contra la población al empobrecerla y condenarla a la miseria, y por ello constituyen el mayor programa de exclusión social que jamás haya habido en la historia de este país. Lejos de ser medidas que hoy la propaganda gubernamental presenta como temporales mañana no tardarán en ser irreversibles, lo que nos abocará a una condición de pobreza material y moral sin precedentes.
Un gobierno que toma decisiones de este carácter se erige a sí mismo en enemigo abierto del pueblo, y demuestra estar al servicio de los más abyectos y retrógrados intereses del capital financiero. Cualquier gobierno que en nombre del pueblo toma este tipo de políticas encaminadas a destruir al propio pueblo desde sus mismos cimientos materiales carece de cualquier legitimidad. Un gobierno que actúa para satisfacer el vampirismo bancario de la plutocracia a costa de subyugar a su propia población, y que por tanto se ocupa de llevar a cabo el programa político de la banca, debe ser depuesto inmediatamente por todos los medios que sean precisos. Pero no basta únicamente con deponer a un gobierno opresor, es preciso e ineludible que todas aquellas leyes que sostienen este estado de permanente injusticia sean completamente abolidas lo que convierte en legítima la desobediencia ciudadana.
En este contexto en el que las injusticias se sostienen gracias al silencio, la pasividad y la indiferencia existe la obligación moral individual y colectiva de actuar para poner fin a un sistema y a un gobierno que trabajan contra el bienestar material y moral de la sociedad. Así es como la desobediencia, la rebelión y la insurrección se convierten en instrumentos de lucha completamente legítimos para hacer frente a la opresión y la impunidad y prepotencia de los poderosos. La arrogancia de los opresores exige pisotear el orden establecido a su medida, y con este todos los privilegios que les da su actual status de sátrapas de la gran oligarquía financiera global.
El engaño y la mentira sobre la que se asienta el vigente sistema despótico en el que el dinero es el único soberano no puede durar indefinidamente. Tarde o temprano se pondrá de manifiesto que las medidas de ajuste no sólo no resuelven nada sino que todavía empeoran la situación. Será entonces cuando la estrategia del terror ya no funcione y el efecto conseguido sea el contrario del perseguido. Para entonces el ciudadano medio será consciente de que sus gobernantes lo conducen directamente al matadero, y la violencia gubernamental se volverá en su propia contra porque el gris rebaño se habrá convertido en horda. Lo contrario es estar abocados a la barbarie y al fin de la civilización.






