Martes, Enero 30, 2007

TIERRA VERSUS MAR

Con el fin de la guerra fría, la caída del muro junto a la consiguiente  reunificación alemana, la desintegración de la Unión Soviética (la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX) y el cambio de régimen político y económico en Rusia, se daría paso a la instauración de un orden mundial unipolar. Esto ya fue anunciado en su tiempo por G. Bush padre con la expresión New World Order, que se haría tan famosa en la época. Esto no quería ser otra cosa más que la expansión al resto del planeta del sistema económico, político, cultural, social y tecnológico que había imperado en el bloque occidental, lo que suponía, en definitiva, la aparición de un nuevo proceso que es el que hoy se conoce como globalización.


Dicho proceso, iniciado el 9 de noviembre de 1989, terminó de consolidarse el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces la globalización es ya un hecho, y ella ha supuesto la implantación a escala planetaria del sistema económico capitalista y del establecimiento de un mercado mundial. La fase posterior al 11-S ha supuesto una profundización de la globalización, en la que su máximo exportador han sido, y son, los Estados Unidos, difundiendo un modo y estilo de vida acorde con los dictados culturales de las multinacionales, a lo que habría que sumar un progresivo protagonismo de EE.UU. en el campo internacional por la existencia de un unipolarismo marcado por su hegemonía, y sus constantes intervenciones militares.


Es aquí, en este mundo posterior al fin de la guerra fría, con la existencia de una sola potencia de carácter mundial (hoy en declive), donde se encuentran otra vez presentes dos corrientes geopolíticas opuestas, cada una de ellas inspirada por  principios enfrentados, compitiendo cada una con la otra por la colonización del planeta. Se trata del enfoque “terrestre” por un lado, y el enfoque “marítimo” por otro. A partir de estas perspectivas nos encontramos con visiones del mundo radicalmente diferentes y antitéticas entre sí. Son las que orientarán la política de los pueblos y naciones en un sentido u otro.


Las civilizaciones marítimas, como Fenicia o Cartago, se han caracterizado por un dominio de los mares y de las rutas marítimas, a lo que se le suma su carácter comercial y mercantil basado en sus intereses económicos y materiales. Representarían, de esta manera, un modelo de civilización marítima que ha estado presente en toda la historia, y que durante la era moderna tendría su máximo representante en Inglaterra como potencia insular y poder marítimo, exportando el liberalismo y el capitalismo al resto del mundo, siendo el principal heredero de dicho modelo los actuales EE.UU., modelo que se ha venido concretando en su política y estrategia exterior a través de las obras de diferentes autores como Mahan, Spykman o Brzezinski entre otros. En cualquier caso las civilizaciones marítimas se caracterizarían por mantener una primacía de la economía sobre la política, dando prioridad a las cuestiones económicas, comerciales y mercantiles, que son ya las que controlan la política (vinculada al orden de los fines, y a lo que tradicionalmente se ha denominado  como causa pública).


A diferencia de las civilizaciones marítimas encarnadas por Fenicia, Cartago, Inglaterra o EE.UU., caracterizadas por su especial fastuosidad en el plano económico, pero también por su carácter, en lo social y cultural, fundamentalmente cosmopolita e individualista, nos encontramos con el modelo que encarnó Roma como potencia terrestre, y por tanto continental, fundada en un modelo socio-político guerrero-autoritario basado en el control administrativo y en una religiosidad civil, dándose una primacía de lo político sobre lo económico. Esta potencia desarrolló una colonización típicamente continental, aquella que tras una penetración terrestre asimila a los pueblos conquistados, los cuales pasan a ser integrados en la universalidad romana.


A diferencia del modelo de civilización marítima, las civilizaciones continentales constituirían una afirmación de unos valores basados en la jerarquía y en los principios comunitarios, con una primacía de lo social y colectivo frente a lo individual y económico. Esta visión del mundo se caracterizaría por el eurasianismo, tendiendo a la unidad continental de la Gran Isla Mundial, siendo máximos representantes de esta corriente geopolítica tanto Alemania como Rusia, oponiéndose sus intereses tanto económicos como geopolíticos e ideológicos a los encarnados por las potencias marítimas anglosajonas de EE.UU. e Inglaterra, máximos representantes del atlantismo.


Es así como dentro de la evolución histórica universal el atlantismo, como teoría y corriente geopolítica e ideológica, ha tomado plena autoconciencia de sí mismo, y resulta ser a día de hoy el máximo artífice de la globalización siendo su infraestructura ideológica, la cual orienta la estrategia y la política exterior de las potencias marítimas. Evidentemente esta corriente o doctrina geopolítica, da lugar a una visión del mundo muy variada y heterogénea pero esencialmente unitaria.


De tal modo podemos ver claramente las pretensiones de las potencias marítimas de evitar e impedir a toda costa la unidad del gran continente euroasiático, lo que supondría en definitiva el control de la Gran Isla Mundial y el fin de la hegemonía de las potencias marítimas. Fue así como Sir Halford McKinder teorizó la visión geopolítica de las potencias marítimas modernas, y que determinaría de manera decisiva sus actuaciones en el campo internacional impidiendo a toda costa un acercamiento entre Alemania, Rusia y Japón. Esto, a día de hoy, se plasma en un intento por distanciar a la UE de Rusia, y de obstaculizar en lo posible la política exterior francesa que tiene como objetivo alcanzar la unidad política de Europa.


Se trata, si se quiere, de una lucha cósmica entre visiones del mundo antagónicas representadas por la Tierra y el Mar respectivamente, una lucha que enfrenta continentes entre sí por la hegemonía planetaria, y consecuentemente por el triunfo de su particular concepción del mundo. Las fuerzas marítimas anteponen la economía, el igualitarismo y lo material como fundamento de su proyecto civilizacional, lo que significa la primacía del individualismo liberal junto al reino de la cantidad definido por el beneficio privado, el consumismo y las corrientes positivistas junto al dominio de la técnica en la esfera socio-política.


Las fuerzas continentales, dominadas por una visión euroasiática, basan su concepción del mundo en la primacía del territorio y de lo político dentro de su proyecto civilizacional, y que encarnan en cierta manera la idea imperial terrestre de Roma por construir una universitas de carácter continental en la Isla Mundial Euroasiática. Es el mismo proyecto que se opone radicalmente al atlantista, al de las fuerzas marítimas que centran su atención en el dominio oceánico y en la primacía de la economía, es por tanto, un proyecto que antepone la jerarquía y el idealismo como oposición al igualitarismo y al materialismo.


Unas fuerzas, las marítimas, persiguen por medio del igualitarismo la primacía económica y la expansión del mercado, lo que supone en última instancia la extensión y universalización de los valores y forma de vida occidentales que eclosionaron durante la Ilustración, de los cuales EE.UU. pasaría a ser el máximo exportador y promotor; un proyecto basado en el individualismo y que persigue la homogeneización universal de pueblos y culturas bajo la fórmula del mercado. Las fuerzas continentales, en sentido completamente opuesto, vendrían a ser la antítesis de la globalización, que significa en definitiva la primacía de la Tierra sobre el Mar, y con ello la hegemonía de un modelo universal fundado en oposición al materialismo y el igualitarismo.


La corriente antagónica al atlantismo, la euroasiática, afirma la diferencia y particularidad de cada pueblo y cultura dentro de un espacio territorial común: Eurasia. A esto se le suma su oposición al individualismo de signo liberal, aquel que implanta no sólo la atomización en el plano social, sino que constituye el desgarramiento ideológico y cultural de la sociedad, inmersa ya en un relativismo de valores en el que el igualitarismo actúa como catalizador. Frente a esto se opone la primacía de la comunidad, de los intereses de la sociedad sobre los individuales, y el establecimiento de una unidad cultural y espiritual fundada en un proyecto transformador en lo moral. A esto se suma la voluntad de contar con una independencia y autonomía en el plano material y económico a través de la autarquía de los grandes espacios continentales, quedando supeditada la economía a lo puramente político.


Esto, inevitablemente lleva a la confrontación geopolítica entre fuerzas opuestas en una conflagración que tiene por objeto la destrucción del opuesto. Las fuerzas atlánticas extienden su influencia a través del mercado y de la cultura que este inspira, y centra su atención en el hearthland euroasiático para impedir la unidad continental, aquella que le haría perder su hegemonía e impediría, en definitiva, la integración a escala planetaria de los diferentes pueblos y culturas dentro del mercado y del sistema capitalista mundial.


Se puede percibir claramente que la globalización ha dado un nuevo impulso a las doctrinas geopolíticas y a las respectivas visiones del mundo que encarnan, llevando al planeta a una situación en la que el destino de la humanidad depende de la victoria de una de ellas. Las fuerzas euroasiáticas (hoy como ayer representadas fundamentalmente por Rusia) tenderán a expulsar de la Isla Mundial la intromisión de las potencias marítimas que tratan de impedir la unión continental entre Asia y Europa, implantando para ello regímenes afines a la política de las talasocracias oceánicas, como es el caso de los países bálticos o del este de Europa.


Es así como en este contexto se produce un acercamiento entre Rusia y la UE que tiende cada vez hacia una mayor colaboración en cuestiones fundamentales de la agenda política internacional, lo que conlleva, pese a las reticencias existentes dentro de la propia UE y a las presiones angloamericanas, a una mayor concienciación del carácter continental que ha adquirido la política en este siglo XXI.


A esto se le suma el carácter profundamente refractario de los EE.UU. hacia el regionalismo como nueva corriente que tiende hacia la integración económica y política de diferentes países pertenecientes a un mismo continente o a una misma tradición histórica, étnica, cultural... Esto se debe en la mayor parte de los casos a que EE.UU. no controla dichos procesos de integración, salvo en el caso europeo, en el que ha logrado influir de forma decisiva llevando a cabo la integración previa en la OTAN de los que posteriormente serían nuevos socios del club europeo.


Vemos así que, la Tierra y el Mar son los representantes físicos de dos visiones del mundo opuestas, las cuales orientan la política exterior de pueblos y naciones en un sentido u otro, y son al mismo tiempo los inspiradores en cada caso de un determinado sistema de valores y de una ideología concreta. La globalización constituye el enfrentamiento entre la Tierra y el Mar, es la emergencia de una lucha ideológica mucho más profunda, en la que cada vez más, y con especial intensidad, van cobrando fuerza y forma la una frente a la otra. En un lado el expansionismo económico angloamericano, en el otro los fenómenos regionales de integración continental y las aspiraciones euroasiáticas cada vez mayores de UE y Rusia. La suerte está echada.

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Miércoles, Enero 24, 2007

¿Politólogos o chupatintas?

 

La universidad actual, símbolo del más absoluto atraso, decadencia y pasadismo, encerrada en los moldes de unos tiempos que ya pasaron y que nunca más volverán, anclando la educación en viejos esquemas que no sirven para nada, agotados, que no aportan un bagaje cultural e intelectual al estudiante, pero que tampoco le sirven de cara a su futura inclusión en un empleo.

 

Es sorprendente la cantidad de materias absurdas que abundan y predominan en el campo de la ciencia política. Una más que enfermiza insistencia en el estudio positivo de la sociedad con una reproducción, curso tras curso, de las mismas asignaturas en versión repe: estadística I, II, III..., y lo mismo con otras como técnicas de investigación social. Como si semejante metodología, que se basa en formulitas, cálculos matemáticos, cruces de variables y complejas operaciones que realiza un ordenador, pudiera plasmarnos numéricamente la realidad socio-política para poderla entender mejor y obrar en consecuencia. Lo único para lo que sirven es para complicarnos la vida  a los estudiantes.

 

Todos sabemos lo odiosas que son esas asignaturas, esas clases, y esos profesores que no entienden de otra cosa que no sea la de aplicar la R de Pearson a una base de datos de alguna estúpida encuesta, o de indicadores de dispersión, correlaciones múltiples, medias, medianas y métodos centroides. Sólo pensarlo nos provocan náuseas y dolores de cabeza inimaginables, sabiendo que suponen absurdos escollos en una carrera de 4 años de duración.

 

Esa es la metodología burguesa del estudio de la política, la que suprime la teoría, la filosofía política, el conocimiento metafísico del que nacen las ideas más vigorosas, audaces y atrevidas, aquellas mismas que ponen en marcha los verdaderos resortes sociales, que movilizan a la sociedad en un sentido en el momento en que se apoderan de la población... Pero no, la universidad liberal y burguesa prefiere que los politólogos del mañana sean técnicos en estadística, gestores, organizadores del aparato burocrático del Estado o unos meros chupatintas que engullen, cual embudo, miles de cifras que organizan con complejos programas en un gran banco de datos.

 

Las máximas son: eficacia, eficiencia, rentabilidad, productividad..., nos dedicamos a estudiar diferentes formas de gestión y administración de recursos en función de esos criterios. Es el dominio de la técnica sobre el hombre, este ya no puede tener criterio propio ni ponerse metas, el racionalismo económico lo ha atrapado en un callejón sin salida, únicamente sirve a la estructura del sistema y a los intereses económicos de unos pocos: la oligarquía.

 

Es así como no existe otra finalidad para el individuo que no sea el consumo, todo es economía, y la política es la forma de gestionarla. Por eso existe esa redundancia en la tecnificación del estudio politológico, porque los ciudadanos son concebidos como consumidores de política, y su existencia reducida a la condición de números inmersos en una masa despersonalizada.

 

Esto lleva a que la educación en general, pero más concretamente la formación politológica, camine por una senda ideológica muy concreta: la del liberalismo, dejando de lado cualquier estudio pormenorizado de otras perspectivas y corrientes políticas que puedan aportar diferentes enfoques sobre los ámbitos de estudio propios de la ciencia política. Y todo porque eso contribuiría a poner en duda los dogmas oficiales, el sinsentido de muchas cosas y la inutilidad de otras tantas, en definitiva, se correría el peligro de que se comenzara a pensar.

 

Por eso se nos ha impuesto un modelo educativo en el que los estudiantes nos vemos obligados a tomar religiosamente apuntes de todo cuanto diga el profesor de turno, todo para alcanzar la salvación eterna en el día del juicio final que encarna el magnificado examen protocolario. A fin de cuentas las clases universitarias parecen más un  catecismo pseudoreligioso en el que lo dicho por el maestro es palabra divina, mostrándose como revelación incuestionable.

 

Es hora de que las cosas cambien, es hora de romper los viejos esquemas, los moldes obsoletos; que la universidad actual estalle en mil pedazos si es preciso, pero para dejar paso a una nueva, joven y crítica, donde se haga algo más que tomar apuntes y se empiece a pensar un poco, pero sobre todo libre, libre de esa casta de parásitos que son los profesores, que sólo viven para seguir engordando sus gruesos vientres a costa de adoctrinarnos en sus farsas. Ellos son los mayores liberticidas, que reclaman la libertad para sí al tiempo que se la niegan a los demás, porque son ellos los que sirven a la estructura cultural de ese poder que hace de nosotros simples números.

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Jueves, Enero 11, 2007

El conflicto como impulsor del cambio

"Al principio era la acción" Goethe

La vida, el hombre, las cosas, el mundo y las situaciones albergan contradicciones, fruto todas ellas de la existencia de tensiones contrapuestas en su interior, lo que da lugar de forma inevitable a la aparición del conflicto en sus más variadas formas. Es este, en la práctica, el que impulsa el cambio, el movimiento histórico, empujando hacia delante los acontecimientos, movilizando al mundo y dotando al ser humano de su conciencia histórica.

El conflicto como resultado de la contradicción ejerce el cambio, la transformación, es la superación de las contradicciones en una nueva situación por la que existen otras contradicciones y así el conflicto se perpetúa a sí mismo. Los opuestos se unen y se excluyen mutuamente, generando el cambio, el movimiento, la variación.

Entendiendo el conflicto como principio organizador del mundo, cabría pensar además que se trata de un elemento natural, es decir, que preexiste al propio ser humano. Genera a su vez una relación de fuerzas implacable en la que cada una busca su primacía sobre las demás, e intenta reducirlas a la unidad. Juntamente con esto es una prueba de que la desigualdad, o mejor aún, la diferencia y diversidad, son el fundamento mismo de la existencia y la vida, ya que sin ellas no habría contradicción, y por tanto se daría una ausencia de movimiento, todo sería eterna armonía de aquello que es eternamente igual a sí mismo. La igualdad, en un sentido ontológico, implica la ausencia de forma, pues supone la completa homogeneización de todo cuanto pueda existir, reduciéndolo a una mera dimensión cuantitativa e indiferenciada.

Si el reino de la igualdad se materializara, el sueño ilustrado del fin de la historia sería una realidad, pues el movimiento histórico cesaría al desaparecer las contradicciones, y existiría una completa armonía de todo, pero este sueño tendría su definitiva conclusión en la nada, pues con el fin de la historia desaparecería el ser humano y seguramente todo el universo.

Clausewitz dijo en su momento, durante el siglo XIX, que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y en el siglo XX Foucault invirtió esa máxima al afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Independientemente del prisma que utilicemos para entender la guerra, ya sea como un estado natural al modo de cómo lo concebía Foucault, o como una forma de realizar determinados objetivos políticos, no podemos negar que esta es sin lugar a dudas una de las formas más habituales que adopta el conflicto, aunque no la única.

La guerra es propiciadora e impulsora del cambio. La historia en conjunto es una concatenación de acontecimientos más o menos violentos entre los que se dan períodos de cierta paz. Recordar que Clausewitz llegó a afirmar que la paz es el período que se da entre dos guerras.

Pero quizá lo significativo, lo realmente interesante, resida en la importancia que la guerra, como forma violenta de conflicto, ha tenido en los últimos siglos, especialmente durante el s. XX y el XXI, su contribución ha sido la de acelerar el cambio e introducir nuevas dinámicas.

Es indiscutible que tanto la primera como la segunda Guerra Mundial supusieron un impulso para los avances tecno-científicos, los cuales propiciarían un desarrollo general de los factores productivos con un incremento tanto de la producción como de la eficiencia gracias a las nuevas invenciones. Pero tal vez, más interesante aún que esto, sea la lógica y el sentido que la tecnología adquiere en tiempos de guerra, aquel por el que se busca maximizar las pérdidas enemigas y generar la mayor destrucción posible sobre las fuerzas contrarias.

De este modo sale a la luz el carácter más profundo de la técnica, aquel que la identifica como un instrumento de poder, en el que a diferencia de una situación de paz en la que su funcionamiento está orientado hacia una mayor seguridad, para incrementar la producción, y al mismo tiempo garantizar el funcionamiento del aparato socio-económico, pasa a funcionar como un elemento de aniquilación en el que las lógicas internas se invierten y la técnica persigue la sistematización de la destrucción, así como su progresivo perfeccionamiento hasta extremos inimaginables.

En este sentido la ciencia ha logrado suprimir las barreras del espacio-tiempo, ha hecho del dromos un factor esencial que ha significado la aceleración de los acontecimientos, que estos se precipiten cada vez con mayor rapidez.

Pese a todos los avances que ha logrado la ciencia, la precisión de los nuevos inventos de destrucción concebidos para la guerra, no hace que el número de víctimas civiles haya disminuido, sino que muy al contrario, ha tendido a incrementarse, lo cual deje entredicho el sentido mismo de estas invenciones y sus correspondientes aplicaciones.

La guerra como expresión violenta del conflicto seguramente nunca llegue a desaparecer, por ello quizá lo fundamental para permanecer en paz sea admitir como siempre presente la eventualidad de la guerra. Pero al mismo tiempo sería conveniente que el hombre desechase de manera definitiva la dicotomía moralista de guerras justas e injustas, la cual parte de la negación del carácter polemológico de la realidad, al considerar como anormal cualquier forma de conflicto, y muy especialmente la guerra.  Al mismo tiempo esta forma de entender la realidad en este sentido es necesario llevar a cabo una legitimación de la guerra cuando esta conviene, de ahí que aparezcan las guerras justas e injustas, momento en el que se emprende en nombre de un absoluto y la división es ya entre buenos y malos, a partir de entonces al enemigo no basta con derrotarlo, sino que hay que eliminarlo.

Indudablemente esta forma de entender la guerra en la que se niega el carácter conflictivo de la realidad, cuyo primer antecedente se encuentra en el cristianismo y en S. Agustín, ha contribuido a hacer de la distinción moral entre guerras justas e injustas  se intenta legitimar y justificar ciertas actuaciones que encubren unos intereses muy oscuros.

Con esta dimensión moral que ha adquirido la guerra, y que en los últimos tiempos se ha agudizado con creces, se ha contribuido en sobremanera a que existan cada vez un mayor número de guerras, en la que cada uno se hace a sí mismo representante de un absoluto, ya sea el bien, la justicia, y en no pocas ocasiones también de la democracia, los derechos humanos o la libertad.

Curiosamente con esta forma de entender la realidad y más concretamente la guerra, se ha llegado a una situación opuesta a la que se aspiraba arribar en un principio,  que era la de poner fin a la propia guerra haciéndole la guerra. Y con ello la crueldad, la violencia y la muerte se han incrementado al haber aumentado en estos últimos tiempos el número de guerras, contribuyendo al mismo tiempo a que la guerra constituya a día de hoy uno de los más importantes impulsores del cambio, posibilitando a su manera a una aceleración progresiva de los acontecimientos, pero ya con un sentido descendente, aquel que pertenece a la fase de decadencia de un gran ciclo.

Posted by Emboscado at 17:46:43 | Permanent Link | Comments (4) |

Miércoles, Enero 10, 2007

En busca de nuevos horizontes

 

 "Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes. Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía. El gran peligro está en que el hombre confie demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquellas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero" La emboscadura, Ernst Jünger

 Bienvenidos al blog del emboscado, de ahora en adelante, y en la medida en la que tenga tiempo disponible, iré incluyendo diferentes textos y reflexiones, tanto míos como ajenos, sobre temas de lo más diversos.

 Sin más, aquí os dejo el principio de lo que espero sea una larga andadura internetera de un emboscado.

Posted by Emboscado at 22:37:16 | Permanent Link | Comments (0) |