Viernes, Noviembre 30, 2007

ANNAPOLIS: NUEVA FARSA EN EL PROCESO DE PAZ


 
La conferencia de paz de Annapolis en Maryland ha sido una puesta en escena por parte de la administración americana, que, como en otras ocasiones y con motivo de la inminencia del fin del mandato del presidente en su última legislatura, ha tenido una simple finalidad propagandística para: mejorar la reputación del presidente a nivel internacional intentando hacer de mediador entre palestinos e israelíes, y, simultáneamente, aumentar los índices de popularidad en su propio país.

Sin embargo, esta conferencia ha sido un fracaso para los palestinos en la medida en que ha servido para reforzar su división interna al aceptar como único interlocutor válido a Mazen, pero también por cuanto el nacionalismo árabe laico de Fatah y la OLP representan, a día de hoy, una herramienta eficaz al servicio de Israel para domesticar a los palestinos.

La conferencia fue realizada deprisa y corriendo, buscándose únicamente realizar la foto de Olmert, Bush y Mazen juntos, presentando a Bush como el pacificador capaz de generar acuerdos entre palestinos e israelíes. Lo cierto es que no se ha llegado a elaborar una declaración conjunta, y lo único que se ha conseguido es un tibio compromiso de intentar alcanzar un acuerdo entre ambas partes para antes del 2009. Conferencias como la de Annapolis únicamente sirven para figurar y hacerse la foto, no para resolver problemas reales. 

El problema palestino no podrá ver una solución definitiva si no se acaban con las causas reales del mismo, por lo que toda negociación con Israel supone, en definitiva, una claudicación ante los intereses y pretensiones sionistas. A fin de cuentas la intención de EE.UU., más que intentar que palestinos e israelíes lleguen a un acuerdo para antes de 2009, ha sido hacer pasar por el aro a los representantes palestinos, y ello ha sido relativamente fácil por cuanto el sector laico de la resistencia palestina ideológicamente se encuentra más cerca de Occidente, y, además, recibe el apoyo directo por parte de EE.UU. e Israel, a lo que hay que sumar la corrupción extrema en la ANP con las cuentas suizas que tienen sus dirigentes.

La facción nacionalista se ha constituido en una elite económica y social, tremendamente corrupta, con financiación judeoamericana y sólo con legitimidad ante  Occidente. Esto ha conducido a una tibieza en la defensa de los intereses y derechos de los palestinos, conformándose sus líderes con conservar su status adquirido y, de vez en cuando, intentar arañar algunas prebendas por parte del ente sionista.

El carácter impopular de la ANP y de la OLP, del nacionalismo laico en general, se debe a ese distanciamiento con respecto a la población palestina que les ha llevado a, de facto, no asumir sus responsabilidades ante su comunidad. El triunfo electoral de Hamas fue una clara muestra de ello, lo que agudizó la represión de la ANP hacia la población civil por medio del uso de la fuerza, propiciando de este modo una guerra intestina que ha dividido a los palestinos y ha generado una importante fractura social.

Mazen no sólo no es un interlocutor válido, es, ante todo, un títere del sionismo y de los EE.UU., integrante de una elite socio-económica y política corrompida y de marcado carácter mafioso, y que cuenta a su disposición con diferentes milicias para imponer su voluntad sobre los territorios que aún permanecen bajo su control. La administración liderada por Mazen no ha conseguido resultados notables para los palestinos ante Israel, lo que no ha impedido el constante y desmesurado enriquecimiento de la elite política, mientras el conjunto de los palestinos se ve abocado a la pobreza y miseria, a malvivir y a aguantar el bloqueo económico de Israel.

Con las sucesivas concesiones realizadas por Mazen a Israel, y la negativa de este último a ofrecer una solución real y definitiva al problema palestino, se terminará desarrollando entre la población una mayor animadversión hacia sus actuales elites, lo que les restará legitimidad y forzará a las mismas a hacer uso de la fuerza.

Por todo esto, una solución para el problema que se vive en Oriente Próximo es desmilitarizar la región, desde Gaza hasta la frontera del Líbano, desde el Mediterráneo hasta Jordania. Para ello es necesario iniciar un proceso de desarme y pacificación que genere un nuevo escenario que haga posible una solución política para el conflicto. Después de esto, palestinos e israelíes deben decidir de forma conjunta qué quieren hacer con su futuro, cómo quieren vivir y en qué condiciones, sin cortapisas de ningún tipo. Esto significa desmantelar el actual Estado de Israel e iniciar un proceso constituyente sin exclusiones, en el que todos los agentes sociales y políticos tomen parte. Sólo de esta manera se puede conseguir una paz duradera, de lo contrario, los acuerdos que se alcancen siempre responderán a las apetencias de elites políticas cada vez más distanciadas de sus respectivas sociedades, y esto es tan válido para el caso palestino como para el israelí.

Sin embargo, la actual ocupación sionista se fundamenta en una hegemonía judía que somete y supedita a los palestinos a las decisiones e intereses del Estado de Israel. Esta situación que supone el origen y causa última de los problemas que se viven en la zona, debido a la terrible injusticia que supone, debe ser cambiada completamente, y sólo es posible por medio de un acuerdo de igual a igual entre israelíes y palestinos. Todo lo que no conduzca a la creación de una situación así contribuirá a perpetuar el conflicto palestino, pero sobre todo condenará al pueblo palestino a seguir siendo el felpudo del ente sionista.
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Jueves, Noviembre 29, 2007

ELECCIONES PARLAMENTARIAS EN RUSIA


 

El próximo 2 de diciembre se llevarán a cabo elecciones parlamentarias en Rusia, tras las cuales se realizará una nueva configuración política de la Duma. Los sondeos dan como amplio ganador al partido gobernante Rusia Unida, con más de un 68%, seguido, con un 35% aproximadamente, por el PCFR de Guennadi Ziuganov.

Tal como está el panorama ruso, la campaña electoral se ha centrado de forma especial en aspectos de carácter social y económico, sobre todo en lo referido a la prestación de servicios públicos, y, también, en lo que ataña a la creciente inflación que continúa llevando a la población rusa a un permanente empobrecimiento. Además de esto, aunque en menor medida, han estado presentes cuestiones de relevancia internacional como el cada vez mayor distanciamiento respecto a Occidente, la polémica en torno al DAM americano en Europa central, y la política exterior rusa en general.

El sistema político ruso pese a que formalmente ofrece una fachada aparentemente democrática, con una separación de poderes, unas elecciones periódicas, libertad de prensa, pensamiento y expresión, la realidad es sustancialmente diferente en la medida en que, de facto, Rusia vive en una dictadura con una fuerte presencia e intervención del Estado en diferentes ámbitos de la sociedad: prensa, comunicación, economía, etc...

Por todo esto, tradicionalmente el partido gobernante ha tendido a jugar con cierta ventaja con respecto a sus competidores electorales debido al control ejercido sobre los mass-media, y al mismo tiempo a través de las restrictivas actuaciones del FSB (antiguo KGB) en cuestiones de libertad de expresión y prensa, manifestaciones políticas, etc. (Un claro ejemplo de esto lo refleja el alarmismo que en este servicio se ha generado como consecuencia de las tiras cómicas que ha lanzado el PCFR).

En cuanto a las cotas de poder que detentan los diferentes grupos políticos y sociales dentro del régimen, las principales fuerzas, aparte del partido gobernante, son los comunistas de Ziuganov (que previsiblemente en la próxima legislatura serán la principal fuerza opositora), los nacionalistas de Zhirinovsky, y en menor medida grupúsculos neoliberales con representación parlamentaria. Como se ha dicho, Rusia no es un sistema democrático homologable a los existentes en Occidente, por lo que los propios partidos y agentes sociales no son completamente independientes del poder, de ahí que en determinados momentos de la historia de la Rusia postsoviética se dieran pactos secretos entre gobernantes y oposición, justificados en gran parte por la necesidad de garantizar cierta estabilidad que permitiera convivir bajo un mismo régimen a fuerzas políticas opuestas y, al mismo tiempo, permitir la labor del gobierno.

Asimismo la disidencia política que se sitúa (o es situada, según se mire) fuera del sistema es perseguida y se le impide su manifestación pública. Prueba de ello lo constituye la plataforma Otra Rusia compuesta por neoliberales pro-occidentales como Kasparov (recientemente encarcelado) y grupos de extrema izquierda como el antiguo NBP de Eduard Limonov, cuyas manifestaciones ilegales han contribuido a incrementar la presión del Estado y a poner coto cerrado a sus actividades ilícitas. Dentro de la propia disidencia se encuentran, también, los movimientos de ONG's que cuentan con apoyo y financiación occidental, desempeñando de esta manera la función de caballo de Troya al servicio de la UE y los EE.UU., (no hay que olvidar que estas ONG's estuvieron implicadas en labores de espionaje al servicio de potencias extranjeras), lo que ha implicado que el Estado ruso haya impuesto severas restricciones a estos grupos y a sus actividades, al igual que un importante control sobre sus finanzas.

Por todo esto, la única alternativa real al partido gobernante la constituye el PCFR de Ziuganov en la medida en que dicho partido, habiendo aprendido de los errores estratégicos y de los fracasos del antiguo PCUS durante la Unión Soviética, ha recompuesto su orientación política general logrando sintetizar en un mismo programa y bajo una amplia tradición política, elementos como la defensa de la soberanía y particularidad (cultural, étnica, religiosa, etc...) rusa con la reivindicación de la justicia social y la abolición de la explotación del hombre por el hombre, proyecto que encuentra en la definitiva emancipación de las masas trabajadoras su fin último.

La tibieza y cierta fragilidad (y también oportunismo, todo hay que decirlo) de la política exterior de Putin, pese a su creciente endurecimiento los últimos meses, unido a las todavía no definidas, al menos no por completo, líneas generales de la política exterior rusa, ha llevado a los partidos radicales, tanto comunistas como nacionalistas, a reivindicar una mayor resolución por parte de Rusia de cara a defender sus intereses en el mundo, y al mismo tiempo a reordenar sus relaciones en la esfera internacional con el resto de países. Todo se sintetizaría en una oposición a Occidente a través de acciones concretas hacia lo que se considera una actitud hostil con Rusia, lo que podría manifestarse en una negativa a los planes americanos en Europa y Asia utilizando para ello su denuncia en organismos internacionales y, a su vez, apoyando a los países y regímenes que ofrezcan resistencia al unipolarismo euroamericano. Junto a esto habría que sumar una decidida potenciación de la presencia rusa en áreas vitales para sus intereses como: Cáucaso, Asia Central, Oriente Próximo y Extremo Oriente, y seguir una dinámica de escalada acción-reacción en el frente diplomático que se expresaría a través de la suspensión de diferentes Tratados, etc., buscando como fin último dentro del ámbito internacional devolver a Rusia el carácter de potencia de carácter global.

Pese a los intentos desde el Kremlin de desarrollar partidos políticos socialdemócratas para captar parte del electorado del PCFR, la complacencia demostrada por parte de estos hacia el poder gobernante es demasiado evidente como para poder hacer creíbles sus propuestas políticas, unido a su tibieza en materia social, lo cual les resta popularidad. Sin duda, Putin ha centrado sus esfuerzos en solventar cuestiones relacionadas con la política exterior, lo que ha constituido un importante avance para Rusia de cara a una mayor presencia y participación en el ámbito internacional, pero ello ha supuesto el descuido de cuestiones domésticas de vital importancia, aquellas mismas de las que depende, en última instancia, la viabilidad a largo plazo de la actual política exterior rusa.

Los descuidos de Putin en este tipo de materias le terminarán pasando factura pese a que cuenta, todavía, con un importante respaldo social, pero ello no impedirá que se vaya erosionando y debilitando cada vez más fruto de la incompetencia gubernamental en materias como sanidad, alimentación, economía, etc... Rusia cuenta con una importante tasa de desempleo, una inflación del 8% anual lo que conlleva un progresivo y cada vez más acelerado empobrecimiento de la sociedad. A todo esto hay que sumarle el drenaje demográfico en las regiones extremo orientales, habiéndose perdido más de un millón de habitantes en Siberia, ligado a las cada vez más bajas tasas de natalidad (los programas para su potenciación no se han llevado a cabo de forma exitosa, a lo que se han unido contradicciones internas a la hora de su aplicación). Como uno de los principales causantes de la baja natalidad se encuentra la inestabilidad laboral y la precariedad del empleo, lo que refleja una situación por la que los trabajos están mal remunerados y ello impide contar con los recursos suficientes y de la estabilidad necesaria para formar una familia.

En otro orden de cosas nos encontramos con la problemática de la corrupción dentro del Estado, y muy especialmente en el ejército pese a que esta ha remitido en algunas zonas. Ello está motivado, en gran parte, por la pésima remuneración de los militares, lo que ha llevado a Andrei Lugovoi a presentarse como segundo en las listas del partido de Zhirinovsky para reivindicar un sueldo digno para los militares.

Como consecuencia de la precaria situación económica de los rusos, el inadecuado reparto de la riqueza ha generado una polarización social y extremado la brecha entre ricos y no-ricos, siendo los primeros aquellos que concentran en sus manos la mayor parte de la riqueza nacional y los segundos los que tienden a sumirse, cada vez más, en niveles crecientes de pobreza. Esta situación es más alarmante aún en Moscú, donde se exterioriza y hace patente por la enorme cantidad de mendigos y el exorbitante nivel de vida de las clases privilegiadas haciendo suyo el way of life occidental.

Todo lo ya dicho, unido a la inmigración de población procedente de países vecinos que está padeciendo Rusia, inmigración que en su mayor parte es ilegal y pasa a ocupar empleos mal remunerados, genera el caldo de cultivo social y económico para que un partido que haga una clara apuesta social en su programa político, como es el caso del PCFR, pueda sacar gran rentabilidad electoral y hacerse con gran parte del electorado ruso. Y es, actualmente, el único partido que se encuentra sinceramente comprometido con unos valores de justicia social, anteponiendo la comunidad y los intereses generales frente a los intereses particulares de individuos y oligarquías.

Así pues, con las recientes restricciones electorales que imponen una barrera del 7% de los votos para obtener representación parlamentaria, y que dejará fuera a gran cantidad de fuerzas políticas minoritarias, el  PCFR es, hoy por hoy, la única fuerza política alternativa a la gobernante en la medida en que terminará siendo el grupo político de oposición mayoritario, lo que, a medio-largo plazo le permitirá alcanzar una posición de mayor fortaleza, erigiéndose así como vanguardia política de las transformaciones sociales, económicas y nacionales de Rusia.

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Miércoles, Noviembre 28, 2007

PUEBLO, NACIÓN, ESTADO


 
 

En un mundo globalizado y profundamente transformado por el sistema capitalista, se ha hecho necesario volver a formular y repensar conceptos y términos como el de Pueblo, Nación y Estado. Sin embargo, es significativo que todas las nuevas formulaciones que se han realizado, como respuesta a la globalización y a su poder cultural, han constituido, en esencia, subproductos del propio proceso subversivo y disolvente contra el que pretendían enfrentarse.

El hecho de partir de las mismas premisas sobre las que se asienta el fenómeno de la globalización, implica, en última instancia, contribuir de forma activa a acelerar el proceso destructivo en curso, confundiendo las consecuencias con las causas, combatiendo las primeras y no las últimas donde realmente reside la auténtica solución al problema.

La propia noción de Pueblo ha sido sometida, a lo largo de la historia, a permanentes redefiniciones, en su mayor parte propiciadas por los nuevos acontecimientos históricos que iban produciéndose, y siempre unidos a la eclosión de nuevos movimientos sociales impulsados por la aparición, a su vez, de nuevas corrientes ideológicas y filosóficas. Todo ello ha dado lugar a una heterogénea cantidad de formas diferentes de definir el concepto Pueblo, pero que todas ellas mantienen un nexo común que reflejan una visión del mundo esencialmente unitaria. La piedra angular sobre la que se han construido todas las estructuras culturales e ideológicas, tanto modernas como postmodernas, es el igualitarismo, que constituye la inspiración última de prácticamente todas las definiciones que sobre el concepto Pueblo se han realizado.

Tras la aparición de los Estados-nación modernos posteriores a las revoluciones americana y francesa, la noción de Pueblo establecida no era otra más que la de Pueblo revolucionario levantado en armas, masas enfrentadas al régimen absolutista, que tras la destrucción de los rescoldos del feudalismo pasaron a ser integradas en un sistema jurídico igualitario, en el que el Contrato Social, como marco general de las leyes y fuente última de éstas, suprimió las diferentes jurisdicciones como consecuencia de la abolición de las distintas jerarquías funcionales hasta entonces existentes. El Pueblo adoptó una definición igualitaria como suma de individuos dentro de un territorio regido por el Contrato Social.

A esta definición le sucedió aquella otra que generó el romanticismo con su literatura, su sentimentalismo y su propia imaginación. Los nacionalismos decimonónicos encontraron en la escuela filosófica romántica alemana el material intelectual necesario para desarrollar una nueva concepción de Pueblo, pasando a hacer hincapié en el aspecto cultural, lingüístico, étnico, folklórico y religioso como nexo de unión entre los individuos que forman el Pueblo y como elementos configuradores de la personalidad del mismo.

A partir de aquí nace todo el discurso identitario actual, que se fundamenta en la existencia de un conjunto de rasgos y particularidades comunes a una cantidad de individuos que integran una realidad superior que es el Pueblo. Todos los integrantes son iguales en la medida en que comparten los mismos rasgos de identidad, la diferencia de identidad se manifiesta con respecto a "los otros", aquellos que no forman parte del Pueblo, de la comunidad de referencia, y que por tanto no comparten la misma identidad.

A lo largo de la historia se aprecia, en todas las definiciones de Pueblo, el fundamento igualitario sobre el que se asienta la noción moderna de dicho concepto. Si en un primer momento el Pueblo no fue más que la suma de individuos que integran un ordenamiento jurídico común, las recientes definiciones dadas por el nacionalismo trasladan el mismo igualitarismo al terreno de la identidad, en la medida en que todos comparten por igual unos mismos rasgos que los diferencian con respecto a otros pueblos.

El igualitarismo también ha impregnado el sentido y significado de otros conceptos como son los de Nación y Estado. En el caso de Nación se trata de un concepto que tiene su origen en el latín "natio-nationis" que, a su vez, proviene del verbo "nascor, natas sum" que quiere decir nacer, provenir, surgir, salir... Fue empleado por vez primera por los romanos, quienes lo utilizaron para diferenciar a las diferentes tribus que encontraban a lo largo de sus conquistas por el mundo. Esta fue una noción desprovista de cualquier carácter político que, llegada la modernidad, cambiaría considerablemente.

La Nación, con las revoluciones burguesas de 1776 y 1789, dejó de tener un carácter lingüístico y cultural para ser, desde entonces, una magnitud económica por la que el mercado adquiría un mayor tamaño a nivel territorial suprimiendo las trabas de las  jurisdicciones locales, superando así las estrechas limitaciones espaciales que estas le imponían. El mercado, desde entonces, adoptó una dimensión nacional rompiendo las restricciones jurídicas que impedían su crecimiento, expansión y libre funcionamiento.

La Nación pasó inmediatamente a identificarse con el Estado, en la medida en que el Estado, como ente político y administrativo dotado de soberanía, se estableció como garante de la libertad de mercado en el territorio nacional. Así, dicha organización político-económica denominada ya Estado-nación, asumió las premisas igualitarias que eliminaban las jerarquías funcionales hasta entonces vigentes y que, debido a sus jurisdicciones, restringían el ámbito territorial del mercado y el libre comercio. El Estado-nación, como magnitud económica, no tiene en consideración las cualidades de quienes integran el territorio que abarca, sino que estos únicamente son considerados sujetos moralmente iguales sometidos al imperio de la ley.

El Estado, lejos de representar una Idea en función de la cual mantener unida y cohesionada al conjunto de la sociedad, es ya un mero instrumento de dominación de clase encargado de gestionar el conflicto social, mantener el orden público y emplear la represión contra los opositores al orden establecido. No deja de tratarse de una mera herramienta burocrática cuya existencia es posible gracias al ejercicio de la violencia.

Con el igualitarismo desaparecen las jerarquías funcionales, aquellas que se fundaban en el carácter cualitativo del individuo, para ser sucedidas por jerarquías que basadas en el carácter cuantitativo de los individuos, estableciéndose así las jerarquías de clase social por las que quien más tiene manda.

Con la globalización el igualitarismo se ha profundizado, habiendo laminado las soberanías nacionales y extendido el mercado a escala planetaria, e impidiendo al mismo tiempo la intervención y el control económico por parte de instituciones públicas. El gran mercado capitalista mundial ha contribuido a implantar su propio poder cultural en todo el planeta, convirtiendo al conjunto de la población en masa de consumidores, guiados por los estereotipos, la publicidad, el marketing y la moda, lo que supone, en última instancia, reducir su existencia a la de números en estadísticas comerciales.

Para el mercado es indiferente que alguien hable francés, chino, bantú o catalán, de igual manera que no le importa, a su vez, que haya nacido en un sitio u otro, sea blanco, negro o cobrizo, porque lo único que le interesa es el consumo, y por tanto que la sociedad se vea sumergida en una espiral consumista desenfrenada. Todo esto supone el triunfo del igualitarismo en todos los ámbitos y facetas de la vida humana, lo que lleva a la homogeneización con la implantación de las mismas pautas de comportamiento inducidas por el mercado, un estilo de vida, unas metas culturales centradas en el consumo, etc, etc.

Entonces, ¿de qué sirve hablar un idioma, tener una determinada ciudadanía, o ser de una u otra raza si todos somos reducidos al mínimo común denominador encarnado por la figura del consumidor?. Nada de esto importa mientras impera el poder del dinero, y por tanto mientras quien más tenga siga mandando. No tiene sentido hablar de pueblos o naciones, ya que estos han desaparecido al disolverse en el mercado. Por esta razón, frente a las definiciones igualitaristas de los conceptos enunciados, sólo cabe oponer una definición verdaderamente antagónica, y por tanto fundada sobre principios inigualitarios.

Únicamente es posible hablar de la existencia de un Pueblo cuando existe organización jerárquica y funcional, contando con una elite rectora encargada de la dirección política, un estamento compuesto por guerreros destinado al ejercicio de la función militar, y, finalmente, el estamento de los productores encargados de llevar a cabo la función productora de la economía. La masa es convertida en Pueblo en la medida en que recibe forma por medio de su organización jerárquica y funcional. El Pueblo es, entonces, organización jerárquica y funcionalmente establecida.

De esta manera el individuo se encuentra integrado en una organización en la que desempeña una función para el conjunto de la sociedad, recuperando así su sentido comunitario. Y al mismo tiempo su valor no reside en lo que tiene sino en lo que es para la comunidad.

Pueblo es, esencialmente, un régimen político organizado a partir de premisas inigualitarias. Por esta razón se puede establecer una identificación directa entre Pueblo y Estado, en tanto en cuanto es el Estado la concreción jurídica y política de dicha organización, desplegando su poder por medio de sus estructuras tanto hacia fuera (en relación con otras unidades de poder), como hacia dentro (por medio de sus procesos internos).

Finalmente, cabe decir respecto al concepto Nación que es preciso desecharlo por completo debido al abuso político e ideológico del que ha sido objeto, pero sobre todo por tratarse de un concepto esencialmente moderno cuyo único destino es pasar a formar parte del cubo de la basura de la historia.
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Miércoles, Noviembre 21, 2007

HACIA LA PREGUNTA DEL SER


 

Como señaló en su momento Martin Heidegger, la filosofía occidental, desde sus comienzos, se interesó únicamente por las cosas que hay en el mundo en torno a las que empezó a formular diferentes cuestiones y, al mismo tiempo, a elaborar clasificaciones, olvidando así el hecho primordial de que el mundo existe y por tanto es.

De este modo, previo a todo conocimiento, sujeto u objeto el mundo existe, siendo condición básica de la existencia el Ser. El Ser constituye así el fundamento y la condición originaria que permite que todo lo demás exista. Los diferentes seres (objetos, personas, procesos, relaciones...), como entidades que forman parte del mundo, integran el Ser, de forma que todo ser es en el Ser.

Percibir el significado de la existencia lleva, también, a imaginar la posibilidad de la no existencia, es decir, la Nada como inexistencia de las cosas. Por medio de la Nada se aprecia la importancia del Ser, en tanto en cuanto es el Ser el que hace posible la existencia de todos los demás seres.

La preocupación de la filosofía occidental por los seres y por las diversas particularidades del mundo ha dado lugar al olvido del Ser, y ello ha motivado dar comienzo a una nueva labor en la filosofía: pensar. Heidegger marcó así un punto de inflexión en la historia de la filosofía, dejando de pensar los seres para comenzar a pensar el Ser de cara a su comprensión. Es justamente a partir de este momento cuando la filosofía se encamina ya hacia la pregunta del Ser.

El hombre es el único ser que se sorprende de su propia existencia, y es por esto que es capaz de realizar todas aquellas preguntas fundamentales que conciernen a todos los seres. El ser humano puede, en definitiva, preguntarse por el Ser y su significado. Mientras que las filosofías del pasado han buscado responder a las preguntas importantes mediante teorías que pretenden explicar la realidad a partir de aspectos particulares de esta, el hecho de plantear la pregunta acerca del Ser y su existencia supone una ruptura con esos viejos moldes fundados en parcialidades, y abre camino al verdadero pensamiento que pone de relieve la unidad y relación entre el Ser y los seres.

En la medida en que la filosofía se ha limitado a estudiar y pensar los seres olvidándose del Ser, ha caído en divagaciones carentes de sentido por las que las diferentes teorías filosóficas únicamente han supuesto un refinamiento de teorías precedentes o sus meras refutaciones. Esta problemática de la filosofía ha engendrado, a su vez, el reduccionismo, fenómeno por el cual se tiende a explicar la realidad a partir de uno sólo de sus aspectos.

La trayectoria de la historia de la filosofía viene marcada por sus propios inicios, en el momento en que Platón centra el pensamiento filosófico en las cosas del mundo intentando darles una explicación fuera de éstas, apelando para ello al mundo de las formas eternas y de la metafísica. A todo esto se le uniría la cuestión moral acerca de la mejor forma de organizar la vida del hombre en la tierra, lo que conduciría desde entonces y en adelante todo el quehacer filosófico.

Tras Platón, diferentes filósofos han elaborado sus correspondientes filosofías centrándose igualmente en aspectos parciales de la realidad (voluntad de poder, cosa pensante, etc...), y que han intentado utilizar para explicar el mundo en su conjunto. Todo ello ha dado lugar a un mayor distanciamiento del hombre con respecto al Ser, lo cual quedó reflejado en la implantación de la distinción radical entre sujeto y objeto efectuada por Descartes.

Dicha dualidad implica la negación de la unidad del Ser, lo que trae consigo una serie de consecuencias por las que el hombre, considerándose un ser especial, termina erigiéndose en referente del mundo, pasando a creer que el mundo, en su conjunto, existe para sí mismo. La filosofía centrada en la humanidad se ha desarrollado bajo esta creencia aparentemente inofensiva, lo que ha llevado a la actual crisis de la modernidad y de la propia filosofía.

Sin embargo, afirmar la unidad entre el Ser y los seres, y con ello establecer que el hombre no es más que un ser entre otros seres, supone la superación de la falsa disyuntiva establecida entre sujeto y objeto, aquella que centra el mundo en torno al individuo.

Pero la unidad entre el Ser y los seres se manifiesta en el ser/estar-ahí, el Dasein, tal y como lo denominó Heidegger, ya que el ser humano no es algo ajeno al mundo en el que vive, sino que tiene una existencia real en este mundo manifestándose por medio de su presencia entre otros seres. El Dasein viene a la existencia en el mundo dentro de un contexto concreto que condiciona todas sus posibilidades. Así, cada Dasein está condicionado por ese entorno que le provee de una particular forma de ser que Heidegger identificaba con la cultura. Por esta razón, cada sistema filosófico y de pensamiento que ha pretendido adoptar un carácter "universal", únicamente refleja las particularidades del contexto en que dichas ideas fueron concebidas, y por tanto del mundo intelectual de la época.

Es así como todo Dasein está formado por la cultura del entorno social en el que se encuentra inserto. Esta es la que organiza su visión del mundo y su forma de entenderlo. El Dasein se explica a sí mismo a partir del mundo en el que existe. El Ser hace posible la existencia de los demás seres, y entre ellos el Dasein, al que provee de un contexto social en el que adopta una forma de ser.

El Ser, constituye, en definitiva, el soporte que hace posible la existencia de todos los demás seres proveyéndoles de un contexto, de un medio, en el que desenvolverse, desarrollarse y ser. La desaparición de los seres constituye un vaciamiento del Ser que le conduce hacia la Nada. Todo ello indica que, la dualidad objeto-sujeto artificialmente creada ha centrado todo el pensamiento en el hombre, y al considerarse este como la referencia del mundo ha pasado a considerarlo hecho para sí, a tratarlo como un recurso a explotar. Esta actitud irresponsable ha dado lugar al creciente vaciamiento del Ser, la actual actitud nihilista del hombre moderno que se concreta en la actual destrucción de  aquello mismo que hace posible su existencia, sólo podrá verse superada si se vuelve a pensar el Ser como una unidad, pasando a considerar al hombre como un ser más entre otros seres que forman, en su conjunto, parte del Ser.
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Sábado, Noviembre 17, 2007

ÁFRICA EN LA GLOBALIZACIÓN


 

Se puede decir que desde el siglo XIX, momento a partir del cual África se incorpora al sistema capitalista mundial, la situación de las economías de los países africanos no han cambiado de manera sustancial desde entonces. Las causas de que esto sea así se debe en gran parte a motivos estructurales, que son los que favorecen la dependencia de dichas economías con los países del norte.

De algún modo la propia situación económica de los países africanos hace explicable la violencia política que se vive en el continente, influyendo de manera importante en la estabilidad de la región y en la propia evolución económica de estos países.

Los países africanos se encuentran en pie de desigualdad frente a los países desarrollados del norte, consecuencia directa de la propia estructura económica que se ha venido estableciendo a nivel mundial, y que concretamente en África no ha variado prácticamente nada desde que se impuso en el XIX. La situación de estas economías es, además de dependiente, extravertida, ya que los propios países africanos tienen vínculos a nivel estructural con los países desarrollados, pues se ven obligados a buscar salida a sus productos en los mercados exteriores.

Debido a esto los Estados africanos consideran como algo central sus relaciones exteriores con el mundo desarrollado, y los vínculos van más allá de lo meramente económico en cuanto a viabilidad financiera, siendo también clave la procedencia de su legitimidad política.

Se puede decir que África ha heredado de Occidente todas sus taras a nivel político y económico, y eso le ha sumido en su actual situación caótica y paupérrima, con unas serias dependencias ya no sólo con los países desarrollados, sino incluso con las grandes oligarquías económicas y las plutocracias mundiales representadas por el BM y el FMI.

Al margen de distintas iniciativas en busca de una economía autocentrada en África, se encuentra la imposibilidad real en términos físicos de universalizar un tipo de sociedad y de producción industrial. Quizá la cuestión no es si África es pobre o no, si puede desarrollarse por sí misma o necesita ayudas de algún tipo, quizá la clave de los problemas sea si es deseable que un modelo de organización y producción económica se universalice a escala planetaria. Se habló en su momento de que la solución para África iba a ser su independencia política, se ha comprobado que no ha sido así. Acto seguido se propuso la necesidad de aplicar los proyectos elaborados por el FMI y el BM que únicamente responden a las tesis neoliberales hoy en boga. Se propuso en definitiva desarrollar un política económica orientada hacia la exportación, lo que ha originado inevitablemente la dependencia con sus compradores del norte.

No falto de buenas intenciones, el movimiento de los no-alineados no jugó un papel decisivo dentro de las relaciones internacionales de la guerra fría, y menos aún fue capaz de articular algún tipo de proyecto a favor de un nuevo tipo de orden económico mundial, todo se limitó a una declaración de intenciones y de principios. El contexto histórico del enfrentamiento entre superpotencias y la propia guerra fría, hacia inviable en la práctica el desarrollo e implantación de terceras vías que posibilitaran modelos alternativos al soviético o al occidental. En cierto modo esto contribuyó en alguna medida a mantener el mismo estado de cosas.

La globalización ha supuesto la extensión a escala planetaria de un tipo de sistema económico, el cual responde a un modelo propiamente occidental, con sus correspondientes consecuencias políticas, culturales, etc... Es algo que no se hace notar lo suficiente, y es el hecho de que la expansión de un modelo de organización económica occidental, como es hoy el capitalismo, tiene unas implicaciones en el terreno de lo político y de lo cultural dentro de los pueblos y países. No asumir esta parte de la realidad es no querer aceptar que ello suponga en el futuro una fuente importante de serios conflictos.

Pero a esta globalización no sólo ha contribuido la propia dinámica interna del sistema económico capitalista, sino que ha incidido en cierto modo el factor científico-técnico y las propias premisas en las que se funda toda la estructura del sistema. La ciencia, con su desarrollo, ha contribuido a aumentar los grados de rentabilidad en la explotación de los medios de producción, a sistematizar todavía más el proceso productivo incrementando los grados de utilidad, pero también a acortar distancias, incrementar la velocidad y romper las barreras del espacio, es de este modo como se ha venido dando una continua aceleración por efecto del dromos de la modernidad. Inevitablemente esto conlleva la expansión de ese mismo sistema que nació en Occidente, su extensión se hace planetaria y termina, como hoy vemos, universalizándose. Este aspecto es preciso tenerlo en cuenta para que, de algún modo, también entender desde una perspectiva diferente la problemática africana actual.

El imperialismo occidental responde a la propia voracidad económica, siendo las grandes plutocracias económicas como el FMI y el BM las que hacen posible una estructura de intereses como la actual, dando lugar a un constante endeudamiento de los países e imponiéndoles medidas que, en cualquier caso, únicamente benefician a estas entidades financieras internacionales.

La causa de los males a nivel económico y social en África no son los países del norte, es un error achacarles los problemas de aquellos, tal conclusión conllevaría un inútil masoquismo, la causa se encuentra en esas organizaciones económicas transnacionales, que son las que mantienen un sistema económico mundial que favorece los intereses privados de unos grupos sociales muy concretos. De estos grupos y organizaciones son víctimas los pueblos del mundo. En una era global únicamente podemos hablar de problemas globales cuyas causas reales se concentran en organizaciones, grupos y clases sociales de carácter igualmente global. Pretender localizar las causas de los males que genera el capitalismo en unas determinadas fronteras geográficas, supone olvidar las dimensiones planetarias que ha adoptado, habiendo desarrollado múltiples tentáculos a través de los que controlar el mundo y explotar los pueblos, sus tierras y riquezas.

La situación tan degradante en la que se encuentra África refleja la vergüenza y la vileza de un sistema y de unos grupos internacionales que, para lavar la cara y su mala imagen, desarrollan una retórica filantrópica apelando a los valores humanitarios, para lo que emplean parte de sus fondos en campañas de ayuda humanitaria o, simplemente se limitan a presentar ante la opinión pública grandes proyectos que en la realidad y en la práctica no resuelven nada, sino que por el contrario todavía ayudan a empeorar y a agravar la situación de por sí precaria que se vive en determinados lugares.
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Sábado, Noviembre 10, 2007

GOBIERNO PROAMERICANO DE GEORGIA EN CRISIS


 

Georgia, y toda la región que la circunda, desde el Mar Negro hasta los Montes Celestes en China, constituye un importante foco de inestabilidad internacional en el que se desarrollan importantes pugnas entre diferentes países para conseguir áreas de influencia propias. Georgia no escapa a esta dinámica de enfrentamiento donde Rusia, junto a China y EE.UU., son los principales actores internacionales de la lucha por el control de amplios espacios en una zona de vital importancia geoestratégica.

Después de la revolución de terciopelo que desalojó del poder al anterior presidente Eduard Shevardnadze, alineado con la política de Moscú, se implantó un nuevo gobierno pro-occidental dirigido por el actual presidente Mijeíl Saakashvili, quien, habiendo sido apoyado por los EE.UU., puso en marcha una serie de movilizaciones auspiciadas por ONG's, sectores de la oposición política, medios de comunicación y grupos de interés económicos, que generaron un clima de tensión social que hizo posible el derrocamiento del gobierno.

Bajo la presidencia de Mijeíl Saakashvili, Georgia se alineó con los intereses de EE.UU. hasta el punto de desarrollar una política antirusa además de solicitar el ingreso en la OTAN. EE.UU. no había tenido hasta ahora tanta presencia en el Cáucaso de no haber sido por el triunfo de su candidato para la presidencia georgiana.

Georgia es de gran importancia estratégica para la política exterior americana, en la medida en que el espacio que ocupa dicho país ofrece una serie de ventajas estratégicas sobre una de las regiones más importantes del planeta. Así pues, Georgia se encuentra en el Cáucaso, que como región abrupta y montañosa se encuentra entre dos mares interiores de especial importancia: el Mar Negro y el Mar Caspio. El control del Cáucaso permite el dominio de ambos mares interiores, y al mismo tiempo constituye una zona que dada su posición geográfica a medio camino entre Oriente Próximo y Oriente Medio, puede servir de base estratégica para proyectar tanto sobre el Golfo Pérsico como sobre Asia Central y, muy especialmente, sobre el Caspio, la influencia norteamericana para la salvaguarda de sus intereses nacionales, y al mismo tiempo contribuir a cercar el espacio de la Federación Rusa dentro de sus actuales fronteras nacionales.

La política de Georgia con respecto a Rusia ha venido marcada por una serie de desencuentros bastante graves que, en los últimos tiempos han venido agravándose más por causa de diferentes acontecimientos que han puesto en serio peligro la estabilidad y seguridad en la región.

Cabría destacar sucesos como la reciente declaración de personas non gratas y su correspondiente expulsión a varios integrantes de la misión diplomática rusa en Tiflis. Además de esto, la política actual del gobierno georgiano ha estado impregnada de una fuerte retórica antirusa que no ha estado desprovista de consecuencias reales, como puede ser el hecho de solicitar su entrada en la OTAN, o mismamente su reciente ingreso en la OSCE.

A lo ya dicho hay que sumar la creciente hostilidad que se ha desarrollado con la detención de agregados militares de la embajada rusa, lo que situó al país en una crisis diplomática con Rusia y contribuyó a empeorar las relaciones con esta. Asimismo, los constantes conflictos en la frontera ruso-georgiana en torno a los litigios territoriales mantenidos entre ambos países, y que han sumido en una indefinición jurisdiccional a ciertos territorios, ha propiciado enfrentamientos armados entre los ejércitos de ambos países, lo que ha producido, incluso, víctimas civiles.

Las tensiones geopolíticas son cada vez más crecientes, prueba de ello es el conflicto que mantienen enfrentadas a Rusia y a Georgia en torno al control de Osetia del norte que, actualmente, se encuentra dentro de la Federación Rusia pero que Georgia reclama bajo la acusación de que Rusia promueve los movimientos separatistas en la zona. La situación se tensó más si cabe con la acusación por parte de Georgia hacia Rusia de que esta última era la responsable de la violación de su espacio aéreo y el disparo de un misil aire-tierra que cayó en territorio georgiano. Más tarde se demostraría que el avión no era ruso sino georgiano, y que el propio misil no había caído donde las autoridades georgianas declararon, descubriéndose, también, la manipulación por parte del gobierno georgiano de las pruebas suministradas a la comisión investigadora compuesta por altos oficiales de los ejércitos ruso y georgiano.

Tras los escándalos de corrupción, blanqueo de dinero y de imprudencia en la dirección de defensa por parte del actual presidente de Georgia, la opinión pública se ha manifestado en su contra, lo que ha provocado una importante respuesta popular de cara a propiciar nuevas elecciones e instaurar un nuevo gobierno. No es descartable que en Rusia aproveche la ocasión para devolverle a EE.UU. su jugada de 2003 con la revolución de terciopelo, pero esta vez estableciendo en Tiflis un gobierno alineado con Moscú que garantice el control ruso sobre el Mar Negro y el Cáucaso.

Saakashvili únicamente supo responder a las protestas con estado de excepción, represión policial, sacar el ejército a la calle y realizar detenciones masivas de opositores caldeando más si cabe la situación. Cuando un gobierno deja de ser legítimo y provoca la salida a la calle de la ciudadanía, el último recurso con el que cuenta el poder político es hacer uso de la fuerza, a lo que se suma la suspensión de las libertades de reunión e información, incomunicando así al país. Pero esto, como se ha visto, únicamente ha contribuido a generar el rechazo internacional ante estas medidas por el temor a que la situación terminara yéndose de las manos, y Georgia acabara en un conflicto civil de dimensiones desconocidas, a lo que se sumaría la más que probable intervención de países vecinos. Finalmente Saakashvili ha convocado elecciones, lo que ha recibido la aprobación internacional, por lo que los comicios se celebrarán en enero y es muy probable que le sustituya un gobierno de signo diferente habiendo podido comprobar los georgianos el mal resultado de la actual administración proamericana.

Georgia, si realmente quiere garantizar la integridad de sus intereses a nivel internacional, la única posibilidad que tiene es la de desarrollar una política exterior de entendimiento y distensión con Rusia, de lo contrario, dejarse instrumentalizar por los EE.UU. supone, en última instancia, conducirse hacia un callejón sin salida llegándose a enfrentar con sus aliados naturales, lo que únicamente le reportaría graves daños políticos y su fracaso en la esfera internacional.

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Viernes, Noviembre 09, 2007

TOCANDO FONDO


 

Hace unos meses, allá por abril de este mismo año 2007, la prensa internacional se hacía eco de la carnicería organizada por un universitario coreano en una facultad de EE.UU., lo cual provocó una importante conmoción entre la opinión pública internacional al conocerse la motivación real, habiendo sido todo fruto de un rechazo directo hacia el tipo humano generado por el american way of life. Fue, sin lugar a dudas, un acto de violencia nihilista que, por su carácter profundamente negador, conmocionó al mundo.

En un instituto de Tuulusa, Finlandia, se ha producido un acontecimiento parecido, con unas motivaciones similares aunque expresado en términos diferentes. En el caso del universitario coreano el vacío y sin sentido de una sociedad compuesta por estómagos con patas, individuos apáticos obsesionados con un estilo de vida y alienados por causa de la estridente publicidad que les hace desear alcanzar metas absurdas e irrealizables, condujo al estudiante coreano a una completa negación de un mundo que, al carecer de todo valor, merece ser destruido.

Sin embargo, Eric, el chico finlandés, ha ido mucho más lejos que el universitario coreano en sus planteamientos. En ellos se observa que la principal motivación se debe, más que al rechazo de un tipo de mundo carente de sentido, al imperio de la imbecilidad como subproducto de la moral de esclavos vigente. El igualitarismo ha llevado a una situación por la que la sociedad se ve conducida por idiotas que, a su vez, han establecido como "normalidad" social su propia imbecilidad e inferioridad mental.

El mundo se ha introducido en una dinámica por la que, además de desvalorizarse, se ha envilecido a sí mismo. La condición humana ha quedado suprimida y ello ha provocado, irremisiblemente, la caída del hombre en la estupidez, en el animalismo, y, con ello, en haber perdido todo derecho a la vida. El hombre actual es una enfermedad, como un virus que se extiende y no para de destruirlo todo. La dictadura moral de los esclavos, aparte de encumbrar la mediocridad, establece como referente social y cultural un sistema de valores que rinde culto a lo idiota y enfermo, contribuyendo, desde los aparatos mediáticos e institucionales del poder, a mantener y agravar el actual estado de cosas.

Si en el caso del chico coreano la espiral de violencia que desató tenía más que ver, en gran medida, con un impulso instintivo, visceral y prácticamente pasional consecuencia del rechazo hacia ese mundo encarnado por quienes le rodeaban, en el caso de Eric se puede apreciar, más que un odio desenfrenado, un rechazo consciente y meditado, un desprecio activo hacia la forma de organizarse la sociedad moderna y su fundamento moral que encuentra su más acabada representación en el idiota, el pusilánime, el hombre masa que asume todos los dictados (culturales, morales, mentales...) del poder, y que no deja de ser la encarnación del último hombre. El universitario coreano es presa de la misma alienación que rechaza en sus víctimas llevándola hasta sus últimas consecuencias; el finlandés Eric, por el contrario, toma clara conciencia de esa alienación que rechaza categóricamente bajo la forma de un desprecio violento, lo cual le termina llevando más lejos incluso que el coreano al reconocer la inferioridad moral de quienes le rodean.

Sin embargo, el carácter relativista y por tanto igualitarista de la cultura y moral vigentes, contribuyen ha incrementar la falta de valor de este mundo al no existir ningún referente universalmente válido en torno al que deba organizarse la sociedad, lo que conduce inevitablemente a un desprecio activo y violento de la misma.

La mediocridad manda, la imbecilidad y la estupidez imperan, los mejores y más aptos, o los más fuertes siguiendo la filosofía nietzscheana, son reducidos a la más obtusa mediocridad encerrados en la monotonía de lo cotidiano. Aquí, el nihilismo de Eric, deslumbra por su inusual lucidez, consciencia y "racionalidad" (racionalidad que se expresa en una implacable lógica), pero que, por el propio carácter intrínsecamente negador de todo nihilismo le condujo a su autodestrucción.

No cabe duda de que las circunstancias personales contribuyeron, en este caso, a que el estudiante finlandés llegara a tales conclusiones, lo que no impedirá, en cierto modo, a que casos semejantes se vayan reproduciendo con mayor frecuencia y sin seguir un patrón determinado. Es evidente que la alienación del sistema socio-económico junto a sus miserias, desarrolla un proceso de desprogramación psicológica sobre la población que hoy, todavía, es latente, pero que no tardará en hacerse cada vez más patente.

Todo esto lleva al profundo convencimiento de que nada de este mundo merece ser salvado, de ahí nace la convicción de que el hombre actual, como enfermedad, deba ser eliminado al no merecer la vida, al haberse envilecido en su forma de existir en el mundo, y haberse dejado someter a ídolos y becerros de oro encumbrados por el poder del dinero, aquellos mismos que le dictan su comportamiento y lo convierten en una máquina impávida conducida por el mercado, la publicidad y el desenfreno materialista.

El mundo, impactado por hechos que rompen todos sus esquemas e incapaz de explicarse a sí mismo este tipo de sucesos, apelará a la irracionalidad como causa principal de la masacre y pasará página. La gente se dirá ingenua y sarcásticamente que no hay nada que una buena terapia psicológica pueda arreglar. Pero qué duda cabe que más pronto que tarde llegará el momento en que esa terapia carezca de toda posibilidad de aplicación, al ser entonces miles y cientos de miles de personas las inadaptadas, todo  como consecuencia de la enajenación social propiciada por el sistema.

El hombre decadente y enfermo de hoy está comenzando a tomar autoconciencia de sus problemas reales, de la miseria existencial en la que se ha sumergido, lo que le lleva a reconocer conscientemente y de forma clara las raíces del mal que se ha apoderado de su ser. Casos como el del joven finlandés Eric lo prueban, y ello, a medida que el proceso de decadencia se acelere y profundice, dará lugar a más casos de este tipo. Definitivamente, el hombre actual está tocando fondo.

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Jueves, Noviembre 08, 2007

SOBRE LA TITULARIDAD DE LA PROPIEDAD



 

La burguesía fue la clase social que fundó su propia ideología en torno a la cuestión de la titularidad de la propiedad, lo cual marcaría de forma definitiva todos los debates político-ideológicos posteriores y, con ello, toda forma de organización política, social y económica.

Sin embargo, antes de que la propiedad se convirtiera en la base ideológica y estructural de la industrialización y, por tanto, del sistema económico capitalista junto a toda su estructura político-social, la propiedad tenía un carácter por el que desempeñaba el papel de instrumento subordinado a la categoría de lo Político.

La propiedad, antes del advenimiento de la burguesía como clase dirigente, era de naturaleza condicional al encontrarse subordinada a unas jerarquías funcionales; así, la propiedad no era un derecho absoluto, de tal manera que las cosas no se poseían de forma exclusiva o absoluta, sino que, por el contrario, eran compartidas de diversos modos a través de las jerarquías que organizaban el cuerpo social. Era así como se ejercía sobre ella una diferente potestad en función del rango que se detentara.

A lo ya dicho se le suma el carácter espacial de la propiedad que, al encontrarse vinculada de forma indisoluble con la tierra, representaba el espacio sobre el que ejercer un poder soberano, que suponía, en última instancia, la objetivación de la idea de dominio. Esta idea de dominio se proyectaba en la propiedad a través de las estructuras de poder encarnadas por las jerarquías, lo que daba lugar a la superposición de diferentes jurisdicciones. De este modo, el poder se ejercía más sobre las personas que sobre la propiedad, ya que era entendida como un derecho soberano a disponer de esta más que el derecho a un haber.  

La propiedad, como tal, pertenecía al conjunto de la comunidad en la medida en que esta última se encontraba organizada por una jerarquía funcional. La jerarquía existente, por su propia naturaleza, confería a la propiedad una consideración instrumental al estar subordinada al elemento político (vinculado al orden de los fines), y permitía de este modo el ejercicio del derecho soberano a disponer de esta. Juntamente con esto, la jerarquía, a través de la cadena de mando, desarrollaba en su dinámica interna unas relaciones personales de poder, las cuales, tenían como consecuencia directa la expresión de una concreta voluntad sobre la propiedad, la cual quedaba así personalizada.

Existía, entonces, un vínculo orgánico e inmaterial entre personalidad y propiedad, entre función desempeñada y riqueza, entre dignidad personal y posesión de bienes, con lo que la economía, y más concretamente la propiedad, era dotada de un sentido que la trascendiera e impidiera hacerse autónoma y constituirse en razón de sí misma.

La propiedad, carente de un valor por sí mismo, tenía un profundo carácter comunitario o social al estar condicionada por unas jerarquías funcionales, las mismas que proyectaban sobre esta una particular voluntad que la orientaba en un sentido muy concreto, de cara a la consecución de los fines del Estado. No existía la propiedad como un derecho exclusivo e individual, sino como una realidad compartida y de carácter profundamente social al encontrarse al servicio de la función soberana para el cumplimiento de fines de carácter público.

Sin embargo, la transformación de la propiedad en un valor en sí mismo marcado por el crisma de la "sacralidad" y de la inviolabilidad, le confirió una existencia autónoma que le reportó una intrínseca esencia capaz de darle un valor que la elevase por encima de su función meramente instrumental. La propiedad se convirtió así en un fetiche que comenzó a definirse en términos individualistas, como un derecho natural de todo individuo, para recibir, finalmente, el adjetivo de privada, convirtiéndose en propiedad privada. De este modo la propiedad privada pasó a constituir la razón de ser del Estado, que comenzó a tener como principal obligación su protección. Se estableció, a partir de entonces, y a través de la implantación de la igualdad ante la ley, un nuevo sistema jurídico por el que los derechos individuales pasaron a tener prioridad sobre el conjunto de la comunidad.

El establecimiento de una legislación por la que el principal compromiso del Estado hacia sus ciudadanos es la protección de la propiedad privada, entendida como el derecho a la adquisición de riquezas y su disfrute individual por medio de la persecución de su propio interés económico, hizo de la titularidad de la propiedad el núcleo central en torno al que se desarrollarían posteriormente todas las discusiones políticas, filosóficas e ideológicas acerca de la organización de la economía y de la sociedad.

La antropología individualista de la que parte la filosofía burguesa, constituye el cimiento y la base fundamental sobre la que se asienta su ideología clasista, aquella que concibiendo al hombre como un ser autónomo, cuya libertad se define como la búsqueda de la autosuficiencia a través de la acumulación material, hace de la propiedad privada el principio estructural de toda organización social, reduciendo al Estado a la condición instrumento burocrático para la represión y el mantenimiento del orden público. El individuo es aquí responsable de su propio destino, tanto si se ve abocado a la opulencia material como a la más completa miseria.

La propiedad privada representa un instrumento de explotación concebido para alcanzar la felicidad, definida esta en términos de utilidad. Su obtención se define en términos exclusivos por medio de la consecución del interés económico individual, de la autosuficiencia y de la autonomía adquiridas con la acumulación de recursos económicos. La propiedad no cumple ya una función social al haber sido reducida a planteamientos individualistas. Asimismo, como consecuencia de lo anterior, se impone la lucha de clases como conflicto social nacido a partir de la apropiación capitalista de los medios de producción, fruto del acaparamiento de la propiedad por parte de una clase que excluye a todas las demás.

La felicidad material se ha convertido en la principal meta, y para alcanzarla el debate se ha enfocado en torno a la titularidad de la propiedad. De esta lucha de clases, o estado de naturaleza latente dentro de la sociedad pero contenido por la fuerza represora del Estado, nacen las principales divergencias ideológicas entre quienes afirman que el carácter privado e individual de la propiedad es la única garantía para conseguir la tan ansiada felicidad material, frente a quienes, por el contrario, defienden la propiedad pública como forma de evitar las injusticias sociales de una mala distribución de la riqueza.

Frente a la disyuntiva artificial generada por la burguesía, habiendo centrado todo el debate ideológico en torno a la titularidad de la propiedad (resaltar que la propiedad de la que se habla lo largo del texto es aquella que se refiere a los medios de producción, y no a los bienes de consumo), es necesario resaltar que lo realmente importante no es tanto quién es el titular de tal o cual propiedad, sino la función instrumental que esta debe desempeñar dentro de un sistema en el que, la economía, y con ella la propiedad, queda subordinada al principio político, aquel que se vincula al orden de los fines del Estado.

En última instancia, la propiedad únicamente puede ser del pueblo o de la oligarquía. Dentro del sistema capitalista la concentración de la riqueza ha dado lugar a que esta quede en manos de una reducida clase social. Y, por el contrario, en los regímenes donde la propiedad se ha manifestado bajo la titularidad pública del Estado, ha conllevado a que una oligarquía tecno-burocrática la haya terminado acaparando.

En ambos casos se da una despersonalización de la propiedad. En el régimen de propiedad privada esta ha quedado reducida a simples capitales, ya que ha desaparecido en ella cualquier carácter espacial, al tiempo que han desaparecido las jerarquías funcionales que desarrollaban dinámicas personales de poder. Y de igual manera, en los regímenes de propiedad pública en manos del Estado, se ha dado una despersonalización por causa del colectivismo igualitarista, quedando en manos del acaparamiento de una elite tecnocrática.

Devolver la propiedad a la comunidad del pueblo, que esta recobre su naturaleza social desempeñando su correspondiente función instrumental al servicio de los fines del Estado, y por tanto recluyendo la economía a un área marginal y no esencial, constituye, hoy por hoy, la única alternativa posible para la emancipación de las masas hoy explotadas por el gran capitalismo internacional. Sólo una propiedad compartida que abarque al conjunto de la comunidad, y sometida a relaciones personales de poder por medio de jerarquías funcionales, hará posible la restauración de un orden verdadero.
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