ANNAPOLIS: NUEVA FARSA EN EL PROCESO DE PAZ

Sin embargo, esta conferencia ha sido un fracaso para los palestinos en la medida en que ha servido para reforzar su división interna al aceptar como único interlocutor válido a Mazen, pero también por cuanto el nacionalismo árabe laico de Fatah y la OLP representan, a día de hoy, una herramienta eficaz al servicio de Israel para domesticar a los palestinos.
La conferencia fue realizada deprisa y corriendo, buscándose únicamente realizar la foto de Olmert, Bush y Mazen juntos, presentando a Bush como el pacificador capaz de generar acuerdos entre palestinos e israelíes. Lo cierto es que no se ha llegado a elaborar una declaración conjunta, y lo único que se ha conseguido es un tibio compromiso de intentar alcanzar un acuerdo entre ambas partes para antes del 2009. Conferencias como la de Annapolis únicamente sirven para figurar y hacerse la foto, no para resolver problemas reales.
El problema palestino no podrá ver una solución definitiva si no se acaban con las causas reales del mismo, por lo que toda negociación con Israel supone, en definitiva, una claudicación ante los intereses y pretensiones sionistas. A fin de cuentas la intención de EE.UU., más que intentar que palestinos e israelíes lleguen a un acuerdo para antes de 2009, ha sido hacer pasar por el aro a los representantes palestinos, y ello ha sido relativamente fácil por cuanto el sector laico de la resistencia palestina ideológicamente se encuentra más cerca de Occidente, y, además, recibe el apoyo directo por parte de EE.UU. e Israel, a lo que hay que sumar la corrupción extrema en la ANP con las cuentas suizas que tienen sus dirigentes.
La facción nacionalista se ha constituido en una elite económica y social, tremendamente corrupta, con financiación judeoamericana y sólo con legitimidad ante Occidente. Esto ha conducido a una tibieza en la defensa de los intereses y derechos de los palestinos, conformándose sus líderes con conservar su status adquirido y, de vez en cuando, intentar arañar algunas prebendas por parte del ente sionista.
El carácter impopular de la ANP y de la OLP, del nacionalismo laico en general, se debe a ese distanciamiento con respecto a la población palestina que les ha llevado a, de facto, no asumir sus responsabilidades ante su comunidad. El triunfo electoral de Hamas fue una clara muestra de ello, lo que agudizó la represión de la ANP hacia la población civil por medio del uso de la fuerza, propiciando de este modo una guerra intestina que ha dividido a los palestinos y ha generado una importante fractura social.
Mazen no sólo no es un interlocutor válido, es, ante todo, un títere del sionismo y de los EE.UU., integrante de una elite socio-económica y política corrompida y de marcado carácter mafioso, y que cuenta a su disposición con diferentes milicias para imponer su voluntad sobre los territorios que aún permanecen bajo su control. La administración liderada por Mazen no ha conseguido resultados notables para los palestinos ante Israel, lo que no ha impedido el constante y desmesurado enriquecimiento de la elite política, mientras el conjunto de los palestinos se ve abocado a la pobreza y miseria, a malvivir y a aguantar el bloqueo económico de Israel.
Con las sucesivas concesiones realizadas por Mazen a Israel, y la negativa de este último a ofrecer una solución real y definitiva al problema palestino, se terminará desarrollando entre la población una mayor animadversión hacia sus actuales elites, lo que les restará legitimidad y forzará a las mismas a hacer uso de la fuerza.
Por todo esto, una solución para el problema que se vive en Oriente Próximo es desmilitarizar la región, desde Gaza hasta la frontera del Líbano, desde el Mediterráneo hasta Jordania. Para ello es necesario iniciar un proceso de desarme y pacificación que genere un nuevo escenario que haga posible una solución política para el conflicto. Después de esto, palestinos e israelíes deben decidir de forma conjunta qué quieren hacer con su futuro, cómo quieren vivir y en qué condiciones, sin cortapisas de ningún tipo. Esto significa desmantelar el actual Estado de Israel e iniciar un proceso constituyente sin exclusiones, en el que todos los agentes sociales y políticos tomen parte. Sólo de esta manera se puede conseguir una paz duradera, de lo contrario, los acuerdos que se alcancen siempre responderán a las apetencias de elites políticas cada vez más distanciadas de sus respectivas sociedades, y esto es tan válido para el caso palestino como para el israelí.
Sin embargo, la actual ocupación sionista se fundamenta en una hegemonía judía que somete y supedita a los palestinos a las decisiones e intereses del Estado de Israel. Esta situación que supone el origen y causa última de los problemas que se viven en la zona, debido a la terrible injusticia que supone, debe ser cambiada completamente, y sólo es posible por medio de un acuerdo de igual a igual entre israelíes y palestinos. Todo lo que no conduzca a la creación de una situación así contribuirá a perpetuar el conflicto palestino, pero sobre todo condenará al pueblo palestino a seguir siendo el felpudo del ente sionista.






