EL IBERISMO

Resulta curioso, y a la vez interesante, que intelectuales como José Saramago o Günter Grass señalen la conveniencia de una unión entre España y Portugal, configurando así un nuevo Estado dentro de Europa, y que, sin embargo, ello apenas tenga eco a nivel, ya no sólo político y social, sino simplemente intelectual dentro de España.
No se debe únicamente a que en España no exista ninguna corriente política relevante que defienda el iberismo, sino que, más bien, España siempre ha tenido una sola y única identidad en torno a la cual se ha intentado establecer como proyecto colectivo. Esa identidad, formulada por el nacionalismo español, se gesta en la Reconquista durante el enfrentamiento con los invasores islámicos. Esta identidad se concreta en el catolicismo y en una particular modalidad de cruzadismo que, posteriormente, se transmutaría en sueños imperiales con impronta escatológica tras el descubrimiento del Nuevo Mundo.
El carácter unitarista de la identidad de España fue impuesto desde arriba por las propias elites y no adoptó, en ningún caso, una forma voluntaria como el jacobinismo. Este unitarismo genuinamente hispánico fue la herencia histórica de la Reconquista en torno a la que se generaría y desarrollaría la identidad española. Una unidad alcanzada a través de una prolongada lucha contra invasores en nombre de la fe, y que resultaría la consecuencia lógica de la unión de las diferentes casas reales para combatir al enemigo común, creando, así, la unidad de los distintos reinos.
Las Españas, como históricamente eran conocidos los reinos de la Península Ibérica, constituyeron, ya establecida su unidad por los Reyes Católicos, uno de los primeros Estados modernos de la historia por el que se concentraba y centralizaba el poder político desligándolo ya del poder y tutela tanto de la Iglesia como del Imperio. Sin embargo, la identidad española no dejaría de estar impregnada por el catolicismo, de ahí que el nacionalismo español siempre haya estado fuertemente vinculado a posturas clericales y reaccionarias.
A diferencia de otros países como Francia, Alemania o Italia, en España no se ha producido en ningún momento una ruptura histórica con el pasado, lo que permitió que prevaleciera siempre el "tradicionalismo" representado por una clase política reaccionaria y clasista. Por esta razón no existe, a nivel nacional, otro referente de identidad que no sea el encarnado por la reacción, y por ello, el nacionalismo español está fuertemente unido a un carácter católico. No ha existido un nacionalismo laico y progresista, es decir, un nacionalismo de izquierdas como sí ocurrió en Italia, sino que el nacionalismo español siempre ha sido confesional y clerical.
Pese a las diferentes transformaciones históricas que ha sufrido el Estado, esencialmente no ha variado en nada el referente identitario sobre el que se fundamenta: la Reconquista como cruzada religiosa contra el invasor islámico y los herejes, de ahí que la religión esté estrechamente ligada a lo que se conoce como el "ser español"; y, no menos importante, el carácter elitista de la propia unidad de los reinos peninsulares que ha mantenido, históricamente, en el poder a la misma elite política, impregnada ella por un nacionalismo de tintes religiosos y escatológicos hijo de la Reconquista.
El referente identitario español junto al carácter elitista sobre el que se basa la unidad de España, son el origen de gran parte de los actuales problemas existentes con los nacionalismos periféricos, ya que España, como tal, no ha constituido un proyecto colectivo integrador en la medida en que este no ha sido popular, sino que ha sido el resultado de una lucha religiosa contra herejes e invasores. España resulta ser una construcción realizada por diferentes casas nobiliarias que entrelazaron sus diferentes reinos y destinos bajo una unidad política común, lo que significó imponer a los súbditos de los distintos reinos unificados un proyecto colectivo en el que Castilla pasaría a desempeñar un papel predominante.
Por todo esto no resulta extraño que España, como proyecto común, no haya cuajado y haya engendrado toda clase de problemas nacionales en la periferia. Y como también resulta habitual en este país, en el cual los acontecimientos se desarrollan de forma inversa al resto del continente, España puede resolver los problemas nacionales internos que hoy le adolecen, y que le han llevado a la actual tesitura existencial, creando, para ello, otro proyecto colectivo en conjunción con Portugal.
Una integración de ambos países para la conformación de un nuevo Estado beneficiaría a ambas partes desde todos los puntos de vista posibles, y España podría, de este modo, superar sus contradicciones nacionales y recuperar su sentido de existencia bajo un proyecto ibérico aglutinador de todas las voluntades peninsulares. Sin duda sería esta una hora histórica por la que se recuperaría definitivo protagonismo internacional, constituyéndose el nuevo país en una de las siete economías más poderosas del planeta. Una nueva realidad política de este carácter permitiría, sin duda alguna, a la Península ejercer un liderazgo europeo ejemplar que podría, a largo plazo, sentar los cimientos de una verdadera integración política europea.
Un proyecto político más amplio e integrador como el que ha representado históricamente el iberismo, contribuiría a romper definitivamente con el pasado y ha establecer un nuevo referente identitario libre de cualquier impronta religiosa, haciendo hincapié para ello en los lazos existentes dentro de la diversidad cultural ibérica. Por esta razón, dotándole al nuevo proyecto de un marcado carácter popular con el que hacer partícipe del mismo a las diferentes poblaciones peninsulares, sería posible romper con las viejas elites políticas que han contribuido, a su manera, a agudizar in extremis las contradicciones entre el centro y la periferia.
La similitud cultural y los lazos históricos existentes entre España y Portugal son, en síntesis, las condiciones objetivas más propicias para generar una fusión entre ambos países de cara a la creación de una nueva entidad política. Lo que los une y lo que ambos países comparten es más de lo que los separa y diferencia. Asimismo es conocida la amplia aceptación con la que contaría, tanto a nivel político como social, una propuesta de este tipo que tuviera el conveniente impulso mediático, por lo que, una hipotética oposición tendería a limitarse a los representantes del antiguo régimen de cada Estado. Incluso los nacionalismos periféricos, salvando las habituales excepciones, podrían llegar a sentirse cómodos dentro de un proyecto aún mayor en el que la percepción del centralismo castellano desaparecería por completo. Asimismo, cualquier pretensión secesionista perdería completo sentido, y si hoy día resultan ridículos los nacionalismos periféricos, sólo entonces, en caso de persistir en sus intenciones, adoptarían un carácter grotesco.
A nivel económico son innumerables los intercambios comerciales existentes entre España y Portugal, como significativa es la interrelación económica que llevan a cabo estos países vecinos. Se podría decir que desarrollan influencias recíprocas y complementarias que facilitarían en todo caso la integración de sus respectivas economías y mercados en una entidad nacional mayor.
Una integración de ambos Estados supone la planificación y construcción de una obra de ingeniería política de importante calado. Su dificultad reside en la creación de las nuevas instituciones y organismos comunes, y, simultáneamente, en la organización territorial del nuevo Estado. Por este motivo, de entrada, se plantean, a grandes rasgos, dos caminos diferentes: un proceso gradual de integración política a través de la creación de un Estado federal con tendencia centralizadora para la consolidación su poder, el cual podría estar configurado a partir de los actuales Estados de Portugal y España, que en cada caso podrían conservar sus respectivas formas de gobierno (tanto monarquía en un caso como república en el otro); o, también se podría iniciar un proceso constituyente que abarcase a ambos países y que generara, por sí mismo, las nuevas instituciones comunes que pasarían a regir la vida del nuevo Estado.
El primer modelo de integración, debido a su carácter gradual y progresivo, implica la creación de las bases imprescindibles para el establecimiento de un Estado federal: una constitución federal que formalice la existencia del nuevo Estado; una diplomacia común; la existencia de unas fuerzas armadas de la federación; órganos legislativo, judicial y ejecutivo del Estado federal; un sistema fiscal federal que provea de los necesarios recursos económicos; y unas fuerzas de orden público de carácter también federal. Estos serían los elementos fundamentales para la creación de un ente político común para ambos Estados, el cual desarrollaría, a su vez, una dinámica centralizadora para asentar su propio poder, lo que implica una progresiva cesión de parcelas de soberanía de los Estados federados al Estado federal, contribuyendo al mismo tiempo a crear una verdadera identidad común.
En el segundo modelo la integración se haría a través de un solo paso con la realización de un proceso constituyente para la aprobación de una constitución, la cual establecería la formación, a partir de Portugal y España, de un nuevo Estado. Sería esa misma constitución la que especificaría, en cada uno de sus artículos, la organización del nuevo Estado y todos sus pormenores.
A nivel internacional una Federación Ibérica o República de Iberia, contaría con un mayor peso, y haría posible un liderazgo europeo de cara a la integración política del continente. Por ello, el iberismo supone una salida airosa a los problemas nacionales y existenciales de los actuales Estado-nación, y muy especialmente de España. La importancia de una cuestión como esta hace necesario dotarle de su correspondiente actualidad.






