EL COMUNISMO COMO REVOLUCIÓN NACIONAL

"Haced de la causa de la nación la causa del pueblo y así la causa del pueblo será la de la nación" Lenin
Es preciso abordar desde una perspectiva libre de prejuicios humanistas, democráticos, igualitaristas, deterministas y economicistas la verdadera naturaleza del comunismo como experiencia política e ideológica colectiva de carácter revolucionario y nacional.
Nos referimos con esta aclaración preliminar a todo aquello que guarda una estrecha relación con el discurso político que mantiene la izquierda extraparlamentaria, la cual constituye la heredera ideológica directa de la convulsión social e intelectual de mayo del 68. Pero es necesario tener también presente, y no perder de vista, la existencia de elaboraciones teóricas y aplicaciones prácticas del comunismo en épocas muy anteriores al nacimiento del socialismo marxista, por lo que es del todo incorrecto identificar el comunismo única y exclusivamente con su corriente marxista.
Realizada esta primera aclaración, es preciso y oportuno poner de relieve la diferencia fundamental existente entre la forma de un determinado discurso y su trasfondo real que constituye la esencia del mismo, de aquello que realmente orienta y dirige todo proyecto político. Con esto nos referimos a la dialéctica a la que ha estado asociada la teoría y práctica comunista, concretándose en el empleo a modo de ricorso de una serie de ideas fuerza que se han condensado en un conjunto de mitos sociales que han servido para la movilización de las masas de cara a la acción revolucionaria. Estos mitos sociales han sido utilizados para evocar una serie de imágenes en la conciencia colectiva, estimulando y despertando sus sentimientos más profundos para movilizar a la población en la conquista del poder y la consecución de un proyecto revolucionario.
Pero lo que aquí nos interesa es resaltar el carácter de revolución nacional que se da en todo proceso de implantación de un régimen comunista en un país. Se trata de un aspecto fundamental por el que el propio comunismo termina siendo un mito de la nación que sirve de elemento movilizador e integrador de la población en torno a un proyecto colectivo común encarnado por el nuevo Estado, y que tiene como finalidad la consecución del hombre nuevo.
El comunismo hace posible la regeneración de la nación en la medida en que como mito social revolucionario contribuye a restablecer en el individuo la conciencia comunitaria, restaurando al mismo tiempo en el plano moral y cultural un marco de referencia colectivo que implanta de nuevo el lazo social, superando así el caos atomista del individualismo propio de la sociedad burguesa. La comunidad es la idea central del comunismo, la cual devuelve al individuo su dimensión social. Es por esto mismo que la comunidad constituye el Absoluto que se quiere universalizar, pasando a definir el sentido y fin último de la existencia del hombre.
El comunismo por su propia naturaleza es un afirmador de la dimensión comunitaria del hombre, la cual se manifiesta por medio de una serie de estructuras de poder representadas por el Estado. El principio comunitario es el que confiere al comunismo su carácter profundamente político y al mismo tiempo nacional. Es aquí donde reside el rasgo integrador del comunismo al insertar al hombre en una realidad más amplia y superior que trasciende su vida individual.
El Estado, más allá del carácter de instrumento de dominación de clase que tiene durante la fase capitalista, y una vez que se ha consumado la transición a un sistema comunista en el que se ha expulsado del cuerpo social a una minoría parasitaria, pasa a representar una idea ética en torno y en función de la cual se organiza la comunidad. El Estado deja de ser un instrumento de dominación de unos pocos para pasar a ser el patrimonio del conjunto de la sociedad.
El carácter organizador del Estado hace posible la conversión de la masa en pueblo, pues le da forma al dotarle de organización a través de unas jerarquías y estructuras de poder en las que lo integra. Es así como la naturaleza del Estado se transmuta, dejando de ser un mecanismo de dominación de una clase sobre el resto de la sociedad para ser ya el Estado de todo el pueblo, constituyendo entonces el órgano que expresa los intereses y la voluntad de todo el pueblo, sustentándose ya sobre una base social única.
La función organizadora e integradora del Estado devuelve su unidad a la sociedad, la cual durante el período capitalista se encontraba dispersa y atomizada por causa del individualismo burgués. El carácter revolucionario del comunismo viene dado por su proyecto transformador en lo moral, devolviendo su cohesión a la comunidad e integrándola en las estructuras políticas del Estado, consumando de este modo la identificación entre Estado y comunidad del pueblo.
La perfecta identificación entre Estado y nación se produce como consecuencia de la inserción de esta última en las estructuras de poder del Estado. El Estado ya no es de unos pocos que lo utilizan contra el resto, sino que es una realidad viva e integrada constituida por toda la comunidad.
La visión política del comunismo queda definida por la centralidad de la comunidad, por la cual esta última constituye una totalidad que integra a la población de un determinado territorio. La crítica comunista desarrollada contra el capitalismo lleva a identificar a la comunidad del pueblo, y en última instancia a la nación, con las capas más populares de un determinado Estado frente a su minoría dirigente. Es así como el mayor número, compuesto por trabajadores asalariados y la hoy reducidísima minoría campesina de las sociedades industriales, configura y representa a la comunidad del pueblo o nación.
La articulación de la nación en todo régimen comunista parte de una crítica previa al capitalismo. La lucha de clases constituye generalmente el eje de conflicto principal de esta crítica, en la que se identifica una contradicción fundamental dentro de la sociedad por la que una minoría económica propietaria de los medios de producción controla al mismo tiempo el poder político con el cual ejerce su dominación sobre el resto de clases. Así, el grupo de referencia que constituiría la nación no estaría representado por el Estado capitalista ni por su minoría gobernante, sino por las grandes masas de clases explotadas al ser las únicas que pueden representar los verdaderos intereses de la nación. Dada la situación de injusticia existente en la sociedad es necesario que dicha contradicción sea superada por medio de la toma de conciencia del pueblo, lo cual implica que este se erija en sujeto revolucionario.
Dicha toma de conciencia siempre será precedida por la existencia de una vanguardia revolucionaria, la cual tenga como misión histórica la organización, preparación y liderazgo de las masas para la conquista del poder político, la destrucción del sistema capitalista y su sustitución por otro de carácter comunista. En este sentido la vanguardia representa los intereses del pueblo y ejecuta la revolución que dará paso a un mundo nuevo.
El proceso transformador de implantación de un sistema comunista constituye una revolución nacional ya que una mayoría se rebela contra una minoría que no representa los intereses del conjunto de la sociedad, y que, además de esto, en la mayor parte de las ocasiones se encuentra al servicio de potencias extranjeras.
Expulsada esta minoría parasitaria el Estado pasa a representar y encarnar la nación, llevando a cabo la expropiación de los medios de producción de la oligarquía y la nacionalización de las empresas y propiedades de capital extranjero. La implantación del comunismo constituye una revolución nacional en la que es la nación por medio del Estado se libera del yugo del capital, destruyendo para ello a la clase explotadora interior y deshaciéndose de la influencia e intromisión económica y política de potencias extranjeras. La nacionalización de todos los medios de producción es el aspecto fundamental de toda revolución nacional con el que la nación recupera todo cuanto le pertenece.
Por medio del comunismo la nación se reencuentra a sí misma en el Estado al incorporarse al mismo en calidad de soporte histórico, recobrando así su carácter político con el que se ha emancipado de la explotación económica. El comunismo devuelve, como ideología, el carácter y sentido comunitario a los integrantes de la sociedad, haciendo posible su unidad y solidaridad a través de un marco de referencia colectivo que restablece el lazo social perdido, el cual transmite una nueva cultura y mentalidad que implanta en la sociedad unos valores intersubjetivos que le confieren cohesión.
El patriotismo resulta ser en todo régimen comunista la adhesión de los ciudadanos al Estado y al nuevo régimen social, en el que la comunidad ha recobrado su centralidad en la vida del hombre bajo unas nuevas condiciones económicas y culturales, aquellas por las que el pueblo ha conquistado la titularidad de los medios de producción y ha desmantelado la estructura ideológica de la burguesía recuperando su verdadero sentido de pertenencia.
Toda revolución comunista es una revolución nacional, se trata de una verdad históricamente probada por las experiencias revolucionarias de diferentes países en distintas épocas. La primera de todas ellas fue la Revolución de Octubre con la que el pueblo ruso desahució del poder a una minoría vendida a los intereses extranjeros que ejercía su explotación económica. Fue esta revolución la que permitió al pueblo ruso la expropiación de los medios de producción a dicha minoría, y al mismo tiempo impermeabilizarse de toda influencia occidentalizante que atentara contra su propio ser.
Casos homólogos son los de China, Cuba, Vietnam, Angola o Yugoslavia entre otros muchos, en los que la nacionalización de los medios de producción y la expulsión de la presencia extranjera supuso una auténtica revolución nacional en la que se afirmó la soberanía política y económica de la nación, consiguiendo al mismo tiempo la revalorización y preservación de los rasgos particulares de su cultura.
La lucha contra el mundialismo sólo cabe ser concebida de una manera, aquella que establezca una alianza entre todos los pueblos en su lucha por conseguir su liberación política y económica respecto a la gran sinarquía internacional que gobierna el planeta. El patriotismo de los regímenes comunistas implica la colaboración con otros pueblos en la lucha contra el enemigo común: el capitalismo y la clase plutocrática que ejerce la explotación económica. Este principio rompe directamente con la confrontación entre pueblos promovida por el nacionalismo, poniendo especial énfasis en que la globalización representa un proceso de dominación económica y cultural de una oligarquía mundial sobre todos los pueblos.





