Viernes, May 25, 2007

EL COMUNISMO COMO REVOLUCIÓN NACIONAL

"Haced de la causa de la nación la causa del pueblo y así la causa del pueblo será la de la nación" Lenin 

Es preciso abordar desde una perspectiva libre de prejuicios humanistas, democráticos,  igualitaristas, deterministas y economicistas la verdadera naturaleza del comunismo como experiencia política e ideológica colectiva de carácter revolucionario y nacional.

Nos referimos con esta aclaración preliminar a todo aquello que guarda una estrecha relación con el discurso político que mantiene la izquierda extraparlamentaria, la cual constituye la heredera ideológica directa de la convulsión social e intelectual de mayo del 68. Pero es necesario tener también presente, y no perder de vista, la existencia de elaboraciones teóricas y aplicaciones prácticas del comunismo en épocas muy anteriores al nacimiento del socialismo marxista, por lo que es del todo incorrecto identificar el comunismo única y exclusivamente con su corriente marxista.

Realizada esta primera aclaración, es preciso y oportuno poner de relieve la diferencia fundamental existente entre la forma de un determinado discurso y su trasfondo real que constituye la esencia del mismo, de aquello que realmente orienta y dirige todo proyecto político. Con esto nos referimos a la dialéctica a la que ha estado asociada la teoría y práctica comunista, concretándose en el empleo a modo de ricorso de una serie de ideas fuerza que se han condensado en un conjunto de mitos sociales que han servido para la movilización de las masas de cara a la acción revolucionaria. Estos mitos sociales han sido utilizados para evocar una serie de imágenes en la conciencia colectiva, estimulando y despertando sus sentimientos más profundos para movilizar a la población en la conquista del poder y la consecución de un proyecto revolucionario.

Pero lo que aquí nos interesa es resaltar el carácter de revolución nacional que se da en todo proceso de implantación de un régimen comunista en un país. Se trata de un aspecto fundamental por el que el propio comunismo termina siendo un mito de la nación que sirve de elemento movilizador e integrador de la población en torno a un proyecto colectivo común encarnado por el nuevo Estado, y que tiene como finalidad la consecución del hombre nuevo.

El comunismo hace posible la regeneración de la nación en la medida en que como mito social revolucionario contribuye a restablecer en el individuo la conciencia comunitaria, restaurando al mismo tiempo en el plano moral y cultural un marco de referencia colectivo que implanta de nuevo el lazo social, superando así el caos atomista del individualismo propio de la sociedad burguesa. La comunidad es la idea central del comunismo, la cual devuelve al individuo su dimensión social. Es por esto mismo que la comunidad constituye el Absoluto que se quiere universalizar, pasando a definir el sentido y fin último de la existencia del hombre.

El comunismo por su propia naturaleza es un afirmador de la dimensión comunitaria del hombre, la cual se manifiesta por medio de una serie de estructuras de poder representadas por el Estado. El principio comunitario es el que confiere al comunismo su carácter profundamente político y al mismo tiempo nacional. Es aquí donde reside el rasgo integrador del comunismo al insertar al hombre en una realidad más amplia y superior que trasciende su vida individual.

El Estado, más allá del carácter de instrumento de dominación de clase que tiene durante la fase capitalista, y una vez que se ha consumado la transición a un sistema comunista en el que se ha expulsado del cuerpo social a una minoría parasitaria, pasa a representar una idea ética en torno y en función de la cual se organiza la comunidad. El Estado deja de ser un instrumento de dominación de unos pocos para pasar a ser el patrimonio del conjunto de la sociedad.

El carácter organizador del Estado hace posible la conversión de la masa en pueblo, pues le da forma al dotarle de organización a través de unas jerarquías y estructuras de poder en las que lo integra. Es así como la naturaleza del Estado se transmuta, dejando de ser un mecanismo de dominación de una clase sobre el resto de la sociedad para ser ya el Estado de todo el pueblo, constituyendo entonces el órgano que expresa los intereses y la voluntad de todo el pueblo, sustentándose ya sobre una base social única.

La función organizadora e integradora del Estado devuelve su unidad a la sociedad, la cual durante el período capitalista se encontraba dispersa y atomizada por causa del individualismo burgués. El carácter revolucionario del comunismo viene dado por su proyecto transformador en lo moral, devolviendo su cohesión a la comunidad e integrándola en las estructuras políticas del Estado, consumando de este modo la identificación entre Estado y comunidad del pueblo.

La perfecta identificación entre Estado y nación se produce como consecuencia de la inserción de esta última en las estructuras de poder del Estado. El Estado ya no es de unos pocos que lo utilizan contra el resto, sino que es una realidad viva e integrada constituida por toda la comunidad.

La visión política del comunismo queda definida por la centralidad de la comunidad, por la cual esta última constituye una totalidad que integra a la población de un determinado territorio. La crítica comunista desarrollada contra el capitalismo lleva a identificar a la comunidad del pueblo, y en última instancia a la nación, con las capas más populares de un determinado Estado frente a su minoría dirigente. Es así como el mayor número, compuesto por trabajadores asalariados y la hoy reducidísima minoría campesina de las sociedades industriales, configura y representa a la comunidad del pueblo o nación.

La articulación de la nación en todo régimen comunista parte de una crítica previa al capitalismo. La lucha de clases constituye generalmente el eje de conflicto principal de esta crítica, en la que se identifica una contradicción fundamental dentro de la sociedad por la que una minoría económica propietaria de los medios de producción controla al mismo tiempo el poder político con el cual ejerce su dominación sobre el resto de clases. Así, el grupo de referencia que constituiría la nación no estaría representado por el Estado capitalista ni por su minoría gobernante, sino por las grandes masas de clases explotadas al ser las únicas que pueden representar los verdaderos intereses de la nación. Dada la situación de injusticia existente en la sociedad es necesario que dicha contradicción sea superada por medio de la toma de conciencia del pueblo, lo cual implica que este se erija en sujeto revolucionario.

Dicha toma de conciencia siempre será precedida por la existencia de una vanguardia revolucionaria, la cual tenga como misión histórica la organización, preparación y liderazgo de las masas para la conquista del poder político, la destrucción del sistema capitalista y su sustitución por otro de carácter comunista. En este sentido la vanguardia representa los intereses del pueblo y ejecuta la revolución que dará paso a un mundo nuevo.

El proceso transformador de implantación de un sistema comunista constituye una revolución nacional ya que una mayoría se rebela contra una minoría que no representa los intereses del conjunto de la sociedad, y que, además de esto, en la mayor parte de las ocasiones se encuentra al servicio de potencias extranjeras.

Expulsada esta minoría parasitaria el Estado pasa a representar y encarnar la nación, llevando a cabo la expropiación de los medios de producción de la oligarquía y la nacionalización de las empresas y propiedades de capital extranjero. La implantación del comunismo constituye una revolución nacional en la que es la nación por medio del Estado se libera del yugo del capital, destruyendo para ello a la clase explotadora interior y deshaciéndose de la influencia e intromisión económica y política de potencias extranjeras. La nacionalización de todos los medios de producción es el aspecto fundamental de toda revolución nacional con el que la nación recupera todo cuanto le pertenece.

Por medio del comunismo la nación se reencuentra a sí misma en el Estado al incorporarse al mismo en calidad de soporte histórico, recobrando así su carácter político con el que se ha emancipado de la explotación económica. El comunismo devuelve, como ideología, el carácter y sentido comunitario a los integrantes de la sociedad, haciendo posible su unidad y solidaridad a través de un marco de referencia colectivo que restablece el lazo social perdido, el cual transmite una nueva cultura y mentalidad que implanta en la sociedad unos valores intersubjetivos que le confieren cohesión.

El patriotismo resulta ser en todo régimen comunista la adhesión de los ciudadanos al Estado y al nuevo régimen social, en el que la comunidad ha recobrado su centralidad en la vida del hombre bajo unas nuevas condiciones económicas y culturales, aquellas por las que el pueblo ha conquistado la titularidad de los medios de producción y ha desmantelado la estructura ideológica de la burguesía recuperando su verdadero sentido de pertenencia.

Toda revolución comunista es una revolución nacional, se trata de una verdad históricamente probada por las experiencias revolucionarias de diferentes países en distintas épocas. La primera de todas ellas fue la Revolución de Octubre con la que el pueblo ruso desahució del poder a una minoría vendida a los intereses extranjeros que ejercía su explotación económica. Fue esta revolución la que permitió al pueblo ruso la expropiación de los medios de producción a dicha minoría, y al mismo tiempo impermeabilizarse de toda influencia occidentalizante que atentara contra su propio ser.

Casos homólogos son los de China, Cuba, Vietnam, Angola o Yugoslavia entre otros muchos, en los que la nacionalización de los medios de producción y la expulsión de la presencia extranjera supuso una auténtica revolución nacional en la que se afirmó la soberanía política y económica de la nación, consiguiendo al mismo tiempo la revalorización y preservación de los rasgos particulares de su cultura.

La lucha contra el mundialismo sólo cabe ser concebida de una manera, aquella que establezca una alianza entre todos los pueblos en su lucha por conseguir su liberación política y económica respecto a la gran sinarquía internacional que gobierna el planeta. El patriotismo de los regímenes comunistas implica la colaboración con otros pueblos en la lucha contra el enemigo común: el capitalismo y la clase plutocrática que ejerce la explotación económica. Este principio rompe directamente con la confrontación entre pueblos promovida por el nacionalismo, poniendo especial énfasis en que la globalización representa un proceso de dominación económica y cultural de una oligarquía mundial sobre todos los pueblos.

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Martes, May 22, 2007

EL NACIONALISMO: ARTIFICIO IDEOLÓGICO DE LAS BURGUESÍAS LOCALES

Como bien quedó demostrado en su tiempo por Carlos Marx, la historia, o por lo menos gran parte de ella (concretamente el período moderno), no es más que la lucha de clases, en la que cada una lucha por el poder de cara a implantar un modelo económico y político acorde a sus intereses. Así, científica y objetivamente ha quedado clarificado el papel de la economía en las sociedades modernas e industrializadas, en la que como infraestructura del sistema determina la superestructura cultural, ideológica, filosófica, política... de las sociedades.

Y no menos cierta es la crítica al nacionalismo desarrollada por el marxismo que a su vez converge con la crítica evoliana hacia el mundo burgués. Nos encontramos de este modo con dos críticas igualmente válidas y complementarias. El marxismo desarrolla su crítica desde una perspectiva materialista de la historia ligada al desarrollo económico de las sociedades, y Evola da lugar a una crítica del nacionalismo desde los principios de la Tradición, aquellos que ponen de relieve el hecho de que el nacionalismo constituye un subproducto moderno del tercer Estado: la burguesía, que genera la igualación de todos los integrantes de la comunidad.

Pero es aquí donde nos interesa la crítica marxista, aquella que trae a colación las contradicciones internas del capitalismo que son precisamente las que orientan el desarrollo histórico de las sociedades modernas.

El nacionalismo constituyó durante el s. XIX un fenómeno político e ideológico de gran importancia, y que ya desde 1789 se fue perfilando cada vez con mayor claridad, teniendo su antecedente más directo en la revolución americana de 1776, y su antecedente más lejano en las revueltas anti-imperiales de las comunas en Italia.

El nacionalismo como fenómeno político ambivalente se ha manifestado bajo diferentes formas, en algunos casos aparentemente contradictorias pero esencialmente unitarias. La nación constituye por su propia naturaleza un concepto económico desarrollado por las burguesías del s. XVIII, las cuales en su pretensión por arribar al poder político se vieron obligadas a desarrollar una ideología que representara sus intereses y que al mismo tiempo recabara el apoyo de la población.

La nación se ha identificado habitualmente con las masas, el vulgo, el cual se encuentra inserto en una determinada estructura de poder representada por el Estado. En el caso de aquellos países que contaban ya con un Estado, como el caso de Francia, la burguesía únicamente se encargó de identificar a la nación con las masas y utilizar a estas para derribar a la monarquía absoluta. Fue así como la burguesía conquistó el poder político y estableció su particular dominación de clase desde las estructuras del Estado eliminando los cuerpos intermedios e implantando el igualitarismo económico.

Un centro económico en un determinado momento quiere erigirse a su vez en un centro político constituyendo un Estado. Las burguesías locales quieren dotarse de los mecanismos políticos coercitivos necesarios para ejercer su dominación sobre el territorio en el que se encuentra asentada. Para esto la burguesía habitualmente tiende a identificar la nación sin Estado con las masas de ese territorio y con aquellas características particulares que la singularizan: lengua, cultura, raza, religión, etc...

A lo largo de la historia los Estados han sido creados por las clases económicas pudientes, pues han sido estas las que han contado con los recursos necesarios para movilizar a las masas en un sentido favorable a sus intereses. La nación como concepto y el nacionalismo como ideología reflejan sus pretensiones económicas de querer contar con un instrumento de dominación de clase propio, lo cual únicamente es posible mediante la creación de un nuevo Estado.

El nacionalismo no es más que una agudización y profundización del igualitarismo moderno, en el que se eliminan las jerarquías propias y naturales de todo Orden verdadero y son sustituidas por la igualdad de todos los miembros de la sociedad ante la nación, representada siempre por el Estado. Es por esta misma razón que si antes de las revoluciones burguesas el poder político aún conservaba cierto carácter sagrado, pues su legitimidad venía de lo alto, con los regímenes demo-liberales se pasaría a sacralizar a la nación, constituida por las masas de un determinado territorio.

El nacionalismo genera una homogeneización de los integrantes de la comunidad al implantar la igualdad formal de todos ellos. Esto les hace ser iguales ante la nación. Esta uniformización de las masas constituye su "nacionalización", que es lo que confiere unidad social al propio Estado, pudiendo de esta manera volcar su actividad en la política exterior. Si dentro de la concepción marxista de la sociedad el conflicto se sitúa dentro de esta con la lucha de clases, el nacionalismo supera esta contradicción gracias a la nacionalización de las masas que asumen una conciencia nacional generada por el Estado que ha sido socializada y transmitida a través de la educación pública, que es, a su vez, la que ha hecho posible la identificación de la población con la identidad nacional representada por el Estado al no haber nada entre este y los ciudadanos. El Estado como nuevo generador de identidad ha transmitido así una particular conciencia nacional. Es justamente dicha conciencia nacional la que ha dado lugar a la paz social y a la colaboración entre las clases, por cuanto todas ellas tienen una conciencia común que les confiere un sentido de pertenencia a una realidad colectiva universal, más allá de su pertenencia a una u otra clase social, por lo que las inserta en un proyecto conjunto.

Gracias a la nacionalización de las masas las burguesías han logrado así la unidad y armonía social (siempre relativas, pues la lucha de clases continúa presente como forma de conflicto aunque subrepticiamente), dándose una adhesión de todas las clases a las mismas estructuras políticas de dominación implantadas por la clase dominante. Vemos así que son las burguesías las que imaginan, inventan y crean una identidad nacional que posteriormente es identificada con las estructuras de dominación representadas por el Estado.

La nación, el Estado y la identidad constituyen la superestructura ideológica y política de la infraestructura económica capitalista, representando los intereses económicos de la clase burguesa y dotándose así de una justificación teórica para los mismos.

Las nuevas identidades nacionales surgidas tras las revoluciones burguesas, y que generarían a su vez identidades anti-simétricas entre los nacionalismos periféricos, supuso un elemento cohesionador del Estado al consolidar su unidad interior y superar la lucha de clases. Fue así como el Estado pudo centrar su actividad en la política exterior, trasladando de este modo el conflicto interior al exterior en la lucha entre pueblos.

La designación del enemigo realizada por el nacionalismo se lleva a cabo contra un agente exterior: un pueblo o un Estado que representa la negación de la identidad propia, generando así unas relaciones de antagonismo, las cuales únicamente se resuelven a través de guerras totales en las que el enemigo lo es en términos absolutos. Esto contribuye también a incrementar la unidad interior al orientar la aversión colectiva hacia un enemigo común. Fue así como las burguesías desarrollaron durante el s. XIX y el XX sus guerras imperialistas en la búsqueda y conquista de territorios para su explotación e incorporación al sistema capitalista mundial, identificando como enemigos de la nación a aquellos que se resistieran a sus pretensiones económicas.

Actualmente estamos asistiendo a la emergencia de nuevos nacionalismos, tanto periféricos como de Estado, que reformulan y actualizan los principios fundamentales de esta ideología moderna. Los nacionalismos periféricos, por un lado, se afanan por reivindicar ciertas identidades y su derecho a dotarse de un Estado propio para preservarlas, lo que significa en cada uno de los casos sustituir una burguesía por otra: la española por la vasca o catalana, la francesa por la bretona o corsa, la belga por la flamenca o valona, etc... Supone cambiar un Estado opresor por otro.

Por otro lado, los nacionalismos de Estado son aquellos mismos que frente al proceso de globalización y la creciente pérdida de soberanía se ufanan por reivindicar mayor autonomía, autosuficiencia y soberanía, pues el Estado-nación se encuentra en crisis como modelo de comunidad política al verse presionado desde abajo por una creciente regionalización, y desde arriba por las organizaciones supranacionales. La vuelta al jacobinismo y al sistema de Estados del s. XIX es imposible, más aún cuando la política ha entrado en su fase revolucionaria de gran política, política de los grandes espacios.

Tanto unos como otros comparten una visión provincial del mundo, así como un recalcitrante chovinismo que se ve desarrollado y acrecentado por el ombliguismo congénito a todo nacionalismo, aquel que genera un sentimiento de superioridad y conduce a la lucha entre los diferentes pueblos. Divide e impera, es gracias a esto por lo que el mundialismo ha triunfado, porque no se ha sabido identificar al verdadero y auténtico enemigo de los pueblos, aquel que persigue la dominación económica mundial y la esclavización de todo el planeta a los intereses de una pequeña y reducidísima minoría social. El enemigo es el capitalismo y su representante social: la burguesía.

La única forma de combatir a ese enemigo común es mediante el desarrollo de una acción conjunta entre todos los pueblos para liberarse del yugo económico, lo cual supone en última instancia la articulación y desarrollo de proyectos geopolíticos regionales de escala continental, aquellos que contribuyan a la desaparición de un mundo unipolar dirigido por una gran sinarquía plutocrática, para ser sustituido por otro de carácter multipolar y policéntrico en el que la emancipación económica sea una realidad.

Ni los Estados ni los pequeños terruños que quieren a su vez constituirse en Estado, pueden hacer frente ni juntos ni por separado a este proceso de disolución y decadencia, pues tanto los unos como los otros están viciados por los mismos principios que guían el proceso de mundialización: el igualitarismo y el materialismo. Sólo por medio de la creación de bloques geopolíticos de escala continental y la instauración de un orden tradicional que recupere la primacía de lo político sobre el elemento económico y la jerarquía y la autoridad, será posible finiquitar y herir de muerte al inmenso monstruo que es el capitalismo mundial.

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Viernes, May 18, 2007

EL PAPEL DE LA ECONOMÍA (III)

 

Los trabajadores emprendieron durante el s. XIX y el XX una heroica lucha en la búsqueda y conquista de sus derechos frente a la clase explotadora, logros que fueron fundamentales para elevar sus condiciones de vida y mejorar su posición en el trabajo. Derechos y conquistas sociales son la herencia de aquellas luchas, pero un derecho no se alcanza de una vez y para siempre sino que por el contrario es preciso que esos derechos y conquistas sean salvaguardados a través de la lucha y del esfuerzo, que se incorporen a la conciencia colectiva de tal forma que sean algo más que una herencia del pasado sino incluso un elemento clave constitutivo de la identidad. Los derechos si no se utilizan, o peor aún, si todavía se olvida que estos existen, llega un punto por el que se pierde clara conciencia de su sentido y significado así como del esfuerzo del que fueron fruto.

"El trabajador no se revelará como verdadero enemigo mortal de la sociedad actual mientras no rechace pensar, sentir y ser dentro de las formas propias de ella. Y ello ocurrirá cuando se percate de que hasta ahora ha venido siendo demasiado modesto en sus reivindicaciones, cuando se dé cuenta de que el burgués le enseñó a apetecer aquellas cosas que precisamente al burgués le parecen apetecibles. La vida del trabajador, o bien es autónoma, es expresión de sí misma, y, por lo tanto es dominio, o bien no es otra cosa que el afán de participar en los derechos polvorientos, en los goces, que se han vuelto insípidos, de un tiempo periclitado". Esta problemática vislumbrada ya por Jünger en El Trabajador manifiesta claramente el aburguesamiento de la clase trabajadora, la cual ha sido sumida en la cultura hegemónica establecida y universalizada por la clase dominante.

La domesticación del hombre organizando y orientando sus pulsiones hacia la consecución de ideales comerciales, y en definitiva a asumir una mentalidad que genera el consentimiento del sistema de explotación que lo somete, conformándose así con distracciones y sucedáneos que centran su atención en la adquisición de basura que no necesita que le ofrece la publicidad.

El consumo le hace olvidar las condiciones de explotación laboral a las que está sometido, por lo que lo único importante es consumir todo cuanto la publicidad hace desear encerrándole en un bucle de producción-consumo por el cual produce lo que luego él mismo consume proveyendo al explotador enormes ganancias. Los valores utilitaristas marcan la forma de pensar y actuar del trabajador, para el cual es deseable justamente aquello que al explotador le resulta apetecible, pues el fin de la sociedad capitalista es alcanzar el ideal igualitario burgués por el que exista bienestar generalizado fruto de un crecimiento económico ilimitado, en el que la tecnología aplicada a la producción liberará al hombre de la carga del trabajo y este podrá dedicar a la vida hedonista con el consumo ilimitado y a las banalidades de la vida económica. Una imagen onírica que se sintetiza en el way of life americano-occidental y en su universalización, lo que supone la destrucción de las identidades colectivas de pueblos y culturas por un lado, y simultáneamente generar las condiciones precisas para dar lugar al consentimiento de las estructuras de explotación económica con la implantación de la ideología burguesa y liberal. El fin no es otro más que reducir al hombre a una condición de vida vegetativa.

Si antes el valor del hombre residía en su renta y en sus posesiones materiales, actualmente en la era comercial del gran capitalismo mundial el valor del hombre y de la civilización se mide por su consumo. Cuanto más pueda consumir y más consuma mejor, de aquí se deriva la perversión financiera de los créditos para el consumo, aquellos que están ideados para incrementar la capacidad de consumo del individuo más allá de sus propios ingresos de tal forma que los beneficios de los capitalistas sean mayores (se vende más su producción y se hace preciso producir todavía más) y al mismo tiempo se crea una dependencia económica hacia una entidad financiera.

En una sociedad completamente aburguesada en lo moral y en lo cultural, cuyas únicas finalidades son el confort, el bienestar, la vida fácil, el placer hedonista, el ocio irresponsable, etc., la lucha de clases como realidad viva ha desaparecido. El sistema cultural ha generado las condiciones subjetivas por las que implantar en la mente de las masas una representación del mundo que haga aceptable el estado de cosas, y con ello ha conseguido la legitimación, consentimiento y justificación moral de un régimen de explotación.

La antítesis real entre sistemas no se encuentra en aspectos puramente técnicos, sino entre un sistema en el que la economía es soberana y otro en el que queda subordinada a factores extraeconómicos dentro de un orden más vasto y completo que es capaz de darle a la vida humana un sentido profundo permitiendo el desarrollo de posibilidades más elevadas. La disyuntiva que se planteará a largo plazo, y sobre todo en cuanto el modelo actual termine por quebrar, será aquella que devuelva al principio político (vinculado al orden de los fines) su primacía, quedándole subordinado el elemento económico (vinculado al orden de los medios y caracterizado por su instrumentalidad).

La economía tarde o temprano deberá ser concebida no como un fin en sí mismo a través del cual una oligarquía económica se lucra gracias al trabajo del resto de la población, la cual está sometida a unas condiciones de dependencia y de explotación con respecto a aquella elite que es la que toma decisiones sobre ella. Además de esto, la economía sólo puede ser relegada a un plano secundario, aquel por el cual como elemento subordinado simplemente ejerce una función instrumental al servicio de fines extraeconómicos, aquellos que tienen una dimensión que va más allá de lo puramente utilitario y que por ello no son reducibles a una dimensión racionalista de coste-beneficio.

Esto significa la hegemonía del Estado y de la función soberana que este debe representar sobre las demás funciones: la guerrero-militar y la productiva. Es la única forma por la cual será posible generar los mecanismos de representación popular libres de la influencia de las oligarquías económicas, las cuales por medio de sus grupos de presión y corporaciones influyen en la política condicionándola y orientándola hacia sus propios y particulares intereses. La democracia demuestra ser así la dictadura del capital, en la que las corporaciones y los grupos financieros utilizan los mass-media para que la opinión pública sea favorable a sus intereses, al mismo tiempo que financian a los principales partidos políticos del sistema.

Esto significa generar una nueva elite que encarne los principios de soberanía y autoridad, que elimine de raíz el yugo impuesto por la gran finanza y por el capital, aquel por el que por el mero hecho de tener dinero ya es un referente social a seguir y simultáneamente quien determina la conducción de la política. Esto debe quedar absolutamente abolido por medio de la implantación y universalización de un nuevo Absoluto, aquel que de fin a la era económica y haga imperar aquellos otros valores de sentido comunitario que reconozcan en una jerarquía funcional la necesidad de toda sociedad orgánicamente integrada, y fundada ya en unos principios por los que el fin del hombre no es el hecho económico, sino participar de una realidad superior que está constituida por su comunidad.

"Un día los obreros vivirán como los burgueses pero, por encima de ellos, más pobre y más simple, estará la casta superior. Ella será quien posea el poder". F. Nietzsche

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Jueves, May 17, 2007

EL PAPEL DE LA ECONOMÍA (II)

 

La función de la propiedad privada en las sociedades burguesas es aquella que le corresponde como entidad económica y cuantitativa que es objeto de explotación productiva, propiciadora de bienestar material y dinero, viniendo a ser algo así como un pasaporte para el ascenso en la escala social. La propiedad privada dentro del pensamiento liberal-democrático ha representado un valor por sí mismo, teniendo un crisma de inviolabilidad y "sacralidad", atribuyéndole una intrínseca esencia capaz de conferirle un valor que la eleve por encima de su función instrumental. Esto no deja de ser la expresión vulgar de lo que realmente representa la propiedad para el hombre moderno: un fetiche.

La propiedad de los medios de producción sólo puede ser de la oligarquía o de la comunidad del pueblo. En el primer caso la lucha de clases se establecerá como pauta en el desarrollo y desenvolvimiento de las relaciones entre las clases, pues la posición dominante de los capitalistas dará lugar a condiciones de explotación, aquellas con las que se intentará reducir los gastos de mano de obra generado por los trabajadores e intentando aumentar a su vez la jornada de trabajo.

Cada clase persigue la consecución de unas mejores condiciones materiales así como su hegemonía dentro de la sociedad. Al menos esto fue así en la primera fase del capitalismo cuando cada clase social representaba modelos antagónicos en su forma de concebir el mundo y de organizar el trabajo y la propia sociedad. La disyuntiva entre capitalismo y socialismo científico reside en la forma de organizar técnicamente la economía, y no en los fines últimos de ambos sistemas, es decir, la consecución del bienestar material de las masas en torno al cual convergen sus esfuerzos.

Si en el sistema capitalista las tensiones producción-consumo se deben regular por sí mismas a través del libre mercado en el que juegan la libre oferta y demanda, en el modelo socialista la estatalización de este ciclo por medio de la planificación intenta subsanar las crisis de superproducción y las inflaciones. Sin embargo, ambos modelos en principio antagónicos a la hora de organizar la economía y el trabajo, las aspiraciones del hombre son únicamente materiales, pues la felicidad definida en términos de utilidad viene reportada por el status social que propicia la posesión de bienestar material, de una determinada renta, etc... El fin del hombre no es más que el hecho económico, todo este orden descansa en la ingenua creencia de que los bienes materiales darán la felicidad.

En ambos casos la propiedad de los medios de producción pertenece a una oligarquía, sea plutocrática o tecnocrática, por lo que el pueblo está desposeído de aquello que realmente le pertenece. En la sociedad capitalista el Estado únicamente es un elemento coercitivo para preservar el statu quo de la oligarquía económica, pero sus funciones están limitadas únicamente a mantener la paz y la seguridad social de tal modo que no se produzcan desórdenes. En las sociedades del antiguo bloque socialista el sistema respondía a un capitalismo de Estado, aquel por el cual el Estado además de ser un aparato coercitivo es también una inmensa maquinaria burocrática que se encarga de gestionar y organizar el conjunto de la economía, a cargo de la cual se encuentra una oligarquía tecnocrática que acapara el conjunto de la producción.

La primacía de lo económico sobre lo político ha dado lugar a que este último constituya una herramienta al servicio de los fines utilitarios de quienes detentan el poder económico. En el modelo capitalista la clase dominante utilizará el poder político para salvaguardar su mercado y satisfacer sus apetencias para lucrarse, además de impedir que la estructura de intereses hegemónica sea subvertida. La política es así reducida a un mero medio al servicio de la economía y de los intereses económico-comerciales de las plutocracias. Sin embargo, en los denominados modelos socialistas la política no tiene un papel muy diferente, ya que esta se ocupa de gestionar el aparato productivo para la consecución de los planes quinquenales, de tal modo que además de ejercer la coerción precisa para mantener un estado de cosas esta también sirve de herramienta para la distribución de la riqueza y el ordenamiento económico.

El conflicto que hasta la fecha ha existido es entre sistemas económicos técnicamente considerados, por lo que capitalismo y socialismo ofrecen diferentes modos de organizar la economía pero en ningún caso se cuestiona la posición y el papel que esta ocupa en la sociedad. La primacía de lo económico ha reducido al hombre a un número, y al mismo tiempo ha desarrollado un conjunto de valores y una cultura económica que se ha universalizado, de tal modo que la finalidad del individuo y de las clases sociales es la obtención de riquezas que la sitúen en la cúspide de la jerarquía social.

"Es inevitable que en este mundo de explotadores y explotados no sea posible ninguna grandeza que no sea en última instancia, el hecho económico." Esta frase de Jünger explica bastante bien la naturaleza de un mundo económico, aquel que los burgueses instauraron en 1789 tras una larga preparación siglos antes. El trabajador se ve explotado en su puesto, es una pieza más en el engranaje de la producción, y a esto se suma la alienación cultural a la que es sometido por causa de la instauración de un marco de referencia configurado por el mercado y sus creaciones.

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Miércoles, May 16, 2007

EL PAPEL DE LA ECONOMÍA (I)

El acontecimiento crucial que vino con el fin del Antiguo Régimen fue la desaparición de los estamentos junto a sus respectivos ordenamientos jurídicos, lo que pone de manifiesto que desde ese mismo instante en el que se implantó la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos la función económica pasó a controlar el poder político.

La igualdad ante la ley y ante el Estado supone la reducción del papel del hombre a un aspecto meramente cuantitativo, se le desprovee de cualquier dimensión cualitativa por la cual desempeñe una función en el conjunto de la sociedad, aquella por la que es lo que hace; sin embargo, con la nueva era surgida tras las revoluciones burguesas el hombre constantemente está cambiando de trabajo fruto de los caprichos del capital.

La indiferenciación formal del ordenamiento jurídico burgués trae consigo en el plano material y fáctico la diferenciación a partir de aquello que se posee, una determinada renta y propiedades, siendo esto lo que resulta ser el nuevo criterio para jerarquizar la sociedad y generar unas nuevas elites que sustituyan a las corrompidas y aburguesadas monarquías absolutas por una clase parasitaria y plutocrática.

La lucha de clases constituye más una consecuencia directa de la desaparición del régimen absolutista y de la aparición del capitalismo que una realidad que ha movido unidireccionalmente la historia. Si todos los miembros de una sociedad son formalmente iguales lo único que puede distinguirles entre sí es la riqueza, así aparece una clara división entre la elite plutocrática y la clase del pueblo, compuesta esta última por los desposeídos.

La lucha de clases resulta ser así la lógica inherente a un sistema igualitarista en el que los individuos se agrupan entre sí en función de unos intereses comunes para conseguir más bienes materiales y riquezas. La disputa existente entre las diferentes clases no es ni más ni menos que una lucha por hacerse con mayores recursos materiales que permitan tomar el control de los medios de producción, e invertir la estructura social situándose en su cúspide y pasando a controlar el poder político.

Libertad e igualdad. La libertad fue propugnada para posibilitar el libre mercado, la libre iniciativa económica ajena a las restricciones del Estado, pudiendo al mismo tiempo el individuo definir sus propios fines y objetivos, lo cual en la práctica viene determinado por la búsqueda de la utilidad. La igualdad estableció la ruptura del lazo social, y con ello la aparición de un fortísimo individualismo que la burguesía liberal institucionalizó al no existir nada entre el ciudadano y el Estado. De esta manera cada cual busca por sí mismo su propia utilidad, la consecución de placer, bienestar, comodidad, el incremento de los bienes materiales, etc..., constituyen la meta del nuevo hombre, el homo economicus, aquel para el que el hecho económico es su único fin.

La propia evolución del capitalismo dará lugar a la aparición de diferentes asociaciones y organizaciones que agruparán a las clases, a los grupos de interés y de presión, a los sectores profesionales, etc... Es así como en los EE.UU. el asociacionismo constituye un importante capital social que desarrolla un tejido social que actúa como elemento cohesionador en la nación confiriéndole cierta unidad.

El dinero como bien escaso que todo el mundo persigue, y que a su vez se encuentra concentrado en pocas manos supone la fuente y base real de poder en el mundo capitalista, por lo que quien cuenta con dinero cuenta con recursos, capacidades, oportunidades, en una palabra: poder. Es el dinero el verdadero lazo existente entre los hombres cuyas relaciones son encauzadas por el contractualismo, y cada uno de ellos busca la consecución de su propio interés. Las asociaciones se forman en torno a intereses comunes que guían y conducen la acción de las mismas, constituyendo un quehacer colectivo por el que la suma de fuerzas posibilita la consecución de esos objetivos comunes.

La necesidad es aquello que determina la acción del hombre, pues este siempre actuará en un claro sentido con la finalidad de satisfacerla. Así, una de las necesidades primarias del hombre la constituye su propia subsistencia para lo cual debe conseguir los recursos precisos para ello. Debido a la existencia de la propiedad privada en los medios de producción se genera una organización social del trabajo conforme a los intereses del capitalista, el cual utiliza la necesidad del trabajador para ganarse un sustento estableciendo sobre éste las condiciones de su venta de mano de obra.

El trabajador ya no produce para sí mismo, sino que lo hace para una clase parasitaria que se adueña de la producción y que le roba la plusvalía. Ha pasado a ser un simple número en el proceso de producción, y puede ser sustituido en cualquier momento debido a que la producción misma se ha mecanizado, por lo que es completamente intercambiable por cualquier otro trabajador del inmenso ejército de parados. El trabajador necesita el empleo para obtener ingresos con los que poder ganarse su sustento, de aquí deriva que a la existencia del trabajo asalariado se correspondan unas condiciones de explotación impuestas por el capitalista, aquellas que son más favorables a sus intereses, pues este únicamente se mueve por el lucro ya que sus necesidades más elementales están sobradamente cubiertas.

La mecanización de la producción y la propiedad privada implican la existencia de un mercado para el que se produce, ya que la igualdad jurídica permitió la ampliación y extensión del mercado al incorporarse al mismo nuevos estratos sociales. La producción es masiva para que los beneficios sean igualmente ingentes, para lo que es preciso por un lado garantizar cierto nivel de vida a los trabajadores y evitar así las crisis de superproducción, contando estos con una capacidad adquisitiva que les permita generar algo de ahorro y consumir. Estas condiciones se generaron en su momento con el Estado de bienestar, cuyo desmantelamiento a partir de los años 70 ha dado lugar a una nueva situación. Juntamente con lo ya dicho es imprescindible que además de la capacidad de gasto se desarrolle la creación de necesidades artificiales que induzcan al consumo, esto se lleva a cabo a través de la propaganda masiva de la publicidad y el marketing, con la cultura del mercado y el conjunto de pautas de comportamiento que se transmiten a la sociedad.

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Domingo, May 13, 2007

HAWAI, ENCLAVE GEOESTRATÉGICO EN EL PACÍFICO

La mayor parte de la superficie del planeta está cubierta por el agua de los océanos, siendo el Océano Pacífico el que mayor superficie abarca, 179 millones de kilómetros cuadrados de los más de 510 millones que tiene el conjunto del planeta. Así, la mayor masa terrestre se concentra en la gran isla continente Eurasia, en donde a su vez reside la mayor parte de la población del planeta.

Si Eurasia junto a la prolongación africana constituye el centro del planeta al abarcar la mayor parte de la superficie terrestre y continental, América constituiría con respecto a la Isla Mundial su periferia, con la que se encontraría naturalmente enfrentada.

La posición geográfica de una potencia determina su visión del mundo y orienta simultáneamente su estrategia a nivel internacional y su correspondiente proyecto político-civilizacional. Es por esto que es normal que las potencias marítimas, caracterizadas por su insularidad y por representar un modelo de civilización fundado en el comercio marítimo, se hayan volcado en el dominio y control de las grandes rutas transoceánicas, lo cual permite una colonización de las regiones terrestres para la posterior explotación de sus riquezas.

Es así como en el Océano Pacífico, el de mayor extensión en todo el planeta, constituye para los EE.UU. como potencia marítima una zona cuyo control resulta de vital importancia para poder proyectar su poder sobre Oceanía y Asia, así como para garantizar el tránsito de mercancías en las principales rutas comerciales.

La situación geográfica de los EE.UU. entre dos océanos como el Atlántico y el Pacífico, así como su posición de periferia con respecto a Eurasia lo que le confiere su carácter insular, fuerza a esta potencia a desarrollar un poder naval que le permita controlar las grandes rutas transoceánicas que comunican el centro con la periferia, y que le permiten de este modo colonizar las zonas litorales de la Isla Mundial.

Dentro de esta posición geográfica e internacional Hawai representa un enclave geoestratégico fundamental en el Pacífico, pues se encuentra en el centro de este y constituye una zona de paso para los buques de mercantes que transportan petróleo desde el Golfo Pérsico, o mercancías procedentes de China, Japón, Corea y Oceanía.

Aparte de ser un famoso destino turístico a nivel mundial y el reclamo para muchos surfistas, Hawai alberga una importante base militar americana que se encuentra cerrada a cal y canto, la cual alberga un importante complejo militar de comunicaciones y suministros. Su localización geográfica hace de este archipiélago una prioridad estratégica para la seguridad nacional de los EE.UU., lo que le permite mantener un control sobre el océano más grande del mundo evitando al mismo tiempo que cualquier otra potencia intente rivalizar por su dominio.

A nivel militar constituye un nódulo central de operaciones sobre todo el Pacífico, hecho que se puso de manifiesto durante la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo tras el descalabro de Pearl Harbor. A pesar de esto, los EE.UU. tiene a lo largo del Pacífico diferentes bases militares (como Midway) que constituyen puntos de vigilancia y control por medio de sistemas de radares de detección rápida, o simplemente constituyen puntos de repostaje para efectivos militares.

Hawai es también, como zona de paso, un lugar en el que repostan la mayor parte de los grandes buques mercantes procedentes de Asia y Oriente Medio, y contiene una importante refinería donde va a parar una importante parte del crudo árabe. La seguridad de las rutas transoceánicas es un punto clave en la política exterior americana, pues es la forma por la cual se garantiza la llegada de suministros y mercancías del resto del mundo.

En el plano geopolítico EE.UU. es consciente a su vez de la necesidad de proyectarse sobre Asia, y de manera más concreta sobre su litoral, lo que le permite desarrollar su influencia económica y militar. Además de esto EE.UU. conoce la natural inclinación que ha tenido tradicionalmente China en su proyección marítima sobre el Pacífico, lo que se ha venido acrecentando con su cada vez mayor influencia económica, lo que le da a Hawai a día de hoy una mayor importancia en la seguridad y estrategia global de los EE.UU.

La atención americana se centra en garantizar la seguridad de las rutas comerciales oceánicas para así mantener una cierta regularidad en el abastecimiento de suministros. Junto a la necesidad de desarrollar un control sobre los océanos dentro de su política de potencia marítima, EE.UU. desarrolla un importante poderío naval con el que materializar la colonización de los territorios continentales, para lo cual necesita de pequeños y diferentes enclaves estratégicos a lo largo de los océanos. Queda así demostrada la importancia geoestratégica de Hawai dentro de la política exterior americana.

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Sábado, May 12, 2007

NUEVO MAZAZO AL ATLANTISMO EN ASIA CENTRAL

Los presidentes de Rusia, Kazajistán y Turkmenistán, Putin, Nazarbáyev y Berdimujammédov, respectivamente, han acordado el tendido del Gasoducto del Caspio, que permitirá a Rusia acceder a los hidrocarburos de Asia Central y con ello mantener su papel protagonista y preponderante en la región.

Tras una visita de seis días de duración del presidente Putin en Asia Central se ha logrado llegar a un acuerdo sobre la cuestión de hidrocarburos que afianza la relación entre Rusia y el espacio post-soviético, lo cual representa una consolidación de la Federación Rusa con las antiguas repúblicas soviéticas estrechando su relación con ellas y garantizando en gran medida una estabilidad política en el corazón del continente asiático.

No es ninguna casualidad que Rusia esté cada vez más interesada en garantizar su presencia e influencia sobre las antiguas repúblicas soviéticas, sobre todo en la medida en que la importancia de estas va cobrando mayor relieve al aumentar su suministro de gas y petróleo en el mercado internacional, y son a su vez a medida que pasa el tiempo los países que a largo plazo contarán con las mayores bolsas de gas y petróleo.

Este proyecto que está previsto que sea firmado antes de septiembre de este mismo año, y cuyas obras comenzarán previsiblemente hacia el 2008, constituye un freno a las pretensiones atlantistas de EE.UU. y Europa por convertir Asia Central en un gran almacén de recursos naturales que expoliar y con los que luego traficar a su antojo.

Por de pronto Kazajistán, Turkmenistán y ahora también Uzbekistán se han involucrado en este proyecto liderado por Rusia, el cual no sólo le permitirá un acceso directo a las inmensas bolsas de recursos energéticos que se encuentran en Asia Central, sino que supone al mismo tiempo una apuesta política a largo plazo por la que dichas repúblicas se decantan por una estrategia contraria a las pretensiones atlantistas, reorientando su política hacia una mayor colaboración con su aliado geopolítico natural que es Rusia.

Asimismo, para las potencias atlantistas esto resulta ser un serio mazazo a sus intereses económicos y geopolíticos, pues la Unión Europea no podrá ver ya realizado su proyecto de construir un gasoducto a través del Mar Caspio con el que reducir su dependencia con respecto a Rusia en materia energética. Esto, en definitiva, impide un acceso directo a las reservas energéticas de estos países asiáticos.

La importancia geoestratética y geopolítica de esta región ha quedado claramente manifiesta en otros artículos, pero esta jugada de Rusia en el ámbito internacional supone en definitiva consolidar su posición de potencia mundial decidida a jugar un papel protagonista a largo plazo en las relaciones internacionales. Además de esto Rusia está decidida a aumentar su peso político no sólo en el mundo, sino también sobre Europa (Rusia provee el 40% de las importaciones de gas de la UE, porcentaje que va en aumento) con la clara pretensión de influir en ella en un futuro inmediato para reorientar de una vez por todas su política internacional, intentado de este modo buscar un distanzamiento definitivo entre la UE y los EE.UU.

La UE al verse cada vez más incapaz de suplir su demanda energética de forma que no esté sujeta a las perturbaciones políticas existentes en Oriente Medio, va a verse obligada con el paso del tiempo a acrecentar sus lazos y afianzar su relación con Rusia, país que no tardará mucho tiempo en convertirse en su máximo proveedor de gas y petróleo. Si la estrategia rusa funciona la UE tendrá que plegarse, y consecuentemente cambiar su estrategia atlantista por una política continental lo que significará un cambio en sus alianzas mostrando su preferencia por Rusia y dejando de lado definitivamente a los EE.UU.

Esto, indudablemente desarrollará un cambio fundamental en la balanza de poder internacional, Rusia pasará por fin a jugar un papel protagonista en las relaciones internacionales que no ha vuelto a jugar desde el fin de la Unión Soviética. Esta nueva situación internacional se podrá concretizar bajo la realización de una gran alianza que tenga como base fundamental el eje París-Berlín-Moscú y que más adelante termine incluyendo Madrid como elemento fundamental para la proyección de dicha alianza sobre el conjunto del Magreb y el Mediterráneo. Asimismo, en un eje Norte-Sur la nueva política continental que se terminará materializando en torno al Caspio y las repúblicas de Asia Central deberá asentarse sobre una alianza entre Teherán y Moscú, lo cual garantizará a su vez cerrar el paso a las potencias marítimas en su intromisión en Asia Central, y al mismo tiempo desarrollar nuevas fuerzas y alianzas geopolíticas para eliminar la presencia americano-occidental en Oriente Medio.

Rusia, por su posición geográfica constituye un país y una potencia netamente euroasiática que abarca a su vez la mayor parte del Pivote Geográfico, por lo que todo proyecto geopolítico claramente opuesto al mundialismo y al cosmopolitismo debe tener como referente este país, que de cara al futuro será la potencia que podrá encabezar una Gran Alianza en Eurasia, aquella que ponga final a la era unipolar del mundialismo.

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EL FASCISMO: NACIMIENTO DE UNA RELIGIÓN POLÍTICA

El presente artículo tiene como finalidad realizar un breve análisis sobre aquellos elementos que precedieron a la aparición del fascismo y que hicieron posible su emergencia, así como sobre su carácter de religión política. Además de esto el presente análisis se ha hecho a partir de los estudios realizados por Emilio Gentile en Fascismo: Historia e interpretación, obra que es aquí tomada como referencia para dilucidar el carácter de religión política de esta ideología.

En la generación de 1914 se encontraba muy viva la aspiración de dar un fundamento de religiosidad laica a la política de cara a una reforma intelectual y moral de los italianos. A este propósito contribuyó de manera significativa la Gran Guerra, la cual, juntamente con el contexto anterior a la misma generaría las condiciones precisas para la precipitación del fascismo como fenómeno político pero sobre todo como nueva religión política.

La Primera Guerra Mundial fue una experiencia de masa que creó un estado de efervescencia colectivo que daría lugar a una serie de mitos, sentimientos, ideas y, sobre todo, un estado de ánimo vinculado a una nueva religiosidad que se ligaba con la mitificación de la guerra entendida como "gran evento" regenerador.

La experiencia de la guerra en cuanto mito contribuyó a la sacralización de la política y aportó un nuevo material para la creación de una religión nacional con los mitos, ritos y símbolos que habían nacido en las trincheras. Así, una serie de elementos como la simbología de la muerte y de la resurrección, la devoción a la nación, la mística de la sangre y del sacrificio, el culto a los héroes y a los mártires, como también la comunión de la camaradería, contribuyeron a difundir entre los combatientes la idea de la política como experiencia total cuya finalidad era renovar todas las formas de la existencia. La política tendría que ser entonces la encargada de perpetuar el ímpetu heroico de la guerra que proveería a la comunidad nacional de su correspondiente sentido místico.

Tras el fin de la Gran Guerra se produjo un renacimiento del sentimiento religioso como consecuencia de la experiencia que supuso la muerte masiva y la vida de trincheras. La experiencia de la guerra, como esfuerzo conjunto de los integrantes de la nación, desarrolló una vida en común en el campo de batalla generando así los correspondientes lazos de solidaridad y un sentimiento de unión, contribuyendo a dar un sentido de cohesión colectiva a la propia comunidad nacional.

Esta experiencia unido a la necesidad de una religiosidad laica que estableciera en la comunidad el lazo social que fortaleciese su unidad y cohesión, constituyó el fermento preciso para que el fascismo apareciese como el movimiento capaz de superar la banalidad de la vida cotidiana y nacionalizar a las masas para afirmarse al mismo tiempo como religión política, haciendo para ello uso de los mitos, ritos y símbolos que habían aparecido durante la Gran Guerra, encontrando así un terreno favorable en el que enraizarse y desarrollarse.

Además de esto el estado de entusiasmo y de efervescencia colectiva fueron condiciones que favorecieron la aparición del fascismo como movimiento, en el cual la unión de sus integrantes no estaba determinada por una doctrina sino por un estado de ánimo y una "experiencia de fe" para la que ellos se sentían elegidos al ser hombres nuevos regenerados por la guerra.

Fue esa misma guerra la que renovó la sacralidad de la nación al reencontrarse ella misma en el campo de batalla entre los hombres que hicieron su vida en los combates y en las trincheras, creando y estrechando lazos de solidaridad que posibilitarían la cohesión de la nación, generando las bases sociales precisas para que el nuevo estado de unidad social entre los italianos pasase a encarnarlo el fascismo, pero esta vez como religión nacional portadora de todo aquello a lo que había dado lugar la experiencia de la guerra, implantando así un particular sentimiento religioso con el que afianzar la unidad de la nación.

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Viernes, May 11, 2007

AFGANISTÁN: LA NUEVA ENCRUCIJADA

 

El relieve mediático que han tenido las protestas contra la guerra de Iraq y su posterior ocupación, distan mucho de las que hubo hacia la guerra de Afganistán y que con una notable diferencia no recibieron la misma atención por parte de los mass-media ni tampoco la misma respuesta por parte de la sociedad.

Los motivos para que esto fuera así se debe en gran medida a la conmoción general que produjeron los atentados del 11-S, lo que de cara a la sociedad internacional dio carta blanca a los EE.UU. para realizar las represalias que considerara oportunas. A esto hay que sumarle la campaña internacional llevada a cabo por los medios de comunicación occidentales para difamar y vilipendiar al régimen islámico establecido en Afganistán, presentándolo como intrínsecamente malo y como la completa negación de Occidente (esto último tampoco distaba mucho de la realidad, aunque en un sentido muy diferente al que se le ha atribuido desde esta parte del planeta).

Protestas hubo pero muy minoritarias y recibieron un escaso seguimiento por parte de la sociedad y del conjunto de los medios. Quienes tomaron parte en las mismas todavía se percataron de la jugada que estaba preparando los EE.UU. en el tablero internacional con la única finalidad de afianzar su hegemonía, y más concretamente su presencia en Asia Central.

Sabiendo que la ONU ha supuesto en gran medida un instrumento al servicio del mundialismo, y que su legitimidad internacional se asienta en los principios encarnados por el humanismo y el igualitarismo, hijos de la ilustración occidental, tampoco debemos perder de vista el hecho de que se trata de la organización internacional multilateral por excelencia, que ha establecido los principios y bases del derecho internacional y que agrupa a más de 190 Estados diferentes.

Dichas bases del derecho internacional han quedado reflejadas en la Carta de las Naciones Unidas, y supone el marco general por el cual se pretende encauzar la acción de los Estados y las relaciones internacionales, constituyendo el referente por el cual dicha organización internacional en el mundo actual confiere cierta legalidad a determinadas actuaciones.

Se trata de una organización internacional ampliamente reconocida por los Estados y que está integrada por la casi totalidad de los países existentes, por lo que todos ellos tienen en cuenta en cierta medida las reglas del juego internacional que ha marcado la propia Carta de las Naciones Unidas. Otra cosa muy diferente la constituye el hecho de que pese a que dicha Carta haya tenido que ser firmada y ratificada por los integrantes de la ONU para su ingreso, cada país se reserve el reconocimiento de dichos valores y principios, así como su salvaguarda la cual siempre estará condicionada por sus intereses particulares. Pese a esto, las decisiones adoptadas en el Consejo de Seguridad de la ONU y con arreglo a la Carta de las Naciones Unidas son de carácter vinculante para los integrantes de la ONU así como para aquellos que no pertenezcan a ella.

Dicho esto, cabe decir que la guerra de Afganistán llevada a cabo por los EE.UU. contó,  a diferencia del caso de Iraq, con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptando así un carácter legal. Esto fue posible en la medida en que EE.UU. apeló al derecho de legítima defensa reconocido por la Carta de las Naciones Unidas y que aparece recogido en el artículo 51:

Artículo 51. Ninguna disposición de esta Carta menoscabará el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. Las medidas tomadas por los Miembros en ejercicio del derecho de legítima defensa serán comunicadas inmediatamente al Consejo de Seguridad, y no afectarán en manera alguna la autoridad y responsabilidad del Consejo conforme a la presente Carta para ejercer en cualquier momento la acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.

Lo cierto es que lo ocurrido en el 11-S no fue un ataque de Afganistán ni de ningún otro Estado contra los EE.UU., sino que se trató de un ataque terrorista contra el centro financiero de los EE.UU. en Nueva York. Al mismo tiempo no fue tampoco un ataque armado sino la colisión de unos aviones civiles contra edificios. Todo esto pone en tela de juicio la interpretación que en su momento se hizo del derecho de legítima defensa para darle un carácter legal a la invasión. El argumento utilizado fue la existencia de una organización terrorista denominada Al-Qaeda que se cobijaba en Afganistán, donde contaba con el apoyo del gobierno y del régimen islámico.

Se trató, en definitiva, de una argucia de los EE.UU. que aprovechó la coyuntura internacional que se le presentó gracias a la conmoción que los acontecimientos de Nueva York generaron en el mundo, por lo que los Estados se solidarizaron con EE.UU. y mantuvieron una actitud "comprensiva" hacia la nueva estrategia americana.

Pero lo cierto de todo esto es que el 11-S fue simplemente un pretexto a partir del cual justificar una determinada acción, junto a la interpretación del principio de legítima defensa que desarrolló EE.UU. a expensas del nuevo contexto internacional que apareció desde entonces. Es así como consiguió darle un carácter legal de conformidad a los principios y fundamentos del derecho internacional establecido por la ONU, pero ello dista mucho de que pese a que formalmente la acción fuera legal y estuviera amparada por la ONU, la legitimidad de la misma era inexistente.

Afganistán constituye un país asiático de paso para el transporte de gas y petróleo desde las refinerías centroasiáticas existentes en las cercanías de los yacimientos de petróleo de los países del anterior espacio soviético. Además de esto, su posición geográfica permite simultáneamente un acceso a Asia Central y ha contribuido dentro de la política exterior americana a rodear y aislar al régimen iraní. Acerca de este último es importante señalar que los EE.UU. a medio plazo no tardarán en emprender ataques selectivos contra instalaciones iraníes por medio de bombardeos, pues actualmente los EE.UU., afortunadamente, no tienen la capacidad para desarrollar una invasión a gran escala.

Limitando la influencia china y rusa EE.UU. ha conseguido incrementar su presencia en Asia Central a través de Afganistán, y de alguna manera ir tomando posiciones de cara a aislar a la República Islámica de Irán por un lado y preparar el definitivo asalto sobre las repúblicas ex-soviéticas. Esto lo vemos claramente en los intentos golpistas que se han dado recientemente en algunos de estos países, y que han sido auspiciados por los EE.UU. a través de diferentes organizaciones establecidas en la zona por la CIA, en conjunción con elementos de la política y sociedad de estos países que se encuentran alineados con la estrategia americana y atlantista.

Lo cierto es que tras la invasión americana Afganistán se encuentra peor en todos los sentidos con respecto a la situación anterior con el régimen talibán, lo que es una clara muestra de que los EE.UU. han contribuido a desestabilizar la zona y a agravar las disputas internas existentes en ese gran hervidero étnico, religioso y cultural, que vendría a representar los Balcanes asiáticos. Es así como EE.UU. ha colocado como presidente títere a un antiguo ejecutivo de una de las empresas americanas explotadoras de yacimientos de gas, que ha sido justamente el que ha firmado el proyecto de construcción de un gran gaseoducto que atravesará el país hasta el Índico. Además de esto Afganistán se ha convertido en un narco-Estado, siendo ya el máximo productor internacional de opio y también el mayor exportador de esta droga que durante el régimen talibán estaba totalmente prohibida, tanto su consumo como su producción.

Desafortunadamente está muy extendida la posición por la cual se sigue considerando que los sistemas políticos del mundo occidental son los mejores posibles, punto de vista que lo encontramos a lo largo de todo el eje izquierda-derecha, lo que pone de manifiesto que existe un claro sentimiento egocéntrico a nivel político que termina desembocando en el afán mundialista de querer instaurar a escala planetaria el mismo sistema que existe en Occidente. Por esto muchos pseudoprogresistas pese a criticar las actuaciones de EE.UU. con Afganistán o con Iraq se apresuran a condenar al mismo tiempo los regímenes que con anterioridad a las invasiones existían en dichos países, lo que pone claramente de manifiesto que no se pone en duda la supuesta "legitimidad" y "superioridad" que se le atribuye al sistema occidental y la necesidad de que este se termine de universalizar.

Es así como se niega a los diferentes pueblos a su derecho a definir su propio estatus político, o lo que es lo mismo, a decidir su propio régimen político conforme a su tradición política, histórica y cultural, que puede ser en muchos casos totalmente diferente de los sistemas existentes en Occidente, lo cual no le resta ninguna legitimidad, sino que por el contrario aún la incrementa.

No tardaremos en ver una definitiva "iraquización" de Afganistán en la medida en que las fuerzas resistentes emprendan más y mayores acciones contra la ocupación, lo que a largo plazo comprometerá la estrategia general de los EE.UU. en la región. Afganistán es una encrucijada de caminos pero también para las aspiraciones americanas de perpetuar su hegemonía hoy cada vez más claramente en declive.

Tanto en Iraq como en Afganistán los ataques a la ocupación no cesarán, y continuará la lucha resistente hasta que los EE.UU. junto a sus aliados sean expulsados. Sólo entonces se terminará la guerra. Unos pueden permitirse poner muertos en su lucha de liberación, porque esos son los muertos que no cuentan en las estadísticas de los mass-media y de los cálculos políticos de los ocupantes, sin embargo estos últimos no se lo pueden permitir pues sus muertos salen caros.

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Lunes, May 07, 2007

DERECHA SOLO HAY UNA: LE PEN SIEMBRA Y SARKOZY RECOGE

 

Los temas políticos propios del FN de Jean Marie Le Pen han tenido vigencia política y social en Francia los últimos años, y particularmente en las últimas elecciones presidenciales en las que el líder del UMP, N. Sarkozy, ha tomado nota del mensaje político y la línea que había llevado a Le Pen en las anteriores elecciones a ser candidato a la presidencia en la segunda vuelta.

Seguridad, orden, identidad nacional, inmigración..., han sido utilizados por Sarkozy apropiándose del discurso lepenista y asumiendo un particular populismo que termina retrotrayéndonos a un viejo chovinismo recalcitrante, de un nacionalismo francés de nueva hornada pero con el mal olor de siempre, el mismo que quiere dárselo todo a las elites económicas del país a través de políticas ultra-neoliberales, y simultáneamente reorientar el rumbo político de la integración europea hacia una consolidación de la UE bajo la hegemonía americana dentro de la OTAN.

Si el lazo social en Francia ha sido hasta ahora endeble y sujeto a importantes vaivenes fruto de la conflictividad y tensiones sociales, con Sarkozy lo poco que queda del mismo va a desaparecer completamente bajo la irresponsabilidad de querer privatizar el Estado por completo, es así como entre otras cosas Sarkozy quiere establecer en Francia un sistema homónimo al vigente en EE.UU. dentro del servicio sanitario.

Pero esto no es todo, Sarkozy defiende posturas que son inequívocamente anacrónicas como la cuestionar la laicidad de la República, y más concretamente poner sobre el tapete político la ley de 1905 aprobada por la Asamblea Nacional por la que se establecía la clara separación entre la Iglesia y el Estado, cuestión religiosa aparentemente zanjada desde hace más de un siglo que Sarkozy quiere volver a traer a colación.

Juntamente con esto nos encontramos con sus constantes alusiones al determinismo genético a partir del cual ha llegado a afirmar que los delincuentes no se hacen sino que nacen... A lo que se suma un casposo y pestilente darwinismo social que bien se parece a las teorías neoliberales de G. Bush en EE.UU. por la que quienes tienen éxito económico en este mundo se están ganando a su vez el paraíso en la otra vida, idea de claros orígenes calvinistas que deriva de la predestinación de unos a detentar determinado estatus socio-económico y justificarlo desde estas premisas morales, y simultáneamente pretender hacer irremediable y aceptable que otros se vean abocados a la mayor de las miserias por causa de la explotación que sobre ellos ejercen los primeros.

Sarkozy ha prometido mano dura con los disturbios y la delincuencia, así como para los inmigrantes con la intención de crear un ministerio específico para la inmigración y la identidad nacional. No ha dudado en echar mano de las cada vez más usuales estrategias populistas estimulando un nacionalismo chusco y un presunto acercamiento hacia aquellas cuestiones que preocupan a la sociedad. Pero lo cierto es que tanto la delincuencia como los problemas de orden público no se han resuelto, sino que peor aún, se han agravado, lo cual es enmascarado y maquillado con las estadísticas públicas del gobierno y del ministerio de interior.

No tardaremos en ver a Sarkozy corriendo a la Casa Blanca para encauzar las relaciones entre Francia y EE.UU., y conseguir así limar algunas asperezas para acto seguido impulsar la integración y consolidación de los intereses de EE.UU. por medio de la OTAN en Europa. A esto hay que añadir la tirantez a la que contribuirá en las relaciones entre la UE y Rusia con un apoyo explícito y enérgico a la estrategia de la OTAN en Europa del Este, a lo que habrá que añadir el apoyo incondicional al ente Sionista.

La integración europea no sólo se va a ver dañada por estas cuestiones de capital importancia como es el hecho de que la OTAN siga desplegando sistemas de misiles y radares de detección preventiva, sino en la misma idea que Sarkozy tiene de Europa aplazando la aprobación de cualquier Tratado Constitucional e incluso previendo su posible rechazo parlamentario.

Le Pen ha sembrado todo este tiempo un discurso político e ideológico que ha calado en la sociedad francesa, Sarkozy simplemente se ha limitado a recoger los frutos electorales que le ha reportado. Si acaso, lo único que ha conseguido Le Pen es un triunfo ideológico con sus mitemas, pero con ello ha contribuido a que la derecha, que sólo es una, mantenga sus posiciones en el stablishment consolidando su hegemonía y resultando el FN en todo esto una simple vanguardia política que ha servido de carne de cañón para esta derecha liberal y jacobina del UMP, haciendo el trabajo sucio que la burguesía francesa no estaba dispuesta a hacer por temor a caérsele los anillos de las manos; es así como la derecha tras décadas de hegemonía cultural de la izquierda después del mayo del 68 comienza a abrirse un hueco en la escena sociológica y cultural del país que sin el FN no hubiera sido posible.

Le Pen siembra, Sarkozy recoge y Europa pierde.

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