
Los titanes, como figura mitológica, hicieron su aparición rebelándose contra la civilización de la Madre que imperó en la Edad de Plata y que nos es descrita por Hesíodo en la Teogonía. Esta raza de gigantes no reconocía ninguna autoridad superior de carácter espiritual, y representaba las fuerzas telúricas sobre las que se afirmaba a través de un conocimiento que le permitía su dominio sobre ciertas fuerzas invisibles de las cosas y los hombres, lo cual le permitió imponerse estableciendo así su Edad de Bronce que supuso el paso del tiempo mítico al tiempo histórico.
Fue la raza que rechazó a todos los dioses y cuya naturaleza caracterizada por el placer por la violencia salvaje, la pertinacia, la fuerza material y la superpotencia le terminaría llevando irremisiblemente al desastre, dando lugar de este modo a su completa desaparición. Sin embargo, con la rebelión titánica la tierra fue abandonada a sí misma siendo privada ya de cualquier conexión con lo divino, por lo que la vida sobre esta quedó desprovista de cualquier trascendencia, lo que ya anticiparía el advenimiento de la Edad de Hierro o Edad Oscura. El origen del cambio, o más bien la agencia, ya no se situaría más desde entonces en el dominio de lo sobrenatural, aquella dimensión desde la que se modelaba el destino de cuanto es en la tierra, sino que descendería a esta y los protagonistas del cambio serían otros.
Los titanes, como dominadores de las fuerzas elementales, eran poseedores de un conocimiento acerca de la materia para el que únicamente contaba su aspecto meramente potencial con el que ponerla en movimiento. Así, la técnica es de clara naturaleza titánica en la que el aspecto mágico de la misma se plasma en la movilización de las potencialidades existentes en la materia, confiriendo de este modo un poder desmedido que constituye una carga demasiado grande y pesada que excede las capacidades de quien la soporta, como así ocurría con los titanes.
Platón aludió en varias ocasiones a la naturaleza titánica del hombre, aquella por la que este se afana por querer asumir una tarea demasiado grande para él y que va más allá de sus posibilidades. Ello no distará mucho del propio mito de Hesíodo, en el que se describe cómo Prometeo, un titán, moldeó e hizo al hombre a su propia semejanza a partir de barro cocido y arcilla. Pero la naturaleza titánica del hombre sería puesta de manifiesto por otros autores a lo largo de la historia; tal es el caso de Goethe quien reformularía dicha naturaleza en clave fáustica, labrando de este modo un nuevo mito que no dejaría de hundir sus raíces en los manantiales de la Tradición antigua. El mismo superhombre de Nietzsche no dejaría tampoco de ser también una reformulación superhumanista de la naturaleza titánica del hombre, pero en este caso sobredimensionada en la metahistoria por medio del mito del eterno retorno.
El mundo de la técnica es el mundo de los titanes en el que el tiempo adquiere un carácter mecánico, lineal y continuo, un tiempo muerto e inorgánico que supone la primacía de lo fugaz, de lo efímero y lo volátil. Se impone así el automatismo generalizado de la técnica que viene regido por la máquina, por lo que todo tiende al máximo de organización en la búsqueda de un continuo e infinito perfeccionamiento. La racionalidad que se le atribuye es mera ilusión, a la técnica le guía una voluntad ciega e irracional que constituye su motor.
El tiempo titánico, es entonces, infinito, lo cual nos transmite ya de por sí una idea de lo que puede abarcar la eternidad. Sin embargo, la revolución telúrica destruye cualquier estabilidad y duración, pone el mundo en movimiento utilizando para ello la potencialidad que albergan dentro de sí las cosas, reduciéndolas para ello a su aspecto puramente cuantitativo. La técnica es completamente devoradora, antropófaga si se quiere, a la que hay que alimentar constantemente para que continúe funcionando, es por esto que la máquina acapara más de lo que dona.
Los tiempos modernos han hecho triunfar la movilidad absoluta por medio de la técnica, lo que ha engendrado a su vez otra noción bien diferente del tiempo. Lo único que importa es el cambio, el movimiento incesante. La técnica ha roto de manera definitiva las barreras físicas del espacio-tiempo, estos murieron ayer por cuanto vivimos ya en lo absoluto, en un mundo donde impera la eterna velocidad omnipresente, donde el movimiento y las fuerzas cinéticas se hacen sentir en una progresiva aceleración de todo cuanto acontece, hasta tal punto que moldea nuestra vida y forma de existencia en este mundo, sometiéndonos a nuevos ritmos y rutinas, introduciendo en nosotros una nueva mentalidad en la que la velocidad cobra su primacía como factor determinante frente a otros, estableciéndose así como nuevo criterio. Vivimos ya en el mundo de la inmediatez.
La completa interconexión del mundo ha dado lugar a una desinstalación que ha difuminado cualquier concepción espacial, sometiendo al hombre a un eterno presente. El hombre, como ser abierto al mundo, es capaz de adaptarse ante nuevas situaciones que inicialmente ofrecen para él ciertos grados de incertidumbre, a lo que hay que añadir su propio espíritu fáustico que le impulsa hacia nuevas conquistas y a la ruptura de las barreras impuestas por la naturaleza, siendo capaz así de darse a sí mismo sus propias metas. Su naturaleza obstinada lo conduce a la búsqueda de nuevos retos y desafíos, y así hasta el infinito.
El impulso de la modernidad en este sentido ha sido fundamental, la tecnología ha engendrado unos ritmos dinámicos en los que el cambio y el movimiento son algo constante. El planeta se encuentra interconectado, lo que ha hecho posible la universalización del modelo de civilización occidental, pero al mismo tiempo se han creado espacios multicentrados e interconectados entre sí, en el que un problema que se produce en un punto concreto del planeta tiene su repercusión y efecto en el resto. Un sistema que al universalizarse ha dado lugar a una estructura en la que sus componentes están sumamente interrelacionados entre sí, y la alteración de uno produce un cambio en el resto, y por ende, en el conjunto del sistema.
Alzamos nuestra mirada más allá de lo que tenemos delante y nos vemos inmersos en una era de titanes. El hombre se enfrenta a la naturaleza, lucha y pugna contra ella para vencerla utilizando los medios que la ciencia y la técnica le proveen, una búsqueda por expoliar esos recursos limitados que alberga la tierra y de los cuales únicamente importa su carácter cuantitativo y material.
La técnica contribuye a vaciar de significado y contenido el mundo, al tiempo que implanta una Era dinámica que conduce a la completa disolución. Todo es equiparado en una misma dimensión cuantitativa que le permite movilizar el mundo y las fuerzas que en él residen, lo cual le provee de un poder que se acrecienta en una progresión geométrica; esto ya no es progreso, es una cosa bien diferente por la que todo tiende a la disolución al primar una noción del tiempo volátil, huidiza, que lo somete todo a una dinámica desenfrenada de permanentes cambios y transformaciones en la que nada permanece.
El reino de la cantidad impuesto por la técnica ha dado lugar a que esta se extienda a toda clase de ámbitos llevando allí también su propia dinámica de cambio continuo y movimiento desenfrenado, un eterno acontecer de nuevos sucesos que contribuye a que el cambio en su conjunto se acelere más todavía.
La técnica ha adoptado dimensiones descomunales, gigantescas, al incrementar su poder movilizador extendiéndose ilimitadamente en un eje horizontal en el que abarca simultáneamente la geografía planetaria y todos los ámbitos del conocimiento y de la vida. Pero de igual modo se ha producido un crecimiento vertical en cuanto a la dimensión de los recursos que es capaz de poner en movimiento de manera intensiva. Su capacidad se acrecienta mientras lo devora todo y va vaciando el mundo de recursos hasta agotarlos. El hombre ha abierto un agujero negro en el mundo, y ese no es otro más que la técnica.
El orden sistémico de la era tecnológica carece de un centro de poder, ya que por efecto de la equiparación cuantitativa que lleva a cabo sitúa todo a un mismo nivel en el que el igualitarismo engendra un mundo sin forma; únicamente existen nódulos que conectan todo con todo en una vasta red por la que fluye energía, materia e información. Con su poder y fuerza arrolladora la técnica se ha adueñado de este mundo pasando a dominar al hombre y a moldear ella misma la historia. Su poder movilizador crece, y de igual modo aumenta la velocidad con la que se producen los cambios en el tiempo.
El nuevo mundo que ha surgido con la técnica y su domino ha dado lugar, a su vez, a la aparición de un poder abstracto que se difumina en las innumerables relaciones en red fruto de la interconexión planetaria. Las fórmulas se transmutan directamente en poder, evocando así una especie de conjuro mágico. Las relaciones de poder quedan entonces elevadas a una potencia superior.
Tal vez, por efecto de la propia técnica y por su dinámica interna, caminemos hacia la implantación de un Estado mundial regido por ésta, fruto de la exigencia que ha generado el nuevo lenguaje mundial al que ha dado lugar, lo que implica alcanzar un mayor grado de organización del gran entramado que se ha implantado a escala global. Constituye por sí mismo una exigencia funcional de cara a evitar incompatibilidades, pero también para maximizar el grado de organización del sistema-mundo.
Por todo esto los conflictos a los que asistimos a lo largo y ancho del mundo no son más que el proceso de cambio, de transición, para la consolidación de un gran Estado mundial que implicará la aparición de los titanes venideros, aquellos que tengan como carga la labor de organizar y gestionar la estructura tecnoeconómica que se está instalando ya en todo el planeta, elite consagrada al perfeccionamiento del conjunto del sistema y al incremento ilimitado de su rendimiento. Tal vez esa enorme carga que llevarán consigo termine aplastándoles.
Pero es la dromología lo que expresa el signo de los tiempos en los que la velocidad ha pasado a ser, sin lugar a dudas, el máximo protagonista. Un mundo de velocidades que ha roto las barreras espaciotemporales ha instaurado la completa inmediatez, ha intensificado la interconexión a nivel general y ello ha propiciado que en un período de tiempo cada vez más corto se produzcan a su vez más y mayores cambios, acontecimientos y nuevas situaciones. Del mismo modo esto está contribuyendo al asentamiento definitivo del sistema-mundo que culminará su desarrollo con la instauración de un poder central y tecnocrático representado por el Estado mundial.
La dromología es así la ciencia que estudia el efecto del dromos como acelerador del cambio y la variación siguiendo una progresión geométrica. Estos cambios se expresan a través de una constante precipitación acelerada de los acontecimientos que desarrollan, a su vez, una serie de fuerzas y dinámicas que aumentan el efecto acelerador. No se trata únicamente de que ocurran más acontecimientos en menos tiempo, sino que los propios cambios se dejan sentir antes en la propia sociedad y esta se ve sometida a una continua transformación que se incrementa y acelera progresivamente.
Un joven de 21 años en nuestro siglo XXI ha vivido muchos más acontecimientos en su corta vida que un campesino de 43 años en plena Edad Media. Los cambios y las transformaciones en la sociedad y en el conjunto del sistema son mayores y más rápidos, lo cual permite al hombre moderno vivir más acontecimientos en menos tiempo.
Sin embargo, la creciente aceleración de los acontecimientos termina acarreando serios problemas, ya que universaliza un modo de vida sometido a permanentes vaivenes, a un constante ir y venir, a un ritmo de vida agitado, inestable, con cada vez mayores incertidumbres y en el que prima la inmediatez para absolutamente todo, lo cual genera a un mismo tiempo frustraciones, ansiedades y diversas patologías. Pero lo más grave es la pérdida de sentido del propio mundo por causa de su carácter inaprensible para el ser humano, ya que el grado de complejidad que ha adquirido excede su capacidad de entendimiento por lo que lo sume en una situación de permanente desorientación. Juntamente con esto se encuentra la gran cantidad de información que recibe, la cual le impide a su vez entender qué esta sucediendo.
La vida del hombre, que se ve sometido a tantos cambios en tan poco tiempo a lo largo de su existencia, termina reduciéndose a una serie de instantes que han marcado su conciencia debido al grado de intensidad de los mismos, pero que generalmente se encuentran desconectados entre sí no guardando relación directa. Todo lo demás termina en un inmenso olvido. Y esto ocurre así en la medida en que el hombre moderno se encuentra cada vez más conectado con el sistema tecnológico, el cual le transmite demasiada información que es incapaz de ordenar y seleccionar; terminan quedando registrados su conciencia aquellos hechos que han generado en él un fuerte impacto, al tiempo que deja de existir cualquier conexión entre los diferentes acontecimientos que quedan registrados, lo que implica en última instancia profundizar más la pérdida de sentido y coherencia del conjunto del mundo. Es evidente que el hombre se da cuenta de que suceden cosas, pero cada vez se sabe menos qué es lo que realmente ocurre y cuál es su sentido dentro del mundo. Es aquí donde la técnica como instrumento de poder juega un papel crucial en la manipulación de las masas.
Todo pasa cada vez más deprisa, y los cambios son a su vez más inmediatos y bruscos, por lo que es la fuerza de los hechos lo que realmente lleva irremediablemente a cambiar la sociedad y las personas, orientándolas en un sentido más allá de su voluntad.
Vivimos en unos tiempos marcados justamente por las características de los titanes: el dominio material, la fuerza de los elementos, la violencia desmedida expresada a través de crecientes antagonismos y guerras totales, la superpotencia que provee la técnica y la obstinación del hombre moderno guiado por su espíritu fáustico en la búsqueda de más y nuevas conquistas. Sin embargo, el gran desafío de esta Era no es otro más que sobrevivir a largo plazo, si no es capaz de ello sobrevendrá su ruina, pero la diferencia con respecto a civilizaciones e imperios anteriores estriba en que su ruina será mayor que todos ellos juntos por tratarse de un sistema que ha llegado a mundializarse.
La agencia ha seguido un proceso descendente desde el mundo sobrenatural hasta llegar a los agentes colectivos, pero no se ha parado ahí, sino que ha bajado un peldaño más hasta llegar a la técnica y el dominio de los elementos, porque a esta solo le importa el poder de la materia, de ahí su inusitado interés por experimentar con ella y lograr nuevos avances que caminen por la senda de su autoperfección, que no es más que el camino que lleva al completo dominio de las fuerzas subterráneas hasta arribar al poder, un poder plutónico, ínfero y material que deviene en abstracto y casi inaprensible. La técnica se ha constituido así en verdadero motor del cambio.
En síntesis, podemos decir que la agencia ha descendido del Olimpo de los dioses, un mundo celeste, inmutable e imperecedero, para bajar hasta las profundidades del averno en el mundo telúrico desde donde los titanes venideros extienden poco a poco su poder, aquel que transforma y moviliza los elementos para establecer un mundo dinámico lleno de velocidades.
Sin duda este siglo en el que nos adentramos va a estar lleno de cambios, conflictos y pugnas, se nos anuncia un siglo lleno de grandes convulsiones, pero no menos cierto es por ello que el pasado es siempre eterno porvenir, tomando así pasado, presente y futuro su entera actualidad. En la medida en que todo se vuelve más complejo todo camina hacia el desorden, el cual es a su vez la tendencia general marcada por la segunda ley de la termodinámica que define y determina del destino último de una era titánica como esta, la cual, una vez haya culminado sus posibilidades a través del Estado mundial verá su propia debacle. El final está más cerca de lo que quepa imaginar, su propia dinámica interna que conduce su desarrollo implacable precipitará con gran rapidez aquellos mismos acontecimientos que le pondrán fin. Esto supone, en definitiva, la vuelta al origen, al punto de partida que siempre es de llegada, el mismo que sutilmente nos hace saber que toda decadencia es portadora de un nuevo renacer.