
Con el presente artículo, se pretende mostrar los orígenes y causas principales que dieron lugar a la aparición del mercado, y, al mismo tiempo, poner de manifiesto que éste constituye el principio estructural de toda sociedad industrial. Además de esto será preciso resaltar su efecto perverso en las sociedades en las que existe y se desenvuelve.
Hasta las primeras revoluciones industriales, había prevalecido históricamente un modelo de economía de subsistencia de carácter agrícola, en el cual, los productores, se agrupaban en pequeñas comunidades autosuficientes produciendo únicamente aquello que luego consumían y que les era necesario para sobrevivir. Producción y consumo se fundían en una sola función sustentadora. El excedente que pudiera generarse quedaba en manos del Estado para el cumplimiento de sus fines.
Las revoluciones industriales dieron lugar a la introducción de los avances técnicos en las formas de producir, lo que implicó una mecanización del proceso de producción y generó a su vez una completa y radical separación entre producción y consumo, convirtiéndose esto en característica definidora de todas las sociedades industriales. Esta separación fue la que dio origen a la aparición del mercado. Desde entonces, la nueva dinámica económica consistió en producir bienes y servicios destinados a la venta en el mercado. Se dejó de trabajar en el campo para hacerlo en la fábrica.
La industrialización cambió las condiciones de vida de la población, ya que con la mecanización de la producción desaparecieron por completo los bienes producidos para el consumo propio, así como la autosuficiencia, pasando a ser desde entonces dependientes de los bienes o servicios que otros produjeran.
El principal causante de la aparición del mercado fue la separación de las funciones de producción y consumo, lo cual se debió fundamentalmente a dos factores diferentes que son consecuencia directa de la industrialización. El primero de ellos se da con la mecanización del trabajo y del proceso de producción. Esto hizo que el trabajador estableciera una relación indirecta con la producción a través de la máquina-herramienta, conectándole así con el aparato técnico y sometiéndole a la automatización total, lo cual terminó desligándole de los resultados de su actividad productora, que pasaron a tener como destino su venta e intercambio en el mercado.
Como segundo factor destaca el hecho de que la aplicación de la máquina incrementó el volumen de la producción, y con ella apareció un gran excedente que hizo necesaria la aparición del mercado como medio para la distribución de bienes y servicios. Esto forma parte, a su vez, del fenómeno de movilización total que puso en marcha la técnica, para la cual el proceso de automatización da lugar a una dinámica desenfrenada en la movilización de recursos, tanto para la producción como para el consumo.
Antes de la industrialización existía un mercado muy reducido que se limitaba al comercio a larga distancia, siendo mercaderes y negociantes los que se encargaban de traficar con mercancías exóticas, pero cuyo volumen económico era extremadamente reducido y de escasa relevancia. Tras la industrialización el mercado adquirió su centralidad en la vida social y económica, en torno al cual se organizó el conjunto de la producción y del consumo. Dejó de ser un fenómeno secundario y periférico de importancia marginal para cobrar, así, una relevancia fundamental dentro de las nuevas estructuras que emergieron tras la industrialización y las transformaciones políticas llevadas por la burguesía. De esta manera es como pasó a implantarse una era económica, aquella en la que la economía pasó a dominar y subordinar a la política.
El mercado se podría definir como un espacio de intercambio, venta y distribución de bienes o servicios que constituye el principio estructural de la sociedad industrial. Es el cuadro o red de distribución a través del cual bienes y servicios son encauzados. Se trata del mecanismo mediador entre productor y consumidor.
Como red de intercambio el mercado es esencial para una sociedad industrial, independientemente de la forma bajo la que se presente: capitalista o marxista. El mercado es anterior a esto, pues únicamente se trata de un cuadro de distribución que es necesario para que una sociedad industrial funcione.
El dualismo naciente de la separación entre productor y consumidor generó importantes tensiones en el ciclo de producción-consumo. La centralidad que pasó a tener el mercado en las sociedades industriales, dio lugar a que todo el debate ideológico se focalizara sobre las diferentes formas de concebir su funcionamiento y organización. Fue así como se planteó un escenario en el que el conflicto político se desenvolvió entre sistemas económicos técnicamente considerados, pero sin cuestionar la existencia del mercado ni tampoco la posición hegemónica que la economía ocupa en la sociedad.
La centralidad que adquirió el mercado en las nuevas sociedades industriales fue fruto tanto de un proceso económico provocado por los avances técnicos, como también, y simultáneamente, de una serie de transformaciones políticas que pusieron fin a la sociedad y el sistema del Antiguo Régimen. Con anterioridad la economía, vinculada al orden de los medios y caracterizada por su instrumentalidad, estaba subordinada al elemento político, que se encuentra vinculado al orden de los fines del Estado. Así, la economía estaba inserta en un orden más vasto dentro de una organización jerárquica y funcional del mundo que se objetivaba en los diferentes estamentos.
El mercado, dadas las condiciones económicas y tecnológicas por un lado, como por la organización política del sistema, tenía un carácter marginal y periférico en las sociedades preindustriales. Los mercaderes, comerciantes y traficantes constituían los representantes del Tercer Estado, en lo que históricamente vendría a ser conocido como clase burguesa. Sus actividades económicas estaban muy fiscalizadas por el Estado, quien a su vez ponía trabas y restricciones a su comercio. Esta organización política del Estado permitió que la economía estuviese subordinada al elemento político.
Los cambios tecnológicos fueron generando las condiciones económicas antes descritas que terminaron dando lugar al mercado, pero dichos cambios hubieran sido insuficientes si ellos no hubieran venido acompañados de unas transformaciones en la estructura política del Estado, es decir, la destrucción del orden jerárquico y funcional de la Tradición y su sustitución por el igualitarismo jurídico universal, el que situó a toda la población en un mismo nivel al concebirlos como individuos moralmente iguales. Las revoluciones burguesas hicieron posible este cambio radical, y al mismo tiempo la economía alcanzó su autonomía respecto al poder político, quedando libre de trabajas y restricciones. Emergió así una era económica, aquella en la que la economía, y más concretamente el mercado dada su centralidad, pasó a ser la infraestructura que desde entonces organizó y determinó la superestructura representada por política, cultura, valores, religión, etc...
Bajo esta primacía de la economía se rompió el antiguo lazo social existente en las sociedades tradicionales, aquel que se fundamentaba en el parentesco, la pertenencia a una etnia o clan, la lealtad feudal o la amistad, para que hiciera aparición una civilización basada en los lazos contractuales. El contractualismo, como forma jurídica propia de las actividades económicas, antes se encontraba circunscrito y recluido a un espacio marginal dentro de la sociedad, aquel que concierne al elemento económico, estando limitado y subordinado a funciones superiores. Con el fin del Antiguo Régimen pasó a ser la forma jurídica universal de organizar las relaciones sociales y políticas.
El mercado creó un orden nuevo en el que pasó a imperar el interés económico, la mera utilidad, destruyendo cualquier fundamentación social que escapara a los moldes propios del materialismo económico y a su racionalización utilitarista. El dinero se impuso como nuevo nexo entre los hombres, lo que crearía la alienación económica vinculada a las tensiones creadas por el mercado en el ciclo producción-consumo, y también a la lucha de clases en la búsqueda por el acaparamiento de los recursos materiales. El hombre vio reducida su condición a la de mero homo economicus.
La importancia del mercado ha implicado que quienes lo controlan estén situados en una posición de poder excesivo. En las sociedades capitalistas actuales esto se refleja en el carácter parasitario de los intermediarios, aquellos que utilizan el mercado para desarrollar una actividad especulativa sobre la producción. La necesidad de distribuir y encauzar los bienes y servicios en la sociedad es utilizada por los comerciantes que, como intermediarios, incrementan artificialmente el precio de la producción. Así, las grandes empresas multinacionales, con sus grandes superficies comerciales, son las que desarrollan como estrategia económica la compra al por mayor, imponiendo a los productores el precio al que deben venderles su producción, que siempre es inferior al de los costes reales de la producción (para paliar esta situación los Estados y la Unión Europea conceden subvenciones a los productores, lo que les permite todavía subsistir). Esta estrategia es la que les permite obtener un importante margen de beneficio en la venta, imponiendo también unos precios irreales al consumidor final.
El efecto perverso del mercado en las sociedades capitalistas se refleja en un aumento artificial de los precios de los bienes y servicios, lo que da lugar a las tendencias inflacionistas y a la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores. El productor se ve seriamente perjudicado porque es víctima de una práctica oligopolística abusiva, mientras que el comerciante, grande o pequeño, se lucra a través de la especulación que le provee su posición de intermediario. Por tanto, productor y consumidor son víctimas de una misma actividad parasitaria desarrollada por el comerciante, el mismo que genera unas condiciones de injusticia social y económica que afectan al conjunto de la sociedad.
Dentro de una sociedad industrial, la forma de impedir la injusticia que genera la existencia del mercado pasa por su directa supresión, la cual, sólo puede ser efectuada por medio de la implantación por parte de los productores de grandes centros de consumo, que permitan distribuir de forma directa la producción entre los consumidores, de tal manera que se elimine la actividad parasitaria de los intermediarios que se deriva de la existencia del mercado. Esto posibilitaría, indudablemente, la consecución de una justicia social que hoy es negada tanto al productor como al consumidor, la cual se materializaría en la existencia de unos precios justos. La regulación pública de los mismos permitiría a los productores poder seguir viviendo de su trabajo en buenas condiciones, y los consumidores incrementarían su poder adquisitivo al disminuir las tendencias inflacionistas fruto de la especulación, abaratándose de este modo el nivel de vida.
En cualquier caso, un proyecto verdaderamente revolucionario en el plano socio-económico, deberá tender siempre a reestructurar el conjunto de la economía de cara a su supeditación a la función política y soberana del Estado en calidad de instrumento, sirviendo así a la consecución de unos fines públicos. Este es el principio primordial que debe inspirar todo proyecto transformador si verdaderamente aspira a sustituir unas estructuras económicas clasistas por otras de orden diferente, aquellas que responden a un criterio jerárquico y funcional.
La era industrial tiene su fecha de caducidad, la cual viene determinada justamente por aquella base energética sobre la que se asienta y que ha permitido su desarrollo y crecimiento: los recursos fósiles (carbón, gas, petróleo...). El sin sentido de la universalización de los avances técnicos, tanto en la producción como en las condiciones de vida por ellos creados al generalizarse entre la población, lleva inexorablemente al agotamiento de una forma de desarrollo económico cuya base la componen unos recursos agotables. La industrialización fue consecuencia de una mentalidad materialista, la misma que concibió los resultados de su aplicación en un sentido meramente utilitario: maximizar el beneficio privado y alcanzar el bienestar material de las masas. Este fenómeno histórico y tecnológico ha recibido una consideración que jamás le ha correspondido, la de ser un fin en sí mismo que acabaría permitiendo al hombre su completa liberación y emancipación de la naturaleza, en vez de concebirlo como un instrumento de poder al servicio de los fines del Estado.
El paso de una era industrial a otra postindustrial será posible en la medida en que se asuma la imposibilidad de mantener un esquema de desarrollo económico que ha creado unas condiciones de vida que no son generalizables, debido principalmente a dos factores: la existencia de recursos limitados y la problemática ecológica que ha provocado la creciente industrialización. El liberalismo basa su discurso progresista en pretender incorporar a todo el mundo a unas mismas condiciones de vida, lo cual es materialmente imposible: no todos pueden tener coche, viajar en avión o ver televisión por cable.
Una verdadera era postindustrial estaría caracterizada por el fin de una mentalidad que ha concebido la industrialización como un mecanismo para mejorar el bienestar material de las masas, la cual ha situado el mercado en el centro de la vida de estas. De igual modo que un palo puede ser utilizado como bastón para apoyarse también puede servir como cetro de mando. Por tanto, el papel de la industria únicamente podrá transfigurarse en instrumento de poder quedando al servicio del Estado para la consecución de sus propios fines. Todo esto implica que la industria desempeñaría una función específica dentro del Estado, encontrándose social y económicamente limitada, lo que conducirá inevitablemente a que el propio mercado desapareciese y dejase de ser un elemento central del sistema.
La economía, supeditada ya a la función soberana del Estado, adoptaría un carácter nuevo al encontrarse materialmente sujeta a un nuevo orden de cosas. Con una base social única, se retornaría a la fusión de las funciones de producción-consumo al generarse una agrarización de la economía y la sociedad, de forma que se pasaría a producir únicamente aquello que fuese necesario para la subsistencia. Las condiciones de vida de la población cambiarían drásticamente pero, en contra de lo que se pudiera pensar, ello supondría un retorno a formas de vida naturalistas que terminarían aplacando muchos de los perjuicios que el mundo artificial creado por la industrialización comienza a ejercer sobre el ecosistema y la vida orgánica.
El futuro es incierto hoy más que nunca, vivimos en un período de interregno en el que nada es del todo claro. Lo único cierto es que el fin de la era industrial, tal y como la conocemos, va acercándose a medida que pasa el tiempo y que ese mismo final ha de generar fortísimas convulsiones en el sistema mundial, pues con su desaparición veremos también el fin de toda una civilización.