LA FINANZA: ELEMENTO ALIENANTE DE LA SOCIEDAD CAPITALISTA
De la misma manera que el mercado genera un efecto perverso en las sociedades en las que existe y se desenvuelve, la finanza desarrolla también una serie de efectos nefastos cuando esta escapa al control público. Por esta razón, y con el presente artículo, se pretende abordar el papel crucial que desempeña como elemento estructural básico para el funcionamiento de la economía al encontrarse estrechamente ligado a su función distribuidora, poniendo de manifiesto su carácter negativo en las actuales sociedades capitalistas.
A finales de la Edad Media, la finanza, hizo su aparición bajo una forma todavía embrionaria, desarrollándose progresivamente a la par que el sistema capitalista. Su papel, en un primer momento, fue secundario en la medida en que la industrialización constituyó una de las primeras fases del desarrollo económico. Tras la Segunda Guerra Mundial el capitalismo alcanzó, por así decirlo, el último estadio de su desarrollo lógico en el que la finanza cobró especial protagonismo, dando lugar así a una era financiera.
Las finanzas son, por así decirlo, el área de la economía vinculada a las actividades relacionadas con el dinero, aquellas que guardan estrecha relación con la función de distribución e intercambio. Se trata, entonces, de un elemento estructural fundamental y necesario para toda economía, independientemente de la forma que esta presente. El dinero tiene, así, un papel primordial, ya que sirve como medio de cambio para la adquisición de bienes y servicios, haciendo posible el funcionamiento de la economía.
La banca hizo su aparición a finales de la Edad Media, y en un principio los banqueros se limitaban a hacer la labor de custodios de los poseedores de oro y plata, guardando los depósitos en cajas fuertes, a cambio de lo cual cobraban unos honorarios. El banquero, como guardián de los ahorros de sus clientes, les hacía entrega de un recibo por su dinero, lo que daría lugar más tarde a la aparición del papel moneda. Dicho recibo, no era más que una promesa de pagar por la que el banquero se comprometía a devolverle a su cliente el dinero depositado en la caja fuerte. Desde entonces, esos recibos fueron utilizados como dinero para adquirir bienes y servicios.
Dichos recibos eran válidos por cuanto estaban respaldados por dinero auténtico, y con el paso del tiempo terminarían adquiriendo un carácter oficial como moneda del país. Es preciso destacar que la proliferación de estos recibos se debió, en gran medida, al hecho de que los propios banqueros se percataron de que sus clientes hacían uso de únicamente un 10% de su dinero, por lo que empezaron a poner en circulación más recibos que dinero real existente en depósito: hasta 9 veces más. De esta manera, los banqueros comenzaron a conceder créditos con dinero que realmente no disponían, cobrando por ello elevados intereses. Asimismo, para la concesión de dichos créditos exigen una garantía expresada en títulos de propiedad de casas, fábricas, fincas, cosechas, etc..., o lo que es lo mismo, bienes reales y tangibles, de forma que si el préstamo no es devuelto con sus correspondientes intereses en el plazo fijado, el banquero pasaría a estar en posesión de las mismas. Pero, por el contrario, el destinatario del crédito no dispone de ninguna garantía contra el banco, ya que el mismo crédito, como la propia palabra indica, se basa en dar fe de que el banco va a cumplir su promesa de pagar si se acude al mismo reclamando el dinero.
El banquero crea las "promesas de pagar" que sus reservas le permiten generar, pero realmente no dispone del dinero necesario para cubrir dichas promesas, por lo que el sistema financiero se basa en una confianza de la cual abusa el propio banquero. Por esta razón, si todos los clientes del banco fueran a retirar sus fondos este tendría que declararse en quiebra, ya que no dispondría en sus reservas del dinero suficiente para hacer frente a dicha demanda. Fue de esta manera como el dinero terminó virtualizándose como consecuencia de una práctica especulativa.
La importancia del dinero estriba en la función que desempeña dentro de la economía, ya que como medio de cambio permite la adquisición de bienes y servicios, o lo que es lo mismo, hace posible la distribución de la producción en la sociedad. Así, las finanzas hacen que producción y consumo se conecten entre sí. De nada sirve que se produzca si los consumidores no tienen con qué comprar la producción, y de igual modo es imposible producir nada si no hay el dinero necesario para la inversión.
Por tanto, la función que tradicionalmente le correspondió al dinero fue la de instrumento de cambio (universalmente válido en una comunidad) y medida para calcular la riqueza. Para que el dinero sirva como medida para calcular la riqueza es preciso que tenga un valor estable, de la misma forma que el metro mantiene el mismo valor para medir las distancias sin que este crezca o disminuya. Pero esto no ocurre en las economías capitalistas, ya que el valor del dinero fluctúa y este tiende, a largo plazo, a desvalorizarse.
El dinero, por sí mismo, no es nada, es decir, solamente un pedazo de papel carente de cualquier valor intrínseco. Únicamente se puede obtener por Algo, como puede ser un trabajo, pudiendo con él obtener cualquier cosa en la comunidad al servir a esta como instrumento de cambio. Sin embargo, la práctica especulativa y usuraria de los banqueros ha convertido el dinero en una mercancía más, por lo que han hecho de éste un bien escaso en la sociedad, de manera que aquellos que lo poseen y monopolizan crean relaciones de dependencia entre quienes no lo tienen, lo que les convierte en detentadores reales del poder en la sociedad.
La banca crea dinero ficticio a través de la emisión de créditos que luego esta se cobra en dinero real con un alto interés. Esta actividad pese a ser legal no dista mucho de la de cualquier falsificador de dinero, ya que el banquero únicamente se limita a incluir en el saldo deudor del prestatario una cifra cualquiera, la cual queda registrada en el libro de cuentas del banco. El crédito emitido no deja de ser una promesa de pagar, promesa que se basa en dar fe de que pagará cuando así se requiera, pero como se ha visto se trata de dinero ficticio nacido de la especulación.
Las tendencias inflacionarias son, pues, consecuencia, no sólo de la existencia de un mercado en el que los intermediarios incrementan artificialmente los precios, sino también por poner en circulación, los bancos, más dinero en el mercado antes de que haya podido producir más riqueza, lo que supone la devaluación del propio dinero y el incremento generalizado de los precios. La inflación resulta ser, en gran medida, consecuencia de la tendencia especulativa de la banca al realizar préstamos que superan en nueve veces la cantidad de dinero existente en depósito, a lo que se le une la carga del interés cuyo coste se incluye en la producción, siendo finalmente los ciudadanos quienes lo terminan pagando en los precios de bienes y servicios. Por todo esto, la devaluación de la moneda y el descenso del poder adquisitivo que ello implica, no son sino un robo perpetrado por la banca contra la sociedad a través de las prácticas especulativas y la usura.
Aparte de lo ya comentado acerca de la inflación, se encuentra, a su vez, el incremento de los tipos de interés, que implica un retraimiento del dinero y por tanto una carga sobre el productor, el cual se ve más presionado al tener que responder a una deuda con unos intereses mayores. Esta situación, en muchas ocasiones, provoca la quiebra y la ruina de muchos productores que no pueden pagar sus deudas, lo que da lugar a un incremento del paro al mismo tiempo que la inversión disminuye y dejan de crearse empleos. El gasto se recorta de forma importante, y se da otro agravante que es el aumento de las hipotecas, que dada la situación actual supone un estrangulamiento de las economías familiares.
Cuando los bancos han emitido demasiados créditos llegando o superando 9 veces la cantidad de dinero existente en depósito, los bancos centrales intervienen con el aumento de los tipos de interés con el propósito de impedir una crisis de liquidez, y con ello el derrumbe del sistema financiero.
La estrategia de los bancos centrales consiste en generar ciclos financieros que encontrarían en las subidas y bajadas de las mareas una clara analogía, dándose períodos de expansión y crecimiento fruto del aumento del dinero en el mercado a través de la emisión de créditos, y períodos de retraimiento como consecuencia del incremento de los tipos de interés que suponen, en definitiva, el reembolso de los créditos emitidos con el interés añadido.
La existencia de estos ciclos perjudican seriamente a la sociedad, y muy particularmente al correcto funcionamiento de la economía al impedir la conexión entre producción y consumo. El dinero se devalúa y los intereses de la plutocracia prevalecen e imperan sobre el resto de la sociedad.
A diferencia de lo que pudiera pensarse, los Estados no tienen ningún control sobre la emisión de moneda, ya que los bancos centrales en la mayor parte de los casos dejaron de ser organismos estatales para convertirse en empresas privadas formadas por los principales bancos nacionales, que son justamente los que determinan los tipos de interés y la emisión de moneda. De esta manera, el propio Estado se ha convertido en un cliente de la banca privada al haber renunciado a su soberanía en la creación de dinero. Debido a esto, cuando es preciso crear más dinero el Estado contrae una deuda con la banca privada, y el dinero creado aparece con la carga del interés que los ciudadanos terminarán pagando con sus impuestos.
El Estado, dada la situación, se encuentra atrapado de pies y manos al verse obligado a pedir prestado el dinero a entidades privadas que se lo ofrecen a un elevado interés. Por esta razón, si el Estado quiere llevar a cabo obras de carácter público, sufragar determinados gastos, o simplemente crear moneda, tendrá que endeudarse con la banca privada. El Estado tiene que devolver su deuda junto a los intereses, y el carácter usurario de la banca privada, movida por el lucro y la búsqueda del máximo beneficio, fuerza al Estado a emitir deuda pública a través de lo que se conoce como Bonos del Estado. Los Bonos son el fraccionamiento de la deuda pública del Estado que cualquiera puede comprar obteniendo a cambio de un dividendo. Es reseñable el hecho de que los mayores inversores en Bonos del Estado son los propios bancos, quienes pasan a controlar directamente la deuda pública, lo que les permite chantajear al gobierno de turno en caso de que no atienda a sus exigencias.
El dinero ha terminado virtualizándose, siendo el mercado bursátil su más clara expresión dentro del gran sistema financiero que se ha establecido a escala mundial. Las acciones de las diferentes empresas que cotizan en bolsa son deuda fraccionada lanzada al mercado, mediante la cual dichas empresas obtienen financiación. Los accionistas, es decir, aquellos que compran dicha deuda en forma de acciones, son quienes invierten con sus capitales en las empresas, especulando a su vez con el precio de dichas acciones para obtener beneficios.
El precio de las acciones de las empresas que cotizan en bolsa varía según la oferta y la demanda existente. Si las acciones se venden cada vez más quedarán menos en el mercado y el precio de estas crecerá, sin embargo ocurrirá lo contrario si son puestas en venta cada vez más inundándose el mercado y aumentando su disponibilidad. El precio de cada acción viene determinado en función de su abundancia o escasez en el mercado. Ahora bien, es necesario destacar que las fluctuaciones bursátiles, dada su naturaleza especulativa, son consecuencia de la política monetaria impuesta por los bancos centrales, que son los que determinan la cantidad de masa monetaria que circula en cada momento.
La tecnología ha contribuido a la expansión del sistema financiero a escala mundial, pero también a que su funcionamiento dure las 24 horas del día gracias a que las barreras del espacio-tiempo han sido rotas. El influjo tecnológico ha hecho posible que constantemente el dinero virtual esté moviéndose e incrementándose artificialmente gracias a la especulación. Además, también ha dado lugar a la completa autonomización del sistema financiero, lo que en última instancia impide el desarrollo de los sectores productivos que se ven diezmados por los caprichos especulativos. La era financiera es el resultado lógico del desarrollo natural del capitalismo, siendo su última fase de desarrollo por la que se orientan a los inversores hacia una economía ilusoria. Esta economía ficticia se ha sobrepuesto sobre la economía real, a la cual succiona impidiendo su desarrollo. El dinero virtual se ha incrementado todavía más con la revolución informática y de telecomunicaciones, una increíble masa monetaria que, carente de existencia real, constituye las dos terceras partes del volumen del PIB mundial.
Podemos contemplar cómo la tecnología se ha convertido en un instrumento de dominación económico, que ha servido no sólo para traer la era financiera, sino para implantar la virtualización de la vida, lo que significa la sustitución de lo real por lo ilusorio, lo virtual, todo a través del elemento de información que la sociedad postmoderna y postindustrial va estableciendo gracias a la expansión y universalización tecnológica.
Con la ruptura del patrón oro llevada a cabo por Nixon, las monedas empezaron a fluctuar libremente en función de la masa monetaria existente en el mercado. Hasta entonces el dinero estaba respaldado por las reservas de oro existentes en cada banco central, por lo que quienes monopolizasen el oro del planeta eran quienes controlaban la riqueza de las naciones. Pero con el fin de este patrón quienes controlan la emisión de moneda son quienes controlan, a su vez, la riqueza de un país.
Al mismo tiempo que el capitalismo entraba en la era financiera, la aparición de organismos financieros internacionales como el FMI, el BM o la OMC, hicieron su aparición como exigencia técnica, económica y política del sistema, en la medida en que estos organismos supranacionales coordinan a los diferentes bancos centrales, desarrollan una política económica de dimensiones mundiales marcando las principales directrices que el desarrollo económico ha de seguir, y al mismo tiempo previene la desestabilización del conjunto del sistema.
La era financiera del capitalismo como su culminación histórica, da lugar a la superconcentración de la riqueza a través del monopolio del dinero, lo que supone que importantes áreas geoeconómicas se conviertan en la periferia de centros económicos desde los que se planifica su saqueo. Esta es una más de las consecuencias nefastas que tiene la finanza cuando se encuentra desprovista de un control político, lo que hace que diferentes países del Tercer Mundo al carecer de dinero se vean obligados a pedir créditos a bancos privados o a entes supranacionales (FMI, BM, etc...) con los cuales sufragar sus inversiones, lo que les introduce en una espiral infernal por la que terminan pidiendo más créditos para pagar sus deudas con intereses. La gran finanza internacional ha creado así las condiciones de dependencia necesarias a través de las que someter a los países del Tercer y Cuarto Mundo.
No basta únicamente con cooperativizar la economía mediante la supresión de los intermediarios, y por tanto con la eliminación del mercado, también es preciso la supeditación del elemento económico a la función política y soberana del Estado, lo cual se concreta y objetiva en el control por parte del Estado de la emisión de moneda, de tal modo que existan los suficientes medios de cambio en la economía como para que la producción y el consumo no queden desarticulados y desconectados. Esto supone la emancipación del Estado, y con él del conjunto de la sociedad, de la tiranía plutocrática, dejando de nacer el dinero de una deuda y liberándolo de la carga del interés usurario.
El dinero debe, pues, volver a desempeñar la función de puente entre la producción y el consumo, y con ello retornar a su natural carácter de instrumento de cambio y medida. El destino de la producción es el consumo, y para ello es necesario que el Estado emita la masa monetaria equivalente a todo cuanto se ha producido. Esta es la forma por la cual asegurar que el valor del dinero sea estable, y no se vea sometido a constantes fluctuaciones de flujos y reflujos. Para todo esto es necesario que los bancos centrales vuelvan a ser organismos estatales para que el Estado recupere su soberanía en materia monetaria, la cual le fue arrebatada por las plutocracias. Hecho esto, el patrón trabajo se instituye como fuente de riqueza y como respaldo de la propia moneda a través de la producción, dejando de ser un bien escaso para pasar a ser un medio al servicio de la comunidad.
Asimismo, cuando el Estado requiera desarrollar determinadas obras públicas o la ejecución de determinados programas, no tendrá que acudir a entidades financieras privadas, sino que él mismo podrá crear la cantidad de moneda que precise. En este sentido el banco central también podrá desarrollar una función crediticia, aquella por la que ofrezca sin interés créditos para la inversión en la producción, adoptando el dinero emitido un carácter cualitativo como instrumento al servicio de la producción. Mediante este tipo de créditos se podrán desarrollar las fuerzas productivas con la creación de cooperativas, y con ello nuevos puestos de trabajo.
Recuperada la soberanía económica y financiera, el Estado, al convertirse económicamente independiente y libre, puede desempeñar sus funciones sin necesidad de endeudarse ni pagar inmensos intereses, lo que le permitirá abandonar las organizaciones financieras internacionales, aquellas mismas que someten a los países a la esclavitud económica de las plutocracias, dejando a un lado aquellas dependencias que impedían su normal desarrollo.
De cara al comercio exterior el Estado podrá seguir realizando transacciones económicas y comerciales con otros países, bien mediante el trueque, a través de acuerdos bilaterales plasmados en tratados, o por medio de la creación de una moneda de referencia para un conjunto de países con la cual desarrollar sus intercambios comerciales.
Como dijera Spengler, toda vida económica es la expresión de una vida psíquica, y el sistema capitalista no es la excepción ya que refleja una mentalidad muy concreta, aquella en la que el fin del hombre es el hecho económico expresado en términos de utilidad, lo que manifiesta un claro sentido materialista e individualista que disuelve al hombre en lo efímero, en aquello que queda recluido en los parámetros puramente materiales a los que limita toda su existencia, lo que es indicador de un estado de decadencia interior, de debilidad por el que se ha perdido el completo sentido, lo que ha conducido a la actual situación de nihilismo dentro de una lógica destructiva.
Por todo esto, un cambio en el sentido indicado sólo sería posible bajo unas circunstancias favorables, aquellas por las que se viera expresado el sin sentido de la actual situación y su deriva catastrófica y autodestructiva para el hombre, de lo contrario la propia fuerza de los hechos arrastraría al hombre hacia tal fatídico destino que quiso darse a sí mismo, llevando hasta sus últimas consecuencias el nihilismo del que hoy es preso. La única forma de atajar un problema es combatiendo sus causas, y esto implica cuestionar el valor de la economía en sí, la cual debe dejar de dominar todos los orbes de la vida humana para pasar a ser integrada en un orden más vasto y completo, en el que desempeñe su función productiva al servicio del conjunto de la comunidad, estando subordinada al principio político. Por todo esto, la discusión debe centrarse, no ya sobre sistemas económicos técnicamente considerados, sino acerca del espacio que la economía debe ocupar en la sociedad.


