Sábado, Septiembre 29, 2007

LA FINANZA: ELEMENTO ALIENANTE DE LA SOCIEDAD CAPITALISTA

 

De la misma manera que el mercado genera un efecto perverso en las sociedades en las que existe y se desenvuelve, la finanza desarrolla también una serie de efectos nefastos cuando esta escapa al control público. Por esta razón, y con el presente artículo, se pretende abordar el papel crucial que desempeña como elemento estructural básico para el funcionamiento de la economía al encontrarse estrechamente ligado a su función distribuidora, poniendo de manifiesto su carácter negativo en las actuales sociedades capitalistas.

A finales de la Edad Media, la finanza, hizo su aparición bajo una forma todavía embrionaria, desarrollándose progresivamente a la par que el sistema capitalista. Su papel, en un primer momento, fue secundario en la medida en que la industrialización constituyó una de las primeras fases del desarrollo económico. Tras la Segunda Guerra Mundial el capitalismo alcanzó, por así decirlo, el último estadio de su desarrollo lógico en el que la finanza cobró especial protagonismo, dando lugar así a una era financiera.

Las finanzas son, por así decirlo, el área de la economía vinculada a las actividades relacionadas con el dinero, aquellas que guardan estrecha relación con la función de distribución e intercambio. Se trata, entonces, de un elemento estructural fundamental y necesario para toda economía, independientemente de la forma que esta presente. El dinero tiene, así, un papel primordial, ya que sirve como medio de cambio para la adquisición de bienes y servicios, haciendo posible el funcionamiento de la economía.

La banca hizo su aparición a finales de la Edad Media, y en un principio los banqueros se limitaban a hacer la labor de custodios de los poseedores de oro y plata, guardando los depósitos en cajas fuertes, a cambio de lo cual cobraban unos honorarios. El banquero, como guardián de los ahorros de sus clientes, les hacía entrega de un recibo por su dinero, lo que daría lugar más tarde a la aparición del papel moneda. Dicho recibo, no era más que una promesa de pagar por la que el banquero se comprometía a devolverle a su cliente el dinero depositado en la caja fuerte. Desde entonces, esos recibos fueron utilizados como dinero para adquirir bienes y servicios.

Dichos recibos eran válidos por cuanto estaban respaldados por dinero auténtico, y con el paso del tiempo terminarían adquiriendo un carácter oficial como moneda del país. Es preciso destacar que la proliferación de estos recibos se debió, en gran medida, al hecho de que los propios banqueros se percataron de que sus clientes hacían uso de únicamente un 10% de su dinero, por lo que empezaron a poner en circulación más recibos que dinero real existente en depósito: hasta 9 veces más. De esta manera, los banqueros comenzaron a conceder créditos con dinero que realmente no disponían, cobrando por ello elevados intereses. Asimismo, para la concesión de dichos créditos exigen una garantía expresada en títulos de propiedad de casas, fábricas, fincas, cosechas, etc..., o lo que es lo mismo, bienes reales y tangibles, de forma que si el préstamo no es devuelto con sus correspondientes intereses en el plazo fijado, el banquero pasaría a estar en posesión de las mismas. Pero, por el contrario, el destinatario del crédito no dispone de ninguna garantía contra el banco, ya que el mismo crédito, como la propia palabra indica, se basa en dar fe de que el banco va a cumplir su promesa de pagar si se acude al mismo reclamando el dinero.

El banquero crea las "promesas de pagar" que sus reservas le permiten generar, pero realmente no dispone del dinero necesario para cubrir dichas promesas, por lo que el sistema financiero se basa en una confianza de la cual abusa el propio banquero. Por esta razón, si todos los clientes del banco fueran a retirar sus fondos este tendría que declararse en quiebra, ya que no dispondría en sus reservas del dinero suficiente para hacer frente a dicha demanda. Fue de esta manera como el dinero terminó virtualizándose como consecuencia de una práctica especulativa.

La importancia del dinero estriba en la función que desempeña dentro de la economía, ya que como medio de cambio permite la adquisición de bienes y servicios, o lo que es lo mismo, hace posible la distribución de la producción en la sociedad. Así, las finanzas hacen que producción y consumo se conecten entre sí. De nada sirve que se produzca si los consumidores no tienen con qué comprar la producción, y de igual modo es imposible producir nada si no hay el dinero necesario para la inversión.

Por tanto, la función que tradicionalmente le correspondió al dinero fue la de instrumento de cambio (universalmente válido en una comunidad) y medida para calcular la riqueza. Para que el dinero sirva como medida para calcular la riqueza es preciso que tenga un valor estable, de la misma forma que el metro mantiene el mismo valor para medir las distancias sin que este crezca o disminuya. Pero esto no ocurre en las economías capitalistas, ya que el valor del dinero fluctúa y este tiende, a largo plazo, a desvalorizarse.

El dinero, por sí mismo, no es nada, es decir, solamente un pedazo de papel carente de cualquier valor intrínseco. Únicamente se puede obtener por Algo, como puede ser un trabajo, pudiendo con él obtener cualquier cosa en la comunidad al servir a esta como instrumento de cambio. Sin embargo, la práctica especulativa y usuraria de los banqueros ha convertido el dinero en una mercancía más, por lo que han hecho de éste  un bien escaso en la sociedad, de manera que aquellos que lo poseen y monopolizan crean relaciones de dependencia entre quienes no lo tienen, lo que les convierte en detentadores reales del poder en la sociedad.

La banca crea dinero ficticio a través de la emisión de créditos que luego esta se cobra en dinero real con un alto interés. Esta actividad pese a ser legal no dista mucho de la de cualquier falsificador de dinero, ya que el banquero únicamente se limita a incluir en el saldo deudor del prestatario una cifra cualquiera, la cual queda registrada en el libro de cuentas del banco. El crédito emitido no deja de ser una promesa de pagar, promesa que se basa en dar fe de que pagará cuando así se requiera, pero como se ha visto se trata de dinero ficticio nacido de la especulación.

Las tendencias inflacionarias son, pues, consecuencia, no sólo de la existencia de un mercado en el que los intermediarios incrementan artificialmente los precios, sino también por poner en circulación, los bancos, más dinero en el mercado antes de que haya podido producir más riqueza, lo que supone la devaluación del propio dinero y el incremento generalizado de los precios. La inflación resulta ser, en gran medida, consecuencia de la tendencia especulativa de la banca al realizar préstamos que superan en nueve veces la cantidad de dinero existente en depósito, a lo que se le une la carga del interés cuyo coste se incluye en la producción, siendo finalmente los ciudadanos quienes lo terminan pagando en los precios de bienes y servicios. Por todo esto, la devaluación de la moneda y el descenso del poder adquisitivo que ello implica, no son sino un robo perpetrado por la banca contra la sociedad a través de las prácticas especulativas y la usura.

Aparte de lo ya comentado acerca de la inflación, se encuentra, a su vez, el incremento de los tipos de interés, que implica un retraimiento del dinero y por tanto una carga sobre el productor, el cual se ve más presionado al tener que responder a una deuda con unos intereses mayores. Esta situación, en muchas ocasiones, provoca la quiebra y la ruina de muchos productores que no pueden pagar sus deudas, lo que da lugar a un incremento del paro al mismo tiempo que la inversión disminuye y dejan de crearse empleos. El gasto se recorta de forma importante, y se da otro agravante que es el aumento de las hipotecas, que dada la situación actual supone un estrangulamiento de las economías familiares.

Cuando los bancos han emitido demasiados créditos llegando o superando 9 veces la cantidad de dinero existente en depósito, los bancos centrales intervienen con el aumento de los tipos de interés con el propósito de impedir una crisis de liquidez, y con ello el derrumbe del sistema financiero.  

La estrategia de los bancos centrales consiste en generar ciclos financieros que encontrarían en las subidas y bajadas de las mareas una clara analogía, dándose períodos de expansión y crecimiento fruto del aumento del dinero en el mercado a través de la emisión de créditos, y períodos de retraimiento como consecuencia del incremento de los tipos de interés que suponen, en definitiva, el reembolso de los créditos emitidos con el interés añadido.

La existencia de estos ciclos perjudican seriamente a la sociedad, y muy particularmente al correcto funcionamiento de la economía al impedir la conexión entre producción y consumo. El dinero se devalúa y los intereses de la plutocracia prevalecen e imperan sobre el resto de la sociedad.

A diferencia de lo que pudiera pensarse, los Estados no tienen ningún control sobre la emisión de moneda, ya que los bancos centrales en la mayor parte de los casos dejaron de ser organismos estatales para convertirse en empresas privadas formadas por los principales bancos nacionales, que son justamente los que determinan los tipos de interés y la emisión de moneda. De esta manera, el propio Estado se ha convertido en un cliente de la banca privada al haber renunciado a su soberanía en la creación de dinero. Debido a esto, cuando es preciso crear más dinero el Estado contrae una deuda con la banca privada, y el dinero creado aparece con la carga del interés que los ciudadanos terminarán pagando con sus impuestos.

El Estado, dada la situación, se encuentra atrapado de pies y manos al verse obligado a pedir prestado el dinero a entidades privadas que se lo ofrecen a un elevado interés. Por esta razón, si el Estado quiere llevar a cabo obras de carácter público, sufragar determinados gastos, o simplemente crear moneda, tendrá que endeudarse con la banca privada. El Estado tiene que devolver su deuda junto a los intereses, y el carácter usurario de la banca privada, movida por el lucro y la búsqueda del máximo beneficio, fuerza al Estado a emitir deuda pública a través de lo que se conoce como Bonos del Estado. Los Bonos son el fraccionamiento de la deuda pública del Estado que  cualquiera puede comprar obteniendo a cambio de un dividendo. Es reseñable el hecho de que los mayores inversores en Bonos del Estado son los propios bancos, quienes pasan a controlar directamente la deuda pública, lo que les permite chantajear al gobierno de turno en caso de que no atienda a sus exigencias.

El dinero ha terminado virtualizándose, siendo el mercado bursátil su más clara expresión dentro del gran sistema financiero que se ha establecido a escala mundial. Las acciones de las diferentes empresas que cotizan en bolsa son deuda fraccionada lanzada al mercado, mediante la cual dichas empresas obtienen financiación. Los accionistas, es decir, aquellos que compran dicha deuda en forma de acciones, son quienes invierten con sus capitales en las empresas, especulando a su vez con el precio de dichas acciones para obtener beneficios.

El precio de las acciones de las empresas que cotizan en bolsa varía según la oferta y la demanda existente. Si las acciones se venden cada vez más quedarán menos en el mercado y el precio de estas crecerá, sin embargo ocurrirá lo contrario si son puestas en venta cada vez más inundándose el mercado y aumentando su disponibilidad. El precio de cada acción viene determinado en función de su abundancia o escasez en el mercado. Ahora bien, es necesario destacar que las fluctuaciones bursátiles, dada su naturaleza especulativa, son consecuencia de la política monetaria impuesta por los bancos centrales, que son los que determinan la cantidad de masa monetaria que circula en cada momento.

La tecnología ha contribuido a la expansión del sistema financiero a escala mundial, pero también a que su funcionamiento dure las 24 horas del día gracias a que las barreras del espacio-tiempo han sido rotas. El influjo tecnológico ha hecho posible que constantemente el dinero virtual esté moviéndose e incrementándose artificialmente gracias a la especulación. Además, también ha dado lugar a la completa autonomización del sistema financiero, lo que en última instancia impide el desarrollo de los sectores productivos que se ven diezmados por los caprichos especulativos. La era financiera es el resultado lógico del desarrollo natural del capitalismo, siendo su última fase de desarrollo por la que se orientan a los inversores hacia una economía ilusoria. Esta economía ficticia se ha sobrepuesto sobre la economía real, a la cual succiona impidiendo su desarrollo. El dinero virtual se ha incrementado todavía más con la revolución informática y de telecomunicaciones, una increíble masa monetaria que, carente de existencia real, constituye las dos terceras partes del volumen del PIB mundial.

Podemos contemplar cómo la tecnología se ha convertido en un instrumento de dominación económico, que ha servido no sólo para traer la era financiera, sino para implantar la virtualización de la vida, lo que significa la sustitución de lo real por lo ilusorio, lo virtual, todo a través del elemento de información que la sociedad postmoderna y postindustrial va estableciendo gracias a la expansión y universalización tecnológica.

Con la ruptura del patrón oro llevada a cabo por Nixon, las monedas empezaron a fluctuar libremente en función de la masa monetaria existente en el mercado. Hasta entonces el dinero estaba respaldado por las reservas de oro existentes en cada banco central, por lo que quienes monopolizasen el oro del planeta eran quienes controlaban la riqueza de las naciones. Pero con el fin de este patrón quienes controlan la emisión de moneda son quienes controlan, a su vez, la riqueza de un país.

Al mismo tiempo que el capitalismo entraba en la era financiera, la aparición de organismos financieros internacionales como el FMI, el BM o la OMC, hicieron su aparición como exigencia técnica, económica y política del sistema, en la medida en que estos organismos supranacionales coordinan a los diferentes bancos centrales, desarrollan una política económica de dimensiones mundiales marcando las principales directrices que el desarrollo económico ha de seguir, y al mismo tiempo previene la desestabilización del conjunto del sistema.

La era financiera del capitalismo como su culminación histórica, da lugar a la superconcentración de la riqueza a través del monopolio del dinero, lo que supone que importantes áreas geoeconómicas se conviertan en la periferia de centros económicos desde los que se planifica su saqueo. Esta es una más de las consecuencias nefastas que tiene la finanza cuando se encuentra desprovista de un control político, lo que hace que diferentes países del Tercer Mundo al carecer de dinero se vean obligados a pedir créditos a bancos privados o a entes supranacionales (FMI, BM, etc...) con los cuales sufragar sus inversiones, lo que les introduce en una espiral infernal por la que terminan pidiendo más créditos para pagar sus deudas con intereses. La gran finanza internacional ha creado así las condiciones de dependencia necesarias a través de las que someter a los países del Tercer y Cuarto Mundo.

No basta únicamente con cooperativizar la economía mediante la supresión de los intermediarios, y por tanto con la eliminación del mercado, también es preciso la supeditación del elemento económico a la función política y soberana del Estado, lo cual se concreta y objetiva en el control por parte del Estado de la emisión de moneda, de tal modo que existan los suficientes medios de cambio en la economía como para que la producción y el consumo no queden desarticulados y desconectados. Esto supone la emancipación del Estado, y con él del conjunto de la sociedad, de la tiranía plutocrática,  dejando de nacer el dinero de una deuda y liberándolo de la carga del interés usurario.

El dinero debe, pues, volver a desempeñar la función de puente entre la producción y el consumo, y con ello retornar a su natural carácter de instrumento de cambio y medida. El destino de la producción es el consumo, y para ello es necesario que el Estado emita la masa monetaria equivalente a todo cuanto se ha producido. Esta es la forma por la cual asegurar que el valor del dinero sea estable, y no se vea sometido a constantes fluctuaciones de flujos y reflujos. Para todo esto es necesario que los bancos centrales vuelvan a ser organismos estatales para que el Estado recupere su soberanía en materia monetaria, la cual le fue arrebatada por las plutocracias. Hecho esto, el patrón trabajo se instituye como fuente de riqueza y como respaldo de la propia moneda a través de la producción, dejando de ser un bien escaso para pasar a ser un medio al servicio de la comunidad.

Asimismo, cuando el Estado requiera desarrollar determinadas obras públicas o la ejecución de determinados programas, no tendrá que acudir a entidades financieras privadas, sino que él mismo podrá crear la cantidad de moneda que precise. En este sentido el banco central también podrá desarrollar una función crediticia, aquella por la que ofrezca sin interés créditos para la inversión en la producción, adoptando el dinero emitido un carácter cualitativo como instrumento al servicio de la producción. Mediante este tipo de créditos se podrán desarrollar las fuerzas productivas con la creación de cooperativas, y con ello nuevos puestos de trabajo.

Recuperada la soberanía económica y financiera, el Estado, al convertirse económicamente independiente y libre, puede desempeñar sus funciones sin necesidad de endeudarse ni pagar inmensos intereses,  lo que le permitirá abandonar las organizaciones financieras internacionales, aquellas mismas que someten a los países a la esclavitud económica de las plutocracias, dejando a un lado aquellas dependencias que impedían su normal desarrollo.

De cara al comercio exterior el Estado podrá seguir realizando transacciones económicas y comerciales con otros países, bien mediante el trueque, a través de acuerdos bilaterales plasmados en tratados, o por medio de la creación de una moneda de referencia para un conjunto de países con la cual desarrollar sus intercambios comerciales.

Como dijera Spengler, toda vida económica es la expresión de una vida psíquica, y el sistema capitalista no es la excepción ya que refleja una mentalidad muy concreta, aquella en la que el fin del hombre es el hecho económico expresado en términos de utilidad, lo que manifiesta un claro sentido materialista e individualista que disuelve al hombre en lo efímero, en aquello que queda recluido en los parámetros puramente materiales a los que limita toda su existencia, lo que es indicador de un estado de decadencia interior, de debilidad por el que se ha perdido el completo sentido, lo que ha conducido a la actual situación de nihilismo dentro de una lógica destructiva.

Por todo esto, un cambio en el sentido indicado sólo sería posible bajo unas circunstancias favorables, aquellas por las que se viera expresado el sin sentido de la actual situación y su deriva catastrófica y autodestructiva para el hombre, de lo contrario la propia fuerza de los hechos arrastraría al hombre hacia tal fatídico destino que quiso darse a sí mismo, llevando hasta sus últimas consecuencias el nihilismo del que hoy es preso. La única forma de atajar un problema es combatiendo sus causas, y esto implica cuestionar el valor de la economía en sí, la cual debe dejar de dominar todos los orbes de la vida humana para pasar a ser integrada en un orden más vasto y completo, en el que desempeñe su función productiva al servicio del conjunto de la comunidad, estando subordinada al principio político. Por todo esto, la discusión debe centrarse, no ya sobre sistemas económicos técnicamente considerados, sino acerca del espacio que la economía debe ocupar en la sociedad.

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Viernes, Septiembre 21, 2007

ORIENTE MEDIO A PUNTO DE ESTALLAR

Los recientes acontecimientos ocurridos en Oriente Medio hacen presagiar cambios importantes a corto-medio plazo, y que supondrán, en gran medida, modificaciones en la relación de fuerzas dentro de la política internacional. Pero lo realmente destacable de estos acontecimientos es, por un lado la casi simultaneidad con la que se han producido, y por otro lo significativos que resultan de cara a la política exterior de determinados países.

Así, pues, nos encontramos con una violación del espacio aéreo sirio por parte de Israel en el marco de una operación de bombardeo de unas instalaciones, que, según el ente sionista, constituían la infraestructura para la construcción de una central nuclear en colaboración con Corea del Norte. Juntamente con esto se produce, poco después y casi en vísperas de elecciones presidenciales, el atentado contra el diputado falangista cristiano Antoine Ghanem en Beirut. En otro lugar hay que resaltar la reciente declaración de Gaza como territorio enemigo por parte de Israel, lo cual supone el más completo aislamiento de la zona habitada por más de millón y medio de habitantes, cortando así los suministros de electricidad y petróleo, las relaciones económicas, e impidiendo la entrada y salida de personas. Además, el ministro de asuntos exteriores de Francia, Bernard Kouchner, había sugerido, días antes y de forma explícita, la necesidad de prepararse para un conflicto bélico con la República Islámica de Irán. Y, por último, son destacables las recientísimas declaraciones del egipcio Al-Zawahri, adscrito a la red Al-Qaeda, haciendo un llamamiento para expulsar la presencia hispano-francesa del norte de África, y por tanto a actuar contra los intereses de estos países en la región.

Realmente son acontecimientos que, debido a su importancia, requieren cierto grado de atención y reflexión para ser, al mismo tiempo, puestos en relación con el contexto y la coyuntura internacional actual.

Las declaraciones del ministro Kouchner han sorprendido a la diplomacia de varios países, lo que ha generado la respuesta airada de Irán ante lo que ha calificado de una provocación por parte de los poderes hegemónicos, y que ello resta credibilidad a Francia en Oriente Próximo.

Pero de lo que no cabe duda es de que las declaraciones de Kouchner no han sido gratuitas, y responden a la clara tendencia de Francia en política exterior a ser más conciliadora con los EE.UU., lo que le va a llevar progresivamente a acercar su postura con la de este país y acabar alineándose con los intereses de dicha potencia. De hecho, desde el gobierno francés se ha realizado la recomendación a las multinacionales francesas de no llevar a cabo inversiones en Irán, y en cortar relaciones económicas con dicho país.

Sin duda todo esto se debe, en mayor o menor medida, al establecimiento en el Elíseo de un nuevo presidente que está en perfecta sintonía con la política norteamericana, por lo que Francia terminará asumiendo el papel de vocero americano en Europa. Una administración neoliberal, chovinista, claramente pro-occidental (ellos son Occidente hoy más que nunca) y complaciente con el sionismo internacional, terminará cambiando el papel de Francia en Europa y el mundo. Si hasta ahora ese papel era el de delinear la política de la Unión Europea e impulsar el proceso de integración, además de contrarrestar el poder y la influencia de EE.UU. tanto en África como en Oriente Próximo, la desvirtuación llevada a cabo por la actual administración entorpecerá y frenará la integración, restará eficacia a la UE en la esfera internacional y hará seguidismo a los EE.UU.

Pero en lo que se refiere a las recientes declaraciones, estas muestran las claras pretensiones de presionar a Irán, ya que insinuaciones de ese tipo son una forma de avisar a la República Islámica de que Francia, en caso extremo, se alineará con la coalición angloamericana, para lo cual estará preparada. Y es, a su vez, una advertencia a la sociedad internacional de que más pronto que tarde se producirá una agresión militar sobre Irán.

Debido a la situación geográfica que ocupan diferentes países a lo largo de Oriente Medio, Irán constituye un claro enemigo para los intereses de EE.UU. e Israel, para quienes la influencia de Irán sobre Oriente Próximo constituye una amenaza directa. La política exterior de EE.UU., siguiendo las directrices del lobby judío-sionista, ha sido hasta ahora desestabilizar y desorganizar el mundo árabe (Iraq es un claro ejemplo, con el que se pretendía generar una fractura interna en la sociedad iraquí para sumirla en una guerra civil, más que explotar los pozos de petróleo) para que este no represente una amenaza, y al mismo tiempo cercar a Irán, país que hoy se encuentra entre dos guerras: Iraq y Afganistán.

Paralelamente a este plan desarrollado por la política exterior americana, al cercamiento de Irán por el este y por el oeste, le sigue la intromisión americana en Asia Central, zona geográficamente estratégica para el control de la Isla Mundial, así como para tener acceso a importantes bolsas de recursos naturales y energéticos.

Asimismo, el ataque de Israel sobre Siria no ha sido casual, lo que ha contribuido a tensionar aún más las relaciones entre Tel-Aviv y el régimen de Damasco, lo cual, al fin y al cabo, demuestra que Siria se encuentra también bajo el punto de mira de EE.UU. e Israel, y que están dispuestos a impedirle que incremente su potencial militar de tal forma que pueda volver a intentar recuperar los Altos del Golán. Evidentemente Siria está en una posición de inferioridad con respecto a Israel, lo que le impide reaccionar de forma directa y contundente, por lo que su política en este sentido se hace notar a través del Líbano, país sobre el que tradicionalmente ha ejercido una fuerte influencia.

Más allá de que realmente Siria estuviera construyendo una central nuclear junto a Corea del Norte, lo que ha significado el ataque israelí es una advertencia, a lo cual Siria únicamente puede responder con la ejecución por medio de atentados de elementos favorables a Israel en la política libanesa. Siria cuenta con una fuerte influencia y respaldo entre amplios movimientos sociales libaneses, tanto laicos como religiosos, así como en diferentes fuerzas de oposición al actual gobierno pro-occidental. Es la baza que le corresponde jugar frente a Israel, ya que en un enfrentamiento directo siempre llevará las de perder.

Israel se encuentra cada vez más interesado en hacer presión sobre Siria en la medida en que este país da cobertura política y logística a Hizbollah, además de ser el refugio del líder político de Hamas. A esto se le suma la preocupación de Israel en torno al Líbano, que constituye un área geográfica sensible para su seguridad, debido a lo cual siempre ha intentado garantizar la presencia de un gobierno favorable a sus intereses en dicho país, por lo que le conviene en la medida de lo posible contrarrestar la influencia siria, pero sobre todo el cada vez mayor respaldo social con el que cuenta Hizbollah.

Casi al mismo tiempo Israel no dudó en declarar enemigo el territorio que comprende la franja de Gaza, lo que ha supuesto el aislamiento de esa zona del resto del mundo. Esta actitud de Israel es una forma de prevenirse de tener un segundo frente en caso de conflicto, pero con ello se aspira al mismo tiempo a ahogar a la población palestina que reside en la franja, creyendo que de esa manera debilitan el poder de Hamas, cuando lo más probable es que lo terminen fortaleciendo. De igual modo supuso un error el considerar a Hamas una organización terrorista y rechazar el gobierno legítimamente formado en la Autoridad Nacional Palestina, lo que a la larga terminó desembocando a que Hamas se hiciera, de forma directa, con el control sobre la franja de Gaza. Pero todo esto respondía al claro plan de Israel de enfrentar a los palestinos entre sí.

Junto con este movimiento en la estrategia sionista por cubrirse las espaldas temporalmente, le ha seguido una ofensiva diplomática sobre EE.UU. para recabar su apoyo a estas medidas, lo cual no ha tardado en conseguir.

Finalmente, y llamativamente al poco tiempo de que todo esto tuviera lugar, hizo aparición a través del canal de televisión Al-Yazira el egipcio Al-Zawahri animando a eliminar la presencia española y francesa de África. Lo cual dentro de la estrategia global de EE.UU. sirve para alinear con sus intereses a países que aún puedan ser reticentes en ciertos aspectos.

Pero lo que debe quedar claro es el carácter funcional de Al-Qaeda para la política exterior, en tanto en cuanto dicha organización fue una creación de la CIA que en la actualidad, lejos de actuar por su cuenta, sigue sirviendo a los intereses de sus fundadores, haciendo de claro pretexto para desarrollar su política internacional y sus agresiones militares. A diferencia de lo que pudieran pensar algunos islamófobos y no pocos ingenuos, Al-Qaeda representa, en última instancia, el mayor invento de intoxicación informativa de los últimos tiempos, debido, fundamentalmente, a la imposibilidad de demostrar su verdadera existencia y de que sus supuestos líderes no trabajen para intereses muy diferentes de los que se nos presentan públicamente. Al-Qaeda sale en socorro de la administración americana para seguir justificando su política, y evitar así su completa pérdida de credibilidad ante el mundo.

Lo ya dicho, unido a la situación de Iraq como foco de creciente inestabilidad en la región, crea un caldo de cultivo favorable para que tensiones y fuerzas centrífugas se hagan notar cada vez más y de una manera intensa, lo que podría llevar al mundo a un resultado de consecuencias imprevisibles, pero casi seguro indeseables para todos.

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Jueves, Septiembre 20, 2007

LA RETAGUARDIA IDEOLÓGICA DE OCCIDENTE

La Civilización Occidental ha tenido siempre la imperiosa necesidad de tener enemigos, y para ello no ha dudado en creárselos ella misma. Ello ya denota un estado fisiológico enfermizo en esta Civilización, y por lo tanto es indicador de que se encuentra inmersa en un proceso de decadencia y disolución, el cual ya fue apuntado en su tiempo por Oswald Spengler.

La necesidad de enemigos para poder subsistir solo puede nacer en un organismo envejecido, debilitado y enfermo que ha perdido toda forma interior, que carece de un fundamento propio en base al cual justificar su existencia; la pérdida de sentido implica, a su vez, la pérdida de significado, de ahí esa constante necesidad de generar nuevos enemigos sobre los que volcar su aversión y proyectar, en definitiva, todas sus taras. El enemigo suple esa carencia de sentido que es consustancial a Occidente, ya que le confiere una razón de ser en la medida en que reafirma su misión universalizadora. De esta manera convergen todas sus energías en un mismo sentido, con una misma finalidad: conseguir su hegemonía mundial.

Un principio reactivo conduce el desenvolvimiento de Occidente en el mundo, y esto lleva a plantear un conflicto antagónico que se reduce a una lucha entre las fuerzas del Bien contra las del Mal.

Todos los valores hijos de la Revolución Francesa, los cuales se sintetizan en el sacrosanto trilema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, encarnados por Occidente bajo la forma de democracia liberal en el terreno político, sistema capitalista en lo económico y american way of life en lo cultural, constituyen sus principales características. Todo cuanto no se encuentra dentro de estos parámetros ideológicos, es considerado barbárico e incivilizado, fuera de la humanidad y de la historia.

Es así como Occidente se arroga la misión de civilizar el planeta universalizando sus estructuras políticas, económicas y culturales. Quien opone resistencia a este proceso universalizador pasa a formar parte de las fuerzas del Mal, aquellas que representan la barbarie, siendo considerados enemigos de la Humanidad. Un conflicto de poder, y por tanto político, marcado por la distinción amigo-enemigo, se moraliza a partir de valores que se erigen como absolutos, cobrando ya su primacía la distinción entre buenos y malos.

Los enemigos que se ha forjado Occidente le han permitido a esta civilización decadente poder subsistir; primero fueron los fascismos quienes encarnaron el mal absoluto, tras 1945 el bolchevismo, y actualmente, tras la desaparición del campo socialista, el Islam. Sin enemigos Occidente no tiene sentido, ya que gracias a ellos puede afirmar su misión universalizadora por la que implantar a escala global su modelo de civilización, y, por tanto, orientar sus fuerzas con el claro objetivo de alcanzar la hegemonía mundial.

Dentro de este marco general de la situación la teoría del choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington, no es más que un instrumento teórico e ideológico que cumple un papel muy funcional para la política exterior de EE.UU., que constituye el epicentro y principal promotor de la civilización Occidental.

Pero de igual modo que Occidente ha ido generando sus propios enemigos, también se ha nutrido de una retaguardia político-ideológica a su servicio. Con esto nos referimos a aquellos sectores que siempre han encontrado una excusa, una coartada ideológica, con la que terminar colaborando con Occidente y sus perversos planes de hegemonía mundial. Si tras 1945 esa coartada ideológica fue el comunismo, presentado como el verdadero enemigo a batir, y en función del cual el resto del mundo debía colaborar activamente para su desaparición, hoy, sin embargo, tras la caída del muro, el nuevo enemigo, y por tanto la nueva coartada ideológica de dichos sectores, es el Islam.

Una serie de mecanismos psicológicos son puestos en marcha, y el enemigo de Occidente aparece como una amenaza mayor que la que supone la misma civilización occidental; así, bajo la pretendida defensa de un modo de vida, unos valores o una ficticia identidad, se pasa a justificar la colaboración con Occidente desempeñando el papel de retaguardia ideológica, contribuyendo a afianzar sus estructuras políticas, económicas y culturales.

En la actualidad la coartada de dichas retaguardias es el Islam, el nuevo enemigo que ha generado Occidente para seguir justificando sus pretensiones mundialistas. Como siempre, el enemigo aparece bajo una imagen temible, terrorífica, con la única intención de engendrar miedo entre la población, de tal modo que represente una amenaza de dimensiones mundiales bajo la forma del terrorismo internacional.

Estas retaguardias que asumen los esquemas mentales de Occidente, son la mano de obra barata del mundialismo dentro de las sociedades modernas, en las cuales se movilizan para intentar concienciar a la sociedad del grave peligro que entraña el Islam para Occidente. La consecuencia directa de esto es apoyar la política exterior de agresión que las talasocracias occidentales como EE.UU. y Gran Bretaña, así como el ente sionista, llevan a cabo tanto en Oriente Medio como en Asia Central.

El carácter reactivo de estas protestas contra el Islam se refleja en el sentido negativo de las mismas, ya que se trata de una oposición que no antepone nada contra el Islam, nada que no sea el mismo Occidente y su podredumbre espiritual y moral.  

Pero, lo que realmente encubre esta corriente anti-islámica es el temor a que unos determinados inmigrantes no sean correctamente asimilados y domesticados, asumiendo para ello la mentalidad que impera en Occidente, caracterizada por un determinado modo de vida y un status social. Esto es lo que preocupa a Occidente, que dichos inmigrantes, a diferencia del resto, no se sometan dócilmente y rechacen el sistema vigente.

Por tanto, estas retaguardias ideológicas que habitualmente se enmascaran bajo la defensa de identidades folklóricas y etnicistas, las cuales constituyen un artículo de consumo más en Occidente, (hay que hacer hincapié en que la única identidad que impera es la que emana del dinero, y no otra), constituyen, por así decirlo, el sistema inmunológico occidental, la mala conciencia que intenta prevenir e inmunizar a la población restante de que su forma de vida y su status social están en peligro si no se toman medidas contra quienes se resisten a ser asimilados, a disolverse en el "melting-pot" americano-occidental del cosmopolitismo y el desarraigo.

Al mismo tiempo que esta retaguardia reafirma las estructuras culturales, políticas y económicas de Occidente, conciencia a su vez a la población de la necesidad de desarrollar una política exterior orientada a eliminar al enemigo externo, a realizar invasiones y ataques sobre países que no aceptan la hegemonía occidental liderada por EE.UU.

En definitiva, los enemigos que Occidente presenta a sus sociedades son una cortina de humo para encubrir su plan de hegemonía mundial, siendo su retaguardia ideológica la encargada de justificar ante la sociedad las campañas de invasión y agresión contra quienes se resisten, y al mismo tiempo intentar concienciar de la amenaza interna que supone dicho enemigo externo en las sociedades occidentales, el cual se ha "infiltrado" a través de la inmigración que Occidente ha propiciado y favorecido.

Estas son, pues, las claves de un perverso plan de dominación que pretende arribar al poder mundial a costa de extirpar del mundo a quien se resista, tachándolo para ello como enemigo de la Humanidad y encarnación del mal absoluto.

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Lunes, Septiembre 03, 2007

SOBRE LA HISTORIA Y SUS IMPLICACIONES

Es nuestra intención realizar unos breves apuntes sobre la historia y sus implicaciones en el plano socio-político y cultural, pero sobre todo acerca de lo que esta supone como instrumento de legitimación por parte de las diferentes ideologías políticas.

La historia propiamente dicha constituye el momento a partir del cual el ser humano trasciende su propia naturaleza biológica y comienza a desarrollar el elemento cultural, aquel que le permite interpretar el mundo libre del comportamiento programado animal y a trascender a sus propios impulsos biológicos, dándose a sí mismo su propia forma y con ello un sentido. El hombre no es únicamente un animal, ya que es el único de los seres vivos que no se mueve por su pertenencia a la especie, y tiene a su vez la capacidad de adaptarse al medio y crear situaciones nuevas. El ser humano es un ser abierto al mundo que se encuentra en un estado de maleabilidad permanente. De hecho es el único animal que se encuentra en un estado permanente de adaptación a diferencia de los demás, en los cuales este proceso se da únicamente durante su infancia, de este modo el ser humano se encuentra permanentemente en un estado de juvenilidad. Su constitución le condiciona y le "dice" lo que ya no podrá hacer pero no lo que hará.

La naturaleza en el hombre no es más que su base o "zócalo" a partir del cual se construye a sí mismo, en tanto en cuanto es el hombre el único ser capaz de tomar decisiones, de darse un sentido y con ello de crear formas. El hombre es portador de una serie de pulsiones internas, de instintos innatos pero que no están programados en cuanto a su finalidad ya que le corresponde al hombre esta tarea de determinación a partir de sus decisiones y de su criterio. De este modo vemos que el hombre nace con una serie de cualidades potenciales que están condicionadas por su naturaleza, pero únicamente le corresponde a él la realización y utilización de las mismas.

De este modo, a diferencia de los demás animales, el ser humano ante un estímulo tiene diversas actitudes posibles para adoptar, mientras que los demás animales saben de un modo innato qué actitud adoptar como consecuencia de su programación adquirida durante el proceso de filogénesis.

El hombre no es sólo un animal pese a que tenga muchas características en común con estos, pero lo que es específicamente humano en él es su cultura, la cual se construye a partir del soporte que le ofrece la naturaleza constituyendo otro nivel de realidad plenamente humano y que significa en última instancia la victoria sobre el biologismo sobre el cual ha sabido desarrollar unas pautas de comportamiento, dándose a sí mismo su propia forma y sentido con la selección y el desarrollo de sus posibilidades a través de la cultura, lo que le ha conferido a su vez su historicidad en tanto en cuanto su cultura se ha visto sometida a una evolución, a una actualización, fruto de esa selección y desarrollo de sus posibilidades internas. No somos dueños de nuestras capacidades pero sí del modo de utilizarlas.

De este modo, el hombre moldea y domina sus impulsos para trascender su dimensión puramente animal, aquella que se refiere únicamente a la satisfacción de sus necesidades biológicas y que responde solamente a sus impulsos innatos. Así es como la cultura se instituye como su segunda naturaleza, y es justamente la que le da su historicidad al evolucionar al igual que la naturaleza biológica, sometida al proceso de filogénesis.

Vemos así que el ser humano, además de tratarse de un ser cultural es también histórico, quien se construye a sí mismo moldeándose y quien hace la historia, ejerciendo su dominio y poder en la tierra, y entrando de este modo en el tiempo propiamente histórico. Así, como dador de sentido, es capaz de reformular y reinterpretar su propio pasado, lo cual supone en última instancia una actualización de sí mismo en cuanto a posibilidades a partir de las cuales orientarse hacia el porvenir.

Es así como con la desaparición del mito que suponía un sentimiento del mundo compartido dentro de una comunidad, en definitiva, el marco de interpretación de la historia y de la vida, fuente de valores para el conjunto de la comunidad que le daba su respectiva cohesión y unidad interna, se produce un desmoronamiento en lo social con el desarrollo de fuerzas centrífugas nacidas de la fragmentación del mito, en las que cada una de ellas aspira a imponerse a las otras como "verdad" de la comunidad y nuevo marco de representación del mundo para la misma. De este proceso surgen todas las ideologías modernas.

Ante la imposibilidad de establecerse a sí mismas como nuevo mito, pero sin renunciar a esa pretensión, desarrollan una reinterpretación y reformulación de la historia con la finalidad de legitimarse. Es de este modo como la historia se ve transformada en agente de legitimación para justificar una ideología que se quiere  establecer como representación del mundo, como marco de referencia colectivo en el ámbito de la cultura y de las ideas, y no sólo en lo que ataña a la estructura de un régimen político determinado.

El mito por sí mismo no necesitaba justificarse ni legitimarse, el mero cuestionamiento del mismo hubiera sido indicador de que este ya habría perdido su sentido y razón de ser, como así lo ha dejado patente la historia. Su validez venía conferida por su operatividad en el imaginario colectivo, por haber devenido de la creencia a la pura convicción que se da por sentada, y cuyo asentamiento se extiende hacia el futuro por medio de la transmisión cultural de la tradición, con la socialización de las nuevas generaciones en los valores y espiritualidad que inspiran el mito, y por ende la cultura de la que participan y forman parte. El mito suponía la norma y el valor supremo de toda una comunidad.

Suponía, el mito, la piedra angular sobre la que se asentaba la cohesión y la unidad de toda la comunidad, y consecuentemente a partir de la cual se desarrollaba todo esfuerzo cultural. Sin embargo, con el advenimiento de la modernidad, la desaparición del mito y la aparición de las ideologías propiamente dichas, se dio a su vez una atomización de la comunidad, la pérdida de unidad y cohesión interna con la desaparición del lazo social que el mito había establecido para el común de los miembros, produciéndose una relativización en cuanto a los valores y la cultura, fue en definitiva el advenimiento de un nihilismo por el cual todo vale lo mismo, que es lo mismo que decir nada. De este relativismo por el cual todo sistema de pensamiento, ideología o proposición filosófica y teórica es cuestionado al ser estimados relativos, surge la necesidad de emprender la labor legitimadora a través de la reinterpretación de la historia, antes incluso de haber alcanzado el poder.

Por el contrario, el mito, al carecer de esa necesidad de legitimación se limitaba a establecer en la memoria colectiva el origen legendario e histórico de la propia comunidad, y con ello el marco de desarrollo de la misma a lo largo de la historia. Actuaba como elemento fundador de la propia organización social, a diferencia de las ideologías modernas, que en todos los casos se limitan a dar lugar a un proceso revolucionario de transformación y de cambio con el que se plantea al hombre una nueva visión del mundo y de sí mismo. Este proceso se dio incluso con las ideologías que hoy podríamos considerar reaccionarias, como puede ser el liberalismo, pero en cualquier caso no en todas se consiguió de la misma manera la legitimación.

Vemos cómo el marxismo estableció la lucha de clases como un sistema a través del cual interpretar la historia y legitimarse, el liberalismo hizo lo mismo por medio del progreso idealista de la moral gracias a los avances tecnocientíficos, el fascismo alemán a través de la pretendida lucha de razas defendida por Rosenberg, etc... Cada ideología, como vemos, ha desarrollado su propia interpretación y formulación de la historia para legitimar su derecho a la exclusividad dentro de la sociedad, para justificar un determinado orden de cosas así como un proyecto político.

Juntamente con esto las ideologías modernas han venido a emprender una labor reduccionista en el plano del conocimiento y de las ideas, caracterizadas todas ellas por un monoteísmo unidimensional de tinte idealista en el que una parte de la realidad es elevada a la calidad de absoluto, estableciéndola como valor también absoluto en torno al cual se unifican los proyectos sociales y se aspira así a reducir la definición del hombre, de lo político y lo social a esa sola y única dimensión. La realidad es entonces interpretada y explicada única y exclusivamente a partir de una sola de sus partes, de una sola dimensión, y el hombre por ende es reducido a esa dimensión en torno a la cual se configura la ideología: economicismo, racionalismo, biologismo, cientificismo, etc... A esta labor reduccionista no escapa ninguna ideología moderna, todas ellas de tinte totalitario, incluido el liberalismo.

Es así como todas las ideologías modernas han tendido a reducir la realidad del hombre a una sola de sus dimensiones, obviando la pluridimensionalidad que lo caracteriza, y al mismo tiempo los fenómenos a una sola de sus causas. De este modo establece el esquema unidireccional de causa-efecto, acompañado de su correspondiente determinismo mecanicista. Esto evidentemente niega la realidad orgánica del ser humano y de lo social, reduciendo el conjunto a una de sus partes; y en lo que ataña a los fenómenos de la realidad da lugar a una simplificación reductora por la que una sola de las variables que intervienen en el fenómeno pasa a explicarlo en su totalidad. Este esquema de pensamiento lleva a establecer sus respectivas proposiciones ideológicas como absolutos y universales. La realidad, en todo momento variable, dinámica y multidimensional es reducida a una sola de sus partes, y lo mismo ocurre con la historia cuya interpretación y reformulación se hace a partir de los postulados sobre los que se funda la ideología en cuestión. De este modo se establecen las concepciones fragmentarias del mundo, y son fragmentarias porque únicamente tienen en consideración una parte de la realidad al tiempo que excluyen todos los demás factores que en ella intervienen.

La historia es entonces también reducida a uno sólo de sus elementos constitutivos obviando su carácter multidimensional y propiamente sintético. Esta al ser reformulada pasa a estar sometida a las categorías de la ideología que emprende su reinterpretación, y como hemos dicho esta labor la lleva a cabo para proyectar su modelo teórico de concebir el mundo tanto sobre el pasado como sobre el futuro, y por tanto su carácter indiscutible más allá de tiempo y lugar. Juntamente con esto la historia es elemento que confiere legitimidad por cuanto ataña a la experiencia, a lo que ya ha sido, y su reinterpretación a partir del modelo teórico ofrecido por las ideologías responde a la necesidad de probar y confirmar empíricamente su validez, y con ello su legitimidad para ser cultural y socialmente aceptadas.

Finalmente la historia es concebida en la práctica totalidad de las ideologías modernas como una línea ascendente, con un principio y un final, siendo en cada caso la ideología la culminación histórica de todo el proceso, en definitiva, del progreso universal. Es así como la ideología se presenta como un fin en sí misma al constituirse como la culminación de la historia, lo que entraña un mesianismo por el cual se pretende construir el paraíso en la tierra, trayendo acá el más allá.

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