El leninismo, como principio organizativo, se forma a partir de la aportación teórica y práctica que ofreció la experiencia histórica de las guerras de guerrillas, y que encuentra en la figura del partisano su más claro referente.
Las guerras de guerrillas constituyen, en esencia, un fenómeno histórico propiamente moderno en la medida en que estas surgen como producto de los cambios que produjo el capitalismo en el campo. Se trata, entonces, de un tipo de guerra que enfrenta al campo con la ciudad y que fue encabezada por los campesinos y representantes del antiguo régimen contra el capitalismo emergente, y particularmente contra la nueva clase burguesa y terrateniente de industriales y financieros.
Este tipo de guerras estaban desprovistas de un carácter ideológico, y quienes las lideraban pretendían volver al statu quo anterior a las usurpaciones, las desamortizaciones, etc., llevadas a cabo por el capitalismo. El partisano integraba estos movimientos guerrilleros como combatiente irregular encuadrado en una organización de tipo militar. Por el contrario, el carácter regular del combatiente, a diferencia del partisano, se refleja en el uniforme del soldado, lo que demuestra un dominio de la vida pública, ya que con el uniforme se lleva abierta y demostrativamente el arma, siendo este tipo de combatiente el blanco de tiro para el partisano.
Asimismo, el partisano se diferencia de otros combatientes por su carácter profundamente político, no pudiéndose confundir con el ladrón o salteador que únicamente persiguen su propio provecho. El partisano lucha en un frente político, y la propia palabra partisano es una derivación de partido, lo que indica, en su sentido originario, la vinculación con un partido y, por tanto, se trata de un combatiente que desarrolla un tipo de guerra o lucha política.
El partisano es un combatiente terrestre con gran conocimiento del medio geográfico en el que se desenvuelve, unido ello a un importante grado de movilidad que, con los avances técnico-militares modernos, se ha incrementado considerablemente. La guerra irregular que desarrolla es consecuencia de su inferioridad numérica y material frente a las tropas regulares, lo que le impide mantener un enfrentamiento directo con estas. El tipo de guerra que lleva a cabo se caracteriza por la movilidad, rapidez y los cambios bruscos de ataque y retirada. Su movilidad acentuada le permite dar golpes de mano y acosar a las tropas regulares, romper sus líneas de abastecimiento a través de emboscadas sobre sus suministros, seguido, todo ello, de un rápido repliegue y ocultación.
Es fundamental la existencia de una organización militar que encuadre al partisano, y su importancia ha sido subrayada por todos los teóricos de esta modalidad de guerra, pues se trata del elemento organizacional que permite la coordinación, dirección y correcta ejecución de las actividades propias del partisano.
Además de lo ya dicho, la irregularidad del partisano favorece su ocultación entre la población civil, dificultando así su identificación por parte del enemigo. Por esta razón, sus actividades, generalmente, se desarrollan en la retaguardia de las líneas enemigas y no en frentes abiertos como ocurre en las guerras convencionales. Pero es el elemento organizacional el que desempeña un papel clave para el partisano, no sólo desde el punto de vista militar, sino también porque el partisano lucha por una causa que representa la razón de ser de la organización a la que pertenece.
La guerra de guerrillas devino en guerra revolucionaria en el momento en que fue ideologizada, pasando a ser los partidos revolucionarios sus principales impulsores. A partir de entonces el partido adquirió una importancia central, ya que pasó a constituir la organización capaz de integrar completamente a sus miembros al adoptar una naturaleza totalitaria, lo cual se reflejó en el sentido del funcionamiento estricto de orden y obediencia.
El principio de la violencia encontraría su primera formulación en la teoría hegeliana de la dialéctica, que pasaría a constituir una poderosa arma ideológica para la revolución. Desde entonces se desarrollaría toda una corriente de teóricos revolucionarios entre los que destacarían Karl Marx y Friedrich Engels, quienes sentarían las bases científicas y filosóficas de la revolución.
La dialéctica, como método intelectual de conocimiento, concibe la realidad como un proceso en constante cambio y transformación fruto de las contradicciones que alberga. Dichas contradicciones se expresan a través del carácter polemológico o conflictivo de la realidad por el que cada cosa, como tesis, contiene en su interior su propia negación, la antítesis, y dicha lucha entre opuestos se resuelve por medio de una síntesis superadora de estas contradicciones, la cual alberga, a su vez, nuevas contradicciones que se van desarrollando conflictivamente.
El conflicto es el principio organizador del mundo, y tanto las guerras como las revueltas y revoluciones son el impulso evolutivo de la historia, las que modifican y transforman la realidad superando las contradicciones. De este modo, la revolución es el punto culminante en el que se resuelven las contradicciones y se produce el tránsito hacia una nueva situación, hacia una síntesis superadora.
La dialéctica sienta las bases del conocimiento que conduce, en una primera etapa, de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia a la idea, extrayendo del mundo objetivo las leyes que lo rigen para después, en una segunda etapa que lleva de la conciencia a la materia, aplicar el conocimiento adquirido y comprobar, en la práctica, si este es correcto o no. Por tanto, la teoría de la revolución se genera a partir de la práctica revolucionaria, de la experiencia histórica, del método científico de ensayo-error para conocer la validez de las teorías que se extraen del mundo objetivo.
El carácter circular de la dialéctica, por el que el conocimiento comienza por la práctica para convertirse en teórico y retornar de nuevo a la práctica, posibilita un progresivo perfeccionamiento de la técnica revolucionaria en función de las circunstancias históricas objetivas. La práctica revolucionaria genera la teoría revolucionaria que, posteriormente, es llevada a la práctica, y si esta es acertada triunfa, pero si demuestra no serlo provee de las correspondientes lecciones para modificar la teoría y hacerla concordar con las leyes del mundo externo.
La dialéctica ha servido para determinar, entonces, las formas de organización revolucionaria de cada época en función de las condiciones objetivas del mundo exterior. Siguiendo estos principios Lenin desarrolló su propio método organizativo, el cual se correspondía con las condiciones materiales propias del capitalismo industrial.
En un capitalismo industrial en pleno desarrollo, el modelo de organización predominante fue el de las burocracias modernas, las cuales se caracterizaban por contar con una estructura de autoridad piramidal, unas jerarquías perfectamente definidas, unas relaciones de poder reglamentadas, una división del trabajo fundada en la especialización y segmentación del mismo, y una fuerte centralización del poder en manos de unos pocos. Este tipo de aparato social era muy adecuado para la realización de tareas rutinarias propias de un medio altamente competitivo, indiferenciado y estable. La burocracia y el modelo centralizado fueron necesarios al acelerarse el ritmo de vida, lo que exigía una reacción administrativa más rápida en todos los órdenes de la vida social.
La organización burocrática y centralizada de la era industrial sirvió al capitalismo para disciplinar a los obreros en los puestos de trabajo, pero también para mantener el control sobre la población a través de un Estado burocrático que, como autoridad máxima, concentraba en sus manos todo el poder. Este modelo de organización sistematizó la represión del Estado convirtiéndolo en una máquina que controlaba todos los resortes de coerción pública.
Lenin, nutriéndose de la experiencia revolucionaria precedente y unido al sistema de conocimiento que ofrece la dialéctica, creó un método de organización acorde con las leyes objetivas que, en aquel momento histórico, regían el mundo exterior. A partir de aquí, Lenin concibió la revolución como un fenómeno de masas que requiere la existencia de una organización fuertemente centralizada compuesta por revolucionarios profesionales. La guerra pasaría a ser, entonces, un instrumento al servicio de la revolución, lo que implicó su ideologización. Fue así como se dio el salto de la guerra de guerrillas a la guerra revolucionaria.
A partir del estudio pormenorizado de la obra Von Krieg de Karl Von Clausewitz, Lenin aprendió que la guerra es la continuación de la política por otros medios, así como la importancia del principio de enemistad que establece la distinción entre amigo y enemigo. De este modo destacó la diferencia entre guerra y juego, siendo la guerra revolucionaria la guerra auténtica en la medida en que tiene su origen en una enemistad absoluta, y por tanto desconoce cualquier tipo de limitación; en cambio, el juego se corresponde con la guerra acotada clásica del Derecho Internacional europeo en la que los contendientes, lejos de ser enemigos absolutos, son meros adversarios que persiguen la derrota del otro contrincante y no su completa eliminación.
Fue así como Lenin deduciría una nueva teoría de la guerra total que transformaría definitivamente la naturaleza misma de la guerra. La realización consecuente de una enemistad absoluta le da su sentido y su justicia, la guerra adopta un carácter ideológico que determina quién es el enemigo absoluto. Las limitaciones que hasta el s. XX habían prevalecido en las contiendas entre Estados desaparecieron, las mismas que hacían de la guerra un juego regulado por una serie de normas y reglas reconocidas por los Estados, de forma que este tipo de guerra guardaba más parecido con un duelo entre caballeros que buscaban darse satisfacción que con las posteriores guerras totales.
El nuevo método organizativo resultante de estos estudios, y que pasaría a la posteridad bajo la denominación de leninismo, se basa en el establecimiento de una vanguardia revolucionaria compuesta por lo que Lenin denominó "revolucionarios profesionales". Estos profesionales de la revolución, a modo de técnicos conocedores de las leyes que rigen la política y conducidos por un particular pragmatismo de herencia maquiavélica, integrarían la vanguardia revolucionaria que pasaría a controlar el movimiento militar y político.
El Partido Bolchevique fue la vanguardia que integró a estos revolucionarios profesionales que se caracterizarían por su especialización, garantizando la homogeneidad ideológica y la capacidad de la organización en todos los ámbitos. A esto se le sumaría el elevado grado de centralización que permitía un fuerte control por parte de la dirección central sobre el conjunto de la organización. Con esta centralización se pretende, también, conseguir la máxima eficacia y rapidez en la toma de decisiones reduciéndola a unos pocos que, a modo de cabezas pensantes, desarrollan una estrategia global. La función de una vanguardia así es la preparación de las condiciones subjetivas necesarias para realizar la revolución, y al mismo tiempo conducir y dirigir el movimiento militar y político hacia la consecución de los objetivos marcados.
La organización leninista integra totalmente a sus miembros, quienes se consagran a tiempo completo a las labores de la propia organización. El centralismo y la concentración del poder en manos de unos pocos garantiza la disciplina y el orden internos, pero también la rutinaria ejecución de las decisiones emanadas de la cúpula central. El estilo y la práctica leninista se correspondía con las condiciones históricas objetivas, aquellas por las que el capitalismo industrial contaba, a su vez, con una forma de organización jerárquica y centralizada donde imperaba la división del trabajo.
Asimismo, la concentración y centralización del poder por parte del Estado, hizo del modelo de organización leninista el más adecuado para, en esas circunstancias históricas, llevar a cabo la revolución. Para esto Lenin teorizó la violencia en dos momentos diferentes. El primer momento: la toma del poder. El segundo momento: las guerras antiimperialistas.
El partisano, dentro de este esquema organizativo, pasaría a desempeñar para Lenin un papel esencial en la guerra civil nacional e internacional. Por esta razón lo convirtió en un instrumento eficaz al servicio de la dirección central del partido. Dentro de la primera fase para la toma del poder, el partisano, encuadrado en una organización militar, como combatiente político tiene encomendada la misión de extender la revolución, para lo cual desarrolla una guerra de ocupación de territorio. Esta línea estratégica se realizó durante la revolución de octubre cuando los agricultores tomaron posesión de la tierra, al mismo tiempo que en las principales ciudades rusas los consejos de obreros y soldados iban tomando el control.
Diferentes variantes de la misma estrategia organizativa y operacional se llevarían a cabo en distintos lugares del planeta, como fueron el caso de China, Cuba, Yugoslavia, etc... En todos los casos la guerra revolucionaria es liderada por una vanguardia que controla el aparato militar y el movimiento político, siendo su prioridad inmediata la toma del poder extendiendo, para ello, la revolución a través de la conquista de territorios. Eliminados los enemigos interiores del Estado, la guerra revolucionaria adopta un sentido diferente y se convierte en guerra antiimperialista orientada contra los enemigos externos de la revolución, inscribiéndose el proceso dentro de un teatro de operaciones global en la lucha contra diferentes potencias, reestructurando así la relación de fuerzas a nivel internacional.
Esta segunda fase constituye, en definitiva, la expansión e internacionalización de la revolución con el objetivo de mundializarla y destruir el imperialismo, que ha adoptado un carácter igualmente global. La exportación de la revolución contribuye a debilitar al enemigo encarnado por las potencias extranjeras, sirviendo para utilizar sus debilidades en beneficio de la revolución. Es así como hacen su aparición los movimientos de liberación y las diferentes guerrillas.
El método de organización leninista hace posible que, tras la toma del poder, la vanguardia revolucionaria sustituya a la anterior clase dirigente y, simultáneamente, a partir de sus propias estructuras de poder, establezca las nuevas instituciones y organismos públicos del nuevo Estado.
Puede decirse, en definitiva, que el leninismo consiste en una forma de organización vanguardista, compuesta por militantes dedicados a tiempo completo a las tareas de la organización y que, a modo de revolucionarios profesionales, están altamente especializados. Juntamente con esto destaca su carácter centralizador y el control que ejerce sobre el movimiento político y el aparato militar.
El principio leninista de organización demostró su validez en un período histórico en el que el poder del sistema capitalista estaba representado por una institución fuertemente centralizada como el Estado, la cual concentraba en sus manos todo el poder. El poder estaba identificado en el Estado, asemejándose a un gran monstruo de una sola cabeza. Sin embargo, en la actualidad, el sistema capitalista no ofrece las mismas condiciones objetivas que en el pasado hicieron adecuados los principios leninistas de organización, ya que el poder se ha difuminado en la medida en que el Estado se ha descentralizado y comparte el poder con otras instituciones subestatales, al mismo tiempo que organizaciones transnacionales han asumido, en muchos casos, competencias que anteriormente les correspondían en exclusiva a los Estados. A esto hay que añadirle las privatizaciones de los servicios públicos, lo que ha otorgado a las empresas y multinacionales un importante grado de influencia político y social. Por así decirlo, el sistema ya no presenta los rasgos propios de un monstruo monocéfalo sino que, por el contrario, hoy se parece más a un monstruo con multitud de cabezas y miles de tentáculos.
El modelo leninista de organización se ha vuelto inoperante en estas circunstancias, siendo su centralismo su principal debilidad en tanto en cuanto al contar con una sola cabeza, si esta es desmantelada, el conjunto de la organización desaparece. De ahí que el movimiento revolucionario mundial esté en crisis, ya que continúa aferrándose a un modelo de organización que ha dejado de ser práctico, a lo que se suma la falta de reflexión necesaria para, mediante la dialéctica, extraer de la práctica la teoría revolucionaria acorde con las condiciones objetivas actuales.
Con la aceleración del ritmo de vida se ha dado una mayor transitoriedad en las propias organizaciones a todos los niveles, tal es así que en las grandes multinacionales y corporaciones sus estructuras internas están sometidas a permanentes reorganizaciones que reordenan, continuamente, sus diferentes departamentos y secciones. Las jerarquías no tienen el carácter rígido y burocrático que tuvieron durante la era industrial del capitalismo, sino que, más bien, son flexibles y tienden a impedir la proliferación de cargos intermedios. Se trata de un tipo de organización que se autorrenueva constantemente según las cambiantes necesidades, y cuya estructura tiende a adoptar la forma de red debido a su acusada horizontalidad.
Es cada vez más habitual que se creen comisiones y grupos de trabajo temporales para fines muy específicos que agrupen a diferentes especialistas, y en los que los directivos únicamente se ocupan de las labores de coordinación y dirección general. Este tipo de grupos creados ad-hoc tienen un carácter horizontal en la medida en que sus integrantes, pertenecientes a diferentes departamentos y secciones pero seleccionados para una labor específica, se ven obligados a trabajar de forma conjunta. Unido a la especificidad y transitoriedad de estos equipos, la mentalidad de trabajo es a corto plazo, por lo que la dinámica general del funcionamiento de la organización se centra en la consecución de objetivos concretos en un espacio de tiempo breve.
Este tipo de organización es la más adecuada para un medio y unas condiciones imprevisibles, de permanente novedad y propias de lo que se ha llegado a denominar una sociedad de riesgo. El grado de movilidad que ofrece su funcionamiento responde a la necesidad de abordar problemas y cuestiones en un plazo de tiempo cada vez menor. La existencia de estructuras funcionales permanentes no impiden esta gran flexibilidad en la organización, lo que incrementa la velocidad de respuesta al reducir las escalas jerárquicas y eliminar el burocratismo.
Teniendo en cuenta las circunstancias históricas que impone la realidad actual, una organización con un mínimo de operatividad debería contar con diferentes secciones funcionales capaces de actuar de forma autónoma respecto a la dirección central. Esto implica, necesariamente, una gran diversificación de estas secciones, pero, al mismo tiempo, su coordinación para la realización de tareas concretas debería llevarse a cabo mediante de equipos o grupos de carácter temporal creados ad-hoc, compuestos por distintos especialistas de las diferentes secciones y departamentos.
La existencia de grupos de trabajo o comisiones que abarquen personal de diferentes departamentos para llevar a cabo algún proyecto, impide la burocratización y agiliza el funcionamiento de la organización. Se adquiere un mayor dinamismo y una gran rapidez en la ejecución de proyectos y decisiones. El papel de la dirección central se limitaría a emitir las directrices generales de la organización y de definir los objetivos de la estrategia general. El carácter esencialmente unitario no se diluiría por causa de la autonomía de los departamentos, ni ello contribuiría a crear escisiones, ya que los grupos de trabajo se encargarían de mantener la unidad y coordinación precisa a modo de nódulos dentro de una basta red de células en permanente interacción. De igual modo, la información fluye con mayor rapidez incrementando, simultáneamente, la flexibilidad que permite una correcta adaptación a las circunstancias del medio.
La especialización, aún siendo importante, pasa a un segundo plano debido a este nuevo modelo de organización, ocupando un mayor protagonismo la polivalencia de los propios miembros debido a que se exige de ellos una mayor flexibilidad y adaptación constante a siempre nuevas circunstancias, a un constante cambio en sus tareas, competencias y funciones dentro de la organización. La permanencia de la organización se sustituye por la transitoriedad indicada, pero al mismo tiempo se establecen relaciones entre los distintos departamentos en un plano de igualdad, desarrollándose jerarquías horizontales frente a las tradicionales jerarquías verticales del burocratismo. La complejidad de los problemas y la dificultad de alcanzar los objetivos marcados exige un nuevo planteamiento que sobrepase las viejas y estrechas disciplinas de organización.
Por otra parte, la propia iniciativa de la organización deja de recaer ya sobre la dirección central, mientras el resto del entramado organizativo de forma pasiva se limita a cumplir lo designado, sino que, por el contrario, esta iniciativa tiende a ser, cada vez más, asumida por las diferentes secciones que aprovechan su propia autonomía generando la conveniente innovación en el desarrollo de sus actividades. Todo esto contribuye a incentivar el espíritu emprendedor y a mantener una actitud activa frente al medio que rodea a la organización, lo que favorece, también, a que los propios miembros se sientan autores de su propio trabajo.
Esto representa, en definitiva, un pequeño esbozo de la necesidad de generar un nuevo método de organización y, a su vez, una nueva forma de ver el mundo que conecta directamente con en el pensamiento en red. Se trata de utilizar la dialéctica en un sentido positivo que conduzca, sin cortapisas de ningún tipo, al conocimiento objetivo de las leyes que hoy rigen el mundo exterior, para, de una vez por todas, sentar las nuevas bases de una verdadera organización revolucionaria.