LAS MIGRACIONES EN LA TEORÍA DEL CENTRO-PERIFERIA

En el s. XIX Marx esclareció las principales contradicciones del sistema económico capitalista, las cuales irremisiblemente llevarían al colapso del sistema por causa de las grandes crisis de superproducción, lo cual haría inevitable una gran revolución que supondría la transformación de las estructuras del sistema y el advenimiento del socialismo.
Sin embargo, esta teoría requirió una corrección que fue llevada a cabo por Lenin, quien pondría de manifiesto que, el capitalismo, para evitar su colapso y desaparición desarrolló el imperialismo. De esta forma, el imperialismo, como fase avanzada del capitalismo, trasladaría las contradicciones del sistema económico al ámbito internacional por medio de su expansión planetaria e ilimitada, abarcando entonces a sociedades y países que, hasta ese momento, habían permanecido al margen del proceso histórico y económico al que había dado lugar el propio capitalismo.
Fue así como se establecieron las bases de las posteriores teorías de la dependencia, aquellas que identifican un centro que, a modo de metrópoli, establece una relación estructural de explotación y subdesarrollo con la periferia. Este nuevo esquema conceptual cambió sustancialmente la forma de entender las relaciones internacionales al haberse establecido como eje fundamental de las mismas la relación Norte-sur.
Este esquema simplificado se subdivide, a su vez, cuando dentro del propio centro se señalan por su parte otro centro y otra periferia. La propia metrópoli es el medio donde una clase oligárquica dominante ejerce el dominio y la explotación mediante mecanismos políticos, jurídicos, económicos, sociales y culturales sobre la periferia, compuesta por las clases subordinadas. En este mismo sentido la propia periferia se encuentra compuesta por un centro, encarnado por instancias locales vasallas del imperialismo foráneo en sus propios territorios, y, al mismo tiempo también se identifica lo que vendría a ser una «periferia de la periferia» compuesta por las masas de explotados del Tercer Mundo.
La estructura que rige las relaciones dentro del sistema da lugar a un intercambio desigual o, lo que podría llamarse una interdependencia asimétrica en la que el centro económico mundial (representado por las potencias capitalistas avanzadas) ejerce una relación de explotación sobre la periferia (los países que dentro del sistema capitalista mundial desempeñan el papel de subordinados como fuente y almacén de recursos). De esta manera el centro impide que la periferia produzca o exporte otra cosa que no sean materias primas o productos semi-elaborados, los cuales tienen un bajo valor añadido y se encuentran supeditados a redes de comercialización y distribución ajenas o inaccesibles a ella.
El imperialismo, como fase expansiva del capitalismo bajo su forma colonialista, constituyó, históricamente, una necesidad para la subsistencia del sistema capitalista a costa del subdesarrollo de los nuevos países que fueron integrados en sus estructuras de explotación, evitando así que se dieran crisis de superproducción que colapsaran el sistema, al mismo tiempo que se mejoraban las condiciones de vida de las clases obreras dentro de las potencias imperialistas. Estas estructuras del sistema, favorables a los intereses del centro, permiten que las grandes bolsas de pobreza y miseria sean desplazadas hacia la periferia, y con ello se desplacen los agudos conflictos sociales a los que da lugar el progresivo agravamiento de las contradicciones socio-económicas.
La pobreza es un requisito fundamental para que el capitalismo pueda subsistir y desarrollarse, y es ahí donde reside el interés del propio centro para desplazar dicha pobreza hacia la periferia, la cual geográficamente se encuentra distante y garantiza la estabilidad y permanencia del propio centro. Dicha pobreza ofrece unas condiciones materiales objetivas favorables para la maximización de beneficios; esto es así en la medida en que los países de la periferia requieren inversiones y necesitan, también, obtener ingresos a partir de su producción por lo que es imprescindible que esta tenga salida en el mercado. Estas circunstancias permiten el saqueo de estos países expoliándoles sus recursos naturales junto al pago de salarios irrisorios a los trabajadores. Asimismo, las inversiones llevadas a cabo en la periferia siempre son selectivas, atendiendo siempre a determinados sectores y producciones que mantienen una situación dada.
La permanente reproducción de más y nuevas contradicciones junto a la agudización de los conflictos a la que estas mismas dan lugar, ha hecho de la periferia un espacio crecientemente inseguro, sometido a constantes vaivenes políticos y sociales como consecuencia de la existencia de conflictos armados y una cada vez mayor incertidumbre e inestabilidad. Esto, unido a la propia lógica utilitarista que conduce el funcionamiento del capitalismo en todas sus manifestaciones, ha propiciado las diferentes migraciones que se están sucediendo desde la periferia hacia el centro.
Dentro de la teoría del centro-periferia los movimientos migratorios sólo pueden concebirse en función del esquema de subordinación de la periferia hacia el centro. Esto significa que las oligarquías económicas del Norte son los principales responsables de este fenómeno socio-económico, el cual responde en última instancia a sus intereses por conseguir el máximo beneficio por medio de una mano de obra semi-esclava y mucho más barata que la autóctona.
La inmigración se ha convertido en una necesidad del centro para salvaguardar la permanencia de las actuales estructuras económicas, todo ello fruto de la propia dinámica contradictoria del capitalismo que se ha reflejado, entre otras cosas, en un crecimiento demográfico negativo (tendencia a que existan mayores defunciones que nacimientos) como consecuencia de la precariedad en el empleo que impide la formación de familias y, con ello, un aumento de la natalidad. A esto se le suma el envejecimiento de las sociedades del Norte, lo que a largo plazo sitúa al sistema en una difícil tesitura al enfrentarse a la necesidad de incorporar más trabajadores al mercado laboral para sostener el creciente número de pensionistas, pero también los cada vez mayores gastos en servicios médicos a causa de los achaques propios de una sociedad envejecida.
Asimismo, unido a lo antes dicho se suma la búsqueda del máximo beneficio y una mayor competitividad en los mercados mundiales, la cual sólo se alcanza a través de una reducción de los costes en el proceso productivo. Esto se expresa en un empeoramiento de las condiciones de trabajo con su progresiva flexibilización, el pago de unos salarios cada vez menores, y un aumento de la desregularización del empleo con un retroceso de las conquistas sociales alcanzadas hasta la fecha por las luchas obreras. A todo ello contribuyen los procesos migratorios que actualmente se están produciendo, y que suponen la aparición de un mercado de trabajo negro que hace que los salarios tiendan a la baja.
El capitalismo tiende a la superconcentración de los ingresos en la clase económica dominante, por lo que las dinámicas estructurales resultantes responden siempre a los intereses de dicha clase, lo cual implica necesariamente un agravamiento de la explotación sobre las clases subordinadas del centro, equiparando así a los trabajadores autóctonos con los trabajadores inmigrantes en nivel de renta, posición social, derechos y condiciones laborales.
El propio sistema capitalista se encarga de emplear su maquinaria ideológica y cultural para justificar los movimientos migratorios que únicamente tienen su razón de ser en los intereses económicos de una minoría social. Para ello se presenta dicho fenómeno como una necesidad ineludible de las sociedades receptoras, o incluso como una solución a los actuales problemas económicos. Esta distorsión plantea la problemática migratoria en unos términos que son impuestos por la propia clase dominante, y con ello adopta un sentido favorable a sus intereses, cuando la causa última de los problemas económicos en general, y de las migraciones en particular, se encuentra en las estructuras del sistema que responden a los intereses de la oligarquía dominante.
Un cambio y transformación en las estructuras actuales del sistema supondría la supresión de las relaciones de explotación y, simultáneamente, una mejora de las condiciones de vida del conjunto de la sociedad, pero ello iría contra los intereses de la actual minoría económica rectora, a la que le interesa que exista un importante excedente laboral en parados al tiempo que desarrolla el trabajo negro y no remunerado con los inmigrantes.
Además de esto, con el creciente perfeccionamiento y mejora de los servicios de seguridad y represión del sistema que le confieren un mayor control sobre la población, se desarrollan nuevas estrategias económicas y políticas consistentes en controlar la inmigración pero no de cara a regularla, sino con la única finalidad de que, dado el caso, no produzca problemas de orden público que puedan desestabilizar el normal funcionamiento del sistema. Es así como cobran sentido las iniciativas que en Europa se están llevando a cabo, y las cuales consisten en medidas que van desde las expulsiones masivas, pasando por los programas de integración hasta llegar a la firma de contratos con el Estado para, dado el caso, si el inmigrante no cumple unas determinadas condiciones sea devuelto a su país de origen.
La fórmula del capitalista se reduce a lo siguiente: se importa mano de obra barata, pero, si esta comienza a quejarse o a dar problemas que alteren el orden público y pongan en peligro la estabilidad del sistema, se deporta a los inmigrantes y se aplica la más brutal represión. De ahí que aparezcan de repente propuestas políticas como la creación del denominado Instituto de la Inmigración, cuyo cometido sería, ni más ni menos, que curarse en salud importando mano de obra esclava a la carta para los empresarios explotadores, es decir, inmigrantes dóciles y sumisos que estén dispuestos a cobrar una miseria por el trabajo que vayan a desempeñar. Este tipo de propuestas constituyen un verdadero insulto hacia la población autóctona, la cual, implícitamente, es considerada como incapaz para desempeñar ciertos trabajos, cuando en España existen desempleados lo suficientemente cualificados como para que se pueda prescindir de mano de obra procedente de otros países. Pero la razón de fondo por la que esto no se hace la constituyen los pésimos salarios que se ofrecen en determinados empleos, lo que hace que los propios nativos no quieran trabajar tanto y en tan malas condiciones por tan poco.
La raíz del problema se encuentra, en esencia, en el interés de una oligarquía por importar mano de obra (barata) para incrementar sus beneficios. Y el sinsentido de esta circunstancia estriba en las estructuras de explotación imperantes que únicamente benefician a una minoría y perjudica al resto. La economía no se encuentra al servicio del conjunto de la población para la satisfacción de sus necesidades, sino que está al servicio de una minoría que únicamente persigue su interés depredador, buscando maximizar beneficios por cualesquiera medios. Esto impide que se pongan a disposición de la sociedad los medios necesarios para producir las condiciones de vida precisas que hagan, a largo plazo, completamente innecesario la importación de trabajadores.
El constante goteo de inmigrantes al continente únicamente puede detenerse si se toman medidas a nivel estructural, lo que implica desalojar del poder a la oligarquía, la máxima beneficiaria de estos procesos migratorios. Sólo de este modo se podría, de una vez por todas, suprimir las relaciones de subordinación que existen hoy entre el centro y la periferia, de forma que esta última se volviera autónoma y pudiera desarrollarse por sí misma. Roto este esquema se impondrían, necesariamente, los espacios geoeconómicos autocentrados que, a su vez, desarrollarían relaciones con otros espacios colindantes en un plano de igualdad y no de subordinación.
Pero un buen comienzo para cambiar la situación actual sería una mejora de los salarios en general, pero del salario mínimo interprofesional en particular, junto a sus correspondientes subidas en función del incremento de la inflación, unido a la recuperación de los derechos y conquistas sociales perdidas por causa de las medidas neoliberales aplicadas en el mundo laboral que produjeron la flexibilización del trabajo, un mejoramiento de las condiciones laborales y la correspondiente accesibilidad a la vivienda para el conjunto de la población y la juventud en particular (las migajas representadas por las actuales subvenciones para la vivienda joven no son una solución). Estas podrían constituir las líneas maestras de una política social que haría posible una mayor estabilidad laboral, una mejora de la calidad de vida y un incremento del poder adquisitivo, lo que sentaría las bases materiales para un incremento de la natalidad y, a su vez, un aumento del empleo que, a largo plazo, evitaría la quiebra de los servicios sociales y aseguraría la subsistencia de los pensionistas.
Las plutocracias, a través de las migraciones, siempre tenderán a romper y destruir la solidaridad obrera utilizando a los inmigrantes como competidores frente a los trabajadores autóctonos. Esto se agravará en la medida en que los inmigrantes se vayan convirtiendo en un problema social creciente (desórdenes, disturbios, delincuencia, masificaciones, carga económica, etc.), para lo que se propagará el discurso racista que ponga coto cerrado a los inmigrantes de cara a garantizar la permanencia del sistema. Los enfrentamientos étnicos, fomentados por el racismo y el nacionalismo en general, sirven como solución de emergencia e instrumento de depuración social de los elementos revoltosos e indeseables para la clase dirigente. Por todo esto, no hay nada mejor para la clase explotadora que comprar a la mitad de los explotados para que acabe con la otra mitad y todo siga como estaba.



