Viernes, Febrero 29, 2008

LAS MIGRACIONES EN LA TEORÍA DEL CENTRO-PERIFERIA


 

En el s. XIX Marx esclareció las principales contradicciones del sistema económico capitalista, las cuales irremisiblemente llevarían al colapso del sistema por causa de las grandes crisis de superproducción, lo cual haría inevitable una gran revolución que supondría la transformación de las estructuras del sistema y el advenimiento del socialismo.

Sin embargo, esta teoría requirió una corrección que fue llevada a cabo por Lenin, quien pondría de manifiesto que, el capitalismo, para evitar su colapso y desaparición desarrolló el imperialismo. De esta forma, el imperialismo, como fase avanzada del capitalismo, trasladaría las contradicciones del sistema económico al ámbito internacional por medio de su expansión planetaria e ilimitada, abarcando entonces a sociedades y países que, hasta ese momento, habían permanecido al margen del proceso histórico y económico al que había dado lugar el propio capitalismo.

Fue así como se establecieron las bases de las posteriores teorías de la dependencia, aquellas que identifican un centro que, a modo de metrópoli, establece una relación estructural de explotación y subdesarrollo con la periferia. Este nuevo esquema conceptual cambió sustancialmente la forma de entender las relaciones internacionales al haberse establecido como eje fundamental de las mismas la relación Norte-sur.

Este esquema simplificado se subdivide, a su vez, cuando dentro del propio centro se señalan por su parte otro centro y otra periferia. La propia metrópoli es el medio donde una clase oligárquica dominante ejerce el dominio y la explotación mediante mecanismos políticos, jurídicos, económicos, sociales y culturales sobre la periferia, compuesta por las clases subordinadas. En este mismo sentido la propia periferia se encuentra compuesta por un centro, encarnado por instancias locales vasallas del imperialismo foráneo en sus propios territorios, y, al mismo tiempo también se identifica lo que vendría a ser una «periferia de la periferia» compuesta por las masas de explotados del Tercer Mundo.

La estructura que rige las relaciones dentro del sistema da lugar a un intercambio desigual o, lo que podría llamarse una interdependencia asimétrica en la que el centro económico mundial (representado por las potencias capitalistas avanzadas) ejerce una relación de explotación sobre la periferia (los países que dentro del sistema capitalista mundial desempeñan el papel de subordinados como fuente y almacén de recursos). De esta manera el centro impide que la periferia produzca o exporte otra cosa que no sean materias primas o productos semi-elaborados, los cuales tienen un bajo valor añadido y se encuentran supeditados a redes de comercialización y distribución ajenas o inaccesibles a ella.

El imperialismo, como fase expansiva del capitalismo bajo su forma colonialista, constituyó, históricamente, una necesidad para la subsistencia del sistema capitalista a costa del subdesarrollo de los nuevos países que fueron integrados en sus estructuras de explotación, evitando así que se dieran crisis de superproducción que colapsaran el sistema, al mismo tiempo que se mejoraban las condiciones de vida de las clases obreras dentro de las potencias imperialistas. Estas estructuras del sistema, favorables a los intereses del centro, permiten que las grandes bolsas de pobreza y miseria sean desplazadas hacia la periferia, y con ello se desplacen los agudos conflictos sociales a los que da lugar el progresivo agravamiento de las contradicciones socio-económicas.

La pobreza es un requisito fundamental para que el capitalismo pueda subsistir y desarrollarse, y es ahí donde reside el interés del propio centro para desplazar dicha pobreza hacia la periferia, la cual geográficamente se encuentra distante y garantiza la estabilidad y permanencia del propio centro. Dicha pobreza ofrece unas condiciones materiales objetivas favorables para la maximización de beneficios; esto es así en la medida en que los países de la periferia requieren inversiones y necesitan, también, obtener ingresos a partir de su producción por lo que es imprescindible que esta tenga salida en el mercado. Estas circunstancias permiten el saqueo de estos países expoliándoles sus recursos naturales junto al pago de salarios irrisorios a los trabajadores. Asimismo, las inversiones llevadas a cabo en la periferia siempre son selectivas, atendiendo siempre a determinados sectores y producciones que mantienen una situación dada.

La permanente reproducción de más y nuevas contradicciones junto a la agudización de los conflictos a la que estas mismas dan lugar, ha hecho de la periferia un espacio crecientemente inseguro, sometido a constantes vaivenes políticos y sociales como consecuencia de la existencia de conflictos armados y una cada vez mayor incertidumbre e inestabilidad. Esto, unido a la propia lógica utilitarista que conduce el funcionamiento del capitalismo en todas sus manifestaciones, ha propiciado las diferentes migraciones que se están sucediendo desde la periferia hacia el centro.

Dentro de la teoría del centro-periferia los movimientos migratorios sólo pueden concebirse en función del esquema de subordinación de la periferia hacia el centro. Esto significa que las oligarquías económicas del Norte son los principales responsables de este fenómeno socio-económico, el cual responde en última instancia a sus intereses por conseguir el máximo beneficio por medio de una mano de obra semi-esclava y mucho más barata que la autóctona.

La inmigración se ha convertido en una necesidad del centro para salvaguardar la permanencia de las actuales estructuras económicas, todo ello fruto de la propia dinámica contradictoria del capitalismo que se ha reflejado, entre otras cosas, en un crecimiento demográfico negativo (tendencia a que existan mayores defunciones que nacimientos) como consecuencia de la precariedad en el empleo que impide la formación de familias y, con ello, un aumento de la natalidad. A esto se le suma el envejecimiento de las sociedades del Norte, lo que a largo plazo sitúa al sistema en una difícil tesitura al enfrentarse a la necesidad de incorporar más trabajadores al mercado laboral para sostener el creciente número de pensionistas, pero también los cada vez mayores gastos en servicios médicos a causa de los achaques propios de una sociedad envejecida.

Asimismo, unido a lo antes dicho se suma la búsqueda del máximo beneficio y una mayor competitividad en los mercados mundiales, la cual sólo se alcanza a través de una reducción de los costes en el proceso productivo. Esto se expresa en un empeoramiento de las condiciones de trabajo con su progresiva flexibilización, el pago de unos salarios cada vez menores, y un aumento de la desregularización del empleo con un retroceso de las conquistas sociales alcanzadas hasta la fecha por las luchas obreras. A todo ello contribuyen los procesos migratorios que actualmente se están produciendo, y que suponen la aparición de un mercado de trabajo negro que hace que los salarios tiendan a la baja.

El capitalismo tiende a la superconcentración de los ingresos en la clase económica dominante, por lo que las dinámicas estructurales resultantes responden siempre a los intereses de dicha clase, lo cual implica necesariamente un agravamiento de la explotación sobre las clases subordinadas del centro, equiparando así a los trabajadores autóctonos con los trabajadores inmigrantes en nivel de renta, posición social, derechos y condiciones laborales.

El propio sistema capitalista se encarga de emplear su maquinaria ideológica y cultural para justificar los movimientos migratorios que únicamente tienen su razón de ser en los intereses económicos de una minoría social. Para ello se presenta dicho fenómeno como una necesidad ineludible de las sociedades receptoras, o incluso como una solución a los actuales problemas económicos. Esta distorsión plantea la problemática migratoria en unos términos que son impuestos por la propia clase dominante, y con ello adopta un sentido favorable a sus intereses, cuando la causa última de los problemas económicos en general, y de las migraciones en particular, se encuentra en las estructuras del sistema que responden a los intereses de la oligarquía dominante.

Un cambio y transformación en las estructuras actuales del sistema supondría la supresión de las relaciones de explotación y, simultáneamente, una mejora de las condiciones de vida del conjunto de la sociedad, pero ello iría contra los intereses de la actual minoría económica rectora, a la que le interesa que exista un importante excedente laboral en parados al tiempo que desarrolla el trabajo negro y no remunerado con los inmigrantes.

Además de esto, con el creciente perfeccionamiento y mejora de los servicios de seguridad y represión del sistema que le confieren un mayor control sobre la población, se desarrollan nuevas estrategias económicas y políticas consistentes en controlar la inmigración pero no de cara a regularla, sino con la única finalidad de que, dado el caso, no produzca problemas de orden público que puedan desestabilizar el normal funcionamiento del sistema. Es así como cobran sentido las iniciativas que en Europa se están llevando a cabo, y las cuales consisten en medidas que van desde las expulsiones masivas, pasando por los programas de integración hasta llegar a la firma de contratos con el Estado para, dado el caso, si el inmigrante no cumple unas determinadas condiciones sea devuelto a su país de origen.

La fórmula del capitalista se reduce a lo siguiente: se importa mano de obra barata, pero, si esta comienza a quejarse o a dar problemas que alteren el orden público y pongan en peligro la estabilidad del sistema, se deporta a los inmigrantes y se aplica la más brutal represión. De ahí que aparezcan de repente propuestas políticas como la creación del denominado Instituto de la Inmigración, cuyo cometido sería, ni más ni menos, que curarse en salud importando mano de obra esclava a la carta para los empresarios explotadores, es decir, inmigrantes dóciles y sumisos que estén dispuestos a cobrar una miseria por el trabajo que vayan a desempeñar. Este tipo de propuestas constituyen un verdadero insulto hacia la población autóctona, la cual, implícitamente, es considerada como incapaz para desempeñar ciertos trabajos, cuando en España existen desempleados lo suficientemente cualificados como para que se pueda prescindir de mano de obra procedente de otros países. Pero la razón de fondo por la que esto no se hace la constituyen los pésimos salarios que se ofrecen en determinados empleos, lo que hace que los propios nativos no quieran trabajar tanto y en tan malas condiciones por tan poco.

La raíz del problema se encuentra, en esencia, en el interés de una oligarquía por importar mano de obra (barata) para incrementar sus beneficios. Y el sinsentido de esta circunstancia estriba en las estructuras de explotación imperantes que únicamente benefician a una minoría y perjudica al resto. La economía no se encuentra al servicio del conjunto de la población para la satisfacción de sus necesidades, sino que está al servicio de una minoría que únicamente persigue su interés depredador, buscando maximizar beneficios por cualesquiera medios. Esto impide que se pongan a disposición de la sociedad los medios necesarios para producir las condiciones de vida precisas que hagan, a largo plazo, completamente innecesario la importación de trabajadores.

El constante goteo de inmigrantes al continente únicamente puede detenerse si se toman medidas a nivel estructural, lo que implica desalojar del poder a la oligarquía, la máxima beneficiaria de estos procesos migratorios. Sólo de este modo se podría, de una vez por todas, suprimir las relaciones de subordinación que existen hoy entre el centro y la periferia, de forma que esta última se volviera autónoma y pudiera desarrollarse por sí misma. Roto este esquema se impondrían, necesariamente, los espacios geoeconómicos autocentrados que, a su vez, desarrollarían relaciones con otros espacios colindantes en un plano de igualdad y no de subordinación.

Pero un buen comienzo para cambiar la situación actual sería una mejora de los salarios en general, pero del salario mínimo interprofesional en particular, junto a sus correspondientes subidas en función del  incremento de la inflación, unido a la recuperación de los derechos y conquistas sociales perdidas por causa de las medidas neoliberales aplicadas en el mundo laboral que produjeron la flexibilización del trabajo, un mejoramiento de las condiciones laborales y la correspondiente accesibilidad a la vivienda para el conjunto de la población y la juventud en particular (las migajas representadas por las actuales subvenciones para la vivienda joven no son una solución). Estas podrían constituir las líneas maestras de una política social que haría posible una mayor estabilidad laboral, una mejora de la calidad de vida y un incremento del poder adquisitivo, lo que sentaría las bases materiales para un incremento de la natalidad y, a su vez, un aumento del empleo que, a largo plazo, evitaría la quiebra de los servicios sociales y aseguraría la subsistencia de los pensionistas.

Las plutocracias, a través de las migraciones, siempre tenderán a romper y destruir la solidaridad obrera utilizando a los inmigrantes como competidores frente a los trabajadores autóctonos. Esto se agravará en la medida en que los inmigrantes se vayan convirtiendo en un problema social creciente (desórdenes, disturbios, delincuencia, masificaciones, carga económica, etc.), para lo que se propagará el discurso racista que ponga coto cerrado a los inmigrantes de cara a garantizar la permanencia del sistema. Los enfrentamientos étnicos, fomentados por el racismo y el nacionalismo en general, sirven como solución de emergencia e instrumento de depuración social de los elementos revoltosos e indeseables para la clase dirigente. Por todo esto, no hay nada mejor para la clase explotadora que comprar a la mitad de los explotados para que acabe con la otra mitad y todo siga como estaba.

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Martes, Febrero 19, 2008

¿Y AHORA QUÉ?


 

Es importante recordar que, entre 1998-1999, se dio lugar en Kosovo un importante enfrentamiento armado en el que se vieron involucradas las fuerzas de seguridad de Serbia y la guerrilla albano-kosovar UÇK, lo que más tarde serviría de pretexto a los EE.UU. para intervenir a través del aparato militar a de la OTAN y, con ello, fragmentar territorialmente a la república de Serbia.

El último conflicto en los Balcanes europeos se desencadenó a raíz de la actividad del UÇK, narco-guerrilla financiada y apoyada por los EE.UU., la cual emprendió actividades violentas contra el Estado serbio y su población en la provincia de Kosovo. El proceso desestabilizador propiciado por EE.UU. y sus aliados occidentales (Alemania, Francia, Reino Unido e Italia) a través del UÇK, desembocó en la intervención militar de la OTAN con el objetivo de fragmentar territorialmente el Estado serbio y, al mismo tiempo, desalojar a Milosevic del poder acusándolo de crímenes de lesa humanidad contra la población albano-kosovar.

Lo cierto es que pese a que, formalmente, es una misión de la ONU la encargada de gobernar en la provincia, de facto es la misión de la OTAN primero y ahora de la UE quien se encarga de desempeñar esta función. Kosovo se ha convertido de esta manera en un protectorado de las potencias occidentales, y sobre todo de los EE.UU. que ha instalado allí una base militar de la OTAN.

Serbia, sin ser un miembro de la OTAN ni de la UE, ha sido fragmentada territorialmente y violada su soberanía por estas organizaciones, las cuales han operado al margen de la ONU y su resolución 1.244 en la que de forma explícita y clara establece y garantiza la integridad territorial y la soberanía de la República Serbia sobre la provincia de Kosovo. La independencia de Kosovo (que representa un 15% del territorio serbio con 10.887 km2), auspiciada por Occidente de cara a favorecer sus propios intereses, ha sido presentada internacionalmente como un caso excepcional fruto de un conflicto bélico anterior y con el que no se pueden establecer paralelismos.

Sin embargo, la supuesta excepcionalidad únicamente responde a los intereses occidentales y a la acción emprendida por las potencias euroamericanas, quienes permitieron que el UÇK llevara a cabo su propia limpieza étnica, la misma que llevó a 200.000 serbios a dejar Kosovo. Por esta razón las últimas elecciones parlamentarias realizadas en dicha provincia carecen de validez, ya que estas han sido el resultado final de un proceso de aislamiento y confinación de la minoría serbia para, así, propiciar unos resultados favorables a la independencia y, consecuentemente, favorables también para los intereses occidentales.

El clima de tensión desarrollado por los propios dirigentes albano-kosovares insuflando el odio étnico y religioso contra las minorías, especialmente la serbia, es motivo suficiente como para cuestionarse la validez y solvencia de las elecciones al parlamento kosovar, las cuales fueron llevadas a cabo en una situación de tensión y coacción unida a la actual ocupación militar, lo cual, de entrada, invalida cualquier resultado. Sin embargo, las potencias ocupantes se apresuraron a reconocer dichos resultados puesto que estos favorecían sus intereses y situaba al frente de Kosovo a su propio candidato.

Asimismo, desde Occidente, se ha esgrimido como principal instrumento de justificación de la secesión kosovar el hecho de que, debido a que las circunstancias de la guerra (inducida y provocada por Occidente, pero presentada al mundo a través de la prensa mediática como un genocidio serbio sobre los albano-kosovares) que llevaron a la actual situación de ocupación de la OTAN y ahora de la misión de la UE, y debido a que entre Prístina y Belgrado no se llegó a ningún acuerdo, la independencia de Kosovo resultaba ser la mejor solución ante el estancamiento de las negociaciones.

Por otra parte también se ha argumentado que, a causa de la imposibilidad de asegurar la convivencia bajo un mismo Estado a diferentes grupos étnicos, es preciso reconocer la independencia de Kosovo, lo que trae consigo una serie de consecuencias que, como precedente, puede dar lugar a unos graves resultados. Esto se refleja, sobre todo, en que se viola el derecho internacional al saltarse la resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de la ONU, debilitándose a la máxima organización internacional y el propio derecho internacional que ha regido en los últimos 100 años las relaciones entre países. Esto contribuye a que las leyes internacionales pierdan fuerza en su reconocimiento y aplicación, por lo que a partir de ahora cualquier país podrá utilizar este precedente para eludir cualquier resolución de la ONU si lo cree conveniente.

La existencia de una mayoría étnica albanesa frente a una minoría serbia, la cual previamente había sido convenientemente reducida por medio de la eliminación física o la migración forzosa, ha sido uno de los principales argumentos sobre los que fundamentar la independencia kosovar, hecho que terminará avivando los separatismos en otras regiones de Europa donde existen nacionalismos fuertemente implantados. Es interesante hacer notar cómo los nacionalistas periféricos en España se han apresurado en hacer sus respectivas advertencias al Estado español, con el claro propósito de hacerle tomar nota de que ellos también están dispuestos a reclamar su independencia y, al igual que Kosovo, acceder a un proceso de autodeterminación que les lleve a su completa secesión.

Pero además de utilizar un criterio étnico para justificar la secesión de Kosovo, también se encuentra una contradicción de fondo muy importante, es la que ataña al proyecto de integración europea que ha sido la razón de ser de la UE de cara a garantizar la paz en el continente, y que con esta secesión pone entredicho su propio sentido como organización supranacional europea. El establecimiento de nuevas fronteras con la creación de nuevos Estados dentro del continente europeo, no contribuye a ninguna integración sino, por el contrario, a desintegrar más si cabe el territorio europeo con el establecimiento de nuevas taifas y, a la vez, a fomentar los conflictos y poner en peligro la paz.

En el seno de la UE se han reflejado posturas contrapuestas que han impedido que, la misma UE, se haya posicionado claramente sobre la independencia kosovar delegando en los respectivos Estados, según sus intereses y su política exterior, la conveniencia o no de reconocer al nuevo Estado. Ello prueba, una vez más, que no existe política exterior y de seguridad común en Europa, por lo que cada país termina tomando sus propias decisiones en este ámbito. Mientras esto sea así Europa no podrá aspirar nunca a ser una verdadera potencia a nivel internacional, y mucho menos competir con o frente a otros bloques geopolíticos y, tampoco, a establecer alianzas estratégicas de gran calado.

Países como España, Grecia, Malta, Chipre, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia, todos ellos miembros de la UE, se resisten al reconocimiento de la declaración de independencia unilateral de Kosovo, sin llegar a ningún acuerdo satisfactorio entre la parte serbia y kosovar, y violando a su vez los acuerdos internacionales fruto de la resolución de paz 1.244 que se efectuó en 1999. Esta postura contrasta con la de Alemania, Francia, Italia o Reino Unido, seguidos de otros países que se muestran proclives a reconocer la independencia pero que aún no han tomado una decisión al respecto.

Pero han sido los EE.UU. los primeros que, después de la proclamación de independencia efectuada por el parlamento kosovar el domingo 17 de febrero, han reconocido la independencia de Kosovo comprometiéndose a establecer completas relaciones con el nuevo Estado. La conveniencia de esta decisión por parte de los americanos responde a sus intereses, con los cuales quieren incrementar la influencia de Albania en la zona, su mayor aliado, dentro del proyecto etnicista de una nación desperdigada a lo largo de diferentes Estados como Montenegro, Serbia, Macedonia o Grecia entre otros.

La continua amputación territorial a la que ha sido sometida Serbia responde a un plan que actúa en dos direcciones: reducir al mínimo exponente la influencia Serbia en los Balcanes, y por lo tanto impedir que Rusia intente proyectar su poder en la región; y, al mismo tiempo, garantizar a Alemania su patio trasero mitteleuropeo por medio de la completa disolución de Yugoslavia.

La antigua República Federativa de Yugoslavia consiguió agrupar dentro de un proyecto político común a diferentes grupos étnicos, culturales y religiosos, en la que los serbios ejercían un papel protagonista desempeñando la función de liderazgo. La amplitud territorial de esta República limitaba notablemente la influencia alemana en Europa central que, tradicionalmente, ha sido su órbita de intereses geopolíticos. Asimismo, durante la guerra fría Yugoslavia mantuvo una política exterior neutral distanciada tanto del bloque occidental como del oriental apoyando el Movimiento de los No-Alineados. Con la inminente caída del bloque socialista se hacía imprescindible romper la cohesión y unidad yugoslava en beneficio de los intereses occidentales, de ahí que Gran Bretaña, el Vaticano, Francia y Alemania instigaran los nacionalismos internos con el único propósito de disolver Yugoslavia y extender sobre esta su influencia geopolítica.

Destruida la anterior unidad de poder que representaba Yugoslavia, y fragmentada ya en diferentes Estados de escasa importancia en cuanto a extensión territorial, estos no tardaron en situarse dentro de la órbita de intereses occidental, máxime cuando sus propias elites políticas habían contado con su apoyo logístico y político. Pero continuó siendo Serbia el único país que siguió prestando resistencia, para lo que se desarrolló la desestabilización de Kosovo y, posteriormente como ha ocurrido, concederle su independencia.

Las consecuencias de esta independencia son impredecibles, pero es muy probable que a causa de esto Serbia se vea cada vez más aislada ya que, a medida que diferentes países vayan reconociendo el nuevo Estado, irá simultáneamente cortando relaciones o reduciéndolas al mínimo. Esto puede generar una situación muy peligrosa, la misma que históricamente ha dado lugar a las diferentes guerras balcánicas. Por otro lado ello contribuirá a que se incremente la presencia e influencia rusa, la cual comienza a hacerse patente después de que Gazprom, la empresa estatal rusa de gas y petróleo, haya comprado la empresa gasífera de Serbia. A esto quizá podría añadirse a medio plazo la posibilidad de que Serbia, ante la imposibilidad de defender su integridad territorial y sus intereses por sí misma, ofrezca a Rusia establecer alguna base militar en su territorio. Una opción que no resulta descabellada y que, en la medida en que se vayan desarrollando los acontecimientos, podría llegar a hacerse efectiva.

La anulación a nivel institucional y político de la secesión kosovar efectuada por el parlamento serbio, unido, a su vez, al corte y boicot en las relaciones económicas con Kosovo contribuirán a que Serbia se aísle todavía más del mundo y a incrementar su dependencia con respecto a Rusia. Esto conllevará un incremento de la inestabilidad, máxime si Serbia, al no poder defender su soberanía sobre Kosovo a través de su ejército y policía, promueve la secesión del norte de Kosovo donde vive la minoría serbia, lo que también puede desencadenar más secesionismos en los Balcanes, como por ejemplo en Bosnia-Herzegovina, donde casi la mitad de la población es serbia.

Una hipotética secesión del norte de Kosovo podría impulsarse a un nivel político e institucional con apoyo del Estado serbio financiando a los serbios residentes para que no migren, de manera que, utilizando la federación de los distintos municipios de mayoría serbia se creara un organismo superior que proclamara su independencia al modo de como se hizo durante la guerra yugoslava en el interior de Bosnia-Herzegovina. La problemática actual de esta posibilidad estriba en que las fronteras de Kosovo son controladas por la OTAN y, ahora, por la UE con su misión especial, por lo que una hipotética independencia no contaría con un respaldo directo por parte de Serbia en lo que a cuestiones logísticas y de seguridad se refiere, y que sí lo pudo ofrecer a la república secesionista serbia de Bosnia durante el conflicto.

En cualquier caso, la frontera norte de Kosovo será, desde ahora, el principal foco de tensión en la zona, y prueba de ello lo son los recientes incidentes registrados por parte de ataques serbios, unido, también, a las protestas que la población serbia de Kosovo lleva a cabo contra la ocupación de la OTAN y, más aún, contra la independencia de la provincia.

Otras repúblicas como Macedonia, Montenegro o mismamente Grecia, ven como una amenaza esta independencia unilateral conseguida con el beneplácito de los EE.UU. y el respaldo de las principales potencias de la UE y al margen de la ONU, ya que en su interior albergan importantes minorías albanesas que, ante este precedente, pueden reclamar su independencia. Esto podría propiciar una intervención exterior que diese lugar a una situación similar a la de Kosovo y que terminara otorgando la independencia estas minorías. Y lo cierto que un nuevo conflicto balcánico perjudicaría a todo el mundo, menos a los EE.UU., quienes incrementarían su presencia a través de la OTAN sirviendo dichas guerras como de pretexto adecuado para su intervención. De hecho en Kosovo ya cuenta con una importante base militar.

Por otra parte, y casi simultáneamente, las repúblicas de Osetia del sur y Abjasia han hecho públicas sus intenciones de pedir el reconocimiento de su independencia a Rusia, a la CEI (Comunidad de Estados Independientes que agrupa a las antiguas ex-repúblicas soviéticas) y a la ONU. Independientemente de lo que finalmente ocurra a este respecto, no es desechable la idea de que Rusia las termine reconociendo y, también, otras antiguas repúblicas soviéticas como respuesta al desenlace de la crisis kosovar.

Pero también es destacable que la independencia de Kosovo no implicará una mejora de su situación económica, ya que existe un paro del 30%, una fuerte inflación, altos índices de pobreza y la presencia de mafias y organizaciones criminales vinculadas al tráfico de estupefacientes, las cuales han hecho de Kosovo el centro de entrada y distribución de las drogas procedentes de Pakistán y Afganistán vía Turquía. Por este motivo Kosovo sólo podrá ser un Estado viable en la medida en que cuente con el respaldo de las potencias occidentales, y por lo tanto con apoyo económico expresado en forma de subvenciones y cooperación a nivel comercial de cara al desarrollo del nuevo país. La diáspora albanesa, la propia Albania y la financiación privada serán, en gran medida, el principal sostén del nuevo Estado. Por este mismo motivo no es poco probable que, dentro del propio Kosovo, se lleguen a reproducir otra clase de conflictos que pueden dar lugar a fuertes estallidos de violencia una vez se compruebe que la independencia no ha reportado una mejora económica y social para la población.

Pero a todo esto habrá que añadirle el corte de electricidad, gas, petróleo, teléfono, agua e internet procedente de Serbia, unido al rechazo por Serbia y Rusia de pasaportes kosovares junto al cierre de fronteras que impermeabilizará a Kosovo en su zona norte. Son medidas que más pronto que tarde termine poniendo en práctica Serbia. Asimismo, un hipotético embargo comercial prolongado en el tiempo lejos de perjudicarle a Serbia, debido a que Kosovo aún siendo una zona de cierta importancia comercial pero en una posición geográfica y económica desventajosa, podría avivar las contradicciones sociales internas dentro del Estado.

Aún en el caso de que Kosovo sea reconocido por diferentes países occidentales, al no poder integrarse en la ONU por no contar con la aprobación de Rusia y China en el Consejo de Seguridad, su papel en el mundo será marginal no pudiendo intervenir en las  relaciones internacionales como actor de pleno derecho.

La repulsa serbia a la secesión kosovar se ha reflejado en multitudinarias manifestaciones en Belgrado, pero también en el ataque a la embajada americana en la capital así como contra las instituciones representantes del poder occidental. Sin duda ello contribuye a una mayor radicalización a nivel social que, de alguna manera, contribuirá a corto plazo a agudizar las divergencias en el ejecutivo sobre cómo responder ante la secesión, lo que podría generar una crisis en la coalición gobernante que desembocara en la realización de elecciones legislativas anticipadas, cuando actualmente están previstas realizarlas en mayo de 2011. Algo así podría generar más tensión e inestabilidad ante la incertidumbre internacional sobre los resultados derivados de la votación, la cual adquiriría, sin la menor duda, el carácter de referéndum en torno al alineamiento definitivo de Serbia: un acercamiento a la UE a largo plazo, o una alianza incondicional con Rusia.

En caso de elecciones legislativas es probable que la actual oposición liderada por Nikolic fuera la vencedora, o por lo menos obtuviera mayor representación que los proeuropeos de Tadic. En tal caso se daría una situación por la que el poder ejecutivo sería de un color político diferente del legislativo, lo que inevitablemente desarrollaría una serie de tensiones que podrían resolverse a través de una comisión conciliadora. En función del peso político que obtuvieran los prorusos de Nikolic, Tadic se vería más o menos obligado a radicalizar su mensaje y a conciliar su postura con la oposición. Sin embargo esto se trata, todavía, de una hipótesis que aún está por comprobar y que ello dependerá de si finalmente Kostunica y Tadic acuerdan un plan por medio del que afrontar la secesión kosovar.

Sin duda el margen de acción de Serbia es bastante limitado, y las medidas que emprenda en la medida en que vayan adoptando mayor repercusión, dependerán cada vez más del respaldo ruso y de aquellos apoyos que logre recabar entre los países que no están dispuestos a reconocer el nuevo Estado. Pero esto, lejos de ser un hecho aislado, guarda estrecha relación con otros procesos que se están produciendo en el resto del continente, como son los casos de Pridniestrovie, Ucrania, Absajia, Osetia del Sur, Macedonia, etc., y que se inscriben dentro de una lucha por espacios de poder entre Oriente y Occidente, entre los aliados euroamericanos y el bloque euroasiático liderado por Rusia.
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Viernes, Febrero 15, 2008

EL NOMADISMO DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA


 

La tierra constituye el escenario sobre el que el hombre desarrolla su vida bajo diferentes formas de existencia, es así como se pueden establecer, a nivel general, dos grandes tipos de relación entre el hombre y la tierra, que definen, a su vez, los tipos respectivos de las dos especies de pueblos que han existido desde los orígenes de la presente humanidad, y más concretamente desde el momento en que en ella se dio lugar a una primera diferenciación entre sedentarismo y nomadismo.

Tanto el sedentarismo como el nomadismo han originado el establecimiento de diferentes relaciones entre el hombre y la tierra, lo que ha generado también distintos modos de ver el mundo y su complejidad, engendrando en cada caso una particular personalidad que ha sido impresa sobre sus respectivas formas de vida y de organización social.

La vida de los pueblos sedentarios se basa en su fijación al suelo, sobre el que establecen límites trazando fronteras y construyendo ciudades, lo que constituye un elemento de estabilidad y de duración en el tiempo por cuanto sus obras, y por ende todo cuanto llevan a cabo, es realizado con la finalidad de perdurar indefinidamente. El tiempo es concebido como una continuidad temporal indefinida, pues para ellos es la tierra, como elemento de referencia, la que cobra su primacía. De este modo su actividad espacial ligada a la agricultura y, consecuentemente, a la construcción de ciudades, predomina sobre el tiempo, en el cual se proyectan sus obras con vistas a hacerse eternas. Es así como el espacio vence al tiempo a través de la duración.

Por el contrario, los pueblos nómadas se caracterizan por su movilidad, desplazándose de un lugar a otro dedicándose al pastoreo, lo cual les impide llevar a cabo cualquier creación duradera al no estar asentados de forma permanente en un mismo sitio, por esta razón no trabajan para un porvenir que no entienden. El espacio es concebido como una realidad carente de límites y frente al que se abren continuamente nuevas posibilidades, pues para ellos es el tiempo, como elemento de referencia, el que cobra su primacía. El tiempo predomina sobre el espacio a través del desplazamiento de un lugar a otro, generando una movilidad permanente que se manifiesta en la transitoriedad de la relación con la tierra. Es así como se afirma el papel «devorador» del tiempo, el cual vence al espacio a través del desgaste.

El tiempo y el espacio, como principios contrarios pero complementarios, generan sus correspondientes influencias recíprocas dando lugar a una serie de equilibrios, manteniendo sus respectivas acciones en unos límites compatibles con la existencia humana normal.

En el caso del nomadismo la acción se despliega sobre el espacio ya que, al no existir las fronteras, este no ofrece límites de ningún tipo. La ausencia de una estabilidad y un equilibrio fruto de la permanencia en un lugar conduce a los pueblos nómadas a migrar constantemente, vagando por la tierra y modificándose continuamente por el influjo del tiempo. El dinamismo y la movilidad propias del nómada están determinados por el tiempo, que condiciona sus desplazamientos y la duración de su presencia en los lugares de paso.

Sin embargo, la acción en el sedentarismo se despliega sobre el tiempo, pues este se concibe como una continuidad infinita, carente de principio y fin. El carácter estático que ofrece la fijación a la tierra genera una noción del tiempo diferente a la de los nómadas, pues el cambio se produce a un ritmo menor. Así, las sociedades sedentarias,  aún produciéndose cambios en su interior, quedan estabilizadas por el espacio, razón por la que tienden a trabajar para el tiempo con el propósito de que sus creaciones permanezcan. El espacio establece sus propias limitaciones reflejadas en las fronteras, que constituyen la objetivación de la idea de dominio que nace del sentido de propiedad que lleva consigo todo sedentario, lo que le hace dotarse a sí mismo de un espacio vital habitable.

Hasta el final de la Edad Media, imperó en Europa un modelo de organización social sedentario que mantuvo cierta estabilidad gracias al cultivo de la tierra como principal actividad económica, lo que le garantizó su correspondiente armonía interna. La permanencia en un lugar estaba intrínsecamente unida a la agricultura, quedando la economía orientada hacia la subsistencia y supeditada, al mismo tiempo, a los fines del Estado. El campo de acción quedaba, de esta forma, circunscrito en un espacio determinado y preciso.

El carácter cerrado y acotado propio de toda sociedad sedentaria, la cual se establece sobre unos límites territoriales, contribuye a la creación de relaciones verticales de poder que se plasman en el Estado como principal forma política de organización de la sociedad. Son las limitaciones espaciales las que contribuyen a un desarrollo de las formas políticas de organización que encuentran en el Estado su culminación. Sin embargo, ello no impedirá que se desarrollen conflictos con otras unidades de poder de cara a la apropiación de nuevos espacios. Esto se deberá, en gran medida, al hecho de que las fronteras son, por su propia naturaleza, elementos de tensión geopolítica.

Por el contrario, los pueblos nómadas nunca han sido creadores de grandes Estados ni de civilizaciones, ya que todo ello implica como prerrequisito la sujeción a un territorio fijo sobre el que sentar las bases de una organización política compleja. Por esta razón, y al no contar con límites de carácter espacial, sus limitaciones han sido siempre de índole temporal al ser el pastoreo su principal base económica, a lo que se le uniría poco después el comercio internacional. Así, entre los nómadas tienden a desarrollarse relaciones horizontales de poder que, generalmente, tienen un carácter provisional frente a la permanencia y durabilidad del poder de un Estado. Este tipo de relaciones se expresan a través de una interdependencia y encuentran en el comercio su más clara expresión.

Los nómadas, debido a su permanente migración de un lado a otro en busca de nuevos pastos, desarrollaron el comercio a larga distancia al entrar en contacto con diferentes pueblos, lo que les permitió traficar con mercancías de diferentes lugares que eran muy apreciadas en los pueblos que no tenían acceso directo a ellas. Un claro ejemplo de esto lo fue la ruta de la seda que hizo posible el contacto económico y comercial con Oriente.

Las relaciones comerciales se encuentran conducidas por el mero interés, de ahí que su carácter sea siempre provisional y que, al mismo tiempo, genere una interdependencia entre quienes desarrollan este tipo de actividad. Esta interdependencia se refleja en la horizontalidad de estas relaciones marcadas por la negociación y el acuerdo, expresándose el poder en la información e influencia de que se dispongan más que en los recursos económicos propios, ya que cuanto mayor sea la interrelación y la existencia de más contactos, mayor es la influencia con la que se cuenta pudiendo disponer, en potencia, de más recursos de los que se tienen. Además, la colaboración que se entabla en este plano es, siempre, coyuntural y circunstancial, pudiéndose prolongar por espacios de tiempo variables, siendo la movilidad una constante en todo el proceso.

La transitoriedad de las relaciones comerciales estaba asociada, en su momento, a la movilidad migratoria del nómada, quien siempre se encontraba desplazándose y únicamente hacía un alto en el camino cuando se trataba de negocios, cuando veía una buena oportunidad para conseguir beneficios. Esta movilidad se encontraba limitada y condicionada por los medios de comunicación y desplazamiento que existían en la época. Las relaciones que establecían con las personas quedaban restringidas al ámbito del comercio, y por ello solían ser bastante efímeras. Al mismo tiempo, la relación con la tierra era, igualmente, provisional en la medida en que constantemente estaban desplazándose, de forma que eludían los controles de los Estados evitando, además, establecer relaciones duraderas con estructuras de poder político que les pudieran atar a algún lugar.

Pero sería el desarrollo de los avances técnicos aplicados a áreas como la navegación y, consecuentemente, a las comunicaciones en general, lo que produciría importantes cambios que harían entrar al mundo medieval en los albores de la modernidad, originando así profundas transformaciones en el entramado social, económico, político, cultural, filosófico, etc... del hombre, cambiando para siempre su forma de ver el mundo y de verse a sí mismo.

Serían las innovaciones científicas aplicadas a la navegación las que desarrollarían una revolución espacial, y esto sería así en la medida en que contribuyeron a cambiar radicalmente las nociones del espacio que hasta entonces habían prevalecido. La mentalidad y el estilo de vida propio del nómada se trasplantó, a partir de entonces, al mar, dando origen a los nuevos nómadas marítimos encarnados tanto por los balleneros como por intrépidos exploradores, comerciantes, etc. Fue entonces cuando las distancias comenzaron a acortarse y se desarrollaron las grandes rutas transoceánicas por las que discurriría el comercio internacional. Se dio, por así decirlo, el tránsito de la era thalásica, caracterizada por la navegación de los mares cerrados, a una era oceánica de navegación a través de los mares abiertos u océanos mundiales.

La introducción de un nuevo tipo de vela que permitía navegar aprovechando no sólo el viento de popa sino también el lateral, dio lugar a un cambio significativo en la navegación ya que, desde entonces, el viento pasó a ser la principal fuerza impulsora de las embarcaciones, prescindiéndose ya de la fuerza del hombre que había movido las grandes galeras. Se emprendió así la navegación a larga distancia unido a mejoras como la del compás moderno que añadiría mayor precisión a las cartografías.

Además de la precisión alcanzada en el cálculo de las distancias unido al uso exclusivo de la fuerza del viento para los desplazamientos marítimos, la invención del reloj mecánico dio lugar a que el tiempo adquiriera un carácter abstracto y cuantificable al haber sido reducido a unidades de medición homogéneas. El reloj mecánico que posteriormente devendría en cronómetro, nació de la necesidad de los comerciantes de cuantificar el tiempo para sus negocios, ya que de ello dependía el éxito de los mismos. A partir de aquí el tiempo pasó a contar con su propia medida, lo que serviría para especular con el futuro, fundamentalmente de cara a calcular el tiempo de desplazamiento de mercancías, las fluctuaciones de precios, el cobro de intereses, etc. Se dio el paso de un tiempo regido por el calendario, que encontraba en la conmemoración de eventos históricos su legitimación, para ser sustituido por el horario que encuentra su legitimación en el futuro, al cual aspira planificar. Se abandonó una regulación del tiempo a gran escala para adoptar una a pequeña escala distribuida en horas, minutos y segundos, lo que significaba comenzar a pensar cada vez más a corto plazo.

El tiempo abandonó todo su carácter cualitativo para convertirse en un simple instrumento para el comercio y, con ello, asegurar mayores beneficios. El tiempo fue desacralizado y desprovisto de cualquier contenido espiritual que hasta entonces había conservado, y que lo ponía en relación con fluctuaciones cíclicas de fenómenos astronómicos (solsticios y equinoccios), mitos arquetípicos, leyendas antiguas, gestas, héroes antiguos, profetas, etc..., pero siempre guardando relación con el pasado y manteniendo connotaciones espirituales. La rigidez de la nueva ordenación temporal fue la sustitución de un tiempo orgánico, cíclico, por un tiempo inorgánico, lineal y muerto propio del maquinismo que conduce, progresivamente, hacia un creciente automatismo que desposee al hombre de su tiempo interior y biológico, vinculado con los asuntos humanos, a la vez que se le niega cualquier relación con un tiempo cósmico que le provea de cierto sentido de la trascendencia.

Como recurso económico, la regulación del tiempo a través de la sincronización y uniformización se hizo imprescindible ya que, posteriormente, serviría para organizar la producción industrial, el trabajo de los asalariados y, con todo ello, el conjunto de los medios de producción. Desde entonces la máquina marcaría el ritmo y dictaría el tiempo.

El cambio en la noción del tiempo anticiparía, por así decirlo, el advenimiento de la industrialización y de los avances científicos aplicados a la producción a través de las máquinas. El imparable desarrollo de la ciencia proveyó de un dominio sobre las fuerzas elementales, reduciendo las cosas a su aspecto cuantitativo para aprovechar el poder que alberga la materia y, desde ese momento, ponerlo al servicio de las exigencias económicas de la producción. La técnica desencadena las fuerzas ínferas que residen en el interior de la tierra, y con ello la movilidad se convierte en absoluta pues la técnica, en su desarrollo, no admite cortapisas espaciales para la instalación de sus medios de control, comunicación y conexión.

La movilización total que produce la técnica crea un dinamismo omnidisolvente eliminando cualquier estabilidad y duración. Esto se refleja en la magnitud de los recursos que es capaz de movilizar de forma intensiva, recursos que son tanto físicos, naturales como humanos. Se trata de un proceso que, por su propia lógica interna, se ha terminado mundializando, y la interdependencia ha encontrado su reflejo en la conexión que el aparato tecnológico ha implantado, lo que ha generado un sistema cuyos componentes están sumamente interrelacionados, de forma que la alteración de alguno de estos tiene su repercusión en el conjunto del sistema.

Lo único que importa ya es el movimiento, que este se mantenga aunque carezca de sentido, ya que es el que hace que el sistema y su civilización sigan funcionando. Todo ello ha dado lugar a un incremento del ritmo del propio cambio, a una aceleración fruto de esa creciente movilidad que ha sido propiciada por la técnica y sus avances. La capacidad de movilizar recursos se ha incrementado, y ello ha supuesto un aumento de las conexiones y una mejora de las comunicaciones.

La noción de tiempo está intrínsecamente unida al propio cambio, sin este todo permanecería inmutable. Por este motivo la realidad se concibe como un proceso en el que se dan variaciones, cambios y transformaciones. Nada es imperecedero, todo pasa y nada permanece. Sin embargo, con los avances de la ciencia y sus aplicaciones técnicas el ritmo de cambio ha variado y se ha ido acelerando progresivamente. En este sentido ha contribuido de forma decisiva no sólo la magnitud de recursos que se pueden movilizar, sino sobre todo la ruptura de las barreras del espacio-tiempo, acortando las distancias e incrementando la velocidad por la cual esos cambios se llevan a cabo.

La ciencia ha sentado las bases de una Era crecientemente dinámica, en la que cada vez suceden más acontecimientos en un espacio de tiempo cada vez menor, lo que supone, en definitiva, una densificación de la historia. Se dan cambios que producen, a su vez, otros cambios que se llevan a cabo de forma más rápida. Es así como el cambio se acelera y la duración de una situación dada tiende a cero. La inmediatez se hace patente en prácticamente todo, por lo que las relaciones del hombre con sus cosas, con los lugares, con las personas y con las organizaciones se vuelven aún más transitorias y efímeras.

El claro reflejo de esta nueva circunstancia en la que se encuentra el hombre moderno es, por ejemplo, la relación que tiende a mantener con sus cosas. La tendencia a suprimir la duración se manifiesta en las cosas de una manera un tanto sutil pero clara, como es el caso de aquellos objetos y productos de usar y tirar (pañuelos de papel, bolígrafos, mondadientes, envoltorios, etc.), y lo mismo ocurre con la duración de otras cosas como sucede con la ropa, los muebles, etc., cuya duración es cada vez menor. Asimismo también se está extendiendo la costumbre de alquilar las cosas por un breve espacio de tiempo, y esto se da con ropa como con coches, muebles, y toda clase de objetos que se puedan imaginar. De esta manera se han ido cambiando las expectativas del hombre en su relación con las cosas, una relación que cada vez es más provisional y con vistas a una menor duración que como ocurría en el pasado: ropa y calzado si no duraban para toda la vida sí por mucho tiempo, no se cambiaba con mucha frecuencia de coche, etc. Las cosas no están hechas para que duren el máximo de tiempo posible, sino todo lo contrario de forma que termina siendo más barato sustituir que reparar.

La economía ha evolucionado de la permanencia a la impermanencia, y de la misma forma que ello se ha manifestado en la producción de cosas también se ha hecho sentir en la relación del hombre con los lugares. Cada vez es más habitual que la gente se vea obligada a dejar su lugar de residencia para trasladarse a otra ciudad por motivos laborales, a abandonar su ciudad natal y dejar con ello amistades, familia e incluso hábitos. La creciente comunicación e interconexión ha acortado las distancias, y por eso es más fácil desplazarse de un lugar a otro independientemente de lo lejos que esté. Antes no se solía cambiar de domicilio, sin embargo, en la actualidad, lo común es que ocurra lo contrario y que a lo largo de la vida se haya cambiado el lugar de residencia en varias ocasiones. A esto se le suma los cada vez más y mayores desplazamientos que se realizan, tanto por coche como por avión o barco.

Con esto se incrementa también la tendencia a viajar a lo largo y ancho del mundo, es el fenómeno de los trotamundos, quienes adoptan una vida de nómadas y van de un lado a otro pasando pequeñas temporadas en determinados lugares, normalmente para conseguir algo de dinero de cara a emprender otro viaje a algún otro lugar lejano.

Juntamente con lo anterior cabe destacar la aparición de las viviendas y edificios modulares, aquellos cuya estructura general no cambia pero cuyas subestructuras internas son susceptibles de adoptar diferentes formas y disposiciones, de manera que siempre mantenga la apariencia de ser una construcción permanentemente nueva por dentro. A ello cabría añadir el hecho de que en las ciudades es muy habitual la demolición y construcción de edificios, los traslados interurbanos de determinados establecimientos, etc., que someten a una continua transformación a la ciudad.

Se comprueba que existe un menor apego al suelo y que la relación del hombre moderno con la tierra es, cada vez más, de mayor carácter provisional. Esto se refleja en la cultura del cambio, en el deseo de constantes novedades. Asimismo la creciente movilidad también permite una mayor distancia entre el lugar de residencia y el de trabajo. Pero, en general, se reproduce bajo formas modernas el estilo de vida propio del nómada, aquel que nunca está de forma permanente en un único lugar, y para el que lo importante es el tiempo, tanto para los desplazamientos como para la duración de su estancia en una determinada ciudad.

La duración de las relaciones entre las personas ha cambiado de forma sustancial, y al igual que entre los pueblos nómadas, su duración se ha reducido significativamente. Cada vez es más común que las relaciones tiendan a ser más efímeras e impersonales. Esto se explica no sólo por el carácter nómada del hombre y la civilización moderna, sino también por el propio factor demográfico de la urbanización que fomenta el anonimato y la impersonalidad en las relaciones, además de su propia eventualidad.

Las relaciones se vuelven fragmentarias ya que, generalmente, tienen un interés limitado. Esto quiere decir que cuando nos relacionamos con una persona lo hacemos, por así decirlo, con un módulo o parte de su personalidad, pues definimos nuestras relaciones en términos funcionales, por este motivo cuando buscamos un par de zapatos, y no el aprecio o la amistad de quien los vende, no nos interesa lo que piense o deje de pensar el vendedor, sus opiniones, sus gustos, etc. La tendencia es tener un mayor número de relaciones mientras que su duración es cada vez menor.

Los constantes cambios geográficos del lugar de residencia unido, también, a los cambios de trabajo, producen una alteración importante en las relaciones con las personas, estas tienden a perdurar únicamente en casos particulares, como pueden ser los familiares o amigos íntimos, mientras que en el resto de relaciones su duración es variable y provisional.

En último lugar y en lo que a todo esto respecta, se encuentran las relaciones que el hombre mantiene con la organización, tanto en el plano laboral como cultural, social y político. Es común que en las empresas se den reestructuraciones continuas que trasladan a un empleado de un departamento a otro, que se vea obligado a desempeñar otra función de la que desarrollaba con anterioridad y a trabajar con nuevos compañeros, e incluso estos cambios son cada vez más frecuentes y su duración, por tanto, mucho menor.

Pero al mismo tiempo que se comprueba la existencia de cambios importantes en la organización del trabajo, con sus correspondientes alteraciones en las escalas jerárquicas y en los organigramas de empresa, a nivel social y cultural esto también se manifiesta, como puede ser en la integración en asociaciones de todo tipo: de padres, amas de casa, aficionados a deportes de riesgo, senderistas, partidos políticos, sindicatos, etc. Es más frecuente la pertenencia a varias asociaciones de diferente tipo, como también los cambios en dichas organizaciones, por lo que la relación con las mismas es menos duradera ya sea porque se abandonan, dejan de existir, etc.

El nomadismo de la civilización moderna se ha plasmado en su extrema movilidad, y esta encuentra su repercusión en todas las facetas de la vida del hombre. La ausencia de la permanencia y de cualquier fijación que desarrolle cierta duración, manifiesta claramente la evolución histórica hacia formas de vida que tienen su correspondencia con los principales rasgos del nomadismo, de ahí que la duración tienda a ser abolida en beneficio de una mayor transitoriedad, de un carácter efímero y fragmentario de la vida en el que cobra su primacía el factor tiempo.

La ausencia de barreras espaciales que ha impuesto la globalización, unido a la extensión planetaria del sistema capitalista, ha contribuido a que se haya producido una equiparación de todos los agentes y actores sociales, económicos, políticos, culturales, etc., lo que forma parte de la lógica de las relaciones de poder horizontales que la interdependencia y la conexión tecnológica producen. Se establece una tupida red en la que se dan espacios multicentrados por los que fluye energía, materia e información, y en la que existen nódulos que conectan todo con todo.

Sin duda es el movimiento lo que caracteriza a la modernidad, un movimiento desenfrenado y con claras tendencias caóticas producidas por la creciente complejidad del entramado tecnoeconómico al que ha dado lugar. La intensidad del cambio se ha acrecentado como causa de la falta de una estabilidad y una fijación con el suelo, de ahí que sea ya la velocidad con la que ocurren las cosas, y la inmediatez con la que se producen, el factor fundamental en torno al que gira el desenvolvimiento de las situaciones y, también, de los propios avances científico-técnicos.

Inmediatez, movilidad y dinamismo desenfrenados, creciente transitoriedad en las relaciones (con la tierra, las cosas, las personas y las organizaciones), equiparación igualitaria que desarrolla relaciones horizontales de poder y una mayor interdependencia que, al mismo tiempo, produce una mayor interconexión que se extiende planetariamente al no encontrar límites o barreras geográficas. La duración a largo plazo a dado paso a lo efímero y momentáneo, a un tiempo volátil y huidizo, a un incremento de la velocidad de las interacciones que conlleva, a su vez, un incremento de los acontecimientos en menos tiempo, en definitiva, lo que se podría llamar una densificación de la historia. Por todo esto se puede concluir que la modernidad, como fase histórica y generadora de un nuevo tipo de civilización, hace suyos los principales rasgos del nomadismo que se convierten en el fundamento estructural del sistema-mundo.
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Sábado, Febrero 09, 2008

BIOCOMBUSTIBLES: EL INVENTO DEL DIABLO


Volvemos a publicar de nuevo este artículo debido a que por causa de problemas técnicos se había perdido en su momento.

La base energética de la sociedad, hasta la primera revolución industrial, fue la fuerza animal, la del hombre y aquella que proveían los elementos de la naturaleza como el agua, el aire, etc. Pero fue con las revoluciones industriales cuando se dio un salto cualitativo, ya que a partir de entonces se adoptó una nueva base energética basada en los recursos fósiles (carbón, gas, petróleo...).

Actualmente, y tras un largo y progresivo desarrollo de la sociedad industrial, se han creado, a su vez, unas nuevas condiciones de vida que hacen imprescindibles dichos recursos energéticos, pues su ausencia supondría el fin definitivo de la civilización tecnológica actual así como todas las formas de vida que ha desarrollado.

A día de hoy, cuando se ve cada vez más cercano el fin de la era del petróleo, se hace imprescindible la búsqueda y consecución de nuevas fuentes de energía que puedan llegar a, llegado el caso, sustituir la actual dependencia petrolífera. Por este motivo se han comenzado a desarrollar los biocombustibles, que consisten en utilizar materia orgánica procedente de cultivos para crear combustible.

Los biocombustibles, constituyen en última instancia un invento perverso que únicamente contribuirá a profundizar el proceso de disolución y destrucción que está en marcha. Supone un salto cualitativo producto de la mentalidad materialista, por lo que se prueba de forma manifiesta hasta dónde se está dispuesto a llegar con tal de que la vigente civilización perdure en el futuro. Se está dispuesto, entonces, a sacrificar millones de toneladas de cultivos para alimentar a las máquinas, en vez de alimentar bocas humanas que estén verdaderamente necesitadas.

La superabundancia material a la que nos ha llevado la industrialización, ha dado lugar a que el sistema capitalista haya desarrollado, simultáneamente, sus propias formas de explotación social y económica que ahora se hacen cada vez más patentes en el terreno alimenticio.

Todo ello guarda relación, a su vez, con la gran difusión de los programas y productos agrícolas transgénicos, es decir, manipulados genéticamente, que ofrecen una mayor resistencia biológica hacia las plagas, los efectos destructivos de la climatología, etc., pero que a su vez constituyen un instrumento por medio del que, las multinacionales (como Montsanto entre otras), pretenden llevar a cabo un control sobre la producción mundial de alimentos.

Las semillas transgénicas contribuyen a destruir las semillas autóctonas, y su utilización crea una dependencia económica entre los productores con las grandes multinacionales explotadoras, que fuerzan a los agricultores a utilizar los abonos químicos que estas mismas empresas producen, generando de esta manera un círculo vicioso del que no pueden escapar los agricultores.

La existencia de miseria y pobreza en el mundo, además de ser una necesidad del propio sistema económico capitalista para poder subsistir, representa un instrumento de poder y dominación con el cual seguir explotando amplias zonas del planeta, las cuales quedan supeditadas, a modo de periferia, a los grandes centros económicos y financieros que dirigen el proceso general de la globalización.

La implantación y el desarrollo de los biocombustibles responde a varias dinámicas profundamente interrelacionadas, pero que en conjunto se encuentran orientadas hacia un fin común: agudizar la dependencia económica, y por tanto también alimenticia, de la periferia hacia el centro, y en otro lugar asegurar a corto plazo la subsistencia del tipo de civilización actual que aún mantiene en los recursos fósiles su base energética fundamental.

En el mundo entero se producen suficientes alimentos como para erradicar el hambre en todo el planeta, sin embargo, las estructuras económicas del capitalismo mundial generan dependencias que hacen posible la miseria en medio de la abundancia. Son notables los excedentes agrícolas existentes en la UE, e igualmente en los EE.UU., el Canadá o Australia. Pero la problemática gira en torno al mercado, para el cual se produce, ya que la sociedad industrial introdujo la separación entre productor y consumidor, lo que establece una dependencia hacia quien controla el mercado (los intermediarios), y a su vez hacia quienes controlan la emisión de dinero. Se trabaja para obtener un salario que permita, a su vez, adquirir aquellos bienes y servicios necesarios para la subsistencia.

Con la puesta en marcha de los biocombustibles con la finalidad de disminuir la dependencia con el petróleo, los excedentes derivados de la producción agrícola disminuirán, pero ello no constituirá, en cualquier caso, un descenso lo suficientemente grande como para incrementar desmesuradamente el precio de los productos básicos de la alimentación. Por todo esto, el aumento de los precios de estos productos responden a una corriente especulativa llevada a cabo por los intermediarios, en este caso las grandes empresas y mayoristas. Así, aprovechando el temor a la escasez de alimentos debido a su nueva aplicación en el terreno energético, justifican el alza generalizado de los productos en más de un 30%, lo que implica, también, el aumento del precio de la cesta de la compra mientras los ingresos de las familias se mantienen invariables.

Esta actividad especulativa responde a una estrategia oligopolística llevada a cabo por las marcas líderes del mercado, cuya única finalidad es incrementar de manera encubierta sus beneficios. Para ello aducen un incremento del precio de las materias primas, lo cual es del todo falso en la medida en que el trabajo del productor no se encuentra remunerado, ya que dichos precios le son impuestos por los mayoristas. Por todo esto podemos percibir que el aumento de estos productos básicos se refleja en el mercado español, pero no así en Alemania, Francia o Italia, donde no se han dado dichas subidas, lo que hace aún más sospechosa la posibilidad de que las principales empresas de la alimentación están desarrollando una política oligopolística acordando los precios de sus productos.

Sin duda, es posible que a largo plazo, en la medida en que el empleo de los biocombustibles se extienda y, unido a las tendencias especulativas fruto de la necesidad de seguridad en el abastecimiento energético cuando la era petrolífera desaparezca, se generará un incremento descomunal de los precios de productos básicos de la alimentación, como puede ser el pan y todos los derivados de los alimentos compuestos de cereales, llegando a alcanzar niveles parecidos a los que hoy tiene el petróleo. De llegarse a este extremo, la situación se hará insostenible y generará importantes conflictos sociales y una completa desestructuración económica. Pero por el momento, los abusos de precios en el mercado responden únicamente al carácter mezquino de grandes multinacionales para maximizar sus beneficios.

La civilización industrial tiene los días contados, y su base energética representa su principal problema para poder sobrevivir de cara al futuro en las actuales condiciones. Sin embargo, los biocombustibles suponen una clara señal de que ese fin está cerca, y que un invento tan perverso sólo puede tener como consecuencia una aceleración de los acontecimientos en el sentido indicado.
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