Jueves, Marzo 27, 2008

UN DUELO EXISTENCIAL por Claudio Mutti


Artículo publicado con motivo de la primera guerra del Golfo y traducido por Enrique Moreno Roldán. Debido a que el artículo conserva gran parte de su actualidad procedemos a su publicación en castellano.
 

Guerra para restablecer al emir fantoche en la dirección general de la Superbanca Kuwaitiana. Guerra para el control de las fuentes energéticas. Guerra para dejar clara la supremacía de Israel en todo Oriente Medio. Guerra para reafirmar la hegemonía estadounidense en Europa. Guerra para instaurar el "nuevo orden" proclamado desde Bush.

La agresión contra Irak supone seguramente todos estos objetivos. Pero hay algo más, más allá de todo esto. Y, por usar las palabras de un cualificado portavoz del occidentalismo italiano, Luciano Pellicani, el inicio de la guerra cultural entre Occidente y el Islam, la primera fase de un "duelo existencial" schmittiano que debería hacer realidad el triunfo de la Modernidad sobre las ruinas de la única cultura que todavía no ha sido homologada al sistema capitalista. Un cualificado exponente del pensamiento laico y progresista, Norberto Bobbio, ha expresado una tesis análoga: la acción militar contra Irak es indispensable para contrastar el peligro islámico, que amenaza la civilización occidental. Y no está carente de significado el hecho de que la tesis de Bobbio haya sido ya suscrita desde "Hiram", revista oficial de Palazzo Giustiniani.

Se podrá objetar que una interpretación de este género presenta alguna dificultad. La primera está en la matriz ba'thista del régimen iraquí, o sea, en una orientación doctrinal emparentado con la cultura política occidental: El Partido de la Resurrección (Ba'th) Árabe, fundado por un intelectual cristiano educado en Francia, no se inspira del todo en el "fundamento islámico", pero reclama oficialmente un nacionalismo panárabe que prescinde de las referencias religiosas y prefija como intento la "construcción del socialismo". Otra objeción que podría plantearse para contradecir el esquema trazado por Pellicani y Bobbio, es que en la coalición antiiraquí se encuentran 170.000 soldados musulmanes y que la base para las operaciones militares se encuentra en el territorio de Arabia Saudita, un país que pasa por ser la fortaleza de la más rigurosa ortodoxia islámica. Por otra parte, el derecho a hablar en el nombre del Islam ha sido denegado a Sadam Hussein mismo por algunos altos exponentes de la jurisprudencia musulmana, como Ahmed Kaftar (gran mufti de Siria y jefe de la Suprema Consulta islámica), Gad alHaqq (muftí de la universidad del Cairo del Azhar), ‘Abd el' Azîz Ibn Bâz (rector de la universidad de Medina) y otros.

Todo esto, a nuestro parecer, no perjudica para nada la validez de la interpretación del actual conflicto en términos de "duelo existencial" entre Occidente y el Islam.

De hecho, si es verdadero e incontestable que la actual ordenación política iraquí no está basada en los principios contenidos en el Corán y en el ejemplo normativo (Sunna) del profeta, es igualmente verdadero e incontestable que el pueblo iraquí es un pueblo musulmán, parte integrante de la nación islámica (umma), y que el potencial industrial, tecnológico y militar de Irak es patrimonio de esta última.  Y es precisamente por esto que los EE.UU. han decidido redimensionar radicalmente Irak. De esto deriva, según escribe en una editorial el órgano del Frente Islámico de la Salvación argelino, que es deber religioso de los creyentes "preservar el potencial iraquí, operar sin complejos y sin egoísmos criminales para reforzarlo, incrementarlo, desarrollarlo y hacer partícipes a los otros pueblos del Islam. Cada acción en sentido contrario es pura y simple traición a la nación islámica en general, a Palestina y a la ciudad santa de Jerusalén en particular. La guerra del Golfo, según el FIS, es por esto una "guerra de civilización" y constituye una "cuestión de existencia o inexistencia de la nación islámica".

Estas posiciones, expresadas desde un movimiento islámico militante que tiene la fuerza suficiente para poder hablar en plena libertad y autonomía, son por esto mismo más cualificadas, ortodoxas y representativas que no aquellas asumidas desde Azhar, de Riyad y de Damasco, sometido a los respectivos gobiernos y por tanto portavoces  de los clanes colaboracionistas de aquellos países. "Sería necesario -ha dicho el sheik Hamanî, ex presidente de la Suprema Consulta Islámica- que el mundo musulmán pudiese convocar un congreso de juristas libres, que no se celebre ni en Bagdad ni en la Meca. Cierto es que La Meca es la ciudad santa, la capital de los musulmanes, pero hoy se encuentra bajo la ocupación de los jeques del petróleo, que han llamado a los cruzados a su país"

En cuanto a la presunta ortodoxia islámica del régimen saudita, si todavía tuvieseis necesidad de que se os demostrara la total inconsistencia, no se insistirá jamás lo suficiente en hacer notar que el wahabismo presenta marcadas características heterodoxas y que, como tal, ha sido refutado y condenado por los doctores del Islam, tanto de suníes como chiítas. Alojando en su territorio de la península arábiga las tropas de los EE.UU. y sus satélites, por lo tanto, el corrupto régimen de los jeques petrolíferos de Riyad no ha hecho más que comportarse coherentemente con la naturaleza hipócrita y anti-islámica del wahabismo, la cual por otra parte se ha manifestado en el nacimiento del mismo Estado saudita. Los eventos actuales constituyen, en definitiva, la demostración de que no era una simple expresión propagandística la calificación de "Islam americano" aplicada por parte del imán Khomyni a la parodia de Islam puesta en acto por los jefes saudíes.

Non puede luego existir duda de que el choque actual sea efectivamente un duelo existencial, más que una simple reanudación neocolonialista.

Y esto lo han comprendido las vanguardias más conscientes de la nación islámica, desde Marruecos al Asia Central, por lo cual la bandera de Irak, sobre la que hoy predomina el lema Allahu Akbar, se ha convertido en el emblema de una identidad cultural reencontrada unitaria y viviente, amenazada por la colisión con el imperio del mal.

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Lunes, Marzo 24, 2008

TÍBET ES CHINA


 

No es ninguna casualidad que con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos en Pekín, se haya desarrollado en el Tíbet, y más concretamente en la ciudad de Lhasa, disturbios protagonizados por independentistas tibetanos contra la autoridad del Estado chino en la región autónoma.

Desde hace meses Occidente ha llevado a cabo una campaña para desacreditar y boicotear a China a través de los grandes mass-media, para lo que se ha utilizado como pretexto la constante violación de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas (esos mismos Derechos Humanos que Occidente viola con los vuelos de la CIA y sus cárceles secretas en Europa), unido a las constantes peticiones por parte de diferentes organizaciones controladas por Occidente (ONU, ONG's, etc) para dialogar con el gobierno tibetano en el exilio y solucionar el conflicto político en torno a la región autónoma de Tíbet.

Todo esto se enmarca dentro de la estrategia general que está desarrollando el bloque euroamericano en torno a Europa oriental y Asia, y que en los últimos años se ha expresado por medio de diferentes revoluciones naranjas y de terciopelo (Ucrania y Georgia, pero también ver los intentos en Bielorrusia y Kazajstán), y revoluciones de los monjes en el sudeste asiático como fue el caso de Birmania, con el propósito de desestabilizar los regímenes no colaboracionistas y, al mismo tiempo, promover la expansión del bloque económico-militar atlántico sobre el continente euroasiático.

Las tácticas empleadas por los EE.UU. y la UE se basan en utilizar simultáneamente el poder mediático-informativo a nivel internacional, así como las organizaciones opositoras dentro de los diferentes países junto a movimientos sociales ya existentes o creados ad-hoc, con los que desarrollan manifestaciones, desobediencia civil, boicots, sentadas y distintas formas de protesta con el objetivo de crear tensiones y desestabilizar los gobiernos hasta derrocarlos o, por lo menos, encontrar fórmulas conciliadoras que permitan a la oposición conseguir cotas de poder dentro del Estado lo que, inmediatamente, confiere al bloque Occidental la capacidad de decisión sobre dicho país y determinar, finalmente, el rumbo del mismo en materia internacional plegándolo a sus exigencias.

El antiguo golpismo de la era de confrontación entre bloques unido al abastecimiento militar y logístico de guerrillas o paramilitares, ha sido sustituido, en gran parte, por las nuevas tácticas postmodernas de desestabilización y derrocamiento de regímenes. Es así como han adoptado un especial relieve la infiltración llevada a cabo a través de ONG's, las cuales han sembrado la discordia social dentro de los regímenes reticentes a las políticas occidentales (ver el caso de Rusia y Bielorrusia, entre otros), siendo un importante elemento de presión sobre sus gobiernos a la vez que cuentan con el soporte y apoyo de los grupos mediáticos, aquellas corporaciones informativas que dan relieve internacional a dichas agrupaciones y sirven, también, para legitimar sus actuaciones.

La CIA, junto a diferentes servicios secretos occidentales, desarrolla actividades clandestinas con los grupos de oposición, los cuales son subvencionados y apoyados de forma encubierta. Es notable el hecho de que dichos servicios se encargan de preparar a cuadros dirigentes para enseñarles las principales técnicas de movilización social, adiestrándolos en tácticas de sabotaje, boicots, enfrentamientos con las autoridades, organización de protestas y manifestaciones "espontáneas", etc. Esta es la forma con la que intentan darle un carácter popular y cierta legitimidad social a las demandas que realizan a través de estos grupos, los cuales sirven de instrumento de presión para Occidente.

La pantalla informativa internacional de los mass-media genera una opinión pública mundial favorable a los intereses de las grandes potencias occidentales, ya que, así, presentan al mundo su visión del conflicto o problema como si fuera la única, apoyando de esta manera las demandas y peticiones de aquellos elementos que dentro de los países que se intentan desestabilizar operan al servicio de Occidente. La información es, aquí, propaganda utilizada para predisponer a la comunidad internacional y conseguir apoyos externos con los que presionar al país.

Este modus operandi es el que se ha utilizado en diferentes lugares y momentos para generar tensiones, desestabilizar y, en última instancia, derrocar a gobiernos y regímenes que no complacen a Occidente. Dentro de este contexto se sitúa el caso particular del Tíbet, coincidiendo, a su vez, con otras coyunturas que han hecho propicio el desencadenamiento de una ola de protestas y boicots que han estallado, aparentemente, de forma espontánea justo antes del comienzo de los Juegos Olímpicos de Pekín.

Pero lo cierto es que el caso de Kosovo, con el que se ha legitimado la fragmentación del Estado serbio y la violación de su integridad territorial y su soberanía, constituye un claro precedente que ha animado, sin lugar a dudas, los secesionismos en el mundo, siendo ahora el Tíbet el más claro ejemplo en el que la comunidad religiosa de los monjes budistas ha sido movilizada, al tiempo que se han llevado a cabo y al unísono distintas protestas y revueltas en diferentes ciudades tibetanas, creando disturbios y llevando a cabo enfrentamientos multitudinarios contra las fuerzas de orden público. Esta rebelión a la que se le han dado tintes populares, ha sido respaldada y legitimada por Occidente como respuesta a la violación de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas, unido, también, a la acusación que se ha vertido sobre China de estar llevando a cabo un genocidio contra la minoría tibetana y de violar todos sus derechos.

La magnificación de las protestas se ha incrementado no sólo tras los disturbios y los encarcelamientos de la minoría política partidaria de la independencia del Tibet, sino sobre todo tras el cierre a cal y canto, por parte de las autoridades Chinas, de la región autónoma del Tibet prohibiendo el acceso de la prensa y demás medios informativos internacionales. Esto ha dado lugar a que se hayan creado toda una serie de especulaciones y declaraciones en torno a lo que allí pueda estar ocurriendo, a lo que hay que añadir las presiones euroamericanas por medio de protestas y declaraciones contra el régimen chino.

Sin duda estamos asistiendo a un nuevo intento por llevar a cabo una revolución de los monjes en Tibet, lo que se encuadra en la estrategia general de los EE.UU. y la UE de infiltración en Asia central y el sudeste asiático. En este caso se intenta debilitar y diezmar al régimen chino aprovechando las contradicciones internas que aún persisten dentro del mismo, lo que se intenta reforzar con la presión internacional intentando presentar a las autoridades chinas como déspotas que oprimen a una minoría étnica en el país.

Sin embargo, la independencia del Tíbet ha sido amparada y promovida por las potencias euroamericanas, y muy particularmente por los EE.UU., los cuales el noviembre del año pasado concedieron la medalla de oro del Congreso al Dalai Lama, dando claras muestras de qué lado está la nación americana en lo que se refiere al conflicto existente en torno al Tíbet.

Las intenciones del bloque occidental euroamericano se centran en cercar la gran potencia china en sus fronteras, y en la medida de lo posible intentar practicar una infiltración política tratando de sembrar la discordia social interior, y en última instancia posibilitar algún tipo de secesión con la que poder instalar un Estado títere al servicio de los intereses occidentales. Esta estrategia está motivada, sobre todo, por el potencial económico que alberga el país asiático, lo cual preocupa en sobremanera a los EE.UU. quien está influenciado económicamente por China de forma muy considerable, a lo que habría que añadir la problemática que para la UE suponen las exportaciones chinas, ya que tienden a diezmar la producción interior debido a sus bajos costes.

Es muy posible que la enérgica respuesta China ante la provocación occidental se exprese, a nivel interno, en una dura represión de los grupos independentistas, mientras que a nivel internacional la postura china sobre cuestiones de relieve pueden motivar, a corto-medio plazo, un mayor endurecimiento y una creciente oposición a los intereses y pretensiones unipolares de Occidente. Además, también hay que añadir que el desarrollo de China como potencia económica no entra necesariamente en contradicción con el modelo político de partido único, por cuanto la estrategia de las autoridades chinas se centra en propiciar el crecimiento económico a la vez que, el partido único se mantiene en el poder. Por el contrario Occidente quiere explotar las contradicciones económicas derivadas de los desequilibrios sociales internos chinos, y simultáneamente confrontarlas al modelo político de la China actual para, de cara al futuro, promover cambios en la esfera política que permitan, finalmente, instalar en el poder de China a una nueva elite política servil a Occidente.

Dependiendo de cómo y en cuánto tiempo ataje China la rebelión de los monjes tibetanos, se sucederán condenas a nivel internacional aunque difícilmente estas alcancen un nivel relevante dentro de la ONU, pero que tendrán como objetivo desacreditar al régimen Chino y presionarle para que comience a efectuar reformas en marco político de cara a constituir un régimen que, con el tiempo, termine siendo homologable a las pseudodemocracias occidentales. En cualquier caso nada está totalmente decidido, por lo que no sería descartable una respuesta China a nivel internacional dentro de la Organización de Cooperación de Shangai (OCS) junto a Rusia, y a un nivel militar con el que llamar la atención a las potencias occidentales.

Kosovo ha sido, probablemente, el detonante de una espiral de protestas y reivindicaciones secesionistas que se avivarán en el mundo entero, y que se intentarán focalizar en aquellos lugares donde los intereses euroamericanos tienen una mayor importancia estratégica. Su intromisión en Asia central por medio de las desestabilizaciones y del incremento de la inseguridad regional, servirá en gran medida como pretexto para justificar cualquier intervención o el apoyo a determinadas facciones. Todo ello contribuye a que el derecho internacional sea vilipendiado y la integridad y soberanía de los Estados no sea respetada. Por estos motivos, a día de hoy, los EE.UU. y la UE son los mayores interesados de que China quede mal ante el mundo con el problema del Tíbet, y al mismo tiempo favorecer en lo posible la secesión de esta región. Sin duda un Vaticano budista en Asia serviría, y mucho, a los intereses económicos, militares y políticos de los EE.UU. en particular, y de sus aliados en general.
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Viernes, Marzo 21, 2008

LA DINÁMICA CONTRADITORIA DEL CAPITALISMO


La tercerización de la economía ha implicado una increíble expansión del sector servicios y de aquellas actividades orientadas hacia el consumo más que a la producción, lo que ha hecho innecesarias las grandes tasas de natalidad que se daban en las sociedades industriales, (en España se encuentra el claro ejemplo del baby-boom de los 60), y que garantizaban la mano de obra necesaria para ocupar la demanda laboral en la industria.

Este desplazamiento de la mano de obra desde el sector industrial al terciario se reveló como resultado de la evolución hacia una economía intensiva, por lo que los cambios tecnológicos en la producción redujeron sustancialmente la necesidad de mano de obra. Como consecuencia de esto se desarrolla un nuevo período que constituye la consolidación de una sociedad consumista, por cuanto el trabajo se encuadra a partir de entonces en el mercado y en las actividades comerciales.

El desplazamiento de la mano de obra de un sector a otro entraña, al mismo tiempo, una serie de complicaciones económicas debido a que la máquina no puede sustituir al hombre en todas las esferas del trabajo, por esta razón, y unido al descenso de la natalidad, se procede a importar mano de obra barata del exterior, lo cual contribuye a mantener la estructura económica existente y su correspondiente funcionamiento.

Asimismo, se afianza y refuerza el criterio plutocrático de selección en la estructura social. Esto ocurre en la medida en que el nivel de renta unido a la capacidad de endeudamiento constituyen la fuente de ingresos precisa para acceder a los correspondientes recursos de subsistencia, lo cual automáticamente sitúa a las personas en una determinada escala social. El determinismo económico de estos factores se expresa, a largo plazo, en la capacidad de las personas para escalar posiciones en las jerarquías sociales, y en última instancia en la posibilidad de formar una familia y tener descendencia, privilegio que a día de hoy únicamente está reservado a las clases adineradas.

Sobreviven a los golpes económicos producidos por crisis y períodos de inflación y desinflación aquellos que perciben mejores rentas, o que se encuentran en un estrato sociolaboral más favorable. Es así como opera la selección dentro de la estructura social del capitalismo. Aquellos que no resisten los vaivenes económicos quedan relegados a una posición de explotados, al mismo tiempo que quedan inmersos en un proceso de paulatino empobrecimiento.

Se generan fuerzas sociales opuestas que contribuyen a generar tensiones latentes en el entramado social. En la medida en que se genera una nivelación por arriba de las clases sociales más pudientes, todo ello fruto de la concentración de la riqueza, también se desarrolla en sentido opuesto una nivelación por debajo entre las clases más desfavorecidas, lo cual contribuye a una mayor polarización social. Sin embargo, a esta coyuntura se le añade el hecho de que las clases explotadas son sometidas, además, a la desaparición física, mientras que las clases pudientes pueden permitirse una larga descendencia que garantice la conservación del patrimonio familiar, e indirectamente mantener la existencia del grupo social de pertenencia. El liberalismo ha desarrollado aquí un arma más sutil y silenciosa en la lucha de clases, trasladando este conflicto social a una dimensión biológica por la que se persigue la completa eliminación física del enemigo.

Pero todos estos fenómenos no son más que el resultado del despliegue de una lógica dialéctica que implica el enfrentamiento entre dos sujetos históricos, entre el Capital y el Trabajo, como principios antagónicos que se desarrollan respectivamente hasta su plena realización una vez el capitalismo ha alcanzado su cumbre, de tal forma que ambos sujetos dejan de ser títeres de la lógica histórica objetiva pasando a ser, entonces, sus sujetos conscientes y autónomos capaces de guiar los procesos históricos, además de proyectar y afirmar su propia voluntad autónoma.

El Trabajo, como impulso creativo y como principio positivo, representa un valor en sí mismo por su autosuficiencia al ser, al mismo tiempo, la fuerza primaria del desarrollo histórico. Por el contrario, el Capital representa el polo negativo de la historia, se caracteriza por la explotación y la alienación del Trabajo. Sus respectivas naturalezas antagónicas se desarrollan y despliegan históricamente de forma dialéctica, influenciándose recíprocamente y generando un proceso único de carácter político y económico.

El desarrollo del Trabajo contribuye al desarrollo de los modelos de explotación, de forma que el Capital, como sujeto antitético, se evidencia de manera gradual a lo largo de la historia con el perfeccionamiento de sus instrumentos de explotación. Estos dos polos de la historia económica ponen en funcionamiento el desarrollo histórico a través de la dinámica contradictoria que engendran en las relaciones de producción, terreno donde se produce la interacción de ambos sujetos y su correspondiente enfrentamiento.

El capitalismo es la fase histórica de máxima realización de ambos sujetos y en la cual se resumen todos los estadios precedentes del desarrollo histórico. Toda la coyuntura histórica termina reduciéndose a un dualismo que se define en términos absolutos, un enfrentamiento de dimensiones escatológicas. Esto es así en la medida en que ambos sujetos han tomado plena autoconciencia de sí mismos, generando respectivamente sus propias realizaciones y estructuras antagónicas, por lo que ya no existen únicamente como sustancia objetiva de la realidad, sino también como espacios ideológicos subjetivos que finalmente, en el s. XX, terminaron adoptando su más preclara expresión en el conflicto entre modelos sociales radicalmente opuestos.

La explotación que ejerce el Capital como elemento parasitario se refleja en el hecho de que el Trabajo, el cual produce siempre más de lo necesario para satisfacer las necesidades vitales, es desposeído del «plus» al que da lugar con su actividad creadora. Esta contradicción esencial entre sujetos históricos de signo antagónico se manifiesta claramente en las relaciones y formas de producción del capitalismo avanzado, en las cuales se refleja la lógica de la dialéctica materialista que conduce todo el proceso histórico.

La realidad está en permanente cambio y movimiento fruto de las contradicciones que alberga como consecuencia de la existencia de una lucha entre fuerzas opuestas. Estos conflictos entre opuestos se resuelven dialécticamente a través de síntesis superadoras, nuevos estadios en el desarrollo histórico que son el resultado de la oposición entre tesis y antítesis que alberga toda cosa o situación. A su vez, toda síntesis es portadora de nuevas contradicciones que se resuelven también dialécticamente. La realidad constituye una unidad entre opuestos que, aún estando vinculados entre sí, se excluyen mutuamente generando un desarrollo conflictivo en el que los cambios cuantitativos, habiendo llegado a un nivel crítico, dan lugar a cambios cualitativos, o lo que es lo mismo, producen un cambio de nivel superior en la realidad. Es así como se producen las transformaciones de la realidad y esta es puesta en movimiento.

Las relaciones entre los sujetos históricos Trabajo y Capital se desarrollan siguiendo el patrón dialéctico señalado. El capitalismo, como sistema económico, desarrolla en su interior estas contradicciones que dan lugar a su evolución histórica, al despliegue de sus posibilidades. Ello ha contribuido a que el capitalismo haya sufrido importantes y significativas transformaciones, atravesando diferentes fases en su desarrollo hasta su culminación en la era financiera.

Aún hoy las contradicciones entre el Trabajo y el Capital subsisten aunque de forma latente, por cuanto el s. XX tuvo como desenlace histórico el triunfo mundial del Capital sobre el Trabajo y sobre todas sus manifestaciones ideológicas. Este hecho se vio plasmado con la desaparición del campo socialista y, posteriormente, de todos los rescoldos ideológicos que todavía representaban una oposición al Capital. Esta victoria ha sido el resultado de cientos de siglos de desarrollo histórico que condujeron al Capital a un alto grado de autoconciencia, lo cual le permitió mantenerse constante y coherentemente en el tiempo a la vez que extraía enseñanzas de la praxis y estrategia del enemigo, dotándose a sí mismo de su propios mecanismos de prevención.

La unidad y solidez expresadas a través del carácter impermeable e ideológicamente monolítico del Capital como sujeto histórico, ha impedido su desgaste y fragmentación haciéndose finalmente con la victoria decisiva. Sin embargo, la lógica de la dialéctica materialista persiste y ello se manifiesta en la dinámica contradictoria que conduce al capitalismo. La consecuencia de esto es la creciente complejidad del sistema-mundo, por lo que todo tiende hacia el desorden y el caos de forma que las posibilidades de catástrofe se disparan.

Dentro del sistema capitalista a la empresa le mueve la búsqueda del máximo beneficio, y esto se lleva a cabo a través de la apropiación de la plusvalía. El desarrollo histórico del Trabajo ha producido, simultáneamente, el progreso de las formas de explotación por parte del Capital hasta la actual era económica del capitalismo. El «plus» que produce el trabajo de los empleados, y que representa la diferencia entre costes e ingresos, es fruto de un proceso productivo en el que en cada una de las fases se ha creado valor añadido y este se ha introducido en el producto. El precio final del producto es, entonces, el resultado de un proceso objetivo en el que se encuentran recogidos los costes de producción y el valor añadido resultante de la actividad productora de los trabajadores.

La apropiación del beneficio por parte del capitalista desposeyéndole al trabajador de la plusvalía, manifiesta y reproduce las contradicciones económicas existentes en los medios de producción, y que son la consecuencia de las relaciones antagónicas existentes entre trabajadores y capitalistas.

Mientras el capitalista es el que, disponiendo de capitales, realiza la inversión que le permite hacerse con los medios de producción (fábrica, maquinaria, materia prima, etc...) y conseguir la mano de obra necesaria, los obreros ofrecen su fuerza de trabajo para llevar a cabo la producción, pero a estos últimos les es negado el beneficio (plusvalía) que resulta de su actividad productora, el cual es sustraído por el capitalista dentro de un proceso de acumulación de capitales. Asimismo, se da una relación de explotación y dominación entre el capitalista y los trabajadores, siendo el primero quien impone las condiciones laborales a los segundos, y a su vez quien determina las formas de producción en la organización del trabajo. Los trabajadores no se organizan a sí mismos en la producción ni determinan qué y cuánto van a producir, sino que es la junta directiva, órgano que representa los intereses de los accionistas al haber sido elegida por estos, la que emite  las directrices en este sentido.

Han sido estas contradicciones entre Trabajo y Capital las que han movido el sistema económico, las que dialécticamente han generado el desarrollo histórico de las formas de producción y, con ello, los cambios que ha sufrido la economía a lo largo de la historia. Las relaciones de producción y la organización social del trabajo se han desarrollado según este mismo esquema, manteniéndose así la explotación del Trabajo por parte del Capital con su expolio y usurpación de la plusvalía, pero al mismo tiempo determinando las condiciones en las que se realiza la actividad productora.

La lucha de clases es el resultado de la contradicción existente en los medios de producción entre el Trabajo y el Capital, la cual ha enfrentado a las fuerzas representantes de ambos sujetos históricos: trabajadores y capitalistas. A partir de este enfrentamiento en el que cada una de las partes ha tomado gradualmente autoconciencia de sí misma, ha desarrollado el capitalismo su dinámica contradictoria actualizándose en el tiempo, modificando las formas de producción a través de cada una de sus fases de desarrollo. Este hecho se aprecia claramente en la historia económica reciente de los dos últimos siglos, durante los cuales se han dado importantes y significativos cambios en la esfera de los medios de producción, llevándose a cabo un destacable avance del trabajo por causa del influjo de diferentes revoluciones industriales y tecnológicas, progresos en la organización del trabajo, etc., a lo que le han seguido la aparición de los correspondientes mecanismos de explotación del Trabajo por parte del Capital.

El capitalismo ha priorizado históricamente las relaciones entre propiedad y capital, a partir de las cuales ha creado sus propias formas de explotación sobre el Trabajo. Se podría decir que dicho proceso ha culminado históricamente en la era financiera actual, en la que se ha llevado hasta el final, y casi hasta sus últimas consecuencias, la lógica que conduce la dinámica contradictoria de todo el aparato económico capitalista.

La economía virtual y especulativa ha tomado primacía sobre la economía real y productiva, la cual ha quedado relegada a un espacio marginal. El sector terciario es el mayoritario en las sociedades post-industriales, mientras que a medida que pasa el tiempo el sector industrial obtiene notables avances con una progresiva aplicación de la máquina y de las nuevas tecnologías al proceso de producción, haciendo cada vez más prescindible la mano de obra y desplazándola al ámbito de gestión y administración de procesos. Simultáneamente el mercado y el sector de servicios adoptan una importancia descomunal fruto de la implantación de una sociedad y economía fundada en el consumo.

Como consecuencia de esta circunstancia proliferan los productos financieros, pues el valor del individuo ha dejado de medirse en función de la renta percibida, y que antaño se resumía en el viejo dicho de «tanto tienes, tanto vales». Actualmente el valor de una persona reside en su capacidad de consumo, por cuanto esta no sólo cuenta con los ingresos mensuales de su renta, sino que se le ha puesto a su disposición toda una serie de líneas de crédito que favorecen y fomentan el consumo, situándole de este modo por encima de sus capacidades económicas reales. A esto se suma el grado de sofisticación que ha adoptado la publicidad y el marketing como instrumentos al servicio del consumismo, llegando a inducir necesidades artificiales para incitar al consumo. Todo esto alimenta la rueda del consumo que reporta enormes beneficios a los grandes capitalistas.

Es así como se llega al punto en el que los bienes y servicios se vuelven cada vez más intangibles, y la relación que se tiene con las cosas se convierte cada vez más efímera al establecerse nuevos hábitos de consumo, como puede ser, entre otros, la cultura del usar y tirar. Asimismo, el creciente tamaño de la economía virtual y de las operaciones de bolsa son la expresión más acabada de estas características propias de la era comercial y financiera. Como consecuencia de esto, las relaciones entre propiedad y capital han sufrido una transformación progresiva y gradual a lo largo de la historia económica, la cual les ha llevado al estadio actual en el que la propiedad ha quedado completamente despersonalizada a través de las sociedades anónimas, aquellas en las que millones de accionistas son los propietarios.

El conjunto de la economía está orientado hacia la búsqueda y consecución del máximo beneficio individual, y ello dentro de un marco jurídico en el que no existen regulaciones o controles por parte de la autoridad pública sobre las actividades económicas, quedando todo reducido únicamente a una serie de convenciones legales que se ocupan de encauzar las relaciones económicas para evitar los desórdenes públicos. Se da, entonces, la primacía del interés individual sobre el social, lo que lleva, inevitablemente, a la aparición de formas de explotación sobre la sociedad por parte de individuos y oligarquías económicas.

Además de esto, la primacía del individualismo en el ámbito económico, pero también en el político con la implantación de un sistema jurídico único y universal que suprime los cuerpos intermedios, a la vez que confiere seguridad y estabilidad jurídica para el desarrollo de las actividades económicas, da lugar a una despersonalización de la propiedad que se expresa a través del colectivismo financiero, aquel por el que cientos y hasta miles de accionistas son propietarios de una misma empresa.

El individualismo económico produce una despersonalización por la que la propiedad, lejos de ser un instrumento al servicio de la sociedad, pasa a ser un fetiche con el que los capitalistas aspiran a conseguir el máximo beneficio posible. Por esta razón, la propiedad privada en los medios de producción pierde una función social y deviene en una mercancía, en un fin en sí mismo como parte del proceso de acumulación de capitales. La búsqueda del interés particular conduce a que los capitalistas, coyunturalmente, se unan en sociedades anónimas con el objetivo de conseguir mayores beneficios, imponiendo sus intereses y condiciones a los trabajadores. La propiedad de la era financiera caracterizada por este tipo de sociedades, constituye el más claro ejemplo de un colectivismo fruto del individualismo despersonalizador en el que los accionistas, como aves de carroña, únicamente pretenden sacar el máximo partido económico sin importarles el futuro de la empresa o de sus trabajadores.

La dinámica contradictoria del capitalismo no sólo lo mueve e impulsa hacia delante, sino que hace posible su permanente y constante renovación que lo actualiza siempre bajo formas nuevas. La lucha de clases subsiste de forma latente en la medida en que las fuerzas del Trabajo han sido sobornadas ideológica y culturalmente por las fuerzas del Capital, y esto ha sido así por cuanto los explotados han terminado asumiendo como suyas la forma de vida y las metas culturales de los explotadores. Esta circunstancia ha permitido recluir cualquier aspiración en el ámbito económico a un simple reformismo, aquel que se limita a emitir quejas y reclamar mejoras parciales en el terreno laboral a través de incentivos económicos, al tiempo que se le hace creer a las masas trabajadoras que aún tienen en sus manos algún tipo de poder.

La voluntad revolucionaria que animó en su tiempo a las fuerzas del Trabajo, se caracterizó por ser una voluntad orientada en un claro y definido sentido con el objetivo de invertir el rumbo de los acontecimientos, la misma que aspiraba hacer de los trabajadores algo más que una nueva clase dirigente sino, por el contrario, constituir el fermento para la creación y advenimiento de una humanidad nueva, cubriendo así con un significado propio el espacio de poder.

Como única alternativa al actual sistema a largo plazo y en un futuro aún hoy indeterminado la constituye, sin lugar a dudas, la superación del patrón Capital-Trabajo que ha regido históricamente, y que ha sido el foco de tensiones por el que el Capital ha terminado dominando al Trabajo hasta vencerle como sujeto histórico. La ruptura de este patrón histórico que ha propiciado la eterna lucha de clases, únicamente podrá realizarse a partir del momento en que, con determinación, la autoridad pública encarnada por el Estado tome la decisión política de controlar la emisión de crédito para que, desde ese momento, la creación de papel moneda abandone definitivamente su condición de mercancía para convertirse en instrumento al servicio de la producción y, por tanto, al servicio de la creación de empleo.

La economía deberá adoptar como propia una finalidad diferente a la que ha mantenido, para pasar a ser un instrumento al servicio de las necesidades vitales del conjunto de la población. Juntamente con esto, el Trabajo deberá convertirse, entonces, en fuente y origen último de la riqueza, siendo restablecido su valor moral dentro de la sociedad. El Trabajo es, a su vez, fuente de toda cultura pues esta nace como resultado de un esfuerzo y una actividad creadora que se proyecta no sólo en el ámbito económico, sino también en el científico, filosófico, político, moral y espiritual.

Asimismo, las medidas concretas que deberán desarrollar el definitivo desmantelamiento de la estructura capitalista una vez puesta bajo control político la emisión de moneda, tendrán que perseguir confinar la economía a un área marginal y no esencial, ocupando por ello una posición subordinada en el entramado social sirviendo como instrumento al servicio de las necesidades de la sociedad y de los fines del Estado.

La emancipación del Trabajo y, al mismo tiempo, de las masas explotadas, del polo negativo y usurpador del Capital, implicará, también, la supresión de las relaciones entre propiedad y capital, quedando la propiedad de los medios de producción en manos de la comunidad popular, ejerciendo su posesión en forma de dirección, gestión y administración por los propios trabajadores. El cooperativismo y la autogestión suponen, en definitiva, hacer dueños de la empresa a quienes la trabajan.

La inversión en la producción de cara a la creación de nuevos puestos de trabajo no correrá más a cargo de entes privados, aquellos que ofrecen préstamos con interés y practican la usura, sino que dicha inversión deberá estar liberada de la carga del interés que pone en manos del prestamista los medios de producción y el futuro de los trabajadores, y también tendrá que realizarse a través de aquellos organismos públicos autorizados y que, dependiendo del tipo instituciones que existan, puede tratarse en su caso del Banco Central del Estado o de una Banca Sindical creada por los propios trabajadores y autorizada por el propio Estado.

Una vez realizada la inversión pública para la creación de un determinado proyecto económico viable, la devolución de dicha inversión vencerá la participación del ente público y, consecuentemente, la empresa pasará a manos de los trabajadores. Esto no será motivo para que en la economía reine la anarquía en la producción y distribución de bienes, sino que el Estado deberá desempeñar en este sentido una función coordinadora de todos los sectores productivos de la economía para su correspondiente organización, y, a su vez, establecer una planificación económica que responda a los intereses del conjunto de la comunidad y a los fines del Estado. Así, la planificación implica emitir unas directrices generales para cada sector económico y rama de la producción, y también definir los correspondientes objetivos económicos para el período determinado. Estas directrices deberán ser llevadas a cabo por las unidades productivas con la supervisión del Estado bajo la autoridad de comisarios políticos delegados para este cometido.

También es conveniente señalar que, rota la dependencia de los trabajadores con respecto al inversor, y por lo tanto siendo la empresa de su propiedad, la plusvalía deja de ser sustraída por ningún elemento parasitario. El Trabajo recupera su naturaleza libre, creadora y autosuficiente con la que tiende a dar más de lo que se necesita, generando riqueza y estableciéndose como elemento configurador de un nuevo proyecto colectivo.

El sentido de propiedad se ve transformado sustancialmente al dejar de ser un fin en sí mismo como parte de un proceso de acumulación de capitales, es decir, como un haber, para pasar a ser concebida como un derecho soberano a disponer. Como instrumento carece de valor por sí mismo y no constituye un fin, por lo que no se trata ya de un derecho absoluto que se posee de forma exclusiva y absoluta, más bien, y por el contrario, pasa a estar al servicio de la comunidad al ser económicamente soberana. Dicha soberanía devuelve a la propiedad su correspondiente personalidad, ya que esta, al quedar desprovista de un sentido individualista despersonalizador, pasa a integrarse en la comunidad y en sus correspondientes jerarquías sociales, sirviendo de esta manera al interés común que se objetiva en los fines del Estado. Esta personalidad se manifiesta por medio de las relaciones personales de poder en las que esta es un bien común compartido.

En un lugar no menos importante y unido a la socialización de los medios de producción, se encuentra la exigencia estructural de suprimir el mercado como elemento estructural de la sociedad industrial-capitalista, ya que su control por parte de entes privados da lugar prácticas especulativas que constituyen un abuso sobre los productores y los consumidores, motivo por el que la cooperativización de la economía mediante la creación de grandes centros de consumo organizados por los productores debe ser una prioridad. Esto impide las prácticas especulativas que originan las inflaciones que perjudican a los consumidores en el precio final pero que afectan, también, a los productores, en la medida en que su producción se ve devaluada por dichos parásitos intermediarios para obtener mayores beneficios.

Por otra parte, la supresión del mercado y de los respectivos intermediarios conlleva una regulación social de los precios al consumo, lo que significa que dichos precios son el resultado objetivo de un proceso productivo, de forma que en el precio final están incluidos tanto los costes de producción como el valor añadido al que ha dado origen la actividad productora. Este esquema rompe por completo la concepción liberal del precio que se funda sobre el subjetivismo materialista, de forma que el precio de un producto depende de cuánto esté el consumidor dispuesto a pagar por él, lo que inevitablemente lleva a las tendencias especulativas e inflacionarias además de originar las distorsiones de las curvas de oferta y demanda.

Abolido el patrón Capital-Trabajo se suprime, directamente, la influencia y presencia de cualquier oligarquía o clase parasitaria estableciendo nuevas jerarquías dentro de la estructura social, y abandonando definitivamente el criterio clasista y economicista del dinero como forma de selección y promoción social. A partir de aquí, el Trabajo, en sentido pleno (capacidades, aptitudes, sentido del interés común, etc...), debe pasar a ejercer su papel protagonista como nuevo criterio organizador y estructurador dentro de la comunidad del pueblo. Las bases del poder no pueden ser ya el dinero ni su actividad alienante sobre la que se fundan las estructuras de explotación, esas bases deben ser otras y tener el Trabajo como principal elemento organizador del cuerpo social, pero también como motor de su crecimiento, tanto material como espiritual, y desarrollo.

El control de la economía y su sometimiento al interés común representado por los fines del Estado constituye, en síntesis, la clave para la desmantelación de una dinámica omnidisolvente y alienante en la que la actividad parasitaria del Capital diezma al Trabajo. Esto conlleva la supresión de las oligarquías y plutocracias que a través de su poder e influencia económica controlan la política del Estado. Sin una economía al servicio de la sociedad y sus intereses, y sin una soberanía sobre los recursos naturales y la fuerza de trabajo de una sociedad, no hay libertad política ni económica. La emancipación de los trabajadores pasa por un programa que tenga como línea maestra llevar a cabo esta reorganización social y económica.

En definitiva, y como conclusión, las contradicciones económicas entre el Capital y el Trabajo se resolverán en una síntesis superadora y definitiva dentro del marco de un enfrentamiento escatológico universal, aquel en el que por una saturación de cambios cuantitativos que conduzcan a un nivel crítico al actual sistema-mundo se produzca un salto cualitativo de nivel en la realidad, lo que implicará una definitiva ruptura con el mundo viejo para la inauguración de un mundo nuevo. Dicho enfrentamiento escatológico que se encuentra revestido de implicaciones cósmicas de orden metafísico, constituye la culminación de un proceso que ha sido expresado míticamente de diversas formas pero que, en esencia, supone el enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal, en el que todo el universo se verá implicado y en el que fuerzas antagónicas saldrán al encuentro en la batalla final, la misma en la que el Capital y el Trabajo también estarán presentes como representantes de dos mundos opuestos.

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Domingo, Marzo 16, 2008

EL SUICIDIO DEMOGRÁFICO DE LAS SOCIEDADES POST-INDUSTRIALES


 

El desarrollo histórico al que dio lugar en su momento la industrialización hizo posible el salto del capitalismo a un nuevo estadio en su evolución, el cual se caracterizaría por haber transformado significativamente su organización interna. Esto afectó de forma decisiva al conjunto de la estructura social y de la organización social del trabajo en los medios de producción, ya que los avances científicos y técnicos aplicados al proceso económico incrementaron considerablemente los niveles de producción.

Sin embargo, una vez alcanzada la era financiera como máxima culminación histórica del capitalismo, las sociedades post-industriales sufrieron una importante reorganización económica que se reflejaría en el desarrollo de nuevas tecnologías, las cuales dieron paso a una forma de producción intensiva, siendo a partir de entonces la eficiencia el nuevo criterio que conduciría toda actividad económica. La ausencia de recursos ilimitados ha hecho necesaria la implantación de una nueva mentalidad económica, y la eficiencia ha contribuido a ello dentro de la fase comercial del capitalismo, pues su razón de ser reside en la lógica de utilizar la menor cantidad de recursos posibles para desarrollar cualquier actividad económica: producir un bien de consumo, prestar un determinado servicio, etc.

La fase comercial ha dado lugar al crecimiento del sector terciario vinculado a los servicios en detrimento del sector secundario, ligado a la industria. Esto se ha debido en gran parte, y como antes se ha dicho, a los progresos tecnológicos aplicados a la producción. Así, el comercio ha conferido al mercado una mayor preponderancia de la que antes tenía, pues ha supuesto su completo y pleno desarrollo en todos los ámbitos, contribuyendo así a establecer la clara diferencia entre aquello que es rentable de lo que no lo es.

La progresiva complejidad del aparato técnico-organizativo ha hecho necesaria la aparición y desarrollo del sector terciario, sobre todo en aquello que ataña a la gestión de los procesos comerciales y técnicos, lo cual tiene como cometido un mayor perfeccionamiento del grado de organización dentro de los agentes económicos y de las relaciones entre estos. Se persigue de esta manera un incremento del potencial económico de los agentes, lo cual les provee de mayores posibilidades y de una mejor posición a la hora de competir para conseguir nichos en el mercado global.

Unido a este proceso de transformación del trabajo, pasando del viejo trabajo manual caracterizado por su segmentación y un alto grado de especialización para pasar a un trabajo orientado hacia la organización, más cualificado, en el que se tiende a primar la polivalencia, se produce, simultáneamente, una tendencia general que es común a todas las sociedades post-industriales y que se refleja en el escaso o nulo crecimiento demográfico de las mismas.

Diferentes factores contribuyen a que el sentido de la evolución demográfica de las sociedades del centro sea justamente el opuesto al de las sociedades de la periferia. Esto se debe, en gran medida, a que el igualitarismo promovido por el liberalismo tiene como principal meta la consecución del máximo de utilidad para el conjunto de la sociedad, llevando, así, a todos sus integrantes a unas mismas condiciones de vida. Es el concepto de igualdad burguesa puesto en práctica a través del sistema económico, y más concretamente por medio del mercado, lo que implica necesariamente para su realización el desarrollo y aplicación de las teorías del darwinismo social y del maltusianismo.

La consecución del bienestar material de la población vendría a ser el resultado de la lógica del progreso ilimitado, el cual, por medio de los avances científico-técnicos, hace posible un incremento del nivel de vida de los individuos de una sociedad, equiparándolos a todos ellos a unas mismas condiciones materiales. El logro de este objetivo imprime sobre las estructuras del sistema la lógica inherente a la teoría maltusiana, aquella que establece que el aumento de la población responde a una progresión geométrica, mientras que el incremento de los medios de subsistencia lo hace en progresión aritmética. Este planteamiento conduce, irremisiblemente, a hacer necesario y justificable el establecimiento de procedimientos que contribuyan a reducir y limitar la población, de forma que la reducción de la población conlleve a un incremento de recursos por persona.

Este control de la natalidad se lleva a cabo a través de una selección, siguiendo así el criterio del darwinismo social en función del cual únicamente los más aptos sobreviven y alcanzan el éxito en un medio hostil. La forma para alcanzar ese éxito y demostrar tener aptitud es el mercado, en el cual compiten los individuos entre sí al margen de regulaciones externas. El mercado genera la selección natural entre los individuos partiendo, todos ellos, de una teórica igualdad de condiciones inicial. Por tanto, la correspondiente selección efectuada por el mercado se manifestaría en aquellos individuos que, habiéndose mostrado más aptos, hubieran alcanzado el éxito económico en los negocios obteniendo para sí una posición entre las elites sociales.

Esta teoría viene a justificar las injusticias sociales derivadas de la explotación económica del capitalismo, y enlaza perfectamente con la ética protestante de la predestinación aplicada al campo económico, la misma que ha constituido el fundamento ético y moral de los EE.UU., de forma que quienes alcanzan el éxito en este mundo con el triunfo económico están, por así decirlo, manifestando también su predestinación para el éxito en la vida venidera con su entrada en el paraíso. Esta particular mentalidad tan propia del capitalismo quedó bien definida por Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

Mientras tanto, aquellos que quedan relegados a una condición de vida económica, social y material de explotación, en clara posición subordinada con respecto a las elites socioeconómicas, reflejarían, por el contrario, la ausencia de cualificación y de capacidades necesarias para desempeñar cualquier otra función, por lo que tendrían lo que realmente merecen. En este sentido, los denominados parias de la sociedad encarnados por los desempleados, trabajadores no cualificados y aquellos que desempeñan las labores menos remuneradas y que socialmente están peor vistas, formarían parte del grupo de los inútiles, débiles e incapaces por cuanto han demostrado ser elementos espurios de la sociedad. Estos se verían abocados a desarrollar una función social subordinada y a aceptar su condición social con resignación como aquello que, en justicia, merecen.

Sin embargo, lo cierto y real es que dicha competencia que se desarrolla en el mercado no parte, en ninguno de los casos, de una clara igualdad de condiciones iniciales, lo que de entrada invalida por completo el cuadro teórico sobre el que se fundamenta la estructura e ideología liberal. Por ello, el darwinismo social viene a justificar la opresión y la explotación económica junto a las desigualdades sociales, pues quienes detentan el poder económico están predestinados para desempeñar ese papel y, con ello, a pisotear y explotar a quienes tienen por debajo que, a su vez, también se encuentran predestinados a dentar el status de explotados al no reunir las cualidades y capacidades suficientes para formar parte de la elite.

Esta competición económica que se da en las sociedades del centro, es decir, en las sociedades post-industriales del capitalismo avanzado, se expresa de forma particular en la imposibilidad material por parte de la población de crecer numéricamente debido a que las condiciones económicas lo impiden. La inestabilidad del empleo unido a la flexibilización del trabajo con el abaratamiento de los despidos, la falta de remuneración laboral, las malas condiciones en las que desarrollan su actividad muchos trabajadores, la existencia del trabajo basura de las ETT's, la creciente precariedad del empleo juvenil, los bajos salarios, el incremento progresivo de la inflación o la imposibilidad de acceder a la vivienda, representan los principales escollos para la formación de nuevas familias. Esto imposibilita totalmente la existencia de un crecimiento demográfico sostenido en el tiempo.

Las desigualdades sociales se agravan, incrementándose así la brecha que separa a las grandes oligarquías económicas del conjunto de la población. La promoción social se convierte, también, en algo imposible y casi siempre excepcional. Esto sumerge a las actuales sociedades occidentales en un proceso de paulatino envejecimiento, tendiéndose a igualar, e incluso a superar, el número de defunciones al número de nacimientos. Así, las clases adineradas se hacen más ricas, mientras que las clases subordinadas, que conforman el grueso de la población, se ven abocadas a la extinción física al imposibilitar la formación de nuevas familias y, con ello, nuevos nacimientos.

A diferencia del espectacular crecimiento demográfico que tienen las sociedades de la periferia, las sociedades occidentales mantienen un crecimiento vegetativo e incluso negativo. Esta circunstancia creada premeditadamente con el objetivo de consolidar una elite económica y, al mismo tiempo, incorporar a la misma elementos que han logrado promocionarse socialmente demostrando su "valía", constituye finalmente la materialización del sueño progresista del igualitarismo burgués, el cual no deja de tener su correspondiente contraparte, que consiste en importar mano de obra esclava del exterior que sustituya a la población autóctona para, así, mantener las vigentes desigualdades sociales y perpetuar el funcionamiento de las estructuras económicas capitalistas.

La extinción de la población en las sociedades occidentales, todo ello provocado tanto por los condicionantes antes señalados que manifiestan la violencia estructural del sistema, unido, también, a la confluencia de diferentes factores como la decadencia cultural y espiritual expresada en la abdicación de la voluntad de supervivencia colectiva, hace necesario que el vacío dejado por estas sociedades sea ocupado por una nueva masa de esclavos sobre los que la oligarquía económica continuará ejerciendo su labor parasitaria, aquella por la que se ocupa de succionar las fuerzas vitales de un pueblo para emplearlas en su propio provecho económico.

Finalmente, se puede concluir que el darwinismo social opera como instrumento al servicio de la clase económica dominante con el objetivo de mantener las actuales estructuras de explotación. La lógica maltusiana que conduce todo el proceso histórico del capitalismo, y que se basa en la limitación del crecimiento poblacional, responde claramente al interés del grupo social dominante por perpetuarse y asegurar su hegemonía sobre el resto de la población. El igualitarismo aquí no deja de ser una herramienta con la que garantizar la supervivencia del grupo y mantener su homogeneidad, al mismo tiempo que incorpora al mismo nuevos elementos para su renovación.

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Sábado, Marzo 15, 2008

CARIDAD Y FILANTROPÍA COMO INSTRUMENTOS DE EXPLOTACIÓN


 

La tendencia del sistema capitalista a la concentración de la riqueza en una minoría ha contribuido a agravar el subdesarrollo y la explotación del resto de clases sociales, las cuales quedan subordinadas a aquella minoría para la que desempeñan el papel de mano de obra asalariada.

El incremento de la pobreza y la miseria a costa del enriquecimiento de una minoría se refleja, fundamentalmente en los países del Tercer Mundo, en la ausencia de los medios necesarios para la subsistencia. Estas circunstancias mantienen la estructura de explotación, aquella que requiere de la existencia de grandes bolsas de pobreza para poder subsistir el sistema económico, ya que constituyen la mano de obra necesaria para que el aparato de producción continúe en funcionamiento.

Pero la situación límite a la que es conducida una gran parte de la humanidad por medio de hambrunas y, cada vez más, la falta de agua, no es llevada hasta sus últimas consecuencias que, simplemente, sería la eliminación física de esa parte de la humanidad. Por el contrario, se procura mantener a estas poblaciones dentro de unos márgenes de miseria que garanticen su explotación económica de cara al futuro.

Por esta razón, la burguesía liberal ha desarrollado la caridad como instrumento para salvaguardar la existencia de aquellos recursos humanos que le permiten obtener el máximo beneficio. En este sentido las clases dominantes revisten con un marcado filantropismo su ideología e intereses, operando de este modo en dos sentidos diferentes: en primer lugar, este filantropismo se concreta en medidas especificas para paliar ciertos perjuicios ocasionados por la explotación económica, y ello se refleja, generalmente, en campañas humanitarias como pudiera ser la recolecta de fondos para enviar comida o medicinas a ciertos lugares, promover la vacunación de determinadas poblaciones contra diferentes epidemias, asegurar el acceso al agua, etc., y que tienen como principal objetivo garantizar la supervivencia a corto plazo de las sociedades afectadas; y en segundo lugar, el filantropismo tiene una finalidad cosmética y publicitaria para quienes apoyan y promueven este tipo de campañas, ya que, como máximos responsables de la miseria de aquellos a quienes pretenden ayudar, lavan su propia imagen ante su propia sociedad presentándose como paladín del humanitarismo.

Asimismo, el reformismo que acompaña al filantropismo se expresa a través de pequeños cambios parciales y sectoriales que, en ningún caso, constituyen la solución a un problema que tiene su origen y causa última en las condiciones de una estructura que responde al sistema de intereses de una minoría económica. El reformismo nunca cambia dichas estructuras y, por tanto, las bases del poder sobre la que aquellas se sustentan permanecen inalterables. En este sentido el reformismo únicamente alimenta al sistema, lo mantiene y conserva por medio de su permanente actualización a las nuevas circunstancias que se presentan.

La ideología liberal, que se sustenta sobre la falsa premisa de un progreso ilimitado del conjunto de la humanidad hasta su completa liberación, tiene como principal lema el promover a esa parte de la humanidad "atrasada" y todavía por civilizar, a aquellos estándares y condiciones de vida propios de las sociedades económicamente "avanzadas". Objetivo por lo demás irrealizable, pero sobre el que se basan las permanentes intromisiones de las potencias capitalistas en los países de la periferia, con la finalidad de apropiarse de sus recursos naturales y humanos bajo el pretexto de extender la civilización, la democracia, la libertad y el desarrollo.

La caridad es un elemento más de la ideología de la clase dominante, y consiste, básicamente, en repartir migajas que atenúen la problemática derivada de la lógica y dinámica destructiva que desarrollan las formas económicas de explotación del sistema capitalista. Pero no es con migajas como se soluciona un problema, ni con remaches parciales que alivien ciertas dificultades siempre momentáneas, ya que de todo ello resulta finalmente que se condena a los explotados a permanecer en su misma condición de explotados, mientras que aquellos que los explotan conservan su posición en el vértice de la pirámide social.

La ideología de la caridad y el filantropismo no sólo contribuye a lavar la imagen de los grandes explotadores, sino que, a su vez, impregna al conjunto de la población instalándose como mentalidad y como valor de juicio que sirve, en gran medida, para acallar las conciencias ante injusticias universales, aquellas que se manifiestan por igual, aunque en diferente proporción, en todas las sociedades del planeta. Esto conduce, en la mayor parte de las ocasiones, a que la mayor parte de la sociedad vea con buenos ojos las iniciativas de ONG's, casi siempre financiadas por grandes corporaciones y grupos económicos importantes, o de fundaciones filantrópicas creadas e impulsadas por la gran sinarquía internacional.

ONG's y fundaciones humanitarias auspiciadas por multinacionales, bancos y demás grupos financieros y/o industriales, sostienen la estructura de explotación vigente por cuanto su actividad se centra en gestionar problemas sociales, y no solucionarlos. De aquí se entiende que los problemas de esta índole subsistan y se reproduzcan de forma progresiva, pero siempre dentro de unos márgenes que hagan posible la explotación de aquellos que han quedado relegados a unas condiciones de vida infrahumanas.

El sistema lo que quiere es esclavos, por esta razón no puede condenar a las inmensas masas del Tercer Mundo a la desaparición física, ya que ello supondría quedarse sin recursos humanos necesarios para que el aparato económico siga operativo. La perpetuación de la miseria y de la explotación es posible, por un lado, gracias a las estructuras económicas capitalistas, pero también por medio de los programas humanitarios que condenan a la miseria a sociedades enteras y, también, garantizan dentro de sus condiciones de vida la proliferación demográfica, como ocurre en muchos países de África y en algunas zonas de Asia y Oceanía, proveyendo así al sistema de más esclavos todavía.

La lógica que entraña el funcionamiento del materialismo económico desarrollado por el capitalismo refleja un claro ensañamiento con las masas explotadas, ya que se las quiere mantener en su condición de subordinadas dentro de un contexto en el que la violencia estructural trabaja a todos los niveles del sufrimiento humano, sacando a partir del mismo un increíble provecho económico que queda expresado en las cifras de los beneficios de los principales agentes del capitalismo mundial.

Sin embargo, a diferencia de lo que se cree por regla general en las sociedades del centro, la solución no radica en realizar ese sueño utópico del neoliberalismo que consiste en elevar a todos al mismo estándar de vida, sin por ello alterar el rumbo general de los acontecimientos, el cual tiene, sin lugar a dudas, un resultado final catastrófico. Más bien, el planteamiento general por el que debe discurrir cualquier solución certera es aquel que, a modo de como lo expresó Unabomber en su ensayo El buque de los necios, invierta el rumbo actual de los acontecimientos en sentido opuesto al que mantiene hoy el planeta.

Esto inevitablemente implica romper con aquellas ataduras que encadenan a los pueblos al engranaje económico del capitalismo, y que hace de la propia economía el único fin del hombre. Por esta razón únicamente la transformación de las estructuras del sistema y, consecuentemente, el desahucio del poder de las actuales oligarquías, debe tener como finalidad la consecución de aquella justicia social que hasta ahora ha sido negada. Es la única forma posible de poner fin definitivo a un problema, aquel que ha hecho de la economía un instrumento al servicio del beneficio de una minoría, la misma que ha encadenado a sus intereses al resto de la población.

En síntesis, sin un control político sobre la economía los pueblos del mundo permanecerán sometidos a las apetencias de las plutocracias internacionales. Por esto, cualquier solución no se puede centrar en intentar transformar, por una vía más o menos rápida, la forma y estilo de vida del conjunto de la población para que adopte aquella forma de vida propia de los explotadores. Más bien y por el contrario, los pueblos del mundo deberán tomar posesión de sus propias riquezas y someter la economía a sus propias necesidades de vida, sirviendo a los intereses del Todo y no de una minoría. Esto significará, en último término, cambiar las bases del poder por otras de diferente naturaleza, aquellas que tengan su referente en principios de orden superior.
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Sábado, Marzo 08, 2008

ABSTENCIÓN


 

La realización de un proceso electoral tiene como objetivo, tal y como dijo Jünger en su ensayo La Emboscadura, comprobar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Asimismo, las propias elecciones sirven para legitimar los resultados que se deriven de ellas y el conjunto del sistema de poder imperante.

El clima soft-totalitario actual no dista mucho del que hubo en aquella época en la que Jünger escribió La Emboscadura, y ello es así en la medida en que persiste la misma manipulación de aquel entonces bajo formas nuevas. Todo ello se refleja de una manera bastante clara y particular en diferentes aspectos que envuelven al proceso electoral y que, a su vez, forman parte intrínseca del mismo para, de cara al mundo, legitimar y validar un estado de cosas.

La existencia de elecciones no son, por sí mismas, una garantía de transparencia y legitimidad para un régimen determinado, por cuanto las propias elecciones no dejan de ser, en última instancia, un instrumento de poder que es utilizado en un claro sentido que favorece al sistema establecido, y con él a aquellas elites que ostentan el verdadero poder sobre la sociedad.

Las tendencias centrípetas producidas por el propio sistema en el que los partidos predominantes convergen entre sí, demuestra claramente que el creciente bipartidismo en los sistemas políticos anula las posibilidades reales de alternativas al poder político. El acercamiento de las posturas entre los partidos hegemónicos desarrolla la instauración de un sistema partitocrático, en el que el poder real descansa sobre la maquinaria burocrática de estos partidos.

El reparto del poder entre los partidos hegemónicos genera dentro de la sociedad y las instituciones sus correspondientes espacios de poder y esferas de influencia, a lo que se suma el mutuo acuerdo acerca de las reglas del juego que regirán sus relaciones recíprocas y que, a largo plazo, garantizarán su hegemonía sobre la sociedad sin ofrecer la posibilidad de acceder al poder a nuevos actores políticos y sociales.

Asimismo, los principales medios de comunicación de masas generan en la sociedad las correspondientes corrientes de opinión pública, aquellas mismas que orientan favorablemente al conjunto de la población en función de los intereses de los principales partidos, y más concretamente a favor de los intereses de la clase oligárquica que sostiene a aquellos con su dinero y su influencia económica en la sociedad. Por todo esto, el voto de los ciudadanos queda en gran medida determinado por la influencia que ejerce la propaganda, la publicidad y el bombardeo mediático que realizan televisiones, periódicos, radios, revistas y medios digitales a través de internet.

El sistema "democrático" actual es, en realidad, una dictadura encubierta revestida de una fachada mediática por la cual se hace creer a la población, a través del engaño, que ella detenta el poder y que, por lo tanto, es enteramente libre a la hora de decidir quién va a gobernar el país. Pero, lo cierto y real es que previamente ha sido "acondicionada" mentalmente para que los resultados se ajusten a lo planeado por quienes detentan el poder.

El juego electoral sigue la ley del más fuerte, el cual sobrevive en un medio hostil al disponer con más y mayores recursos económicos, de manera que el que no cuenta con dichos medios queda relegado al más completo ostracismo, no contando absolutamente para nada. Por lo tanto, en el actual sistema quien más dinero tiene es quien manda.

La concentración del poder es común tanto en la vigente pseudodemocracia como en un régimen totalitario. En este último caso el poder lo concentra el partido único que controla los aparatos del Estado, y en el caso de las democracias occidentales lo concentra una clase económica dominante. Pero lo que ambos modelos políticos tienen en común, aparte de esta concentración de todo el poder en muy pocas manos, es el hecho de que las elecciones tienen, en ambos casos, un idéntico cometido por el cual se limitan a reflejar la voluntad de quienes tienen el poder y, simultáneamente, legitimar los resultados obtenidos además del propio régimen imperante.

En ambos casos se ve una clara analogía en cuanto al método de gobierno empleado. La propaganda se utiliza para satisfacer los intereses de quienes tienen el poder, y así recabar su legitimidad interior a través de las elecciones, las cuales harán posible su correspondiente legitimidad exterior ante otros países y regímenes políticos.

Sin embargo, la sutilidad del sistema demoliberal actual opera eliminando las alternativas al régimen, lo que lleva, directamente, a anular cualquier capacidad de decisión real en este sentido. Esto no sólo se efectúa a través del poder del dinero y su influencia mediática, sino sobre todo por el carácter profundamente impopular de las propias elecciones en tanto en cuanto estas se realizan una vez cada cuatro años, prescindiendo de la sociedad el resto del tiempo de cara a que sus demandas sean recogidas por los gobernantes.

Juntamente con esto hay que añadir el hecho de que, en las elecciones, no se elige, sino que por el contrario se ratifican unas listas que han sido elaboradas por los propios partidos que se presentan, lo que reduce al mínimo exponente la intervención de la sociedad en los asuntos de gobierno. Y, junto a esta imposición hay que sumar todavía otra más, aquella que se refiere a los programas de cada partido. Estos programas políticos constituyen una elaboración propia de cada partido con los que se presentan a las elecciones, y son una imposición en la medida en que la sociedad no interviene en su elaboración, de forma que no representa los intereses de esta sino los de una facción social encarnada por el partido.

Además de lo ya dicho, las elecciones entrañan un sinsentido al estar orientadas hacia la configuración de las cámaras legislativas, las mismas que se ocupan de la creación de leyes. Y esta falta de sentido estriba en el hecho de que, la democracia actual, no es más que una forma de tiranía en la que arbitrariamente las cámaras legislativas hacen a su voluntad las leyes que quieren, no existiendo ningún referente superior, universal y permanente que esté más allá del voluntarismo y del paso del tiempo, sirviendo así como principio organizador del conjunto de la sociedad más allá de cualesquiera intereses particulares.

En definitiva, las elecciones únicamente sirven para que todo continúe como está, de manera que el régimen vigente junto a sus elites rectoras y sus correspondientes estructuras obtengan legitimidad, y de igual modo las decisiones derivadas del nuevo legislativo y del ejecutivo resultante. Esto seguirá así mientras la sociedad, en conjunto, no sea incorporada a la categoría de soporte histórico de las instituciones del Estado, y por tanto desarrolle una participación y presencia directa en los asuntos de gobierno sin las cortapisas de los partidos. La abstención es la única respuesta para restar legitimidad a la actual tiranía, lo contrario es legitimarla y ampararla con unos votos que, además, reportan importantes cantidades de dinero a los partidos hegemónicos.
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Sábado, Marzo 01, 2008

KOSOVO: MUSSOLINI Y HITLER TAMBIÉN QUISIERON DIVIDIR YUGOSLAVIA


 

Noticia del 18 de febrero de 2008.

En reconocimiento de la independencia de Kosovo, la Unión Europea y los EE.UU. llevan a cabo los proyectos de Mussolini y de Hitler con vistas a parcelar la ex-Yugoslavia, ha declarado el lunes el hijo del último rey yugoslavo Alexander Karadjordjevic.

«Una parte del proyecto de Mussolini y Hitler ha sido realizada completamente sobre el suelo serbio», se lee en una declaración difundida en inglés por el Consejo real, órgano consultivo ante el pretendiente al trono yugoslavo.

Los acontecimientos observados en Kosovo «no son culpa de los albaneses, sino por la culpa de aquellos que los han sostenido, reconocido, alentado y financiado», consideran los autores de la declaración.

«Este día, Europa ha perdido su cara, descalificado su historia y demostrado que ella portaba en sí misma el virus de su propio desmoronamiento. Este día, América ha traicionado a Washington, Lincoln y Wilson», afirma la declaración del Consejo real.

En una declaración especial, el príncipe Alexander se ha declarado «profundamente chocado y herido» al enterarse «con dolor» de las primeras novedades llegadas de Kosovo.

«Hoy, tengo la impresión de que el mundo entero se opone contra nuestro pueblo y comete la más grave de las injusticias», ha sostenido.

Denuncian una «violación del derecho internacional», el príncipe Alexander ha hecho un llamamiento a la comunidad internacional para «no debilitar al pueblo serbio en este momento crítico de su historia» y garantizar la seguridad de la minoría serbia sobre el territorio de Kosovo y proteger todas las iglesias ortodoxas.

Hijo del último rey Pedro II de Yugoslavia, el príncipe heredero Alexander Karadjordjevic es el pretendiente oficial al trono serbio.

Después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el rey Pedro II rehusó colaborar con Hitler y tuvo que refugiarse en Inglaterra. Terminada la guerra, los comunistas que llegaron al poder en Yugoslavia desposeyeron a la familia real de su ciudadanía yugoslava. Tras la guerra, Pedro II se traslada a los Estados Unidos donde termina sus días en 1970.

El príncipe Alexander nació en Londres en 1945. El rey Jorge VI de Gran Bretaña y la futura reina Elisabeth II son su padrino y madrina. El príncipe heredero ha visto restituida su ciudadanía yugoslava en 2000 y vive actualmente en Belgrado.

Fuente: RIA Novosti (versión francesa)

Traducción: Emboscado

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