Friday, August 21, 2009

UNA APROXIMACIÓN A LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL NACIONALISMO SERBIO

1. Introducción

La paz de Westfalia en 1648 supuso la victoria de la soberanía de los Estados como forma de autoridad política frente al Imperio y al Papado, lo que convirtió al Estado en el actor central de las relaciones internacionales. Pero las normas que emergieron en Westfalia no nacieron de la nada, sino que cuentan con sus antecedentes en lo que podría denominarse el proceso de formación del Estado-nación moderno.

Puede afirmarse que fue un proceso gradual de expropiación de los medios de dominación política lo que hizo posible la construcción del Estado moderno. Este mismo proceso anunciaba ya la desvinculación del poder político con respecto a la religión, lo cual no se haría del todo efectivo en el plano internacional hasta la paz de Westfalia. Hasta entonces la religión había jugado un papel significativo en las relaciones internacionales debido a que no existía una soberanía como autoridad suprema sobre un territorio, pues esta se encontraba compartida por los integrantes de una jerarquía que partía del Papa y el Emperador hasta los campesinos pasando por reyes, barones, condes, duques, etc. Con la reforma protestante los monarcas, la nobleza, el Emperador y el Papa, entre otros, lucharon para mantener la homogeneidad religiosa y para extender su particular fe sin respetar los límites territoriales, lo que inevitablemente produjo importantes guerras de religión. Sin embargo, con el nuevo orden surgido después de Westfalia se estableció el principio de no ingerencia en los asuntos internos de un Estado, de esta manera se impedía que un Estado intentara definir la relación entre poder político y religión más allá de sus fronteras.[1]

La religión, que antes había sido motivo de disputa entre los Estados que luchaban por preservar la homogeneidad religiosa en sus fronteras y extender su particular fe a otros países, dejó de ser desde entonces un actor internacional fundamental y pasaron a ser los propios Estados, que ya no reconocían ninguna otra autoridad superior a ellos mismos, fuese el Imperio o el Papado, los actores principales del sistema internacional.

La autonomía alcanzada por la política con respecto a la religión implicó a largo plazo una gradual y progresiva secularización de las sociedades de Europa occidental. Fue así como los Estados, las organizaciones internacionales, partidos, etc., han pasado a perseguir objetivos que incluyen el poder, la seguridad, el desarrollo económico, etc., pero que no incluyen la extensión o promoción de la religión. Por decirlo de alguna manera las motivaciones religiosas han perdido relevancia en unas relaciones internacionales secularizadas.

Asimismo, las ideologías políticas como el marxismo, liberalismo, nacionalismo y otras, han cambiado sus lealtades hacia objetos diferentes de Dios. Pero se tratan de sistemas de pensamiento incompletos en la medida en que son incapaces de dar un sentido último a la existencia humana, por esta razón, aunque la religión ha perdido gran parte del peso que tuvo en la era previa a Westfalia, el conjunto de creencias que la conforman dotan al individuo de ese sentido último de la existencia y establecen un sistema de vida que es practicado en comunidad, y que representa un marco de referencia para la organización del colectivo.

Sin embargo, en la actualidad existen casos que parecen contradecir la lógica secular del orden de Westfalia como puede ser el Islam o la importancia del papel que a nivel identitario ha recobrado la religión en los conflictos de la antigua Yugoslavia. En los Balcanes la religión sirvió como elemento aglutinante y movilizador de las diferentes comunidades, sirvió como instrumento de legitimación de los Estados que se constituyeron e influyó en la política de la región. Por este motivo se tratará de estudiar estos fenómenos políticos e ideológicos en términos generales para determinar el grado de importancia de la religión y con ello la relevancia que ha recobrado en las relaciones internacionales. Finalmente se analizará el caso concreto del nacionalismo serbio desde la perspectiva de su evolución histórica, lo que de alguna medida servirá para destacar la relevancia de la religión en estos movimientos políticos e ideológicos.

2. Nación, nacionalismo y religión: el caso yugoslavo

Como explica el profesor Pedro Ibarra la nación es una construcción subjetiva producida por el nacionalismo, pero nada de esto es posible si previamente no existe una identidad nacional, un hecho diferencial que surge de la etnicidad. La existencia de un grupo que da importancia a los lazos que lo unen en la formación de un Nosotros y que se percibe diferente es el fundamento de la etnicidad.[2] Estos lazos pueden ser la lengua, la costumbre, las experiencias históricas, las tradiciones o las religiones.

Por otra parte, todas las características mencionadas junto a aquellas que definen y conforman el espacio en el que se desarrolla la vida cotidiana son las que dan contenido a una determinada forma de vida, de manera que, como indica Miller, la identidad nacional se encuentra al margen de un proceso reflexivo de elección, pues se trata en gran medida de algo dado.[3] La nación, aún tratándose de un concepto construido, se encuentra inserta en la historia y está sometida a cambios y evoluciones.

Pero el nacionalismo, aún nutriéndose de la etnicidad como fundamento para reclamar la adscripción individual a la nación, es un referente ideológico que busca la creación de un proyecto colectivo para la construcción de la comunidad nacional sobre aquellos rasgos que la definen. Por tanto, el nacionalismo aspira a la construcción de un Estado plenamente soberano para todos los que forman parte de la comunidad nacional de referencia. Sobre la base de un patrimonio común (cultura, historia, lengua, tradiciones, religión, etc…) se pretende construir, a su vez, un destino común.

Conviene traer aquí la definición que destaca Ibarra:

“|…| el nacionalismo implica una lealtad exclusiva o marcadamente prioritaria a la nación; la afirmación de que sólo es posible la libertad y realización humana a través de la identificación con la nación; la plena identificación con los rasgos que se han definido como únicos en la conformación tanto de la identidad nacional como de la propia nación; y finalmente la necesidad y virtud de que cada nación tenga su Estado soberano”.[4]

Se da una valoración positiva de la nación ya que es considerada un Bien, en este caso común y compartido pero también deseable. No basta con ser y sentirse miembro de una comunidad nacional, el nacionalismo imprime sobre esto su particular juicio de valor al considerar dicha pertenencia como algo positivo, algo bueno. Por esta razón el nacionalismo, en muchas ocasiones, tiende a excluir otras lealtades distintas de la nación. A esto habría que añadir que para el nacionalismo la felicidad humana se realiza en la nación, y que su defensa a través de un Estado fuerte es algo imprescindible.

El nacionalismo, en ocasiones, tiende a fundarse sobre unas señas de identidad rígidas y excluyentes que originan relaciones antagónicas con otras sociedades, lo que reintroduce el viejo esquema definitorio de lo político a partir de la distinción amigo-enemigo,[5] en este caso percibiendo la identidad del otro como la negación de la propia.[6] Esta circunstancia ha tendido a combinarse, muy especialmente en el caso yugoslavo, con las demandas de poder político para la nación. Se entiende que el sustrato popular que configura la nación sólo es auténtico cuando no depende de otros, cuando tiene el poder político. De esta manera la nación únicamente conserva su particularidad cuando tiene su correspondiente Estado y no es gobernada por otra nación. Así es como el autogobierno constituye un rasgo central en la definición de nación. “Hay nación porque hay voluntad de ser un pueblo, y sólo puede existir esa voluntad si existe conciencia de no dependencia”.[7]

En la antigua Yugoslavia los nacionalismos emergieron violentamente como la voluntad por parte de las repúblicas de Eslovenia y Croacia de exigir el poder político, de contar con sus propios Estados independientes en la medida en que consideraban que Yugoslavia, como unidad política, negaba la identidad de sus respectivas poblaciones. Pero juntamente con esta lógica se unió otra argumentación llevada a cabo desde las propias repúblicas hacia sus respectivas sociedades, aquella en la que el poder político de los Estados fomenta el nacionalismo para legitimarse tratando de hacerse representante del pueblo que sus ciudadanos conforman.

Aquí es donde se percibe la función legitimadora del Estado a través del nacionalismo, lo cual tiene sus orígenes en la desaparición del Antiguo Régimen y la quiebra de los sistemas de lealtad previos. De alguna manera, tal y como sugiere Pedro Ibarra, el nacionalismo es una ideología que surge desde el Estado ya que este necesita ser obedecido y para ello no basta con que las autoridades políticas sean elegidas por la población, sino que es imprescindible que los ciudadanos se perciban como miembros de una comunidad, y por tanto como portadores de un patrimonio y un destino colectivo común.[8] Así es como el individuo considera que el Estado debe ser obedecido porque en caso de desobediencia tanto la comunidad como sus rasgos diferenciadores son puestos en peligro, y su propia razón de ser también dejaría de existir. Este proceso tuvo lugar en el seno de Yugoslavia, pues las diferentes repúblicas fomentaron el nacionalismo para obtener la adhesión de los miembros de su comunidad nacional mayoritaria, pero al mismo tiempo para reafirmarse como unidades políticas independientes, como proyecto colectivo común de una determinada comunidad nacional.

Indudablemente el carácter federal de Yugoslavia contribuyó a que se superpusieran dos lógicas diferentes, por un lado la que reclamaba la independencia y la soberanía plena para las repúblicas frente a la federación, y por otro la promoción en el interior de esas mismas repúblicas de un nacionalismo exacerbado para legitimar el proyecto que representaban los nuevos Estados independientes, lo que en gran medida también tenía por objetivo silenciar a las minorías nacionales presentes en su interior.

El nacionalismo étnico que se desarrolló en los Balcanes estableció unos rasgos de pertenencia nacional a los que se les dio una categoría de objetividad, motivo por el que terminaron funcionando de forma completamente excluyente. La consecuencia lógica de este criterio fue negar los derechos y la condición de nacionales a los que viviendo en el territorio nacional no compartían la identidad de la población mayoritaria. Lo que interesa aquí son los elementos diferenciadores que primaron. En el caso de la antigua Yugoslavia la religión ha tenido un papel fundamental en el nacimiento y perpetuación del nacionalismo, lo que en cierto modo vendría a confirmar lo dicho por el filósofo Tadich: “nosotros estamos aún en el prefacio de la paz de Westfalia”.[9]

No es nada desdeñable el hecho de que en Yugoslavia se operaran transiciones ideológicas desde el socialismo oficial del Estado a un creciente nacionalismo. Algunos autores, como Francisco Veiga, ven en la confluencia de factores económicos, sociales y políticos la causa principal de la emergencia de un fuerte nacionalismo en el interior de Yugoslavia. El modelo autogestionario favoreció una creciente autonomía de las diferentes repúblicas en el ámbito económico y una fragmentación del mercado nacional, unido también a la aparición de una clase media tecnócrata que fue necesaria para la consecuente industrialización del país y que constituyó una nueva elite oligárquica. Todo esto, unido a la organización cuasiconfederal del Estado y al carácter autoritario del régimen con la presencia de partidos comunistas cada vez más autónomos con respecto a la dirección central, llevó a las oligarquías regionales a instrumentalizar el nacionalismo en sus particulares luchas para obtener más poder.[10]

En un sentido parecido camina lo planteado por Ranko Bugarski:

“En este punto, las élites políticas de las respectivas repúblicas, en su lucha por mantener el poder y los privilegios impidiendo el posible avance de un genuino pluralismo democrático, se acogieron a la única fuerza que quedaba y que era lo suficientemente fuerte para movilizar al pueblo desilusionado: el nacionalismo”.[11]

Otros autores, sin embargo, explican las causas del resurgimiento del nacionalismo en Yugoslavia a finales de los 80 a partir de la combinación de desigualdades económicas y diferencias culturales. Las desigualdades entre las zonas económicamente más pujantes e industrializadas situadas al norte, como Eslovenia, Croacia o la provincia autónoma de Vojvodina, que aportaban la mayor parte del PIB del conjunto de la federación, y otras zonas más deprimidas como Bosnia, la provincia autónoma de Kosovo o Macedonia.[12]

Tampoco hay que obviar que los nacionalismos de base étnica, especialmente el esloveno y el croata, utilizaron, tal y como señala Bugarski, la lengua para conseguir sus propios objetivos, e intentaron hacer de ella un elemento diferenciador más con el que poder consolidar la identidad propia frente a la de los Otros. La lengua es entendida como “|…| un símbolo de lealtad étnica, nacional, confesional, profesional u otro tipo de vínculo colectivo”.[13] En este sentido la lengua es instrumentalizada como mecanismo para integrar a una determinada comunidad nacional y, al mismo tiempo, para diferenciarla de las demás. Con la aparición de los nuevos Estados nacionales de Croacia y Eslovenia “|…| fueron establecidas también sus lenguas nacionales, codificadas en forma de lenguas estándar o literarias como entidades diferenciadas sobreimpuestas a la continuidad de los dialectos hablados”.[14]

Pero es la religión, como señala Trivo Indjic, el elemento fundamental para la formación de los nacionalismos en los Balcanes occidentales. La singularidad de este fenómeno estriba en el hecho de que la religión recuperó en este caso un protagonismo que había perdido con el sistema westfaliano en el que el Estado, como entidad política autónoma, se había convertido a través del principio de no injerencia en el actor central de las relaciones internacionales.

Es un tanto peculiar el hecho de que dos religiones con vocación universal como son el caso del cristianismo (tanto en su vertiente católica como ortodoxa) y el Islam hayan constituido elementos diferenciadores básicos para el nacionalismo balcánico. Si el nacionalismo fue un producto de la modernidad, y más en particular de la Ilustración, caracterizado por ser un movimiento secular que reorientó la lealtad del individuo hacia la nación, en el caso de los Balcanes la religión ha sido la principal diferencia entre poblaciones con un origen común, una lengua común, una historia conjunta y tradiciones culturales muy similares. “La identificación religiosa antecedió a la nacional y política y siempre ha sido en los Balcanes el fundamento de ambas”.[15] La religión ha nutrido a los nacionalismos balcánicos de la correspondiente especificidad étnica para cada comunidad.

El origen de la división religiosa en los Balcanes tiene sus raíces en la división entre Oriente y Occidente, y más concretamente en el primer gran cisma en el seno de la Iglesia en el 1054, lo que marcará la división del mundo cristiano entre el Oriente ortodoxo y el Occidente católico-romano. Tanto Oriente como Occidente conformarían a partir de entonces sus respectivos ámbitos de influencia en los que los Balcanes occidentales se sitúan en un espacio intermedio habiendo quedado separados espiritual y políticamente. Han sido, por decirlo de algún modo, el campo de batalla entre los intereses del Este y del Oeste en el que las diferentes potencias han trazado sus esferas de influencia y hegemonía, lo que ha determinado de manera decisiva el desarrollo histórico, político y religioso de las poblaciones de la región.

La vinculación del príncipe croata Tomislao a la Iglesia de Occidente en el año 925 con el propósito de obtener el apoyo del Papa y ser reconocido como rey, supuso la división del colectivo eslavo entre orientales y occidentales. Las consecuencia posterior a esto fue la promoción de la presencia de la Iglesia romana hasta el punto de imponer el catolicismo junto al idioma y alfabeto latinos. Desde entonces el Papa ha ejercido su influencia sobre la zona a través de Venecia, Austria, Alemania y Hungría, lo que también ha hecho posible una importante germanización del colectivo eslavo, especialmente los eslovenos, que fue sometido a una continua asimilación y opresión nacional.

Asimismo, esta circunstancia también ha influido notablemente en la mentalidad y cultura política de los eslavos que quedaron bajo la influencia de Occidente a través de su vinculación a los imperios centroeuropeos, lo que cambió de manera considerable su percepción de sí mismos y de sus vecinos eslavos. En lo que a esto se refiere es destacable su inclinación hacia el federalismo como parte de su herencia histórica dentro de estos imperios, lo que el político croata Stepan Radic sintetizó claramente:

“Nuestra historia, nuestra situación geográfica, nuestra orientación hacia Hungría nos hacen federalistas para no ponernos en absoluto bajo la dependencia de los Balcanes, que son la prolongación de Asía. Nuestro deber es europeizar los Balcanes, no balcanizar croatas y eslovenos”.[16]

El elemento religioso junto al propiamente histórico también ha creado su propia percepción del Otro. En el caso de los eslavos católicos, dada la importancia que la Iglesia católica ha tenido, y que aún hoy tiene, y como consecuencia de la dependencia eclesiástica de la jerarquía religiosa con respecto al Vaticano, su lealtad hacia la antigua Yugoslavia y hacia los demás pueblos eslavos siempre estuvo bajo sospecha, lo que en cierto modo los convertía en traidores en potencia.

Sumado a lo anterior se encuentra el papel que tradicionalmente ha desempeñado la Iglesia católica, que ha tendido a mostrarse favorable a la existencia de Estados independientes en aquellos lugares donde los católicos son la población mayoritaria. En una Yugoslavia unida la influencia y control sobre sus creyentes era más difícil. “La Iglesia católica siempre ha sido un obstáculo para que los pueblos yugoslavos se unifiquen de forma democrática y liberal, por miedo a que la vida social de los creyentes se escape a su control”.[17]

Sin embargo, la Iglesia ortodoxa serbia es autocéfala desde 1219, por lo que su jerarquía no depende de una autoridad exterior. Se podría decir que se trata de una iglesia nacional cuya influencia se extendió al conjunto de los Balcanes a través de la presencia de población serbia. Además de esto históricamente se encuentra íntimamente ligada a la formación del Estado serbio, por lo que fue uno de los principales preservadores del orden interno de la nación.

Pero es el nacionalismo serbio nuestro principal motivo de atención, de modo que será analizado desde la perspectiva histórica de su evolución lo que inevitablemente destacará la importancia de la religión ortodoxa como su principal sustrato ideológico.

3. El nacionalismo serbio: una aproximación

Indudablemente en la formación del nacionalismo se encuentra muy presente la función mitológica que desempeña la ciencia histórica como fuente de creación de mitos nacionales, los mismos que después pasan a sustentar proyectos colectivos y a generar conciencia nacional.

Es aquí, llegados a este punto, donde cobra una vital importancia la cuestión de los orígenes, sobre todo lo que tiene que ver con los relatos sobre el pasado remoto de la comunidad. En el caso serbio destaca la importancia de la formación del primer Estado independiente creado de la mano de Stefan Nemanja en 1186 y que tuvo por centro político la ciudad de Raška, que se encuentra en Kosovo. Pero el origen del Estado serbio se encuentra intrínsecamente unido a la ortodoxia, pues el propio Nemanja realizó una importante labor evangelizadora construyendo multitud de iglesias y monasterios ortodoxos, además de ser considerado junto a su hijo San Sava el fundador de la Iglesia Ortodoxa serbia. Es con este último con el que la Iglesia Ortodoxa recibió su autocefalía de la Iglesia matriz en Constantinopla. Hasta tal punto es importante la relevancia de San Sava que la autocefalia eclesiástica de los serbios es denominada sansavismo.

Así pues, la centralidad del complejo mítico-simbólico en el nacionalismo serbio la tiene Kosovo, que es el reflejo de la evolución de una conciencia colectiva, de las transformaciones que ha sufrido y las funciones políticas que ha tenido a lo largo de la historia.[18] Pero es justamente con la derrota en la batalla de Kosovo en 1389 frente al ejército turco el acontecimiento que marcará significativamente al nacionalismo serbio, debido a que con esta derrota desapareció la independencia del Estado serbio y comenzaron los 500 años de dominación y ocupación extranjera. Aunque más bien cabría decir que fue con aquella derrota militar, tal y como señala Mira Milosevich, como hizo su aparición la conciencia identitaria, pues se produjo una discontinuidad y una ruptura histórica ante la pérdida que significó la desaparición del Estado.

Pero volviendo al papel de la ortodoxia en la formación de la identidad y del carácter propiamente serbio, es importante destacar que la Iglesia ortodoxa sirvió en su momento para que los Nemanjic ejercieran el papel de unificadores religiosos y luchadores de la fe, lo que posteriormente se expresó en la unidad política de los serbios en un mismo reino. Además de esto la evangelización llevada a cabo por los Nemanjic en los Balcanes permitió debilitar las diferencias entre sus súbditos y darles el sentimiento de pertenencia a una única comunidad religiosa, al mismo tiempo que consolidaban el poder de su dinastía. Tal y como lo explica Mira Milosevich el proceso de formación de la etnia serbia y la evangelización se produjeron simultáneamente.[19] La Iglesia llegó a ser considerada el cuerpo místico del pueblo serbio, parte a su vez del Cuerpo Místico de Cristo.

Es importante la coincidencia que se da entre poder temporal y autoridad espiritual en el mundo ortodoxo en lo que se ha denominado sinfonía o armonía de los poderes. Los reyes serbios fueron líderes de la Iglesia Ortodoxa serbia y una vez muertos canonizados, lo que otorgaba santidad al Estado mismo. Este rasgo constituye la principal diferencia con respecto a las querellas que históricamente existieron en Occidente entre el Imperio y el Papado en lo que se refiere a las investiduras, unido también a la voluntad de independencia y al ansia de dominio de la Iglesia de Roma sobre el poder temporal.

En el mundo ortodoxo la identificación de la Iglesia con el Estado es bastante habitual, lo que en la práctica los ha hecho indistinguibles. Por ejemplo, en el caso serbio el Sínodo de las Iglesias Ortodoxas celebrado en 1872 concluyó que la Iglesia serbia había incurrido en un etnofiletismo, es decir, en la subordinación de la universalidad de la religión a los ideales nacionales. Esto no era más que la consecuencia de la veneración religiosa de los fundadores del Estado serbio, quienes como santos nacionales contaban con una legitimidad tanto política como eclesial, lo que posteriormente derivó en un culto al Estado. Aquí existe una evidente correspondencia con el caso del Imperio Ruso, donde el Zar, como el Ungido por Dios, concentraba en su persona la autoridad espiritual y el poder temporal como símbolo del poder de Dios en la tierra lo que significó, también, la veneración religiosa del monarca. “La Iglesia –concebida como el alma de Rusia- no se situaba por encima del Zar, sino que le reconocía su autoridad sobrenatural y legítima, bendiciéndola, ya que de otra manera el propio Estado estaría condenado a muerte”.[20]

Como se ve existe una clara identificación entre la Iglesia y la dinastía de los Nemanjic, lo que identifica a la comunidad religiosa, el pueblo serbio, con el poder monárquico. Se pone de manifiesto la importancia crucial de la religión en la formación de la identidad serbia como el principal elemento aglutinador y cohesionador de la comunidad, pero también como demarcación de su singularidad y particularidad con respecto a otros pueblos. Por este motivo la ortodoxia y el origen (ortodoxo) del Estado serbio van a definir y determinar el ser serbio, y este aspecto va a ser fundamental en los conflictos étnicos que se desarrollarían a finales del s. XX. El nacionalismo serbio estuvo impregnado desde sus orígenes por la religiosidad ortodoxa y su mística.

No menos importante es la grandeza que alcanzó Serbia cuando se convirtió en un Imperio con el Zar Stefan Dušan entre 1346 y 1355. Bajo su mandato Serbia consiguió su máximo esplendor y apogeo. Pero con su muerte la nobleza serbia se repartiría sus territorios. A pesar de esto, para el nacionalismo serbio el Imperio constituyó la época dorada del país que evoca su aspiración por conseguir una Gran Serbia que emule la grandeza de aquel entonces.

Pero es la derrota de 1389 frente a las tropas turcas lo que marcará la conciencia nacional serbia para siempre, pues de ahí nacerá la conciencia de la independencia perdida y la imperiosa necesidad de recuperarla frente al ocupante turco. En este punto es donde cobran especial importancia en el imaginario colectivo todas las sagas acerca de la batalla, la cual es revestida de un carácter épico en las que el conde Lazar Hrebeljanovic reunió a la nobleza serbia para hacer frente al invasor. La identidad heroica que se le atribuye a los protagonistas debido a la inferioridad serbia en la correlación de fuerzas está también unida al sacrificio hecho por el conde Lazar, quien se sacrificó a sí mismo en la batalla aún siendo consciente de que era imposible vencer a los turcos. La muerte heroica en combate asegura la vida eterna al caído, lo que le confiere una dimensión martiriológica a la propia batalla. Asimismo, este aspecto también refleja claras influencias islámicas en la literatura serbia de los cronistas eclesiásticos tal y como explica Mira Milosevich.[21] Todos estos elementos históricos, religiosos y literarios contribuirían a formar el universo mítico del que posteriormente se nutriría el nacionalismo serbio.

Con la derrota ante los turcos Serbia quedó repartida entre el Imperio Austrohúngaro y el Imperio turco. En las disputas entre ambos imperios los serbios sirvieron de carne de cañón para Austria-Hungría, y de moneda de cambio entre las potencias dominantes en la región. Únicamente destacar que en 1718 se firmó un tratado de paz en Požarevac con el que el Imperio otomano perdía la mayor parte de sus posesiones en los Balcanes occidentales.

Fue a finales del s. XVIII cuando se produjo el primer renacimiento nacional serbio con la presentación en Timisoara del primer programa nacional, y concretamente en 1793 fue Dositej Obradovic el primero en utilizar la palabra “nacionalista” en idioma serbio. Obradovic, influenciado por el racionalismo y la Ilustración se mostró partidario de hacer del lenguaje popular de los serbios una lengua literaria, pues “|…| argumentaba que el idioma es igual que la comunidad étnica y que los límites de ese idioma son a la vez las fronteras de ese pueblo (independientemente del estado en que viva ese pueblo y de las iglesias a las que pertenezca)”.[22]

Se trata, entonces, de un primer nacionalismo que intenta basar la unidad de los eslavos meridionales sobre la unidad lingüística, lo que de alguna manera confiere un carácter integrador al proyecto nacionalista. Se pretendía superar las diferencias religiosas a través de una estandarización del lenguaje literario popular. Pero ya a principios del s. XIX se da una recopilación de la poesía épica serbia llevada a cabo por Vuk Stefanovic Karadzic, en la que las historias y poemas contienen llamamientos a la lucha contra los otomanos, lo que dio lugar a una reinterpretación de la batalla de Kosovo vista ya no tanto como una defensa de la Patria espiritual como la lucha por la libertad e independencia de Serbia. Es entonces cuando, según Mira Milosevich, “|…| el mito dinástico de los Nemanjic fue reemplazado por el mito del pueblo, de la nación humillada”.[23]

El papel de Vuk fue muy importante en las aportaciones culturales, sobre todo a nivel literario, en la medida en que nutrieron de una especificidad étnica a los serbios, lo que evocaría un particular romanticismo de claras reminiscencias herderianas. Fue el padre del alfabeto serbio, y fundó la idea de la nación en la comunidad lingüística, de manera que quienes hablen el mismo idioma pertenecen a la misma nación. Todo esto condujo junto a otros lingüistas a probar la existencia de un idioma común, el ilirio, que era la base común del serbio y del croata. Las aportaciones teóricas de estos intelectuales cobraron forma en un movimiento conocido como ilirismo y que constituye el origen de la invención de la nación yugoslava.

Ya en 1844, el ministro de asuntos exteriores de Serbia, Ilija Garašanin, redactó el primer programa nacional serbio, Načertanje, que serviría de inspiración para futuros programas políticos de cara a la creación de una nación yugoslava que tuviera como base el Estado serbio. Por tanto se puede apreciar que en un principio el nacionalismo serbio, o más bien el protonacionalismo serbio, estuvo inspirado en la idea de unir a todos los eslavos del sur en un mismo Estado tratando de superar las diferencias religiosas por medio de la unidad lingüística. El modelo que se tomaba de referencia era el de Stefan Dušan, teniendo por objetivo final la reconquista de Constantinopla y el restablecimiento del Imperio Bizantino. La liberación de los eslavos del sur bajo liderazgo serbio hizo posible la formación de una organización revolucionaria con propagandistas, además de una guerrilla que luchara por la completa independencia de Serbia, los famosos chetniks (četniki). Se llegaron a preparar acciones insurrecciónales contra el imperialismo austrohúngaro en Bosnia, y acuerdos con organizaciones croatas que compartían el ideal “yugoslavista”.[24] Esto, sin embargo, debido a las circunstancias de la política interna de Serbia no pudo consumarse, pero ello no impidió que contribuyera a inspirar posteriormente la formación de la primera Yugoslavia.

Si las revueltas de 1804 y 1815 con el renacimiento nacional serbio sirvieron para obtener una autonomía dentro del Imperio otomano y con ello alcanzar una semiindependencia, las potencias extranjeras no dejaron de intervenir e interferir en la política de Serbia. No fue hasta el Congreso de Berlín en 1878 cuando Serbia alcanzó su plena independencia del Imperio otomano, consiguiendo al mismo tiempo la ampliación de su territorio. Es necesario tener en cuenta en este punto que la independencia definitiva de Serbia no hubiera sido posible sin la intervención de Rusia, que declaró en 1877 la guerra al Imperio otomano sobre el que tuvo una importante victoria política y militar. Indudablemente esto acrecentó las simpatías del nacionalismo serbio hacia Rusia, y daría un importante impulso al proyecto de unir a los eslavos del sur en un mismo Estado. Fue así como el ideal de Yugoslavia pervivió hasta el s. XX, lo que en cierto modo sirvió de fermento para el atentado que acabó con la vida de Francisco Fernando I en Sarajevo.[25] Aunque como señala el propio José Girón, el reparto de los Balcanes benefició considerablemente a Austria con la adquisición de Bosnia, donde vivía una importantísima población serbia, razón de fondo que finalmente provocaría la Primera Guerra Mundial.[26]

Durante el s. XIX en Serbia se produjeron levantamientos contra los otomanos y una permanente lucha por el poder entre las dos líneas dinásticas: la casa de los Karagjorgjevic y la de los Obrenovic. Si destacamos este aspecto de la historia de Serbia se debe fundamentalmente al hecho de que cada casa real buscó sus particulares alianzas para conseguir expulsar a los otomanos. Así, por ejemplo, los Obrenovic intentaron apoyarse en Austria, mientras que los Karagjorgjevic buscaron el apoyo de Rusia para alcanzar la liberación nacional. Esto será una constante en la mentalidad de gran parte del nacionalismo serbio, ya que siempre tendieron a buscar una alianza estratégica con Rusia para realizar sus aspiraciones nacionales, a lo que estuvo íntimamente unido un fuerte sentimiento de solidaridad eslava consustancial al paneslavismo como corriente cultural y política.[27]

El asesinato del rey Obrenovic en 1903 responde al descontento general en la población serbia y en el ejército hacia una política que estaba anclada a los intereses de Austria. A esto hay que sumar que Bosnia, región habitada por una importante cantidad de serbios, estaba ocupada por Austria, por lo que no era agradable en absoluto que el rey serbio estuviera aliado con quien mantenía a una gran parte del pueblo serbio bajo dominación extranjera. Es entonces cuando los Karagjorgjevic volvieron a la jefatura del Estado y se rompieron los vínculos que ataban a Serbia con Austria. A partir de ese momento se propagó un amplio movimiento nacionalista que pretendía unir a los eslavos balcánicos en torno a la monarquía serbia.

La idea de Yugoslavia tuvo sentido para el nacionalismo serbio por dos motivos: al estar el pueblo serbio disperso a lo largo de todos los Balcanes occidentales, y ser al mismo tiempo la comunidad con mayor población, se tendió a buscar la construcción de un Estado para todos los serbios; con motivo de la histórica dominación extranjera a la que fue sometida la región, tanto por austrohúngaros como por otomanos, la formación de un Estado yugoslavo respondía a las aspiraciones de emanciparse de la opresión imperialista a la que todos los eslavos del sur estuvieron sometidos, pero también al deseo por parte de los serbios de liderar a esos pueblos.

Si el proyecto de Yugoslavia tuvo la suficiente recepción entre los eslavos meridionales como para consumarse en el reino de serbios, croatas y eslovenos en 1918 se debió, sobre todo, a las aspiraciones de emancipación nacional con respecto a Austria y Hungría, y en diferente grado a las pretensiones serbias de integrar a su propia población en un mismo y único Estado. Estas circunstancias podrían hacer alusión a un hipotético oportunismo, de manera que tal y como lo plantea Francisco Veiga el yugoslavismo fue una idea instrumental en relación con los objetivos nacionales de cada población más que una verdadera pretensión unitarista.[28]

Ya existían desconfianzas entre los propios eslavos de los Balcanes debido no sólo a sus respectivas confesiones religiosas, sino sobre todo a sus respectivas tradiciones políticas propias al ámbito de influencia, ya fuese oriental u occidental, en el que habían permanecido insertos. Estas desconfianzas se agravaron con la Primera Guerra Mundial en la que eslovenos, croatas y serbios se combatieron mutuamente en diferentes ejércitos.

Sin embargo esto no impidió que los eslavos meridionales crearan un reino conjunto como forma de hacer frente común a las pretensiones expansionistas de los imperios centrales. A esto contribuyó de forma importante el apoyo internacional por parte de las potencias vencedoras de la Gran Guerra, ya que se quería neutralizar la amenaza imperialista mediante su desmembración promoviendo la formación de diferentes Estados.

Durante el período de entreguerras se evidenciaron las diferencias en las tradiciones políticas de croatas y eslovenos por un lado y serbios por otro. Mientras los primeros eran partidarios de un marco político confederal, más en la línea de la tradición política de la que provenían, los serbios eran favorables a un Estado-nacional unitario en torno a la monarquía serbia y liderado por los propios serbios. A esto habría que añadir las distintas confesiones religiosas que abarcaba el país lo que unido a las permanentes desconfianzas generó importantes conflictos hasta el punto de que, el 3 de octubre de 1929, el rey Alejandro I instauró su propia dictadura con la creación del reino de Yugoslavia.

Para los intelectuales nacionalistas serbios el papel de Serbia en la unificación yugoslava tenía un paralelismo con la unificación italiana, ya que Serbia desempeñaba el papel de Piamonte. Esto contribuyó a desarrollar las tendencias panserbias o serbizantes a través de un modelo de Estado unitarista. Este ha sido uno de los principales argumentos utilizados por croatas y eslovenos para considerar que Yugoslavia no era otra cosa más que una extensión del reino serbio. Las tendencias federalizantes de estas comunidades eran una herencia de su tradición política en el seno del Imperio Austrohúngaro, por lo que al ser minoría en un Estado de mayoría serbia su desconfianza se proyectaba hacia el poder central.

Por el contrario, para los serbios las reclamaciones de croatas y eslovenos respondían a un intento de sabotear el nuevo Estado, lo que en muchas ocasiones se atribuyó a la acción de poderes e intereses extranjeros en la política interna, unido a una falta de voluntad de integración en el nuevo proyecto político anteponiendo intereses particulares a los del conjunto del Estado.

Pero durante la Segunda Guerra Mundial se produjo una gran ruptura entre las diferentes comunidades eslavas. Esto se debió en gran medida a las relaciones de poder y a las alianzas que impuso el contexto histórico, pero sobre todo al hecho de que tanto bosnios musulmanes como croatas colaboraron con las potencias ocupantes, mientras Yugoslavia quedaba reducida a su mínima expresión territorial en la parte central de Serbia, al mismo tiempo que los países vecinos, colaboradores del Eje, se repartían los territorios del ya desaparecido Estado yugoslavo. A todo esto hay que añadir el genocidio de casi un millón de serbios llevado a cabo por el Estado croata, y ejecutado por los ustasha.[29] Este acontecimiento supuso un daño irreparable que marcaría la conciencia colectiva de los serbios para la posteridad, y que serviría de argumento para el más exclusivista y radical nacionalismo serbio.

En la segunda Yugoslavia, la del croata Tito, el diseño de su organización territorial y la distribución del poder en el seno de la federación a través de las distintas repúblicas obedecía al propósito de neutralizar el poder y la influencia serbia en el nuevo Estado. La creación de 6 repúblicas y dos provincias autónomas dentro de una estructura que fomentaba el federalismo, y a partir de la constitución de 1974 el confederalismo, lejos de contribuir a forjar una identidad propiamente yugoslava sirvió para asentar las identidades étnicas preexistentes.

Los serbios eran la población mayoritaria en la federación, pero se encontraban dispersos en las diferentes repúblicas conformando importantes minorías. Tales eran los casos de Krajina y Eslavonia en Croacia, o el de gran parte de Bosnia-Herzegovina. Pese a que todos los serbios se encontraban integrados en un mismo Estado, Yugoslavia, la organización federal los mantenía dispersos y separados en diferentes repúblicas lo que indudablemente diluía su importancia y poder en el conjunto de la federación.

La progresiva descentralización y, finalmente, confederalización del sistema benefició a las distintas repúblicas y minorías étnicas, pues con ello se evitaba una concentración del poder del Estado en manos serbias y que esta comunidad se convirtiera en una amenaza para las minorías. Sin embargo, la estructura de esta segunda Yugoslavia fomentaría las fuerzas centrífugas, lo que marcaría su posterior disolución.

En este punto es interesante la aportación que hicieron al nacionalismo autores liberales como Vojislav Kostunica y Zoran Djindjic en los años 80 quienes, a través de una crítica al sistema de gobierno federal y a su inoperancia en la toma de decisiones, propusieron su reforma mediante una democratización del sistema con el establecimiento de una democracia mayoritaria, lo que conduciría a una unitarización del Estado yugoslavo y a alcanzar la comunidad serbia un mayor peso en el seno del mismo.[30]

Debido a los motivos mencionados a mediados de los años 80 se redactó el Memorándum, publicado por la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes, que ha sido considerado como el manifiesto fundamental del nacionalismo serbio moderno.[31] En este documento los intelectuales y académicos serbios denunciaban la parálisis institucional del gobierno federal, las disputas internas y las luchas geopolíticas que se estaban produciendo en el interior de la Yugoslavia postitista. También se denunciaba la marginación de las minorías serbias en las demás repúblicas, la creciente exclusión de los serbios en las estructuras políticas y en los centros de toma de decisión, y la pérdida de los territorios que históricamente habían sido considerados serbios.

Aquí sobresale la figura de Dobrica Cosic, considerado el padre de la nación Serbia moderna. Cosic concluía que el fortalecimiento del Estado federal había operado en detrimento del fortalecimiento de Serbia, por lo que “una Yugoslavia fuerte implica una Serbia débil”.[32] El nacionalismo serbio, tras la experiencia socialista de la Yugoslavia de Tito, concluyó que la organización de dicho Estado respondió al propósito de aminorar la importancia de Serbia en el seno de la federación, lo que implicó la debilidad de Serbia. Hasta entonces se había intentado una reforma del sistema federal dada su creciente inoperancia, lo que hubiera permitido un reajuste en beneficio de Serbia.

Con la independencia de las repúblicas que componían la antigua Yugoslavia el discurso nacionalista serbio adoptó posiciones etnicistas, con lo que se perseguía integrar bajo un mismo Estado a aquellos territorios pertenecientes a otras repúblicas y cuya población mayoritaria fuera serbia. Son importantes las palabras de Cosic en 1991 en las que señalaba que

“los serbios no tienen ninguna razón (…) para impedir que croatas y eslovenos abandonen Yugoslavia y se conviertan en estados independientes. Pero sólo podrán hacerlo sobre la base de sus territorios étnicos. Si, por el contrario, lo hacen a través de la anexión de territorios étnicos serbios, se convertirán en invasores y en fautores de guerra”.[33]

Esto marcaba el abandono de la idea de una Yugoslavia en la que los serbios convivieran junto a los demás pueblos eslavos. La creación de una Gran Serbia como Estado unitario que integrara los territorios en los que los serbios son mayoría pasó a ser el principal referente del nacionalismo serbio, la respuesta definitiva ante la crisis del Estado yugoslavo que había contribuido a frustrar gran parte de las aspiraciones serbias.

Finalmente, la conclusión del nacionalismo serbio extraída a partir de la fatídica experiencia yugoslava queda sintetizada por el literato Vuk Draskovic en lo siguiente: “y sin embargo, ha tenido que pagar un alto precio por su gran pecado. En efecto, en el siglo XX más de tres millones de servos [SIC] han caído por Yugoslavia. Y ciertamente no murieron para permitir hoy su desaparición, y con ella, la de Serbia”.[34] Ciertamente la unión de los eslavos del sur será considerado como un gran error histórico de la Serbia moderna, país que fue el gran promotor y la principal víctima de esta construcción multinacional.

4. Conclusiones

Las diferentes lógicas del nacionalismo han operado de manera simultánea en la desmembración de la antigua Yugoslavia. Esto ha sido así tanto para deslegitimar al Estado federal y reivindicar unas particularidades étnicas, como para legitimar los nuevos proyectos que emergían con la independencia de las diferentes repúblicas.

La religión ha sido el elemento fundamental que ha actuado como hecho diferencial entre las distintas comunidades nacionales en los Balcanes. Su importancia ha redimensionado la política desde una perspectiva puramente étnico-religiosa y ha roto con los fundamentos del sistema westfaliano. De este modo, con las sucesivas declaraciones de independencia, las distintas repúblicas fueron dadas a reclamar como propios los territorios en los que era mayoría su comunidad nacional. En este sentido se puede afirmar que aunque no se persiguió expresamente la extensión de una determinada confesión religiosa, sí se puede decir que la religión, como principal seña de identidad, fue el principal motivo que condujo a las repúblicas a intervenir en los asuntos internos de las demás.

Las diferencias religiosas, al menos en el caso de los Balcanes, se remiten al primer gran cisma en el seno del mundo cristiano entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla. A partir de aquí tanto Oriente como Occidente establecerán sus áreas de influencia que determinarán la identidad de cada comunidad y con ello los orígenes últimos de las posteriores guerras balcánicas.

No menos interesante son las transiciones ideológicas desde el socialismo al nacionalismo que se produjeron en la antigua Yugoslavia, lo que respondía a las pugnas de poder que existían en el seno de la federación entre las distintas elites locales. La vinculación de estas elites políticas a intereses económicos unido a las diferencias sociales existentes entre las repúblicas yugoslavas produjo las condiciones propicias para que, finalmente, el nacionalismo operara como instrumento de estas elites para obtener mayores cotas de poder. Todo esto junto a la estructura federal de Yugoslavia y la ausencia de mecanismos de control social reales en el Estado, es decir, formas democráticas de gobierno, creó el contexto favorable para que el proceso de desmembración adoptara un cariz violento.

Como se ha visto el papel de la religión ortodoxa es esencial en la formación de la identidad nacional serbia, y por tanto en la aparición del nacionalismo serbio como fenómeno ideológico moderno que reivindicará la ortodoxia como principal seña de identidad de los serbios al encontrarse en el origen de su primer Estado.

Se distinguen, entonces, diferentes fases en la evolución histórica del nacionalismo serbio pudiéndonos servir como referencia el esquema ofrecido por Fernández Riquelme:

1- La formación de la nación religiosa que enlaza con los orígenes míticos de la comunidad. El origen de la Iglesia ortodoxa serbia se encuentra en la acción evangelizadora de la dinastía Nemanjic, los fundadores del primer Estado serbio. Además de esto se encuentra el pasado glorioso del Imperio de Stefan Dušan como modelo de referencia para la creación de una Gran Serbia, a lo que hay que añadir la función mítica de los héroes-mártires en la batalla de Kosovo frente a los otomanos.

2- La aparición de la nación cultural serbia por medio de la obra filológica de Vuk Karadzic y su inestimable aportación a la lengua serbia con la creación de un alfabeto propio. Asimismo, también se produciría la sistematización de los principales elementos culturales que caracterizarán a los serbios mediante la compilación de poemas y relatos populares. En estos se recogen las principales tradiciones y costumbres de los campesinos serbios.

3- La nación política quedará ligada a la figura de Ilija Garašanin así como a la de los poetas románticos, pero muy en particular al movimiento ilirio y a las corrientes yugoslavistas que encontrarían en el reino de Yugoslavia la realización de gran parte de sus aspiraciones. La nación política vendrá representada por la permanente lucha de Serbia, a modo de Piamonte balcánico, contra las potencias ocupantes en la búsqueda de su liberación nacional.

4- La nación étnica que evoca a la Gran Serbia y a la integración de todos los serbios bajo un mismo Estado. Vuelve al imaginario colectivo del pueblo serbio la mítica batalla de Kosovo y recobra una nueva significación ante su pérdida tras los bombardeos de la OTAN. Esto servirá para actualizar el mito nacional y vincularlo con los orígenes mismos de Serbia.

En último lugar habría que incluir la reflexión hecha por parte del nacionalismo serbio acerca de la experiencia yugoslava, entendida como un gran error histórico para Serbia que provocó la separación del pueblo serbio e hizo de este la principal víctima de un experimento multinacional del que fue su principal promotor.


[1] Philpott, Daniel, “The Challenge of September 11 to secularism in international relations” en World Politics Nº 1, Vol. 55, 2002, 66-95

[2] Ibarra, Pedro, Nacionalismo: razón y pasión, Barcelona, Ariel, 2005, pp. 13-37

[3] Ibídem, p. 17

[4] Ibídem, p. 13-14

[5] Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005

[6] Mouffe, Chantal, El retorno de lo político: comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona, Paidós, 1999

[7] Ibarra, Pedro, Nacionalismo…, Op. Cit., N. 2, p. 25

[8] Ibídem, p. 19

[9] Indjic, Trivo, “Nacionalismos en Yugoslavia: antecedentes y problemas actuales” en Investigaciones Históricas: Época moderna y contemporánea Nº 13, 1993, p. 35

[10] Veiga, Francisco, “«Muñecas yugoslavas»: minorías, mayorías y elites nacionales en la Federación y en los Estados sucesores” en González Enríquez, Carmen (dir.), Minorías nacionales y conflictos étnicos en Europa del Este, Madrid, UNED, 2004, pp. 123-139

[11] Bugarski, Ranko, “Lengua, nacionalismo y la desintegración de Yugoslavia” en Revista de antropología social Nº 6, 1997, p. 18

[12] Lechado, José Carlos y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos. Una introducción, Madrid, Fundamentos, 1995, y también en Féron, Bernard, Yugoslavia, orígenes de un conflicto, Barcelona, Salvat, 1995

[13] Bugarski, Ranko, Op. Cit., N. 11, p. 19

[14] Ibídem, p. 20

[15] Indjic, Trivo, Op. Cit., N. 9, p. 37

[16] Féron, Bernard, Op. Cit., N. 12, p. 25

[17] Indjic, Trivo, Nacionalismos en Yugoslavia…, Op. Cit., N. 9, p. 39

[18] Milosevich, Mira, Los tristes y los héroes. Historia de nacionalistas serbios, Madrid, Espasa, 2000

[19] Ibídem, p. 70

[20] Duguin, Alexandr, Rusia, el misterio de Eurasia, Madrid, Grupo Libro 88, 1992, p. 15

[21] Milosevich, Mira, Los tristes…, Op. Cit., N. 18, pp. 76-77

[22] Indjic, Trivo, Nacionalismos en Yugoslavia…, Op. Cit., N. 9, p. 39

[23] Milosevich, Mira, Los tristes…, Op. Cit., N. 18, p. 106

[24] Veiga, Francisco, La trampa Balcánica, Barcelona, Grijalbo, 1995, pp. 79-80

[25] Ibídem, p. 42

[26] Girón, José, “Los Balcanes: del Congreso de Berlín al nacimiento de Yugoslavia (1878-1918)” en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea Nº 22, 2002, p. 243

[27] Ibídem, p. 240

[28] Veiga, Francisco, La trampa Balcánica, Op. Cit., N. 24, p. 114

[29] Féron, Bernard, Yugoslavia…, Op. Cit., N. 12, p. 30

[30] Palacios, José-Miguel, “Elementos de movilización étniconacional en la obra académica de Vojislav Kostunica y de Zoran Djindjic” en Papeles del Este: Transiciones postcomunistas Nº 3, 2002, pp. 1-14

[31] Fernández Riquelme, Sergio, “Historia y literatura, disciplinas complementarias e instrumentos del discurso político: el caso del nacionalismo serbio” en Hispania Nº 230, Vol. 68, 2008, pp. 811-814

[32] Lechado, José Carlos y Carlos Taibo, Los conflictos…, Op. Cit., N. 12, p. 57

[33] Ibídem, p. 57

[34] Fernández Riquelme, Sergio, Op. Cit., N. 31, p. 817

Posted by Emboscado in 23:05:18
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