EL KURDISTÁN IRAQUÍ EN EL PUNTO DE MIRA DE TURQUÍA

Inicialmente se ha dicho que las intenciones reales de EE.UU. con la invasión de Iraq eran, únicamente, apoderarse de los pozos de petróleo y explotar los recursos energéticos del país árabe, argumento que ha sido, incluso, avalado por personalidades como Alan Greenspan que llegaron a reconocer que dicha invasión tenía esta finalidad. Los detractores de la guerra también asumieron esta tesis como causa real de la invasión, lo cual ha contribuido, en cierto modo, a que se haya perdido la visión general del conflicto, y con ello algunos aspectos cruciales del escenario actual que hoy se va dibujando en Oriente Medio.
Este mismo verano, un alto representante del Estado kurdo-iraquí afirmaba que Iraq caminaba hacia su fragmentación y desaparición como Estado en posiblemente tres entidades políticas diferentes: al norte un Estado kurdo, al sur un Estado chíi, y en medio un tercer Estado de mayoría sunní. Estas declaraciones hacían alusión al ambiente sectario que se vive en el país árabe, lo que ha desarrollado unas dinámicas centrífugas que pueden terminar desmembrando el actual Iraq de postguerra. En esa misma entrevista realizada por un periódico español, el representante kurdo se refirió también a los planes reales que EE.UU. tenía con Iraq, y que habiendo podido comprobar que nunca existió ningún plan de reconstrucción del país una vez terminada la guerra, la única intención de los EE.UU. era la de generar una cruenta guerra civil interreligiosa que desembocara en la desaparición de Iraq como Estado.
Lo cierto es que entre los planes de la CIA para la ordenación del espacio geográfico que abarca Iraq, se planteó su división en tres Estados diferentes, para lo que la redacción de la nueva Constitución que establecía una organización federal para el país supuso el principio de la disolución del Estado iraquí.
Antes de la guerra EE.UU., a través de la CIA, apoyó a los distintos grupos separatistas kurdos que operaban contra el régimen de Saddam al norte del país. EE.UU. ha puesto especial atención en el control del Kurdistán iraquí, ya que se trata de una zona de especial importancia geoestratégica al ser un lugar de paso en el que confluyen diferentes rutas desde Asia Menor (Turquía), el Cáucaso e Irán, que permite, a su vez, el acceso al Golfo Pérsico. Por esta razón EE.UU. está sumamente interesado en hacer desaparecer Iraq como Estado, para con la creación de otras entidades políticas más pequeñas ejercer su control sobre la zona.
El apoyo de EE.UU. a la causa independentista de los kurdos favorece sus planes de crear en el norte de Iraq un Estado kurdo títere que abarcaría zonas de Turquía, Siria e Irán. Además de ser una zona importante geoestratégicamente, se encuentran los mayores yacimientos de petróleo de la región. A EE.UU. le conviene y le interesa tener acceso a amplias bolsas de recursos energéticos, y al mismo tiempo destruir cualquier organización política de los árabes que pueda constituir una amenaza, como lo fue el Iraq de Saddam, lo cual contribuye a salvaguardar la seguridad de Israel (su máximo aliado).
El Kurdistán, debido a su amplitud geográfica, abarca un territorio que a modo de intersección o zona de paso, conecta Oriente con Occidente, y cuyo control es básico para, a su vez, controlar yacimientos de petróleo y el flujo de recursos energéticos que transitan través de los oleoductos y gasoductos de la zona. Pero, además de esto, sirve a EE.UU. como base de operaciones sustitutiva de Turquía para buscar su intromisión en Asia Central y buscar el dominio del mar Caspio.
Turquía, desde su misma independencia, ha adoptado como Estado una clara orientación occidental llevada a cabo de la mano de Kemal Atatürk, quien contribuyó a la secularización del Estado y la sociedad turca, a introducir al país en la modernidad y romper sus lazos e influencias árabes e iraníes, al mismo tiempo que se renunció al expansionismo y a las tradiciones propias de la anterior sociedad otomana. Todo ello contribuyó a hacer de Turquía un Estado moderno y a configurar una identidad nacional, poniendo a Europa como referente político, social y cultural del nuevo Estado.
Así, durante la guerra fría, Turquía desarrolló una política exterior favorable a los EE.UU. y de alianza con este país, lo que le llevó, en no pocas ocasiones, a mantener serios conflictos con la URSS, litigios tanto de carácter territorial (como fue el caso de la República Socialista de Georgia), o en lo que se refiere al control del Mar Negro y la presencia de misiles americanos en territorio turco.
Turquía ha mantenido esta línea en su política exterior hasta hace unos años, en los que se ha dado una nueva reorientación de la misma debido a una serie de circunstancias. Con la caída de la URSS y el fin de la guerra fría, Rusia vio retroceder sus fronteras y dejó de tener territorios fronterizos con Turquía, lo cual contribuyó a una mejora de las relaciones bilaterales entre ambos países generando cierta distensión. Juntamente con esto se encuentran las persistentes solicitudes de ingreso de Turquía en la UE, que ha supuesto dentro de su política exterior uno de sus principales objetivos.
Durante la guerra fría Turquía perdió el contacto con la comunidad túrquica de las repúblicas soviéticas de Asia Central, por lo que tras la desaparición de la URSS ha intentado proyectarse sobre esta región, al tiempo que se ha presentado a nivel internacional como espacio de negociación para problemas existentes entre Oriente y Occidente, intentando desempeñar el rol de agente para la resolución de problemas. En función de estas líneas generales ha intentado proyectar en el exterior esta imagen de país conciliador, de cara a fomentar un entendimiento para la solucionar problemas que implican a Europa y a los países asiáticos.
En los últimos años Turquía ha respaldado, no sin fuertes críticas, la política exterior americana en la región permitiendo el establecimiento de bases militares para efectuar la invasión de Iraq. Pero esta política ha ido variando desde hace unos años, lo que ha originado un creciente distanciamiento entre los EE.UU. y Turquía, y ello se debe, fundamentalmente, a tres factores: la política exterior turca está muy politizada, por lo que esta suele responder a la visión que de ella tengan los líderes políticos del país; existe un creciente antiamericanismo en Turquía al considerar que los EE.UU. están llevando una política antiturca en la región; y, finalmente, el sentimiento profundamente nacionalista que existe en la sociedad turca y que encuentra su máxima expresión en el ejército turco.
Además de esto, la cuestión kurda ha constituido para Turquía una importante fuente de conflictos e inestabilidad en el sureste del país, además de ser motivo de fricción con importantes instituciones internacionales como la UE. Dicho conflicto ha sido alentado por los propios EE.UU., quienes han apoyado y financiado al PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) y su guerrilla separatista, la cual le sirvió para hacerse con el control del norte de Iraq tras la última guerra del golfo.
Turquía ya se ha percatado de la orientación de la política exterior americana en la zona, por lo que ha incrementado su presión sobre el PKK y su guerrilla, al tiempo que ha agudizado la represión contra el separatismo turco en sus fronteras. Pero con el establecimiento de un Estado kurdo en Iraq, se ha generado una base operativa para la guerrilla kurda desde la que lanzar ataques armados contra Turquía, lo que está contribuyendo a incrementar las tensiones, lo cual terminará desestabilizando una de las zonas de Iraq que, hasta ahora, se han mantenido más estables.
Sin duda alguna, la cada vez mayor presión de Turquía hacia EE.UU. se debe, fundamentalmente, a dos factores: el distanciamiento de Turquía respecto a los EE.UU. adoptando una actitud crítica sobre las actuaciones americanas, y, por otro lado, la presión de la sociedad que, al estar impregnada de un fuerte nacionalismo turco, quiere que desde las instancias del poder político se ponga fin al problema kurdo, a lo que hay que añadir la nada desdeñable presión del ejército turco, que es el más interesado en acabar con el secesionismo kurdo.
Pero lo que ha constituido, en gran parte, el detonante de las actuales tensiones entre Ankara, Washington y Bagdad, se debe a la resolución del Congreso americano de condena del genocidio armenio, lo que ha desatado una fuerte protesta diplomática y que al parlamento turco le ha servido como pretexto para aprobar la intervención del ejército en el norte de Iraq cuando sea preciso.
Turquía no sólo no va a permitir a los EE.UU. que instaure un Estado kurdo a sus puertas, de ahí que no esté dispuesta a contar con Washington si finalmente decide intervenir militarmente sobre Iraq. Al mismo tiempo, Erdogan es consciente del poder que el ejército turco tiene dentro del Estado, por lo que si no accede a sus presiones para eliminar a la guerrilla kurda, el propio ejército se podría encargar de buscar otro primer ministro.
Asimismo, se sabe de la existencia de la firma de una serie de contratos entre Turquía y empresas petroleras no americanas de cara a la explotación del norte de Iraq, lo que supone un aliciente económico muy importante para la ocupación de la zona.
En todo caso, aún existen muchas posibilidades de que Turquía lleve a cabo una operación militar de gran envergadura sobre Iraq, y que los recientes acontecimientos sean solo la parte de un plan en el que la presión psicológica juega un papel decisivo. Ahora es Turquía la que utiliza la baza de la lucha contra el terrorismo al servicio de sus intereses, y que hasta ahora ha sido instrumentalizada por EE.UU. a su gusto, volviéndose en este momento contra los intereses americanos.
Si finalmente se genera una incursión militar en Iraq, las repercusiones internacionales serán de gran profundidad, ya que ello no sólo afectará a la ya precaria estabilidad regional, sino que al mismo tiempo los planes americanos se verán frustrados al entrar en conflicto con las pretensiones del aliado turco. Es posible, incluso, que se llegue a desarrollar un nuevo conflicto interno en Iraq y que se sume a los que ya hay, que, en este caso, involucraría al propio Estado iraquí, a las fuerzas de coalición, a la guerrilla del PKK y las fuerzas militares turcas. A lo que habría que añadir el agravante del incremento brutal del precio del petróleo, que cada vez se acerca más a la psicológica cifra de 100 $ el barril. Con una situación así se dan todas las condiciones necesarias para una recesión mundial, en la que tanto el precio del petróleo, como la crisis financiera en curso y la debilidad del dólar pondrán a prueba las actuales estructuras económicas mundiales.
Todo esto puede suponer un duro revés a los intereses americanos a la región, sobre todo en la medida en que la cuestión kurda también le ha servido para intentar desestabilizar Irán. Si ya a la actual crisis del petróleo le sumamos una nueva crisis regional, la completa desestabilización de Oriente Medio se irradiará a las zonas limítrofes, agravándose los conflictos ya existentes e iniciándose otros que permanecen en estado de latencia.