BIOCOMBUSTIBLES: EL INVENTO DEL DIABLO

La base energética de la sociedad, hasta la primera revolución industrial, fue la fuerza animal, la del hombre y aquella que proveían los elementos de la naturaleza como el agua, el aire, etc. Pero fue con las revoluciones industriales cuando se dio un salto cualitativo, ya que a partir de entonces se adoptó una nueva base energética basada en los recursos fósiles (carbón, gas, petróleo...).
Actualmente, y tras un largo y progresivo desarrollo de la sociedad industrial, se han creado, a su vez, unas nuevas condiciones de vida que hacen imprescindibles dichos recursos energéticos, pues su ausencia supondría el fin definitivo de la civilización tecnológica actual así como todas las formas de vida que ha desarrollado.
A día de hoy, cuando se ve cada vez más cercano el fin de la era del petróleo, se hace imprescindible la búsqueda y consecución de nuevas fuentes de energía que puedan llegar a, llegado el caso, sustituir la actual dependencia petrolífera. Por este motivo se han comenzado a desarrollar los biocombustibles, que consisten en utilizar materia orgánica procedente de cultivos para crear combustible.
Los biocombustibles, constituyen en última instancia un invento perverso que únicamente contribuirá a profundizar el proceso de disolución y destrucción que está en marcha. Supone un salto cualitativo producto de la mentalidad materialista, por lo que se prueba de forma manifiesta hasta dónde se está dispuesto a llegar con tal de que la vigente civilización perdure en el futuro. Se está dispuesto, entonces, a sacrificar millones de toneladas de cultivos para alimentar a las máquinas, en vez de alimentar bocas humanas que estén verdaderamente necesitadas.
La superabundancia material a la que nos ha llevado la industrialización, ha dado lugar a que el sistema capitalista haya desarrollado, simultáneamente, sus propias formas de explotación social y económica que ahora se hacen cada vez más patentes en el terreno alimenticio.
Todo ello guarda relación, a su vez, con la gran difusión de los programas y productos agrícolas transgénicos, es decir, manipulados genéticamente, que ofrecen una mayor resistencia biológica hacia las plagas, los efectos destructivos de la climatología, etc., pero que a su vez constituyen un instrumento por medio del que, las multinacionales (como Montsanto entre otras), pretenden llevar a cabo un control sobre la producción mundial de alimentos.
Las semillas transgénicas contribuyen a destruir las semillas autóctonas, y su utilización crea una dependencia económica entre los productores con las grandes multinacionales explotadoras, que fuerzan a los agricultores a utilizar los abonos químicos que estas mismas empresas producen, generando de esta manera un círculo vicioso del que no pueden escapar los agricultores.
La existencia de miseria y pobreza en el mundo, además de ser una necesidad del propio sistema económico capitalista para poder subsistir, representa un instrumento de poder y dominación con el cual seguir explotando amplias zonas del planeta, las cuales quedan supeditadas, a modo de periferia, a los grandes centros económicos y financieros que dirigen el proceso general de la globalización.
La implantación y el desarrollo de los biocombustibles responde a varias dinámicas profundamente interrelacionadas, pero que en conjunto se encuentran orientadas hacia un fin común: agudizar la dependencia económica, y por tanto también alimenticia, de la periferia hacia el centro, y en otro lugar asegurar a corto plazo la subsistencia del tipo de civilización actual que aún mantiene en los recursos fósiles su base energética fundamental.
En el mundo entero se producen suficientes alimentos como para erradicar el hambre en todo el planeta, sin embargo, las estructuras económicas del capitalismo mundial generan dependencias que hacen posible la miseria en medio de la abundancia. Son notables los excedentes agrícolas existentes en la UE, e igualmente en los EE.UU., el Canadá o Australia. Pero la problemática gira en torno al mercado, para el cual se produce, ya que la sociedad industrial introdujo la separación entre productor y consumidor, lo que establece una dependencia hacia quien controla el mercado (los intermediarios), y a su vez hacia quienes controlan la emisión de dinero. Se trabaja para obtener un salario que permita, a su vez, adquirir aquellos bienes y servicios necesarios para la subsistencia.
Con la puesta en marcha de los biocombustibles con la finalidad de disminuir la dependencia con el petróleo, los excedentes derivados de la producción agrícola disminuirán, pero ello no constituirá, en cualquier caso, un descenso lo suficientemente grande como para incrementar desmesuradamente el precio de los productos básicos de la alimentación. Por todo esto, el aumento de los precios de estos productos responden a una corriente especulativa llevada a cabo por los intermediarios, en este caso las grandes empresas y mayoristas. Así, aprovechando el temor a la escasez de alimentos debido a su nueva aplicación en el terreno energético, justifican el alza generalizado de los productos en más de un 30%, lo que implica, también, el aumento del precio de la cesta de la compra mientras los ingresos de las familias se mantienen invariables.
Esta actividad especulativa responde a una estrategia oligopolística llevada a cabo por las marcas líderes del mercado, cuya única finalidad es incrementar de manera encubierta sus beneficios. Para ello aducen un incremento del precio de las materias primas, lo cual es del todo falso en la medida en que el trabajo del productor no se encuentra remunerado, ya que dichos precios le son impuestos por los mayoristas. Por todo esto podemos percibir que el aumento de estos productos básicos se refleja en el mercado español, pero no así en Alemania, Francia o Italia, donde no se han dado dichas subidas, lo que hace aún más sospechosa la posibilidad de que las principales empresas de la alimentación están desarrollando una política oligopolística acordando los precios de sus productos.
Sin duda, es posible que a largo plazo, en la medida en que el empleo de los biocombustibles se extienda y, unido a las tendencias especulativas fruto de la necesidad de seguridad en el abastecimiento energético cuando la era petrolífera desaparezca, se generará un incremento descomunal de los precios de productos básicos de la alimentación, como puede ser el pan y todos los derivados de los alimentos compuestos de cereales, llegando a alcanzar niveles parecidos a los que hoy tiene el petróleo. De llegarse a este extremo, la situación se hará insostenible y generará importantes conflictos sociales y una completa desestructuración económica. Pero por el momento, los abusos de precios en el mercado responden únicamente al carácter mezquino de grandes multinacionales para maximizar sus beneficios.
La civilización industrial tiene los días contados, y su base energética representa su principal problema para poder sobrevivir de cara al futuro en las actuales condiciones. Sin embargo, los biocombustibles suponen una clara señal de que ese fin está cerca, y que un invento tan perverso sólo puede tener como consecuencia una aceleración de los acontecimientos en el sentido indicado.
¿estamos condenados a soportar todo cuanto venga?
saludos. gran artículo.ya lo leí en su momento pero ahora lo he releido otra vez (Comment this)
La causa originaria de esta dinámica destructiva y nihilista, se encuentra en el afán depredador de la búsqueda del máximo beneficio, lo que condujo a crear las actuales dependencias energéticas. Una limitación del crecimiento desaprensivo de la demanda energética podría contribuir, positivamente, a reducir dicha dependencia, unido todo ello a un control de la economía por parte de las autoridades políticas (aunque esto supone ir a contracorriente del proceso de globalización que ha ido laminando las soberanías de los Estados, siempre en beneficio de corporaciones y grupos económicos mundiales).
Estos podrían ser los primeros pasos para retornar al buen camino, y tal vez paliar algunos de los daños irreversibles que el sistema mundialista ha ocasionado. Después de esto se deberían cambiar las actuales bases económicas, ideadas para satisfacer los intereses desmedidos de una minoría, para ponerlas al servicio de las necesidades de la sociedad. Tal vez así se podría alcanzar cierto equilibrio y sostenibilidad a medio plazo.
Las soluciones a los grandes problemas siempre han estado ahí, la cuestión es que no existe entre los actuales dirigentes mundiales voluntad política para ponerlas en práctica. De todas maneras ello no supone que debamos resignarnos, el futuro está abierto y permanentemente abre ante nosotros nuevas y diferentes oportunidades de cambio. (Comment this)