Lunes, Avril 07, 2008

LA EXPANSIÓN HACIA ORIENTE DEL BLOQUE ATLÁNTICO


 

En la última cumbre de la OTAN se ha confirmado su actual estrategia de cara a seguir extendiendo la alianza atlántica hacia el este, a lo que hay que añadir la inclusión de dos nuevos miembros como Albania y Croacia. Pero además de todo esto se han hecho patentes ciertas diferencias entre los miembros, y muy en particular entre algunos países de la UE y los propios EE.UU.

La inexistencia de una política exterior y de seguridad común real en la UE, y la consecuente división entre sus integrantes a este respecto, ha sido aprovechada por los EE.UU. para liderar la política exterior del conjunto del continente europeo de forma favorable para sus intereses. Es así como los países europeos, al no contar con un consenso real sobre esta materia, terminan siempre condicionados en su política exterior por los EE.UU. a través del aparato militar de la OTAN.

En esta última cumbre de la OTAN celebrada en Bucarest las divergencias se han reflejado, sobre todo, en lo que se refiere a la conveniencia o no de admitir a trámite la petición de ingreso en la alianza atlántica de las antiguas repúblicas soviéticas de Ucrania y Georgia, además de la problemática ofrecida por el litigio de Macedonia y la oposición de Grecia a que dicho país ingresara como miembro en la OTAN.

De lo que no ha quedado duda es de la inclusión de nuevos países pertenecientes a los Balcanes, como son Croacia y Albania. Asimismo, pese a las reticencias alemanas sobre el ingreso de Ucrania y Georgia en la alianza, para lo cual EE.UU. ha ejercido fuertes e importantes presiones que tenían como propósito alcanzar su admisión para este verano de 2008, se ha manifestado claramente por parte de la OTAN que dichos países, tarde o temprano, ingresarán en la alianza, pero que por ahora ello no es posible, alegando que todavía no están preparados para ello a nivel político, social y económico. Esto no deja de ser, en definitiva, una simple excusa que encubre la oposición alemana a que estos países pertenecientes a la órbita rusa ingresen en la OTAN, ya que ello podría deteriorar de algún modo las relaciones ruso-alemanas y, así, comprometer importantes intereses alemanes en lo que a relaciones económicas y energéticas se refiere.

La demora y, por tanto, el aplazamiento del ingreso de estos dos países en la alianza supone, a corto plazo, un revés para los planes americanos en el continente euroasiático y en su estrategia mundial, sobre todo en lo que ataña a hacerse con el control y hegemonía sobre el Mar Negro.

Las circunstancias políticas internacionales y la actual coyuntura histórica, unido también a un conjunto de complejidades geoestratégicas, energéticas, económicas y de índole militar, han hecho posible que las pretensiones americanas para hacerse con Europa oriental y el Mar Negro hayan quedado frustradas por ahora. Tanto Ucrania como Georgia, por razones de vecindad directa con Rusia, suponen aún hoy un foco de tensión importante en la expansión hacia oriente del bloque atlántico, pues ello supone entrar en colisión con los intereses nacionales rusos dentro de su propia área de influencia.

Pese a que Rusia haya asumido la irreversibilidad del proceso de desmembramiento político en los Balcanes, lo que ha llevado a aceptar la integración tanto de Croacia como de Albania en la OTAN, se mantiene, por el contrario, opuesta a las presiones occidentales sobre Serbia a través de la independencia de Kosovo, lo que en cierto modo contribuye a dificultar las relaciones entre el bloque atlántico y Rusia.

Pero a pesar de esto, y teniendo en cuenta que los Balcanes como zona de influencia propia de Rusia se ha perdido completamente para los intereses de este país, es ahora el Mar Negro la gran asignatura pendiente para los intereses estratégicos del bloque atlántico y donde, de alguna manera, se comprobará la determinación con la que Rusia está dispuesta a defender sus intereses y su natural área de influencia.

En este sentido es reseñable la crisis política latente y más o menos exteriorizada que se vive en Ucrania y en Georgia, sobre todo en la primera debido a que las intenciones del actual gobierno por entrar cuanto antes en la OTAN ha propiciado fuertes controversias, principalmente entre las fuerzas de la oposición encarnada por el Partido de las Regiones (pro-ruso), y las fuerzas de izquierda como el Partido Comunista de Ucrania y los socialistas. Pero a esta circunstancia se le suma la impopularidad de la decisión gubernamental de abrir un proceso de integración en el bloque militar atlantista, y ello debido a que más de la mitad de los ucranianos valoran muy negativamente a la OTAN, la cual tiene muy escaso prestigio en dicho país. Además de esto, es relevante el hecho de que la mayor parte de la población en Ucrania se manifiesta opuesta a la integración del país en un bloque militar, principio que consagra la propia constitución del Estado.

Derivado de lo anterior se ha reclamado de forma persistente en las instituciones públicas, y tanto desde los partidos de la oposición como desde las propias plataformas civiles y populares, la realización de un referéndum en el que someter a votación la entrada o no de Ucrania en la OTAN. Evidentemente esta fórmula no es nada favorable para los intereses del actual gobierno, en el cual se encuentran instalados las facciones más pro-occidentales y ultraliberales de Ucrania, motivo por el cual han optado por llevar a cabo el proceso de integración en la OTAN al margen de los intereses y la voluntad popular, todo ello mediante una declaración por parte del gobierno en la que se manifiesta la voluntad de Ucrania de ingresar en las estructuras de la OTAN. En caso de llevarse a cabo dicha integración que, actualmente, no parece que vaya a ser inmediata, implicaría, como mínimo, la modificación de la actual constitución y su sometimiento a ratificación por parte de la población.

Sin embargo nada de esto parece que vaya a ocurrir, y los actuales gobernantes se muestran decididos a emplear ciertos subterfugios legales para justificar el alineamiento de Ucrania con los intereses atlantistas. Esto podría llevarse a cabo bajo el pretexto de que el sistema jurídico ucraniano prohíbe el establecimiento de bases militares extranjeras sobre territorio nacional, y que el ingreso de Ucrania en la OTAN no implicaría el establecimiento de base militar alguna. Juntamente con esto, y a nivel mediático, desde el actual gobierno se intenta convencer a la opinión pública de que el alineamiento con Occidente no implica, en ningún caso, un empeoramiento de las relaciones con Rusia. Esto último forma parte, a su vez, de la ofensiva diplomática y mediática que ha emprendido EE.UU. en la región con el propósito de revalorizar la imagen y el prestigio de la alianza atlántica, y que tiene como objetivo alcanzar cierta cota de consenso social que haga aceptable la entrada en la OTAN.

Pero ha sido tradicionalmente Ucrania un asunto de especial interés para Rusia, ya que constituye el núcleo central de su influencia geopolítica sobre Europa oriental y la base geográfica para su control y hegemonía sobre el Mar Negro. Esto se expresa actualmente en la gran dependencia que mantiene Ucrania a nivel económico y energético con respecto a Rusia, prueba de ello es que la mayor parte de la industria del país (minera, química, aeroespacial, etc.), se encuentra en la frontera rusa y constituye una importantísima fuente de ingresos. A esto cabe sumarle las relaciones comerciales derivadas de la importación de productos de diversa índole procedentes de Rusia, unido a la importante inversión que este país ha realizado en suelo ucraniano. Y por último, en lo que a esto respecta, señalar la más que evidente y notoria dependencia energética de Ucrania en lo que a gas y petróleo se refiere, lo que sitúa a este país en una difícil tesitura en caso de que decida seguir adelante con sus pretensiones atlantistas.

Otro aspecto importante a tener en cuenta lo constituyen las recientes medidas adoptadas desde Moscú, las cuales no dejan de formar parte de un plan general de respuesta a las diferentes medidas que Kiev vaya adoptando para su integración y acercamiento a Occidente. Esta respuesta se ha venido concretando recientemente con el descenso de un 50% del flujo de gas y petróleo a Ucrania, así como la desinversión y traslado de parte de la industria militar y aeroespacial que se encuentra instalada en territorio ucraniano. Todo esto contribuye a agravar la precaria situación económica del país, aumentando el desempleo y la problemática social que se arrastraba desde tiempo atrás.

Asimismo, Rusia ha manifestado que en función de los pasos que vaya dando Ucrania en su política exterior, ello afectara de una forma u otra a sus relaciones con Rusia, lo cual se verá plasmado en medidas y decisiones concretas que afectarán a Ucrania en diferentes y variados ámbitos.

Otro punto importante que hay que reseñar es el que se refiere al gasto económico que, en caso de ingreso en la OTAN, va a tener que llevar a cabo Ucrania para modernizar su ejército y adaptarlo a las exigencias técnico-militares de la alianza atlántica. El esfuerzo económico que ello supone diezmaría considerablemente la situación social del país, y probablemente contribuiría a incrementar el rechazo social al ingreso en la OTAN y al gobierno, ya que todo ello tendría una grave contrapartida en su nivel económico y estándar de vida, afectando de este modo al bienestar del conjunto de la sociedad.

Por otra parte también se encuentra la circunstancia de que Ucrania cuenta con la presencia sobre su territorio de misiles intercontinentales de propiedad rusa, y cuyo mantenimiento y posterior desmantelamiento correrán a cargo del país donde están emplazados. Además, la problemática de la base aeronaval rusa de Sebastopol, cuyo arrendamiento finaliza en el 2017, generaría una extraña situación jurídica en caso de que Ucrania entrara antes de esa fecha en la alianza atlántica, lo que podría producir mayores tensiones con Rusia por el control de la península de Crimea y, con ello, el control del conjunto del Mar Negro. Juntamente con esto hay que sumar las disposiciones especiales que dicha península cuenta a nivel jurídico dentro de Ucrania y, también, a nivel internacional, lo que supondría en cierto modo un obstáculo que, sino terminara convirtiéndose en motivo de una controversia mayor, sí implicaría un retraso sustancial de cara a la definitiva integración de Ucrania en la OTAN.

Un ingreso a medio plazo de Ucrania en la OTAN no dejaría de abrir un proceso doloroso y problemático, ya que posiblemente desencadenaría fuertes conflictos sociales y políticos que no serían más que un reflejo de la confrontación entre el bloque atlántico y Rusia en su particular lucha por el control de espacios de poder. En última instancia Rusia propiciaría la secesión del este de Ucrania marcando el Dniéper como línea divisoria, lo cual no entrañaría una gran complicación debido a que es en esa región donde se concentra la mayor parte de la población rusohablante o rusófila, existiendo a su vez importantes partidos independentistas.

Esta medida garantizaría a Rusia el control de parte de Ucrania y conservaría su dominio sobre el Mar Negro al encontrarse la península de Crimea al este del Dniéper. Por otra parte no sería descartable una guerra civil cuyo fin dependería, en gran medida, de la intervención directa por parte de Rusia. Es importante decir que una situación de este tipo sería fruto de una escalada de tensiones que conduciría a ambos bloques a resolver sus diferencias de una forma drástica, siendo el conflicto armado una solución in extremis que, a día de hoy, no quiere ninguna de las partes pero que de ningún modo habría que descartar, ya que aún no siendo propiciado desde el exterior podría generarse espontáneamente desde dentro y como resultado de la desestabilización general del régimen y sistema político.

En lo que ataña a Georgia, su entrada en la OTAN en caso de producirse sería, en cualquier caso, a costa de la pérdida de las repúblicas secesionistas de Osetia del Sur y Abjasia, pues Rusia, más pronto que tarde, terminará reconociendo dichas repúblicas aunque en ningún caso estaría dispuesta a integrarlas en su territorio nacional por la carga financiera que ello supondría.

Por otra parte las contradicciones internas del régimen político existente en Georgia, unido a la actual presidencia del pro-americano Saakashvili, podría desarrollar, al igual que en Ucrania, nuevas tensiones que desestabilizaran a la pequeña república caucásica, y que estas se vieran reflejadas en conflictos políticos y sociales de diversa índole como la aparición de nuevos secesionismos, una nueva guerra con Armenia (aprovechando que vuelven a salir a la palestra los litigios territoriales existentes entre dicha república y Azerbaiyán), o simplemente una guerra civil en caso de que la oposición y el actual gobierno no lleguen a ningún acuerdo definitivo que ofrezca estabilidad política al país.

El carácter neoautoritario del actual régimen imperante en Rusia contribuye, en gran medida, a distanciarlo de los intereses y conveniencias del bloque atlantista, y lo convierte en un riesgo e incluso una amenaza estratégica en la medida en que dicho sistema se resiste a adoptar y asumir las directrices occidentales. La falta de democracia en Rusia permite al Estado concentrar gran parte del poder en sus manos, evitando en gran medida ingerencias políticas y económicas procedentes del exterior, y contando, a su vez, con mayor margen de maniobra con el que no cuentan muchos países occidentales. Pero unido a este aspecto se encuentra la enorme dimensión del territorio de la Federación Rusa, por cuanto en el mismo se concentran importantes bolsas de recursos que son, en gran parte y a largo plazo, los que terminarán prolongando durante cierto tiempo la era energética actual junto a sus estándares de vida.

Las pretensiones del bloque atlántico hacia Rusia son, fundamentalmente, cercar dicho Estado en torno a sus fronteras mediante la extensión del bloque militar de la OTAN hacia el este, y, finalmente, una vez tomadas posiciones estratégicas clave asaltar Asia central y hacerse con sus riquezas en recursos naturales. El futuro vendrá marcado por esta circunstancia en la que bloques geopolíticos opuestos pugnen por el control de aquellos recursos de los que, a largo plazo, dependa la subsistencia de la actual civilización moderna. Quien los controle dominará el mundo.
Posted by Emboscado at 18:10:42 | Permanent Link | Comments (0) |
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