DE LA UTOPÍA A LA DISTOPÍA

La utopía es un fenómeno propiamente moderno en el ámbito de la literatura, la filosofía y la teoría política que hace su primera aparición con la obra homónima de Tomás Moro. Es el autor inglés quien inventa este neologismo que tiene su origen, a su vez, en dos neologismos griegos diferentes: outopía, en la que ou significa ningún y topos/topía quiere decir lugar; y eutopía, siendo eu bueno. De este modo, el término creado por Tomás Moro se puede entender como un buen lugar que no está en ninguna parte dado su carácter imaginario.
Las utopías han sido, generalmente, mundos imaginarios en los que se refleja un modelo de organización social ideal en el que reina la armonía. En la utopía viene recogida una crítica a la sociedad y a las injusticias derivadas de su organización, por este motivo suele tratarse de un programa, sistema o proyecto que se muestra irrealizable en el momento de su formulación. Las utopías se rebelan contra lo que viene dado por la realidad proponiendo transformaciones radicales que, en ocasiones, dan lugar a la aparición de procesos revolucionarios de diferente índole.
Todas las utopías se hacen deseables en la medida en que ofrecen la imagen de un tipo de mundo ideal en el que el mal, las injusticias y los conflictos no existen, reinando entonces una completa armonía y felicidad. Por esta razón acostumbran a estar impregnadas de una fuerte connotación de perfección optimista, y son, también, marcadamente idealistas. Debido a esto, normalmente las utopías constituyen un reclamo frente al orden cósmico concebido por las diferentes tradiciones religiosas, las cuales no ofrecen una explicación sistemática y racional a los problemas, la explotación y el mal en el mundo. Es así como las utopías se llegan a convertir en religiones seculares como consecuencia del auge del racionalismo y del cientificismo, los cuales se establecen como principios rectores sobre los que se basa y articula cualquier utopía.
Las utopías, han sido el germen a partir del cual se ha gestado la aparición de los más importantes metarrelatos que se formaron en torno a las grandes ideologías omnicomprensivas, las cuales tienen como principal característica la creación de un marco general de carácter global o totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias. Son discursos totalizantes y multiabarcadores con los que se asume la comprensión de hechos científicos, históricos o sociales a los que se ofrece una explicación, sirviendo así como sistemas de interpretación totales que se estructuran a partir de unos determinados esquemas, los cuales se organizan según una lógica interna que conduce su dinámica abarcante y universalizadora en la interpretación global del mundo y de la realidad.
La aparición de estos grandes metarrelatos, propiciados por las utopías en muchas ocasiones, es el resultado del desmoronamiento del mundo mítico anterior a la modernidad en torno al cual se organizaban y estructuraban las sociedades medievales. El surgimiento y desarrollo del racionalismo constituyó el comienzo de la secularización del mundo, el cual dejaría de tener su soporte y razón de ser en realidades de orden sobrenatural, para pasar a ser el hombre el referente último de todas las cosas a través de la razón y la ciencia, herramientas que no sólo le servirían para descubrir las leyes naturales que rigen el mundo, sino también para moldearlo, dominarlo y organizarlo.
La modernidad es la primera y gran Utopía tras el fin de la Edad Media, estableciéndose desde entonces como el referente y marco general en el que se desarrollarían todas las demás utopías, las cuales son su recreación y desarrollo natural por medio de las distintas imágenes con las que diferentes autores reflejan su visión particular de la Utopía moderna.
La naturaleza utópica de la modernidad se manifiesta en su ruptura con el universo mítico-sagrado anterior desconectando al hombre de su dimensión divina, lo que tuvo como resultado la absolutización de lo humano. El hombre, quedó desprovisto de su dimensión espiritual y trascendente de la que recababa unos principios eternos en torno a los que organizaba y daba forma a su existencia en el mundo. Desvinculado de todo orden superior que lo hacía representante de una particular idea de justicia con la cual objetivaba un poder venido de lo alto, se dio paso a un proceso de secularización del mundo y la sociedad. El humanismo instituyó la ciencia como sustituto de ese orden eterno e inmutable que se encontraba reflejado en las diferentes tradiciones religiosas, quedando la sociedad organizada en función de principios recabados del mundo natural por la ciencia.
El racionalismo impuso la ciencia como referente del hombre para sus creaciones al haber contribuido a establecer nuevas certidumbres basadas en el estudio sistemático de la naturaleza, lo cual tiraba por tierra las concepciones míticas previas y todas sus certezas. Fue así como pasó a ser erigida en un referente universalmente válido, pues las nuevas certezas eran comprobables y accesibles por cualquiera en todo tiempo y lugar. La verdad científica sustituyó, finalmente, a la verdad de origen divino preconizada por las diferentes tradiciones religiosas.
La centralidad del hombre en el universo hace que la ciencia sea el instrumento y el criterio organizador de este mundo, sirviéndose de ella para dominar la naturaleza y liberarse de sus ataduras. La ciencia limita su conocimiento a un orden de la realidad puramente físico y material, y niega cualquier realidad que trascienda esos estrechos márgenes. Por tanto, toda metafísica es supeditada a los avances y resultados de las investigaciones científicas, siendo desechado todo aquello que no pueda ser sometido a comprobación experimental, negando así la existencia de principios superiores que rijan a nivel cosmológico el desenvolvimiento de la realidad inmanente, la cual necesariamente guarda una correspondencia en el orden de cosas con esa otra realidad trascendente.
Asimismo, la ciencia ofrece una explicación profana acerca del mundo y su funcionamiento, remitiendo siempre a leyes físicas que tienen su fundamento en el mundo material que pretende explicar. El pensamiento causalista establece la lógica general que sigue la ciencia para explicar los fenómenos, lo que le lleva a establecer determinismos fruto de la relación causa-efecto que implica la observancia de ciertas regularidades que dan lugar a la formulación de las leyes científicas.
Debido a que la ciencia limita su objeto de estudio al mundo natural, y dado su método sistemático y positivo con el que establece nuevas certezas, ha planteado nuevas e importantes implicaciones de carácter ético y moral al ser considerada neutral a la hora de describir los fenómenos, reflejando así la objetividad del mundo natural. La ciencia creó un nuevo sistema de certezas que, aún limitándose al plano físico y material, se extrapoló a todos los demás ámbitos pretendiendo llevar a estos el método y la praxis científica.
Al ser considerada la ciencia fuente de toda verdad, se le atribuyó una imparcialidad y objetividad que hicieron posible la aparición y posterior desarrollo del positivismo. Esta corriente ha supuesto la negación de la filosofía en calidad de concepción del mundo, lo que ha reducido la realidad a la descripción pura de los hechos sin su previa elucidación. Esta circunstancia se ha dado como resultado de las contradicciones de clase existentes en la sociedad, por cuanto las clases dominantes se niegan a aceptar las conclusiones ideológicas que exceden los límites de las teorías científico-naturales, aquellas que ponen en cuestionamiento el orden social vigente. El afán por reducir la realidad a una mera descripción científica desprovista de cualquier interpretación, quedando cualquier teoría limitada a los resultados de los estudios científicos, es el rasgo principal del positivismo que las clases dominantes utilizan para mantener y justificar su estructura de explotación.
Las diferentes ideologías modernas se han intentado revestir de cierto cientificismo para legitimar sus proyectos políticos, presentándolos como si se trataran de realidades objetivas hacia las que conduciría inevitablemente el devenir histórico. Esto serviría para justificar ciertas relaciones de poder dentro de un orden de corte tecnocrático en el que existiría alguna forma de organización científica del cuerpo social. Al mismo tiempo se obvia cualquier juicio de valor y se restringe al máximo la teoría, pues esta queda supeditada a los resultados de los estudios científicos.
La ciencia ha sido, en definitiva, una fuente de poder y conocimiento que ha inspirado a la filosofía política en la elaboración y promoción de determinados objetivos políticos, los cuales se sintetizaron en las utopías modernas más variadas. Fue así como los autores utópicos, desde Tomás Moro y Campanella hasta Marcuse y los intelectuales de la escuela de Frankfurt, pasando por Fourier, Saint-Simon, Owen, Marx y tantos otros, desarrollaron una serie de utopías que, en diferente medida, encontraban en los principios científicos la inspiración para una sociedad ideal futura.
El papel que ha jugado la ciencia en la elaboración y desarrollo de las diferentes utopías ha sido crucial, hasta el punto de establecerse como base principal de las mismas. La ciencia ha sido la nueva fuente de legitimidad, al mismo tiempo que ha determinado la naturaleza de las sociedades utópicas del fin de la historia.
Asimismo, el desarrollo de la ciencia y el continuo perfeccionamiento de la técnica siguen una lógica implacable, aquella por la que el grado de organización se incrementa y la eficiencia creciente se establece como norma rectora en todo el proceso. Los nuevos descubrimientos de la ciencia rápidamente pasan a tener una aplicación práctica, lo que se resume en la conquista de un mayor dominio sobre la naturaleza, o lo que es lo mismo, una nueva forma de entender la libertad como un incremento de las posibilidades humanas. El perfeccionamiento del hombre se hace posible mediante su instrucción en la ciencia y en la aplicación de los logros y descubrimientos de la misma a la organización social.
Pero un aspecto importante que ha caracterizado a la modernidad como Utopía ha sido el hecho de que ha reemplazado el pasado por el porvenir, lo que ha llevado inevitablemente a una racionalización de la historia, a dotarle de una meta u objetivo final hacia el cual se dirigiría y con el que concluiría definitivamente. Así pues, toda utopía, dada su naturaleza moderna, está orientada hacia el futuro, su carácter teleológico implica racionalizar la historia como proceso que conduce a una determinada situación que supone imponer la razón y la ciencia como principios trascendentes de la sociedad, los cuales pondrán fin a todas las contradicciones con el establecimiento de una sociedad perfecta, ideal, armoniosa y feliz.
La orientación de las utopías hacia el futuro les ha conferido una importante carga escatológica y, en algunos casos, también un marcado carácter milenarista. Esto se encuentra fuertemente ligado a la idea del fin de la historia y a las concepciones lineales modernas. La mera idea de la existencia de un principio en la historia plantea, necesariamente, un final para la misma, encontrándose en aquel lejano comienzo las tendencias que se realizarán al concluir la historia. Esto se encuentra relacionado con el progreso científico y técnico, que generan las condiciones económicas y materiales con las que dar fin a las ataduras del hombre con la naturaleza, y al mismo tiempo resolver los conflictos y contradicciones sociales de forma definitiva. En este sentido las imágenes proyectadas por las utopías han sido, generalmente, la voluntad de establecer paraísos en la tierra utilizando para ello los avances científicos de los que se ha provisto el ser humano.
Un futuro aún por llegar, pero indeterminado en el tiempo y en el cual se sitúa una sociedad perfecta que, a su vez, no está localizada en ningún lugar en concreto, ha suministrado un importante dinamismo a la modernidad y un notable desarrollo respaldado por la fe latente en la ciencia y en el progreso. La utopía, se muestra así como una construcción racional que delinea y define un futuro más o menos lejano y establece los principios en torno a los que se ha de organizar la humanidad, habiendo reducido de esta forma la realidad a un proceso racional.
El idealismo cientificista y racionalista ha dado origen al optimismo filosófico que ha impregnado todas las utopías. Los intelectuales utópicos, guiados por el sueño de realizar la felicidad futura, no descartan para materializar sus programas y proyectos utilizar los métodos más sanguinarios. El distanciamiento de la realidad que provoca la utopía al tratarse de una representación artificial conduce, a su vez, a una pérdida del sentido de los límites y a una completa falta de conocimiento de lo real. El optimista, entonces, quiere hacer realidad algo que únicamente existe en su mente, y su extremo idealismo le hace chocar constantemente con las dificultades y obstáculos que encuentra a su paso. Esta circunstancia remarca notablemente el carácter coercitivo que tienen la mayor parte de las utopías, pues se busca realizar programas a costa de lo que haga falta, lo que, generalmente, lleva a la brutalidad.
La falta de un sentido de los límites hace que todo valga con tal de hacer realidad la utopía. La existencia de la utopía en el mundo de las ideas como algo abstracto, y la asunción de esta en los programas políticos que han impulsado a las grandes ideologías modernas, lleva al más férreo materialismo en el intento por encontrar una perfecta concordancia entre el mundo de los hechos y la abstracción utópica.
El carácter negativo que se ha percibido en muchas utopías, unido también al desarrollo de la sociedad, ha producido las distopías que, como fenómeno literario perteneciente a la ciencia ficción, ha contado con un prodigioso y rápido desarrollo desde finales del s. XIX hasta nuestros días.
A diferencia de las utopías, las distopías son utopías negativas donde la realidad ocurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal o utópica, es decir, en una sociedad opresiva, totalitaria o indeseable. Se ha utilizado como antónimo de utopía y se emplea sobre todo para hacer referencia a una sociedad ficticia, normalmente emplazada en un futuro cercano, en donde las tendencias sociales son llevadas a extremos apocalípticos.
Habitualmente la diferencia que se establece entre utopía y distopía depende del punto de vista del autor o de la obra, y en muchas ocasiones de la recepción del lector que juzgue el contexto descrito como deseable o indeseable. Por este motivo muchas utopías han terminado siendo percibidas socialmente como distopías en la medida en que el tipo de sociedades que describían eran completamente indeseables.
El género distópico ha tenido un gran desarrollo tanto en la literatura como en el cine, y han surgido casi siempre como obras de advertencia o sátiras, pues en ellas las tendencias actuales de la sociedad son extrapoladas y llevadas a extremos inimaginables, lo que da lugar a sociedades distópicas con finales apocalípticos. Por tanto, la primera gran diferencia entre utopía y distopía se encuentra en el hecho de que la primera plantea una sociedad deseable mientras que la segunda, como antítesis, plantea todo lo contrario, una sociedad indeseable en la que las contradicciones se agudizan creando un mundo opresivo y totalitario.
Asimismo, la distopía, a diferencia de la utopía, guarda una gran relación con la época y el contexto socio-político en el que se concibe. Está orientada hacia un futuro cercano que se plantea como probable fruto del desarrollo de algunas tendencias actuales en la sociedad. Mientras que la utopía, por definición, presenta situaciones imposibles de realizar, la distopía, aún tratándose de un género de ficción, plantea posibles escenarios futuros e inminentes como consecuencia de un desarrollo extremo de determinados vectores de la sociedad.
Por otra parte, las distopías imaginan escenarios catastróficos y situaciones límite que encajan perfectamente con las proposiciones teóricas hechas por diferentes científicos, como puede ser la teoría de las catástrofes de René Thom, o mismamente las teorías del caos de Edward Lorenz e Ilya Prigogine. La desviación de uno o varios parámetros de la estructura del sistema conllevan, a largo plazo, la desestabilización del conjunto derivando en catástrofes o situaciones caóticas que, a su vez, producen cambios drásticos en todo el sistema.
En otro lugar, cabe destacar que las distopías desarrollan una perspectiva acerca de la impronta de la técnica y la ciencia en la que resaltan su lado siniestro, su carácter alienante y desestructurador. Se ha impuesto el ritmo y tiempo de la máquina como resultado de la eliminación de las barreras espacio-tiempo, sumergiéndonos en la dimensión disolvente de la velocidad omnipresente. Los acontecimientos se aceleran y con ello se produce una desinficación de la historia, pues en menos tiempo ocurren más cosas que, a su vez, producen nuevos cambios que se llevan a cabo más rápido que los anteriores.
Como consecuencia de lo antes dicho hace su aparición el tiempo real fruto de la inmediatez, que equivale a saber de forma inmediata lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Se implanta un tiempo global al poderse ver y oír a distancia, se tiende a implantarse una virtualidad que en última instancia constituye una distorsión de lo real donde juegan un importante papel los mass-media y las grandes corporaciones que controlan el flujo de la información, tanto por los medios convencionales (radio, televisión y periódicos) como a través de los medios digitales del ciberespacio. Se establece una perturbación en la relación con el mundo, y esto se refleja en la sobreabundancia de información y en la ausencia de cualquier referente fijo y estable.
La falta de orientación hace posible la manipulación de la sociedad por las grandes corporaciones de la información, aspecto que habitualmente remarcan las distopías, donde se presentan a multinacionales y grupos económicos gigantescos controlando la alta tecnología, su difusión y el flujo de la información. La elevada interconexión y extensión de los avances tecnológicos, especialmente en la era de Internet, hace que los resortes del poder informativo se encuentren en manos de una elite tecnoeconómica.
El monopolio del poder por una elite económica que se establece como responsable de los recursos, y que a su vez controla la información que recibe la población, da lugar a la aparición de mundos distópicos en los que reina un clima soft-totalitario por el que una minoría decide sobre los demás, al mismo tiempo que cuenta con el monopolio de la violencia. Además, se lleva a cabo una manipulación psicológica con las más modernas técnicas audiovisuales, a lo que hay que añadir la primacía de lo emotivo sobre lo reflexivo que, dada la extensión y universalización de las nuevas tecnologías, produce fenómenos de sincronización de las emociones. De esta manera se inoculan sobre la sociedad aquellas emociones y pasiones favorables a los planes e intereses de las altas esferas tecnocráticas.
La psicología de masas aplicada a las nuevas tecnologías de la información generan las convenientes representaciones de la realidad que se instalan en el imaginrio colectivo, lo cual estimula determinados sentimientos y pasiones como el miedo o la inseguridad que, más tarde, son aprovechados por el poder para realizar sus proyectos y planes de dominación. La emoción paraliza el pensamiento y también la acción. El individuo y la sociedad en conjunto asumen un papel pasivo por el que son continuos receptores de mensajes que les son lanzados desde los medios, lo que se resume en la manipulación de masas a gran escala gracias a la globalización del tiempo real.
El control social se agrava con los crecientes grados de organización que establece la tecnología y sus estructuras, lo que incrementa la dependencia hacia entes económicos de escala global y transnacional. Es por ejemplo el caso de Microsoft para el software; IBM e Intel para el hardware; Google y Yahoo para las búsquedas en Internet; se trata de megacorporaciones que tienden a concentrarse y crear monopolios capitalistas a escala global, controlando no sólo el mercado sino la información, el flujo de datos, el desarrollo económico-financiero, las relaciones sociales como consecuencia de la gran difusión de los programas de mensajería instantánea, pero también los sistemas de comunicación de los Estados y su propia seguridad militar (arsenales nucleares, satélites de vigilancia, etc...).
La represión de comportamientos no deseados ha sido efectiva a corto plazo, ya que dichas conductas reprimidas terminan repitiéndose en el futuro. Debido a esto no se tiende a recurrir con tanta facilidad a los mecanismos de coerción, a la aplicación de la fuerza, sino que más bien se opta por emplear medios mas sutiles que surtan mejor efecto a largo plazo. Se suele recurrir al poder cultural y mediático con un constante bombardeo de mensajes repetitivos sobre la mente de las personas, unido a la manipulación psicológica a través de las emociones sincronizadas, lo cual crea estados de ánimo a nivel social que se hacen propicios para determinadas medidas políticas. Un ejemplo de esto es infundir el terror entre la población para justificar mayores controles sobre esta, todo bajo el pretexto de la existencia de supuestas amenazas que hacen necesarias medidas que refuercen la seguridad.
Las distopías más modernas plantean un mundo dominado por grandes transnacionales y gigantes económicos, los cuales, a través del monopolio de la investigación, desarrollo e innovación de las tecnologías, ejercen una dominación más o menos velada sobre la población, ya sea a través de la manipulación informativa y cultural, distorsionando así la realidad a la medida de sus intereses, o a través de controles que parcelen la vida individual y sometan a las personas a una exhaustiva vigilancia de corte tecnocrático.
La ciencia, en su lógica interna, funciona como un sistema de pensamiento guiado por el determinismo de la relación causa-efecto, y por lo tanto sometido a un fuerte unidireccionalismo con el que, simultáneamente, se establecen las causas iniciales de un fenómeno y, también, se generan pronósticos acerca de efectos futuros. La ciencia no se limita a establecer causas, sino que además puede realizar proyecciones sobre el futuro a partir de las generalizaciones que efectúa a partir de la práctica experimental.
La tecnología, como desarrollo ulterior de la ciencia, es un instrumento de poder que con la era moderna sufrió un importantísimo desarrollo de cara a su aplicación al campo de la producción. La búsqueda de la utilidad en el campo económico fue uno de los principales determinantes para el desarrollo de la tecnología, pero a esto también hay que añadirle el impulso de la ciencia bélica, en la que se dieron destacadísimos avances que, más tarde, repercutirían en el ámbito económico y social. Pero lo que de todo esto importa es el hecho de que la tecnología constituye un instrumento de poder, y como tal ha servido a los intereses de aquellos que han impulsado su progreso y la han controlado.
Las revoluciones industriales propiciadas por los avances tecnológicos supusieron un gran impulso para el capitalismo, un desarrollo de los medios de producción gracias a una mayor organización de las fuerzas productivas. Sin embargo, el medio competitivo que se dio a sí mismo el capitalismo durante la industrialización, desarrolló el desorden económico con el caos en la producción. Por esta razón, y debido al fracaso del liberalismo por causa de la falsedad de sus postulados económicos, hicieron su aparición los totalitarismos, que representaron el preludio de los escenarios sociales que posteriormente presentarían las distopías.
La creciente importancia de la técnica en el medio económico y social, unido a su naturaleza uniformadora al reducir a categorías cuantitativas la realidad, conllevó la aparición de los sistemas totalitarios como desarrollo natural del entramado científico-técnico aplicado a la organización económica y social. Fue así como la ciencia adoptó un nuevo carácter al no quedar limitada únicamente al ámbito de la producción, para a partir de entonces alcanzar una aplicación más extensa con la completa organización de la economía y la sociedad, utilizando para ello mecanismos coercitivos.
Las crisis provocadas por el liberalismo hicieron preciso adoptar formas de organización social, económica y política rígidas, estructuradas jerárquicamente y con altos grados de control burocrático. Esto hizo posible que las estructuras capitalistas pervivieran aunque en un medio sociopolítico totalitario en el que la opresión y la explotación se agudizaron.
La concentración del poder en manos del Estado, pero aplicando una organización puramente tecnoburocrática y fordiana, generó los mecanismos de control social que permitían dar estabilidad al conjunto del sistema y afianzar las estructuras de explotación. En unos casos se mantuvieron las viejas oligarquías financieras-industriales, y en otros se desarrolló un particular capitalismo de Estado.
La creciente especialización del trabajo, la delimitación y parcelación de la vida individual tanto en el mundo laboral como en el ámbito de las relaciones sociales, el rutinario control burocrático con sus consiguientes papeleos además de las inspecciones de rigor, unido al carácter extensivo de las formas organizativas que con el paso del tiempo terminan acaparando mayor cantidad de recursos para asegurar su funcionamiento, producen una sociedad anquilosada y alienada que guarda más parecido con un hormiguero que con lo propio de un organismo social. La coerción mantiene la maquinaria burocrática en funcionamiento y asegura la cohesión social, al mismo tiempo que se profundiza la homogeneidad social y la vida individual se ve reducida a las exigencias estadísticas de la rutina administrativa-económica. Todo ello significa la desaparición de lo político y la reducción de la vida pública y social a problemas técnicos.
Elites tecnoburocráticas llevan a cabo la gestión del aparato administrativo y económico. La existencia de una basta red de departamentos con tareas muy específicas definidas por reglamentos internos contribuye a dotarle de una mayor complejidad, a lo que hay que añadir la proliferación de órganos horizontales cuya finalidad está orientada hacia la propia organización de cara a su funcionamiento. El conjunto de la sociedad es integrada en dichas estructuras creando una desproporcionada cantidad de funcionarios públicos, y lastrando así los presupuestos del Estado. La acaparamiento de los recursos por parte del ente burocrático tiende a paralizar el desarrollo económico y a anquilosar la producción. Asimismo, y como último aspecto interesante a destacar se encuentra la incapacidad de adaptación ante nuevas situaciones por causa de la rigidez burocrática, lo que a largo plazo conlleva arrastrar problemas no resueltos que incrementan la complejidad de la organización y, a su vez, las tendencias desestabilizadoras en su seno.
Las distopías han adoptado características propias de las sociedades totalitarias como resultado del desarrollo extremo de tendencias sociales actuales, las cuales se plasman de forma significativa en la superconcentración capitalista y los emergentes monopolios. En el ámbito de la ciencia ficción la distopía es bastante recurrente y se encuentran infinidad de ejemplos. En literatura los más significativos son 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Pero es en el cine donde la distopía ha encontrado un medio propicio para su plasmación y desarrollo, existiendo una innumerable cantidad de películas que tienen como tema de fondo universos distópicos.
Las creaciones distópicas constituyen una advertencia hacia los peligros actuales que, dado el caso, podrían desarrollarse de manera incontrolada en un futuro generando situaciones indeseables. Es, por así decirlo, adelantarse a la realidad, lo cual refleja una relación entre el subconsciente humano con una línea historicista del pensamiento y de la realidad en su conjunto. En el mundo del cine son reseñables películas como Fahrenheit 451 de François Truffaut basada en la novela homónima de Ray Bradbury, la trilogía de Mad Max de George Miller o la mayor parte de las películas de Terry Gilliam, entre las que destacaría la trilogía compuesta por Los héroes del tiempo, Brazil y Las aventuras del Barón Munchausen.
En definitiva, las distopías nos acercan a la cara más oscura de la modernidad y de su desarrollo tecnocientífico, el cual ha llegado a ser despersonalizador y alienante, advirtiéndonos de los peligros futuros que alberga el presente si determinados parámetros del sistema y sus correspondientes tendencias se desarrollan autónomamente hasta, dado el caso, generar un mundo distópico.
